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Full text of "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"

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PRESENTED  TO 

THE    LIBRARY 

BY 

PROFESSOR  MILTON  A.  BUCHANAN 

OF  THE 
DEPARTMENT  OF  ITALIAX  AND  SPANISH 

1906-1946 


MIGUEL  DE  CERVANTES  SAAVEORA 

líL  ÍNGENIOSO  HIDALGO 

iN  OlllJOTE  DE  LA  MANCHA 


LO\irNl\D.J      i'iiK 


D.    DIEGO  CLEMENCÍN 

NUEVA    EDICIÓN  ANOTADA 

POR        j:? /  "ZL^ 
MIGUEL  DE  TORO  GÓMEZ 


TOMO    PRIMERO 


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ArtrnA^ni?  TrrííCIONES  LITERARIAS  Y  ARTÍSTICA 
Librería  Paul  Ollendorff 
sÉE  ü'antin,  5u 


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EL  INGENIOSO  HIDALGO 

DON  QUIJOTE  DE  LA  MANCHA 


/ 


ES    PROPIEDAD    DE    LOS    EDITORES.    —    DERECHOS    RESERVADOS 


-II 


Digitized  by  the  Internet  Archive 

in  2010  with  funding  from 

University  of  Toronto 


http://www.archive.org/details/elingenios01cerv 


L5 
C^isdCtejjiQUEL    OE   CERVANTES   SAAVEDRA 


EL  INGENIOSO  HIDALGO 

DON  QUIJOTE  DE  LA  MANCHA 

COMENTADO  POR 

D.    DIEGO    CLEMENCÍN 

NUEVA  EDICIÓN  ANOTADA 

POR 

MIGUEL  DE  TORO  GÓMEZ 


TOMO  I 


lo\  t       491022 


W-  "o.  4-9 


parís 

SOCIEDAD   DE   EDICIONES   LITERARIAS   Y  ARTÍSTICAS 
Librería  Paul  Ollendorff 

50,     CHAUSSÉE     d'aNTIN,     50 

igio 


PREFACIO  DE  Li  PRESENTE  EDICIÓN 


Cuando  la  Sociedad  de-  Ediciones  Literarias  y  Artísticas  soli- 
citó mi  concurso  i^ara  anotar  una  nueva  edición  del  Quijote 
vacilé  en  aceptar  á  causa  de  lo  arduo  de  la  empresa;  pero 
cuando  supe  que  se  trataba  de  reproducir  la  famosa  edición 
comentada  por  Clemencin^  desaparecieron  mis  vacilaciones  y 
acepté  con  el  mayor  gusto.  Dos  razones  principales  influyeron 
en  mi  aceptación. 

1/  La  de  que,  al  reproducir  en  Madrid  hace  unos  catorce 
años  la  imnortal  novela  de  Cervantes  con  el  ya  citado  comenta- 
rio., no  se  tuvo  en  cuenta  que  habían  pasado  dos  tercios  de  siglo 
desde  la  primera  publicación  de  la  obra  y  que,  en  ese  lapso  de 
tiempo,  fecundo  para  nuestras  letras,  se  había  creado  en 
España  y  en  los  países  de  lengua  española  una  riquísima  lite- 
ratura cervantina,  y  se  había  desarrollado  la  afición  á  todo  lo  re- 
lativo á  Cerva?ites,  gracias  á  la  activa  y  entusiasta  propaganda 
de  una  pléyade  de  distinguidos  cervantistas,  entre  los  que 
figuran  en  primera  linea  Benjumea,  Asensio,  Urdaneta,  Thebus- 
setn,  Segovia,  Cortejan,  Cejador,  el  malagrodo  Pérez  Pastor, 
I rematur amenté  arrancado  á  nuestra  admiración  y  aplauso,  y 
otros  muchos  que  sería  largo  enumerar ,  sin  contar  los  distin- 
guidos cervantistas  extranjeros  que  han  consagrado,  en  los 
últimos  lustros  del  siglo  XIX,  su  erudición  y  sus  vigilias  al  prín- 
t  ¡pe  de  los  ingenios  espmñoles.  Esto,  que  causaría  asombro  en 
I  nalquier  país  de  Europa,  no  llamó  la  atención  en  España,  y 
hasta  recuerdo  que  la  prensa  tributó  elogios  á  una  edición  tan 
pobre  y  atrasada  en  este  punto  de  la  obra.  Verdad  es  que, 
£omo  he  dicho  en  mi  reciente  libro  Por  la  cultura  y  por   la 


i;  don  quijote  de  la  mancha 

raza,  con  honrosas  excepciones  [qve  afortunadamente  empiezan 
á  ser  más  frecuentes)  los  editores  suelen  desconocer  el  verda- 
dero arte  de  hacer  libros  y  tienen  en  muy  poco  la  colaboración 
intelectual  de  los  autores.  Recuerdo,  á  este  propósito^  haber 
oído  contar  á  mi  distinguido  y  admirado  amigo  el  ilustre  filó- 
logo colombiano  D.  Rufino  José  Cuervo  un  caso  sumamente 
curioso.  Habiendo  llegado  á  sus  noticias  que  una  importante 
casa  editorial  de  España  preparaba  la  reproducción  de  una  obra 
literaria  antigua,  cuyo  titulo  no  recuerdo  en  este  momento, 
escribió  al  editor  ofreciéndole  su  colaboración  gratuita  y  el 
aporte  de  su  valiosa  erudición ;  pero  el  editor,  dando  pruebas 
de  su  ig7iorancia^  y  mal  gusto,  ni  aun  le  dio  las  gracias  por  su 
ofrecimiento.  Compárese  seine jante  conducta  con  la  de  los  edi- 
tores ingleses,  franceses,  etc.,  cuando  se  trato  de  esta  clase  de 
obras.  En  este  punto,  casi  nos  dejan  atrás  hasta  los  portugueses. 

La  segunda  razón  que  me  ha  movido  á  asociar  mi  nombre  á 
esta  edición,  es  mi  deseo  de  poner  algún  convectivo  á  los  excesos 
del  comentarista  con  7'especto  á  Cervantes.  Seguramente  el 
Sr.  Clemencin  era  hombre  muy  erudito,  muy  versado  en  libros 
de  caballería  y  muy  capaz  de  referimos  al  dedillo  las  cuitas  y 
aventuras  del  más  humilde  caballero  andante,  las  veces  que 
tropezó  el  caballo  de  Amadis,  el  número  de  suspiros  y  jacula- 
torias amorosas  que  lanzó  cada  uno  de  los  enamorados  pala- 
dines á  quienes  se  proponía  imitar  Don  Quijote,  y  óticos  detalles 
no  menos  interesantes ;  era  además  profundamente  versado  en 
arqueología,  indumeyítaria,  armas,  bibliografía  y  literatura  [en 
todos  estos  conocimientos  son  sus  notas  un  verdadero  tesoro); 
pero  desgraciadamente  dejaba  mucho  que  desear  como  escritor 
castizo  y  correcto,  aunque  él  otra  cosa  se  figurase ;  y  se  empeñó 
no  obstante  en  hallar  faltas  de  lenguaje  y  descuidos  en  el 
Quijote,  y  en  deslucir  la  parle  meritoria  de  su  obra  erudita  con 
sus  intemperancias  de  dómine  pedante  y  su  constante  afán  de 
sacudir  á  cada  instante  rudos  disciplinazos  al  gran  maestro  de 
la  prosa  castellana. 

Un  hombre  que,  á  pesar  de  su  condición  de  académico  y  de 
haber  compuesto  una  gramática  [asi  sería  ella)  empleaba  el 
galicismo  apercibirse  de  y  ott'os  que  quedan  consignados  en  las 


PHEFACIO    ni;    LA    PnESENTE   EDICIÓN  C 

noías,  f/  fjiic  faltülia  á  las  Iri/es  de  la  sintaxis  y  á  la  propiedad 
del  lenguaje,  no  era  el  llamado  á  criticar  el  lenguaje  de  Cer- 
vantes. Si  Intlñera  tenido  en  cuenta  el  ne  sulor  ultra  crepidaní, 
es  decir,  si  kuhiera  concretado  su  labor  de  comentarista  á 
lo  (jue  constituía  su  dominio  propio,  esto  es,  á  la  erudición  litera- 
ria, histórica  tj  bibliogrcifica,  sólo  hubiera  merecido  elogios, 
aunque  á  veces  peca  de  nimio  y  gasta  la  pólvora  en  salvas ; 
pero  la  vanidad  le  hizo  perder  la  cabeza  y  quiso  echárselas  de 
lingüista  y  de  gramático.  Cuando  le  vemos  hablar  á  cada  paso 
con  aire  doctoral  de  los  descuidos  y  negligencias  de  Cervantes^ 
de  su  desconocimiento  de  la  lengua  y  de  otras  cosas  análogas, 
se  me  figura  ver  á  un  gorrión  que  pretende  enseñar  á  volar  á 
un  águila. 

Varios  escritores,  en  particular  el  Sr.  Cortejón  en  su  magni- 
fica edición  critica  del  Quijote,  aun  no  terminada,  han  hecho 
notar  la  injusticia  y  pesadez  de  Clemencin  en  esta  materia; 
pero  lo  han  hecho  de  paso  y  refiriéndose  cil  comentario  del 
mismo  en  determinados  pasajes,  que  sólo  pueden  consultar 
algunos  curiosos  eruditos ;  mientras  que,  por  tratarse  aquí  dé 
una  edición  casi  popular  y  al  alcance  de  todos,  convenía  que 
el  correctivo  á  las  intemperancias  del  comentarista  fuese  al  pie 
de  las  mismas  notas  del  comentario.  Para  no  alargar  demasiado 
las  nuevas  notas  que,  sin  embargo,  pasan  de  mil,  no  he  querido 
señalar  sino  las  incorrecciones  y  galicismos  de  más  bulto  que 
se  notan  en  el  comentario. 

A  fin  de  facilitar  la  consulta,  he  puesto  las  nuevas  notas  al 
pie  de  las  primeras,  en  carácter  más  pequeño,  y  las  he  seña- 
lado con  las  letras  del  alfabeto  griego. 

He  aquí  explicados  brevemente  el  motivo  de  mi  colaboración 
y  el  espíritu  que  me  ha.  guiado  en  ella. 

Creo  haber  curnpjlido  un  deber  patriótico  con  el  más  ilustre 
de  los  escritores-  españoles  y  estoy  casi  seguro  de  obtener  bené- 
vola acogida  entre  los  admiradores,  españoles  y  sudamericanos, 
de  aquel  insigne  manco  que  logró  imponer  su  nombre,  como 
timbre  de  gloria,  á  nuestra  hermosa  lengua. 

Miguel  de  Toro  Gómez. 


CRÍTICA 
Uei  COMENTAKIO  QIE  PliSO  AL  <(  OIIJOIK  »  D.  UIE60  CLFJEKCiltl 

non 

D.    ALBERTO    LISTA  («) 


La  amistad  que  me  unía  al  señor  Clemencín,  uno  de  los  mas  sabios  hu- 
manistas y  más  insignes  filólogos  de  nuestra  nación  ;  amistad  cimentada 
por  la  identidad  de  aficiones  y  de  estudios,  por  su  carácter  amabilísimo  y 
por  la  circunstancia  de  ser  compañeros  en  las  Academias  de  la  Lengua  y 
de  la  Historia,  hizo  que  me  apresurase  á  dar  cuenta  en  la  Gaceta  de 
Madrid  del  primer  tomo  de  su  edición  del  Quijote  comentado  por  él,  y 
del  segundo  y  tercero,  publicados  ambos  no  con  mucho  intervalo  de 
tiempo.  Arrebatado  este  ilustre  literato  y  excelente  patriota  por  una  muerte 
prematura  á  su  familia,  á  sus  amigos  y  á  la  república  de  las  letras,  sus 
hijos,  cumpliendo  á  un  mismo  tiempo  el  deber  de  la  piedad  filial  y  la 
obligación  de  no  dejar  sepultado  en  el  olvido  el  resto  del  Comentario, 
quizá  la  mejor  obra  de  Filología  que  tenemos  en  nuestra  lengua,  conti- 
nuaron con  suma  laboriosidad  la  publicación  de  los  tres  últimos  tomos. 
Pero  como  al  mismo  tiempo  que  fueron  herederos  de  la  ilustración  y  de 
las  virtudes  de  su  difunto  padre,  lo  fueron  también  de  la  amistad  y  bene- 
volencia con  que  me  honró,  quisieron  que  yo  fuese  quien  anunciase  al 
público  en  el  ya  citado  periódico  los  tomos  que  sucesivamente  salieron  á 
luz.  Yo  cumplí  este  encargo  lo  mejor  que  me  fué  posible,  y  con  todo  el 
celo  que  exigía  de  un  amigo  el  nombre  respetable  del  autor. 

Sus  hijos  han  querido  que  mis  anuncios,  esparcidos  en  varios  números, 
apareciesen  en  este  último  tomo,  destinado  á  completar  cuanto  sea  inte- 
resante al  público  acerca  del  Comentario  y  del  comentador.  Yo  no  me 
podía  negar  á  una  solicitud  que  me  halagaba  :  porque  ¿.  quién  no  asociará 
su  nombre  con  sumo  placer  á  los  de  Cervantes  y  de  Clemencín?  Pero 
habiéndome  parecido  más  conveniente  reunir  en  un  discurso,  con  cierto 
orden,  los  juicios  que  hice  en  los  anuncios  ya  citados,  que  imprimirlos 
seguidos  y  sin  conexión,  he  emprendido  este  trabajo,  no  para  aumentar  la 
gloria  de  mi  perdido  amigo,  sino  para  probar  á  mis  contemporáneos  cuánto 
me  complazco  en  la  que  tan  justamente  ha  adquirido. 

(a)  La  critica  del  insigne  Lista  á  la  obra       ciasáia  reproducción  de  la  obra  de  Clemen- 
de  Cleniencin  había  permanecido  inédita,       cín  por  la  casa  Hernando,  de  Madrid. 
hasta  que  se  hizo  del  dominio  público  gra-  (M.  de  T.) 


II  DON    yL'IJOTE    DE    LA    MANCHA 

Faltaba  en  nuestra  literatura  el  homenaje  debido  ¡1  la  inmortal  olira 
del  (Jumóte,  el  de  ser  comentada,  siendo  así  que  se  había  tributado  á  los  de- 
lirios de  (lúiiííoraí.'j).  I.as  eruditas  notas  de  Pellicer  no  merecen  el  nombre 
de  comentario,  porque  no  siguen  ceñidamente  al  original ;  y  las  de  Bowle, 
aunque  muy  apreciabir-s  jiur  ser  de  un  extranjero,  se  limitan  á  evacuar 
las  citas  del  lexo  y  á  aclarar  algunas  locuciones  exóticas  para  sus  com- 
patriotas. 

Un  escritor  conocida  ya  en  la  literatura  española  por  su  vasta  erudición, 
lina  crítica  y  sana  filosofía,  ha  emprendido  á  comentar  la  más  célebre  de 
nuestras  producciones,  el  primer  libro  de  nuestro  idioma,  y  se  somete 
con  entera  docilidad  alas  leyes  severas  del  Comentario.  El  señor  Clemencín 
no  abandona  un  punto  á  su  autor.  Examina  la  fábula  y  los  caracteres; 
nota  los  descuidos  y  anacronismos  que  la  precipitación  con  que  trabajaba    < 
hizo  cometer  á  Cervantes;  manifiesta  el  mérito  de  la  invención,  la  maes-    j 
tría  del  pincel  más  rico  y  variado  que  ha  conocido  el  Parnaso,  las  gracia- 
del  estilo,  la  perfecciim  del  plan,  la  habilidad  de  la  ejecución,  la  coordi 
nación  oportuna  de  lo.s   incidentes,  y,  en  fin,  el  objeto  constante  que  se 
propuso  en  su  obra,  de  desterrar  del  mundo  los  libros  de  caballería. 

Otras  notas  se  dirigen  á  probar  con  numerosas  citas,  tomadas  de  estos 
libros,  cuan  justa  es  la  sátira  que  de  ellos  hace  el  autor  del  Quijote.  El  se- 
ñor Clemencín  multiplica  las  citas  de  los  libros  de  caballería,  con  el  objeto  j 
de  satisfacer  la  curiosidad  que  promueve  el  Ingenioso  Hidalgo  en  los  que 
lo  leen,  acerca  de  las  historias  y  personajes  caballerescos,  tanto  mayor 
cuando  siendo  antes  muy  comunes  los  libros  en  que  están  escritas  sus 
aventuras,  se  encuentran  ahora  con  mucha  dificultad  y  costa  (y).  El  mismo 
Quijote,  que  sepultó  en  el  olvido,  cuando  se  publicó,  esta  clase  de  obras, 
excita  en  los  lectores  de  nuestros  tiempos  el  deseo  de  conocerlas,  mucho 
más  cuando  Cervantes  ha  parodiado  en  su  libro  gran  número  de  las  fábulas 
que  en  ellas  se  refieren.  ¿  Quién  no  desea  eji  el  día  conocer  á  los  Ama- 
dises,  Febos  y  Urianas,  modelos  de  D.  Quijote  y  de  Dulcinea?  Además, 
es  imposible  á  veces  entender  los  delirios  del  héroe  de  la  Mancha,  sin 
previo  conocimiento  del  lenguaje  é  invención  desatinada  de  aquellos 
libros. 

Otras  notas  pertenecen  á  la  crítica  y  filosofía  de  las  humanidades.  En 
ellas  se  señalan  las  imitaciones  de  los  poetas  clásicos  de  la  antigüedad 
y  de  la  Edad  Moderna  que  hizo  el  inmortal  autor  del  Quijote;  se  examinan 
las  bellezas  de  su  estilo,  los  defectos  de  sus  versos  (en  los  cuales,  como 
nadie  ignora,  fué  infelicísiinoi,  y,  en  fin,  se  analizan  los  juicios  de  este 
célebre  escritor,  que,  á  semejanza  de  Homero,  vertió  en  su  libro  todo  lo 
que  sabía  acerca  de  los  autores  y  obras  que  cita,  señaladamente  en  el 


(i)  Meiiéndez    Pelayo,   en  su   Historia    ríe  clásicos.  La  Biblioteca  Universal  de  autores 

las  ideas  estéticas,  lomo  II,  pág.  :i'i'¿  y  si-  españoles  (qae  ya.  publicó  un  tomo  de  Libros 

guíenles,  da  curiosas  noticias  acerca  de  Éapí-  de  Caballerías  ordenado  por  Gayan^-osj  conti- 

nosa,  García  Coronel  y  otroi  comentadores  nuada  hoy,  bajo  la  dirección  'de  Meaéndez 

de  Góngora.  "  iM.  de  T.)  Pelayo,  ha  publicado  otros  tres  volúmenes 

''-')  La  moderna  crítica  literaria  está  reme-  de  Libros  de  Caballerías,  ilustrados  por  el 

diaudo,  eu  lo  posible,  esta  penuria  de  libros  señor  Bonilla  de  Sau  Martin.     (M.  de  T.) 


cnmcA  in 

famoso  escrutinio  de  la  librcri.i,  y  acerca  de  las  vaiias  cuestiones  que 
toca  en  materia  de  poesía,  ret(')rica  y  moral. 

I,as  notas  pertenecientes  al  lenguaje  han  merecido  un  cuidado  parti- 
cular al  comentador ;  corrige  ó  advierle  las  locuciones  viciosas  de  las 
anteriores  ediciones;  explica  los  pasajes  absurdos  ;  da  noticia  de  las  alu- 
siones á  usos  y  costumbres  poco  conocidos  ya,  y  que  es  preciso  saber 
para  la  inteligencia  del  texio  ;  y,  en  fin,  señala  las  incorreccienes  y  defec- 
tos en  que  á  veces  incurre  Cervantes  (o),  y  que  parecen  en  su  obra  como 
nubes  imperceptibles  en  el  cielo  claro  y  despejado  de  un  hermoso  día. 
Por  lo  mismo  que  el  autor  del  Ingenioso  Hidalgo  es  uno  de  los  modelos 
más  clásicos  de  elocución  castellana,  por  lo  mismo  es  más  conveniente 
notar  estas  pequefias  advertencias  para  que  las  eviten  los  imitadores,  más 
dispuestos  en  general,  porque  así  lo  quiere  la  debilidad  del  entendimiento 
humano,  á  imitar  los  yíjrros  que  las  bellezas. 

El  señor  Clemencín  atribuyelas  incorrecciones  del  lenguaje  de  Cervantes 
á  la  precipitación  con  que  escribió,  que  le  hizo  además  cometer  antilogías 
y  anacronismos  en  el  cuerpo  mismo  de  la  fábula;  y  también  á  la  impe- 
ricia de  los  que  hicieron  las  primeras  ediciones  y  dejaron  en  ellas  yerros 
que  se  han  repetido  en  las  siguientes,  hasta  nuestros  días.  Nosotros  tene- 
mos por  verdaderas  ambas  causas;  pero  también  creemos  que  muchas  de 
las  que  hoy  son  tenidas  justamente  por  incorrecciones,  y  deben  tenerse 
como  tales,  no  lo  eran  en  tiempo  de  Cervantes. 

Este  inimitable  escritor  halló  el  idioma  formado  ya  en  cuanto  á  sus 
principales  construcciones,  mas  no  estaba  aún  enteramente  fijado.  Por 
la  naturaleza  de  los  asuntos  graves  á  que  se  hablan  dedicado  los  más 
célebres  de  los  escritores  que  le  precedieron,  faltaban  á  la  lengua,  ya 
sonora  y  majestuosa,  aquella  fluidez  y  gracia,  aquella  abundancia  festiva, 
aquella  flexibilidad  admirable  para  tratar  todas  las  materias  y  géneros 
que  él  le  comunicó,  recorriéndolos  todos  en  su  Quijote  con  igual  feli- 
cidad. Esto  no  pudo  hacerlo  sin  que  su  imaginación  viva  y  lozana  le  sugi- 
riese nuevas  voces  y  giros,  nuevos  modos  y  formas  de  decir,  ya  para  hacer 
más  sonoros  los  períodos,  ya  para  acelerar  su  movimiento,  ya  para  retar- 
darlo ó  interrumpirlo,  ya,  en  fin,  para  dar  á  las  imágenes  el  conveniente 
colorido.  Cervantes  no  se  limitó  á  ser  un  buen  hablista  del  idioma  patrio  ; 
creó  también  en  materia  de  elocuci('jt),  como  había  creado  en  la  invención 
y  disposición  de  la  fábula,  y  si  algunas  de  sus  innovaciones  no  han  sido 
admitidas  en  el  uso  común,  y  por  consiguiente  no  pertenecen  á  la  lengua, 
es  imposible  negar  que  otras  muchas,  y  en  mayor  número,  han  sido 
adoptadas  con  gratitud  ;  han  enriquecido  el  idioma  y  contribuido  á  lijar 
su  índole,  haciéndole  más  flexible  de  lo  que  antes  era  para  expresar 
convenientemente  toda  clase  de  ideas. 

(S)  No  hay  que  olvidar  que  los  escritores  Manco,   taloneado   por  la  necesidad  y  sin 

españoles,  en  general,   por  falta  de  disci-  tiempo  sobrado  para  la  corrección   de  las 

plina.se  han  mostrado  en  todo  tiempo  re-  pruebas.  Por  otra  parte,  Clemencín  le  buscó 

beldes  á  los  preceptos  de  la  gramática  y  poco  á  veces  pelos  al  huevo.  Él  señor  Cortejón  ha 

respetuosos  con  las  reglas  de  la  ortografía.  defendido  muy  bien  á  Cmvanles  de  la  nota 

Ténganse  además  en  cuenta  las  condiciones  de  desaliño  y  "descuido.  (M-  de  T.) 

en  que  debió  escribir  sus  obras  el  iusigne 


IV  DON    QUIJOTE    DE    lA    MANCHA 

Al  texto  y  á  las  notas  antecede  el  prólogo  del  comentador,  en  que 
forma  un  cuadro  excelonte  dul  origen  y  progresos  de  la  caballería,  de  las 
causas  de  su  decadencia,  de  la  literatura  á  que  dio  lugar  y  de  los  delirios 
que  se  introdujeron  en  esta  misma  literatura,  para  recaer  después  en  el 
objeto  moral  que  Cervantes  se  propuso  en  su  obra.  Este  prólogo  es  modelo 
de  los  trozos  mejor  esciitos  de  la  historia  filosófica,  y  está  lleno  de  selecta 
y  bien  manejada  erudición. 

En  cuanto  al  inmenso  número  de  notas  que  forman  el  Comentario, 
bastará  decir  que  todos  los  pasajes  del  Quijote  que  merecen  ilustración, 
ya  histórica  ó  mitológica,  ya  de  literatura  caballeresca,  ya  relativa  á  la 
fábula,  ya  al  lenguaje,  la  tienen  copiosa  y  bien  escrita.  Acaso  no  serán 
siempre  todos  los  lectores  déla  opinión  del  comentador;  pero  á  lómenos 
siempre  hallarán  cuantos  datos  se  necesitan  para  resolver  con  acierto 
esta  clase  de  cuestiones,  que  es  todo  lo  que  razonablemente  puede  exi- 
girse de  un  Comentario. 

Sólo  nos  resta  ya  que  designemos,  en  confirmación  de  nuestra  opinión 
sobre  la  obra,  aquellas  notas  más  dignas  de  observarse,  ya  por  la  impor- 
tancia de  la  materia  que  contienen,  ya  por  la  erudición  no  común  de 
que  están  llenas;  y  para  hacerlo  con  algún  orden,  pues  ninguno  era 
posible  en  el  Comentario,  las  distribuiremos  en  diferentes  clases. 


DE   USOS    Y    COSTUMBRES 

Parte  I,  capítulo  XVI,  nota  16. —  Contiene  una  disertación  muy  curiosa 
sobre  la  profesión  de  la  arriería,  preferida  á  otras  por  los  moriscos  de 
España;  tanto,  que  las  Cortes  del  reino  se  quejaron  á  Felipe  l\  de  la  espe- 
cie de  monopolio  que  ejercían  en  este  ramo;  y  cuí^ndo  fixeron  expelidos, 
se  encarecieron  los  portes  por  falta  de  arrieros. 

Parte  I,  capítulo  XVI,  nota  50.  —  Habla  de  las  vicisitudes  que  ha  tenido 
la  costumbre  de  dejar  crecer  la  barba  y  los  cabellos. 

Parte  I,  capítulo  XXI,  pota  39.  —  Explica  muy  á  la  larga  el  papel  fabu- 
loso que  hicieron  los  enanos  en  las  historias  caballerescas  y  la  verdadera 
introducción  de  estos  monstruos  en  los  palacios  de  los  reyes  y  grandes. 

Parte  I,  capítulo  XXII,  nota  57.  — Cita  muchos  pasajes  de  nuestros  anti- 
guos escritores  y  libros  de  caballería,  que  demuestran  el  usoantifrásticodela 
palabra  don,  que,  siendo  por  su  naturaleza  voz  de  honor  y  respeto,  se  hace 
frecuentemente  de  vituperio  é  ignominia,  como  en  Don  traidor,  Don  hijo 
de  p... 

Parte  I,  capítuloXXX,  notas  51  y52.  —  Trata  muy  circunstanciadamente 
del  traje  y  lengua  de  los  gitanos,  casta  singular  que  aun  no  ha  llegado 
entre  nosotros  á  incorporarse  con  la  masa  común  de  la  sociedad. 

Parle  II,  capítulo  XI,  notas  9,  10,  11,  12,  13,  14y  15.—  Con  motivo  de  la 
aventura  del  carro  de  la  muerte,  da  el  señor  Cleniencín  noticias  relativas  á 
los  cómicos  más  célebres  de  los  siglos  xvi  y  xvii ;  al  origen  y  progresos 
de    las  composiciones  dramáticas,   llamadas  autos  sacramentales;  á  las 


CRITICA  V 

diferentes  especies  de  compañías  de  actores  que  entonces  se  usaban  y  ai 
l'.ivor  no  siempre  merecido  de  que  gozaban  ios  cómicos  por  la  grande 
.ilición  de  los  espafioles  á  los  espectáculos  teatrales. 

Parte  II,  capítulo  XVII,  nota  d(5.  —  Da  noticia  de  las  espadas  y  famosos 
es|)aderos  de  Toledo.  En  general,  tiene  gran  cuidado  de  no  omitir  nada 
relativo  !l  los  trajes  y  armas  usados  en  tiempo  de  Cervantes,  y  aun  en  los 
siglóis  anteriores. 

Parte  II,  capituló  XVII,  notas  28  y  30.  —  Hay  dos  notas  muy  interesantes, 
relativas,  la  primera  á  las  fifestas  de  toros  y  la  segunda  ;'i  las  de  las  justas 
y  torneos.  Antiguamente,  la  suerte  principal  de  la  tauromaquia  era  la  lan- 
zada, y  los  lidiatlores  de  toros  eran  caballeros  ;  distinguióse  entre  ellos 
por  suerte  y  destreza  D.  Pedro  Ponce  de  León,  hermano  del  duque  de 
Arcos.  El  mismo  emperador  Carlos  V,  hallándose  en  una  fiesta  de  toros 
en  Patencia,  quebró  su  lanza  en  uno  de  ellos,  que  le  hirió  el  caballo;  y 
otra  vez  en  Valladolid  quiso  hacer  la  misma  suerte,  pero  no  le  entró  ei 
toro  (e). 

En  aquellos  tiempos,  si  se  hadecreer  á  D.  Luis  Zapata  en  su  Miscelánea, 
el  peligro  de  estas  funciones  era  muy  poco;  pero  cuando  las  lanzas  se 
convirtieron  en  garrochas,  se  multiplicaron  las  desgracias,  por  confesión 
del  mismo  autor,  hasta  tal  punto,  que  el  padre  Pedro  de  Guzmán,  jesuíta, 
en  su  obra  titulada  Bienes  del  honesto  trabajo,  aseguraba  que  en  un  año 
con  otro  morían  en  esta  clase  de  funciones  de  doscientas  á  trescientas 
personas.  La  nobleza  abandonó  ei  coso  en  el  siglo  xvli ;  pero  esta  diver- 
sión fué  siempre  popular  en  España,  señaladamente  en  las  funciones  de 
los  santos  patronos  de  los  pueblos,  y  se  introdujo  la  superstición,  dice  el 
padre  Guzmán,  de  creer  que  las  carnes  de  toro  muerto  en  e>.tas  fiestas  de 
santo,  guardadas  como  reliquias,  son  contra  calenturas  y  otras  enfermedades, 
y  remedio  contra  los  nublados.  Los  de  sus  entendimientos,  añade,  remedie 
el  Sa)ito  por  su  clemencia. 

Parte  II,  capítulo  XXIV,  nota  7.  —  La  ridicula  consecuencia  que  el  primo 
de  Basilio  sacó  de  las  palabras  de  Durandarte,  paciencia  y  barajar,  damotivo 
al  señor  Clemeucín  para  entraren  la  discusión  acerca  del  juego  de  naipes, 
cuya  invención  atribuyó  Juan  de  la  Cuesta, en  su  poema  De  los  inventores 
de  las  cosas,  á  un  barcelonés  llamado  Vilhan,  de  cuyo  nombre  fornió  Cer- 
vantes el  adjetivo  vilhanesca  en  la  novela  Rinconete  y  Cortadillo,  en  la 
cual  llama  también /toreo  de  villano  (desfigurando  el  nombre)  á  las  trampas 
en  el  juego.  Después  de  estas  citas  y  otras,  indaga  el  origen,  á  la  verdad 
bastante  probable,  que  pudo  tener  esta  diversión  en  la  de  los  dados,  cono- 
cida de  los  antiguos  (iT). 

Parte  II,  capítulo  XXVI,  nota  4.  — No  es  menos  sabia  y  erudita  la  nota 
acerca  del  ajedrez  y  de  las  tablas.  Ei  señor  Clemencín  prueba  que  esté 
último  juego  fué  el  que  hoy  se  conoce  con  el  nombre  de  chaquete. 

(í)   Moratin,  padre,  escribió  una  muy  eru-  (Q  Recientemente  ha  publicado  en  Fran- 

dila  é   interesante  carta  sobre  ei   Origen  y  cia  el  esoitur  señor  Alleniagne    una  niiiy 

Progresos   íÍk  Ins  fiestas  de  toros  en  España,  notable    obra,    en   dos   voiúnieues   profusa- 

que  se  encuentra  al  tinal  de  sus  poesías.  mente  iluatrados,  acerca  de  los  naipes  v  su 

(M.  de  T.)  historia.  yU.  de  T.) 


VI  nON    QUIJOTE    DE    I,A    MANCHA 

Parle  II,  capítulo  XXXIII,  nota  20.  — Traenolicias  muy  curiosas  acerca 
del  .juego  de  los  (Indoa. 

Parte  II,  capitulo  XXXVI,  nota  40.  —  La  notaacerrade  los  coches,  mani- 
fiesta el  espíritu  de  los  españoles  en  el  siglo  xvi  y  á  principios  del  xvu. 
Este  ramo  de  comodidad  y  de  lujo,  introducido  en  el  reinado  de  Carlos  V, 
halló  grande  oposición  en  la  opinión  pública,  ya  porque  encarecía  el 
precio  de  las  muías,  ya  porque  afeminaba  á  los  hombres  y  los  desacos- 
tumbraba del  uso  del  caballo,  tan  necesario  para  la  guerra.  Klsefior  Cle- 
niencín  cita  las  peticiones  di'  varias  Cortes  para  restringir  su  uso,  y  las 
pragmáticas  expedidas  al  mismo  efecto  bástala  Real  cédula  de  1019,  última 
que  se  publicó  con  el  mismo  espíritu. 

En  el  reinado  de  Felipe  IV  cesi')  la  persecución,  excepto  en  el  teatro, 
donde  Calder('»n  y  otros  poelas  motejaron  frecuentemente  el  ansia  de  las 
mujeres  por  andar  en  coche. 

Parte  II,  capítulo  XI.,  nota  ü6,  y  capítulo  XEV,  nota  16.  —  Las  notas  sobre 
los  tratamientos  de  Vos  y  de  Don  contienen  noticias,  casi  olvidadas  ya, 
acerca  de  nuestras  costumbres  domésticas  (r¡). 

Parte  II,  capitulo  XLI,  nota  13.  — Refiere  las  costumbres  de  los  romeros 
^palmeros  en  la  Edad  Media,  y  aun  en  los  tiempos  posteriores. 

Parte  II,  capítuloXLVI,  nota  17.  —  Demuestra  que  fué  real  y  verdadero 
en  la  Edad  Media  el  uso  de  que  las  damas  asistiesen  y  curasen  á  los  caba- 
lleros heridos. 

Parte  II,  capítulo  XLVII,  nota32. —  Con  motivo  de  estas  palabras  del 
texto  :  ac  leer  y  escribir  y  soy  vizcaíno,  cita  todos  los  secretarios  naturales  de 
Vizcaya  que  tuvieron  los  monarcas  de  la  dinastía  austríaca. 

Parte  II,  capítulo  XLIX,  nota  3~;  cap.  L,  nota  12;  cap.  L.  nota  44.  — 
Acerca  de  los  trajes,  así  de  hombres  como  de  mujeres,  no  desaprovecha 
el  comentador  ninguna  oportunidad  que  le  ofrezcan  los  pasajes  de  Cer- 
vantes en  que  se  hace  mencitJn  de  los  vestidos.  Es  muy  notable  la  nota  37 
del  capítulo  XLIX,  porque  en  ella  se  ve  el  lujo  en  el  vestir  propio  del 
siglo  XVI,  comparado  con  la  sencillez  y  llam-za  de  los  tiempos  anteriores. 
En  la  nota  44,  capítulo  L,  y  en  otras,  cita  las  varias  precauciones  que  en 
diversas  épocas  tomó  la  ley  en  España  para  contener  el  lujo  y  aun  la 
indecencia  en  el  vestir.  Sin  embargo,  la  misma  ley  que  prohibía  á  las 
mujeres  el  uso  de  los  verdugados,  sin  llevar  chapín  de  cinco  dedos  de 
alto,  permitía  el  castigo  indecente  de  cortar  las  faldas  á  las  rameras  :  de 
cuya  costumbre  se  encuentran  vestigios  entre  los  antiguos  españoles,  los 
italianos  y  aun  los  pueblos  de  la  tierra  de  Canaán,  como  puede  verse  en 
la  nota  12  del  capítulo  L. 

Parte  II,  capítulo  Lli,  notas  10  y  I;!;  cap.  LVI,  nota  21  ;  cap.  LVIII, 
notaGl.  —  Contiene  muy  á  la  larga  la  historia  de  los  desafíos  en  España  y 
la  explicación  de  las  principales  ceremonias  que  en  ellos  se  observaban. 
Entre  los  famosos  duelos  de  la  más  remota  antigüedad  castellana,  cita 

(r,)  El   erudito  Doctor  Thebiis^em  ( señor       pág.  121,  consagra  un  largo  v  ameno  artí- 
Pardo  de  Figueroa)  en  su  curioso  é  inte-       culo  á  los  tratamientos  Don,  Vos,  etc. 
resante    libro    frimera   ración    de   artículos,  (M.  de  T.) 


cnÍTic.v  vil 

el  señor  Clcmencín  el  lelo  de  Zamora  por  Dieíjo  Ordófiez  de  l.ara,  y  el 
de  los  Infantes  de  Carri(')n  por  el  Cid,  y  pasa  en  silencio  el  que  algunos 
documentos  6  historiadons  catalanes,  citados  por  el  señor  liofarull  en 
su  ol)ra  Los  Condes  <le  liarcclona,  relieren  á  la  misma  «'poca,  á  sal»(!r  :  del 
conde  D.  Rerensíuel,  por  sobrenombre  el  fratricida,  que  fué  vencido  en 
el  desafío. 

Kste  duelo  merecía,  sin  embargo,  particular  mencit'm,  tanto  porque 
recaía  sobre  un  juicio,  como  porque  siendo  juez  el  mismo  rey  de  Castilla 
Alonso  VI,  era  muy  glorioso  para  él  y  para  la  nación  que  el  soberano  de 
un  pueblo  extranjero,  y  poco  antes  enemigo  suyo,  se  sometiese  á  su 
tribunal.  El  erudito  y  laborioso  Clemencín,  qué  tantas  pruebas  tiene 
dadas  de  su  vasta  lectura,  no  halló,  pues,  en  nuestras  memorias,  vestigios 
de  semejante  desafío  ;  y  este  silencio  es  un  argumento  muy  fuerte  contra 
la  realidad  del  hecho  que  no  hubieran  omitido  los  cronistas  coetá- 
neos, tanto  por  la  atrocidad  del  crimen  como  por  la  celebridad  del  tri- 
bunal. 

En  las  citadas  notas  explica  la  costumbre  de  dejar  un  guante  por  prenda 
del  desafío,  la  de  partir  el  sol  y  medir  las  armas  á  los  combatientes,  y 
otras  varias.  Recuerda  también  los  libros  y  pasajes  caballerescos  en  que 
se  mencionan  semejantes  duelos,  y  principalmente  la  historia  de  los 
pasos  honrosos  que  se  han  celebrado  en  Castilla.  El  señor  Clemencín 
juzga  esta  galantería  del  siglo  xv  con  toda  la  severidad  filosófica  del  xix, 
en  lo  cual,  ciertamente,  no  le  imitaremos.  Una  nación  belicosa,  por  nece- 
sidad debió,  aun  en  sus  diversiones,  manejar  el  acero.  Algo  más  honrosos, 
algo  más  útiles  eran  á  Castilla  aquellos  pasos  que  los  que  desgraciada- 
mente sostiene  nuestra  juventud  entre  los  desfiladeros  que  forman  los 
naipes  en  el  juego  del  monte. 

Parte  H,  capítulo  LIX,  nota  b8.  —  La  nota  sobre  las  justas  y  torneos  de 
Zaragoza,  y  sobre  la  Cofradía  de  San  Jorge,  que  tenía  á  su  cargo  cele- 
brarlos, es  muy  interesante,  ya  se  considere  históricamente,  ya  como 
relativa  á  las  costumbres  antiguas  de  Aragón.  En  ella  se  ve  claramente 
el  carácter  de  las  instituciones,  á  un  mismo  tiempo  políticas,  religiosas  y 
militares,  de  un  pueblo  que  debió  su  existencia  como  nación  indepen- 
diente á  su  lanza  y  á  su  creencia.  Es  verdad  que  estas  instituciones  no 
son  propias  del  siglo  ni  de  la  civilización  actual ;  mas  no  puede  negarse 
que  satisfacían  completamente  las  necesidades  sociales  de  aquellos  siglos, 
y  ridiculizarlas  ahora  sería  un  anacronismo  tan  pedantesco,  como  pre- 
sentar á  la  irrisión  pública  el  censo  y  las  lustraciones  de  Roma,  ó  la  salsa 
negra  de  los  espartanos,  ^'ada  de  lo  que  ha  contribuido  á  inspirar  á  los 
hombres  sentimientos  dt;  honor  y  de  virtud  es  despreciable  ni  indigno  de 
la  consideracii'm  del  filósofo. 

Parte  II,  capítulo  LX,  notas  "24  y  íiO.  — No  podemos  decir  otro  tanto  de  los 
bandos,  comunes  en  Cataluña  y  en  otras  provincias  y  ciudades  de  España 
entre  las  familias  nobles,  y  de  las  cuales  se  habla  en  las  notas  citadas. 
Esta  costumbre  bárbara  de  abanderizarse  trajo  quizá  su  origen  de  los 
güelfos  y  gibelinos,  facciones  que  de  Alemania  pasaron  á  Italia,  y  bien 
que  en  las  ciudades  de  Castilla  pueden   atribuirse  con  más  razón   á  la 


DON    QUIJOTE    DE   LA    MANCHA 


anibiciüu  de  los  nobles  que  solicitaban  los  oficios   municipales,  cuando 
éstos  empezaron  á  dar  influencia  en  el  poder. 

Parte  II,  capítulo  LXII,  nota  2.  Contiene  muy  buena  y  escogida  erudi- 
ción acerca  de  las  fiestas  que  todas  las  naciones  hacen  en  la  noche  y 
mañana  de  San  Juan,  tan  celebradas  en  nuestros  libros  caballerescos, 
rouiances  y  comedias.  Refiere  también  las  funciones  que  se  hicieron  en 
los  jardines  del  Prado  de  .Madrid  en  obsequio  del  rey  Felipe  IV,  la  noche 
de  San  Juan  del  año  1631. 


MORAL 

Parte  I,  capítulo  XVIII,  nota  13.  —  Trata  del  cfelo  religioso  que  los 
autores  de  libros  de  caballería  atribuyeron  á  sus  héroes,  y  cita  numerosos 
pasajes  que  lo  demuestran. 

Parte  II,  Prólogo,  nota  6.  —  Habla  en  ella  Cervantes  de  la  ocupación 
continua  y  virtuoaa  de  Lope  de  Vega,  que,  en  sentir  del  comentador,  era 
la  de  escribir  para  el  teatro.  Con  este  motivo  observa  que  los  más  célebres 
dramaturgos  y  los  fundadores  del  teatro  español  pertenecen  al  clero 
secular  ó  regular,  Juan  de  la  Encina,  Torres  Naharro,  Bermúdez,  Lope 
de  Vega,  Miguel  Sánchez,  llamado  el  Divino,  Mirademescua,  Calderón, 
Solís  y  otros  de  menos  nombi'adía  que  cita,  fueron  sacerdotes.  Añade  á 
estas  noticias  la  de  las  discusiones  frecuentes  sobre  los  vicios  del  teatro, 
y  de  las  disposiciones  gubernativas  para  corregirlos,  concluyendo  con  las 
reflexiones  del  elocuente  Jovellanos  sobre  esta  materia. 

Parte  II,  capítulo  LVIII,  notas  24  y  siguientes.  —  Habla  de  los  agüeros 
y  copia  un  hermoso  pasaje  de  la  Crónica  de  D.  Pedro  ]\iño,  lleno  de 
reflexiones  juiciosas  y  filosóficas,  superiores  á  las  luces  del  siglo  en  que 
se  escribieron.  A  la  misma  clase  pertenece  la  superstición  de  las  varillas 
de  virtudes,  mencionadas  en  la  nota  30  del  capítulo  LXII.  Estas  varillas  han 
sido  muy  célebres  desde  la  de  Circe,  ó  por  mejor  decir,  desde  la  de  Mer- 
curio, que  parece  haber  sido  el  tipo  de  las  demás.  Ya  en  la  nota  13  del 
capítulo  LXII  había  dado  noticia  de  los  que  eran  tenidos  en  tiempo  del 
autor  del  Quijote  por  grandes  mágicos  y  nigromantes. 

Parte  II,  capítulo  LXIX,  nota  9.  —  Con  motivo  de  la  fingida  muerte  de 
Altisidora,  cita  un  gran  número  de  personas  de  uno  y  otro  sexo  muertas 
sin  violencia  ni  suicidio,  por  la  misma  fuerza  de  la  pasión  amorosa.  Cita 
también  á  Quevedo,  que  vio  junto  al  trono  de  la  muerte  á  muchos  que 
estaban  ya  paraacahar  de  amor...  y  á  puros  milagros  de  interés  resucitaban. 


LITERATURA 

Parte  I,  capítulo  XX,  nota  39.  —  Se  explica  el  origen  del  cuento  de  la 
pastora  Torralba.  Las  investigaciones  del  señor  Clemencín  lo  hacen  subir 
á  la  literatura  oriental.  La  primera  vez  que  apareció  en  la  europea  esta 


I 


r.uíiicv  IX 

conseja,  fué  en  un;i  obra  latina  iiililulada  l'roreibioihm  scu  clericalis 
(iiscipliiix  libii  tres,  su  autor  Pedro  Allbnso,  judío  converso  de  Hliesca  (0). 

Parte  I,  capítulo  XXI,  nota  3.  —  Hahla  de  las  colecciones  de  refranes 
caálellanos.  1.a  más  conocida  es  la  de  llernán  Nuñez  Pinciano,  llamado 
el  Cumcndador  yricijo,  (\\ie  murió  en  l.')i)3(i). 

Parte  1,  capítulo  XXIII,  nota  32.  —  Cilade  los  héroes  andantescos,  los  que 
se  celebran  en  sus  historias  como  buenos  poetas  y  músicos;  y  maniüestd. 
cuánto  aprecio  tuvieron  entrambas  profesiones  en  la  corte  de  Castilla 
desde  San  Fernando,  que  gustaba  de  los  trovadores,  y  entendía  quién  lo 
hacia  bien  y  quién  no,  como  dice  su  hijo  Ü.  Alonso  el  Sabio. 

Parte  I,  capítulo  XXVÍII,  nota  29.  —  Enumera  los  libros  de  invención  y 
entretenimiento  que  precedieron  en  España  al  Quijotk. 

Parte  II,  ca[)ítulo  III,  nota  10.  —  Es  bien  conocida  en  nuestra  historia 
literaria  la  tradición  del  Biiscnpié,  papel  que  se  supone  escrito  por  Cer- 
vantes para  excitar  la  malignidad  del  público  y  buscar  compradores  del 
Quijote,  diciéndoleque  los  personajes  de  e^ta  novela  no  efan  imaginarios, 
sino  verdaderos  é  históricos,  con  nombres  fingidos,  y  que  en  ella  se  sati- 
rizaban las  empresas  y  galanterías  del  emperador  Carlos  V  y  de  otros 
hombres  célebres  de  su  época.  El  señor  Clemencín,  en  la  nota  citada, 
desmiente  la  hablilla  del  Buscapié,  por  la  falsedad  de  la  causa  que  se  le 
atribuye,  que  es  el  mal  despacho  del  Quliote  en  sus  principios  ;  pues  sólo 
en  el  primer  año  de  la  publicaci<')n  de  la  primera  parte  se  hicieron  cuatro 
ediciones  de  ella,  y  el  mismo  Cervantes  dice  en  la  segunda  que  su  libro 
había  salido  al  mundo  con  unixicrsal  aplauso  de  las  gentes  [■/.). 

Parte  II,  capitulo  XVIII,  nota  3:3.  —  Dase  noticia  dé  las  Academias  poé- 
ticas privadas  más  célebres  que  hubo  en  España  después  del  renacimiento 
de  las  letras  ;  y  fueron  la  Imitatoria,  fundada  en  Madrid  en  1586,  de  la 
cual  fué  individuo,  con  el  título  de  Bárbaro,  el  famoso  poeta  aragonés 
Lupercio  Leonardo  de  Argensola;  la  Se/i'a^'e,  también  déla  corte,  en  1612, 
á  que  perteneció  Lope  de  Vega  :  la  de  los  Nocturnos,  fundada  en  Valencia 
en  1591,  y  la  délos  Anhelantes  de  Zaragoza. 

Parte  II,  capítulo  XXIII,  nota  48.  —  Es  una  nota  de  crítica  literaria  muy 
apreciable.  El  Comendador  hace  elogios  merecidos  del  episodio  de  la 
Cueva  de  Montesinos.  En  esta  parte  de  la  fábula  quiso  imitar  Cervantes  el 
descendimiento  al  Averno  de  Clises  y  de  Eneas,  y  las  aventuras  caballe- 
rescas de  castillos  y  personas  encantadas  ;  pero  no  teniendo  á  su  disposi- 
ción ni  los  dioses   de   Grecia  y  tloma,  ni  ios  nigrománticos  de  la  Edad 

(6)  El  libro  Disciplina  clericalis  se  publicó  dio    mucho  que  hablar   la  superchería  del 

en  el  siglo  xii  (su  autor  se  convirtió  en  llUtí)  escritor  gaditano  señor  Castro  que  dio,  como 

Esta  inspirado  en  gran   parte  en  Kalila  y  hallazgo  curioso   de   bibliófilo,  un  Buscapié 

iJimna,  veisión  árabe  del  libro  Pantcha  Tan-  de  su  invención,  atribuido  al  inimitable  au- 

tra  (los  cinco  capítulos),  publicada  en  el  tor  del  Quijote.  A  pesar  del  ingenio  del  Sr. 

siglo   VIII  y  traducida  en  castellano  en  el  Castro,  no  engañó  á  los  buenos  cervantistas 

siglo  XIII.                                        (M.  de  T.)  y  dio   lugar  a  muy  acaloradas    polémicas. 

(:)  Existe  una  colección  moderna  de  re-  Los  esi)aíioles  han  sido  dados  siempre  á  esta 

franes  :  l¿l  Refranero  español,  obra  premiada  clase  de  sujíerchorías,  como  lo  prueban  El 

en    concurso   público    y    debida   al    erudito  Centón    epistolariu.    Los   Falsos    Cronicones, 

pareiniólogo  señor  Sbarbi.           (M.  de  T.)  el  fragmento  de  Petronio,  fingido  i>or  Mar- 

(x)  En  la  segunda  rnitad  del  pasado  siglo  chena,  etc.,  etc.                              (M.  de  T.) 


X  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

Media,  se  vali<j  del  sueño  de  un  loco  para  hacer  verosímil  la  narración, 
más  poética,  más  copiosa  en  imágenes  de  toda  clase,  más  rica  en  elocución 
que  se  halla  enloda  su  admirable  obra.  «  Se  aprovechó  (dice  el  señor  Cle- 
mencín)  de  las  antiguas  hallullas,  creídas  en  el  país  de  su  héroe  ;  las 
amalgamó  con  las  noticias  de  los  romances,  también  antiguos,  que  anda- 
ban en  boca  de  lodos,  sobre  Montesinos,  sobre  Durandarte,  y  los  amores 
de  éste  con  Belerina  ;  combimí  estas  circunstancias  del  errory  delcapricho 
con  las  reales  y  físicas  del  nacimiento  del  Guadiana,  de  las  lagunas  en 
donde  nace,  de  su  desaparición  y  de  su  segundo  nacimiento,  de  la  calidad 
de  sus  aguas  y  pesca ;  añadió  de  la  f(''rtil  y  florida  vena  de  su  ingenio  la 
existencia,  no  mencionada  en  los  romances  y  consejas  populares,  del 
escudero  (Guadiana,  de  la  dueña  Ruidera,de  sus  sobrinas  é  hijas;  la  trans- 
formaci('in  de  aquel  en  río  y  de  éstas  en  lagunas  ;  hizo  intervenir  en  estos 
sucesos  á  Merlín,  reputado  padre  de  la  magia  en  la  opinión  del  mundo 
europeo, y  de  todos  estos  elementos,  aglomerando  lo  natural,  lo  alegórico, 
lo  ridículo  y  lo  caballeresco,  formó  la  aventura  más  feliz  y  más  poética 
del  QuMOTE.  )) 

Parte  II,  capitulo  XXV,  nota  28.  —  Trata  de  los  errores  populares,  no 
sólo  en  España,  sino  también  en  el  resto  de  Europa,  acerca  de  la  astrología 
judiciaria. 

Parte  II,  capiluloXXIX,  nota  tl.~  Cita  las  palabras  de  AbrahamOrtelio, 
que  dieron  algiín  crt'>dito  á  la  fábula  vulgar  de  que  todos  los  insectos  que 
se  alimentan  del  cuerpo  humano,  perecen  al  pasar  el  meridiano  de  las 
Azores;  bien  que  el  autor  del  Quijote, que  i[u¡so  ridiculizar  esta  necedad, 
colocó  en  el  Ecuador  el  término  de  la  vida  de  estos  insectos. 

Parte  II,  capítulo  LXII,  ñola  7o. —  Es  muy  singular  y  apreciable  esta  nota. 
Hablase  en  ella  de  una  adicic'm  manuscrita,  hecha  en  Alemania,  del  Qui- 
jote, con  el  título  de  Capituloa  de  mi  Don  Quijote  de  la  Mancha,  no  podidoa 
publicar  en  España  ;  palabras  que  ya  por  sí  maniUestan  el  poco  conocimiento 
de  su  autor  en  el  idioma  castellano.  El  señor  Clemencín  se  abstuvo  de 
calificar  esta  falsiíicación,  y  se  contentó  con  indicar  las  aventuras  conte- 
nidas en  dichos  capítulos ;  pero  basta  tan  leve  noticia  para  convencernos 
de  cuan  disparatada  empresa  ha  sido  y  será  en  todos  tiempos  tocar  á  la 
péñola  que  dejó  Cervantes  colgada  en  la  espetera  (a). 

Parle  II,  capítulo  LIX,  notas  36, 37,  .38  et  56.  —  No  se  contentó  tan  fácil- 
menle  nuestro  sabio  comentador  en  las  notas  relativas  al  rival  de  Cer- 
vantes, que  tan  ridiculamente  celebró  Avellaneda.  Censura  el  mal  len- 
guaje, el  pésimo  gusto,  la  falta  de  urbanidad,  de  gracia  y  de  decencia  en 
el  ])Si'udo-conlinuador  del  Quijote, y  se  admira,  como  nosotros,  del  elogio 
que  hace  de  él,  en  la  aprobaciiui  de  la  moderna  ediciiui  suya,  D.  Agustín 
Monliano  y  Luyando,  que  llegó  hasta  decir  :  no  es  frío  y  sin  (gracejo,  como 
Cervantes.  Esto  decía  el  que  creyó  haber  regenerado  el  teatro  español 


(■/.)  Hasta  los  más  notables   ingenios  han  en  su  libro:  Capítulos  que  se  le  olvidaron  ni 

fracasado   en   tan  ardua  empresa,  como  lo  autor  del  Quijote,  que  no  es  de  lo  mejor  que 

demostró,  en  época  muy  reciente,  el  castizo  y  produjo  su  pluma.  (M.  efe  T.) 

elegante  escritor  ecuatoriano  Juan  Montalvó 


CRÍTICA  XI 

con  sus  dos  traíjodias  Ataúlfo  y  Vtrginin.  Tales  son  ellas.  En  las  bellas 
letras  lodo  está  enlazado,  y  no  era  posible  que  hiciese  buenas  tragedias  el 
(|uo  tan  depravado  gusto  tenía. 

Parte  II,  capitulo  LXXIlI,nota  15.  — También  es  interesante  la  enumera- 
ción de  niiestros  poetas,  por  la  mayor  [)arte  bucólicos,  que  celebraron  á 
sus  amadas  bajo  nombres  fingidos.  La  especie  de  desdén  con  que  se  mira 
en  la  actualidad  la  poesía  pastoral,  tan  cultivada  por  nuestros  mejores 
poetas  y  novelistas,  es  una  moda  de  Francia  introducida  en  la  literatura 
española.  Pero  los  franceses  tienen  justo  motivo  para  desacreditar  un 
género  en  que  nada  sobresaliente  han  ¡iroducido  ;  nosotros,  imitándolo 
ridiculamente,  condenamos  al  olvido  y  al  desprecio  unagran  parte  délas 
riquezas  de  nuestro  Parnaso.  Otrotantose  liizo  ámediados  del  siglo  pasado, 
y  también  por  seguir  la  moda  francesa,  con  nuestro  tesoro  dramático  del 

siglo  XVH  (¡i.). 

Hemos  reservado  para  el  (in  de  este  artículo  las  notas  relativas  á  la 
célebre  conversación  entre  el  cura  y  el  canónigo,  y  del  canónigo  con 
D.  Quijote,  que  recayeron  en  parte  sobre  la  literatura  novelesca  y  en 
parte  sobre  la  teatral.  En  cuanto  al  juicio  de  los  libros  de  caballería,  el 
señor  Clemencín  cita  al  pie  de  los  discursos  de  los  dos  cuerdos  y  delloco, 
todos  los  desatinos  á  que  se  refieren,  compulsando  para  ello  la  literatura 
andantesca,  tan  común  en  tiempo  de  Cervantes  y  tan  rara  en  el  nuestro, 
que  el  laborioso  esmero  del  señor  Clemencín  en  sus  notas  es  de  absoluta 
necesidad;  pues  sin  ellas  parecería  mayor  la  locura  de  Cervantes  en  im- 
pugnar desvarios  desconocidos  ya  de  nosotros,  que  la  de  su  héroe  en  aco- 
meter los  molinos  de  viento. 

En  cuanto  á  la  literatura  dramática,  confesamos  con  el  señor  Clemencín 
que  las  reflexiones  de  Cervantes  sobre  los  defectos  de  las  comedias  de  su 
tiempo  son  todas  juiciosas  y  prueban  su  buen  gusto  y  extenso  conoci- 
miento de  los  modelos  de  la  antigüedad;  nos  admiramos  también  con  el 
mismo  docto  comentador  y  con  otros  eruditos  que  le  precedieron,  de  que 
un  hombre  tan  instruido  como  el  autor  del  Quijote  hubiese  escrito,  contra 
su  misma  doctrina,  dramas  tan  monstruosos,  y  lo  que  es  peor,  tan  insí- 
pidos, como  los  que  produjo  al  teatro. 

No  es  tan  cierto  que  en  la  crítica  que  hizo  tuviese  por  principal  objeto 
satirizará  Lope  de  Vega,  á  quien  tanto  elogia,  á  pesar  de  sus  defectos  ;  y 
mucho  menosque  la  emulación  ó  el  despecho  hubiesen  dirigido  su  pluma. 
En  la  censura  que  hace,  ni  es  irónico  ni  cáustico,  contra  su  estilo  natural. 
Ni  se  hallan  sólo  en  las  comedias  de  Lope  los  defectos  que  critica.  Eran 
generales  en  todos  los  dramáticos  de  su  siglo.  Para  encontrarlos,  bastá- 
bale á  Cervantes  leer  sus  pi'opias  comediiis.  Si  estaba  instruido  en  las 
reglas    del  arte  y   las  despreci(3    cuando  componía,   hizo  lo  mismo  que 

(y.)  Lo  mismo  sucedió  con  nuestros  incom-  algunos  eruditos  alemanes,  como  Bohl  de 

paiables  romanceros,  que  nmchos  literatos  Faber,  padrede  nuestra  sin  par  novelistai^er- 

españoles  imbuidos  en  las  estrechas  doctri-  nán  Caballero,  tenían  que  defender  nuestros 

ñas  del  clasicismo  francés  (entre  otros  Her-  tesoros  literarios  contra  los  mismos  espa- 

mosilla)    consideraban     poco     menos     que  ñoles. 
como  las  coplas  de   Calaínos,  mientras  que  (M.  de  T.) 


XII  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

Lope,  que  encerraba  los  preceptos  con  seis  //aies, sojuzgados  uno  y  otro  por 
el  gusto  del  público. 

Debe  hacerse  otra  roíbíxiím.  Lope  no  debió  su  celebridad  d  suá  fcome- 
dias  históricas,  ni  á  las  divinas,  eU  las  cuales  se  notan  la  mayor  jiarte  de 
los  desatinos  censurados  ]jor  Cervantes;  sino  á  las  que  entonces  se  lla- 
maron de  capa  !j  espada,  como  La  Esclava  de  su  galán.  La  Moza  de  cántaro, 
De  Corsario  á  corsario,  y  otras  mil  de  este  género,  de  las  cuales  unas  han 
sido  imitadas  por  los  dramáticos  franceses  (v)  de  más  nota,  y  otras  Se  re- 
presentan aun  en  nuestros  leatros  con  aplausos  no  desmentidos. 

La  verdad  es  que  ni  Cervantes,  ni  el  mismo  Lope  conocieron  él  ritiévd 
sendero  de  Kl  poesía  dramática  que  abrió  este  felicísirtio  ingenio,  guiado 
solamente  por  su  instinto  y  por  el  del  público  para  quien  componía.  Nó 
es  aquí  oportuno  tratar  una  cuestión  tan  larga  y  delicada  ;  baste  decir 
que  casi  á  un  mismo  tiempo  crearon  Lope  de  Vega  y  Shakespeare  los  tea- 
tros de  sus  naciones,  y  dieron  cada  uno  al  suyo  un  carácter  propio  y  original. 

Citaremos  aquí  otras  notas  de  literatura  teatral  que  se  hallan  en  el 
tomo  IV,  Una  de  ellas  es  sobre  los  bobos  y  graciosos  de  nuestras  comedias; 
Los  primeros  divertían  al  público  con  sus  patochadas  y  necedades,  riiuy 
semejantes  á  las  de  los  arlequines  italianos,  de  que  hubo  un  teatro  en 
tiempo  de  Felipe  11.  Este  príncipe  gustaba  mucho  de  sus  gracias.  En  la 
nota  24  del  capítulo  VII,  parte  11,  se  hace  memoria  de  Trasíu/o,  personaje 
de  dicho  teatro  italiano,  establecido  en  la  corte  de  España.  El  gracioso, 
llamado  al  principio  donaire,  fué  introducido  por  Lope  do  Vega  en  su  co- 
media la  Francesilla  ;  en  este  papel  empleaban  los  autores  dramáticos 
todas  las  sales  de  la  elocución  festiva  y  familiar  y  de  la  sátira  picaresca. 
Últimamente,  en  la  nota  22  del  capítulo  XXI,  parte  II,  recuérdalas  dife- 
rentes composiciones  dramáticas  en  que  se  ha  introducido  el  personaje 
de  D.  Quijote,  siendo  la  primera  que  se  cita  Las  Bodas  de  Camacho  el  rico, 
de  Meléndez  Valdés,  y  observa  que  ninguna  de  las  que  se  conocen,  y  lo 
mismo  se  puede  inferir  probablemente  de  las  que  se  han  perdido,  es  tole- 
rable.  Luchar  con  Cervantes  no  es  dado  ni  álos  prosistas  ni  á  los  poetas. 


HISTORIA    Y    ANTIGÜEDADES 

Parte  I,  capítulo  XXX,  nota  51.  — Es  un  compendio  de  la  historia  de  los 
gitanos ;  casta  extraordinaria  y  errante,  que  no  aparece  en  nuestra  histo- 
ria hasta  fines  del  siglo  xv. 

(v)  En   mi  traducción   de   la  Historia  de  ríales  de  España.  Linguet,  uno  de  los  me- 

la  Literatura  francesa,  de  Leo  Claretie,  pu-  jores  traductores  de  nuestros  clásicos  eu  el 

blicada  recientemente  (1908)  por  la  librería  siglo  xviii,  atirma  que,  en  riquezas  dramá- 

P.  Ollendoríf,  pongo  la  siguiente  nota,  al  ha-  ticas,  Francia  debe  más  á  Es|iaña  que  á  to- 

blar  del  poeta  Quinaull  (tomo  I,  páj;.  tj3s)  :  das  las  demás  naciones  del  mundo.  Merecen 

«  Quinault,   como  sus  contemporáneos   y  consultarse  acerca  de  este  punto  Le  Tkéatre 

antecesores,    mcrmicó    ampliamente    en    la  espuynol  por  tíassier;  La  Comedir  pspaynote 

dramática   española.    Sería    tarea    intermí-  en  Fmnce  y  Moliere  et  ie  TItéátre  espaynoi^ 

nable  indicar  todos  los  arreglos  y  plagios.  del  seuor  Éruesto  Wartinenche.  » 
Según  ciassier,  desde  lüuo  hasta  1'ií:í'),  todo*  (M.  de  T.) 

los  dramáticos  franceses  tomaron  sus  mate- 


f:H  rn  CA  \ui 

Parte  I,  capítulo  XXXIX. —  Todas  las  notas  que  se  relieieu  á  la  historia 
ilel  Cautivo  son  de  la  mayor  importancia.  l£n  ellas  se  da  amplia  noticia 
de  los  sucesos  y  hazañas  de  los  españoles  contra  los  turcos  y  hnrhoriscos; 
de  las  aventuras  did  mismo  Orvanl.es,  consifínadas  hasta  cierto  punto  en 
aquella  novela  liist(')rica ;  de  las  costumbres  de  los  moros  y  de  la  crueldad 
conque  trataban  á  los  cristianos  que  caían  en  su  pod<!r;  en  lin.de  cuanto 
pl  mismo  autor  del  Quijote  quiso  que  fuese  conocido  é  inmortalizado  en 
aquel  episodio,  que,  aun(|ue  deslif^ado  del  asunto  principal  de  la  obra, 
interesaba  nuicho  á  la  nación  para  quien  se  escribía. 

Parte  H,  capítulo  XL,nota4. — Es  muy  digna  de  observación  la  nota  sobre 
las  reflexiones  del  Cautivo  acerca  de  la  Goleta,  cuya  conservación  traía  á 
España  más  gasto  que  provecho. El  señor  Clemencín  cita  un  monumento 
muy  curioso,  y  es  una  carta  de  I).  Diego  Hurtado  de  Mendoza  al  rey 
Felipe  II,  en  la  cual  coincide  el  juicio  de  aquel  célebre  estadista  con  el 
de  Cervantes.  Añade  el  comentador  que  este  mismo  dictamen  fué  seguido 
en  tiempos  posteriores  por  otros  que  aconsejaron  abandonar  los  demás 
presidios  de  la  costa  de  África.  Habla  después  de  la  conquista  de  Argel  por 
los  franceses,  hecha  en  nuestros  días ;  del  sistema  de  colonización  de 
aquella  regencia  y  de  las  dificultades  que  encontrara,  con  mucho  tino  y 
solidez. 

Nosotros  creemos  que  uno  de  los  grandes  males  que  produjo  á  España 
la  dinastía  austríaca,  fué  haber  separado  el  espíritu  belicoso  de  nuestra 
nación  de  la  dirección  que  di(')  á  sus  conquistas  Fernando  el  Católico. 
África  era  entonces  el  teatro  natural  de  lagloria  española;  áél,  y  no  á  Ale- 
mania ni  á  Flandes,  nos  llamaba  la  justa  venganza,  el  entusiasmo  reli- 
gioso, la  defensa  de  nuestras  costas  contra  los  piratas  berberiscos,  y,  en 
fin,  los  intereses  generales  de  la  civilización.  Mientras  ganábamos  la 
batalla  de  Mulberg  en  el  Elba  y  la  de  San  Quintín  en  el  Soma,  á  costa  de 
nuestra  sangre  y  tesoros,  eran  afligidas  las  plazas  de  la  Península  por  los 
corsarios  de  Berbería,  é  innumerables  españoles  gemían  en  las  mazmorras 
de  aquellos  bárbaros.  Añádase  á  esto  que  las  costas  del  Mediterráneo  eran 
el  punto  natural  de  nuestro  engrandecimiento  terrestre  y  marítimo;  pues 
tocando  este  mar  por  una  parte  á  la  Penínsulay  por  otraá  nuestras  con- 
quistas en  Italia,  la  posesión  de  Berbería  hubiera  hecho  invulnerable  la 
nación  en  el  centro  de  su  poder.  De  este  plan  sensato  y  útilísimo  de 
engrandecimiento  nos  separaron  los  intereses  de  la  casa  de  Austria,  y 
empleamos  nuestras  fuerzas  en  guerras  de  más  gloria  que  provecho  con- 
tra pueblos  cuyos  nombres  apenas  conocíamos  (?). 

Parte  I,  capítulo  XLIII,  nota  8.  —  El  señor  Clemencín  habla  muy  á  la 
larga,  y  á  la  verdad  con  sobrada  razón,  del  problema  político  que  se 
resolvió  en   tiempo  de  Felipe  III  sobre  cuál  debía  ser  la  residencia  de  la 

(;)  Tenía  mucha  razón  el  insigne  Lista.  <á  la  mayor  decadencia  y  casi  estuvimos  á 
Por  abandonar  la  política  de  Isabel  la  Cató-  punto  dé  perder  uuestra'nacionalidad.  Esto 
lipa  y  de  Cisneros,  volviendo  la  espalda  al  nos  ha  traído  el  desquiciamiento  completo 
Mediterráneo  é  internámlonos  en  el  conti-  de  nuestra  vida  política  y  económica,  la  per- 
néate europeo,  salimos,  si  con  alguna  glo-  dida  de  todo  poderío  naval  y  militar  y  otras 
ria,  con  las  manos  en  la  cabeza ;  llegamos  muchas  cosas  más.  "      (M.  de  T.) 


XIV  DON    (jUIJOTIi    DE    LA    MANCHA 

corte  de  España.  La  disputa  entre  Madrid  y  Valencia,  dice  con  donaire  el 
comentador,  era  más  bien  una  quimera  entre  dos  viejas  que  una  cuestión 
de  interés  general.  Lamenta  justísimamente  que  no  se  hubiese  preferido 
á  Lisboa;  la  suerte  de  la  monarquía  estaba  ligada  á  aquella  discusión,  sin 
saberlo  los  mismos  que  la  entablaron  y  decidieron. 

Parle  II,  capítulo  I,  nota  42.  —  St>  da  noticia  de  hombres  cuya  estatura 
era  desmesurada.  D.  Pedro  de  Portugal,  hijo  bastardo  del  rey  D.  Dionis, 
y  autor  del  primer  nobiliario  de  nuestra  bibliografía,  tenía  once  palmos 
y  medio  de  largo.  D.  José  Pellicer  de  Salas,  comentador  del  Polifemo,  de 
Góngora,  vio  y  midió  en  Sevilla  un  hombre  que,  tendido  en  el  suelo, 
tenía  cuatro  varas  y  dos  tercias  de  largo.  El  mismo  Pellicer  cita  un  ala- 
bardero de  Felipe  II  cuyo  retrato  estaba  pintado  en  el  Pardo,  y  á  cuyo 
pecho  no  llegaba  un  hombre  de  mediana  estatura.  Bernardo  Gilli,  natu- 
ral de  Verona,  tenía  once  pies  de  altura;  y  Antonio  Cano,  de  Nueva  Gra- 
nada, que  murió  en  1804,  ocho  pies  menos  una  pulgada. 

Parte  II,  capítulo  II,  nota  14.  —  Explícase  la  distinción  entre  hidalgos, 
caballeros  y  ricos-hombres.  Los  primeros,  como  indica  su  mismo  nombre, 
eran  los  que  heredaban  de  sus  familias  bienes  con  que  mantenerse.  Los 
caballeros  podían,  además,  servir  en  la  guerra  á  caballo,  y  formaban  un 
orden  semejante  al  ecuestre  de  los  romanos.  Los  ricos-hombres  sobresa- 
lían entre  los  caballeros,  no  sólo  por  sus  riquezas,  sino  también  por 
el  favor  del  príncipe,  por  sus  dignidades  en  el  palacio  y  en  el  gobierno, 
y  por  su  influencia  en  el  Estado.  Estos  tres  grados  de  nobleza  se  reco- 
nocían en  España;  el  Don  afectó  primero  sólo  á  los  ricos-hombres;  se 
extendió  después  á  los  caballeros,  y  en  tiempo  de  Cervantes  se  quejaban 
éstos  de  que  los  moros  hidalgos  empezaban  á  usui'parlo. 

Parte  II,  capítulo  XIV,  notas  5  y  siguientes.  —  Las  notas  que  ilustran 
las  antigüedades  de  España  son  muy  curiosas  é  interesantes.  La  relativa  ala 
Giralda  de  Sevilla,  citada  por  el  bachiller  Sansón  Carrasco,  alias  el  caba- 
llero de  los  Espejos,  contiene  el  origen  de  aquel  nombre,  dado  primero  á 
la  estatua  de  la  Fe,  que  corona  la  torre,  y  después  á  todo  el  edificio.  Con 
este  motivo  se  cita  la  descripción  que  de  él  hace  la  Crónica  general  de 
España.  Inmediatamente  después  describe  los  toros  de  Guisando  y  otros 
monumentos  de  la  misma  especie  que  se  encuentran  en  varias  partes  de 
España;  también  habla  de  los  esfuerzos  inútiles  de  nuestros  arqueólogos 
para  descubrir  el  objeto  de  aquellas  antiguallas. 

Trátase  después  de  la  sima  de  Cabra,  y  se  cita  el  hecho  curioso  del 
hombre  que  baja  á  ella  pendiente  de  cuerdas,  por  disposición  oficial, 
para  buscar  un  cadáver  que  los  asesinos  habían  arrojado  allí.  Con  este 
motivo  habla  también  del  pozo  Ayrón  de  Granada,  que  está  en  el  Albayzín, 
y  de  otro  que  hay  con  el  mismo  nombre  en  el  castillo  de  Garci-Muñoz,  en 
la  provincia  de  Cuenca. 

Parte  II,  capítulo  XVIII,  nota  23.  —  Se  habladelpeje  Nicolás,  hombre 
extraordinario  que  vivía  la  mayor  parte  del  tiempo  en  el  mar,  atravesaba 
á  nado  con  frecuencia  el  estrecho  de  Sicilia  y  llevaba  noticias  y  recados 
de  la  isla  al  continente,  y  al  contrario.  Estos  hechos  parecerían  increíbles 
si  su  posibilidad  no  se  hallasj  comprobada  con  el  del  hombre  de  Liér- 


CIÚTICA  XV 

yanes,  contemporáneo  del  Padrii  Feijoo,  que  fué  cogido  en  una  red  en  la 
bahía  de  Cádiz. 

Parte  lI,cupítuloXIX,  nota  20.  —  Da  noticiadelasobras  escritas  acerca  de 
la  esgrima  por  el  comendador  Jerónimo  de  Carranza,  i)or  D.  Luis  Pacheco 
de  Narváez,  maestro  de  esgrima  de  Felipe  IV,  y  por  el  manjués  de  las 
Torres  de  Rada,  que  floreció  á  principios  del  siglo  xviii. 

Parte  II,  capítulo  XXIIF,  nota  43.  — E.x^plícase  el  origen  de  laexpresión  pro- 
verbial española  es  un  Fúcar,  para  denotar  á  un  hombre  muy  rico.  I.a 
familia  de  los  Fúcares,  cuyo  verdadero  nombre  es  Fugger,  originaria  de 
Suiza  y  establecida  en  Ausburgo  al  principio  del  siglo  xv,  debió  al  comer- 
cio, como  la  de  los  Médicis,  sus  riquezas  y  su  engrandecimiento.  El  señor 
Clemencín  reíiere  todas  las  noticias  y  memorias  que  han  quedado  de  ella 
señaladamente  en  España,  donde  tuvo  á  su  cargo  por  muchos  años  y  con 
grandes  fueros  y  privilegios  las  minas  de  plata  de  Hornachos  y  de  Gua- 
dalcanal,  y  la  de  azogue  del  Almadén.  Las  Cortes  de  Valladolid  de  1552 
reclamaron  contra  el  arrendamiento  que  habían  hecho  los  Fúcares  de  las 
dehesas  de  los  maestrazgos  de  Santiago  y  de  Alcántara.  Un  ladrón,  fin- 
giéndose alguacil  de  la  Inquisición,  robó  la  casa  del  administrador  de  los 
Fúcares  en  Almagro,  de  cuyo  hecho  lomó  el  autor  del  Gil  Blas  uno  de  los 
episodios  de  su  novela.  En  fin,  subsiste  en  la  corte  un  testimonio  de  la 
influencia  y  consideración  que  esta  familia  tuvo  en  aquellos  tiempos  en  el 
nombre  del  Fúcar  dado  á  una  de  las  calles  du  Madrid. 

Parle  II,  capítulo  XXIV,  nota  30.  —  Dice  el  texto  :  «Yase  va  dando  orden 
para  que  se  entretengan  los  soldados  viejos  y  estropeados.  »  El  señor 
Clemencín  sospecha  que  esto  lo  dijo  Cervantes  irónicamente;  porque  no 
ha  hallado  en  ninguna  de  las  memorias  de  aquel  tiempo  vestigios  de 
disposiciones  legislativas  sobre  esta  materia,  á  pesar  de  los  escritos  del 
doctor  Herrera,  proto-médico  de  las  galeras  de  España,  acerca  de  la  nece- 
sidad de  socorrer  los  soldados  inválidos.  El  señor  Clemencín  cita  y  ana- 
liza estos  escritos,  que  son  de  fines  del  siglo  xvi,  con  el  tino  que  acos- 
tumbra. 

Parte  II,  capítulo  XXXII,  nota  38.  — Estanotaesapreciable,  porque  mues- 
tra la  laboriosidad  del  comentador  en  buscar  todo  lo  que  pudiese  ilustrar 
el  texto.  Prueba  por  una  información  que  Felipe  II  mandó  hacer  en  1376, 
que  en  Toboso  no  había  nobles,  caballeros  ni  hijosdalgo,  y  que  el  único 
que  gozaba  entonces  de  las  libertades  de  los  hijosdalgo  era  el  doctor 
Esteban  Zarco  de  Morales,  por  haberse  graduado  en  el  colegio  de  los 
españoles  de  Bolonia.  Una  hermana  de  este  doctor,  llamada  Ana,  fué 
probablemente,  según  Clemencín,  la  que  inmortalizó  Cervantes  con  el 
nombre  de  Dulcinea.  Esta  noticia  le  sirve  también  para  demostrar  que  la 
expresión  del  texto  :  Dulcinea  es  principal  y  bien  nacida  y  de  los  hidalgos 
linajes  que  hay  en  el  Toboso,  es  maligna  é  irónica. 

Parte  II,  capítulo   L,  nota   7.  —  Es  relativa  á   Aranjuez,  y  contiene 
muchos  pasajes  de  nuestros  escritores,  así  prosistas  como  poetas,  que 
prueban  cuan  célebre  fué  en  aquella  época  este  real  sitio,  mandado  for- 
mar por  Felipe  II. 
Parte  II,  capitulo  LIV,  notas  31  y  3-*.  —  Hablase  de  la  expulsión  de  los 


XVI  nON    QUIJOTK    I)R    I, A    MANCHA 

moriscos,  ordenada  por  Felipe  III.  Ambas  notas,  y  señaladamente  la 
segunda,  son  de  los  trozos  más  filosóficos  y  al  mismo  tiempo  más  elocuen- 
tes que  han  salido  de  la  pluma  del  señor  Clemencín.  Atribuye,  con  mucha 
razón,  al  ilotismo  político  y  civil  á  que  se  sometió  á  los  moros  converti- 
dos al  cristianismo,  y  á  las  leyes  opresivas  é  inicuas  que  contra  ellos  se 
pidieron  y  dictaron  en  las  Cortes  de  Castilla,  el  odio  atroz  é  inextinguible 
que  ardía  en  sus  pechos  contra  una  nación  que  los  aborrecía  y  vilipen- 
diaba, y  contra  un  gobierno  que  los  atormentaba  de  todos  modos.  De 
aquí  procedió  la  imposibilidad  de  incorporarse  y  confundirse  con  los 
españoles;  de  aquí  sus  comunicaciones  secretas  con  los  turcos  y  piratas 
de  África;  de  aquí  las  esperanzas  de  salvación  que  tenían  fundadas  en  las 
victorias  de  los  musulmanes;  de  aquí,  en  fin,  la  necesidad  de  la  expul- 
sión. No  podían  ya  vivir  en  la  misma  patria  con  los  cristianos  viejos  ;  así 
la  injusticia  sólo  puedo  producir  maldad  y  desventura  (o). 

Parte  II,  capítulo  LV,  nota  23.  —  Esta  nota  es  curiosa  y  menos  triste.  En 
ella  se  refieren  todas  las  fábulas  de  las  historias  andantescas  acerca  de 
los  pa/rtc¿os  de  Galiana,  cuyas  ruinas  existen  en  Toledo. 


DE   LOS   LIBROS    DE    CABALLERÍA 

La  noticia  de  las  fábulas  y  libros  caballerescos,  como  ya  hemos  dicho, 
es  más  importante  en  el  día,  así  para  los  lectores  nacionales  como  para 
los  extranjeros,  que  en  el  tiempo  mismo  en  que  se  escribió  el  Quijote. 
Entonces  eran  conocidas  y  vulgares  dichas  obras,  y  nadie  podía  desco- 
nocer el  espíritu  del  libro  que  acabó  con  ellas.  Así  apenas  se  encuentran 
sino  en  la  biblioteca  de  algún  curioso;  y  como  son  muy  pocas  las  que 
merecen  el  honor  de  la  reimpresión,  es  verosímil  que  desaparezcan  ente- 
ramente, en  cuyo  caso  no  sería  muy  fácil  formar  idea  del  monstruo  que 
aterró  Cervantes,  á  no  conservarse  tantas  señales  y  circunstancias  de  él 
en  las  notas  de  su  erudito  comentador.  En  ellas  se  da  un  completo  cono- 
cimiento de  la  literatura  calialleresca;  se  manifiesta  el  genio  satírico  del 
autor  del  Quijote,  que  transformó  en  sucesos  triviales  y  visibles  los 
portentos  de  aquellos  libros,  y  se  compone  el  trofeo  de  la  vicloria  de 
Cervantes,  contando  los  enemigos  que  venció. 

Parte  I,  capítulo  XXV,  nota  24.  —  Las  demás  notas  del  señor  Clemencín 
probaron  la  vasta  lecturay  exquisito  discernimiento  de  este  sabio  escritor; 
pero  ésta,  publicada  en  Noviembre  de  18.33,  y  que  trata  de  la  Peña  Pobre 
en  que  hizo  penitencia  Amadís  de  Gaula,  prueba  la  bondad  de  su  alma  y 
la  generosidad  de  sus  sentimientos.  Después  de  haber  mostrado,  á  favor 

(o)  Acabo  de  leer  en  La  Jieme  (n»  del  15  sas,  á  pesar  de  los  siglos  transcurridos  y  de 

de  marzo  de  i'MH)  un  iñleiesante  articulo  los  progresos  de  la  civilización.  Para  dictar 

sobre  la:  vida  social  en  Constantinopla  y  en  tin  fallo  dptiniíivo  acerca  de  ciertos  hechos 

él    hace   notar  el    autor  el    iníranqiipable  históricos  haci.- falta  tener  en  cuenta  el  espí- 

abisnio  que  establece  entre  turcos  y  cris-  ritu  de  la  época.  (M.  de  T.) 

tianos  la  diferencia  de  sus  creencias  religio- 


CRÍTICA  XVII 

de  conjeturas  muy  felices,  que  la  Peña  Pobre  de  Rellonebros  estaba 
situada  en  Francia  en  la  playa  del  mar,  hacia  los  confines  de  Bretaña  y 
Normandia,  añado  :  «  Cuando  esto  so  escribe  se  hallan  haciendo  penitencia 
por  las  inmediaciones  de  la  Peña  Pobre  algunos  desgraciados  aventureros, 
desdeñados  de  su  señora  :  ¿se  conciliarán  con  ella,  como  Amadis  con  Uriana?  » 
Parte  ií,  capitulo  XXV,  nota  22.  —  Se  hace  menci(')n  de  las  gigantas  y 
jayanas  (¡ue  tiguran  en  la  mitología  andantesca. 

Parte  II,  capítulo  XXVI,  nota  .<.  —  Se  refiere  la  historia  de  D.  Gaiferos 
y  Melisendra,  representada  en  el  retablo  de  Maese  Pedro.  El  señor  Cle- 
mencín  contiesa  con  ingenuidad  que  no  puede  satisfacer  la  curiosidad  de 
los  lectores  (curiosidad  que  también  he  tenido  yo,  aunque  inútilmente) 
acerca  del  origen  del  nombre  Sansiteña,  con  que  se  designa  á  Zaragoza  en 
este  pasaje  del  Quijote,  y  se  contenta  con  hacer  una  observación  muy 
oportuna,  y  es  que  los  libros  de  caballería,  aunque  suponen  que  Sansueña 
estaba  en  tierra  de  moros,  no  traen  seña  alguna  de  la  cual  se  deduzca 
que  esta  ciudad  fué  la  misma  que  Zaragoza.  ¿Sería  quizá  Sangüesa,  con 
cuyo  nombre  tiene  más  analogía  que  con  el  de  la  capital  de  Aragón? 

Parte  II,  capítulo  XXVI,  nota  7.  —  Con  ocasión  del  mismo  retablo  hace 
la  historia  de  la  famosa  espada  de  Roldan,  llamada  Durindana;  de  la 
Joyosa  de  Garlo-Magno,  y  de  otras  muchas  célebres  en  los  libros  de  caba- 
llería. 

Parte  II,  capítulo  XXIX,  notas  2  y  .3.  —  Refiérese  en  gran  número  de 
fábulas  andantescas,  en  las  cuales  reciben  los  caballeros  auxilios  en  sus 
cuitas,  socorriéndolos  otro  caballero  arrebatado  en  una  nube  ó  llevado 
en  un  buque.  Ambas  notas  son  relativas  á  la  aventura  del  barco  encan- 
tado. 

Parte  II,  captíulo  XXIX,  nota  22.  —  En  el  final  de  dicha  aventura,  con 
motivo  de  la  teoría  de  D.  Quijote  acerca  de  la  pugna  y  encuentro  de  los 
encantadores,  refiere  el  comentador  varios  pasajes  de  estos  certámenes 
nigrománticos. 

Parte  II,  capítulo  XXX,  nota  18,  y  capítulo  XXXVIII,  nota  22.  —  Expli- 
can las  fórmulas  y  pormenores  de  la  urbanidad  entre  los  caballeros 
andantes,  los  príncipes  y  las  damas,  descritos  con  suma  pesadez  en  los 
libros  de  caballería,  y  que  Cervantes  ridiculiza  imitándolos  festivamente. 
Parte  II,  capítulo  XXX,  nota  23;  capítulo  XXXII,  nota  55;  capítulo 
XXXIV,  notas  35  y  38;  capítulo  XL,  nota  28;  capítulo  XLI,  nota  38; 
capítulo  XLV,  nota  7,  y  capítulo  XLVI,  nota  17.  —  Desde  que  D.  Quijote 
entró  en  el  castillo  del  Duque,  establecida  la  hipótesis  de  que  este 
magnate  y  su  esposa  quisieron  divertirse  á  costa  del  loco  remedando  las 
escenas  de  los  caballeros  andantes,  es  indudable  que  pudieron  imitarlas, 
merced  á  su  opulencia,  con  la  verosimilitud  necesaria  para  que  las 
creyese  ciertas  un  loco.  El  comentador  explica  estas  imitaciones  por 
pasajes  semejantes  de  la  andante  caballería.  Así  quedan  completamente 
ilustradas  la  aventura  del  bosque  después  de  la  caza,  la  del  caballo 
Clavileño,  la  de  las  ínsulas  citadas  en  la  geografía  caballeresca.  El  señor 
Clemencín  habla  del  empeño  de  muchos  eruditos  en  fijar  el  lugar  donde 
estuvo  la  Barataría;  empeño  que  prueba  el  grande  interés  que  inspira  el 


XVIII  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

libro  del  Ingenioso  Hidalgo,  pues  se  ha  querido  averiguar  hasta  el  sitio 
que  señaló  por  escena  á  sus* ficciones,  y  en  que  quizá  no  pensó  el  misiuo 
autor. 

DEL   LENGUAJE 


El  señor  Clemencín,  comparando  la  lengua  castellana  como  se  halla  en 
el  día,  con  lo  que  era  en  tiempo  de  Cervantes,  hace  observaciones  muy 
útiles  y  señala  todas  las  locuciones  del  Quijotk  que  ya  no  admite  el 
idioma.  Este  trabajo  me  parece  muy  importante  y  de  sumo  mérito;  pero 
ha  de  tenerse  presente  que  no  f¡e  puede  ni  debe  juzgar  á  Cenantes  en  mate- 
ria de  elocución  como  se  juzgaría  á  un  escritor  de  nuestro  siglo,  cuando  está 
ya  la  lengua  completamente  formada. 

En  efecto;  las  observaciones  del  comentador,  lo  más  que  prueban  es 
que  ciertas  locuciones  del  autor  del  Quijote  no  pueden  usarse  en  el  día; 
mas  no  que  Cervantes  hizo  mal  en  usarlas  en  su  tiempo  (;:).  Es  un  privilegio 
del  genio  enriquecer  el  idioma  que  le  sirve  de  instrumento  para  sus  pro- 
ducciones, y  Cervantes  usó  ampliamente  de  este  fuero.  Pocos  escritores 
han  dado  más  giros  y  locuciones  nuevas  á  su  lengua,  y  él  fué  quien  la  dotó 
del  carácter  de  flexibilidad  que  la  distingue. 

De  las  frases  inventadas  por  Cervantes  en  una  época  en  que  era  lícito 
hacerlo,  por  no  haberse  aún  fijado  filosóficamente  las  reglas  ni  los  límites 
de  la  sintaxis  figurada,  muchas  han  sido  recibidas  en  el  tesoro  de  la  len- 
gua; otras  no.  Y  el  uso,  que  es  la  suprema  ley  de  los  idiomas,  ha  hecho 
que  estas  últimas  no  se  puedan  ya  introducir.  Pero  el  mismo  uso  pudo  ya 
haberlas  introducido,  y  en  este  caso  fueran  en  la  actualidad  castizas.  Bajo 
este  aspecto  deben  considerarse  los  modismos  que  se  hallan  en  el  Quijote 
y  que  la  lengua  no  ha  querido  conservar. 

Parte  I,  capitulo  XXXIII.  nota  .31.  —  Habla  del  género  neutro,  y  prueba 
su  existencia  en  nuestro  idioma  con  numerosos  ejemplos. 

Parte  I,  capítulo  XLIII,  nota  3.  —  Explica  la  naturaleza  del  asonante, 
cadencia  exclusiva  de  nuestra  poesía,  y  sus  diferentes  especies,  según 
intervienen  en  las  últimas  sílabas  vocales  simples,  esdrújulas  ó  diptongos. 

Parte  II,  capítulo  XXXI,  nota  11.  —  El  gracioso  diálogo  entre  Sancho  Panza 
y  la  dueña  Doña  Rodríguez  proporciona  al  señor  Clemencín  oportuna 
ocasión  de  explicar  lo  que  nuestros  antepasados  entendían  por  dar  una 
higa;  resto  de  la  antigua  superstición  del  falo  egipcio,  que  se  miraba  como 
preservativo  contra  el  aojo. 

Parte  II,  capítulo  XXXVIII,  nota  48.  —  Trata  de  la  redondilla,  de  la  décima, 
de  las  glosas  y  de  otras  composiciones  en  verso  de  ocho  sílabas,  que  era 
el  más  general  entre  nuestros  poetas  antes  de  la  introducción  del  ende- 

(t.)  Esta  libertad  y  este  privilegio,  que  que  no   eran  dignos  de  desatar  al  ilustre 

ciertos  severos  aristarcos  han  querido  negar  Manco  la  correa  de  su  zapato.  V  hasta  hay 

al  inmortal  ingenio  que  ha  logrado  imponer  quienes  se  vanaglorian  de  no  haberle  leído, 
su    nombre  á  nuestra  hermosa  lengua,  los  (M.  de  T.) 

fjprcen    hoy    sin  trabas    muchos  escritores 


CRÍTICA  XIX 

cnsílabo  y  eptasílabo  italianos.  Toca  tnmbión,  aunque  de  paso,  la  cOlebre 
disputa  entre  los  defonsoies  y  los  enemigos  del  metro  toscano,  y  la  decide 
como  en  nuestro  entender  debe  decidirse;  pues  el  verso  de  odio  sílabas 
ni  tiene  lu  cesura  ni  el  movimiento,  ya  rápido,  ya  majestuoso,  del  ende- 
casílaiio  para  las  composiciones  graves  y  sublimes. 

Parte  II,  capítulo  XIJV,nota  47.  —  Estañóla  sobre  el  romance  es  una  de 
las  más  eruditas  y  bien  trabajadas.  Dejando  indecisa  la  cuestión  acerca 
del  origen  del  romance  español, aunque  parece  que  se  inclinaá  la  opinión 
de  los  señores  Conde  y  Moratín,  que  miraron  el  verso  castellano  de  ocho 
sílabas  como  hijo  del  hemistiquio  árabe,  pasa  el  señor  Clemencín  á  exa- 
minar la  época  en  que  se  escribieron  los  más  antiguos  que  hoy  conoce- 
mos, y  la  tija  con  suma  sagacidad,  deduciéndola  ya  del  lenguaje  y  estilo 
con  que  están  escritos,  ya  de  los  sucesos  á  que  en  ellos  se  hace  alusión. 
Esta  parte  de  la  nota  es  en  la  que  campea  más  la  crítica  y  erudición  del 
comentador. 

En  esta  misma  parte  hay  dos  frases  de  Cervantes  (capítulo  XXIV, párrafos.»), 
palabras  y  razones  le  dijo  Sancho  que  merecían  molerle  á  palos,  y  doy  por 
bien  empleadisima  la  jornada,  que  prueban  lo  que  ya  hemos  dicho  acerca 
de  los  giros  inventados  por  el  autor  del  Quijote.  La  lengua  ha  rechazado 
estas  dos  locuciones,  la  primera  por  sobradamente  elíptica  y  la  segunda 
porque  el  grado  superlativo  recae  sobre  el  epíteto  y  no  sobre  el  adverbio  ; 
mas  si  hubiesen  sido  admitidas,  como  pudo  suceder,  porque  las  ¡deas 
están  muy  claramente  expresadas,  no  hay  duda  que  no  nos  atreveríamoshoy 
á  censurarlas. 

Parte  II,  capítulo  LVIII,  nota  37.  — Trata  déla  declinación  del  pronombre 
personal  castellano  de  tercera  persona  él,  ella,  (?//o.El  señor  Clemencín  cita 
ejemplos  de  los  padres  de  la  lengua,  en  los  cuales  se  encuentran  anoma- 
lías más  raras  que  la  duplicidad  del  acusativo  masculino  le,  lo,  y  la  del 
dativo  femenino  la,  le,  las,  les,  pues  se  encuentra  el  por  lo,  lo  por  la  y  lo 
por  el  en  nominativo;  los  por  les  en  dativo, /e  por  lo  en  acusativo.  Aunque 
estas  irregularidades  van  desapareciendo,  quedan  todavía  las  primeras;  y 
sólo  se  puede  señalar  como  uso  de  los  mejores  escritores  el  pronombre 
lo  en  acusativo  masculino  cuando  se  trata  de  cosas  inanimadas,  y  el 
empleo  promiscuo  del  le  y  del  lo  cuando  se  trata  de  animadas.  En  cosas 
relativas  al  uso,  mientras  éste  no  se  fije,  es  imposible  establecer  una  ley, 
como  han  emprendido  algunos,  si  bien  con  más  presunción  que  buen 
éxito  (p). 

Parte  II,  capítulo  LIX,  nota  3.  — Establece  el  principio  de  que,  en  nuestro 
idioma,  dos  negaciones,  en  lugar  de  afirmar,  confirman  la  negación ;  y  lo 
prueban  con  numerosos  ejemplos  de  Cervantes  y  de  otros  escritores  y  con 
la  autoridad  del  autor  del  Diálogo  de  las  lenfjuas.  Mas  no  por  eso  deja  de 

(?)  La  Academia  indica,  en  su  Gramática,  torizar  ciertos  solecismos.  Lo  más  gracioso 

que  se  reserve  el  le  para  el  acusativo  de  per-  es  tjue  muchos  abominan  de  la  Academia 

sona  y  el  lo  para  el  de  cosa.  Sin  embargo  por  lo  que  tiene  de  autoridad,  y  siguen  á  cie- 

reina.en  este  asunto  de  los  pronombres,  ver-  gas  al  primer  cabecilla  literario  que  se  pre- 

dadera  anarquía,   y    hasta  algunos  acadé-  senta.  (M.  de  T.) 

micos  contribuyen  "con  su  mal  ejemplo  á  au- 


XX  nON    QUIJOTE    DE    I,A    MANCHA 

citar  ejemplos  en  contrario,  y  hacer  curiosas  observaciones  sobre  el  uso 
de  las  partículas  negativas.  Muchas  veces  las  usa  Cervantes  en  frases  afir- 
mativas como  t'ístas  :  más  locoa  fueran  que  no  él  ;  con  el  miedo  de  no  ser  ha- 
Hados ;  falló  poco  para  no  salirmc  por  las  calles.  En  fin,  otras  veces  omite  la 
negación  de  las  frases  negativas  :  en  toda  su  vida  ha  visto  letra  mía  (;). 

Partell,  capítulo  LXII.  notas  GO  y  siguientes.  — Censura  el  poco  aprecio 
que  manifiesta  Cervantes  á  las  traducciones  hechas  de  idiomas  f.iciles, 
coutra'liciéndolo  los  elogios  que  él  mismo  da  . i  la  traducción  de  la  Aminta 
y  del  l'astor  Fido,  por  Jáuregui  y  Suárez  de  Figueroa.  Todas  las  notas 
relativas  á  esta  materia  contienen  muy  escogida  erudición,  y  prueban  el 
gusto  correcto  del  señor  Clemencín  en  literatura. 

Parte  II,  capítulo  LXIX,  nota20.  —  Se  enumeran  las  transposiciones  que 
hay  en  el  Quijote,  y  que  ya  no  admite  el  uso  común  de  la  lengua. 

Muchas  notas  he  citado  del  Comentario,  pero  se  engañaría  mucho  el 
que  creyese  que  he  podido  comprender  en  este  breve  escrito  todas  las  que 
merecen  particular  atención;  porque  para  esto  hubiera  sido  necesario 
citar  quizá  el  Comentario  entero.  Me  he  contentado,  pues,  con  recordar 
las  que,  ofreciendo  mayor  interés,  ó  histórico  ó  literario,  ó  de  curiosidad, 
me  han  parecido  más  á  propósito  para  que  se  forme  idea  exacta  de  la 
inmensa  y  bien  digerida  erudición,  de  la  crítica  y  del  buen  gusto  del 
comentador  del  Qcijote. 

Me  atrevo  á  decir  que  así  como  Cervantes  procuró  ingerir  en  su  novela 
satírica  cuanto  sabía  en  moral  y  literatura,  así  el  señor  Clemencín  en  su 
comentario  ha  hecho  alarde,  y  siempre  oportunamente,  á  imitación  del 
autor  que  comenta,  del  inmenso  tesoro  filológico  que  poseía,  distribuyén- 
dolo en  sus  notas  con  filosofía  y  en  excelente  lenguaje;  concluiré,  pues, 
asegurando  que,  en  mi  entender,  el  Comentario  del  Quijote  no  sólo  es 
una  obra  escogida  de  erudición  y  de  literatura,  sino  el  mejor  monumento 
que  ha  podido  erigirse  á  la  gloria  inmortal  de  Cervantes. 

{;)   Lope   dijo  también  en  su  célebre    so-  Un  soneto  me  manda  hacer  Violante, 

neto  :  Y  en  mi  vida  me  he  visto  en  tal  aprieto. 

(M.  de  T.) 


PROLO&O   DEL  COIVIENTARIO 


La  relación  de  las  aventuras  de  D.  Quijote  de  la  Mancha,  escrita  por 
Miguel  de  Cervantes  Saavedra,  en  la  que  no  ven  los  lectores  vulgares  más 
que  un  asunto  de  entrelenimiento  y  de  risa,  es  un  libro  moral  de  los 
más  notables  que  ha  producido  el  ingenio  humano.  En  él,  bajo  el  velo 
de  una  ficción  alegre  y  festiva,  se  propuso  su  autor  ridiculizar  y  co- 
rregir, entre  otros  defectos  comunes,  la  desmedida  y  perjudicial  aíición 
á  la  lectura  de  libros  caballerescos,  que  en  su  tiempo  era  general  en 
España  (a). 

La  época  en  que  se  supone  que  florecieron  los  caballeros  andantes,  y 
cuyas  costumbres  se  pintan  en  sus  historias,  fué  la  que  medió  entre  la 
extinción  y  la  restauración  de  las  letras ;  y  para  juzgar  rectamente  de  la 
naturaleza  de  este  argumento,  conviene  transportarse  a  aquellos  siglos 
de  obscuridad  y  barbarie,  en  que,  olvidada  la  civilización  antigua  y  gene- 
ralizada en  Europa  la  dominación  de  los  pueblos  del  Norte,  apenas  se  dis- 
frutaba la  seguridad  y  el  sosiego,  que  son  el  objeto  primario  déla  sociedad 
humana.  Introducida  con  el  régimen  feudal  la  anarquía,  quedó  la  auto- 
ridad pública  sin  centro  ni  fuerza  ;  los  particulares  y  vasallos  más  pode- 
rosos se  encastillaban  en  sus  rocas  y  fortalezas,  se  miraban  como  inde- 
pendientes de  los  príncipes,  y  no  reconociendo  más  derecho  que  el  de  la 
fuerza  ni  más  ley  que  la  de  su  espada,  se  hacían  la  guerra  unos  á  otros, 
oprimían  á  los  habitantes  de  los  contornos,  exigían  contribuciones  y  ser- 
vicios arbitrarios  de  los  pasajeros,  y  todo  era  violencias,  ruinas  y  crímenes. 
Después  de  un  largo  período  de  confusión,  fué  menester  al  fin  que  la 
autoridad  eclesiástica  acudiese  al  socorro  de  la  civil,  y  tomase  á  su  cargo 
conservar  los  escasos  restos  de  la  civilización  que  iba  á  extinguirse  en 
Europa.  Entrado  ya  el  siglo  xi,  los  obispos  reunidos  en  los  Concilios  pro- 
mulgaron la  que  se  llamó  Tregua  de  Dios  para  poner  algún  freno  á  los 
excesos  y  fuerzas  que  por  todas  partes  perturbaban  la  tranquilidad  y  el 
orden.  En  los  principios,  no  pudiendo  lisonjearse  de  conseguirla  enmienda 
total  de  una  vez,  se  contentaron  con  prohibir  las  violencias  en  los  domingos, 

(a)  Fundándose  en  que,  en  la  época  de  nos  transcendentales,  en  que  de  seguro  ne 

Cervantes,    iban  ya  muy  de  capa  caída   los  pensó  el  autor, el  cual  no  ha  dejado  indicios 

libros  de  caballería  y  eñ  que  aquel  moro,  ya  bastantes  para  poder  rastrear  el  objeto  que 

harto  decaído  y  moribundo,  no  necesitaija  se  propuso.  Como  escritor  se  propuso  de  se- 

tan    i/1-an  lanzada,  muchos  admiradores  de  guro  encantar  á  sus  lectores  v  lo  consiguió. 
Cervantes    han  desechado  esta  suposición,  '    (M.  de  T.) 

y  se  han  lanzado  a  imaginar  fines  más  ó  me- 


XXII  DON    yUIJOTE    DK    LA    MANCHA 

después  extendieron  la  prohibición  á  otros  días  de  la  semana,  y  progresi- 
vamente, con  la  experiencia  del  buen  resultado,  se  fué  estableciendo  la 
Tregua  de  Dios  en  ciertos  períodos  del  año  por  vaiios  Concilios,  hasta  el 
general  de  Letrún,  celebrado  el  año  de  1179,  que  confirmó  los  decretos  de 
otros  anteriores.  En  el  trastorno  general  de  las  cosas  se  creyó  que  no  se 
hacía  poco  en  regularizar  y  poner  límites  al  desorden,  admitiendo  el 
derecho,  entre  otras  pruebas  legales  más  ó  menos  ridiculas,  la  del  duelo 
en  que  la  fuerza  ola  ventura  del  campeón  decidía  el  fallo  de  los  jueces. 
Así  se  examinó  en  Toledo,  corriendo  el  siglo  xi,  la  cuestión  sobre  la 
preferencia  entre  los  ritos  romano  y  muzárabe  ^  Estas  ideas,  tan  poco 
conformes  á  los  rectos  principios  de  la  justicia,  se  fueron  modificando 
después  sucesivamente  á  proporción  de  los  progresos  que  hacían  las 
luces:  y  las  famosas  Partidas  del  rey  D.  Alfonso  el  Sabio,  compuestas  en 
la  declinación  del  siglo  xui,  reprobaron  ya  y  excluyeron  la  prueba 
del  duelo.  Las  Cruzadas  contribuyeron  también  á  la  disminución 
de  los  males,  dando  ocupación  lejos  de  sus  hogares  á  una  nobleza 
inquieta  y  belicosa,  y  reuniendo  contra  los  infieles  las  fuerzas  que 
los  cristianos  empleaban  antes  en  destruirse  mutuamente.  Entretanto, 
los  principios  de  cultura  que  á  su  vuelta  traían  las  expediciones  de  Ultra- 
mar, la  formación  de  fueros  y  cuerpos  municipales,  la  fundación  de  uni- 
versidades y  otras  escuelas,  la  invención  del  papel,  de  la  pólvora,  de  la 
brújula  y  de  la  imprenta  produjeron  efectos  favorables  en  las  costumbres, 
facilitáronla  multiplicación  de  las  relaciones  y  vínculos  sociales,  y  alla- 
naron el  camino  para  la  consolidación  de  la  autoridad  pública  y  el  esta- 
blecimiento de  la  actual  civilización  europea. 

Fijando,  pues,  nuestra  consideración  en  aquella  época  primitiva,  en 
que  la  inocencia  y  la  debilidad,  privadas  de  la  protección  del  Gobierno, 
no  podían  recibirla  sino  de  los  particulares,  presenta  sin  duda  una  ima- 
gen halagüeña  y  recomendable  la  persona  que,  impelida  de  su  generosi- 
dad, se  consagi'a  sin  limitación  al  socorro  y  amparo  de  los  oprimidos; 
una  persona  que,  embrazando  su  escudo  y  empuñando  su  lanza,  se  dedica 
á  correr  el  mundo  buscando  ocasiones  en  que  ofrecer  su  esfuerzo  y  su 
sangre  en  defensa  del  menesteroso  y  del  débil.  Tal  es  el  fundamento  del 
interés  de  que  es  capaz  el  género  de  los  libros  caballerescos  ;  fundamento 
sólido,  porque  se  apoya  en  sentimientos  virtuosos,  que  son  los  únicos 
que  pueden  inspirar  interés  duradero  y  constante.  El  sexo  hermoso  debía 
experimentar  más  los  beneficios  de  la  protección  caballeresca  por  más 
débil,  y,  de  consiguiente,  más  expuesto  á  la  injuria,  á  que  se  añadía  el 
mayor  aprecio  y  consideración  que  se  le  profesaba  generalmente  en  la 
Edad  Media,  y  que  los  pueblos  descendientes  del  Norte  habían  heredado 
de  los  antiguos  germanos,  cuales  los  pintó  Tácito.  Si  el  éxito  corona  los 
esfuerzos  y  noble  intento  del  caballero;  si  vence  y  destruye  á  los  malan- 
drines que  infestan  los  caminos,  á  los  gigantes  que  tiranizan  desde  las 
fortalezas,  á  los  vestiglos  que  hacen  peligrosos  los  campos  ó  atemorizan 


1.  El  arzobispo  D.  Rodrigo,  Üe  Rebus  Hispanise,  lib.  VI,  cap.  XXV. 


PHÓLOGO    DLL    COMLNTAKIO  XXIM 

en  las  cavernas;  si  liberta  del  deshonor  á  las  doncellas,  del  suplicio  no 
merecido  al  inocente,  de  las  cadenas  al  mísero  cautivo;  si  restituye  .i  sus 
tronos  las  princesas  y  príncipes  despojados  injustamente;  si  castiga  á 
los  usurpadores  y  llena  el  orhe  de  la  fama  de  sus  proezas,  entonces  la 
reunión  de  la  lelicidati  y  de  la  valentía  contribuye  á  realzar  más  y  más  la 
importancia  del  preciado  caballero.  Añádanse  al  valor  y  fortuna  del  cam- 
peón las  demás  virtudes,  el  celo  ardiente  de  la  justicia,  la  generosidad,  el 
desinterés;  agregúense  á  estas  prendas  del  ánimo  la  gallardía,  lobustez  y 
belleza  del  cuerpo;  únanseles  la  sensibilidad  y  ternura  de  corazón,  la 
lealtad  á  su  dama,  el  amor  de  la  gloria,  el  desprecio  de  la  muerte,  y  se 
tendrá  el  bello  ideal,  del  caballero  andante  que  debiera  haber  servido  de 
tipo  á  los  cronistas. 

Pero  el  desempeño  de  este  argumento,  que  no  era  ciertamente  inacce- 
sible á  la  hermosura  y  adornos  de  la  invención  y  del  estilo,  se  resintió 
del  mal  gusto  de  los  tiempos  y  de  la  ignorancia  de  los  autores.  Pudieran 
haber  aprovechado  los  datos  que  les  suministraba  la  historia  de  la  real  y 
verdadera  caballería  en  la  Edad  Media;  pudieran  haber  puesto  en  sus 
héroes  las  prendas  de  los  caballeros  sin  pavor  ni  tacha,  los  rasgos  de 
valor,  magnanimidad,  desinterés  y  ternura  que  se  vieron  en  aquel  tiempo; 
pudieran  haber  ajustado  á  él  sus  composiciones  en  la  descripción  de  las 
tiestas,  armas,  trajes  y  costumbres;  matizar  la  pintura  délas  virtudes  con 
la  de  los  vicios  ásperos  y  groseros  que  dominaban  entonces,  y  ahora 
repugnan  á  nuestra  cultura;  fundir  y  hermosear  las  ideas  que  los  arrestos 
y  las  cortes  de  amor,  la  profesión  y  ejercicio  de  los  trovadores,  las  em- 
presas de  valor  y  galantería,  las  peregrinaciones  religiosas  ó  guerreras 
á  Tierra  Santa,  los  climas  antes  poco  conocidos  del  Oriente,  prestaban  á 
la  imaginación  é  inventiva  de  los  escritores.  Pero  nada  de  esto  supieron 
hacer :  tampoco  supieron  ceñir  convenientemente  la  duración  de  sus  fábulas, 
ni  subordinar  á  una  acción  los  sucesos,  ni  variarlos  agradablemente,  ni 
siquiera  dar  á  sus  relaciones  los  atractivos  propios  del  curso  tranquilo  y 
apacible  déla  historia.  Lanzadas  y  más  lanzadas,  cuchilladas  y  más  cuchi- 
lladas, descripciones  repetidas  hasta  el  fastidio  de  unos  mismos  torneos, 
justas,  batallas  y  aventuras  con  diferentes  nombres;  errores  groseros  en 
la  historia,  en  la  geografía,  en  las  costumbres  de  las  naciones  y  edades 
respectivas;  golpes  desaforados,  hazañas  increíbles,  sucesos  no  prepara- 
dos, inconexos,  inverosímiles;  ternura  á  un  mismo  tiempo  y  ferocidad, 
dureza  y  molicie,  inmoralidad  y  superstición  ;  tal  es  la  confusa  mezcla,  el 
caos  que  ofrecen  los  libros  caballerescos,  escritos  casi  todos  en  los 
siglos  XV  y  XVI,  época  ya  en  que  los  adelantamientos  de  la  civilización  y 
los  beneficios  de  la  autoridad  pública,  sólidamente  establecida  por  todas 
partes,  presentaban  más  claramente  con  su  contraste  lo  inverosímil  y  lo 
ridículo  de  la  profesión  de  los  caballeros  andantes.  Los  autores  de  sus 
historias  no  alcanzaron  esta  verdad,  siquiera  para  asignar  los  sucesos  á 
tiempos  en  que  fueran  posibles  ;  por  mejor  decir,  escribieron  unas  histo- 
rias imposibles  en  todos  tiempos.  Agitados  los  más  de  ellos  de  un  furor 
insensato,  no  contentos  con  lo  extraordinario,  echaron  también  mano  de 
lo  portentoso,  y  amontonaron  encantamentos  y  encantadores,  rivalidades 


V   .IV  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

y  guerras  de  nigromantes,  aventuras  y  empresas  absurdas,  prodigando 
lo  maravilloso  de  suerte  que  llegaron  á  hacerlo  insípido,  á  la  manera  que 
hí  uso  excesivo  de  los  manjares  y  sabores  fuertes  llega  á  entorpecer  el 
I'  iladar  y  á  embotarlo.  De  aquí  nacía  que  la  juventud,  acostumbiada  á 
i.is  lecturas  caballerescas,  concebía  un  tedio  insuperable  al  importante 
■  itudio  de  la  historia,  donde  el  orden  y  tenor  ordinario  de  las  cosas 
humanas  no  presentaba  estímulos  suíicientes  á  su  estragada  curiosidad. 
Llenábase  al  mismo  tiempo  su  fantasía  de  los  ejemplos  é  ideas  que  en- 
contraba en  aquellas  inmorales  novelas;  amores  adúlteros,  competencias 
de  mozuelos  que  trastornaban  el  mundo,  obediencia  ciega  á  caprichos 
femeniles,  venganzas  atroces  de  pequeñas  injurias,  desprecio  del  orden 
social,  máximas  de  violencia,  fiestas  de  un  lujo  desbaratado  y  loco,  pinturas 
y  descripciones  de  escenas  lúbricas  ;  y  los  libros  de  caballerías  llegaron  á 
ser  tan  perjudiciales  á  las  costumbres,  como  insufribles  á  la  razón  y  al 
buen  gusto. 

Estas  consideraciones  excitaron  el  celo  y  las  quejas  de  varones  sensa- 
tos y  piadosos.  Luis  Vives',  Alejo Vanegas-,  Diego  Gracián-*,  Melchor 
Cano  '',  Fray  Luis  de  Granada"^  y  Benito  Arias  Montano  ",  entre  otros 
sabios  de  menor  nombre,  declamaron  contra  los  males  que  la  lectura  de 
tales  libros  producía,  lamentándose  alguno  de  ellos  de  que  en  España 
abundaba  más  esta  peste  que  en  otros  reinos.  El  emperador  D.  Carlos,  en 
una  ley  del  año  1343,  mandaba  á  los  virreyes.  Audiencias  y  gobernadores 
de  Indias  que  no  los  consintiesen  imprimir,  vender,  tener  ni  llevar  á  sus 
distritos,  proveyendo  que  ningún  español  ni  indio  los  leyese  en  aquellos 
dominios^.  Igual  prohibición  reclamaban  para  la  Península  las  Cortes 
del  reino  celebradas  en  Valladolid  el  año  de  1555,  ponderando  los  daños 
que  su  lectura  ocasionaba,  especialmente  en  la  juventud  de  ambos  sexos, 
y  pidiendo  que  no  sólo  se  prohibiese  imprimirlos  en  adelante,  sino  tam- 
bién que  se  recogiesen  los  impresos  hasta  entonces  y  se  quemasen  8. 


i.  Lih.  II  De  cor rup lis  discipli7tis.  por   su    ociosidad    principalmente    se 

2.  Ortografía,  parte  II,  cap.  III.  ocupan  en  aquello, desvanécense  y  afició- 

3.  Prólogo  de  la  traducción  de  Jeno-  nanse  en  cierta  manera  á  los  casos  que 
fonte.  leen   en  aquellos  libros  haber  aconte- 

4.  L'ih.  XI  De  locis  theologicis,  cap.  \l.  cido,  ansí  de  amores  como  de  armas  y 

5.  Símbolo  de  la  Fe,  parte  II,  otras  vanidades;  y  aficionados,  cuando 
cap.  XVII.  se  ofrece  algún  caso   semejante,  danse 

6.  H/ietoric,  lib.  III,  párr.  43.  á  él  más  á  rienda  suelta  que  si  no    lo 

7.  Hecopilación  de  Leyes  de  Indias,  oviesen  leído  ;  y  muchas  veces  la 
lib.  I,tít.  XXIV,  ley  IV.  madre  deja  encerrada  la  hija  en  casa, 

8.  Petición  107  :  «  Otrosí  decimos  creyendo  la  deja  recogida,  y  queda 
que  está  muy  notorio  el  daño  que  en  leyendo  en  estos  semejantes  libros,  que 
estos  reinos  ha  hecho  y  hace  á  hom-  valdría  más  la  llevase  consigo  :  y  esto 
bres  mozos  y  doncellas  é  á  otros  gene-  no  solamente  redunda  en  daño  y  afrenta 
ros  de  gentes  leer  libros  de  mentiras  y  en  las  personas,  pero  en  gran  detri- 
vanidades,  como  son  Amadis  y  todos  mentó  de  las  conciencias,  porque 
los  libros  que  después  del  se  han  fin-  cuanto  más  se  aficionan  á  estas  vani- 
gido  de  su  calidad  y  lotura,  y  coplas  y  dades,  tanto  más  se  apartan  y  desgus- 
farsas  de  amores  y  otras  vanidades  ;  tan  de  la  doctrina  sancta.  verdadera  y 
porque  como  los  mancebos  y  doncellas  cristiana,   y    quedan    embelesados    en 


PKÓLOGO    Di;i,    COMENTARIO  XXV 

Mas  á  pesar  de  las  declamaciones  de  los  sabios,  de  los  deseos  solemne- 
mente declarados  de  las  Coites  y  de  las  disposiciones  de  las  leyes,  con- 
tinuaba siendo  general  la  afición  á  los  libros  caballerescos.  Un  historiógrafo 
de  Santa  Teresa  de  Jesús  nos  ha  conservado  la  noticia  de  que  escribió  uno 
de  ellos  esta  insigne  mujer  durante  su  primera  juventud,  en  que  gustó 
mucho  de  semejante  clase  de  lecturas  y  devaneos.  Las  hazañas  que  ilus- 
traron la  vida  de  1).  Fernando  de  Avalos,  marqués  de  Pescara,  célebre 
capitán  del  reinado  de  Garlos  V,  se  atribuían,  bien  ó  mal,  al  noble  ardor 
y  estímulos  de  la  gloria  que  había  criado  en  su  pecho  la  lección  frecuente 
de  historias  de  caballerías  en  sus  juveniles  años^  Las  dedicatorias  de 
muchos  libros  castellanos  de  esta  clase  nos  ensenan  que  el  gusto  y  la  pro- 
tección de  aquellas  composiciones  se  extendía  no  sólo  á  proceres  y 
grandes,  no  sólo  á  personas  constituidas  en  altas  dignidades  eclesiásticasy 
en  los  puestos  supremos  de  la  Magistratura,  sino  también  al  palacio  y  á  la 
familia  de  los  reyes.  Por  una  contradicción,  que  no  es  rara  entre  los 
preceptos  y  la  conducta  de  los  que  mandan,  el  emperador  D.  Carlos  pro- 
hibía, como  se  dijo  arriba,  ¿i  sus  vasallos  la  lectura  de  historias  caballe- 
rescas, y  se  deleitaba  en  la  de  D.  Bclianis  de  Grecia,  una  de  las  más  dispa- 
ratadas y  monstruosas  de  la  fantástica  biblioteca  ([:).  Queriendo  obsequiarle 
en  Flandes  su  hermana  la  reina  de  Hungría,  no  halló  medio  más  adecuado 
para  ello  que  darle  en  las  famosas  tiestas  de  Bins,  celebradas  el  año 
de  1549-,  el  espectáculo  de  las  aventuras  andantescas,  representadas  al 
vivo  por  los  principales  caballeros  de  la  corte.  El  grave  y  austero  Felipe  II, 
bien  que  entonces  joven  todavía,  no  se  desdeñó  de  concurrir  personal- 
mente aellas,  de  vestir  el  traje  y  hacer  el  papel  de  caballero  andante. 
Esta  conduela  del  Emperador  y  de  su  hijo  daba  pretextos  á  la  sátira,  y 
acaso  prestó  apoyo  á  la  opinión,  que  hubo  entre  algunos,  de  que  Cervantes 
quiso  ridiculizarla  en  su  Quijote. 

aquellas  maneras  de  hablar,   é  aficio-  seate   en   los  Estados  de  Flandes.    La 

nados,  como  dicho  es,  a  aquellos  casos.  respuesta  á  la  referida  petición  107  fué 

Y  para   el    remedio    de  lo  susodicho,  la  siguiente  : 

suplicamos  á  V.  M.  mande  que  uingúQ  «  A  esto  vos  respondemos  que  tene- 

libro  destos  ni  otros  semejantes  se  lea  mos    fecha  ley    y   pragmática  aueva- 

ni  imprima,  sobre  graves  penas  ;  y  los  mente,  por   la   cual  se  pone  remedio 

que   agora  hay   los    mande    recoger  y  cerca  de  lo  contenido  en  esta  petición 

quemar,  y  que  de  aquí  adelante  nin-  y  otras  cosas  que  convienen  al  servi- 

guno  pueda   imprimir    libro  ninguno,  ció  de  nuestro  Señor,  la  cual  se  publi- 

ni  copla  ni  farsas  sin  c|ue  primero  sean  cara  brevemente.  » 

vistos  y  examinados  por  los  de  vuestro  1.  D.  Nicolás  Antonio,  prólogo  de  la 

Real   Consejo  de  Justicia  ;  porque  en  Biblioteca  moderna  española. 

hacer  esto  ansí  V.  M.  har;i  gran  servi-  2.  De  ellas  escribió  Juan  Calvete  de 

ció  á  Dios,  quitando  las  gentes   destas  Estrella  una  relaciim  muy  circunstan- 

lecciones  de  libros  de  vanidades,  é  redu-  ciada,  que  se  imprimió  el  año  de  1S52. 
ciéndolas  á  leer  libros  religiosos  y  que 

edifiquen  las  ánimas  y  relormen  los  (?)  Aun  en  tiempos  más  cercanos  á  nuestra 
cuerpos,  y  á  estos  reinos  gran  bien  y  época  no  han  faltado  hombres  notables  que 
merced  ».  se  deleitasen  con  la  lectura  de  esta  clase  de 
El  emperador  no  conteste")  á  las  peti-  V'^''°s-  Según  Ticknor  {Historia  de  la  litera- 
í-innps  flp  psta<!  Portpt;  •  hí-/nln  p1  nñn  '"'""  ^^P^'^^'"--  ^0'"^  L  Pag-  -'o2)  el  celebre 
,  ?^.?o  ,  cortes  ,  ni/oio  el  ano  escritor  inglés  Johnson  pasó  un  verano  en- 
de I008  la  pnncesa  Dona  Juana,  a  noai-  tero  saboreando  la  lectura  de  FAixma>-te.  de 
bre  del  rey  D.  Felipe,  que  estaba  au-  üircania.                                    (M.  de  T.) 


XXVI  nON    QUIJOTK    DE    I.A    MANCHA 

Así  que  no  fué  extraño  que  la  afición  á  leer  y  componer  libros  de  caba- 
llerías se  mantuviese  en  España  á  la  sombra  de  tan  ilustres  y,  por  consi- 
guiente, tan  contagiosos  ejemplos.  Su  publicacióü  y  lectura  continua- 
ban libres  y  exentas  de  nota,  mientras  que  la  censura  trataba  con  rigor  y 
tildaba  las  producciones  de  Fray  Luis  de  Granada  y  otras  igualmente  piado- 
sas. Ni  se  ceñía  sólo  á  escritores  frivolos  y  proletarios  la  manía  de  escribir 
las  licciones'  caballerescas,  sino  que  alcanzaba  también  á  personas  de 
carácter  y  profesión  grave,  y  de  la  más  elevada  jerarquía.  Jerónimo  de 
Huerta,  traductor  de  la  Historia  natural  de  IMinio  y  médico  de  los  reyes, 
había  escrito  su  poema  andantesco  de  Florando  de  Castilla;  y  D.  Juan  de 
Silva  y  Toledo,  señor  de  Cañadahermosa,  imprimía  el  año  de  i 602  la 
Crónica  del  principe  D.  Policisne  de  Boecía,  cuyos  disparates  pueden  com- 
petir con  los  de  cualquiera  de  las  de  su  clase  que  le  habían  precedido. 
¿  Qué  más?  El  contagio  de  las  ideas  vulgares  había  cundido  y  penetrado 
hasta  los  claustros.  Fray  Gabriel  de  Mata,  fraile  observante,  publicó  en  los 
años  de  1587  y  1589  la  primera  y  segunda  parte  del  Poema  de  San  Francisco 
y  otros  Santos  de  su  Orden;  y  para  realzar  su  mérito,  discurrió  darle  el 
título  andantesco  de  Caballero  Asisio,  y  puso  al  frente  la  imagen  del  Santo 
puesto  á  caballo  y  armado  de  todas  armas,  á  semejanza  délas  que  se  ven  en 
los  más  de  los  libros  de  este  género,  el  caballo  encubertado  y  con  magnifico 
plumaje,  en  la  cimera  del  yelmo  una  cruz  con  los  clavos  y  corona  de 
espinas,  grabadas  en  el  escudo  las  cinco  llagas,  y  en  el  pendón  de  la  lanza 
pintada  la  Fe  con  la  cruz  y  el  cáliz,  y  una  letra  que  dice  :  En  esta  no  fal- 
taré. Imprimióse  libro  tan  singular  en  Bilbao  y  en  Logroño,  dedicado  al 
Condestable  de  Castilla,  y  con  muchos  elogios  y  aprobaciones,  entre  ellas 
la  de  D.  Alonso  de  Ercillo,  autor  de  La  Araucana. 

Tal  era  el  estado  de  las  cosas,  cuando  Miguel  de  Cervantes  concibió  el 
proyecto  de  desterrar  la  lectura  de  los  libros  caballerescos.  Un  hombre 
obscuro  y  desvalido,  sin  más  medios  ni  auxilios  que  su  ingenio  y  su  pluma, 
se  atrevió  á  acometer  una  empresa  á  que  no  habían  podido  dar  cabo  los 
esfuerzos  de  los  sabios  ni  de  las  leyes.  Pero  no  debemos  disimular  las 
circunstancias  que  favorecían  el  buen  éxito  del  arduo  designio. 

Desde  la  mitad  ó  antes  del  siglo  xvi,  la  ocupación  de  los  lectores  ociosos 
había  empezado  á  dividirse  entre  las  obras  prosaicas  y  métricas  de  caba- 
llería. Las  guerras  y  viajes  de  los  españoles  en  Italia  les  había  comunicado 
el  gusto  y  aprecio  de  la  literatura  de  aquella  culta  península,  y  hecho  cono- 
cer las  producciones  de  la  épica  caballeresca,  que  fundaron  y  acreditaron 
Pulci,  Boyardo  y  el  Ariosto.  Especialmente  el  Orlando  furioso  de  este 
último  se  trasladó  una  y  otra  vez  á  nuestro  idioma  en  prosa  y  en  verso,  y 
á,  su  imitación  intentaron  algunos  escritores  aplicar  los  atractivos  de  la 
poesía  á  las  historias  de  los  aventureros  andantes,  procurando  engalanar 
así  y  hacer  tolerables  las  absurdas  relaciones  de  los  sucesos.  Esto  produjo 
los  poemas  del  Satreyano,  del  Celidón  de  Iberia  y  del  Florando  de  Castilla. 
Oíros  poetas,  manifestando  más  á  las  claras  lo  que  daba  ocasión  á  sus 
composiciones,  cíjntiuuaron  el  argumento  del  Ariosto,  como  Nicolás  de 
Espinosa  en  su  Orlando,  Luis  Barahona  en  Las  Lágrimas,  y  Lope  de  Vega 
en  La  Hermosura  de  Angélica.  Unos  y  otros  aspiraron  á  emular  la  gloria 


pnÓLOGo  i)i:l  ccímentahIo  xxvil 

del  poeta  ferrares;  pero,  como  suele  sucedet*  en  casos  semejantes,  copia- 
ron los  defectos  y  no  las  bellezas  de  su  maestro,  y  todos,  aunque  en  muy 
diferentes  grados,  quedaron  inferiores  á  su  original.  Andando  el  tiempo, 
las  musas  castellanas,  fastidiadas  de  tanto  cantar  al  paladín  francés,  for- 
jaron linahnente  en  la  varia  y  festiva  imaginación  de  Ü.  Francisco  de 
Quevedo  el  Orlando  burlesco,  (\ne  se  estampí'»  entre  sus  numerosas  obras. 

Pero  antes  de  esto  había  precedido  en  Italia  otra  novedad  todavía  rtirás 
adversa  al  crédito  de  las  crónicas  de  los  caballeros  andantes.  Cuando 
depuesta  la  rusticidad  y  aspereza  de  la  Edad  Media  y  restablecidas  las 
letras,  fueron  visibles  los  progresos  de  la  cultura,  las  personas  delicadas 
empezaron  á  disgustarse  de  las  duras  y  sangrientas  escenas  de  los  libros 
de  caballerías,  y  á  preferir  lecturas  más  apacibles  y  más  acomodadas  á 
las  nuevas  costumbres.  Cansadas  de  batallas  y  acontecimientos  esti-epito- 
sos  y  sangrientos,  quisieron  pasar  de  los  emperadores  y  reyes  á  los  aldea- 
nos, del  arnés  al  pellico,  de  las  justas  y  torneos  á  las  danzas  y  fiestas 
pastoriles,  de  los  palacios  y  castillos  encantados  á  las  cabanas  y  á  las 
chozas.  A  las  descripciones  de  tormentas,  ruinas  y  destrozos  prefirieron 
las  pinturas  risueñas  de  la  vida  y  ejercicios  campestres;  á  las  cuevas  de 
hadas  y  nigromantes  las  márgenes  umbrosas  de  los  ríos,  los  floridos  pra- 
dos, las  frescas  fuentes,  ordinarios  descansos  y  mansión  de  los  pastores. 
Los. escritores  de  libros  de  entretenimiento,  sin  salir  de  los  asuntos 
del  ailior,  pasión  la  más  general  de  los  mortales,  la  que  presta  más 
variedad  á  la  pluma  y  más  interés  al  corazón,  y  ayudándose  con  las 
galas  de  la  poesía,  que  se  había  restaurado  también  con  los  demás 
ramos  de  las  letras  humanas,  se  dedicaron  á  describir  los  amores  ino- 
centes y  candorosos,  las  tiernas  y  sencillas  aventuras  de  los  habitantes 
del  campo  y  de  las  selvas.  Véase  aquí  el  origen  de  los  libros  bucólicos, 
mezclados  de  prosa  y  verso,  que  aparecieron  á  principios  del  siglo  s:vi 
en  el  teatro  de  la  literatura  europea.  Jacobo  Sanazaro  dio  ejemplo  en  su 
Arcadia  á  los  italianos.  Imitóle  después  en  España  Jorge  de  Montemayor, 
escribiendo  su  Diana,  en  que,  sin  abandonar  del  todo  la  relación  de 
encantamentos  y  episodios  guerreros,  introdujo,  aunque  portugués,  este 
gusto  en  Castilla.  Continuaron  el  argumento  de  la  Diana  Alonso  Pérez  y 
Gaspar  Gil  Polo;  por  igual  estilo  escribió  Miguel  de  Cervantes  la  Galaica, 
Luis  Gálvez  de  Montalvo  el  Pastor  de  Filida,  Suárez  de  Figueroa  la  Cons- 
tante Amarili,  Valbuena  el  Siglo  de  Oro,  Lope  de  Vega  su  Arcadia,  en  cuyO 
mismo  título,  igual  al  del  libro  de  Sanazaro,  indicó  el  origen  italiano  de 
este  linaje  de  composiciones. 

Empezaba  también  por  entonces  á  acreditarse  otra  especie  de  libros  de 
invención  y  de  ingenio,  en  que  no  tenían  parte  ni  los  pastores  ni  las  armas  ; 
género  de  literatura  á  que  dio  impulso  en  la  voluptuosa  Italia  el  Decame- 
rón  de  Boccaccio,  colección  de  cuentos  y  novelas  que,  traducida  ya  desde 
antiguo  al  castellano,  había  sido  quizá  el  (y)  que  había  dado  ocasión  en 
España  á  otras  composiciones  de  apacible  entretenimiento  que  se  escribie- 

(v)  Indudablemente  debe  leerseaquí:/ai'/u<',       Quandoque  bonus  dormitat  Bonierus. 
pues  se  refiere  á  colección  y  no  á  genero.  (M.  de  T.) 


XXVIll  DON    yUlJOTE    DE    LA    MANCHA 

ron  en  el  siglo  xvi,  unas  amorosas,  como  el  Patrañuelo  de  Juan  de  Timo- 
neda  y  la  Selva  de  aventuras  de  Jerónimo  de  Contreras,  otras  alegres  y 
picarescas,  como  el  Lazarillo  deTormesy  Giizmán  de  A//'aroc/tc.  Varios  escri- 
tores, entre  ellos  el  mismo  Corvantes,  iban  dando  forma  á  las  novelas 
castellanas  (o)  ;  algunas  traducciones  de  igual  clase,  hechas  del  toscano 
y  aun  del  latín  y  del  griego,  como  la  del  Amo  de  Oro  y  de  los  Amores  de 
Teágenes  y  Cariclca,  ocupaban  también  las  horas  ociosas  de  los  españoles, 
y  todos  eran  otros  tantos  portillos  hechos  en  la  cerca  que  defendía  la 
envejecida  allción  á  los  libros  de  caballerías. 

Para  acelerar  y  consumar  la  empresa  de  derrocarla  enteramente,  Cer- 
vantes tomó  un  camino  muy  distinto  del  que  habían  tomado  los  moralis- 
tas ylas  leyes,  y  se  valió  de  un  arma  más  eficaz  que  las  prohibiciones  y  los 
raciocinios.  Pintó  en  D.  Quijote  de  la  Mancha  lo  ridículo  del  caballero 
andante,  y  en  su  escudero  Sancho  lo  ridículo  délos  queapreciaban  y  daban 
valor  á  las  monstruosidades  caballerescas.  Presentó  á  uno  y  otro  en  varias 
situaciones  en  que,  siendo  el  objeto  de  laburlayrisa  de  los  lectores,  la  refle- 
jan sóbrelos  paladines  aventurerosy  los  apreciadores  de  sus  historias.  El 
lector  olvida  lo  que  pudo  haber  de  benéfico,  generoso  y  recomendable  en 
la  institución  primitiva  de  la  caballería  andante,  y  sólo  ve  sus  imperti- 
nentes exageraciones  de  amor  y  de  valentía,  lo  repugnante  y  los  inconve- 
nientes de  su  ejercicio,  su  incompatibilidad  con  la  civilización  y  el  orden. 
Con  esta  disposición  le  ofenden  más  los  desaforados  desatinos  de  sus  rela- 
ciones, lo  absurdo  de  sus  transformaciones  y  milagros,  la  fealdad  de  sus 
errores  históricos,  cronológicos  y  geográficos,  la  cansada  repetición  de 
aventuras,  encantos  y  torneos;  y  acabará  por  despreciar  los  libros  caba- 
llerescos, cobrarles  hastío  y  abandonar  su  lectura.  Tal  fué  en  general  el 
plan  de  Cervantes.  El  tiempo  ha  puesto  de  manifiesto  sus  resultados;  y 
aun  no  ha  faltado  quien  diga  que  lo  fuerte  del  remedio  produjo  ya  el 
exceso  contrario,  y  que  la  irrisión  que  hizo  nuestro  autor  de  los  libros 
comunes  de  la  caballería  andante  contribuyó  á  debilitar  las  ideas  y  máxi- 
mas del  antiguo  pundonor  castellano. 

Como  quiera,  el  triunfo  del  Quijote  fué  el  máscompleto  que  cabe  en  la 
materia.  La  historia  caballeresca  de  D.  Policisne  de  Boecia,  impresa  en 
el  año  de  1602,  fué  el  último  libro  de  su  clase  que  se  compuso  en  España. 
El  Ingenioso  Hidalgo  se  imprimió  el  año  de  1605,  y  después  de  esta  época 
no  se  publicó  de  nuevo  libro  alguno  de  caballerías,  y  dejaron  de  reimpri- 
mirse los  anteriores.  Todos  ellos  se  han  hecho  alhajas  raras  en  las 
bibliotecas  de  los  curiosos;  de  algunos  no  queda  más  que  la  memoria,  y 
quizá  se  ha  perdido  absolutamente  la  de  otros. 

Mas  á  pesar  del  singular  mérito  del  libro  que  obró  este  prodigio,  no  se 
eximió  de  las  alternativas  de  la  varia  fortuna.  En  sus  principios  fué  mirado 
con  desdén    por   algunos  literatos,  que,  no   alcanzando   sus  primores, 

(S)  El  erudito  escritor  y  académico  señor  se  encuentran  muy  interesantes  noticias  en 

Cotareio  y  Mori,  á  quien  tanto  debe  ya  núes-  el  muy  notable  libro  consagrado  á  Las  No- 

tra   literatura,  lia   empezado  á  ¡lubiicar  en  velas  ejemplares  de  Cervantes  por  el  meji- 

Madrid  ediciones  criticas  de  las  novelas  espa-  cano  señur  Icaza,  y  pieniiado  por  el  Alteneo 

ñola»  deaquella  época.  A  cerca  délas  mismas  de  Madrid.  '  (M.  de  T.) 


PRÓLOGO    DEI-    COMENTARIO  XXIX 

aunque  lestipos  de  su  popuUuidad  y  de  la  aceptación  universal,  calificaban 
á  su  autor  de  iní,'enio  lego  y  plebeyo.  Repetíanse  sin  cesar  las  ediciones 
del  QuMoiE,  no  había  español  que  no  lo  leyese  y  volviese  á  leerlo ;  pero 
no  excitaba  su  particular  entusiasmo  ni  sus  elogios.  Gozaba  España  del 
placer  que  le  proporcionaba  la  lectura  de  esta  admirable  fábula,  como  los 
campos  gozan  de  las  benétícas  inlluencias  del  sol,  sin  dar  muestras  de 
agradecerlas.  Las  señalesextraordinarias  con  que  las  naciones  extranjeras, 
y  señaladamente  la  inglesa,  entrado  ya  el  siglo  xviii,  manifestaron  el 
aprecio  que  hacían  del  Quijote  (e),  sacaron  por  fin  á  los  españoles  de  su 
indiferencia,  y  á  ésta  sucedió  una  exagerada  admiración  que  ya  rayaba  en 
idolatría.  D.  Vicente  de  los  liíos,  escritor  cultísimo,  se  mostró  jefe  y 
cabeza  de  esta  escuela  de  adoradores  del  Quuotií,  en  el  Análisis  que  dis- 
puso para  que  se  publicase  al  frente  de  la  ediciim  hecha  por  la  Academia 
Española  el  año  de  1780.  Lo  vehemente  y  apasionado  de  sus  elogios  ha 
dado  motivo  á  críticas  y  disputas  más  ó  menos  acaloradas,  y  en  esta  diver- 
sidad y  contradicción  de  opiniones  es  menester  mucho  pulso  y  cuidado 
para  caminar  con  pie  firme,  y  seguir  lo  justo  sin  declinar  á  uno  ni  otro 
extremo. 

¡  Desgraciado  de  aquel  á  quien  no  suspendan  y  arrebaten  las  gracias  y 
bellezas  admirables,  originales,  únicas  del  Quijote!  Mas  sin  embargo  de 
este  testimonio  de  aprecio  y  veneración,  homenaje  debido  de  justicia  al 
inmortal  Cervantes,  no  puede  menosde  reconocerse  que  escribió  su  fábula 
con  una  negligencia  y  desaliño  que  parece  inexplicable  iX,).  La  escribió 
dejando  correr  la  vena  de  su  ingenio,  sin  seguir  regla  ni  imponerse 
sujeción  alguna;  y  así  como  su  héroe  erraba  por  llanos  y  por  montes 
sin  llevar  camino  cierto,  en  busca  de  las  aventuras  que  la  casualidad  le 
deparase,  del  propio  modo  el  pintor  de  sus  hazañas  iba  copiando  al 
acaso  y  sin  premeditación  lo  que  le  dictaba  su  lozana  y  regocijada  fan- 
tasía. La  misma  fábula  ofrece  repetidas  pruebas  de  que  su  autor  no.volvía 
á  leer  lo  que  había  escrito.  Cervantes  ignoraba  el  precio  y  valor  del 
Quijote,  y  daba  al  parecer  la  preferencia  á  su  novela  de  los  Trabajos  de 
Pérsiles  y  Sigismunda.  Así  se  compuso  un  libro  de  tanto  mérito,  y  que, 
no  obstante  sus  defectos,  ocupará  siempre  un  lugar  distinguido  entre  las 
producciones  magistrales  del  entendimiento  humano. 

Cervantes,  ai  escribir  su  Quijote,  entraba  en  una  carrera  enteramente 
nueva  y  desconocida.  Halló  el  molde  de  su  héroe  en  la  naturaleza  hermo- 
seada por  su  fecunda  y  feliz  imaginación;  creó  un  nuevo  género  de  com- 
posición para  el  que  no  había  reglas  establecidas,  y  no  siguió  otras  que 
las  que  le    sugería  naturalmente  y  sin  esfuerzo  su  propio  discurso.  De 

(«)  Es  digno  de  notarse  que  los  españoles  que  le  admiraran  los  extranjeros  para  que 

hemos   sido   coa  frecuencia  despreciadores  reconociésemos  su  mérito.  (M.  de  T.i 

del  méritu  de  nuestros  propios  genios,  cuando  (;;  Kespecto  á  este  punto  veáse  ia  nota  S, 

estos   no  se   recomendaban  por  lo  encum-  liág- IH-  l.^o  extraño  es  que,  en  estas  mismas 

brado  de  su   fortuna  o  de  bU   posición.  Kl  palabras,  en  que  el  autor  extrema  su  censura 

mismo  Kamon  y  Cajal,  mientras  luchó  tita-  comete  una  ¡alta  de  sintaxis.  Puesto  que  ha- 

nicarnente  con  la  obscuridad  y  la  pobreza,  bla  de  negiicjuncia  y  desatirió,  debía,  agregar : 

se  vió  desconocido  eu  su  patria.  Fue  preciso  que  parecen  inexplicables.  (M.  iie  i.) 


:!ÍXX  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

Cervantes  puede  decirse  lo  mismo  que  Veleyo  Fatérculo  dijo  de  Homero: 
ni  iuvo^ntcs  á  quien  copiar,  ni  después  ha  tenido  quien  le  copi^  ;  y  ^í^te  es 
pl  úpico  paralplo  que  cabe  entrp  el  poeta  griego  y  el  fabulista  (tj)  caste- 
llano. 

Los  que  con  más  aparato  de  reflexiones  y  arguinenlos  han  elogiado  el 
QuijOTB  de  Cervantes,  han  solido  empeñarse  en  rnostrar  que  eq  tal  ó  tal 
punió  imitó  ó  superó  á  los  antiguos;  pero  en  ello  estrecharon  demasia- 
dan^enle  la  esfera  de  su  asunto  y  el  camino  que  debieran  seguir  en  sus 
especulaciones.  Olvidaron,  al  parecer,  que  las  obras  de  ingenio  más 
célebres  de  la  antigüedad  precedieron  al  arte;  que  los  preceptos  de  Aris- 
tóteles fueron  posteriores  á  Homero,  y  las  instituciones  dp  Qviintiliano  á 
Cicerón.  Los  h()mbres  instruidos  á  quienes  embelesaba  la  lectura  de  los 
modelos  primitivos,  se  detuvieron  en  los  pasajes  que  cautivaron  más  sy 
atenci()n  y  les  produjeron  impresiones  más  profundas  de  interésy  placer; 
examinaron  lo  que  para  ello  habían  hecho  sus  autores,  lo  redujeron  á 
máximas  generales,  y  he  aquí  las  reglas.  Esta  consideración  persuade  que 
las  coinposicion*'s  de  gánero  nuevo  más  deben  juzgarse  porel  efecto  que 
produce  su  lectura  que  por  su  comparación  con  otras  de  géneros  ante- 
riores, cuyas  reglas  no  son  enteramente  aplicables  al  nuevo.  Enhorabuena 
que  el  juicio  formado  por  las  primeras  impresiones  se  traiga  después  al 
exa^nen  circunspecto  y  severo  déla  filosofía;  que  se  ascienda  á  conside- 
raciones sóbrelas  fuentes  de  lo  bello  en  las  artes  de  imitación  ;  que  se 
esplique  la  doctrina  de  las  unida^ps ;  q\|e  se  traigan  á  colación  los  ejem- 
plos de  antiguos  y  modernos  ;  el  resultado  será  siempre  el  mismo,  y  los 
fallos  del  lector  atento  y  juicioso,  tanto  sobre  las  bellezas  como  sobre 
los  defectos  de  la  obra,  se  hallarán  constantemente  conformes  con  la 
razón. 

En  todas  las  composiciones  de  invención  y  de  ingenio  hay  un  principio 
general  é  invariable  ;  el  intento  debe  ser  uno  para  no  debilitar  la  aten- 
ción y  el  interés;  pero  en  los  diversos  géneros  son  también  diversos  los 
medios,  y,  por  consiguiente,  las  reglas  para  conseguir  el  intento.  Una 
composición  lírica  presenta  el  arrebato  de  una  imaginación  fogosa  y  agi- 
tada, que  abandonándose  al  estro  que  le  inspira,  se  desahoga  en  expre- 
siones sublimes  y  ofrece  en  un  cuadro  reducido  ideas  exageradas  y  fuerte?; 
esta  situación,  como  violenta,  no  puede  ser  larga,  y,  por  lo  tanto,  la  oda 
debe  ser  breve  ;  corno  apasionada,  po  puede  ser  serena;  ha  de  presentar 
tipias  de  ohscuridad  y  desorden,  envolver  el  enlace  dp  las  ideas,  preci- 
pitarlas, dar  á  entender  tqdavía  más  de  lo  que  dice.  El  género  bucólico 
describe  las  fuentes,  los  prados,  los  bosques,  y  las  pasiones  y  afecl-os  4? 
sus  habitantes;  el  estilo  y  las  imágenes  han  de  corresponder  á  su  objeto  : 
el  lenguaje  sea  sencillo  como  la  naturaleza,  llano  é  ingenuo  como  los 
pastores,  tierno  y  sentido  como  las  zagalas.  El  drama  ofrece  á  los  espec- 
tadores un  suceso  que  los  enseña  ó  los  escarmienta,  y  para  ello  trata  de 
hacerla  imitación  completa  en  lo  posible  ;  de  aquí  la  necesidad    de   que 


(r.)  14ás  propio  sería  :  noveliatn.  (M.  de  T. 


PROLOGO    DEI.    COMENTARIO  XXXI 

no  se  canibie  de  sitio,  ni  la  duración  se  extienda  á  más  de  lo  quelavero- 
siinilitud  permito.  La  r'pica  pinta  una  acciim  noble  y  extraordinaria,  ador- 
nada con  tuda  la  pompa  y  atavíos  que  prestan  la  historia,  la  fábula,  las 
tradiciones  populares  y  la  inventiva  del  poeta  ;  la  iinidad  del  lugar,  que 
es  necesaria  en  el  drama,  sería  absurda  en  la  epopeya;  su  duración  debe 
ser  proporcionada  al  tamaño  y  naturaleza  dd  argumento  ;  pero  concen- 
trándose en  el  espacio  conveniente  como  los  rayos  del  sol  en  un  foco,  para 
que  sea  más  vivo  el  caloré  interesen  el  ánimo  de  los  lectores. 

Supuestos  estos  principios,  que  no  pueden  menos  de  reconocerse  como 
ciertos,  ¿cuáles  deberán  ser  las  reglas  que  rijan  en  un  argumento  de  la 
naturaleza  del  Quijote?  ¿  Cuáles  son  lo?  canopes  de  la  fábula  satírico-fes- 
tiva que,  para  el  entretenimiento  y  enseñanza  de  quien  la  lee,  dicta  la 
esencia  de  su  objeto?  Desde  luego  se  ve  que  no  exige  ni  la  sublimidad 
de  laura,  ni  la  ilusión  teatral  del  drama,  ni  la  maravillosa  ostentación 
de  la  epopeya  ;  tampoco  le  conviene  el  sesgo  tenor  de  la  historia,  el  cual 
la  privaría  de  muchas  ventajas  y  la  reduciría  á  la  condición  de  una 
novela  ordinaria,  masó  menos  recomendable. Es  cierto  que  cuando lasno- 
velas  son  breves  y  sus  asuntos  sencillos,  apenas  admiten  otro  artificio  ni 
otros  adornos  que  el  orden,  la  claridad,  la  pureza  del  lenguaje 
y  la  conveniencia  del  estilo  ;  pero  también  es  indudable  que  cuando 
tienen  mayor  extensión  y  abrazan  mayor  círculo  de  sucesos,  pueden 
recibir  grandes  mejoras  de  su  disposición,  ciñéndose  aun  cuadro  de  pro- 
porcionada magnitud  en  que  los  incidentes  de  menor  bulto  se  subordinen 
á  una  acción  principal, y  reforzando  su  importancia,  mantengan  la  curio- 
sidad y  el  placer.  Por  falta  de  esto  suelen  fatigar  las  novelas  largas,  como 
El  Gil  Blas  de  Saiitillatia,  El  Escudero  Marcos  de  Obregón,  Los  Picaros  Guz- 
mán  y  Justina,  k  pesar  del  mérito  de  sus  pormenores  y  de  su  lenguaje. 
En  ellas  no  domina  ni  campea  una  acción  principal  ;  todos  son  aconteci- 
mientos é  incidentes  ensartados  unos  tras  otros,  sin  unidad  ni  término 
conocido  ;  y  como  la  atención  y  el  interés  del  lector  caminan  á  la  par 
en  estas  materias,  cuando  el  camino  es  largo  y  no  se  presiente  su  fin,  la 
atención  se  cansa  y  el  interés  se  pierde.  El  prudente  escritor  de  compo- 
siciones de  esta  clase  tratará  con  mucho  cuidado  de  evitar  semejante 
escollo.  Si  escoge  un  objeto  primario  á  que  se  dirijan  las  partes  subal- 
ternas de  su  obra;  si  limita  la  duración  por  medio  de  una  exposición 
oportuna  que  excuse  largos  preámbulos;  si  esfuerza  y  realza  el  intento 
principal  con  los  episodios,  y  si  después  de  excitar  el  interés  hasta  donde 
permita  la  naturaleza  del  asunto  sabe  poner  fin  verosímil  y  oportuno  á  la 
acción,  este  tal  ha  llenado  todos  los  números,  y  merece  un  puesto  de 
honor  entre  los  fabulistas. 

Así  lo  pi'acticó  Cervantes  en  su  Quijote.  Estoy  muy  lejos  de  creer  que 
su  conducta  fué  efecto  de  largas  y  profundas  meditaciones ;  antes  al 
contrario,  todo  muestra  que  no  procedió  con  sujeción  á  plan  alguno  for- 
mado de  antemano,  y  que  el  Quijote  se  fundió  como  por  sí  mismo  en  la 
oficina  de  un  feliz  y  bien  organizado  entendimiento.  Cervantes  óbremenos 
por  reflexión  que  por  instinto;  apenas  daba  importancia  y  atención  á  lo 


XXXII  DON    QUIJOTE   DE    I.A    MANCHA 

que  escribía  ;  que  sólo  así  puede  explicarse  la  reunión  de  tantas  bellezas 
con  tanta  incorrección  y  tantas  distracciones  (0). 

El  argumento  de  la  fábula  es  la  empresa  de  un  hidalgo  manchego  que, 
infatuado  con  la  lectura  de  los  libros  caballerescos,  se  propone  renovar 
el  ejercicio  y  profesión  de  la  caballería  andante,  como  necesaria  para  el 
bien  y  felicidad  del  mundo.  La  acción  empieza  en  el  [¡unto  en  que  se 
exíilta  y  llega  á  su  colmo  la  locura  del  hidalgo;  y  éste  es  el  principio  que 
convino  á  la  fábula  para  abreviar  su  duración  y  reducirl.i  á  menor  espacio. 
El  desenlace  hubo  de  ser  el  fin  de  la  locura,  que  se  verificí'i  poco  antes 
de  la  muerte  del  héroe.  Cervantes  llenó  el  intermedio  con  incidentes  y 
episodios  variados  y  divertidos,  que  empeñaban  más  y  más  en  su  loco 
propósito  al  protagonista  ;  entretejió  con  los  sucesos  los  inimitables 
diálogos  del  amo  y  el  escudero  ;  á  las  dificultades  y  trámites  de  las  em- 
presas en  la  épica  sustituyó  los  trabajos  y  los  palos  de  D.  Quijote,  y  el 
manteamiento  y  azotes  de  Sancho;  remedó  y  ridiculizó  lo  maravilloso  de 
la  historia  caballeresca  en  el  encantamiento  de  D.  Quijote  y  su  encierro 
en  la  jaula,  en  el  viaje  de  Clavileño,  en  la  resurrección  de  Altisidora,  en  la 
cueva  de  Montesinos,  en  el  encanto  y  desencanto  de  Dulcinea;  y  ofre- 
ciendo así  tantos  motivos  de  placer  á  sus  lectores,  consiguió  el  objeto 
moral  de  su  libro,  que  era  hacer  despreciables  y  desterrar  los  de  la  caba- 
llería andante. 

Si  á  la  sencillez  del  argumento  hubiera  acompañado  más  estudio  y 
esmero  en  los  pormenores  relativos  á  la  disposición  de  la  fábula,  y  mayor 
corrección  y  lima  en  el  lenguaje,  el  Quijote  sin  duda  hubiera  alcanzado 
mayores  quilates  de  perfección.  Hubiera  debido  preferirse  que  fuese  una 
sola  la  salida  de  D.  Quijote  en  lugar  de  las  tres  que  hizo,  y  que  pudieran 
parecer  tres  acciones  diferentes.  Échase  de  menos  la  trabazón  y  enlace 
que  sería  de  desear  entre  las  dos  partes  en  que  se  divide  la  fábula  ;  todos 
los  incidentes  de  la  primera  quedan  concluidos  con  ella,  nada  queda  pen- 
diente que  excite  la  curiosidad  y  el  deseo  de  la  continuación.  Estos  son 
dos  de  los  más  notables  defectos  del  Quijote.  Entre  los  episodios  hay  algu- 
nos que  no  tienen  la  conexión  conveniente  con  la  acción  principal  ;  lacen- 
sura  pública  obligó  á  nuestro  autor  á  corregirse  de  este  lujo  de  invención 
en  la  segunda  parte,  que  imprimió  diez  años  después  de  la  primera;  pero 
las  mismas  excusas  que  alega  en  su  defensa,  manifiestan  que  no  tenía 
ideas  científicas  del  arte  de  escribir,  ni  había  meditado  mucho  sobre  el 
asunto  '^ij.  El  ingenio  de  Cervantes,  á  semejanza  de  un  prado  sin  cultivo  y 
abandonado  á  sí  mismo,  producía  las  flores  que  la  bondad  y  feracidad 
del  terreno  llevaba  espontáneamente,  sin  estudio  ni  esfuerzo  alguno. 

(6)  La  atenta  lectura  del  Quijote  hace  ver,  como  la  descripción  de  la  edad  de  oro.  el  dis- 

al  contrario,  que   fué   obra   profundamente  curso  de  las  armas  y  las   letras  y  otros  mi 

estudiada.  Por  lo  que  hace  a  las  distrac-  no  se  escriben  á  vuela  pluma.  Kl  mismo  Cle- 

ciones,  no  son  tantas  ni  tan  extraordinarias  mencin.que  escribía  con  el  mayor  reposo  y 

como    pretende    Glemencin,    tratan<lose    de  sin  las  preocupaciones  que  asediaron  a  Ccr- 

obra  tan  extensa.  Por  lo  que  se  refiere  á  in-  vantes.  presenta    con    frecuencia   incorrec- 

correcciones,   cualquiera  de  los  contempó-  ciones  y  descuidos  de  lenguaje.    (M.  de  T.) 

ráneos  de  Cervantes  las  presenta  en  mayor  (;)  Glemencin  se  hace  eco,  en  estas  lineas 

número.  Trozos  tan  admirables  y  melodiosos  y  en  las  siguientes,  de  todas  las  criticas  ram- 


PROLOGO    OEL   COMENTARIO  XXXIÍI 

Igual  negligencia  se  advierte  en  el  cómputo  del  tiempo.;  Cuánto  no 
hubiera  sorprendido  á  Cervantes,  cuando  escribía  el  Ingenioso  Hidalgo,  la 
noticia  de  que  llegaría  un  tiempo  en  que  con  el  calendario  en  la  mano  se 
seguiría  paso  á  paso  la  serie  de  los  de  su  héroe  para  lijarlo  que  había  du- 
rado el  período  de  su  locura,  y  que  habría  quien  lo  ciñese  al  espacio  nimás 
ni  menos  de  ciento  sesenta  y  cinco  días!  ¡  Cuan  lejos  estuvo  de  pensar  en 
esto  Cervantes!  Bien  que,  según  puede  observarse  en  su  abono,  el  tiempo 
necesario  para  los  sucesos  que  se  cuentan  no  excede  del  término  que 
convi(Mie  para  evitar  la  languidez  de  la  narración,  y  evitar  el  fastidio  de 
los  que  la  escuchan  ó  leen. 

Pero  son  inexcusables  las  faltas  que  se  observan  en  el  Quijote  contra  la 
cronología  (x).Un  libro  que  refiere  como  coetáneos  sucesos  de  los  reinados  de 
los  dos  Felipes  II  y  111 ;  que  menciona  la  expulsión  de  los  moriscos  verifi- 
cada en  1610,  y  la  publicación  del  Quijote  de  Avellaneda,  que  fué  en  1614, 
este  mismo  libro  se  asegura  que  es  traducción  de  un  original  arábigo,  con- 
tenido en  cartapacios  y  papeles  viejos  que  ya  se  consideraban  aniquilados 
á  manos  del  tiempo,  dcvoradory  consumidor  de  todas  las  cosas;  y  se  supone 
que  se  sacó  de  memorias  y  tradiciones  populares,  y  de  pergaminos  encon- 
trados en  una  caja  de  plomo  descubierta  entre  las  ruinas  de  antiguos  edi- 
licios.  Los  anacronismos  destruyen  la  verdad  en  ¡as  historias  y  la  verosi- 
militud en  las  fábulas;  donde,  como  discretamente  dijo  el  mismo 
Cervantes,  tanto  la  mentira  es  mejor,  cuanto  más  parece  verdadera,  siendo 
imposible  que  admire  y  agrade  el  escritor  de  obras  de  ingenio  que  huyere 
de  la  verosimilitud  y  de  la  imitación,  en  quien  consiste  la  perfección  de  lo  que 
se  escribe[K).  Cervantes  se  juzgó  y  condenó  en  este  pasaje.  Sólo  la  verdad  es 
hermosa,  y  la  verdad  en  los  libros  de  invención  no  es  más  que  la  verosi- 
militud. 

En  defensa  de  los  anacronismos  de  Cervantes  se  ha  alegado  el  de  Dido 
en  la  Eneida,  como  si  los  del  Quijote  fuesen  uno  solo,  como  si  tuvieran 
con  el  fondo  y  esencia  de  la  fábula  la  relación  que  el  de  Dido  con  la  fun- 
dación de  Roma  y  su  rivalidad  con  Cartago,  como  si  la  inversión  del 
tiempo  en  épocas  remotas  é  ignoradas  pudiese  ofender  al   lector   tanto 


pionas  y  de  bajo  vuelo  dirigidas  en  todas  las  ria?  Por  lo  que  hace  al  cargo  fundado  en  las 

épocas  por  los  pedantes  y  los  dómines  á  las  palabras  de  Cervantes  acerca  de  los  nianus- 

obras  del  genio.   Estos  graves  y  pedestres  cri  tos  de  que  sacó  su  histuria,  no  puede  darse 

aristarcos  pretenden  acomodar  el  impetuoso  nada  más  candido  y  falto  de  substancia, 
vuelo  del  águila  al  lento  y  desgarbado  andar  "  (M.  de  T.) 

de  una  palniípeda.  Lo  qiie  más  debe  mará-  (/.)  Estas  palabras  no  hacen  mucho  honor 

villarlos  es  (jue.  con  tanta  ignorancia  y  tantos  al    criterio     estético     de     Clemencín.     La 

defectos,  haya  loi,'rado  el   inmortal  Manco  admiración  de  todas  las  generaciones  y  de 

dar  eterna  vida  á  nuestro  idioma.  todas  los  países,  los  variados  esfuerzos  de 

Nocedal,  en  su  discurso  de  Recepción  en  la  los  artistas  más  afamados  por  reproducir, 

Academia,  dice  de  nuestra  lengua,  que  :  es  con  toda  la  vida  que  su  autor  les  comunicó, 

imperecedeía  " pues  cuenta  con  inmortal  se-  las  grandes  figuras  de  la  inmortal  historia 

gura  desde   que  se    titula  lengu.\    i»e   Cer-  (D.  Quijote. Sancho,  el  ventero,  bulcinea, etc.) 

VANTEs».  ÍM.  de  T.)  y  la   verdad  que   respiran    las    admirables 

(x)¿Qué   culpa  tiene    Cervantes   de  que  descripciones  en  que  abunda  el  (/«íjoíe,  son 

haya  en  el  mundo  tantos  chiflados   ¡¡areci-  la    mejor    prueba  de   que    Cervantes    llegó 

doíí  á  su  héroe,  que  crean   en    doncellas   y  adonde  muy  pocos  han  llegado  en  punto  a 

castillos  encantados  y  sometan  una  obra  de  verosimilitud  é  imitación,  (M.  de  T.j 

pura  imaginación  á'los  cánones  de  la  histo- 


i 


XXXIV  nON    QTI.TOTE    DE    I..\    MANCHA 

como  on  otras  cercanas  y  conocidas.  No    son  los  anacronismos   de   Ctr- 
vantes  de  la  naturaleza  del  de  Virgilio. 

Más  indulgencia  merece  el  Quijote  en  la  parte  geográfica.  Los  reparos 
que  pudieran  oponérsele  en  este  punto  son  de  corta  importancia,  y  des- 
aparecen entre  los  resplandores  de  mayores  bellezas. 

l>os  caracteres  de  las  personas  subalternas  de  la  fábula  están  trazados 
magistralmente.  I.a  bellaquería  del  ventero  que  armó  á  D.  Quijote,  la 
discreción  de  Dorotea,  la  conducta  villana  de  los  galeotes,  el  despejo 
apicarado  de  Ginés  de  Pasamonte,  la  ingenuidad  pueril  de  Doña  Clara,  la 
indulgencia  é  instrucción  del  Canónigo  de  Toledo,  el  lenguaje  rústico  y 
zabareño  de  las  labradoras  del  Toboso,  el  reposado  aseo  de  la  casa  de 
Ü.  Diego  de  Miranda,  la  atolondrada  afición  de  los  duques  á  divertirse, 
las  sandeces  deDoña  Uodríguez,  la  burlesca  prosopopeya  del  Doctor  Pedro 
Recio,  la  saladísima  escena  del  labrador,  pintor  y  socarrón  de  Migueltu- 
rra,  sin  entrar  en  cuenta  las  personas  del  Cura,  del  Barbero  ydel  BaclüUer, 
suministran  una  porción  de  cuadros  tan  agradables  por  su  variedad,  como 
por  la  destreza  con  que  están  delineados. 

Si  hablamos  de  los  dos  personajes  principales,  el  carácter  deD.  Quijote 
se  conserva  con  igualdad  desde  el  principio  hasta  el  fin  ;  honrado,  bon- 
dadoso, desinteresado,  discreto  y  juicioso,  si  no  en  el  punto  de  la  caba- 
llería; en  éste,  exaltado  y  loco.  Si  divierte  y  hace  reir  por  los  extravíos 
de  su  cerebro,  interesa  al  mismo  tiempo  por  las  inclinaciones  y  bondad 
de  su  corazi3n.  Cervantes  reunió  hábilmente  las  dos  circunstancias  en  su 
protagonista.  Un  héroe  solamente  ridículo  hubiera  podido  divertir,  pero 
no  interesar;  Cervantes  logró  uno  y  otro,  juntando  en  un  mismo  sujeto 
las  extravagancias  del  caballero  de  la  Trifste  Figura  con  las  honradas  y  vir- 
tuosas prendas  de  Alonso  Quijano  el  Bueno;  se  ríen  las  ocurrencias  del 
primero,  y  no  se  puede  menos  de  amar  al  segundo.  El  carácter  de  Sancho 
vacila  algún  tanto;  pero  el  lector,  embelesado  con  las  inimitables 
gracias  y  sales  de  este  personaje,  no  eiha  de  ver  la  inconstancia,  ó  la 
perdona  fácilmente. 

La  invención  es  admirable,  tan  original  en  sí  como  oportuna  en  su 
aplicaci(3n  y  proporcionada  á  su  objeto:  el  estilo  variado  conveniente- 
mente y  acomodado  á  las  circunstancias  de  tiempo,  lugar  y  personas;  el 
lenguaje  á  veces  descuidado(a),  pero  con  pocas  excepciones  puro  y  castizo. 
Las  ideas  no  siempre  están  bien  coordinadas  entre  sí ;  hay  olvidos,  dis- 
tracciones, inconsecuencias.  La  moral,  buena  en  lo  general,  aunque  con 
algunas  sombras,  raras  á  la  v(;rilad,  de  una  ú  otra  imagen  ó  expresión 
menos  decente  ;  en  el  tiempo  que  se  escribió  el  Quijote,  pudo  su  autor 
pasar  por  austero.  Sátira  delicada  de  vicios  y  errores  comunes,  gracejo 
frecuentemente  urbanísimo,  pero  que  alguna  vez  declina  á  vulgar  ;  jui- 
cio recto  y  desenfadado  ;  mas  no  exento  enteramente  y  en  todas  ocasiones 
de  las  preocupaciones  'le  su  siglo. 

(•^)  Además  de  lo  ya  armntado  acerca  de  moral  y  económica  de  Cervantes  al  escribii' 
sete  punto  en  notas  anteriores,  es  muy  digno  y  publicar  Jil  fjuijote.  en  las  primeras  líneas 
de  leerse  el  conciso  v  valiente  cuadro  que  déla  Advertencia  á  su  edición  de  las  1633  no- 
traza  Hartzenbusch   de  la    situación   física  tas  á  la  edición  de  Fabra.  (M.  de  T.) 


PRÓLOr.O    DEL    COMENTARIO  XXXV 

De  estos  indicados  elementos  de  tantas  prendas  recoinendaljles  mez- 
cladas con  algunas  imperfecciones  y  muchos  descuidos,  se  compone  un 
lodo  que  el  lector  no  sabe  dejar  de  las  manos  ;  un  libro  que  ha  sido,  es 
y  será  siempre  el  encanto  y  embeleso  de  los  españoles,  y  aun  de  los 
extranjeros,  á  pesar  de  que  el  menor  conocimiento  de  nuestros  usos  y 
costumbres,  de  nuestro  lenguaje  familiar,  de  nuestras  tradiciones  y 
cuentos  populares  les  esconde  gran  parte  de  sus  primores.  ¡  Cuánto  debe 
ser  el  exceso  de  éstos  sobre  los  defectos!  Autorcillos  obscuros  y  poco 
estimables  se  atrevieron  en  estos  últimos  tiempos  á  despr(;ciar  lo  que  no 
merecían  entender  ;  imprimieron  dentro  y  fuera  del  reino  observa- 
ciones y  críticas  contra  el  Quijote;  pero  la  opiniíín  y  consentimiento 
universal  los  ha  reducido  al  silencio  y  sepultado  en  el  olvido,  y  el  Quijote 
ha  quedado  en  posesión  del  crédito  y  aceptación  que  le  corresponde 
como  al  libro  más  original  que  ha  producido  la  moderna  literatura. 

Bueno  será  examinarlo  menudamente,  y  hacer,  digámoslo  así,  anato- 
mía de  obra  tan  singular;  reducirá  su  debido  valorías  hipérboles  y  ciega 
admiración  de  los  unos,  y  las  acriminaciones  y  censuras  de  los  otros. 
Esto  es  lo  que  se  ha  procurado  hacer  en  el  presente  Comentario,  notando 
con  imparcialidad  los  rasgos  admirables  y  las  imperfecciones,  el  artificio 
de  la  fábula  y  las  negligencias  del  autor,  las  bellezas  y  los  defectos  que 
suele  ofrecer  mezclados  el  Ingenioso  Hidalgo.  Acaso  se  me  tildará  de  ni- 
miamente severo  en  lo  que  me  parece  reprensible;  acaso  los  amantes 
indiscretos  de  la  gloria  nacional,  en  que  tiene  tanta  parte  la  de  Cervantes, 
me  acusarán  de  indiferente  y  aun  de  contrario  á  ella;  pero  serán  injus- 
tos. La  verdad  sincera  y  serena  debe  distribuir  los  elogios  y  las  censu- 
ras. El  Quijote  tiene  lunares,  y  tratándose  de  un  libro  que  anda  en  manos 
de  todos,  y  que  es  uno  de  los  que  principalmente  se  proponen  para  mo- 
delos del  gusto  y  del  idioma,  conviene  por  lo  mismo  indicar  con  más 
particularidad  y  especificación  sus  defectos;  á  la  manera  que  en  las  car- 
tas de  marear  se  deben  señalar  con  cuidado  mayor  los  escollos  en  que 
pueden  peligrar  los  navegantes. 

A  este  examen  crítico  del  Ingenioso  Hidalgo  acompañarán  las  observa- 
ciones á  que  den  lugar  sus  indicaciones,  sus  noticias  históricas,  sus  alu- 
siones á  las  crónicas  de  los  caballeros  andantes.  Libro  de  tanto  valor  y 
reputación  como  el  Quijote,  es  sin  duda  acreedor  á  que  se  le  comente  é 
ilustre  como  lo  lograron  libros  de  mediano  mérito  entre  los  antiguos,  y 
entre  los  nuestros  las  obras  do  Juan  de  Mena,  de  D.  Luis  de  Góngora  y 
otras  de  menor  importancia.  Es  verdad  que  el  mismo  Cervantes,  al 
principio  de  la  segunda  parte  parece  que  se  anticipa  á  desaprobar  el 
intento  de  comentar  la  historia  del  héroe  manchego  :  es  tan  clara,  dice, 
que  no  hay  cosa  que  dificultar  en  ella  :  los  niños  la  manosean,  los  hombres  la 
entienden,  y  los  viejos  la  celebran.  Cervantes,  suponiendo  con  demasiada 
facilidad  que  sus  lectores  sabían  lo  que  él,  y  que  tenían  preséntelo  que 
él  al  escribir  su  libro,  creyó  que  no  necesitaba  de  comento  ;  mas,  no  se 
juzgó  del  mismo  modo  en  el  inundo  literario.  El  célebre  benedictino  F.Mar- 
tín Sarmiento,  en  las  Noticias  de  la  verdadera  patria  de  Miguel  de  Cervantes, 
esforzaba  con  gran  copia,  de  razones  la  necesidad  de  comentar  el  Quijote 


XXXVI  DON    Ol.IJOTE    DE    I.A    MANCHA 

para  entenderlo  y  leerlo  con  fruto.  Anteriormente  ü.  Gregorio  Mayans 
había  ilustrado,  aunque  con  más  erudición  que  crítica,  varios  puntos  re- 
lativos al  I.NGKNioso  Hidal(jO  níi  la  vida  que  escribió  de  Cervantes  para 
ponerla  al  frente  de  la  magnífica  t;dición  de  I.ondres  de  1738.  Años  des- 
pués, D  Vicente  de  los  Hios  escribió  el  análisis  que  la  Academia  Española 
publicó  con  la  suya,  no  menos  magnífica,  del  año  1780;  pero  bajo  el 
nombre  de  análisis,  era  más  ijien  un  elogio  i).  Juan  IJowle,  distinguido 
literato  inglés,  imprimió  el  año  1781  una  nueva  edición  del  Quijote  con 
un  tomo  de  índices  y  otro  de  anotaciones,  en  queseñab'i  las  referencias, 
á  los  autores  latinos,  italianos  y  caballerescos,  y  procuró  explicar  las 
voces  que  podían  ser  obscuras  para  sus  compatriotas.  Su  trabajo,  fruto, 
como  él  mismo  cuenta,  de  catorce  años  de  lecturas  y  aplicación,  es  muy 
digno  de  alabanza,  y  muy  de  admirar  en  un  extranjero  el  conocimiento 
de  libros  castellanos  con  que  enriquece  y  autoi  iza  sus  notas  (v).  Pero  éstas 
no  alcanzan  á  auxiliar  á  los  españoles  en  los  puntos  peculiares  de  sus  cos- 
tumbres y  del  idioma  familiar,  cuya  perfecta  inteligencia  en  todas  len- 
guas, y  singularmente  en  la  castellana,  es  imposible  que  adquieran  los 
extraños  ;  y  por  otra  parte,  entusiasta  ciego  de  Cervantes,  á  quien  llama 
honor  y  gloria  no  solamente  fie  su  patria,  pero  de  todo  el  género  humano,  no 
trató  jamás  de  hacer  ninguna  observación  crítica  ni  de  juzgar  del  mérito 
ni  demérito  de  la  fábula.  Sus  anotaciones  presentan  el  aspecto  de  una 
erudición  laboriosa,  pero  seca  y  descarnada  ;  son  como  un  almacén  donde 
se  hallan  bacinadas  mercancías  de  todas  clases,  unas  de  mayor  y  otras  de 
menor  precio...;  mas  no  se  trate  de  relevar  (;)  los  defectos  de  un  extran- 
jero (|ue  ya  experimentó  los  tiros  de  la  crítica  en  su  país,  y  que  sólo  debe 
hallar  estimación  y  gratitud  en  el  nuestro,  D.  Juan  Antonio  Pellicer  pu- 
blicó en  Madrid  el  año  1797  una  nueva  edición  del  Quijote  ;  hizo  é 
indicó  algunas  correcciones  felices  en  el  texto,  y  añadií)  notas  en  que  á 
veces  disfrutó  más  de  lo  justo  el  trabajo  de  Bowle,  sin  nombrarle  :  en 
otras,  según  su  genio  y  la  especie  que  cultivó  de  literatura,  insertó  noti- 
cias menudas  y  sueltas,  no  todas  igualmente  apreciables.  Sus  observa- 
ciones son  como  apuntamientos  aislados  sin  conexión  ni  plan  conocido,  y 
están  muy  lejos  de  merecer  el  nombre  de  Comentario  ;  en  ellas  no  se 
examina  ni  lo  bueno  ni  lo  malo  de  la  fábula ;  de  todo  suele  hablarse 
menos  del  Quijote.  Mayans,  no  obstante  los  elogios  que  daba  al  Lncenioso 
Hidalgo,  lo  posponía  á  los  Trabajos  de  Pérdlcs  y  Sigismundo.  Pellicer 
salió  por  otro  registro,  todavía,  si  cabe,  más  extravagante,  y  se  persuadió  á 
que  Cervantes  se  propuso  imitar  á  Apuleyo.  Ambos  literatos,  aunque 
amantes  y  beneméritos  del  Quijote,  manifestaron  que  no  le  entendían. 
No  conozco  las  obras  de  algunos  otros  autores  extranjeros  que  escribie- 

(v)  Es  muy  de  notar  que  log   extranjeros  y  otros;  de  los  franceses Merimée.Morel  F»- 

han  sido  v  siguen  siendo  más  celosos  culti-  tio,  Fouctié  DelLosch,  Latour,  Maitínenche, 

vadores  de  nuestra  herniosa  lit'>ratura  que  Tannenberg  :    y    de    los    italianos    üorra, 

los  espaiinles  misinos.    Basta   recordar    los  Mooaci,  D'Ovidio,  etc.  {M.  de  T.) 

nombres  de  los  americanos  Ticknor  y  Hun-  {,-)  p:i    galicismo  relevar  es    algo    fuerte, 

tington,  de  los  austríacos  y  alemanes  Woif,  tratándose  de  un  académico  que  jiretendía 

FáLer,    Grimm.    Schack.  '  Keller,    Fanste-  ajustar  tan  estrechas  cuentas  á  Cervantes  eu 

rath,  etc.;  de  lus  ingleses  Fitzinaiuice- Hume  materia  de  incorrecciüiies.  ÍM.  de  T.) 


PRÓr.OCO    DEL    COMENTARIO  XXXVIl 

ron  notas  ú  observaciones  sobre  el  Ingenioso  Hidalgo  ;  pero  mo  inclino 
mucho  á  creer  (lUc  no  conlribuiíán  líian  cosa  ásu  ilustración  é  intelii:en- 
cia.  La  Academia  Kspafiola,  en  su  última  e{iici(')n  del  año  1819,  afiadiú  al 
fin  de  los  tomos  algunas  notas  propias  de  su  exquisito  juicio  y  sabiduría; 
pero  tan  cortas  en  número  y  extensión,  que  no  hacen  sino  irritar  la 
curiosidad  y  aumentar  el  deseo  de  mayores  y  más  extensas  explica- 
ciones. 

En  resolución,  el  I.ngknioso  Hidalgo  D.  Quijotk  dk  la  Mancha  carece 
hasta  ahora  de  un  Comentario  seguido  y  completo,  como  lo  reclama 
su  calidad  de  libro  clásico,  reconocido  como  tal  en  la  república  de  las 
letras,  apreciado  por  todas  las  naciones  cultas,  y  traducido  en  todos 
sus  idiomas. 

Yo  me  he  propuesto  llenar  este  vacío  de  nuestra  literatura  ;  empresa 
difícil,  que  he  acometido  quizá  con  sobrada  temeridad,  y  en  que  no  sé  si 
saldré  como  D.  Quijote  en  la  suya.  El  presente  prólogo  es  ya  el  prin- 
cipio del  Comentario  ;  las  notas  que  acompañan  al  texto  deben  ser 
las  pruebas  de  lo  que  se  dice  en  el  prólogo.  Figúrese  el  lector  del  Inge- 
nioso Hidalgo  que  le  acompaño  en  su  tarea,  y  que  le  voy  diciendo  lo  que 
me  ocurrió  cuando  yo  lo  leía.  Si  le  sirvo  de  algún  provecho  para  enten- 
derlo mejor;  para  dirigir  y  fijar  su  juicio  acerca  de  las  perfecciones  é 
imperfecciones  de  la  fábula  ;  para  satisfacer  su  curiosidad  sobre  los  pun- 
tos históricos  y  literarios  que  se  tocan,  ó  los  pasajes  caballerescos  á  que 
se  alude;  para  hacer  las  advertencias  que  ocasione  el  tenor  del  discurso, 
tanto  sobre  la  gramática  y  filosofía  del  idioma,  como  sobre  los  usos,  cos- 
tumbres é  ideas  de  la  época  de  la  caballería  y  la  de  Cervantes,  el  lector 
debe  estarme  agradecido,  y  yo  debo  estar  contento.  Encontrará  tal  vez 
repeticiones,  porque  se  repetirán  las  ocasiones  de  hacerlas;  hallará  cosas 
que  otros  han  dicho,  porque  las  hay  que  se  ofrecen  naturalmente  á  todos, 
y  es  forzoso  decirlas  ;  echará  quizá  de  menos  observaciones  que  á  él  le  ocu- 
rran, y  no  le  ocurrieron  al  comentador  (esto  es  muy  fácil)  ;  según  su 
humor,  inclinaciones  y  estudios,  unas  notas  le  parecerán  superficiales  y 
demasiado  breves,  otras  demasiado  largas  y  minuciosas.  Todo  esto  podrá 
suceder;  pero  en  lo  que  otros  hayan  pensado  ó  adelantado,  el  comenta- 
dor los  hará  justicia,  y  no  los  defraudará  de  la  loa  que  merezcan  ;  y  en 
lo  demás,  así  como  él  será  justo  con  otros,  así  también  tiene  derecho  á 
que  los  otros  sean  con  él  indulgentes. 

Tales  son  las  consideraciones  que  me  ha  parecido  anticipar  como  pre- 
liminares convenientes  en  la  materia.  —  Una  cárcel  dio  nacimiento  al 
Quijote  (o),  y  un  retiro  forzadu,  efecto  de  trastornos  y  de  infortunios,  lo 
ha  dado  á  su  Comentario.  En  ésta,  como  en  otras  ocasiones,  se  ha  verificado 
lo  que  un  antiguo  dijo  de  las  leti'as  ;  que  sirven  de  adorno  en  la  prospe- 

(o)   La   moderna  crítica  ha    demostrado,  durante  su  permanencia  en  Sevilla.  Por  su 

que  Cervantes  no  escribió  su  obra  en  la  su-  parteel  cervantista  señorCortejón,autordela 

puesta|irisiónde  Arganiasilla.  Según  elseñor  muy  notiibie  edición  critica  del  Quijote,  en 

Carrillo  de   Albornoz,   autor  del  Romancero  curso  de  publicación,  cree  que  Cervantes  con- 

diil  Quijote  (tomo  I,  pág.  473)  el  ilustre  cuanto  cibió  el  plan  de  su  obra  y  la  empezó  á  escri- 

desdichado  Manco  debió  escribir  la  1»  Parte  bir  en  la  cárcel  de  ¡Sevilla.         (M.  de  T.) 


XXXVIU  DON    OUIJOTK    DE    I-A    MANCHA 

ridad,  y  de  refugio  y  consuelo  en  la  desgracia.  Si  el  presente  trabajo 
no  corresponde  dignamente  á  su  objeto  y  al  mérito  y  celebridad  de 
Cervantes,  por  lo  menos  ha  proporcionado  á  su  autor  muchos  ratos  de 
ocupacif'm  grata  y  muchos  motivos  de  distracción  en  medio  de  pesares  no 
merecidos. 


EL   INGENIOSO  HIDALGO 

DON  QUIJOTE  DE  LA  MANCHA 


AL  DUQUE  DE  BÉJAR' 

MARQUÉS  DK  GIBRALEÓN,  CONDE  DK  BENALCAZAR  Y  BANARIÍS,  VIZCONDE  DE 
LA  PUEBLA  DE  ALCOCER,  SEÍSni>,  DE  LAS  VILLAS  DE  CAl'ILLA,  CURIEL  Y 
BURGUILL03. 


En  fe  del  buen  acogimiento  y  honra  que  hace  Vuestra  Excelencia  á  toda 
suerte  de  libros  como  principe  tan  inclinado  á  favorecer  las  buenas  artes, 
mayormente  las  que  por  su  nobleza  no  se  abalen  al  servicio  y  tjranjerias  del 
vulgo  '^,  he  determinado  de  sacar  á  luz  El  Ingenioso  Hidalgo  D.  Quijo ie  de 
LA  Mancha  3  al  abrigo  del  clarísimo  nombre  de  Vuestra  Excelencia,  á  quien, 


1.  D.  Alonso  Diego  López  de  Zi'iñiga, 
séptimo  duque  de  Béjar,  lo  fué  desde 
el  año  de  601  (a),  en  que  heredó  á  su 
padre  D.  Francisco,  hasta  el  de  1619, 
en  que  falleció. 

Sobresalió  en  Miguel  de  Cervantes  la 
prenda  de  agradecido,  de  lo  que  dio 
pruehas  hasta  en  el  punto  de  su  muerte, 
como  se  ve  por  la  dedicatoria  de  los 
Trabajos  de  Pérsiles  y  Sígismundu,  que 
dirigió  á  su  protector  el  conde  de 
Lemos,  después  de  haber  recibido  la 
Extrema-Unción.  Supuesto  lo  cual,  es 
muy  notable  que  siendo  el  duque  de 
Béjar  tan  amante  de  las  letras  comn 
aquí  se  pondera,  y  habiéndose  recibido 
la  primera  parte  del  Quijote  con  tanta 
aceptación  y  aplauso  del  público,  que 
en  un  año  se  hicieron  tres  ediciones, 
dosenMadridyuaaen  Vaiencia,es  muy 
notable,  digo,  que  Cervantes  no  le  de- 
dicase también  la  segunda  parte,  ni  le 
volviese  á  nombrar  en  sus  obras. 

2.  Pudiera  creerse  que  estas  palabras 
aludían  tí  la  tradición  de  que  habló 
D.  Vicente  de  los  Ríos,  sobre  la  dedi- 
catoria de  la  primera  parte  del  Quijote. 
Dícese  que  el  duque  de  Béjar,  solicitado 
por  Cervantes  é  informado  del  asunto 

(a)  Muy  eruditos  cervantistas,  entre  ellofs 
el  doctor  Thebussem,  suponen  que  el  desvío 
del  duque  fué  debido  á  la  influencia  de  un 
capellán  de  su  casa,  y  ven  como  un  reflejo  de 
ello  en  la  disputa  que  tuvo  Don  Quijote  con 
el  capellán  de  los  duques  en  la  '?.»  parte  del 
Quijote.  (M.  de  T.) 


del  libro,  no  quiso  al  pronto  que  se  le 
dedicase;  pero  que  habiendo  ceñido 
Cervantes  su  solicitud  ú  que  oyese  leer 
un  capitulo,  fué  tanto  lo  que  le  agradó 
su  lectura,  que  depuso  su  preocupa- 
ción, colmó  de  elogios  al  autor  y  admi- 
tió gustoso  la  dedicatoria.  Dado  que  la 
tradición  fuese  cierta,  me  parece  muy 
aventurada  la  conjetura  de  Ríos  sobre 
que  el  motivo  de  la  repugnancia  del 
duque  sería  el  temor  de  exponer  su 
reputación,  si  permitía  que  se  leyese 
su  nombre  al  frente  de  un  libro  que 
sonaba  ser  de  caballerías.  Más  verosí- 
mil fué  que  el  duque,  noticioso  del 
objeto  del  Quijote,  no  quisiese  mos- 
trarse fautor  de  la  empresa  de  desterrar 
la  lectura  de  las  historias  caballeres- 
cas, cuya  aüción  era  entonces  tan 
común  entre  los  grandes  señores,  como 
se  ve  por  repelidos  ejemplos,  incluso 
el  de  la  misma  casa  de  los  duques  de 
Béjar. 

3.  Se  ha  dudado  de  la  propiedad  y 
conveniencia  de  este  titulo  que  Cer- 
vantes puso  á  su  obra.  Entre  sus  con- 
temporáneos no  faltó  quien  lo  tachase 
de  abultado  y  hueco.  D.  Juan  Antonio 
Pellicer  opinó  que  la  calidad  de  Í7ic/e- 
nioso  se  aplicaba,  no  á  la  persona  del 
hidalgo,  sino  á  la  obra,  para  denotar 
el  ingenio  con  que  estaba  escrita ;  pero 
el  mismo  Cervantes  refutó  esta  opinión 
en  el  epígrafe  del  capitulo  II,  que  trata 
de  la  primera  salida  que  de  su  tierra 
hizo  el  ingenioso  D.  Quijote.  Lo  mismo 


XLII 


DON    QlIJOTE    DE    I.A    MANCHA 


con  el  acatamiento  que  debo  á  tanta  (¡landeza,  suplico  le  reciba  agrada- 
blemente en  su  protección,  para  (¡ue  á  su  sombra,  aunque  desnudo  de  aquel 
precioso  ornamento  de  elcijancia  y  erudición  de  que  suelen  andar  i^estidas  las 
obras  que  se  componen  en  las  casas  de  los  hombres  que  saben,  ose  parecer 
seguramente  en  el  juicio  de  algunos,  que  no  conteniéndose  en  los  limites  de  su 
ignorancia,  suelen  condenar  con  más  rigor  y  menos  justicia  los  trabajos 
ajenos ;  que  poniendo  los  ojos  la  prudencia  de  Vuestra  Excelencia  en  mi  buen 
deseo,  fio  que  no  desdeñará  la  cortedad  de  tan  humilde  servicio. 

Miguel  de  Ck-hvantes  Saavedra. 


se  repite  en  el  título  del  capitulo  XVI ; 
y  al  concluirse  la  segunda  parte,  des- 
pués de  contar  el  fallecimiento  de 
D.  Quijote,  se  dice  :  este  fin  tuvo  el 
Inyenioso  iiidahjo  de  la  Mancha.  Pfir 
cuyos  (p)  pasajes  es  claro  que  Cervantes 
calificó  de  ingenioso,  no  ;i  su  libro,  sino 
á  su  héroe.  Más  plausible  que  la  opi- 
nión de  Pellicer  pudiera  parecer  la  de 
que  se  llamó  ingenioso  al  Quijotk  por 
pertenecer  á  la  clase  de  libros  de  in- 
venci('in  y  de  ingenio,  al  modo  que 
diríamos  el  Incietúoso  Lazarillo,  de 
D.  Diego  de  Mendoza,  la  Ingeniosa 
República  literaria,  de  Ü.  Diego  de 
Saavedra;    pero  no   deja  esle  arbitrio 

(?)  Este  empleo  del  posesivo  cuyos  es  con- 
trario a  lo  preceptuado  por  la  Academia. 
Esto  demuestra  el  poco  respeto  que  han 
guardado  en  todo  tiempo  los  mismos  acadé- 
micos á  las  reglas  de  la  Academia,  lo  cual 
explica  á  su  vez,  los  desacatos  del  resto  del 
público  con  la  misma.  (M.  de  T.) 


Cervantes,  aplicando  exclusivamente, 
como  acaba  de  verse,  la  calidad  de  in- 
genioso a  la  persona  de  su  Hidalgo. 
Así  que  todas  las  explicaciones  ofrecen 
inconvenientes.  Si  lo  ingenioso  se  dice 
por  la  persona,  recae  mal  sobre  un 
loco  :  si  por  el  ingenio  con  que  está 
escrito  el  libro,  es  vanidad  y  jactancia 
del  autor;  si  por  ser  la  obra  de  la  clase 
de  las  de  ingenio  y  entretenimiento,  el 
mismo  Cervantes  lo  contradice.  Lo  que 
no  admite  duda,  como  resulta  de  todo 
lo  precedenle,  es  que  el  título  de  Inge- 
nioso Hidalgo  es  obscuro  y,  por  consi- 
guiente, poco  feliz  (y). 

(v)  El  epíteto  ingenioso,  aplicado  por  Cer- 
vantes á  su  héroe,  me  parece,  al  revés,  muy 
claro  y  altamente  adecuado.  Respecto  á  s"i 
un  loco  puede  ser  ingenioso,  sólo  puede  du- 
darlo en  España  el  que  no  haya  saboreado 
la  deliciosa  historia  del  Licenciado  Vidriera, 
obra  del  mismo  Cervantes.  Precisamente  si 
de  algo  pecan  lo.s  españoles  es  de  sobra  de 
ingenio.  (M.  de  T.) 


PROLOGO 


Desocupado  lector;  sin  juramento  me  podrás  creer  que  quisiera  que  este 
libro, ^omo  liijo  del  entendimiento,  fuera  el  más  hermoso,  el  más  ga- 
llardo y  más  discreto  que  pudiera  imaginarse.  Pero  no  he  podido  yo  con- 
travenir la  orden  de  naturaleza,  que  en  ella  cada  cosa  engendra  su  seme- 
jante. Y  así,  ¿qué  podía  engendrar  el  estéril  y  mal  cultivado  ingenio  mío, 
sino  la  historia  de  un  hijo  seco,  avellanado  i,  antojadizo,  y  lleno  de  pen- 
samientos varios  y  nunca  imaginados  de  otro  alguno;  bien  como  quien 
se  engendró  en  una  cárcel,  donde  toda  incomodidad  tiene  su  asiento,  y 
donde  todo  triste  ruido  hace  su  habitación?  El  sosiego,  el  lugar  apacible, 
la  amenidad  de  los  campos,  la  serenidad  de  los  cielos,  el  murmurar  de 
las  fuentes,  la  quietud  del  espíritu  son  grande  parte  para  que  las  musas 
más  estériles  se  muestren  f(;cundas,  y  ofrezcan  partos  al  mundo  que  le 
colmen  de  maravilla  y  de  contento.  Acontece  tener  un  padre  un  hijo  feo 
y  sin  gracia  alguna,  y  el  amor  que  le  tiene  le  pone  una  venda  en  los 
ojos  para  que  no  vea  sus  faltas,  antes  las  juzga  por  discreciones  y  lindezas, 
y  las  cuenta  á  sus  amigos  por  agudezas  y  donaires.  Pero  yo,  que  aunque 
parezco  padre,  soy  padrastro  de  D.  Quijote,  no  quiero  irme  con  la  corriente 
del  uso,  ni  suplicarte  casi  con  lágrimas  en  los  ojos,  como  otros  hacen, 
lector  carísimo,  que  perdones  ó  disimules  las  faltas  que  en  este  mi  hijo 
vieres,  pues  ni  eres  su  pariente  ni  su  amigo,  y  tienes  tu  alma  en  tu 
cuerpo  y  tu  libre  albedrío  como  el  más  pintado, y  estás  en  tu  casa,  donde 
eres  señor  della,  como  el  rey  de  sus  alcabalas,  y  sabes  lo  que  conmún- 
raente  se  dice,  que  debajo  de  mi  manto  al  rey  mato.  Todo  lo  cual  te 
exenta  y  hace  libre  de  todo  respeto  y  obligación,  y  así  puedes  decir  de 
la  historia  todo  aquello  que  te  pareciere,  sin  temor  que  te  calumnien  por 
el  mal  ni  te  premien  por  el  bien  que  dijeres  della. 

1.  Siguiendo  el  hilo  de   la    metálora  flrmú  el  que  con  el  nombre  supuesto  de 

debió  decirse  :  ¿  qué  podía  engencb-ar  Alonso  Fernández  de  Avellaneda  escri- 

el  estéril  y  mal  cullivado  itigenio  mío  bi('i  la  continuación  del  Quijote  que  se 

sino  un  hijo  seco,  avellanado,  antoja-  imprinii(j  en  Tarragona  el  año  de  1614. 

dizo...  bien  como  quien  se  enge7idró  en  Tildando  en    su    próloo;o  á  Cervantes, 

tina  cárcel.  Diciéndose  la  historia  del  ilice  que  disculpa  los  i/erros  de  su  pri- 

hijo,  y   más  llamándose  á  éste  seco  y  mera  parte  el  haberse  escrito  entre  los 

avellanado,  ocurre  que  el  hijo  esD.Qui-  de  una  cárcel,  y  asi  no  pudo  dejar  de 

JOTE,  y  lo  engendrado   en  la  cárcel  no  salir  tiznada  de  ellos,  ni   salir  menos 

fué  D.  Quijote,  sino  su  historia.  qrie  quejosa,  murmuradora,  impaciente 

La  especie  de  que  Cervantes   ideó   el  y  colérica,  cual  lo  están  los  encarce- 

plan  del  Quijote  estando  preso,  la  coa-  lados. 


XLIV  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

Sólo  quisiera  dártela  monda  y  desnuda,  sin  el  ornato  de  prólogo  ni  de 
la  innumerabilidad  y  catálogo  de  los  acostumbrados  sonetos,  epigramas 
y  elogios  *  que  al  principio  de  los  libros  suelen  ponerse.  Porque  te  sé 
decir  que,  aunque  me  costó  algún  trabajo  componoila,  ninguno  tuve  por 
mayor  que  hacer  esta  prefación  que  vas  leyendo.  Muchas  veces  tomé  la 
pluma  para  escribilla,  y  muchas  la  dejé,  por  no  saber  lo  que  escribiría; 
y  estando  una  suspenso,  con  el  papel  delante,  la  pluma  en  la  oreja,  el 
codo  en  el  bufete  y  la  mano  en  la  mejilla,  pensando  lo  que  diría,  entró  á 
deshora  ^  un  amigo  mío  gracioso  y  bien  entendido,  el  cual,  viéndome 
tan  imaginativo,  me  preguntó  la  causa,  y  no  encubriéndosela  yo,  le  dije 
que  pensaba  en  el  prólogo  que  había  de  hacer  á  la  historia  de  D.  Quijote, 
y  que  me  tenía  de  suerte  que  ni  quería  hacerle,  ni  menos  sacar  á  luz  las 
hazañas  de  tan  noble  caballero.  Porque  ¿  cómo  queréis  vos  que  no  me 
tenga  confuso  el  qué  dirá  el  antiguo  legislador  que  llaman  vulgo,  cuando  vea 
que  al  cabo  de  tantos  años  como  baque  duermo  en  el  silencio  del  olvido  3, 
salgo  ahora  con  todos  mis  años  acuestas  con  una  leyenda  seca  como  un 
esparto,  ajena  de  invención  '',  menguada  de  estilo,  pobre  de  conceptos  y 
falta  de  toda  erudición  y  doctrina,  sin  acotaciones  en  las  márgenes  y  sin 
anotaciones  en  el  lindel  libro,  como  veo  que  están  otros  libros  aunque  sean 
fabulosos  y  profanos,  tan  llenos  de  sentencias  de  Aristóteles,  de  Platón 


1.  La  vanidad  de  los  escritores  del 
tiempo  de  Cervantes  hacia  preceder  de 
ordinario  en  las  impresiones  de  sus 
libros  los  elogios  que  mendigaban  de 
sus  aficionados.  Estos  elogios  eran  por 
lo  regular  composiciones  poéticas 
breves,  como  sonetos,  redondillas  y 
epigramas,  según  aquí  se  dice.  Lo  sin- 
gular es  que  Cervantes,  que  moteja  y 
ridiculiza  este  abuso,  habia  incurrido 
en  él  en  su  Galntea,  y  contribuyó  tam- 
biu-n  muchas  veces  con  sus  composi- 
ciones á  elogiar  varios  libros  impresos 
de  sus  conocidos  y  amigos,  según  lo 
muestran  las  noticias  que  se  leen  en 
su  I'¿í/o,  escrita  con  suma  erudición  y 
diligemia  por  D.  Martin  Fernández  de 
Navarrete.  Así  lo  tiizo  en  la  Aiistriada 
de  Juan  l-luío,  en  el  Romancero  y  otras 
obras  de  Pedro  de  Padilla,  en  el  Ccm- 
cionevo  de  López  baldonado,  en  la 
Filosofía  cortesana  de  Alonso  de  Ba- 
rros, etc. 

2.  Significa  comúnmente  lo  mismo 
que  á  horas  desusadas  y  extraordina- 
rias, indicando  las  más  avanzadas  de 
la  noche  :  aqui  equivale  á  inespera- 
damente, cuando  no  se  ar/iiarda. 

3.  Cervantes  publicó  su  Galafea  en  el 
a.io  de  1584,  y  desde  entonces  no  había 
dado  á  luz  cosa  alguna  hasta  el  de  160o, 
en  que  se  imprimió  la  primera  parte 


del  QuuoTE.  Eran  veintiún  años  los 
que  habia  estado  durmiendo  para  el 
público  en  el  f-ilencio  del  olvido.  — 
Esta  expresión,  usando  de  rigor,  pu- 
diera tildarse,  porque  el  olvido  ni  calla 
ni  habla  ;  y  acaso  en  el  original  se  diría 
que  había  dormido  en  el  silencio  ij  el 
olvido,  callando  Cervantes  y  olvidando 
el  público  (a). 

4.  Moderación  que  por  excesiva  pu- 
diera parecer  afectada.  La  inventiva 
fué  la  prenda  en  que  sobresalió  emi- 
nentemente Cervantes,  y  de  que  él 
mismo  hizo  gala  en  el  Viaje  al  l'ar- 
naso,  donde  le  dice  Mercurio  (o)  : 

Y  sé  que  aquel  instinto  sobrehumano 
Que  de  raro  inventor  lu  pecho  encierra, 
No  te  le  ha  dado  el  padre  Apolo  en  vano... 
Pasa,  raro  inventor,  pasa  adelante 
Con  tu  sotil  disinio,  y  prusta  avuda 
..  Apolo,  que  la  tuya"  es  iniporlanle. 


(a)  Cap.  1. 

(a)  La  crítica  de  Cleniencín  no  puede  ser 
más  pueril  y  además  es  impropia  de  un 
escritor,  cada  paso  hablan  poetas  y  escri- 
tores del  silencio  de  la  iioc/ie,  del  silencio  de 
In  tinnhn,  etc.  Kn  este  pa-:aje  cila  el  señor 
Cortüjón  una  crítica  muy  acertada  del  vene- 
zolano señor  Urdaneta  a  la  observación  de 
Clcmcncin.  (M.  de  T.) 


PRÓLOGO 


XLV 


y  de  toda  la  caterva  de  filósofos,  que  admiran  ú  los  leyentes  y  tienen  á  sus 
autores  por  hoinhres  leiMos,  eruditos  y  elocuentes'  ?  ¡  l'u<;s  qué,  cuando 
citan  la  Divina  liscritur.i !  No  dinin  sino  que  son  unos  Santos  Tomases  y 
otros  doctores  de  la  li;lesia,  guardando  en  esto  un  decoro  tan  ingenioso, 
que  en  un  renglón  lian  pintado  un  enamorado  distraído,  y  en  otro  hacen 
un  sernioncico  cristiano,  que  es  un  contento  y  un  regalo  oirle  ó  leelle.  De 
todo  esto  ha  de  carecer  mi  libro,  porque  ni  tengo  que  acotar  en  el  margen, 
ni  quéanotar  en  el  fin,  ni  menos  só  quó  autores  sigo  en  él,  para  ponerlos 
al  princi[)io,  como  hachen  todos,  por  las  letras  del  ABC,  comenzando  en 
Aristót^es  y  acabando  en  Xenol'onte  y  en  Zoilo  ó  Zeuxis,  aunque  fué  mal- 
diciente el  uno  y  pintor  el  otro.  También  ha  de  carecer  mi  libro  de  sonetos 
al  principio,  á  lo  menos  de  sonetos  cuyos  autores  sean  duques,  mar- 
queses ■•',  condes,  obispos,   damas  ó  poetas  celebérrimos.  Aunque  si  yo 


1.  Según  el  régimen,  parece  que  los 
libros  son  los  que  tienen  á  sus  autores 
por  hombres  leídos,  eruditos  y  elo- 
cuentes, á  no  ser  que  deba  leerse  los 
leyentes  que  tienen  á  sus  autores.  El 
Quijote  se  imprimió  con  tanta  negli- 
gencia, que  hay  fundado  motivo  para 
sospechar  que  muchos  de  sus  delectes 
son  de  la  imprenta,  más  bien  que  del 
original. 

Leyentes.,  elocuentes:  cacofonía  que 
se  hubiera  evitado  con  sólo  poner  lec- 
tores en  vez  de  leyentes. 

2.  Se  habló  antes  de  la  costumbre 
de  poner  en  las  obras  sonetos  y  otras 
composiciones  poéticas  en  su  elogio. 
Los  libros ,  especialmente  siendo  de 
entretenimiento,  se  imprimían  por  lo 
común  con  esta  circunstancia,  que 
también  suele  encontrarse  en  obras  de 
otro  carácter,  como  la  Biblioteca  Espa- 
ñola de  D.  Nicolás  Antonio,  á  la  que,  á 
estilo  de  su  siglo,  preceden  veintiuna 
composiciones  laudatorias  en  caste- 
llano, italiano,  latín  y  griego  En  la 
Mosquea  de  D.  José  de  Viliaviciosa.  se 
leen  once  composiciones  que  la  elogian 
en  latín,  italiano  y  castellano  :  ocho  en 
líi  Angélica  de  Luis  Barahona  ;  seis  en  La 
Araucana  de  Ü.Alonso  de  Ercilla:  doce 
en  el  Cancionero  de  López  Maldonado  ; 
ocho  en  el  Tesoro  de  varias  poesías  de 
Pedro  de  Padilla;  y  diez  y  seis  en  el 
poema  de  Los  Amantes  de  Teruel  por 
Juan  Yagiíe.  En  el  Viaje  entretenido 
de  Agustín  de  Rojas  se  hallan  veinti- 
cuatro elogios  compuestos  por  autores 
de  todas  clases,  entre  ellos  damas, 
doctores,  caballeros  del  hábito,  un 
marqués  y  un  alguacil.  Pudieran  ale- 
garse infinitos  ejemplos;  pero  sólo  se 


añadirá,  por  ser  más  del  caso,  el  de  las 
obras  del  famoso  Lope  de  Vega,  las 
cuales  se  publicaban  siempre  coa  nu- 
merosos encomios,  como  sucedió  en  el 
Peref/rino,  el  Isidro  y  La  A rcadia ; pero 
señaladamente  en  Las  liimas,  que  se 
imprimieron  en  Barcelona  en  16ü4,año 
inmediatamente  anterior  al  de  la  publi- 
cación de  la  primera  parte  del  Quijote, 
y  salieron  acompañadas  nada  menos 
que  de  veintiocho  composiciones  mé- 
tricas en  loor  suyo  ;  entre  sus  autores 
se  cuentan  el  príncipe  de  Fez,  el  duque 
de  Osuna,  el  marqués  de  la  Adrada,  los 
condes  de  Villamor  y  Adacuaz,  el  co- 
mendador mayor  de  Alontesa,  tres  poe- 
tisas y  varios  poetas  conocidos  de  aquel 
tiempo,  entre  ellos  el  mismo  Cervantes. 
Si  esta  demostración  de  amistad  por 
parte  de  nuestro  autor  no  fué  muy 
espontánea,  y  si  la  exigieron  con  algún 
rigor  las  circunstancias,  esto  quizá 
acabó  de  mover  su  bilis  en  el  presente 
pasaje  de  su  prólogo,  donde  tantas 
señas  hay  de  que  están  indicados  los 
escritos  de  Lope.  Sospechas  que  se 
confirman  con  el  cargo  que  hace  á  Cer- 
vantes Alonso  Fernández  de  Avella- 
neda en  el  prólogo  de  su  Quijote  con- 
trahecho, porque  reprendiendo  el  uso 
de  poner  sonetos  en  alabanza  de  los 
libros,  bajan  los  suyos  en  los  principios 
de  los  libros  del  autor  de  quien  murmura. 
En  general  no  puede  dudarse  de  que  á 
Cervantes  le  mortificaba  la  celebridad 
de  Lope  de  Vega,  y  que  no  fueron  del 
todo  sinceras  las  protestas  con  que  en 
el  prólogo  de  la  segunda  parte  del 
Quijote  procuró  satisfacer  á  la  recon- 
vención de  Avellaneda. 


XLVI 


nON    QLUOTK    DK    LA    MANCHA 


los  pidiese  á  dos  A  tres  oliciales  amigos,  yo  sé  que  me  los  darían,  y  tales, 
que  DO  les  igualasen  los  <le  a<iuollos  que  t¡<'nen  más  nombre  en  nuestra 
España. 

En  fin,  señor  y  amigo  mío,  proseguí,  yo  determino  que  el  señor  Don 
Quijote  se  quede  seiiullado  en  sus  archivos  en  la  Mancha,  hasta  (jue  el 
cielo  depare  quien  le  adorne  de  tantas  cosas  como  le  faltan,  porque  yo 
me  hallo  incajia/  de  remediarlas  *  por  mi  insuliciencia  y  pocas  letras,  y 
porque,  naturalmente,  soy  poltrón  y  perezoso  de  andarme  buscando  au- 
tores que  digan  lo  auc  yo  me  sé  decir  sin  ellos.  De  aíjuí  nace  la  suspen- 
sión y  elevamiento  en  que  me  liallastes;  bastante  causa  para  ponerme 
en  ella  -  la  que  de  mí  habéis  oído.  Oyendo  lo  cual  mi  amigo,  dándose  una 
palmada  en  la  trente  y  disparando  en  una  larga  risa  (¡3),  me  dijo  :  Por  Dios, 
hermano,  que  ahora  me  acabo  de  desengañar  de  un  engaño  en  que  he 
estado  todo  el  mucho  tiempo  que  ha  que  os  conozco,  en  el  cual  siempre 
os  he  tenido  por  discreto  y  prudente  en  todas  vuestras  acciones.  Pero 
ahora  veo  que  estáis  tan  lejos  de  serlo  como  lo  está  el  cielo  de  la  tierra. 

¿  Cómo  que  es  posible  que  cosas  de  tan  poco  momento  y  tan  fáciles  de 
remediar  puedan  tener  fuerzas  de  suspender  y  absortar  •*  uu  ingenio 
tan  maduro  como  el  vuestro,  y  tan  hecho  á  romper  y  atropcllar  por  otras 
dificultades  mayores  ?  A  la  fe,  esto  no  nace  de  falta  de  habilidad,  sino  de 
sobra  de  pereza  y  penuria  de  discurso.  ¿  Queréis  ver  si  es  verdad  lo  que 
digo  ?  Pues  estadme  atento,  y  veréis  cómo  en  un  abrir  y  cerrar  de  ojos 
confundo  todas  vuestras  dificultades,  y  remedio  todas  las  faltas  que 
decís  que  os  suspenden  y  acobardan  para  dejar  de  sacar  á  la  luz  del 
mundo  la  historia  de  vuestro  famoso  D.  Quijote,  luz  y  espejo  de  toda 
la  caballería  andante.  «  Decid,  le  repliqué  yo,  oyendo  lo  que  me  decía: 


i.  No  se  dice  remediar  las  cosas  que 
faltan,  sino  remediar  la  falla  de  las 
cosas.  Las  faltas  y  no  las  cosas  son  las 
que  se  remedian.  En  el  progreso  del 
pn'Aogo  se  dice  con  mayor  corrección  : 
pues  estadme  atento,  y  veréis  como... 
remedio  todas  las  faltas  cj^ue  decís. 

2.  Expresión  algo  runíusa,  que  deja- 
ría de  serlo  si  se  expresase  el  verbo 
sustantivo  :  Denqui  nace  la  suspensión 
en  que  me  hallaslcs  :  siendo  balitante 
causa  para  ponerme  en  ella  la  que  de 
mi  habéis  oído. 

3.  Ahora  diríamos  para  siispender  ;j 
absortar:  pero  asi  se  habl.iba  y  escri- 
bía en  tiempo  de  nuestros  mayores, 
usando  á  veces  de  la  partícula  de  en 
vez  de  pura.  Poderoso  es  Dios  de  hacer 
de  los  corazones  empedei'nidos  hijos 
C7'«ye/i/es, dijo  Alejo  Venegas^a).  Yon  la 
Gatatea  decía  Silerio,  el  amigo  de  Tirn- 
brio  :  ó  tantas  fuerzas  juntas  no  fué 

(a)  Agonía  del  tránsito  de  la  muerte, 
punto  2,  cap.  VIII. 


poderosa  la  sola  mía  de  resistirlas  {a}. 
—  Absortar  es  palabra  nueva  que  no  me 
acuerdo  haber  visto  en  otros  escritores. 
Cervantes  introdujo  ésta  y  otras  en  su 
Quijote,  y  no  siempre  con  felicidad, 
por  no  liaberlas  adoptado  todas  el  uso 
común  (■;'). 

(n)  Lil)   II. 

(3)  Contra  la  lección  propuesta  por  Har- 
tzenbusch  :  disparando  C(.n  una  carga  de  risa, 
aduce  el  señor  Cortejóii  varios  pasajes  de 
Cervantes  que  demuestran  la  legitimidad  de 
la  frase  :  disparar  en  una  larga  i-isa. 

(M.  de  T.) 

{■;)  Aunque  no  se  haya  seguido  usando  el 
verbo  atjsortar,  está  pei'fectaniente  formado 
V  no  lo  usó  únicamente  Cervantes,  como 
pretende  Clemencín.  Recuerdo,  entre  otros, 
el  siguiente  pasaje  de  Jacinto  Polo  de  Me- 
dina : 

¿  .\  quién  no  admira  y  absorta 
Ver  un  piélago  de  dii-nas...  '.' 

^M.  de  T.) 


IMíOr.OGO 


XLVII 


/,  Deque  modo  pensáis  llenar  el  vacío  de  mi  temor,  y  reducii'  .'i  eliiridad 
el  caos  do  mi  confusión  ?  »  A  lo  cual  él  dijo  :  <(  l,o  primero  en  que  repa- 
ráis de  los  sonetos,  epigramas  ó  elogios  que  os  faltan  para  el  principio,  y 
que  sean  de  personajes  graves  y  de  título,  se  puede  remediar  en  que  vos 
mismo  toméis  algún  trabajo  en  hacerlos,  y  después  los  podéis  bautizar 
y  poner  el  nombre  ([ue  quisiéredes,  ahijándolos  al  Preste  Juan  de  las 
Indias  ('»  al  emperador  de  Trapisonda,  de  quien  yo  sé  que  hay  noticia  que 
fueron  famosos  potólas;  y  cuando  no  lo  hayan  sido  y  hubiere  algunos 
pedantes  '  y  bachilleres  que  por  detrás  os  muerdan  y  murmuren  de 
esta  verdad,  no  se  os  dé  dos  maravedís,  porque  ya  que  os  averigüen  la 
mentira,  no  os  han  de  corlar  la  mano  con  que  lo  escribistes. 

En  lo  de  citar  en  las  márgenes  los  libros  y  autores  2  de  donde  sacá- 
redes  las  sentencias  y  dichos  que  pusiéredes  en  vuestra  historia,  no  hay 
más  sino  hacer  de  manera  que  vengan  á  pelo  algunas  sentencias  ó  latines 
que  vos  sepáis  de  memoria,  ó  á  lo  menos  que  os  cuesten  poco  trabajo  el 
buscallos  3,  como  será  poner,  tratando  de  libertad  y  cautiverio  : 

Non  bene  pro  loto  libertas  venditur  auro  ■*. 


1.  Voz  de  origen  griego,  usada  ya 
de  los  italianos  viviendo  el  autor  oel 
Diálogo  (le  las  li  ngiias,  quien  deseaba 
se  introdujese  en  el  idioma  castellano. 
Cumplióse  este  deseo  en  el  tiem|)0  que 
medió  hasta  Cervantes,  haciéndose  co- 
nuin  entre  nuestros  escritores.  D.  Se- 
bastián de  Covarrubias  la  inserti'i  en 
su  Tesoro  ele  la  lengua  castellana,  im- 
preso en  1611. 

2.  Otro  indicio  de  que  Cervantes 
quiso  motejar  (y  en  esto  con  mucha 
razón)  á  Lope  de  Vega,  quien  en  su 
poema  El  Isidro,  publicado  por  pri- 
mera vez  el  año  de  1590,  incurrió  en  la 
redundante  y  fastidiosa  erudición  que 
aqui  se  nota,  atestando  las  m.írgenes 
de  citas  y  acotaciones,  tomadas  indis- 
tintamente de  lo  sagrado  y  de  lo  pro- 
fano, mezclando  lo  humano  con  lo 
divino,  todo  revuelto,  con  el  desorden 
que  ya  se  dijo  y  censuró  anteriormente. 
Se  encuentran  citas  del  Apocalipsis  y 
de  Arislóteles,  del  Breviario  Toledano 
y  de  los  Bracmanes,  de  la  Crónica  del 
Cid  y  del  Cántico  de  los  Cánticos,  de 
Merlin  y  de  bis  Trenos  de  Jeremías. 

'A.  Que  y  los  son  pronombres  de  un 
mismo  nombre,  y  por  consiguiente  hay 
repetición  viciosa.  Pudiera  también 
excusarse,  sin  perjuicio  de  la  claridad, 
el  artículo. 

Cuesten  está  mal  en  plural,  porque 
el  huscallos,  que  es  el  sujeto  ó  supuesto 
de  la  oración,  está  en  singular.  Queda- 


ría remediado  todo  con  poner  latines 
que  os  cuesten  poco  trabajo  de  buscar ; 
ó  latines  que  os  cueste  poco  trabajo 
buscar. 

4.  No  fué  Horacio  quien  lo  dijo, 
sino  el  autor  ammimo  de  las  fábulas 
llamadas  Esópicas,  libro  III,  fábula  14 
del  Can  y  el  Lobo,  donde  se  lee  : 

Non  bene  pro  toto  libertas  venditur  auro  ; 
Uoc  caleste  bonum  pr,vterit  orbis  opes. 

Juan  Ruiz.  Arcipreste  de  Hita,  poeta 
castellano  que  vivió  á  principios  del 
siglo  XIV,  tradujo  esta  sentencia  en  la 
fábula  de  las  lianas  pidiendo  rey  : 


Libertad  é  soltura  non  es 


por  oro   com- 
[prado  (a). 


Y  dos  siglos  después.  D.  Diego  López 
de  Haro  concluía  así  uno  de  sus  ro- 
mances : 

El  bien  de  la  libertad 

Por  ningún  oro  es  comprado  (6). 

De  Horacio  son  los  versos  que  siguen 
en  el  pnMogo  : 

Paluda  raors,  etc.  (c). 

(a)  Colt'cción  de  poetas  anteriores  al  si- 
glo XV.  t.  IV,  pág.  39.  —  (6)  Romancero  de 
Leipsic  del  año  1S17,  pág.  194.  —  (c)  Carm., 
lib.  L  od.  4. 


XLVm  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

T  luego  en  el  margen  citar  á  Horacio,  ó  á  quien  lo  dijo  (o).  Si  tratáredes 
del  poder  de  la  muerte,  acudir  luego  con  : 

Fallida  mors  xquo  pulsat  pede  pauperiim  tabernas, 
Refiumqnc  turres. 

Si  de  la  amistad  y  amor  que  Dios  manda  que  se  tenga  al  enemigo, 
entraos  ^  luego  al  punto  por  la  Escritura  divina,  que  lo  podéis 
hacer  con  tantico  de  curiosidad,  y  decir  las  palabras  por  lo  menos  del 
mismo  Dios:  Eijo  atitem  dico  vobis :  dilifjete  inimicos  vestros.  Si  tratáredes 
de  malos  pensamientos,  acudid  con  el  Evangelio:  De  corde  exeiint  cogita- 
tiones  malx  '^.  Si  de  la  instabilidad  de  los  amigos,  ahí  está  Catón  3  que 
os  dará  su  dístico  : 

Doñee  eris  felix,  mullos  nvmerabis  amicos, 
Témpora  si  fuerint  nubila,  sohts  eris. 

Y  con  estos  latinicos  y  otros  tales  os  tendrán  siquiera  por  gramático, 
que  el  serlo  no  es  de  poca  honra  y  provecho  el  día  de  hoy.  En  lo  que 
toca  al  poner  anotaciones  al  fin  del  libro,  seguramente  lo  podéis  hacer 
de  esta  manera.  Si  nombráis  algún  gigante  en  vuestro  libro,  hacedle  que 
sea  el  gigante  Golías,  y  con  sólo  esto,  que  os  costará  casi  nada,  tenéis 
una  grande  anotación,  pues  podéis  poner  :  El  gigante  Golias  ó  Goliat  fué 
un  filisteo  á  quien  el  pastor  David  mató  de  una  gran  pedrada  en  el  valle  de 
Terebinto'',  según  se  cuenta  en  el  libro  de  los  Reyes,  en  el  capitulo  que  vos 
halláredes  que  se  escribe. 


1.  Entraros  dicen  las  ediciones  an- 
teriores; flescuiílo  de  que  no  fué  capa/. 
Cervantes,  y  que  debió  atribuirse  al 
impresor,  y  enmendarse  (s). 

2.  Son  palabras  de  San  Mateo  al  ca- 
pítulo XV.  y  no  de  San  Marcos,  A  quien 
las  atribuye  Howle,  aunque  repite 
substancialmente  la  misma  sentencia 
al  capítulo  Vil  :  ah  iníus  de  carde  ho- 
minum  mals>  cof/ilaliones  prucedunl. 

Lo  de  Dilif/ite  inimicos  veslros  es 
también  de  San  .Mateo,  capítulo  V. 

3.  Cervantes  fué  desgraciado  en 
citas;  apenas  hace  alguna  con  puntua- 
lidad. El  presente  dístico  Doñee  eris 
felix,  etc..  es  de  Ovidio  en  el  libro  1  de 
los  Tristes,  elegía  6.  Cervantes,  que 
escribía   con  negligencia,  lo   hubo  de 

(í)  Entraos.  —  El  señor  Cortejón,  en  su 
hermosa  edición  critica,  restituye  :  entraros. 
Hav  que  advertir  que  este  uso  del  infiuilivo 
por  el  imperativo  se  halla  muy  arraifiado 
entre  nosotros.  Uno  de  los  más  elocuentes 
oradores  contemporáneos  decía  no  hace  mu- 
cho :  «  ¡  Fijaruii,  sefíores  diputados!  También 
io  acabo  de  leer  en  un  manualito  de  orto^rra- 
fia  dado  á  luz  recientemente  por  un  maestro 
(le  las  escuelas  de  Madrid.  (M.  de  T.) 


equivocar  con  los  Dísticos  llamados  de 
Catón,  ú  quien  vulgar  y  malamente  su 
atribuyeron ;  obra  muy  posterior  a 
Catón,  dividida  en  cuatro  lioros  en  que 
se  dan  reglas  y  máximas  de  moral, 
comprendida  cada  una  en  un  distico. 
Era  libro  nmy  conocido  y  común  en 
tiempo  de  Cervantes ;  lo  había  comen- 
tado el  célebre  Erasmo  y  traducido  al 
castellano  Martín  García  de  Loaisa, 
canónigo  de  Zaragoza. 

4.  Los  libros  de  los  Reyes  son  cua- 
tro, y  el  suceso  de  Goliat  se  cuenta  eti 
el  primero,  al  capítulo  XVII.  —  En  vez 
de  valle  de   Terebinto  {:^},dehiú  decirse 

(S)  Para  el  caso  presente  no  tiene  impor- 
tancia la  crítica  de  Clemencin  ;  pues  Cer- 
vantes sólo  pensó  en  fustigar  con  su  incom- 
parable donaire  á  los  que  pretendían  pasar 
por  doctos  acumulando  citas.      (M.  de  T.) 

(;)  Valle  de  Terebinto.  —  Clemencin  co- 
rrige del  Terebinto;  pero  algún  crítico  in- 
dica que  tal  vez  alude  Cervantes  irónica- 
mente al  famoso  poeta  canario,  Cairasco  de 
Kigueroa.  que  tenía  la  pretensión  de  haber 
iniroducido  en  nuestra  poesía  el  endeca- 
nilabo  esdrújulo  v  que  dijo  Val  de  Terebinto. 
(M.  de  T.) 


i'H()i,or.o  xi.ix 

Tras  esto,  para  mostrarus  lioinhiíí  erudito  en  l(;lias  humanas  y  cosmcj- 
i;rafo,  haced  de  modo  como  en  vuestra  historia  se  nombre  el  río  Tajo,  y 
veréisos  luego  con  otra  famosa  anotación,  poniendo  :  El  rio  Tajo  fué  asi 
dicho  por  un  Rct/  de  laa  Eí^pnñas ;  tiene  su  nacimiento  en  tal  lugar ^  y  mucre 
en  el  mar  Océano  bemndo  loa  muros  de  la  famom  ciudad  de  Lisboa,  y  es  opi- 
nión que  tiene  las  arenas  de  oro,  etc.  Si  tratáredes  de  ladrones,  yo  os 
daré  la  historia  de  Caco,  que  la  sé  de  coro  ;  si  de  mujeres  rameras,  ahí 
está  el  obispo  de  Mondoñedo  ^  :  que  os  prestará  á  Lamia,  Laida  y  Flora, 
cuya  anotación  os  dará  gran  crédito;  si  de  crueles,  Ovidio  os  entregará  á 
Medea  '^;  si  de  encantadoras  y  hechiceras,  Homero  tiene  á  Calipso  y 
Virgilio  á  Circe  •*  ;  si  de  capitanes  valerosos,  el  mismo  Julio  César  os 
prestará  á  sí  mismo  en  sus  comentarios,  y  Plutarco  os  dará  mil  Alejan- 
dros ''.  Si  tratáredes  de  amores,  con  dos  onzas  que  sepáis  de  la  lengua 


valle  del  Terebinto,  porque  Terebinto 
no  es  nombre  ile  lugar,  sino  de  un 
ñrbol  propio  de  países  meridionales. 

1.  D.  Antonio  de  Guevara,  fraile  me- 
nor, obispo  de  Mondoñedo,  predicador 
y  cronista  del  emperador  Carlos  V, 
fué  uno  de  los  escritores  castellanos  de 
mayor  reputacicjn  dentro  y  fuera  de 
España  ;  sus  cartas  se  tradujeron  al 
latín,  y  se  imprimieron  en  Colonia  el 
año  de  1614.  Pero  tuvo  la  extravagante 
manía  de  fingir  ó  alterar  los  hechos 
históricos  de  la  antigüedad,  revistién- 
dolos con  circunstancias  de  su  inven- 
ción que  daba  por  verdaderas.  Así  lo 
hizo  en  una  carta  dirigida  á  D.  Enrique 
Enríque'z,  refiriendo  con  muchas  aña- 
diduras forjadas  á  su  antojo  las  histo- 
rias de  tres  célebres  rameras  antiguas. 
Lamia,  Laida  y  Flora,  amadas,  la  pri- 
mera del  rey  Demetrio,  hijo  de 
Antigono,  y  laVütima  del  Gran  Pom- 
peyo,  y  citando  para  ello  autores  que 
no  han  existido.  El  sabio  D.  Antonio 
Agustín,  arzobispo  de  Tarragona,  en 
sus  Diálogos  de  las  Medallas,  reprendió 
vehementemente  esta  conducta,  tan 
ajena  de  la  profesión  de  Guevara.  Cer- 
vantes la  tachó  aquí  también  por  su 
estilo,  diciendo  en  tono  irónico,  que  el 
citarlo  daría  gran  crédito  á  quien  lo 
hiciese. 

2.  Medea,  insigne  hechicera  segiin 
la  fábula,  fué  hija  de  Etas,  rey  de 
Coicos,  y  ejemplo  de  mujeres  crueles. 
Enamorada  de  Jasón,  huyó  con  él  de  la 
casa  paterna,  y  perseguida  por  su  padre, 
en  la  fuga,  mató  y  despedazó  á  su  her- 
mano Absirto,  sembrando  sus  miem- 
bros sangrientos  por  el  camino,  para 
que  la  vista  de   tan    horrible     objeto 


retardase  la  velocidad  de  Etns.  Celosa 
después  de  Jasón  por  los  amores  de 
Creusa,  hija  de  Creonte,  rey  de  Co- 
rinto,  abrasó  vivos  á  su  competidora 
y  á  su  padre,  y  á  vista  de  JasiJn  mató 
los  dos  hijos  que  había  tenido  de  él, 
le  arrojó  sus  cuerpos  de  lo  alto  de  una 
torre,  y  valiéndose  de  sus  artes,  huyó 
por  los  aires  en  un  carro  tirado  de  dra- 
gones. 

Tal  es  la  descripción  de  la  crueldad 
de  Medea,  que  en  la  tragedia  que  lleva 
su  nombre  hace  Séneca,  ó  quien  quiera 
que  fuese  su  autor.  Ovidio,  en  el 
libro  Vil  de  las  Metamorfosis,  habla 
largamente  de  Medea;  pero  no  exclusi- 
vamente de  su  crueldad, como  Séneca; 
y  por  consiguiente,  parece  m;is  natural 
que  éste  sea  el  que  aquí  cita  Cervantes. 
No  sería  extraño  que  habiendo  puesto 
poco  antes  ;í  Catón  por  Ovidio,  pusiese 
ahora  á  Ovidio  por  Séneca. 

3.  Calipso  no  fué  encantadora  ni 
hechicera  {-i]),  que  es  de  lo  que  aquí  se 
trata.  Virgilio  habló  de  Circe,  pero  sólo 
de  paso,  en  el  libro  VII  de  la  Eneida. 
Homero  lo  hizo  á  la  larga  en  el  X  de 
la  Odisea. 

4.  Plutarco,  escritor  griego,  contem- 
poráneo, según  se  cree,  de  Trajano, 
escribió  varías  obras,  siendo  la  más 
voluminosa  é  importante  las  Vidas  pa- 


(o)  Con  mucha  razón  censura  el  señor  Cor- 
tejón  la  intransigente  y  menuda  crítica  de 
Clernencín,  y  cita  los  "pasajes  de  la  Jliada 
en  que  se  aplica  á  Calipso  él  calificativo  de 
hechicera.  Si  no  hacía  conjuros  ni  realizaba 
ceremonias  mágicas,  sabía  encadenar  á  los 
hombres  con  sus  encantos. 

(M.  de  T.) 


d 


L  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

toscana  toparéis  con  León  Hebreo  ',  (|ue  os  hincha  las  medidas  ;  y  si  no 
queréis  andaros  por  fierras  extrafias,  en  vuestra  casa  tenéis  á  Fonseca 
Del  amor  de  Dioa-,  donde  se  cifra  todo  lo  que  vos  y  el  más  ingenioso 
acertare  ;'i  d<'sear  en  tal  materia.  En  resolución,  no  hay  más  sino  que 
vos  procuréis  nombrar  estos  nombres,  ó  tocar  estas  historias  en  la  vuestra 
que  aquí  he  dicho,  y  dejadme  á  mí  el  cargo  de  poner  las  anotaciones  y 
acotaciones,  que  yo  os  voló  á  tal  de  llenaros  los  márgenes  y  de  gastar 
cuatro  pliegos  en  el  íin  del  libro. 

Vengamos  ahora  á  la  citacii'tn  de  los  autores  que  los  otros  libros  tienen, 
que  en  el  vuestro  os  faltan.  El  remedio  que  esto  tiene  es  muy  fácil,  porque 
no  habéis  de  hacer  otra  cosa  que  buscar  un  libro  que  los  acote  todos, 
desde  la  A  hasta  la  Z  3,  como  vos  decís.  Pues  ese  mismo  abecedario 
pondréis  vos  en  vuestro  libro  ;  que  puesto  que  á  la  clara  se  vea  la  mentira, 
por  la  poca  necesidad  que  vos  teníades  de  aprovecharos  de  ellos,  no 
importa  nada  :  y  quizá  alguno  habrá  tan  simple  que  crea  que  de  todos  os 
habéis  aprovechado  en  la  simple  y  sencilla  historia  vuestra.  Y  cuando  no 
sirva  de  otra  cosa,  por  lo  menos  servirá  aquel  largo  catálogo  de  autores  4 
dar  de  improviso  autoridad  al   libro  '.   Y  más,  que  no  habrá  quien   se 


mielas  de  personas  ilustres  griegas  y 
romanas,  entre  ellas  las  de  muchos  afa- 
mados capitanes  de  la  antigüedad,  que 
es  lo  que  aqui  se  indica. 

1.  León  Hebreo,  judio  natural  de 
Lisboa,  vivía  en  Castilla  el  afio  de  1492, 
en  que  la  expulsión  de  los  judíos,  hecha 
por  orden  de  los  Reyes  Católicos,  le 
obligó  á  volverá  su  patria.  L)e  allí  pasó 
á  Ñapóles  y  después  á  Genova,  donde 
vivió  ejerciendo  la  medicina.  Escribió 
los  Diálogos  de  amoi\  de  que  según 
D.  José  Rodríguez  de  Castro  en  su 
Biblioteca  de  Habinos  espaaolefi.  se 
hicieron  tres  versiones  al  castellano, 
una  por  Guedella  Jahia,  impresa  en 
Véncela,  año  de  1568,  otra  por  Garcilaso 
Inga  de  la  Vega  en  Madrid  el  de  to90, 
y  otra  por  Micer  Carlos  Montesa,  que 
se  publicó  en  Zaragoza,  año  de  1584; 
las  dos  primeras  se  dedicaion  al  rey 
D.  Felipe  11.  D.  Nicolás  Antonio,  en  su 
Bibliuteca  Española,  cita  otra  versión 
hecha  por  Juan  Costa,  aragonés  lü;. 

2.  Fr.  Cristóbal  de  Fonseca,  del 
orden  de  San  Agustín,  escribió  un  tra- 
tado del  Amor  de  Dios,  dividido  en  dos 

(»')  El  señor  Menéndez  Pelayo.en  su  nota- 
bilísimo libro  tíixtoria  de  las  idea-i  esUHicas 
en  España  (tomo  II.  cap.  vi)  dedica  un  e.\ce- 
lentc  estudio  á  León  Hebreo,  cunocido  tam- 
bién por  el  nombre  de  Judas  Abarbanel. 
(M.  de  T.) 


partes,  que  se  imprimió  en  Barcelona, 
año  de  1594,  repitiéndose  después  otras 
ediciones. 

3.  Nuevo  indicio  de  que  en  el  pre- 
sente prólogo  Cervantes  había  tomado 
por  su  cuenta  censurar  á  Lope  de  Vega. 
Este,  en  su  libro  intitulado  El  Pere- 
grino, puso  una  tabla  por  el  orden  del 
A  li  Ca,  de  los  autores  citados  en  su 
obra,  que  llegan  á  ciento  cincuenta  y 
cinco:  y  lo  mismo  hizo  en  El  Isidro, 
poema  nombrado  también  en  las  notas 
precedentes,  donde  la  tabla  alfabética 
de  autores  llega  á  doscientos  sesenta 
y  siete.  Esta  afectada  muestra  de  eru- 
dición se  encuentra  en  varios  libros  de 
aquel  tiempo  y  aun  del  siguiente,  en 
que  se  repitió,  á  pesar  del  rasgo  satí- 
rico de  Cervantes.  Dio  ejemplo  singu- 
lar lie  ello  D.  José  Pellicer  de  Salas  en 
sus  Lecciones  solemnes  ó  las  obras  de 
D.  Luis  de  Góniíora,  poniendo  al  prin- 
cipio el  índice  (le  los  autores  que  cita 
en  ellas,  divididos  en  sesenta  y  cuatro 
clases,  que  comprenden  alfabéticamente 
dos  mil  ciento  sesenta  y  cinco  artícu- 
los. Imprimiéronse  las  Lecciones  el 
año  de  1G30. 

4.  .VI  verbo  servir  en  la  acepción 
que  aquí  tiene,  no  le  corresponde  el 
régimen  i¡,  sino  pr  óde,  como  está 
al  principio  de  la  cláusula  ;  Y  cuando 
no  sirva  de  otra  cosa,  por  lo  meios 
servirá,  etc. 


i 


k 


iMlÓLOnO  1,1 

ponga  h  averiguar  si  los  sopuistes  6  no  los  seguisles  (i),  no  yéndole  Dada 
en  ello.  (Cuanto  más,  (jue  si  bien  caigo  en  la  cuenta,  este  vuestro  libro  no 
tiene  nt-cesidad  de  ninguna  cosa  de  aquellas  que  vos  decís  que  le  faltan, 
porque  todo  (H  es  una  invectiva  contra  los  libros  de  caballerías,  de  quien 
nunca  se  acordó  Aristóteles,  ni  dijo  nada  San  Basilio,  ni  alcanzó  Cice- 
rón' :  ni  caen  debajo  de  la  cuenta  de  sus  fabulosos  dis[)arates  las 
puntualidades  de  la  verdad,  ni  las  observaciones  de  la  Astrología,  ni 
le  son  de  importancia  las  medidas  geométricas;  ni  la  confutación  de 
los  argumentos  de  quien  se  sirve  la  Retórica;  ni  tiene  para  qué  predicar 
á  ninguno,  mezclando  lo  bumano  con  lo  divino,  que  es  un  género  de 
mezcla  de  quien  no  se  lia  de  vestir  ningún  cristiano  entendimiento. 
Sólo  tiene  que  aprovecharse  de  la  imitación  en  lo  que  fuere  escribiendo, 
que  cuanto  ella  fuere  más  perfecta,  tanto  mejor  será  lo  que  se  escribiere. Y 
pues  esta  vuestra  escritura  no  mira  á  más  que  á  deshacer  la  autoridad  y 
cabida  que  en  el  mundo  y  en  el  vulgo  tienen  los  libros  de  caballerías,  no 
hay  para  qué  andéis  mendigando  sentencias  de  filósofos,  consejos  de  la 
Divina  Escritura,  fábulas  de  poetas,  oraciones  de  retóricos,  milagros  de 
santos,  sino  procurar  que  á  la  llana  {■/.),  con  palabras  significantes,  hones- 
tas y  bien  colocadas,  salga  vuestra  oración  y  período  sonoro  y  festivo,  pin- 
tando en  todo  lo  que  alcanzáredes  y  fuere  posible  vuestra  intención,  dando 
á  entender  vuestros  conceptos,  sin  intrincarlos  y  escurecerlos.  Procurad 
también  que  leyendo  vuestra  historia  el  melancólico  se  mueva  á  risa,  el 
risueño  la  acreciente,  el  simple  no  se  enfade,  el  discreto  se  admire  de  la 
invención,  el  grave  no  la  desprecie,  ni  el  prudente  deje  de  alabarla.  En 
efecto  ;  llevad  la  mira  puesta  á  derribar  la  máquina  mal  fundada  de  estos 
caballerescos  libros,  aborrecidos  de  tantos  y  alabados  de  muchos  más(X); 
que  si  esto  alcanzásedes,  no  habríades  alcanzado  poco. 

Con  silencio  grande  estuve  escuchando  lo  que  mi  amigo  me  decía,  y 
de  tal  manera  se  imprimieron  en  mí  sus  razones,  que  sin  ponerlas  en  dis- 
puta, las  aprobé  por  buenas,  y  de  ellas  mismas  quise  hacer  este  prólogo  ; 
en  el  cual  verás,  lector  suave,  la  discreciétn  de  mi  amigo,  la  buena  ven- 
tura mía  en  hallar  en  tiempo  tan  necesitado  tal  consejero,  y  el  alivio  tuyo 
en   hallar  tan  sincera  y  tan  sin  revueltas  la  historia  del  famoso   D.   Qui- 

1.  Otro  indicio  de  que    la  intención  de  escribir,  sobretodo  tratándose  de  obras 

de    Cervantes    era   lealmente  tüdar   á  de  pura  imaginación.  (M.  de  T.) 

Lope  de  Vega;  porque  Aristóteles,  San  (■A)Yabe  hablado  en  la  nota.  «pág.  xxide  la 

Basilio  y  Marco  Tulio  son  tres    de    los  finalidad  del  Quijote.  Si  sólo  hubiera  servido 

autores  que  se  citan  en  el  catálogo   de  pai'a  « deshacer  la  autoridad  y  cabida  que 

ellos  que  está  ai  fin  del  Isidro  de  Lope,  ^n  el  mundo  y  en  el  vulgo  tienen  los  libros 

.i-  '  j„     „    .      j...  ,r  j  -1    „i  de  caballerías  11  hubiera   seguido  la  suerte 

puhhcado  segua  dijimos,  en  \iadrid,  el  ^^^^^^  ¿^  ,^^^.^.  libros  de  igual  índole,  según 

auo  ae  l.oJ9.  ■  observa  el  señor  Cortejón.  Pero  ha  llegado  á 

adquirir  fama  inmortal  y  á  formar  parte  del 

(t)  Seguistes.  — Al^nnoñ  corrigen  spfjuifitfii.'s.  patrimonio  intelectual  de  todos  los  pueblos 

pero  es  corrección  inútil.  En  aquella  época  por  la  admirable  síntesis  de  idealismo  y  de 

era  común  el  uso  de  esta  forma  de  plural,  realidad  que  nos  ofrecen  sus  páginas.  Desde 

como  se  ve  en  el  P.  Granada  y  en  otros  escri-  los  primeros  albores  del  progreso  la  huma- 

tores.    Aun    hoy    mismo    dice   el    pueblo    :  nidad  ha  asistido  constantemente  á  la  eterna 

amns/es,  ríiji.ili'.f:,  etc.  (M.  de  T.)  lucha  éntrelos paladinesdel  ideal,  los  soña- 

(z)   En  estas  breves  líneas  consigna  Cer-  dores,  y  los  representantes  de  la  vulgaridad 

Yantes  el  fundamento  y  la  esencia  del  arte  y  del  interés  prosaico.  (M.  de  T.) 


LII  DON    QUIJOTE    DE    LA   MANCHA 

jote  de  la  Mancha,  de  qui  en  hay  opinión  por  todos  los  habitadores  del  dis- 
trito del  campo  de  Montiel.  que  fué  el  más  casto  enamorado  y  el  más 
valiente  caballero  que  de  muchos  años  á  esta  parte  se  vio  en  aquellos 
contornos.  Yo  no  quiero  encarecerte  el  servicio  que  te  hago  en  darte  á 
conocer  tan  notable  y  tan  honrado  caballero  ;  pero  quiero  que  me  agradez- 
cas el  conocimiento  que  tendrás  del  famoso  Sancho  Panza  su  escudero, 
en  quien  á  mi  parecer  te  doy  cifradas  todas  las  gracias  escuderiles  que  en 
la  caterva  de  los  libros  vanos  de  caballerías  están  esparcidas.  Y  con  esto, 
Dios  te  dé  salud,  y  á  mi  no  olvide.  Vale. 


AL  LIBRO  DE  D.  QULTOTE  DE  LÁ  MANCHA 


URGANDA  '      I. A     DKSGONOCIDA 


S   de  llegarte  á  los  bue-^ 
libro,  fueres  con  letu-"' 
no  le  dirá  el  boijuirru- 
que  no  pones  bien  los  de- 
Mas  si  el  pan  no  se  te  cue- 
por  ir  á  manos  de  idio- 
verás  de  manos  á  bo- 
aun  no  dar  una  en  el  cla- 
si  bien  se  comen  las  lua- 


por  mostrar  que  son  curio- 

Y  pues  la  experiencia  ense- 
que el  que  á  buen  árbol  se  arri- 
buena  sombra  le  cobi- 
en  Béj.ar  tu  buena  estre- 
Un  árbol  real  te  ofre-  * 
que  dapríncipes  por  fru- 
en  el  cual  florece  un  Du- 
que es  nuevo  Alejandro  Ma- 


1.  La  encantadora  Urganda  fué  sin- 
gularmente amiga  de  Amadis  de  (Jaula. 
El  motivo  de  llamarse  desconocida  se 
explica  en  el  capitulo  XI  del  libro  de 
Amadis,  donde  el  gigante  Gandaiac,  que 
había  educado  á  Galaor  y  le  llevaba  á 
armarse  caballero,  le  dijo,  hablando 
de  Urganda,  que  se  llamaba  la  desco- 
nocida porque  mxichas  veces  se  ti'ans- 
formaha  y  desconocía.  Y  en  el  discurso 
de  la  historia  se  refieren  los  disfraces 
que  tomó  en  diferentes  ocasiones,  apa- 
reciendo y  ocultándose  según  quería, 
como  cuando  después  de  la  junta  de 
Reyes  y  caballeros  que  tuvo  en  la 
ínsula  firme  se  metió  en  una  fusta  (> 
nave  que  tenía  hechura  de  una  gran 
serpiente ;  y  luego  el  huyno  fue  tan 
negro,  rjue  por  más  de  cuatro  días 
nunca  pudieron  ver  ninguna  cosa  de  lo 
gue  en  él  estaba ;  mas  en  cabo  de  ellos 
se  quitó,  y  vieron  la  serpiente  como  de 
antes;  de  Urganda  no  supieron  qué  se 
hizo  (a). 

2.  iPcllicer  afirma  que  Cervantes  fué 
el  inventor  de  estos  versos  cortados  en 
los  finales  (a),  y  que  le  imitó  después 
el  autor  de  la  Pícara  Justina.  Publi- 
cóse este  libro  en  Bruselas  el  auo  1608, 
tres  años  después  que  la  primera  parte 
del  Qliiote,  bajo  el  nombre  de  Fran- 
cisco de  Ubeda;  pero  su  verdadero  au- 
tor fué  Fr.  Andrés  Pérez,  religioso 
dominico,    natural     de    Lei'm.    En    el 

(a)  Amadis  de  Caula,  cap.  CXXVÍ. 

í'j)  La  invención  de  los  versos  cortados 
al  final, ó  de  cabo  roto  se  debe. según  Fernán- 
dez Guerra,  al  picaresco  coplero  sevillano 
Alonzo  Alvarez  de  Soria.  (M.  de  T.) 


libro  IT,  número  3.° del  capítulo  último, 
se  leen  los  versos  siguientes  : 

Yo  soy  Due- 
Que  todas  las  aguas  be- 
Soy  la  Rain  de  Picardi- 
Mas  que  la  rud  conoci- 
Más  fanio  que  Doña  Oli- 
Qiie  Don  Quijo  y  Lazari- 
Que  Alfarach  y  Celesti- 
Si  no  me  conoces,  cue- 
Yo  soy  Due- 
Que  todas  las  aguas  be- 
Lope  de  Vega  puso  en  su   entremés 
del  Poeta  un  soneto  en  versos  cortados, 
que  empieza  así  : 

Hermosa  cara,  no  os  vendáis  barat- 
Ni  vuestra  linda  estrella  lo  perniit- 
Ni  recibáis  de  balde  la  visit- 
Mi  os  troquéis,  nina,  de  oro  en  plat- 

Góngora  hizo  también  versos  de 
esta  clase,  que  sean  de  quien  fueren, 
no  son  m.ís  que  un  juguete  sin  belleza 
ni  mérito  particular. 

3.  Ir  con  letura  üigniñca.  ir  con  inten- 
ción ó  propósito  :  expresión  del  len- 
guaje bajo  y  vulgar,  como  lo  dijo  el 
mismo  (Cervantes  al  principio  de  su 
Viaje  al  Parnaso. 

Vayan  pues  los  leyentes  con  letura. 
Cual  dice  el  vulgo  nial  limado  y  bronco, 
Que  yo  soy  un  poeta  de  esta  hechura. 

4.  Alude  al  origen  de  la  Casa  Real 
de  Navarra,  que  se  atribuían  los  Zúfii- 
gas,  segi'm  Fernán  Pérez  de  Guzmán  en 
las  Generaciones  y  Semblanzas,  y  á  la 
dedicatoria  de  esta  primera  parte  del 
Quijote,  dirigida  á  ü.  Alonso  Diego 
Li'ipez  de  Zúñiga,  duque  de  Béjar,  á 
quien  se  trata  de  obsequiar  en  estos 
versos. 


LIV 


DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 


Llega  á  su  sombra,  que  á  osa- 
favorece  lafortu-' 
De  un  noble  hidalfío  manche- 
contarás  las  aventu-  ^ 
á  quien  ociosas  letu- 
Irastornaion  la  cabe- 
Damas,  armas,  caballe- 
le  provocaron  de  mo- 
que cual  Orlando  furio-" 


templado  á  lo  enamora  — 
alcanzó  á  fuerza  de  bra-* 
;'i  Dulcinea  del  Tobo- 
No  indiscretos  hierogli-'' 
estampes  en  el  escu- 
que, cuando  es  todo  figu- 
con  ruines  puntos  se  embi- 

Si  en  la  direccii'm  te  humi- 
no  dirá  mofante  algu- 


\.  Audenles  fortuna  juval,  dijo  Vir- 
"ilio  en  el  libro  X  de  la  Eneida^  y  Ce- 
lestina lo  citó  en  el  acto  primero  de  su 
tragicomedia  :  mas  di,  como  Marón, 
que  la  fortuna  ayuda  ú  los  oaados.  Fué 
uno  de  los  versos  que  Virgilio  se  dejó 
sin  acabar  en  su  poema  ;  después  se 
concluyó,  añadiéndole  el  hemistiquio 
timidosque  repellit. 

2.  Un  libro  prosaico  fque  es  á  quien 
se  dirige  esta  composición  de  Urganda 
la  Descunocidaj  más  bien  cuenta  que 
canta,  y  asi  juzgo  preferible  la  lección 
contarás  que  pusieron  las  dos  ediciones 
primitivas  del  año  Í6Ü5,  á  la  de  crm- 
Larás  qne.  puso  la  de  lü08. —  En  el  verso 
siguiente  han  leído  ociosa  todas  las 
ediciones  anteriores  ;  pero  era  conoci- 
damente errata  por  ociosas,  según  lo 
demuestra  el  verbo  plural  Iraslornaron. 

3.  El  célebre  poema  del  Orlando 
furioso,  escrito  por  Ludovico  Ariosto, 
empieza  asi  : 

Le  dotine,  i  cavalier,  l'arme,  glí  aniori, 
Le  corlesie,  laudad  imprese  io  canto. 

Y  repitiendo  algunas  de  estas  palabras, 
decía  ürganda  de  D.  Quijote  ; 

Damas,  armas,  caballe- 
Le  provocaron  de  mo- 
Que  cual  Orlando  furio-  etc.  (?) 

Por  la  repeticiim  de  dichas  palabras 
y  la  mención  expresa  de  Orlando  fu- 
rioso, es  claro  que  en  estos  versos  de 
ürganda  indica  Cervantes  lo  que  la 
lectura  del  Ariosto  iniluyó  en  la  (le- 
ía) Recuérdese  también  el  principio  de 
la  Araucana,  inspirado  igualnieute  en  el 
mismo  poema : 

Nu  las  damas,  amor,  no  freolili^zas 
Ve    cüballeros    canto    enamoradus,    etc. 
(M.  de  T.) 


mencia  del  hidalgo  manchego.  No  lo 
tenia  menos  leído  el  de  Alcalá,  como 
se  ve  por  las  frecuentes  alusiones  del 
Quijote  :  el  Orlando  furioso  y  el  libro 
de  Amadís  de  Gaula  fueron  dos  de  los 
principales  textos  de  Cervantes. 

4.  No  llegó  á  verificarse  :  D.  Quijote 
se  murió  sin  ver  desencantada  á  Dulci- 
nea, y  la  maga  Lrganda,  á  pesar  de  su 
mucho  saber  y  de  su  don  de  profecía, 
anduvo  desalumbrada  en  este  pasaje. 
—  El  verso 

á  Dulcinea  del  Tobo- 
es  largo,   á  nO    Ser  que   se  pronuncie 
Dulcinea,  acabando  en  diptongo. 

o.  Intenta  Pellicer  aclarar  la  obscu- 
ridad de  la  presente  estrofa  por  las 
figuras  de  D.  Quijote,  Dulcinea,  San- 
cho y  otras,  y  la  alusión  que,  según 
supone,  envuelve  esto  á  las  figuras  en 
el  juego  de  la  Primera,  muy  usado  en 
tiempo  de  Cervantes  ;  y  cree  que  Ür- 
ganda aconseja  al  libro  que  escar- 
miente en  los  ejemplos  que  alega  de 
personajes  ilustres  que  fueron  desgra- 
ciados. Para  mí  la  estrofa  es  ininteli- 
gible, y  la  explicación  de  Pellicer  ente- 
ramente arbitraria,  sin  fundamento  ni 
apoyo  en  el  texto.  Por  lo  demás,  son 
bien  conocidas  las  historias  del  Condes- 
table D.  Alvaro  de  Luna,  privado  del 
rey  D.  Juan  el  11,  que.  después  de  haber 
nmndado  mucho  años  el  reino,  muri(> 
degollado  en  Valladolid  el  2  de  Junio 
del  año  14.52;  de  Aníbal,  capitán  car- 
taginés, vencedor  muchas  veces  de  los 
romanos,  á  quien  últimamente  sus 
desgracias  llevaron  al  punto  de  tomar 
un  veneno  y  m;ttarse  en  Bitinia,  no  en 
Italia,  como  Pellicer  dice;  v  del  rey 
Francisco  1  de  Francia,  que,  hecho  pri- 
sionero eu  la  batalla  de  Pavía  el 
año  1535,  estuvo  detenido  en  Madrid 


AI,    I.IBItO    DE    D.    OUIJOTI':    DE    LA    MANCHA 


LV 


f|ue  I).  Alvaro  de  l.u- (y) 
qiid  Aníbal  el  de  Carta- 
que  el  Uey  Fraru-isco  en  Espa- 
se qiu'jii  de  la  forlii- 

Pues  al  cielo  no  le  j>lu- 
que  salieses  tan  l;uii- 
coiiio  el  ne^'ro  Juan  Lati-  ' 
liablar  latines  rehu- 

No  me  despuntes  de  a^'U-- 
ni  me  alejíues  con  filo- 
porque  torciendo  la  bo- 
dirá  el  que  entiende  la  le- 
ño un  palmo  de  las  ore- 
Para  qué  conmigo  tlo- 

No  te  metas  en  düm- 
ni  en  saber  vidas  aje- 
que  en  lo  que  no  va  ni  vie- 


pasar  de  laríío  es  cordu- 
Qne  suelen  en  íajicru- 
darles  á  los  que  f;rai ce- 
nias til  qn{':niale  las  ce- 
sólo en  cobrar  buena  Ta- 
que el  ijue  imprime  neceda- 
dalas  ;i  censo  perpe- 

Advierte  que  es  desati- 
siendo  de  vidrio  el  teja- 
tomar  piedras  en  la  ma- 
para  tirar  al  veci- 

Deja  que  el  hombre  de  jui- 
en  las  obras,  que  compo- 
se vaya  con  pies  de  plo- 
que  el  que  saca  ;í  luz  pape- 
para  entretener  donce- 
escribe  á  tontas  y  á  lo-  3 


hasta  que  concertó  los  pactos  de  su 
libertad  con  el  emperador  Garlos  V  (■;). 
1.  D.  Francisco  Bermúdez  de  Pe- 
draza,  en  la  Anlic/üedad  y  excelencias 
de  Granada  («),  cuenta  que  el  ne^ro 
Juan  Latino  «  fué  traído  siendo  niño 
cautivo  con  su  madre  á  España,  donde 
se  crió  en  casa  de  la  duquesa  de  Terra- 
nova,  viuda  del  Gran  Capitán,  con  la 
doctrina  de  su  nieto  el  duque  de  Sesa, 
al  cual  servía  de  llevar  los  libros  al 
estudio...  Siendo  ya  hombre,  se  casó 
por  amores  con  Doña  Ana  Carlevai, 
hija  del  Licenciado  Gurleval,  gober- 
nador del  Estado  del  duque ;  porque 
dando  lección  ;i  esta  dama,  la  aficionó 
de  tal  suerte  con  sus  donaires  y  gra- 
ciosos dichos,  que  le  dii'i  palabra  de 
casamiento  ;  y  pedida  ante  el  juez 
eclesiástico,  se  ratificó  en  ello,  y  caso 
con  él.  Estudió  artes,  y  fué  maestro  ea 
ellas...  Se  aplicó  á  leer  gramática,  y 
tuvo  la  cátedra  desta  ciudad  [Granada ' 
más  de  sesenta  años.  Fué  tan  esti- 
mado de  los  duques  de  Sesa,  arzobis- 
pos y  gente  principal,  que  todos  le 
daban  su  mesa  y  silla,  porque  demás 

(a)  Lib.  III,  cap.  XXXIII. 

{■()  Elseñor.  Gortejón,  con  razones  muy  aten- 
dibles, escribe  este  y  los  tres  versos  si- 
guientes en  este  forma  : 

¡  Qué  D.  Alvaro  de  Lu  — 
Qué  Aníbal  el  de  i!;arta 
Qué   rey   Francisco  en  Espa  — 
Se  queja  de  la  fortu  — . 

Supone  ([ue  éstos  son  una  sátira  contra  las 
lamentaciones  de  Lope  en  la  dedicatoria  del 
Peregrino,  (M.  de  T.) 


de  ser  gran  retórico  y  poeta  latino,  era 
gracioso  decidor  y  buen  músico  de 
vihuela.  Vivió  noventa  años,  dejando 
hijas  y  nietos  que  boy  viven.  Cegó  á  la 
vejez,  y  no  obstaiite  esto,  leía  en  las 
escuelas  y  poi'  l.is  calles  andando.  Est.i 
enterrado  en  la  iglesia  de  Señora  Santa 
Ana  desta  ciudad  ». 

Ambrosio  de  Salazar.  en  el  libro  que 
imprimió  en  Rúan  el  año  1636  con  el 
título  de  Espejo  f/eneral  de  la  gramá- 
tica, dice  que  conoció  á  Juan  Latino  y 
á  cuatro  de  sus  hijas,  y  que  puso 
escuela  de  rniísica,  latín  y  griego. 
Añade  otras  particularidades,  ea  que 
no  siempre  va  de  acuerdo  con  Pedraza. 

Juan  Latino  recibió  la  libertad  ríe 
mano  del  duque  de  Sesa,  con  quien  se 
había  educado ;  fué  muy  favorecido  dé 
D.  Pedro  Guerrero,  arzobispo  de  Gra- 
nada, y  tuvo  el  apellido  de  Latino  por 
su  conocimiento  en  la  lengua  romana, 
en  la  que  escribió  é  imprimió  algunas 
poesías. 

2.  Parece  errata  por  No  te  despuntes 
de  agu- 

3.  No  ha  faltado  quien  diga  que  en 
esta  composición,  puesta  í  nombre  de 
Urganda,  quiso  Cervantes  motejar  al 
duque  de  Lerma,  ministro  favorecido 
del  rey  D.  Felipe  III.  Pero  nada  hay 
en  ella  que  lo  indique.  No  ha  faltado 
tampoco  quien  la  alabe  de  discreta;  á 
mi,  con  perdón  de  Cervantes,  no  me  lo 
parece.  Tampoco  encuentro  la  seme- 
janza (|ue  dice  Pellicer  con  la  carta 
que  dirigió  Horacio  á  su  libro,  ni  la 
ocasión  de  poner  en  boca  de  Urganda 
esta  alocución  al  Quijote;  ni  entiendo 


LVI 


DON    OLlIOTí:    DK    LA    MANCHA 


AMADÍS    J)i;    (iAlI.A  *    Á    I).    OUIJOTE    Di:    LA    MANCHA 

SONETO 

Tú,  que  imitaste  la  llorosa  vida 
que  luve  ausente  y  des(iei"iado  sobre(í) 
el  gran  ribazo  de  la  Peña  Pobre, 
de  alegre  ú  penitencia  reducida. 

Tú,  á  quien  los  ojos  dieron  la  bebida 
de  abundante  licor,  aunque  salobre, 
y  alzándote  la  plata,  estaño  y  cobre, 
te  diú  la  tierra  en  tierra  la  comida. 

Vive  seguro  de  que  eternamente, 
en  tanto  al  menos  que  en  la  cuarta  esfera 
sus  caballos  aguije  el  rubio  Apolo, 

Tendrás  claro  renombre  de  valiente, 
tu  patria  será  en  todas  la  primera, 
tu  sabio  autor  al  mundo  único  y  sólo  -*. 

D.    BELL\NÍS    DE    GRECL\    \    D.    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

80XET0 

Rompí,  corté,  abollé,  y  dije,  y  hice 
más  que  en  el  orbe  caballero  andante  ; 
fui  diestro,  fui  valiente  y  (í)  arrogante  ; 
mil  agravios  vengué,  cien  mil  deshice. 

Hazañas  di  á  la  fama  que  eternice ; 


sus  pensamientos,  ni  hallo  otra  cosa 
en  ella  que  obscuridad,  confusión  y 
tinieblas  (cj. 

1.  No  hay  que  extrañar  que  Amadis 
de  Gaula  compusiese  el  presente  so- 
neto, puesto  que,  según  su  historia  (a), 
era  poeta,  y  según  la  de  su  nieto 
Lisuarte  de  Grecia  (h)  sabia  bien  el  cas- 
tellano. Y  nótese,  á  propósito  de  esto 
(a)  Cap.  LL  —  (6)  Cap.  LXVÍIL 
(e)  Conioseve,lanuevaescuela  modernista 
tuvo  de  quien  aprender  el  arte  de  construir 
versos  descoyuntados.  Kn  una  composición 
muy  elof^iada  del  Góngora  de  dicha  escuela, 
Ruiíén   Darío,  se  lee  : 

r.oo  las  piedra»  que  en  la  costa 
Recog-í, 

Cazaba  uguílas  al  vuelo 
Lobos  y 

En  la  guerra  iba  á  la  guerra 
Contra  mil. 
(;)  Y  arroyante.  —  El  señor.  Cortejón  trae: 
Fu!  diestro,  fui  valiente,  fui  arrogante. 

(M.  de  T.) 


Último,  que  Amadis,  según  su  historia, 
vivió  muchos  años  antes  que  hubiese 
Castilla,  y  aun  hubo  de  ser  contempo- 
ráneo de'Poncio  Pilatos,  puesto  que  su 
tercero  ó  cuarto  nieto,  el  principe 
Anaxartes,  nació  el  año  il5  de  Jesu- 
cristo, según  la  historia  de  D.  Florisel 
de  Niqueaía). 

2.  Alabanza  que  se  da  á  sí  mismo 
Cervantes  ;  especie  de  candor  que 
suele  verse  en  los  grandes  ingenios,  en 
quienes  más  bien  que  como  arrogan- 
cia puede  pasar  como  ingenuidad  y 
como  conciencia  del  propio  mérito. 

(íi)  Lil).  I,  cap.  L 

(S)  No  tiene  la  culpa  Cervantes  de  que 
haya  críticos  que  quieran  ver  en  todo  obscu- 
ridad y  tinieblas.  Según  confiesa  el  mismo 
Cleiiie'ncín.en  otras  notas  del  prólogo,  el  au- 
tor se  propuso  seguramente  censurar  con  su 
habitual  donaire  ciertos  prólogos  de  Lope  de 
Vega  V  otros  autores  contemporáneos  suvos. 
(M.  de  f.) 


Al.    I.lllHO    DK    I).    QinJOTK    DIO    f.A    MANCHA 

fui  comedido  y  regalado  amante; 

fuó  enano  para  mi  todo  gigante, 

y  al  duelo  en  cualijuier  punto  satisfice. 

Tuve  ;i  mis  pií^s  [jostrada  la  fortuna, 
y  trajo  del  copete  mi  cordura 
á  la  calva  uciisión  al  estricote. 

Mas  aunque  sobre  el  cuerno  de  la  luna 
siempre  se  vio  encumbrada  mi  ventura, 
tus  proezas  envidio,  i  oh  gran  Quijote  ! 


LYII 


LA   SEÑORA   ORIANA   A    DULCINEA    DEL    TOBOSO 


¡Oh  quién  tuviera,  hermosa  Dulcinea, 
por  más  comodidad  y  más  reposo, 
á  Miratlores  '  puesto  en  el  Toboso, 
y  trocara  su  Londres  2  con  tu  aldea  ! 

¡  Oh,  quién  de  tus  deseos  y  librea 
alma  y  cuerpo  adornara,  y  del  famoso 
caballero  que  hiciste  venturoso, 
mirara  alguna  desigual  pelea  ! 

¡  Oh,  quién  tan  castamente  se  escapara 
del  señor  Amadís,  como  tú  heciste 
del  comedido  hidalgo  D.  Quijote! 

Que  así  envidiada  fuera,  y  no  envidiara, 
y  fuera  alegre  el  tiempo  que  fué  triste, 
y  gozara  los  gustos  sin  escote  3, 


1.  Era  un  castillo  ó  casa  de  placer, 
donde  solía  residir  la  sin  par  Oriana, 
hija  del  rey  Lisuarte  y  de  la  reina 
Brisena,  señora  de  Amadís  de  Gaula  y 
archiprincesa  de  las  princesas  caballe- 
rescas. «  Este  castillo  de  Miraflores  es- 
taba á  dos  leguas  de  Londres  y  era 
pequeño;  mas  la  más  sabrosa  morada 
era  que  en  toda  aquella  tierra  había  ; 
que  su  asiento  era  en  una  floresta  á  un 
cabo  de  la  montaña,  y  cercada  de  huer- 
tas que  muchas  frutas  llevaban,  y  de 
otras  grandes  arboledas,  en  las  cuales 
había  hierbas  y  flores  de  muchas  gui- 
sas. Y  era  muy  bien  labrado  á  maravilla ; 
y  dentro  había  salas,  y  cámaras  de 
rica  labor,  y  en  los  patios  muchas 
fuentes  de  agua  muy  sabrosa,  cubiertas 
de  árboles  que  todo  el  año  traían  flores 
yfrutas.  E  un  día  fué  allí  el  rey  á  cazar, 
y  llevó  consigo  á  la  reina  é  á  su  hija  ; 
é  porque  vio  que  su  hija  mucho  se  pa- 
gaba de  aquel  castillo  por  ser  tan  fer- 


moso,  di(3selo  por  suyo.  E  ante  la 
puerta  del  había,  un  trecho  de  ballesta, 
un  monasterio  de  monjas,  que  Oriana 
mandó  hacer  después  que  suyo  fué,  en 
que  había  mujeres  de  buena  vida  {a).  » 

2.  Las  primeras  ediciones  dicen  sus 
Londres.  La  Academia  Española  lo  co- 
rrigió  poniendo  su  Londres,  como  forzo- 
samente diría  el  original. 

3.  Los  afectos  de  Amadís  no  fueron 
tan  puros  y  platónicos  como  los  de 
D.  Quijote.  Alúdese  en  el  fin  del  soneto 
á  los  pasos,  no  muy  decentes,  del  ga- 
lanteo de  Amadís,  á  la  soledad  y  en- 
cierro que  de  resultas  de  ellos  y  para 
salvar  su  honor  tuvo  que  guardar 
Oriana,  y  á  la  necesidad  en  que  se  vio 
de  poner  en  un  cajón  y  echar  al  Táme- 
sis  al  niño  Esplandián,  fruto  de  sus 
amores. 

la)  Amadís  de  Gaula,  cap.  Lili. 


LVIII 


DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 


GANDAMN,    ESCUDEflO    DE    AMADIS    DE    GALLA 

Á    SANCHO  TANZA,    ESCL'DEHO    l>t,    D.  QUIJOTE 

80SET0 

Salvé,  varón  famoso,  á  quien  fortuna, 
cuando  en  el  trato  escuderil  te  puso, 
tan  blanda  y  cuerdamente  lo  dispuso, 
que  lo  pasaste  sin  desgracia  alguna. 

Ya  la  azada  ó  la  hoz  poco  repuna 
al  andante  ejercicio,  ya  está  en  uso 
la  llaneza  escudera  con  que  acuso  ' 
al  soberbio  que  intenta  hollar  la  luna. 

Envidio  á  tu  jumento  y  á  tu  nombre, 
y  á  tus  alforjas  igualmente  envidio, 
que  mostraron  tu  cuerda  providencia. 

Salve  otra  vez,  ¡  oh  Sancho,  tan  buen  hombre, 
que  á  solo  tú  nuestro  español  Ovidio  ^ 
con  buzcorona  te  hace  reverencia^ 


i.  La  voz  escudera  está  usada  como 
adjetivo,  y  no  lo  es.  Hubiera  podido 
decirse  : 

La  escuderil  llaneza  con  que  acuso. 

2.  A  solo  tú,  combinacitJh  intole- 
rable, porque  lo  es  el  régimen  d  tú:  y 
tanto  más,  cuanto  más  fácil  era  ha- 
berlo evitado,  diciendo  : 

Que  solo  áti  nuestro  Cipañol  Ovidio. 

Cervantes  se  dio  á  sí  mismo  el  nombre 
de  Ovidio  español,  porque  á  la  manera 
que  el  latino  describió  las  transforma- 
ciones de  los  héroes  y  personajes  de  la 
fábula,  él  describió  las  que  se  forjaron 
en  la  desvariada  imaginación  de  D.  Qui- 
jote, como  las  de  ventas  y  aceñas  en  cas- 
tillos, de  molinos  de  viento  en  gigantes 
y  de  rebaños  en  ejércitos.  Este  pen- 
samiento es  de  Pellicer;  y  el  mismo 
Cervantes  introduce  en  la  segunda  parte 
del  Quijote  un  escritor  (pie  estaba 
componiendo  un  libro  con  el  titulo  de 
Metamorfoseos  ú  Ovidio  español,  porque 
en  él,  imitando  á  Ovidio  á  lo  burlesco, 
se  pintaba  quién  habla  sido  la  Giralda 
de  Sevilla,  el  Ángel  de  la  Magilalena, 
la  fuente  de  la  Priora  y  del  Piojo, 
dando  origen  elevado  y  misterioso  á 
objetos  vulgares,  (r,) 

3.  Dice  D.  Sebastián  de  Covarrubias 
ea  su  Tesoro  de  la  lengua  castellana., 


que  el  Buz  es  el  beso  de  reverencia  y 
reconocimiento  que  da  uno  á  otro,  y 
e7itre  otras  monerías  que  la  mona  hace 
es  el  buz.  lomando  la  mano  y  besándola 
con  mucho  tiento...  y  luego  poniéndola 
sobre  la  cabeza. 

//ííce>-e¿ />«í  equivale  á  obsequiar  ó 
festejar,  y  asi  decia  un  andaluz  a  una 
dama  en  el  Romancero  general  de 
Pedro  de  Flores  (a) : 

Adiós,  que  es  pran  molimiento 
Vivir  haciéndole  el  buz. 

En  una  composición  de  D.  Antonio  de 
Solís  dice  la  Luna  á  Apolo,  disputando 
sobre  el  patronazgo  délos  poetas  : 

Aquellos  rayos,  señor. 
Con  que  me  hacías  el  buz. 
Ya  no  son  rayos  de  luz. 
Sino  rayos  de  dolor. 

Y  Villaviciosa,  en  el  prólogo  de  la 
Mosquea,  hablando  con  el  lector,  le 
dice: 

Y  bien  sé  que  el  día  de  hoy 

Es  grave  y  pesada  cruz 

Hacerte,  íector,  el  buz. 

(a)  Parte  5.',  fol.  12Í. 

(t|)  Esla  frraciosa  burla  de  Cervantes  puede 
aplicarse  a  ciertos  fervorosos  cervautistri» 
que, como  el  seüorBenju  mea  y  otros  ciento. han 
querido  hallar  en  las  páginas  del  Quijote  toda 
clase  de  símbolos  y  misteriosas  representa- 
ciones. (M.  de  T.) 


M,    I.llUH)    HK    I),    lUnJOTK    DK    I..\    MANCHA 


LIX 


DliL    donoso',     rOICTA    KNTREVEHADO^ 
A  SAriCllO  PANZA  Y   IKICINANTE 

Soy  Sancho  Panza  escude- 
dc.l  Manrlicgo  Don  Quijo- 
puse  pies  en  polvoro- 
por  vivir  á  lo  discre- 

Que  el  Tácito  Villiidie- 
toda  su  razón  de  csta- 
cifró  en  una  retira- 
según  siente  Celesti- 
libro  en  mi  opiniíui  divi-  2 
si  encubriera  tnás  lo  huma-  '* 


Pero  señalndaniente  el  buz  se  aplica  á 
las  monas,  como  se  ve  en  la  cotnedia 
del  Hufián  dichoso  (de  Cervantes), 
donde  encarda  Fr.  Antonio  ;i  uno  (¡ue 
partía  de  Méjico  para  España  que  salu- 
dase a  cierta  persona  : 

Encájele  un  besapiés 
De  mi  pai'te  y  otros  diis 
Buces,  á  modo  de  mona. 

En  la  Gran  Conquista  de  Ultramar  ia) 
sé  ciienta  que  junto  á  la  corte  del  rey 
Gorval.ín,  un  lobo  se  llevó  atravesado 
eti  la  boca  á  un  infante,  sobrino  dfel 
rey,  y  huyó  por  montes  y  barrancos. 
Perseguíale  el  conde  Ilarpín  á  caballo  : 
pero  ho  pudiera  quitalde  el  niño,  ni 
aun  alcanzarlo,  si  no  hubiera  salido  de 
través  un  jjimio  muy  grande  y  viejo, 
que,  agradado  del  niño,  se  lo  quitó)  al 
lobo.  E  desque  tovo  al  niño,  dice  la 
historia,  pzo  del  buz  al  lobo  por  eacar- 
7iio,  como  el  gimió  sabe  facer,  é  fuese 
huyendo  por  el  monte  uniy  alegre. 
Siendo  esto  así,  no  es  de  extrañar  que 
el  buz  lleve  también  alguna  mezcla  de 
burla,  como  indica  Onndalín  en  su 
soneto.  La  añadidura  de  corona  al  buz, 
puede  tener  conexión  con  lo  que  dice 
Covarrubias  de  tomar  las  monas  la 
riaano,  besarla  y  ponerla  sobre  la  co- 
rona ó  coronilla  de  la  cabeza.  Por  esta 
adición  sfibrentendida  de  corona  se  con- 
vertiría el  buz  ma'^culiho  en  btiz  feme- 
nino, cuando  despidiéndose  Estebanillo 
González  de  una  daifa,  le  decía  (b)  : 

(a)  Lib.  2,  cap.  CCLV.  —  (6)   Parte  2.', 
cap. IV, 


1.  Si  fueron  obscuros  los  vtei*sos  de 
Urganda,  no  lo  son  menos  los  del 
Donoso.  Se  da  á  entender,  según  pa- 
rece, que  Sancho,  siguiendo  la  autori- 
dad del  gran  político  Villadiego  y  de  la 
madre  Celestina,  se  retiró  discreta- 
mente del  servicio  de  D.  Quijote;  pero 
no  fué  así  (0).  Lejos  de  abandonarle  eu 
vida,  al  tiempo  de  su  muerte  le  exhor- 
taba á  salir  al  campo,  ofreciéndole  su 
compañía  para  la  vida  pastoril  que 
había  proyectado.  Prescindo  de  la  im- 
propiedad con  que  se  pone  eü  boca  de 
Sancho  la  mención  de  Tácito,  la  opi- 
nión que  había  formado  de  la  Celestina 
y  la  raz'jn  en  que  la  fundaba. 

Dice  Sancho  que  puso  pies  eh  polvo- 
rosa, que  es  lá  calle  en  el  idioma  ger- 
manesco  de  los  rufianes.  Poner  pies 
en  polvorosa  equivale  á  escapar,  huir, 
y  se  hall'i  ya  en  la  colección  anónima 
de  refranes  que  se  imprimió  en  Zara- 
goza el  año  de  1.^)49.  Én  la  misma  se 
halla  también  lo  de  coger  \a.'^  calzas  de 
Villadiego,  y  aun  antes,  en  la  antigua 
tragicomedia  de  la  Celestina.  A  esto 
aluden  los  versos  del  Donoso. 


Sólo  estoy  arrepentido 
be  que  te  íiice  la  buz. 


(0)  Clemencín  no  tuvo  presente  que  entre 
la  publicación  de  la  I''  y  '2'  parte  del  Quijoie 
mediaron  muchos  años  y  que  casj  sfes:úra- 
ramente  debió  cambiai-  Cervantes  de  idea  en 
Olíanlo  al  desenlace  de  la  obra.  A  esto  ?e 
agrega  que  otros  críticos  interpretan  de  dis- 
tinto modo  los  citados  versos. 


(M.  de  T.) 


LX 


DON    QUIJOTE    DE    I,A    MANCHA 


2.  La  Celestina  ó  Tragicomedia  de 
Calixto  y  Melibea  es  un  iJrauí.i  pro- 
saico (t)  escrito  en  el  siglo  xv,  cuyo  ar- 
gumento es  ia  seducción  de  Melibea  por 
Calixto,  auxiliado  por  la  vieja  hechi- 
cera y  alcahueta  Celestina,  que  finaliza 
en  que  Melibea  se  arroja  despechada  de 
una  lorre  .i  vista  de  su  padre.  El  prin- 
cipio del  drama  se  atribuye  á  Rodrigo 
Cota,  toledano,  y  lo  siguiente  lo  escri- 
bió Fernando  de  Hojas,  natural  de  la 
Puebla  de  Montalván.  El  autor  del  Diá- 
logo de  las  lenguas,  critico  sabio  que 
üoreció  en  el  reinado  de  Carlos  V; 
dijo  de  la  Celestina,  que  ningún  liljro 
había  escrito  en  castellano,  donde  la 
lengtia  estuviese  más  nal  lira  I, mus  propia 
nimás  elegante.  Se  imprimió  por  prime- 
ra vez  en  Salamanca  el  año  de  1500  (x),  y 
en  todo  el  siglo  xvi  y  principios  del  xvii 
se  reimprimió  muchas  veces  dentro  y 
fuera  de  España.  D.  Leandro  Moratiu 
en  sus  Orígenes  del  teatro  espanol  da 
noticia  de  ventiuna  ediciones  hechas 
en  aquel  tiempo,  y  probablemente  no 
las  conoció  todas.  En  la  misma  centu- 
ria XVI  se  hicieron  tres  traducciones 
francesas  de  la  Celestina:  una  de  ellas, 
que  es  anónima  y  se  imprimió  en 
París  el  año  1527,  se  hizo,  no  del  texto 
español,  sino  de  otra  traducción  ita- 
liana. D.  Pedro  Manuel  de  L'rrea,  hijo 
de  los  condes  de  Aramia,  su  pariente 
D.  Jerónimo  Jiménez  de  Urrea  y  Juan 
Sedeño,  la  pusieron  en  verso,  y  Feli- 
ciano de  Silva  escribió  la  Segunda 
Celestina  ó  la  Resurrección  de  Celes- 
tina, impresa,  según  Pellicer(a),  en 
Venecia  el  año  de  1536.  D.  Tomás  Ta- 
mayo  de  Vargas,  en  su  Biblioteca  espa- 
ñola (manuscrito  que  existe  en  la 
Biblioteca  Real  de  Madrid)  citó  la  ter- 
cera parte  de  la  tragicomedia  de  la 
Ce/es/íHa,compuest;i  por  Caspnr  Gómez 
de  Toledo  é  impresa  en  esta  ciudad  el 
año  de  1339.  La  lectura  de  la  Celestina 

(a)  Bistrionismo,    t.  I. 

(i)  Tragedia  prosaica  es  impropio.  Debió 
decir  Traifedia  en  prosa.  Clemencín  tan  quis- 
quilloso en  materia  de  lengua  para  censurar 
a  Cervantes,  no  suele  ser  muy  esmerado  en 
la  elección  de  sus  términos.     '    (M.  de  T.) 

(x)  Según  las  eruditas  investigaciones  de 
Menéndez  Pelayo  y  otros  críticos,  1 1  edición 
príncipe  (de  la  "que  no  exi.ste  ningún  ejem- 
plar) fué  anterior  á  esta  fecha  y  debió  impri- 
mirse en  Toledo.  Kn  cuanto  a  sus  autores, 
sólo  consta  de  un  modo  cierto  la  paternidad 
de  Rojas  para  la  2.*  parte  de  la  olira. 

(M.  de  T.) 


era  entonces  tan  general,  como  lo  fué 
después  la  del  QtuoTK  del  que  puede 
decirse  que  le  sucedió  en  el  principado 
de  la  popularidad;  puesto  que  después 
de  su  publicación  apenas  se  imprimió 
una  ú  otra  muy  rara  vez  la  Celestina. 

3.  El  objeto  moral  de  la  tragicome- 
dia Ae  Celestina  es  precaver  á  la  juven- 
tud de  los  artificios  y  engaños  de  las 
malas  mujeres.  El  mismo  objeto  se 
había  propuesto  el  Hachiller  Alfonso 
Martínez,  arcipreste  de  Talavera  y 
capellán  del  rey  D.  Ju.in  el  I!  de  Cas- 
tilla, en  su  obra  intitulada  Tratado 
contraías  mujeres,  á  la  que  se  dio  pos- 
teriormente el  nombre  de  Corbachcpor 
la  semejanza  de  su  asunto  con  otra 
anterior  del  célebre  italiano  Juan  Boca- 
cio,  que  lleva  este  titulo.  De  la  del 
arcipreste  se  hicieron  tres  ediciones, 
una  en  Burgos  el  año  de  149'J,  otra  en 
Toledo  el  de  1518,  y  otra  en  Sevilla  el 
de  1547. 

Dice  Cervantes  que  la  tragicomedia 
de  \ii  Celestina  seria,  un  libro  divino  si 
encubriera  más  lo  humano,  esto  es, 
si  no  pusiera  á  la  vista  y  tan  á  las  cla- 
ras las  escenas  que  realmente  pasan  en 
el  mundo;  pero  cuya  pintura,  siendo 
tan  viva  y  desnuda,  puede  perjudicar  á 
las  costumbres  de  los  lectores.  AUi  se 
ven  los  extravíos  de  la  juventud  y  los 
medios  de  corromper  la  inocencia  con 
el  auxilio  de  una  mala  vieja,  que  em- 
plea toda  clase  de  artificios,  inclusos  los 
supersticiosos  de  la  hechicería,  para 
conseguir  su  depravado  intento,  por  lo 
que,  no  sin  oportunidad  y  gracia,  el 
maestro  Alejo  Vanegas.  lamentando 
los  males  que  producía  semejante  lec- 
tura, en  vez  de  Celestina  la  llama  Sce- 
lestina  \a).  Quedaron  en  proverbio  los 
Pairos  de  la  Muiré  Celestina  (aJ.  y  se 
profanó  el  respetable  y  dulce  nombre  de 
Madre,  que  se  dio  en  adelante  á  las 
alcahuetas,  como  la  .Wat/re  Labrusca  en 
el  Gran  Tacaño  de  Quevedo  (6),  donde 
también  se  citan  como  famosas  la 
Madre  Guía  en  .Madrid,  la  Vidaña  en 
Alcalá  y  la  Planosaen  Burgos.  Quevedo, 
con  su  chocarrería  ordinaria,  decía  que 
hay  madres  de  putas  como  hay  padres 
de  locos. 

(a)  Tratado  de  ortog.,  parí  2.',  cap.  III. 
(6)  Cap.  XV. 

().)  La  popularidad  de  esta  obra  ha  sido 
tal  que  la  palabra  celestina  figura  hoy  en  el 
Diccionario  de  la  Academia  como  sinónimo 
de  alca/iuela.  (M.  de  T.) 


AL    LIBRO    DK    I).    QII.IOIE    DE    LA    MANCHA  LXI 

Á    KOCINANTE 

Soy  Rocinante  el  famo- 
biznielo  del  gran  Habie- 
por  pecados  dn  llaqiie- 
fui  á  poder  de  Don  Quijo- 
Parejas  corrí  á  lo  lio- 
rnas por  uña  de  caba- 
no  se  me  escapó  ceba- 
que  esto  saqué  á  Lazari- 
cuando  para  hurtar  el  vi- 
al ciego  le  di  la  pa-  ^ 

ORLANDO    FURIOSO    Á    D.    OUJJOTE    DE    LA    MANCHA 


Si  no  eres  Par,  tampoco  le  has  tenido,  2 
que  Par  pudieras  ser  entre  mil  Pares, 
ni  puede  haberle  donde  tú  te  hallares, 
invicto  vencedor,  jamás  vencido. 

Orlando  soj'.  Quijote,  que  perdido 
por  Angélica  vi  remotos  mares, 
ofreciendo  á  la  fama  en  sus  altares 
aquel  valor  que  respetó  el  olvido. 

No  puedo  ser  tu  igual,  que  este  decoro 
se  debe  á  tus  proezas  y  ú  tu  fama, 
puesto  que,  como  yo,  perdiste  el  seso. 

Mas  serlo  has  mío,  si  al  soberbio  Moro 
y  Cita  fiero  domas,  que  hoy  nos  llama 
iguales  en  amor  con  mal  suceso. 

EL    CABALLERO    DEL    FEBO    Á    D.    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

SONETO 

A  vuestra  espada  no  igualó  la  mía, 
Febo  español,  curioso  cortesano, 
ni  á  la  alta  gloria  de  valor  mi  mano, 
que  rayo  fué  do  nace  y  muere  el  día. 

1.  Alusión  al  pasaje  del  Lazarillo  de  amo  el  ciego  que  tenía  nsido  el  jarro, 

Tormes  (fx),  cuando  hurtó  di  vino  á  su  chupándolo  por  medio  de  una  paja  lar- 
ga.Por  lo  dem.is,  esta  redondilla  es  tan 

(n)  Estos  versos  demuestran  la  gran  po-  obscura  y  tan  mal  compaginada  como 

pularidad  que  gozaban  las  Are/iíi/raíde¿¿a;a-  la   anterior.    Parece    que  liocinante  se 

rillo  de  Tormes.  cn^B.  primera  edición  se  hizo  jacta  de  que  tomo  para  si   la  cebada  y 

en  Burgos  por  Juan  Junta  en  l.w..  El  eru-  fiejó  para  otros  la  paja.   Es   menester 

ditohispanofiloseuorMoielFatio.en  su  libro  confesar   míe   el  nnpta   pntrpvprndn  nn 

Et>ides  nur  rEspanne  (ISüü;,  consagra  intere-  coniesar  que  ei  poeta  enireveraao  no 

sanies  estudios  a  esta  novela,  atribuida  á  sobresalía  por  el  don  de  la  claridad. 

Hurtado  de  Mendoza.  De  este  trabajo  sol  se  2.  Juega  con  el  doble  sentido  de  la 

deduce  que  el  libro  en  cuestión  debió  ser  palabra  Pai\  que  unas  veces  significa 

escrito  por  alguno  de  los  escritores  que  mili-  iqual,  otras  se  da  á  los  Pares  de  Fran- 

taron  en  el  campo  de  los  hermanos  Valdes.  ¿^^  _  £1  soneto  es  inintelieible  y  malo 

La  palabra  ¿ararií/o  se  ha  incorporado,  como  Hp  vpras 

celestina,  al  caudal  de  nuestra  lengua.  "'^  veid&. 
(Al.  de  T.) 


LXIl 


noN    QIMJOTK    DK    I. A    MANCHA 

Imperios  despreció,  y  la  iponarquia 
(|iie  me  ofreció  el  Oriente  rojo  en  vano, 
dejé,  por  ver  el  rostro  soberano 
de  Claridiana  '.  aurora  liermosa  mía. 

Amela  por  niilaj^ro  único  y  raro, 
y  ausente  en  su  desgracia,  el  propio  infierno 
temió  mi  brazo,  que  domo  su  rabia. 

Mas  vos,  godo  Quijote,  ilustre  y  claro, 
por  Dulcinea  sois  al  mundo  eterno, 
y  ella  por  vos  famosa,  honesta  y  sabia. 


I)E    SOLISDAN  -    A    D.    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 
SONETO 


Maguer,  señor  Quijote,  que  sandeces 
vos  tengan  el  cerbelo  derrumbado, 
nunca  seréis  de  alguno  reprochado 
por  hombre  de  obras  viles  y  soeces. 

Serán  vuesas  l'azañas  los  jueces, 
pues  tuertos  desfaciendo  habéis  andado, 
siendo  vegadas  mil  apaleado 
por  follones  cautivos  y  raheces. 

Y  si  la  vuesa  Uncía  Dulcinea 
desaguisado  contra  vos  comete, 
ni  á  vuesas  cuitas  iDuestra  buen  talante, 
en  tal  desmán  vueso  conorte  sea 
que  Sancho  Panza  fué  mal  alcahuete, 
necio  él,  dura  ella,  y  vos  no  auiante. 


l.La  princesa  Claridiana,  hija  del  em- 
perador de  Trapisonda  y  de  la  reina  de 
las  Amazonas,  personaje  principal  de 
la  historia  del  Caballero  del  Febo. 

2.  No  encuentro  semejante  nombre 
en  los  libros  caballerescos  (v),  y  asi  lo 

(v)  Mas  afortunado  que  Clemencín  y  que 
todos  los  cervantistas  y  cervantótilos  liábidos 
hasta  el  día,  ha  resuelto  este  difícil  pro- 
blema el  señor  Pablo  Groussac,  hombre  de 
profundo  entendimiento  y  vasto  saber,  a 
quien  los  azares  de  la  vida  llevaron  en  su 
mocedad,  desde  su  país  natal  Francia,  á  la 
República  Argentina,  donde  es  muy  estimado 
y  donde  desempeña  el  carjio  de  jefe  de  la 
Biblioteca  nacional.  Después  de  estudiar  en 
8U  trabajo  Un  Énigni't  íiíít'í-a/rf  el  paralelismo 
que  existe  entre  ios  personajes  que  tirman 
las  composiciones  laudatorias  aquí  insertas, 
deduce  que  Solisdán  es  siuiplemente  .ana- 
grama de  Lassindo,  escudero  de  Bruneo  de 
Bonamar.  (M.  de  T.) 


considero  invención  de  Cervantes,  que 
quiso  poner  en  su  boca  este  soueto  de 
lenguaje  viejo  y  anticuado.  La  palabra 
ratieces  que  en  él  se  encuentra,  se  usa 
en  el  Fuero  juzgo  y  otros  libros  anti- 
guos, y  significa  despreciables,  de  poco 
valor.  Caliíicación  que  puede  aplicarse 
á  las  composiciones  poéticas  puestas  al 
principio  del  Qlijotk,  las  cuales,  por 
lo  cautivan  y  raheces  pudieran  sugerir, 
no  sin  algún  fundamento,  la  sospecha 
de  que  Cervantes  quiso  remedar  en 
ellas  al  vivo  los  elogios  métricos  de  los 
amigos  del  autor  impresos  con  los 
libros,  como  arriba  se  dijo,  indicando 
que  generalmente  eran  exagorados, 
obscuros  y  malos.  —  A  ío  mismo  pa- 
rece que  se  dirige  el  siguiente  diálogo 
entre  Babieca  y  Rocinante;  no  pudo 
ridiculizarse  más  la  manía  de  poner  al 
frente  de  los  libros  esl^  clase  de  elogios, 
que  suponiendo  bestias  á  sus  autores. 


At.   I, limo   di:   d.   oii.khI':   i>i:   i. a    maní. ha 


I)lAt,()GO    ENTHi:    B.MílKCA    Y    HOCINANTK 


n.  ;.C¡('imo  osláis,  Rocinante,  tan  delfíado? 
/(.  Porque  nunca  so  come  y  se  trabaja. 
/}.  ¿Pues  qué  es  de  la  cebada  y  de  la  puja? 
/{.  Ño  me  deja  mi  amo  ni  un  bocado. 
Ji.  Anda,  señor,  que  estáis  muy  mal  criado, 

pues  vuestra  lengua  de  asno  ai  amo  ultraja. 
H.  .\sno  sé  (p)  es  de  la  cuna  á  la  mortaja. 

/.Queróislo  ver?  jMiradio  enamorado. 
¡i.  ;,Es  necedad  amar?  —  /í.    No  es  gran  prudencia. 
li.  Metaiísico  estáis.  —  /í.  Es  ([ue  no  como. 
H.  Quejaos  de)  escudero.  —  /í.  No  es  bastante. 
¿  Cómo  me  be  de  quejar  en  mi  dolencia, 

si  el  amo  y  escudero  ó  mayordomo, 

son  tan  rocines  como  Rocinante? 


(o)   Es  un    error   acentuar,  como  lo  hace       Debe  escribirse  ■i'-  es.  del  mismo  modo  que 
Clemencín  siguiendo  á  la  Academia,  el  pro-       se  escribe,  se  cuenta,  se  uive,  etc. 
nombre  se,  como  si  fuera  persona  de  saber.  (M.  de  T.) 


PRIMERA    PARTE 


DON  QUIJOTE  DE  LA  MANCHA 


CAPITULO    PRIMERO 


QUE    TRATA    DE    LA    CONDICIÓN    Y    EJERCICIO    DEL    FAMOSO    HIDALGO 
D.     OUUOTE    DE    LA    MANCHA 


En  un  lugar  de  la  Mancha  de  cuyo  nombre  ^  no  quiero  acor- 
darme, no  ha  mucho  tiempo  que  vivía  un  hidalgo  de  los  de  lanza 


1.  Cervantes  no  nombró  este  lugar 
pero  no  se  duda  que  es  Argamasilla  de 
Alba,  pueblo  del  priorato  de  San  Juan, 
en  la  Mancha,  cuatro  leguas  á  poniente 
de  Manzanares.  Asi  lo  prueban  la  cons- 
tante creencia  del  país,  el  testimonio 
de  Alonso  Fernández  de  Avellaneda, 
émulo  de  Cervantes,  autor  de  la  su- 
puesta continuación  del  Quijote,  y  los 
versos  burlescos  con  que  al  fin  de  la 
primera  parte  se  ridiculizó,  bajo  nom- 
bres fingidos,  á  los  académicos  de  Ar- 
gamasilla.  Según  las  tradiciones  popu- 
lares, de  que  hacen  mención  D.  Juan 
Antonio  Pellicer  y  D.  Martín  Fernández 
Navarrete  en  las  vidas  que  escribieron 
de  nuestro  autor,  éste  pasó  comisio- 
nado judicialmente  para  ciertas  cobran- 
zas á  Argamasilla,  y  la  justicia,  lejos 
de  auxiliarle  para  el  cumplimiento  de 
su  encargo,  lo  puso  en  la  cárcel  pú- 


blica (a),  donde  concibió  la  idea  de  su 
libro.  Véase  por  lo  que  no  quería  Cer- 
vantes acordarse  del  nombre  del  lugar, 
y  por  lo  que  dijo  en  el  prólogo  que 
su  Quijote  se  había  engendrado  en  una 
cárcel;  cuya  ociosidad,  junto  con  el 
despecho  producido  por  este  y  otros 
maloc  tratamientos  que  experimentó 
Cervantes  de  parte  de  los  manchegos, 
hubo  de  sugerirle  la  ingeniosa  venganza 
á  que  se   debe  la  inmortal  fábula  del 

QUUOTK. 

Había  y  hay  otra  Argamasilla,  ape- 

(a)  Ya  queda  dicho  en  la  nota  que  la 
leyenda  de  Argamasilla  no  tiene  funda- 
mento. Sólo  añadiré  que  en  dicho  pueblo 
no  hubo  cárcel  en  vida  de  Cervantes.  Como 
dijo  el  señor  Asensio.  la  biografía  de  Cer- 
vantes  e.itn  por  escribir;  pues  la  crítica  va 
reconstruyendo  las  nebulosas  etapas  de  su 
agitada  existencia.  (M.  de  T.j 

1 


2  DON    QUI.IOTE    DE    I.\    MANCHA 

en  astillero',  adarga  antigua,  rocín  ílcico  y  galgo  corredor-. 
Una  olla  de  algo  más  vaca  que  carnero,  salpicón  las  más  noches, 
duelos  y  quebrantos  los  sábados  3,  lentejas  los  viernes,  algún 
palomino  de  añadidura  los  domingos  consumían  las  tres  partes  de 
su  hacienda''.  El  resto  della  concluían  sayo  de  belarte,  calzas  de 


nidada  de  Calatrava.  La  de  Alba  se 
llamó  así,  porque  la  fundó,  por  los 
años  de  1530  D.  Diego  de  Toledo,  Gran 
Prior  de  San  Juan,  de  la  familia  y  casa 
de  los  Duques  de  Alba,  quien  trasladó 
la  población  á  aquel  sitio  por  la  insa- 
lubridad del  que  antes  tenia.  Sin  em- 
bargo, continuaron  haciéndola  enfer- 
miza las  inundaciones  del  Guadiana, 
que  pasa  por  su  término,  y  los  vapores 
de  un  caz  lomado  del  río,  que  atrave- 
saba el  pueblo. 

Argamasilla  de  Alba  y  el  Toboso 
fueron  las  patrias  de  los  principales 
personajes  de  la  fábula,  y  los  objetos 
del  festivo  humor  de  Cervantes.  A  su 
tiempo  diremos  los  motivos  que  pu- 
dieron influir  en  la  elección  del  To- 
boso, asi  como  aqui  se  han  indicado 
los  relativos  á  la  de  Argamasilla. 

1.  Ya  desde  tiempo  de  los  Reyes  Ca- 
tólicos reinábala  máxima  de  que  abun- 
dasen por  todas  partes  las  armas  ;  y 
esto  de  tenerlas  á  la  vista  y  en  los  por- 
tales de  las  casas  debió  ser  usanza 
común,  puesto  que  el  obispo  de  Mondo- 
ñedo,  D.  Antonio  de  Guevara,  cro- 
nista y  predicador  de  Carlos  V,  en  su 
libro  del  Menosprecio  ele  la  Cor-te  (a), 
describiendo  el  ajuar  de  un  hidalgo  de 
aldea,  cuenta  una  lanza  tras  de  la 
puerta,  un  rocín  en  el  establo  y  una 
adarga  en  la  cámara.  Las  tres  cir- 
cunstancias que  se  verificaban  en  Don 
Quijote. 

Astillero  viene  del  latino  hasta  o 
lanza,  porque  era  una  armazón  ó  per- 
cha de  madera  en  que  se  colocaban  las 
lanzas,  y  solía  servir  de  adorno  y  au- 
toridad en  los  portales  de  las  casas. 
Ahora  se  usa  para  colocar  los  fusiles 
en  las  casas  donde  asisten  soldados  de 
guardia. 

2.  Los  llanos  de  la  Mancha  propor- 
cionan á  sus  naturales  la  diversión  de 
correr  liebres,  género  de  caza  á  (lue  son 
muy  inclinados,  y  en  que  el  rocín  y  el 
galgo  son  requisitos  esenciales.  Dicen 
que  los  latinos  llamaron  á  los  galgos 

(«)  Cap.  VII. 


perros  gálicos  ó  de  las  Gallas,  y  de 
aquí  les  vino,  al  parecer,  el  nombre  de 
galgos. 

3.  Nota  Cervantes  la  mezquindad 
con  que  los  hidalgos  manchegos,  apro- 
vechando los  restos  de  la  carne  de  la 
comida,  los  convertían  en  salpicón  para 
la  cena.  Salpicón  se  dijo,  como  carne 
picada  con  sal.  Asimismo,  cuando  se 
morían  ó  desgraciaban  por  cualquier 
accidente  las  ovejas,  acecinaban  la 
carne  para  los  usos  domésticos,  y 
aprovechaban  las  extremidades  y  aun 
los  huesos  quebrantados,  de  lo  cual 
hacían  olla,  llamándola,  segi'm  Pellicer, 
duelos  y  quebrantos ;  duelos,  por  el  que 
indicaban  del  dueño  del  ganado,  y  que- 
brantos, por  el  de  los  huesos  de  las 
reses(fi). 

Esta  clase  de  olla,  como  menos  sus- 
tanciosa y  agradable,  se  permitía  comer 
ios  sábados  en  España,  donde  con  mo- 
tivo de  la  victoria  de  las  Navas,  ganada 
por  el  Rey  Don  Alonso  el  VIH  contra  los 
moros  el  año  de  1212,  se  instituyó  la 
fiesta  del  Triunfo  de  la  Santa  Cruz,  y 
se  hizo  voto  de  abstinencia  de  carnes 
los  sábados.  Así  lo  refiere  Diego  Ro- 
dríguez de  .\lmela,  capellán  de  los 
Reyes  Católicos,  en  el  Valerio  de  las 
/listorias  escolásticas  (a;.  Duró  esta 
costumbre  hasta  mediados  del  si- 
glo XVIII,  en  que  la  abolió  el  Papa  Bene- 
dicto XIV. 

4.  Son  las  tres  cuartas  partes,  aun- 
que familiarmente  suele  no  expre- 
sarse. 

(a)Lib.I,  tit.  iv.cap.  VII. 

(3)  Mucho  se  ha  escrito  acerca  de  los  fa- 
mosos (luidos  y  t/uebrantos  ;  pero  á  pesar  de 
ias  ingeniosas  suposiciones  de  Pellicer, 
aceptadas  por  la  Academia  y  Clemencin, 
venimos  á  parar  en  que 

de  lo  dicho  no  bay  nada. 

El  señor  Corlejón,  que  estudia  el  asunto 
en  erudita  nota,  dice  en  resumen  :  «  Queda, 
pues,  sub.'istente  la  duda  de  lo  que  deba 
entenderse  por  duelos  y  ¡¡uebranloi.  » 

M.  de  T.) 


i-iiiMi:n\  i'Airn:.   —  caimtiií^o  pniMF.no  é( 

belludo  pnrn  las  lioslns  ron  sus  pantuflos  (1<;  lo  mismo,  y  los  días 
(le  caire  s(Miiana  se  hoiu-aha  con  su  belloií  '  de  lo  más  (¡no.  'i'enía 
en  su  casa  una  ama  tío  pasaba  de  los  cuarenta,  y  una  sobrina 
que  no  llegaba  á  los  veinte,  y  un  mozo  de  campo  y  plaza  -, 
que  así  ensillaba  el  rocín  como  tomaba  la  podadera.  Frisaba  la 
edad  de  nuestro  hidalgo  con  los  cincuenta  años  :  era  de  com- 
ple.viÓD  recia,  seco  de  carnes,  enjuto  de  rostro,  gran  madrugador 
y  amigo  de  la  caza.  Quieren  decir  que  tenía  el  sobrenombre 
de  Quijada  ó  Quesada  (que  en  esto  hay  alguna  diferencia  en  los 
autores  que  dcste  caso  escriben)-',  aunque  por  conjeturas  vero- 
símiles se  deja  entender  que  se  llamaba  Quijana.  Pero  esto  im- 
porta poco  á  nuestro  cuento  :  basta  que  en  la  narración  del  no 
se  salga  un  punto  de  la  verdad.  Es,  pues,  de  saber  que  este  sobre- 
dicho hidalgo,  los  ratos  que  estaba  ocioso  (que  eran  los  más  del 
año),  .se  daba  á  leer  libros  de  caballería  con  tanta  afición  y  gusto, 
que  olvidó  casi  de  todo  punto  el  ejercicio  de  la  caza,  y  aun  la 
administración  de  su  hacienda ;  y  llegó  á  tanto  su  curiosidad  y  de- 
satino en  esto,  que  vendió  muchas  hanegas  de   tierra  de  sembra- 


1.  El  sayo  de  D.  Quijote  era  del 
mismo  paño  que  usaba  en  sus  sobre- 
todos el  condestable  D.  xilvarode  Luna. 
El  bachiller  Fernán  Gómez  de  Cibdad 
Ueal  escribía  al  Rey  tí.  Juan  el  11,  que 
estando  tí.  Alvaro  sobre  Alburquerque, 
dio  á  un  mensajero  que  le  trajo  una  noti- 
cia agradable,  el  snbrecapote  que  tenía, 
que  era  de  fino  helarle  con  seis  tiras 
de  belludo  pardo  (a).  En  otros  pasajes 
de  las  cartas  del  mismo  bachiller  (y) 
se  hace  mención,  entre  otras  telas,  del 
medio  belludo  y  del  helarle  morisco. 
Andando  el  tiempo,  las  mujeres  usaban 
todavía  de  helarte  para  bus  mantos  á 
principios  del  reinado  de  Felipe  11,  se- 
s.\in  Luis  Cabrera  en  la  historia  de  este 
ÍP*ríncipe  (6)  ;  pero  ya  en  los  días  de 
Cervantes,  después  de  introducidos  los 
limistes  y  veintecuatrenos  de  Segovia, 
estaba  reducido  el  helarte  al  uso  de 
los  hidalgos  de  pueblos  cortos. 

(a)  Centón  epistolar,  epístola  XXXVII.  — 
(6)  Lib.  I,  cap.  IX. 

(r)  Desgraciadamente  para  los  eruditos 
que  hacían  gran  caudal  del  Centón  episto- 
lario, el  ilustre  colombiano  don  Rufino  José 
Cuervo,  en  el  prólogo  de  su  monumental 
lliccionario  de  construcción  y  ré(/imen  y  el 
erudito  acadóniico  señor  Cotarelo  y  Morí  han 
demostrado  que  no  existió  tal  BachílliM-  y 
que  el  tal  Centón  es  una  superchería. 

(M.  do  T.'i 


Las  calzas  eran  lo  que  ahora  llama- 
mos calzón  largo  ó  pantalones,  como 
llamamos  también  medias  á  las  medias 
calzas,  las  cuales  cubríanlas  piernas  sin 
el  muslo  :  las  calzas  hacían  el  olido  de 
calzones  y  medias.  El  nombre  de  bellu- 
do se  daJja  al  terciopelo  y  á  la  felpa, 
aparentemente,  por  el  vello  que  tienen 
estas  telas.  Pantuflos,  calzado  hol- 
gado, propio  de  gente  anciana  y  grave, 
dice  D.  Sebastián  de  Covarrubias  en  su 
Tesoro  de  la  lengua  castellana.  El  be- 
llori  era  paño  entrefino  de  color  de  la 
lana,  pero  de  calidad  inferior  á  la  del 
helarte. 

2.  Nunca  vuelve  á  mencionarse  este 
mozo,  y,  por  consiguiente,  es  un  ver- 
dadero ripio  en  la  fábula,  como  lo  sería 
entre  los  personajes  de  la  comedia  el 
que  ningún  papel  hiciese  en  ella. 

3.  Empieza  Cervantes  á  dar  afectada 
antigüedad  á  las  cosas  de  D  Quijote, 
hablando  de  ellas  como  si  el  progreso 
de  los  tiempos  y  la  variedad  de  los 
escritores  hubieran  podido  dar  lugar 
á  dudas  y  opiniones  diversas.  Mas  esto 
no  viene  bien  con  los  sucesos  modernos 
y  aun  coetáneos  de  Cervantes,  de  que 
se  hace  mención  en  el  Ixcknioso  Hi- 
dalgo; punto  que  dará  materia  á  otras 
observaciones  en  el  discurso  de  estas 
notas. 


4  DON    QUIJOTE    DE    I.A    MANCHA 

dura  para  comprar  libros  de  caballerías  que  leer,  y  así  llevó  á  su 
casa  todos  cuantos  pudo  haber  dellos  :  y  de  todos  ningunos  le  pa- 
recían tan  bien  como  los  que  compuso  el  famoso  Feliciano  de 
Silva  ;  porque  la  claridad  de  su  prosa  y  aquellas  intrincadas  ra- 
zones suyas  le  parecían  de  perlas  :  y  más  cuando  llegaba  á  leer 
aquellos  requiebros  y  cartas  de  desafíos  donde  en  muchas  partes 
hallaba  escrito  :  la  razón  de  la  sinrazón  que  á  mi  razón  se  hace  ', 


1.  El  célebre  Don  Die^'O  Hurtado  de 
Mendoza,  autor  de  la  Guerra  de  loa  mo- 
riscos de  Granada,  había  precedido  á 
Cervantes  en  la  censura  clel  estilo  de 
Feliciano  de  Silva.  En  las  cartas  del 
bachiller  de  Arcadia,  papel  que  anda 
manuscrito  en  manos  de  los  curiosos, 
«  ¿  Pareceos,  amigo,  dice,  hablando  con 
Pedro  de  Sala/ar,  autor  de  una  Historia 
de  la  guerra  que  el  Emperador  Carlos  V 
hizo  á  los  protestantes  de  Alemania; 
pareceos,  amigo,  que  sadré  yo  hacer  un 
medio  libro  de  D.  Florisel  de  Niquea,  y 
que  sabría  ir  por  aquel  estilo  de  alfor- 
jas que  parece,  este  es  el  gato  que  mató 
al  rato,  y  que  sabría  decir  :  la  razón  de 
la  razón  que  es  sinrazón,  que  por  razón 
de  ser  vuestro,  tengo  para  alabar  vues- 
tro libro  ?  ^Wía /"e,  hermano Salazar,  todo 
está  en  ventura...  ¿  Veis  ahí  ú  Feliciano 
de  Silva,  que  en  toda  su  vida  salió  más 
lejos  que  de  Ciudad-Rodrigo  rí  Valla- 
dolid,  y  ha  andado  siempre  entre  Da- 
raya  y  Garaya  metido,  é  la  Torre  del 
Universo,  donde  tuvo  encantado,  se- 
gún dice  .s!¿  libro,  diez  y  siete  años  á 
Dios  Padre  '!  Con  lodo  eso  tuvo  de  comer 
y  aun  de  cenar :  y  vos  que  habéis  an- 
dado, visto  y  peleado,  servido,  escripia 
y  hablado  más  que  todo  el  ejército  junto 
que  envii'i  el  Emperador  á  esa  guerra, 
no  tenéis  ni  aun  de  almorzar.  » 

Keliciano  de  Silva,  natural  de  Ciudad- 
Rodrigo,  escribii»  la  Crónica  de  lostnuy 
valientes  caballeros  D.  Florisel  de 
Siquea  y  el  fuerte  Anaxartes,  que,  según 
se  deduce  de  las  expresiones  de  D.  Diego 
de  Mendoza,  hubo  de  producir  .1  su 
autor  utilidades  de  consideración,  ;í 
pesar  de  sus  disparates.  Cervantes  en 
el  presente  pasaje  aludió  á  varios  de 
la  tercera  parte  de  la  Crónica  de  D.  Flo- 
risel, como  el  del  capítulo  1 1,  donde 
dice  la  Reina  Sidonia, hablando  con  su 
rival  Elena  :  .'  Oh  amor!  ¿para  qué  me 
quejo  de  tus  sinrazones, pues  más  fuerza 
en  ti  la  sinrazón  tiene  que  la  razón  ?... 
;  0/í  Elena!  ¿  y  qué  fué  la  razón  que 
gozases  tú  de  mi  gloria  sino  la  poca  que 


en  amores  hay  ?  ¡  Oh  !  que  quiero  dar 
fin  á  mis  razones  por  la  sinrazón  que 
hago  de  que  jarme  .En  el  capítulo  VI, decía 
la  Princesa  Elena  á  la  Emperatriz  Ni- 
quea :  por  la  misma  razón  .ñntiera  la 
vuestra  grandeza  la  sinr&zón  qite  de  7ni 
parte  no  conocéis.  Y  más  abajo:  Jio  se 
hable  más  de  esto,  dijo  el  Emperador, 
pues  que  en  la  razón  de  amor,  las  sinra- 
zones.se  toman  por  más  razón(í).  En  otro 
lugar,  congratulándose  Amadísde  Gre- 
cia por  la  vista  de  Niquea,  á  quien  juz- 
gaba nuierta,  contesta  Niquea  entre 
otras  lindezas:  /  Oh  mi  señor!  ¿  Cómo 
demandáis  respuesta  á  vuestras  razones, 
pues  la  razón  con  que  ellas  salen,  os  dan 
la  razi'm  de  quien  las  dice  C«)? 

Este  ovillejo  de  razón  y  sinrazón,  que 
ridiculizaron  Mendoza  y  Cervantes,  es 
un  ejemplo  de  los  infinitos  que  ofrece 
del  mismo  género  la  Crónica  de  D.  Flo- 
risel.—  /  Ay  !  que  veo  tanto,  que  con  lo 
mucho  que  veo  no  me  veo:  asi  decía  Da- 
raidahablando  con  la  Princesa  Diana  (6). 
¿  Estáis  cansado?  dijo  ella.  De  pensar 
como  no  canso,  dijo  él  ;  mas  no  hay  can- 
sancio, que  con  el  cansancio  de  tal 
pensamiento  notóme  descanso  (c).  Y  en 
otro  lugnr  Id]  :  el  fuego  de  Lúcela  me 
abrasa,  templando  su  fuerza  con  la 
fuerza  de  mayor  fuerza  que  lo  muerte 
de  mi  Xiquea  me  hace.  ¡  Oh  muerte  ! 
decía  otra  vez  Daraida  [e).  ;,  y  para  qué 
me  tornas  la  vida  '!  ¡  Oh  vula  !  ;.  por 
qué  me  niegas  la  muerte!  ¡  Oh  amor! 
;,  por  qué  usas  de  desa  mor  ?  ¡Oh  desamor ! 
¿por  qué  te  llamas  amor"!...  ¡  Ay  de 
mi  !  que  cosa  no  quiero,  que  no  me  la 
niegue  el  quererlo :  cosa  no  quiero,  que 
el  querer  no  me  la  otorgue.  .Mofándose 
Fraudador  de   los   Ardides  íun  encan- 

(o)  Cap.  LXXVIII.  —  (6)  Cap.  XX.  — 
(c)  Cap.  XXVII.  —  (rf)  Cap.  XLIII.  — 
(e)    Cap.   CVII. 

(S)  Eslo  trae  á  la  memoria  la  hermosa  y 
conocida  frase  de  Pascal  :  •  Le  canir  a  de» 
raisons  que  la  raison  ne  connutt  pos  ». 

(M.  do  T.) 


I>HlMKn\    l'ARTE.    CAPITULO    PRIMERO  5 

de  tal  manera  mi  razón  enflaquece,  que  con  razón  me  qvt'jo  de  la 
vuestra  fi'rniosnrn.  \  laiiil)i(''ii  cujiucIü  k'í;i  :  los  altos  cielos  que  de 
vuestra  dioinidad  divinamente  con  las  estrellas  os  fortifican,  y  os 
hacen  merecedora  del  merecitniento  que  merce  la  vuestra  grandeza. 
Con  estas  razones  perdía  el  pobre  caballero  el  juicio,  y  desvelábase 
por  entenderlas  y  desentrañarles  el  sentido,  que  no  se  lo  sacara  ni 
las  entendiera  el  mismo  Arist(')teles,  si  resucitara  [)ara  sólo  ello.  No 
estaba  muy  bien  con  las  licridas  que  D.  lielianís  daba  y  i-ecibía. 
porque  se  imag^inaba  (jue  por  grandes  maestros  que  le  hubiesen 
curado  ^  no  dejaría  de  tener  el  rostro  y  todo  el  cuerpo  lleno  de 


tador)  de  dos  doncellas  que  por  ení,'año 
suyo  quedaron  atolladas  al  pasar  un 
rio,  les  decía  (aV-  d  la  frescura  de  la  ri- 
bera podéis  cherriar  cuando  venga  la 
7nañana...  E  si  non  quisierdes  seriir  de 
aves  de  campo,  serviréis  de  aves  de  río, 
y  tan  de  rio,  que  me  rio. 

Estos  juguetes  de  mal  gusto  no  eran 
sólo  de  Keliciano  de  Silva,  sino  también 
de  otros  autores  de  su  tiempo,  y  espe- 
cialm>  nte  de  los  poetas.  En  la  comyío- 
sición  de  Francisco  de  la  Fuente,  que 
se  incluyó  en  el  Cancionero  general  de 
Sevilla  del  año  1540  (1).,  se  lee: 

/■.4¡  que  no  hai  amor  sin  ai.' 
¡Ai  que  el  ai  tanto  me  duele, 
que  muero  por  ver  si  hai 
algún  (ti  que  mi  ahi  encele  ! 

En  un  romance  morisco  de  la  Colec- 
ción de  Pedro  de  Flores  (c)  : 

A  un  balcón  de  un  chapitel 
el  más  alto  de  su  torre... 
estaban  dos  damas  moras 
en  suma  beldad  conformes  : 
suma  que  es  suma  en  quien  suma 
mil  sumas  (le  corazones. 

Muestra  es  de  lo  mismo  el  pasaje  del 
moro  Arbolan  enlapropiaCoZecc¿07i(d) : 

Busca  el  gallardo  Arbolan 
su  bella  mora  Guahala. 
mora  que  en  su  pecho  mora, 
mora  que  enamora  y  mata. 
Viola  con  su  mora  Álcida 
de  pedios  á  una  ventana, 
pedios  á  quien  paga  pecho 
el  que  los  pec/io.s  abrasa. 
Conoce  eii  ella  de  lejos 
Serena  frente  y  bonanza. 
friiiile  que  puertas  enfrente 
no  es  mucho  afrente  mil  almas. 
El  moro  se  regocija 
con  vista  tan  dulce  y  grata, 
vista  que  vista  condena 
en  vista  y  revista  el  alma,  (e) 

ín)  Cap.  LXXXIX.  -  (h)  Fol.  103.  —  (c) 
Parte  III,  f.  ü4.  —  [d]  Parte  II,  f.  57. 


Es  circunstancia  reparable  que  Feli- 
ciano de  Silva  dedici'i  su  Crónico  de 
L>.  Florisel  iX)  al  Duque  de  Bcjar.  bisa- 
buelo del  otro  Duque  de  Béjar,  á  quir-n 
Cervantes  dedicó  su  Qluoie. 

1.  Tanto  en  los  libros  de  caballerías 
como  en  nuestras  antiguas  crónicas,  es 
frecuente  dar  el  nombre  de  maestros  á 
los  cirujanos  y  médicos,  en  cuya  sig- 
nificación usó  de  esta  palabra  Juan 
Lorenzo,  autor  del  antiguo  Poema  de  Ale- 
jandro, escrito,  según  conjeturas  vero- 
símiles, á  mediados  del  siíílo  xiu  '(i\. 
Lo  mismo  significaba  maestro  en  la 
lengua  antigua  francesa  'b^.  En  la 
relación  t'jl  Paso  honroso  de  Suero  de 
Quiñones,  función  cn_balleresca  que  se 
celebró  á  orillas  del  Úrbigoel  año  1434, 

(a)  Copla  leot.  —  {b) Ducangc,  art.  Magister. 

(t)  En  las  notas  de  mi  traducción  de  la 
Historia  de  la  literatura  frnncexa  de  Clare- 
tie,  publicada  por  la  casa  OUendorf  (tomo  I, 
pág.  270).  digo  acerca  de  esto  : 

«  También  en  España  reinó  por  largo 
tiempo  esta  plaga  poética  que  tantos  estra- 
gos produjo  en  el  gusto  literario.  Para  con- 
vencerse de  ello  basta  echar  una  ojeada  al 
Arte  poética  española  de  Diaz  Rengifo.  publi- 
cada con  fenomenales  aumentos,  á  principios 
del  siglo  xvni,  por  el  catalán  Jo~eph  Vicens 
y  mencionada  por  Menéndez  Pelayo  en  su 
'Historia  de  las  irleas  estéticas.  En  dicha  obra, 
"  se  discurre  sobre  los  romances  en  ecos,  los 
anagramas,  los  sonetos  en  tres  lenr/uas,  los 
acrósticos,  las  ensaladas,  los  laberintos,  que 
se  leen  de  cincuenta  maneras,  el  poema  mwio, 
el  poema  cúhico  y  otras  composiciones  rarcLs 
y  dificultosas,  pero  de  mucho  contento».  Cn 
escritor  contemporáneo,  el  señor  Carbonero 
y  Sol.  ha  publicado  hace  pocos  años  un  cu- 
rioso libro  en  que  se  hallan  recopilados  todos 
estos  esfuerzos  del  ingenio.  »  (M.  de  T.) 

{;)  El  lib:o  á  que  se  refiere  Clemencin  es 
la  tercera  parte  de  la  Crónica  de  don  Florisel, 
impresa  en  Salamanca  v  Sevilla  en  el  año 
de  1.^.51.  ■  (M.  de  T.) 


')  DON  yriJOTí;  de  la  mancha 

cicatrices  y  señales^.  Pero  con  todo,  alababa  en  su  autor  aquel 
acabar  su  libro  "■'con  la  promesa  de  aquella  inacabable  aventura, 
y  muchas  veces  le  vino  deseo  de  tomar  la  pluma  y  dalle  fin^^al  pie 
de  la  letra,")  como  allí  se  promete  :  y  sin  duda  alguna  lo  hiciera  y 
aun  saliera  con  ello,  si  oíros  mayores  y  continuos  pensamientos  no 
se  lo  estorbaran.  Tuvo  muchas  veces  competencia  con  el  cura  de 
su  lugar  (que  era  hombre  docto,  graduado  en  Sigüenza)  ^,  sobre 


se  dice  que  asistieron  allí  de  cirujanos 
el  Maestre  Al funsoéel  Maestre  lioíírigo, 
vecinos  de  León  é  el  Maestre  Manuel, 
vecino  de  Acuitar ;  et  de  físico  en  Medi- 
cina saliiilor  el  Maestre  Salomón  Seteni, 
nied'Cu  de  los  jxid'-es  de  Suero,  el  capitán 
de  las  Justas  (r/;.  Ejcuiplos  de  li>  mismo 
se  encuentran  á  cada  paseen  las  histo- 
rias de  los  calialleros  andantes. 

1.  D.  Heliauis  ni  ora  encantado,  y 
por  lo  tanto  invulnerable  conio  Orlando, 
ni  tenía  armas  encantadas,  como  otros 
caballeros  andantes;  lo  que,  jimtocon 
su  car.ícter,  sobremanera  fojíoso  y  pen- 
denciero, produjo  aquel  número  ex- 
traordinario de  heridas  que  recibió, 
scfrún  cuenta  su  histuria.  Sólo  en  los 
dos  primeros  libros,  de  los  cuatro  de 
que  consta,  se  cuentnn  ciento  y  una 
heriilas  graves,  y  probablemente  son 
m.ís  las  (le  los  dos  libros  que  si^fuen  : 
pero  no  me  ha  alcanzado  la  paciencia 
para  contarlas,  y  no  ha  sido  menester 
poca  pai'a  hacerlo  en  los  dos  primeros. 

2.  Jerónimo  Fernández,  autor  de  la 
HistoriaXiie  BeUanis  de  Grecia,  dice  al 
concluirá,  que  bien  quisiera  referir  los 
sucesos  que  dejaba  pendientes:  mas  el 
saliio  Prisión  autor  del  original,  según 
se  supone),  pasr/nr/oí^/e  Grecia  en  \uljia.. 
juró  liabia  perdido  la  historia,  y  asi  la 
tornó ü  buscar.  Ko, continúa  Feniiández, 
le  he  esperarlo,  y  no  viene:  y  suplir  yo 
con  finf/imientos  á  historia  tan  esti- 
mada, seiia  af/rario :  y  así  la  dejaré  en 
esta  parte,  dando  licencia  o  cualquiera 
á  cuyo  poder  viniere  la  otra  parte,  la 
ponya  junio  con  ésta, porque  yo  quedo 
con  haría,  pena  y  deseo  de  verla.  Esta 
indicación  eqiñvalia  á  ima  verdadera 
promesa  de  continuar  la  historia  que 
quedaba  pendiente. 

3.  El  cura  del  lugar  de  D.  Quijote  se 
llamaba  F^ero  Pérez,  y  su  grado  era  el 
de  Licenciado,  como  se  expresa  des- 
pués en  el  capitulo  V.  La  parroquia  sería 

(»i)  Veáse  cuan  anticuo  .abolengo  (iene  la 
costumbre  de  que  asistan  á  los  duelos  médi- 
cos y  cirujanos.  (M.  de  T.) 


la  de  San  Juan,  única  que  había  en 
Arcamasilla.  según  las  relaciones  topo- 
gráficas liechas  en  tiempo  y  de  orden 
de  Felipe  11,  donde  se  dice  que  el 
curato  valía  30U  ducados.  Cervantes 
tuvo  aquí,  al  parecer,  intención  de_ 
ridiculizar  al  cura  de  .\rgamasilla  (0],' 
como  alumno  de  una  de  las  Universi- 
dades que  llamaban  menores,  y  solían 
ser  el  objeto  del  humor  chistoso  y 
oleante  de  nuestros  escritores.  Cervantes 
lo  hizo  aquí  con  la  de  Sigüenza.  y  en  la 
segundaparte  lorepitiócon  lade  Osuna, 
donde  se  graduó  el  Dr.  Pedro  Kecio  de 
Tirteafuera,  médico  insulano  y  goher- 
nadoresco.  Graduado  soy  en  artes  por 
Siyüenza,  decía  el  estudiantón  que, 
según  reQere  Quevedo  en  el  Gran 
Tacaño  (a),  iba  en  Madrid  á  la  sopa 
del  convento  de  San  Jerónimo  ;  y  Lojie 
de  Vega,  disfrazado  bajo  el  nombre  de 
Tomé  de  Rurguillí)S.  en  los  tercetos 
burlescos  presentados  en  la  iusta  poé- 
tica para  las  fiestas  de  la  -  ai.C'^azación 
de  San  Isidro,  se  calificaba  de 

Maestro  por  Oüate  graduado. 

El  mismo  sello  de  mofa  lleva  el  nombre 
vulgarísimo  é  ignoble  de  l'er-o  Pérez; 
y  uno  y  otro  indica  bastantemente  que 
lo  de  homtire  docto  es  irónico.  Sin  em- 
bargo, en  todo  el  discurso  de  la  fábula 
el  cura  se  muestra  constantemente 
instruido  y  docto  de  veras,  corno  en  el 
escrutinio  de  la  librería  de  D  O'iijote, 
en  la  conversación  con  el  canónigo  de 
Toledo,  y  en  otras  ocasiones  en  que. 
según  las  muestras  de  su  discreción, 
ninguna  escuela  debió  afrentarse  de  ha- 
berle producido. 

(a)  Cap.  XV. 

(0)  Cervantes,  que  no  se  graduó  en  uni- 
versidad alguna  mayor  ni  menor  y  que,  por 
no  llevar  la  rftarnp<¡la  univarxitarin.  fué 
victima  dp  la  malevolencia  y  el  desdén  do 
mucho-  de  sus  conlempoiánpos.  no  tuvo  in- 
tención de  burlarse,  en  este  pasaje  ni  en  lo" 
demás  en  que  interviene  el  cura,  el  cuni 
aparece  siempre  como  una  de  las  figuras 
más  simpáticas  de  la  obra.  (M.  de  T.) 


piüMiíiiA  p.MiTi:.  —  CAPrrií.o  phimero  / 

('u{\\  había  sido  mejor  caballero,  Palmcrín  de  Ingalalorra,  ó  Ama- 
dís  do  Gaula  '  :  mas  maoso  Nicolás 2,  barbero  del  mismo  pueblo, 
decía  que  niñísimo  llegaba  al  Caballero  del  Febo^,  y  que  si  alguno 
se  le  podía  comparar  era  D.  (ialaor,  hermano  de  Amadís  de  Gaula  ', 
porque  lenía  muy  acomododa  condición  para  todo  ;  que  no  era 
caballero  melindroso,  ni  tan  llorón  como  su  hermano,  y  que  en  lo 
de  la  valentía  no  le  iba  en  zaga.  En  resolución,  él  se  enfrascó  tanto 
en  su  lectura,  que  se  le  pasaban  las  noches  leyendo  de  claro  en 
claro,  y  los  días  de  turbio  en  turbio  :  y  asi  del  poco  dormir  y  del 
mucho  leer  se  le  secó  el  cerebro  de  manera  que  vino  á  perder  el 
juicio.  Llenósele  la  fantasía  de  todo  aquello  que  leía  en  los  libros, 
así  de  encantamentos  como  de  pendencias,  batallas,  desafios,  heri- 
'  das,  requiebros,  amores,  tormentas  y  disparates  imposibles.  Y  asen- 
lósele  de  tal  modo  en  la  imaginación  que  era  verdad  toda  aquella 
máquina  de  aquellas  soñadas  invenciones  que  leía,  que  para  él  no 
había  otra  historia  más  cierta  en  el  mundo.  Decía  él  que  el  Cid  Rui 
Díaz^  había  sido  muy  buen  caballero;  pero  que  no  tenía  que  ver 


1.  Con  razón  se  escogieron  estos  dos 
ejemplos  entre  la  numerosa  caterva  de 
caballeros  andantes,  por  ser  sus  libros 
de  los  más  antiguos  y  que  más  se  leían 
en  España.  La  Academia  Española 
advirtió  que  en  las  tres  primeras  edi- 
ciones hechas  en  vida  de  Cervantes  se 
puso  Infjalaierra  :  supuesto  lo  cual,  no 
se  ve  la  razón  de  haber  enmendado  y 
puesto  Inglaterra,  que  es  como  ahora 
decimos.  Ingalaterra  se  decía  y  escri- 
bía comúnmente  entonces,  como  se  ve 
á  cada  paso  en  nuestros  escritores. 
Siguióse  la  costumbre  gereral  en  el 
Quijote,  y  debió  seguirse  en  las  edi- 
ciones posteriores,  no  habiendo  arbi- 
trio para  dejar  de  hacerlo  en  aquel  verso 
del  romance  de  Altisidora  que  se  inserta 
en  el  capitulo  LVII  de  la  segunda  parte  : 

De  Londres  á  Ingalaterra. 

2.  También  se  llama  Maese  Nicolás 
el  barbero  que  introduce  Cervantes  en 
el  entremés  de  la  Cueva,  de  Salamanca. 
Tendría  quizá  alusión  á  persona  deter- 
minada. 

3.  Llamabas"  Alfebo:  era  hijo  del 
Emperador  de  Constantinopla  Trebacio, 
y  su  historia,  obra  y  producción  de 
varios  ingenios,  es  una  de  las  más 
pesadas  y  fastidiosas  entre  las  caballe- 
rescas. 

4.  .\mbos  eran  hijos  de   Perión,  Rey 


de  Gaula,  y  de  Elisena,  bija  de  Garinter, 
Rey  de  Bretaña.  Siendo  Galaor  niño  de 
dos  años  y  medio,  le  robó  el  gigante 
Gondalac,  y  lo  dio  á  criar  á  un  ermi- 
taño de  santa  vida.  Su  hermano  Amadís. 
que  era  el  mayor,  le  armó  caballero  sin 
«conocerle.  Después  hizo  grandes  haza- 
ñas, unas  veces  junto  con  su  hermano 
y  otras  sin  él.  Se  parecían  tanto,  que 
solíanequivocarse,  salvo  que  Don  Galaor 
era  algo  más  alto  y  menos  grueso. 
Finalmente  fué  Rey  de  Sobradisa.  por 
su  matrimonio  con  la  hermosa  Brio- 
lanja,  hija  del  Rey  Tagadán,  y  heredera 
de  aquel  estado.' —  EÍ  Barbero  tachaba 
á  Amadís  de  llorón  (>.) :  los  apasionados 
de  Amadís  pudieran  responderle  que 
también  lo  fué  Eneas. 

5.  Famoso  caballero  castellano  que 
floreció  á  fines  del  siglo  xi.  Habiendo 
perdido  lagraciadel  Rey  Don  Alonso  VI, 
salió  desterrado  de  sus  dominios  con 
una  considerable  comitiva  de  parientes 
y  allegados,  y  pasó  su  vida  haciendo 
ia  guerra  á  los  moros.  Las  hazañas  del 
Cid  andan  mezcladas  con  exageraciones 

([)  El  señor  Cortejón.  en  su  magnífica  edi- 
ción del  Quijote,  ya  citada  (tomo  I,  pág.  57) 
aduce  varios  pasajes  del  Amadis  para  confir- 
mar la  justicia  con  que  Maese  Xicolás  adju- 
dicaba á  dicho  héroe  la  nota  de  Uoi-ón.  Di- 
chos pasajes  se  hallan  :  en  el  libro  I,  cap.  xii 
V  xvH  ;  en  el  libro  II,  cap.  ni,  y  en  el  li- 
bro IV,  cap.  xxvni.  (M.  de  T.) 


8 


DON    yLlJOTK    DK    r,.\    MANCHA 


con  el  Caballero  de  la  Ardiente  Espada  ^  que  de  solo  un  revés 
había  partido  por  medio  dos  íieros  y  descomunales  gigantes.  Mejor 
estaba  con  Bernardo  del  Carpió  -,  porque  en  Roncesvalles  había 
muerto  á   Roldan  el  encantado^,   valiéndose   de  la  industria  de 


y  rumores  populares;  pero  consta  que 
llegó  á  conijuistar  á  Valencia,  cuyo 
seüorío  mantuvo  hasta  su  muerte. 
Después  de  ésta,  evacuaron  la  ciudail 
los  cristianos  y  se  retiraron  á  Castilla, 
llevándose  las  riquezas,  mujer,  hijas  y 
cadáver  del  Cid. 

1.  Asi  se  llamaba  Amadís  de  Grecia, 
según  refiere  su  historia,  porque  tenia 
estampada  en  el  pecho  una  espada 
bermeja  á  manera  de  brasa,  y  como  tal 
quemaba,  hasta  que  el  sabio  Alquile  le 
curó  de  esta  incomodidad.  Su  coronista 
le  hace  unas  veces  nieto  y  otras bi /.nielo 
de  Amadís  de  Caula.  No  encuentro  en 
la  historia  de  Amadís  de  Grecia  pasaje 
donde  se  cuente  haber  partido  por 
medio  de  un  solo  revf'x  dos  fieros  y 
descomunales  gif/unl es ;  pero  D.  Quijote 
solía  leer  en  su  acalorada  fantasía  lo 
que  no  había  en  sus  libros  :  así  lo  hizo 
más  de  una  vez.  como  lo  veremos  en 
el  discurso  de  estas  notas. 

2.  Bernardo  del  Carpió  es  uno  de  los 
héroes  m.is  celebrados  en  nuestras 
crónicas  y  romances,  á  pesar  de  que 
no  ha  faltado  crítico  que  ponga  en  duda 
su  existencia.  De  sus  hazaiJas  hizo  y 
publicó  un  poema  Agustín  Alonso  en 
Tnledo,  el  año  de  1.58.'5.  Se  cuenta  que 
Bernardo  fué  hijo  de  D.  Sancho  Díaz, 
Conde  de  Saldaña,  quien  lo  hubo  á 
hurto  en  Doña  .limeña,  hermana  del 
Rey  D.  Alonso  el  Casto.  A  Bernardo  se 
atribuye  en  los  antiguos  cantares  cas- 
tellanos el  honor  y  prez  de  la  victoria 
de  Uoncesvalles,  donde  al  paso  de  los 
Pirineos  fué  desbaratado  el  ejército  del 
Emperador  Carlomagno. 

3.  En  el  romance  viejo  de  Gaiferos, 
decía  el  Rey  moro  de  Sansueña,  vién- 
dole desde  lejos  pelear  con  singular 
denuedo  : 

Del)e  ser  el  encnnlado 
Ese  paladín  Roldan  : 

tal  era  la  fama  y  nombradía  de  Roldan, 
Rotolando  ú  Orlando,  uno  de  los  doce 
Pares,  que  dio  con  sus  proezas,  verda- 
deras ó  supuesta.'^,  tanta  materia  á  los 
poetas  y  fabulistas.  Sus  hazañas  eran 
conocidas  va   muv  de  antisuo  en  Cas- 


tilla, puesto  que  Gonzalo  de  Berceo, 
•pie  floreció  á  principios  del  siglo  xiii, 
hablando  de  D.  Ramiro,  Rey  de  León, 
en  la  vida  de  S.  Millán  (a),  dice  : 

El  Rey  D.  Ramiro,  un  noble  caballero. 
Que  no)  venzrien  de  esfuerzo  Roldan  ni  01: 

'vero 

Murió,  finalmente.  Roldan,  según  se 
refiere  á  manos  de  Bernardo  del  ('arpio, 
en  Roncesvalles  :  y  no  pudienilo  ser 
herido,  porque  era  encantado,  murió 
como  cuenta  la  fábula  que  muri<'>  á 
manos  de  Hércules  el  gigante  Anteón, 
hijo  de  la  Tierra.  Cuantas  veces  era 
derribado  Anteón,  recibía  nuevas  fuerzas 
y  vigor  de  su  madre;  y  echándolo  de 
ver  Alcides,  tomó  el  medio  de  sofocarlo 
entre  los  brazos,  teniéndolo  suspendido 
en  el  aire. 

Nicolás  de  Espinosa,  poeta  castellano, 
que  se  atrevió  á  continuar  el  Orlando 
furioso  de  Ariosto.  describe  así  la 
muerte  de  Roldan  al  fin  del  canto  35  : 

Bernaldo  aprieta  el  cuerpo  valeroso 
Con  la  furia  mayor  que  allí  ha  podido, 
Faltando  l'espiritu  congojoso 
De  los  moi-lales  golpes  que  ha  sufrido. 
Desmaya  el  brazo  que  fué  sanguinoso, 
Sobrado  del  del  Carpió  fué  vencido, 
L  alma  del  gran  Orlando  sube  al  cielo, 
Que  tan  temido  fué  por  todo  el  suelo. 

Espinosa  quiso  remedar  á  Ariosto,  é 
hizo  lo  que  la  rana  ion  el  buey  de  la 
fábula.  Su  obra  se  imprimió  en  Amberes 
el  año  de  15.%.  y  después  se  reimpri- 
mió en  Alcalá  de  Henares  (x). 

[fi)  Copla  412. 

(y.)  Influido  sin  duda  por  la  pedestre  é 
implacable  critica  de  Ilermosilla  contra  Jil 
fíernardo,  de  nuestro  poeta  Balbuena,  no  lo 
menciona  Clemencín  en  este  pasaje,  y  sin 
embargo  bien  merecía  ser  mencionado.  Como 
dice  uno  de  sus  biógrafos.  » la  crítica  más 
exigente  no  i)'idrá  menos  de  celebrar  las  mu- 
chas y  gi'andes  bellezas  en  él  derramadas, 
viéndose  obligada  á  reciUTir  al  fíernardo, 
siempre  f|ue  haya  que  presentar  modelos  de 
magníficas  y  fastuosas  descripciones  donde 
resalte  el  tono  elevado  y  majestuoso  de  la 
trompa  épica ».  '  (M.  de  T.) 


l'l(lMi:i(\    l'AlilK. 


CAI>m  I.O    IMIIMKIIO 


9 


Hércules  cuando  ahogó  á  Anteo (>),  el  hijo  de  la  Tierra,  entre  los 
brazos.  Decía  mucho  bien  del  gigante  Morgante',  porque  con  ser 
de  aquella  generación  gigantea,  que  todos  son  soberbios  y  desco- 
medidos^, él  solo  era  afalile  y  bien  criado.  Pero  sobre  lodos  estaba 
bien  con  Reinaldos  de  Monialbán  •',  y  más  cuando  le  veía  salir  de 


1.  Morgante,  Pasamonte  y  Alabastro, 
tres  ñeros  ^'¡gantes  ó  jayanes  que  hacían 
cruda  guerra  ;l  los  monjes  de  una  aba- 
día situada  en  los  contines  de  país  de 
paganos.  Iloldí'ui  mató  á  los  dos  últi- 
mos, y  convirti(')  á  la  fe  de  Cristo  al 
primero  :  el  cual,  de  allí  en  adelante, 
lué  compañero  de  Roldan  en  sus  aven- 
turas, como  más  largamente  cantó 
Ludovico  l'uKiensu  historia.  Jerónimo 
Auner,  valenciano,  tradujo  por  man- 
dado de  una  dama,  según  él  mismo 
refiere  en  su  prólogo,  el  libro  de  Mor- 
gante, y  lo  publicó  en  Valencia  el  año 
de  1.J.15.  Caso  semejante  al  de  Morgante 
y  Roldan  (uéel  de  Fierabrás  y  Oliveros 
en  la  historia  de  Carlomagno,  y  el  de 
Matroco  y  Esplandián  en  las  Sergas. 
Los  vencidos  se  convirtieron,  y  abraza- 
ron la  fe  de  sus  vencedores. 

2.  Tales  los  pintan,  con  pocas  excep- 
ciones, los  libros  caballerescos,  como 
se  ve  por  infinitos  pasajes,  y  la  misma 
ideadlo  de  ellos  la  mitología  gentílica, 
empezando  por  los  Titanes.  Amadís  de 
Grecia,  hablando  con  el  eigante  Man- 
droco,  le  manifiesta  su  afecto,  po?-  la 
cortesía,  dice,  que  tu  hermano  y  tú 
conmigo  habéis  usado,  lo  que  muy  pocas 
veces  en  los  de  vuestro  linnje  acaescio  : 
así  se  cuenta  en  la  tercera  parte  de 
D.  Florisel  de  Niquea.  En  la  Historia 
del  Caballero  de  la  Cruz  (a),  el  Caba- 
llero de  Cupido  responde  .1  un  gigante 
que  le  preguntaba  si  era  él  quien  mató 
á  su  cormano  Argofeo  :  gigante,  y  o  soy 
el  que  mató  á  ese  gigante  Argofeo,  mas 
no  á  traición,  como  tú  dices  :  antes  tú 
y  los  de  tu  generación  sois  traidores. 
informando  un  caballero  á  Amadís  de 
Gaula  acerca  de  las  calidades  del  gi- 
gante Balan,  señor  de  la  ínsula  de 
Torrebermeja,  le  decía  :  su  condición  y 
manera...  es  mny  dioersa  y  contrai-ia 
rí  la  de  otros  gigantes,  que  de  natura 
son  soberbios  ]i  follones,  y  éste  no  lo  es, 
antes  muy  sosegado  é  inuy  verdadero 
en  todas  sus  cosas,  tanto,  que  es  mara- 
villa  que  hombre    que  de    tal   linaje 

¡a)  Lib.  II,  caí).  XXXI. 


venga,  pueda  ser  tan  apartado  de  la 
co7idición  de  los  otros  (a).  Morgante  y 
.Matroco,  arriba  nombrados,  se  aparta- 
ron también  de  la  regla  general,  mas 
no  fueron  solos.  El  gigante  Trasilcón, 
después  de  haber  peleado  con  el  Caba- 
llero de  la  Cruz,  fué  su  grande  y  fiel 
amigo,  como  se  ve  por  su  historia  (A). 
Puede  agregárseles  asimismo  el  gigante 
Argamonte,  señor  de  la  ínsula  de  la 
Hojablanca,  que  vencido  por  Cuadra- 
gante,  señor  de  Sansueña.  se  preseutó 
al  Emperador  de  Constantinopla  con  su 
mujer  Almatrafa  y  su  nieto  Arrladil 
Canileo,  convertidos  ya  todos  á  la  fe  de 
Cristo,  y  le  sirvió  en  la  defensa  de  su 
capital  contra  el  Rey  Armato  [c).  Mas 
á  pesar  de  estas  excepciones,  la  raza  de 
los  gigantes  hace  generalmente  mala 
figura  en  las  crónicas  caballerescas,  y 
conforme  á  éstas,  dice  después  Dox 
Quijote  en  el  capítulo  VIH,  que  era  gran 
servicio  de  Dios  quitar  tan  mala  si- 
miente de  soljre  ¡a  haz  de  la  tierra. 

:5.  Uno  de  los  doce  Pares  de  Francia, 
rival  de  D.  Rold;in,  que  hace  uno  de 
los  principales  papeles  en  Ariosto,  en 
ios  romances  y  en  otros  libros  de  en- 
tretenimiento, y  que,  sin  embargo  de 
ésto,  ni  siquiera  se  nombra  en  la  his- 
toria vulgar  de  Carlomagno,  publicada 
por  Nicolás  de  Piamonte.  que  todos 
hemos  leído  en  nuestra  niñez. 


(n)  Amadís  de  Gaula,  cap.  CXXVIII.  — 
ib)  Caps.  LXXXVIII  y  LXXXIX.  —  ¡c]  Li- 
siiarte  de  Grecia,  cap.  XII,  XXI  y  XXII. 


(>.)  Con  excelente  acuerdo  restablece  el  se- 
ñor Cortejen  el  nombre  de  Anten,  que,  á  no 
dudar,  empleó  Cervantes,  y  lamenta  el  error 
en  que  incurrieron  los  primeros  editores  al 
poner  Acteón,  personaje  mitológico,  conver- 
tido en  ciervo  por  haber  sorprendido  invo- 
luntariamente á  Diana  en  el  baño,  y  despe- 
dazaiio  por  sus  mismos  perros.  Lo  más  triste 
es  que  Clemencín  repite  una  y  otra  vez  el 
error  en  su  comentario.  El  mismo  Cervantes, 
en  la  parte  II  del  Quijote,  cap.  lviii,  alude 
al  indicado  suceso,  y  allí  también  ponen  los 
editores  Acteón;  peí  o  Clemencín  lo  rectifica. 
.(.VL  de  T.) 


10 


DON    QLlJüTK    ni:    :.A    MANCHA 


SU  castillo,  y  robar  cuantos  topaba,  y  cuando  en  Allende  robó  aquel 
Ídolo  de  Mahoma  \  que  cvn  lodo  de  oro,  según  dice  su  historia. 
Diera  él,  por  dar  una  mano  do  coces  al  traidor  de  rialalón'-^,  al  ama 
que  tenía  y  aun  á  su  sobrina  de  añadidura.  En  efecto ;  rematado 
ya  su  juicio,  vino  á  dar  en  el  más  extraño  pensamiento  que  jamás 
dio  loco  en  el  mundo,  y  fué  que  le  pareció  convenible  y  necesario, 
asi  para  el  aumento  de  su  honra  como  para  el  servicio  de  su  repú- 
blica, iiacerse  caballero  andante  y  irse  por  todo  el  mundo  con  sus 
armas  y  caballo  á  buscar  las  aventuras,  y  á  ejercitarse  en  todo 
aquello  que  él  había  leído  que  los  caballeros  andantes  se  ejercita- 
ban, deshaciendo  todo  género  de  agravio,  y  poniéndose  en  ocasiones 
y  peligros,  donde  acabándolos  cobrase  eterno  nombre  y  fama.  Ima- 
ginábase el  pobre  ya  coronado  por  el  valor  de  su  brazo,  por  lo 
menos  del  imperio  de  Trapisonda^;  y  así,  con  estos  tan  agradables 


1.  Allende,  en  nuestros  libros  anti- 
guos, es  equivalente  de  Ultramar  ó  de 
allende  el  mar,  como  se  dice  otras 
veces.  El  Hey  D.  Alonso  el  Sabio,  diri- 
giendo el  libro  de  las  Querellas  ;í  un 
vasallo  y  amigo  suyo,  le  decía  : 

A  ti,  Diego  Prrez  Sarmiento,  leal 
Coiinano  éamif,")  é  firme  vasallo. 
Lo  que  á  míos  homes  de  mita  les  callo. 
Entiendo  decir,  plaiumdo  mi  mal. 
A  ti.  que  quitaste  la  tierra  é  cabdal 
Por  las  mis  faciendas  en  Roma  é  Allende, 
Mi  péndola  vuela,  escóchala  dende, 
Ca  p-ita  doliente  con  fabla  mortal  (;i). 

ídolo  de  Malioma.  Entre  los  maho- 
metanos no  hay  ídolos,  antes  al  con- 
trario, está  prohibida  toda  clase  de 
iiu.igenes,  como  li.»  estaba  á  los  hebreos 
por  la  ley  de  Moisés  :  y  ios  pocos 
Califas  que  acuñaron  moneda  con  sus 
bustos,  están  reputados  por  hetero- 
doxos entre  los  musulmanes.  Sin  em- 
bargo, en  los  libros  de  caballerías  suele 
mencionarse  el  uso  de  id  oíos  de  Mahoma. 
En  una  batalla  que  refiere  la  lUs/oria 
de  Tirante  el  ñlanco  (a),  el  Rey  de 
Túnez  llevaba  un  Mahoma  de  oro  sobre 
su  almete.  La  Ilislorin  de  Carlomagno, 
describiendo  la  habitación  de  Floripes, 
dice  (6),  que  en  el  sobrado  de  la  cámara 

(;i;  I.a  crítica  moderna  ha  puesto  en  claro 
que  el  libro  de  Ijih  Qxierellas  fué  una  ficción 
de  Pellicer  y  que  los  versos  aquí  citados  son 
una  superchería  del  mismo  Pellicer.  inven- 
tada con  un  fin  interesado.  Así  se  desprende 
de  los  trabajos  del  seiJor  Cotarelo.  va  citado. 
(M".  de  T.) 

{o)  Parle  IV.  —  (A)  Cap.  XXVII. 


estaba  pintado  el  cielo  de  mano  de  un 
muy  gran  maestro  con  los  planetas  ij 
signos  :  y  en  medio  estaba  la  imagen  de 
Mahomet,  maciza,  de  oro  fino,  tan 
grande  como  un  hombre.  Los  que  a^ 
escribieron  fie  los  mahometanos,  no 
los  conocían  Con  igual  ignorancia  so- 
lían nuestros  romancistas  y  otros  es- 
critores llamar  paganos  á  los  moros,  si 
pac/ano  equivale  ;i  idólatra,  como  se 
deduce  de  varios  documentos  históri- 
cos, ün  es'Titor  respetable  observa  que 
del  clero  latino  esparcido  en  el  Oriente 
durante  los  dos  siglos  de  las  Cruzadas, 
no  hubo  «  casi  nadie  que  se  aplicase  á 
estudiar  las  lenguas  orientales,  tan  ne- 
cesarias para  conocer  la  religión,  leyes 
é  historia  de  los  musulmanes,  y  para 
no  incurrir  en  errores  groseros,  diciendo, 
como  hicieron  algunos  de  ellos,  que 
adoraban  ;l  Mahoma  y  tenían  ídolos 
suyos  »  (a). 

2.  El  Conde  Galalón  de  Maganza, 
por  cuya  traición  se  refiere  que  murie- 
ron en  Houcesvalles  los  doce  Pares  de 
Francia.  Se  hace  larga  memoria  de  él 
en  muchos  libros  de  caballerías,  y 
señaladamente  en  las  historias  de  Gar- 
lomagno  y  Morgante. 

3.  Trapisonda,  ciudad  situada  en  la 
costa  meridional  del  Mar  Negro,  y 
capital  del  imperio  de  este  nombre,  que 
fué  una  de  las  cuatro  partes  en  que  se 
dividió  el  imperio  griego  por  los  años 
de  1220.  á  saber  :  Constantinopla,  Tesa- 
lónica,  Trapisonda  y  Nicea.  La  familia 

[n]  Fleurn,  disc.  V  sobre  la  Hist.  Ecl.  n.  •"■. 


IMtlMKIi.V    PAUIK.     —    CAPÍTl  r.d    IMllMKliO  H 

|)(íns;uiiienlos,  lloviitio  del  exlraño  gusto  (\ue  en  ellos  sentía,  se  dio 
piicsa  ú  poner  en  electo  lo  (|ii(>  deseaba.  \  lo  priiiKM-o  que  hizo  fué 
l¡ni|)iai-  unas  ai  mas  (|n(í  habían  sido  de  sus  bisabuelos',  que  torna- 
das de  orín  y  llenas  de  moho,  luengos  siglos  había  que  estaban 
puestas  y  olvidabas  en  un  rincón  Limpiólas  y  aderezólas  lo  mejor 
que  pudo;  pero  vio  (jue  tenían  una  gran  falta,  y  era  que  no  tenían 
celada  de  encaje,  sino  morrión  simple:  masa  esto  suplió  su  industria, 
porque  de  cartones  hizo  un  modo  de  media  celada,  que,  encajada 
con  el  morrión,  hacía  una  apariencia  de  celada  entera.  Es  verdad 
que  para  probar  si  era  fuerte,  y  podía  estar  al  riesgo  de  una  cuchi- 
llada, sacó  su  espada  y  le  dio  dos  golpes,  y  con  el  primero  y  en  un 
punto  deshizo-  lo  que  había  hecho  en  una  semana  :  y  no  dejó  de 


de  los  Coninenos  fué  la  que  reinó  en 
Trapisonda  hasta  el  año  de  14G1,  en 
que  se  entregó  á  Mahomet  11.  el  mismo 
que  ya  había  tomado  á  Constanlinopla 
el  de  1453.  Estuvieron  de  paso  en  Tra- 
pisonda los  enihajaiiores  (pie  el  Rey  de 
.Castilla  D.  Enrique  el  Enfermo  envió 
con  regalos  ;í  Tamerkin  el  año  de  t4ü;i, 
según  el  Ilinerario  de  fíui  (r¡mzález  de 
Clavija,  uno  de  ellos,  donde  se  refieren 
los  obsequios  que  les  hicieron  el  Em- 
perador y  su  hijo,  cuyos  nombres, 
aunque  desfigurados  en  el  Itinerario, 
parece  que  fueron  Basilio  1  y  Alejo  II. 
(Jomo  los  más  de  los  libros  caballeres- 
cos se  refieren  á  los  siglos  de  la  Edad 
Media,  no  es  extraño  que  pn  ellos  se 
haga  tan  frecuente  mención  del  imperio 
de  Trapisonda.  Según  la  Historia  de 
D.  Belianis,  su  Emperador  concurrió 
en  ayuda  del  Gran  Tártaro  al  asedio  de 
Babilonia  :  Amadís  de  Grecia  fué  Em- 
perador de  Trapisonda  ;  hija  de  Teo- 
doro, Emperador  de  Trapisonda,  fué  la 
princesa  Claridiana.  con  (juien  vino  á 
casar  el  Caballero  del  Febo.  Así  que 
tampoco  fué  extraño  que  D.  Quijote, 
infatuado  conln  lectura  de  tales  libros, 
se  figurase  coronado  Emperador  de 
Trapisonda.  En  la  Historia  de  los  Tro- 
vadores se  refiere  que  Pedro  Vid-d,  que 
lo  fué  en  el  siglo  xii,  hnbiendo  pasado 
á  Palestina,  se  llenó  la  cabeza  de  fan- 
tasmas de  caballerías  y  grandezas,  y 
perdió  el  juicio.  Mis  enemir/os.  decía  en 
una  de  sus  composiciones,  liemlilan  al 
oir  mi  nombre  como  la  codorniz  ante 
el  milano...  (.a  tierra  tiembla  cuando 
me  ri<:fo  el  nrncs  y  ciño  la  espada,  (lasó 
en  Chipre  coa  una  griega,  de  quien  se 
le  hizo  creer  que  era  sobrina  del  Em- 


perador de  Oriente  :  tomó  el  título  de 
Emperador,  hizo  tomar  á  su  mujer  el 
de  Emperatriz,  se  revistió  de  U<s  orna- 
mentos de  esta  dignidad,  hacía  llevar 
un  trono  delante  de  sí,  y  ahorraba 
cuanto  podía  para  conquista  reí  imperio 
que  miraba  t:omo  herencia  propia. 
Murió  el  año  de  1229.  De  otro  loco  por 
este  estilo,  llamado  .Menécrates,  hay 
memoria  en  la  historia  de  la  antigua 
Grecia:  y  ambos  pertenecieron  á  la 
misma  cofradía  qup  D.  Quijote. 

1.  En  las  actas  ilel  capítulo  que  ce- 
lebró la  orden  de  Calatrava  en  Madrid 
el  año  de  1532,  se  acordó  que  la  Orden 
mantuviese  300  lanzas,  y  que  las  armas 
fuesen  celada  horaoTiona.  (jola,  coraza 
con  .fu  ristre  y  escarelas  laryas,  bra- 
zales, fjuardabrazos  y  gttari teleles  y 
lanza  de  armas  con  hierro  de  punta  de 
diamante.  La  coraza  comprendía  peto 
y  espaldar  ;  la  celada  borgoñona  dejaba 
descubierto  el  rostro:  la  visera  le  de- 
fendía, pero  sin  impedir  la  vista:  el 
morrión,  yelmo  c)  almete  cubría  lo  res- 
tante de  "la  cabeza:  el  morrión  conla 
babera  ó  encaje  formaba  la  celada  en- 
tera, cuya  parte  inferior  faltaba  á  la  de 
D.  Quijote.  Por  lo  que  sigue  á  la  aven- 
tura del  vizcaíno,  se  ve  que  llevaba 
loriffa:  y  grevas  v)  por  lo  que  se  refiere 
en  la  de  los  galeotes. 

2.  Si  con  el  primer  golpe  deshizo  lo 
hecho,  ,:  dónde  dio  el  segundo  ?  Pero 
Cervantes  no  pensaba  mucho  en  estas 
cosas. 


(v)  La  Academia  escribe  grcba,  aunque  le 
asigna  etimología  equivocada,  pues  es  indu- 
dable que  viene  del  francés  grere,  que  tiene 
origen  germánico.  (M.  de  T.) 


12 


DON    QL'IJOTF.    DL    I.A    MANCHA 


parecerle  mal  la  facilidad  con  que  la  bahía  hecho  pedazos',  y  por 
asegurarse  desle  peligro,  la  tornó  á  hacer  de  nuevo  poniéndole  unas 
barras  de  hierro  por  de  denlro,  de  tal  manera,  que  ól  quedó  satis- 
fecho de  su  fortaleza,  y  sin  querer  hacer  nueva  experiencia  della,  la 
diputó  y  tuvo  por  celada  finísima  de  encaje.  Fué  luego  á  ver  á  su 
rocín,  y  aunque  tenia  más  cuartos  que  un  reaP,  y  más  tachas  que 
el  caballo  de  Gonela,  (|ue  lantum  pellis  el  ossa  fnit,  le  pareció  que 
ni  el  Bucéfalo  de  Alejandro,  ni  Babieca  el  del  Cid  con  él  se  igua- 
laban^. Cuatro  días  se  le  pasaron  en  imaginar  qué  nombre  le  pon- 
dría; porque  ísegún  se  decía  él  á  sí  mismo)  no  era  razón  que  caballo 
de  caballero  tan  famoso  '',  y  tan  bueno  él  por  sí,  estuviese  sin  nom- 


1.  Todo  lo  contrario;  no  dejó  de  pa- 
recerle bien.  Para  conservar  la  palahra 
7uaZ,  era  menester  decir  :  y  no  le  pare- 
ció malla  facilidad,  etc.  Por  lo  demás, 
la  idea  es  graciosa  y  oportuna. 

2.  Citarlos  significa  una  moneda  de 
corto  valor,  de  que  en  algún  tiempo, 
según  indica  el  mismo  nombre,  hubie- 
ron de  entrar  cuatro  yahoraentranorbo 
y  medio  en  un  real :  y  también  significa 
una  enfermedad  larga  é  impertinente 
que  las  caballerías  suelen  padecer  en  los 
cascos  de  pies  y  manos.  De  esta  doble 
significación  nace  el  equívoco  y  lagracia 
del  presente  pasaje.  Pedro  Gonela  fué 
aibardánó  bu  ton  de  un  marqués  ó  duque 
de  Ferrara  en  el  siglo  xv.  cuyo  caba- 
llo (í),  por  su  flaqueza  y  extenuación, 
dio  motivo  (i  chistes,  que  se  lefieren  en 
la  colección  de  los  de  aquel  juglar,  im- 
presa el  año  de  lo68,  y  de  que  hacen 
mención  D.  Juan  Bowle  y  D.  Juan  Anto- 
nio Pellicer.  El  primero  observó  ya  que 
el  pellis  ef  ossa.  que  se  aplicó  al  caballo 
de  Gonela,  viene  de  Plauto,  que  en  su 
comedia /1í<^m/'í/-ící  usó  de  esta  e-xpresión 
para  ponderar  lo  flaco  que  estabaun  cor- 
dero, y  aun  añadió  que  se  le  clareaba 
la  piel  y  se  le  veían  las  tripas.  El  ca- 
ballo de  Gonela  es  un  quid  pro  quo  de 
la  jaca  de  Velasquillo,  otro  truhán 
español,  posterior  á  Cervantes,  cuya 
jaca  quedó  también  en  proverbio  Go- 
nela. á  pesar  de  su  profesión  de  buen 
bunior.  murió  de  pasión  de  ánimo,  sin 
herida  ni  calentura. 

3.  A  la  mención  de  las  jacas  de 
Gonela  y  de  Velasquillo  sucede  la  délos 

(;)  Ctnjo  caballo  se  refiere  al  duque  y  no  á 
Goneln.El  niaestm  incurre  ácnda  momonto 
en  estos  (.ieslices  de  sintaxis.      (M.  de  T.) 


bridones  de  .AJejandro  Magno  y  del  Cid 
El  de  Alejandro  se  llamó  Bucéfalo,  que 
significa  Cabeza  de  Bue>/,  ó  porque  ósta 
era  su  marca,  propia  de  una  de  las  razas 
más  apreciadas  de  Tesalia,  ó  por  la  an- 
chura de  su  frente,  semejante  en  esto 
á  la  de  un  toro,  .\seguran  que  sólo  se 
dejaba  montar  de  Alejandro.  Matáron- 
selo  en  la  batalla  contra  Poro,  y  Ale- 
jandro edificó  en  su  honor  una  ciudad, 
ü  que  puso  el  nombre  de  Bucefalia, 
como  dice  Plutarco. 

Del  Babieca  se  cuenta  que,  siendo 
potro,  lo  eligi('iel  Cidá  pesar  de  súmala 
tra/a ;  que  en  adelante  se  hizo  famoso 
y  sirvióásu  dueño  enlodas  sus  guerras, 
y  que  después  del  fallecimiento  de  Rui 
Díaz, condujo  su  cadáver  desde  ^^■^lcncia 
á  Cárdena.  El  Poema  anlirjno  del  Cid 
refiere  de  otro  modo  los  principios  de 
Baliieca :  dice  que  lo  ganó  de  los  moros 
el  Campeador  estando  en  Valencia  ;  que 
lo  probó  el  día  que  salió  de  aquella 
ciudadárecibirásu  mujer  Doña  Jimena, 
que  venía  de  Castilla  a  buscarle;  que 
en  estas  pruebas  quedaron  todos  mara- 
villados de  su  bondad,  y  que 

Des'  día  se  preció  Babieca  en  cuant  grant 
[fué  España  (a). 

Según  la  primera  relación.  Babieca 
fué  castellano :  según  la  segunda,  an- 
daluz, ó  acaso  árabe. 

4.  Esta  anticipación  de  la  fama  futura 
en  la  mollera  del  pobre  D.  Quijote  es 
pincelada  magistral  en  el  retrato  del 
héroe,  y  pertenece  á  aquel  ridiculo,  de- 
licado y  exquisito  que  tanto  resplandece 
en  infinitos  pasajes  del  Ingenioso  Hi- 
dalgo. 

'a)  v.  LV.in. 


IMtlMKHA    PAUTE. 


cAPÍTír.n  pniMERO 


13 


hre  conocido,  y  íisí  ftrociiiviha  acomodársele  de  manera  que  d(;cla- 
rase  «juií'n  liabía  sido  antes  (|ue  fuese  del  caballero  andante,  y  lo 
(jue  era  entonces  :  pues  estaba  mny  puesto  en  razón  que  mudando 
su  señor  estado,  mudase  él  también  el  nombre,  y  le  cobrase  famoso 
y  de  estruendo,  como  convenía  á  la  nueva  orden  y  al  nuevo  ejer- 
cicio que  ya  [)rofesaba  *  :  y  así,  después  de  muchos  nombres  que 
formó,  borró  y  quitó,  añadió,  deshizo  y  tornó  á  hacer  en  su  memo- 
ria é  imaginación,  al  fin  le  vino  á  llamar  Rocinante^  nombre  á  su 
parecer  alto,  sonoro  y  significativo  de  lo  que  había  sido  cuando  fué 
rocín  (»),  antes  de  lo  que  ahora  era,  que  era  antes  y  primero  de  todos 
los  rocines  del  mundo  -.  Puesto  nombre  y  tan  á  su  gusto  á  su  ca- 
ballo, quiso  ponérsele  así  mismo,  y  en  este  pensamiento  duró  otros 
ocho  días  ^,  y  al  cabo  se  vino  á  llamar  D,  Quijote  (o) :  de  donde,  como 
queda  dicho,  tomaron  ocasión  los  autores  desta  tan  verdadera  his- 
toria, que  sin  duda  se  debía  llamar  Quijada,  y  no  Quesada'',  como 
otros  quisieron  decir.  Pero  acordándose  que  el  valeroso  Amadís  no 
sólo  se  había  contentado  con  llamar-e  Amadis  á  secas,  sino  que 
añadió  el  nombre  de  su  reino  y  patria  por  hacerla  famosa,  y  se 
llamó  Amadís  de  Gaula,  así  quiso,  como  buen  caballero,  añadir  al 
suyo  el  nombre  de  la  suya,  y  llamarse  Z).  Quijote  de  la  Mancha'^, 


1.  Adviértase  que  aquí  se  habla  de 
Rocinante  ;  y  la  profesión  de  la  Orden 
de  Caballería,  aplicada  al  rocín  de  Don 
Quijote,  participa  también  eminente- 
mente del  ridículo  general  de  la  fábula 
y  del  humor  festivo  de  su  autor. 

2.  Quiere  decir  que  el  nombre  de 
RocÍ7iante,  puesto  por  D.  Quijote  á  su 
caballo,  indicaba  que  había  sido  rocín 
antes,  y  que  continuaba  siendo  el  ante- 
rocín  ó  primero  y  mayor  rocín  de  todos 
los  rocines  del  mundo.  Ya  se  sabe  que 
la  palabra  rocín  significa  comúnmente 
un  caballo  ñaco, de  mala  figura  y  poco 
valor. 

3.  El  verbo  durar  se  dice  ordinaria- 
mente de  lascosas,yno  délas  personas. 
De  éíítas  se  dice  que  perseveran  ;  voz 
más  general  que  se  aplica  también  á 
las  cosas. 

4.  Falta  algo  :  tomnron  ocasión  de 
afirmar  los  autores,  etcétera,  y  pudo  ser 
omisión  de  la  imprenta.  Lo  mejor  hu- 
biera sido  suprimir  todo  este  período, 
que  ni  es  necesario  ni  está  en  armonía 
con  lo  que  se  dijo  sobre  este  punto  al 
principio  del  capítulo. 

5.  Quijote  es  la  parte  de  la  armadura 
que  cubría  el  muslo,  y  pudo  venir  del 
francés  cuisse.   Cervantes   escogió  con 


oportunidad  el  nombre  de  su  protago- 
nista entre  los  de  las  piezas  propias  de 
la  profesión  caballeresca ;  y  entre  éstos 
dio  la  preferencia  al  de  la  terminación 
en  ote,  que  en  castellano  se  aplica  ordi- 

(=)  Cuando  fué  rocín.  —  La  frase  está  en- 
maiañada,  aunque  el  sentido  se  comprende. 
El  señor  Cortejen  cree  darle  mayor  claridad 
con  po'ner  punto  y  coma  después  del  primer 
antes,  en  esta  forma  :  «  nombre  d  su  parecer 
alto,  sonoro  y  siíjmficalivo  de  lo  que  había 
sido  cuando  fué  rocín  antes;  de  lo  que  ahora 
era,  etc.  ».  Me  parece  el  remedio  peor  que 
la  enfermedad,  como  vulgarmente  se  dice. 
(M.  de  T.) 

(o)  Quijote.  —  Hace  notar  el  señor  Cortejón 
que  no  solamente  ha  entrado  esta  palabra  en 
el  caudal  de  nuestra  lengua  sino  que  ha 
dado  lugar  á  los  derivados  :  quijotada,  qui- 
joleria,  quijote-ico  y  quijotismo;  y  hasta  pro- 
pone, con  la  autoridad  del  cervantista  señor 
Pi  y  Molist.  la  adoiición  del  verbo  quijotear. 
Las"  ideas  encarnadas  por  los  nombres  de 
l3.  Quijote  y  Sancho  son  ya  del  dominio  ge- 
neral. Cuando  yo  estudiaba  retórica  recuerdo 
que  mi  excelente  maestro  el  sabio  Escolapio 
P.  Pedro  Al  varez  decía,  hablando  de  los  hom- 
bres de  nuestra  generación,  que  eran  : 
Unos  Sanchos  en  el  alma 
Y  Quijotes  en  el  cuerpo. 

(M.  de  T.) 


li 


DON    QUIJOTE    DE    \.\    MANCHA 


con  que  á  su  parecer  declaraba  muy  al  vivo  su  linaje  y  potria,  y 
la  honraba  con  tornar  el  sobrenombre  della.  Limpias,  pues,  sus 
armas,  hecho  del  morrión  celada,  puesto  nombre  á  su  rocín  y  con- 
firmádose  (p)  á  si  mismo  \  se  dio  á  entender  que  no  le  faltaba  otra 
cosa  sino  buscar  una  dama  de  quien  enamorarse ;  porque  el  caballero 
andante  sin  amores^  era  árbol  sin  hojas  y  sin  fruto,  y  cuerpo  sin 
alma.  Decíase  él :  si  yo  por  malos  de  mis  pecados,  ó  por  mi  buena 
suerte^  me  encuentro  por  ahí  con  algún  gigante,  como  de  ordi- 
üario  les  acohtece  á  los  caballeros  andantes,  y  le  derribo  de  un  en- 
cuentro, ó  le  parto  por  mitad  del  cuerpo  ',  ó  íinalmenle  le  venzo  y 
le  rindo,  ¿  no  será  bien  tener  á  quien  enviarle  presentado,  y  que 
entre  y  se  hinque  de  rodillas  ante  mi  dulce  señora,  y  diga  con  voz 
humilde  y  rendida  :  Yo,  señora,  soy  el  gigante  Caraculiambro,  se- 


nariamente á  cosas  ridiculas  y  despre- 
ciables, como  libróle,  moniyote,  muza- 
cole. 

En  lo  de  tomar  el  apellido  del  nombre 
de  algún  país,  procedió  Don  Quijote  muy 
confíiruie  á  la  práctica  comúnmente 
observada  en  los  libros  de  caballerías, 
donde  además  de  los  ejemplos  de 
Aujadis  oe  Gaula,  Belianís  de  «jrecia  y 
otros  más  conocidos,  halló  lusdel).  Po- 
licisne  de  Boecia,  Gelidón  de  Iberia, 
Florando  de  Castilla, D.  Fénix  deCorinto, 
D.  Frisel  de  Arcadia,  D.  Lucidán  de 
Nuinidia.  Braborante  de  Escitia,  Poli- 
dolfo  de  Croacia,  Brufaldoro  de  Mauri- 
tania, Astorildo  de  Galidunia,  ü.  Con- 
tumeliano  de  Fenicia,  D.  Artibel  de 
Mesopotamia,  y  otros  de  ifíual  calaña. 
Pero  no  es  cierto  que  Amadís  añadió  el 
nombre  de  su  reino  ]/  patria  por  hacerla 
famosa  y  se  llamó  Amadis  de  Gaula, 
porque  Gaula  fué  su  reino,  mas  no  su 
patria (í^),  como  se  ve  por  su  historia. 
Amadís  nació  en  Francia  y  reinó  en 
Inglaterra. 

1.  El  confirmarse  por  mudar  de 
nombre  y  ponerse  otro  nuevo,  es  alu- 
sivo á  la  costumbre  (auuque  poco  fre- 
cuente) de  hacerlo  al  recibir  el  Sacra- 
mento de  la  Confirmación. 

2.  Perdí  oyni  cavalier  ch'e  senza  amare, 
Sen  vista  é  vivo,  é  vivo  senza  cor». 

Asi  lo  dijo  el  Conde  Mateo  Boyardo 

(5)  Filé  su  reino.  —  Hav  en  e«to  una  con- 
liauicción  ó  un  simiile  descuido,  pues  debe 
decir  :  «  fué  su  patria,  mas  no  su  reino  «. 


en  su  Orlando  Innamoralo,  y  lo  copió 
Bowle  sobre  el  presente  pasaje.  De  este 
asunto  se  tratará  con  extensión  en  el 
capítulo  XIII. 

á.  Por  vtalus  de  mis  pecados  :  modo 
adverbial  de  rara  construcción,  como 
otros  que  en  el  estilo  familiar  tiene  el 
idioma  castellano,  sin  que  sea  fácil  se- 
ñalar su  origen.  En  el  capitulo  111  del 
Lazarillo  de  'formes,  obra  de  D.  Diego 
Hurtado  de  .Mendoza  (t),o<;o  dia.  se  dice, 
fuirne  á  un  luriar  que  llaman  Muqueda, 
adonde  me  toparon  mis  pecados  con  un 
clérigo,  etc.  La  frase  de  D.  Quijote  en- 
vuelve, con  algún  énfasis  irímico,  el 
mismo  sentido  que  por  mi  desgracia,  y 
así  lo  indican  las  palabras  siguientes  : 
ó  por  mi  buena  suerte;  y  todH.la.ex^resi6ñ 
viene  á  ser  como  si  se  dijera  por  mi 
mala  6  por  7ni  buena  suerte. 

i.  Esta  y  las  siguientes  expresiones 
manifiestan  bieu  á  las  claras  el  descon- 
cierto del  cerebro  de  nuestro  hidalgo, 
que  llega  á  punto  de  figurarse  un 
gigante  partido  por  el  medio,  que  entra 
y  se  arrodilla  y  dice  :  dulce  señora,  tra- 
tamiento oportuno  hablándose  de  Dul- 
cinea. Los  nombres  del  gigante  y  déla 
Ínsula  son  caballerescos  y  forjados  con 
propiedad  en  la  oficina  risueña  de  Cer- 
vantes. 

(f)  Conflirmádose.  —  El  señor  Cortejón  res- 
tablece, según  el  te.xto  antiguo  :  confirmán- 
dose. (M.  de  T.) 

(t)  Obra  de  D.  Dieno  Hurlado  de  JJendora. 
—  F«  un  orrnr.  segiui  i)Uede  verse  en  la  no- 
ta, \yd-¿.  LX!,  (M.  de  T.) 


I'RIMIMIA    PAItlIC,    —    r.M'lTI  I.O    IMIIMKRO 


I.S 


ñor  do  la  ínsula  Malindiania,  A  (jnicn  venció  o.n  sin^'nlar  batalla  el 
jamás  como  se  dohe  alaba<lo  caballero  D.  (Juijol.e  d(í  la  Mancha,  el 
cual  me  mandó  que  me  presentase  ante  la  vuestra  merced  para  que 
la  vuestra  grandeza  disponga  de  mí  á  su  talante^  ?  ¡  Oh,  cómo  se 
holgó  nuestro  buen  caballero  cuando  hubo  hecho  este  disQurso,  y 
más  cuando  halb)  á  quien  dar  nombre  de  su  dama  !  Y  l'ué,  á  lo  que 
se  cree,  que  en  un  lugar  cerca  del  suyo  había  una  moza  labradora 
de  muy  buen  parecer,  de  quien  él  un  tiempo  anduvo  enamorado, 
aunque  según  se  entiende,  ella  jamás  lo  supo  ni  se  dio  cata  dello. 
Llamábase  Aldonza  Lorenzo-,  y  á  ésta  le  pareció  ser  bien  darle 
título  de  señora  de  sus  pensamientos  :  y  buscándole  nombre  que 
no  desdijese  mucho  del  suyo,  y  que  tirase  y  se  encaminase  al  de 
Princesa  y  gran  señora,  vino  á  llamarla  Dulcinea  del  Toboso, 
porque  era  natural  del  Toboso  :  nombre  á  su  parecer  músico  y 
peregrino  y  significativo,  como  todos  los  demás  que  á  él  y  á  sus 
cosas  había  puesto  ^. 


1.  Á  su  talante,  esto  es,  á  su  volun- 
tad. De  estas  presentaciones  de  los 
vencidos  á  las  señoras  de  los  vence- 
dores hay  infinitos  ejemplos  en  la 
historia  andantesca.  El  gigante  Cinofal, 
llamado  asi  porque  tenía  cabeza  de 
perro,  vencido  por  Aniadís  de  Grecia  y 
enviado  á  la  Princesa  Lúcela,  fincando 
los  fino  jos  ante  ella,  le  dijo  :  Soberana 
Princesa  de  Galaor,  aquel  caballero  de 
la  Ardiente  Espada  quepar  en  el  mundo 
no  tiene,  me  envía  á  la  tu  merced  para 
gue hagas  de  miaquelloque  tu  voluntad 
fuere  :  yo  me  pongo  en  tu  poder  como 
se  lo  prometí  [a). 

2.  La  fórmula  á  lo  que  se  cree  indica 
que  no  hay  certidumbre  ni  seguridad 
de  lo  que  se  cuenta:  y  aquí  no  sucede 
así,  pues  en  repetidos  parajes  de  la 
fábula  se  expresa  que  esta  moza  labra- 
dora, adornada  de  mil  gracias  en  la 
exaltada  fantasía  de  D.  Quijote,  era  la 
verdadera  dama  á  quien  creía  servir 
bajo  el  nombre  de  Dulcinea.  No  es 
muy  exacto  decir  que  el  lugar  de  la 
dama  estaba  cerca  del  de  nuestro  hi- 
dalgo, puesto  que  Argamasilla  de  Alba 
dista  de  ocho  á  diez  leguas  del  Toboso. 
Aldonza  6  Dulce  es  nombre  de  mujer, 
común  antiguamente  en  Castilla,  del 
cual  formó  i).  Quijote  el  de  Dulcinea. 
El  apellido  Lorenzo  es  patronímico,  y 
tiene  la  misma  formación  que  Alfonso, 

Iri)  Ainadi»  d<t  Grecia,  parte  II,  cap.  LT 


Galindo  y  otros  de  su  clase.  Significa 
hija  de  Lorenzo,  y  Dulcinea  lo  era  con 
efecto  de  Lorenzo  Gorchuelo,  como  se 
expresa  en  el  capítulo  XXV  de  esta  pri- 
mera parte.  Oyese  con  frecuencia  este 
apellido  en  España,  y  á  no  ser  por 
ciertas  malicias  que  se  expondrán  á  su 
tiempo,  los  que  lo  llevan  pudieran  coa 
algún  fundamento  aspirar  al  honor  de 
ser  y  nombrarse  parientes  de  nuestra 
heroína. 

No  ha  faltado  quien  diga  que  la  pri- 
sión donde  nuestro  autor  concibió  el 
plan  de  su  obra  fué  en  el  Toboso.  Pero 
este  nombre  suena  infinitas  veces  en  el 
Quijote,  y  de  consiguiente,  no  fué  el 
pueblo  de  cuyo  nombre  no  quiso  acor- 
darse Cervantes,  como  se  dijo  expre- 
samente al  principio. 

El  Toboso  es  villa  antigua  de  la 
¡Mancha,  de  la  Orden  de  Santiago, 
situada  entre  las  de  Miguel  Esteban  y 
Mota  del  Cuervo.  En  una  relación  que 
sus  vecinos  dieron  el  año  de  1577  de 
orden  del  Rey  D.  Felipe  II,  dijeron  que 
el  nombre  le  venía  de  las  muchas  tobas 
ó  piedras  ligeras  y  como  esponjosas 
que  se  encuentran  en  su  territorio.  Su 
principal  industria  era  entonces,  y  aún 
continúa  siéndolo,  la  de  hacer  tinajas, 
y  de  esto  se  hará  mérito  oportuna- 
mente en  el  Quijote. 

3.  Parece  que  se  habla  de  otra  per- 
sona distinta  diciéndose  ú  él,  en  vez  de 
decir  ásr,  que  es  como  debiera  ponerse. 


16 


DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 


La  opinión  común  ha  confirmado  el 
concepto  de  significativos,  que  aqui  se 
da  á  los  nombres  puestos  por  nuestro 
hidalgo,  y  que  con  el  uso  han  adquirido 
la  calidad  de  proverbiales  :  Quijote 
para  denotar  un  liouibrc  infatuado  y 
vano  :  Dulcinea  una  nmjer  amada  me- 
losa y  almibaradamente  (v)  :  liocinaiile 
un  caballo  magro  y  largo,  prllis  lam- 
tum  et  ossa. 


{•))  Amada  melosa  1/  almibaradamente.  — Son 
dos  adverl)ios  calific.ilivos  tan  cur»i»  y  rani- 
¡)lones  como  inútil'ts,  pues  no  suele  nadie 
amar  avitiai/radatiii-nlr.  a  no  ser  el  diablo.  ísin 
duda  por  eso  se  ha  dicho  :  Tanto  quiso  el 
diablo  (i  su  hijo  i/ue  le  xalló  uu  ojo.  Por  lo 
demás,  es  admirable  el  fíeniode  Cervantes  al 
dar  nombre  á  sui  persi majes  tan  signiüca- 
tivos,  propios  y  armoniosos  que  no  es  po- 
sible creer,  corno  supusieron  La  liarrera, 
Benjuniea  y  otros  críticos,  que  son  simples 
anagramas  de  personajes  históricos. 

(M.  de  T.) 


CAPITULO  II 


OUK    TRATA    DE    LA    PRIMERA    SALIDA    QUE    DE    SU    TIERRA    HIZO 
EL    INGENIOSO    D.    QUIJOTE 

Hechas,  pues,  estas  prevenciones',  no  quiso  aguardar  más 
tiempo  á  poner  en  efecto  su  pensamiento,  apretándole  á  ello  la 
falta  que  él  pensaba  que  hacía  en  el  mundo  su  tardanza-,  según 
eran  los  agravios  que  pensaba  deshacer,  tuertos  que  enderezar^, 
sinrazones  que  enmendar,  y  abusos  que  mejorar'',  y  deudas  que 


1.  Aquí  es  donde  empieza  la  acción 
de  la  fábula.  El  capítulo  primero  con- 
tiene sólo  su  exposición  :  presenta  las 
circunstancias  y  carácter  del  personaje 
principal ;  anuncia  su  proyecto  de  resu- 
citar el  ejercicio  de  la  andante  caballe- 
ria,  y  bosqueja  con  pinceladas  ligeras 

Í  fáciles  algunos  de  los  personajes  que 
an  de  ocupar  el  segundo  término  del 
cuadro.  La  relación  de  las  causas  que 
produjeron  el  extravio  de  la  razón  de 
D.  Quijote  y  de  los  trámites  por  donde 
vino  á  consumarse  su  locura,  está 
hecha  con  propiedad  y  gracia.  El  lector 
se  entera  de  todo  sin  fatiga,  y  al  fin 
del  capítulo  se  encuentra  con  cuanto 
necesita  para  pasar  á  la  accii'ia.  No  trató 
Cervantes  de  referir  desde  sus  princi- 
pios la  historia  de  D.  Quijote,  según  se 
acostumbra  en  los  libros  caballerescos, 
y  según  indica  el  título  de  Vida  y 
hechos  de  U.  Quijote,  que  editores  vul- 
gares é  indoctos  dieron  al  IxoExMOSO 
Hidalgo;  sino  que,  con  arreglo  á  lo  que 
se  debe  en  toda  obra  de  invención, 
anticipó  sólo  lo  preciso  para  que,  co- 
nocido suficientemente  el  héroe,  se 
pasase  á  describir  una  acción  suya,  la 
cual,  por  única,  concentrase  la  atención 
y  el  interés  del  lector,  que  por  su  pro- 
porcionada duración  no  le  fatigase,  y 
que  por  la  variedad  de  sus  incidentes  y 
episodios  alimentase  su  placer  y  lo 
mantuviese  hasta  el  desenlace  ó  fin  de 
la  fábula. 


2.  Se  dijo  al  revés.  Lo  que  D.  Quijote 
pensaba  que  hacía  falta  en  el  mundo, 
era  su  pronta  presencia,  no  su  tardanza. 
Otro  defecto  de  esta  clase  se  notó  en 
el  capítulo  anterior  :  empieza  á  dormi- 
tar Cervantes  (a). 

3.  Tuerto  se  opone  á  derecho  en  su 
significación  primitiva,  en  la  cual  uno 
y  otro  son  adjetivos.  De  aquí  nació  su 
acepción  moral,  en  la  que  pasaron  á 
ser  sustantivos,  significando  derecho,, 
justicia;  y  tuerto,  agravio.  Y  de  aquí 
vino  también  la  expresión  de  enderezar 
tuertos  por  deshacer  agravios,  porque 
el  remedio  de  lo  torcido  es  enderezarlo. 
La  palabra  tuerto  es  la  misma  que  el 
tort  francés. 

4.  Sobra  la  conjunción.  Los  abusos 
no  se  mejoran,  sino  que  se  corrigen  : 
los  que  se  mejoran  son  los  usos. 

(«)  Empieza  á  dormitar  Cervantes.  —  Quien 
da  grandes  cabezadas  es  el  comentarista,  en 
su  afán  de  buscarle  pelos  al  huevo,  ó  de 
therc/ier  lapelite  béte,  como  dicen  los  fran- 
ceses. El  señor  Cortejón,  ateniéndose  al  uso  de 
la  época  de  Cervantes,  demuestra  que  hacer 
falta  la  tardanza  está  bien,  pues  hacer  falta 
es  lo  mismo  que  causar,  producir  falta,  y  lo 
confirma  con  otro  pasaje  del  texto  v  con  la 
autoridad  de  Urdaneta.  Y  condenando  la 
correción  de  Clemencín,  añade  : «  ;  Malha- 
dada la  férula  empeñada  en  substituir  la 
ingenuidad  y  dulce  abandono  por  la  mono- 
tonía V  mezquindad. !  » 

(M.  de  T.) 

2 


18 


DON    Oll.KJTK    DE    I.A    MANCHA 


salislaccr.  Y  asi,  sin  (Jar  parle  á  persona  alguna  de  su  intención,  y 
sin  que  nadie  le  viese,  una  mañana  antes  del  dia  (que  era  uno  de 
los  calurosos  del  mes  de  Julio)  ',  se  armó  de  todas  sus  armas,  subió 
sobre  Rocinante,  puesta  su  mal  compuesta  celada,  embrazó  su 
adarga,  tomó  su  lanza,  y  por  la  puerta  falsa  de  un  corral  ^  salió  al 
campo  con  grandísimo  contento  y  alborozo  de  ver  con  cuánta  faci- 
lidad había  dado  principio  á  su  buen  deseo.  Mas  apenas  se  vio  en 
el  campo  cuiíndo  le  asaltó  un  pensamiento  terrible,  y  tal,  que  por 
poco  le  hiciera  dejar  la  comenzada  empresa,  y  fué  que  le  vino  á  la 
memoria  que  no  era  armado  caballero,  y  que  conforme  á  ley  de 
caballería,  ni  podía  ni  debía  tomar  armas  con  ningún  caballero  :  y 
puesto  que  lo  fuera,  había  de  llevar  armas  blancas  ^  como  novel 
caballero,  sin  empresa  en  el  escudo,  hasta  que  por  su  esfuerzo  la 
ganase.  Estos  pensamientos  le  hicieron  titubear  en  su  propósito ; 
mas  pudiendo  más  su  locura  que  otra  razón  alguna,  propuso  de 
hacerse  armar  caballero  del  primero  que  topase,  á  imitación  de 
otros  muchos  que  asilo  hicieron'',  según  él  había  leído  en   los 


1.  Si  la  cronología  de  una  fábula 
fuese  digna  de  un  examen  tan  severo 
como  la  de  un  diploma  ó  documento 
histórico,  debieran  tenerse  presentes 
las  circunstancias  de  pertenecer  este 
dia  al  mes  de  Julio,  de  ser  viernes, 
como  se  dice  adelante  en  este  mismo 
capítulo,  y  de  cerrar  la  noche  con  toda 
la  claridad  déla  kiua,  según  se  expresa 
en  el  siguiente,  para  fijar  de  un  modo 
puntual  y  seguro  el  principio  de  la 
carrera  caballeresca  de  D.  Quijote.  Pero 
Cervantes  no  se  curó  de  esto  más  que 
de  las  nubes  de  antaño:  y  D.  Vicente 
de  los  Ríos  empleó  en  balde  las  fuerzas 
de  su  florido  ingenio,  cuando  se  pro- 
puso formar  un  plan  cronológico  de 
una  obra  llena  de  anacronismos.  Hartas 
pruebas  ocurrirán  de  ello  en  el  pro- 
greso de  estas  notas. 

2.  El  corral  seria  el  de  la  casa  de 
D.  Quijote,  y  en  tal  caso  está  mal  dicho 
un  corral.  Acaso  es  errata,  y  debió 
leerse  del  corral,  ó  de  su  corral :  esto 
es  lo  más  verosímil.  Puerta  falsa  se 
dice  por  oposición  á  otra  que  no  lo  es.  y 
en  un  corral  no  suele  haber  dos  puer- 
tas. Puerta  falsa  de  una  casa  se  dice 
con  alusión  á  la  pi'incipal  y  pública. 
Parece  que  el  nombre  de  puerta  falsa 
lleva  consigo  la  idea  de  que  es  pequeña 
disimulada,  que  apenas  se  eche  de  ver: 
y  D.  Quijote  salió  por  ella  armado  y 
puesto  á  caballo.  Seria  forzosamente  la 


única  de  su  corral,  la  que  en  los  lu- 
gares, y  singularmente  en  los  de  la 
Mancha,  es  anchurosa,  como  que  por 
ella  entran  y  salen  los  carros. 

3.  Eran,  según  aquí  se  indica,  las  que 
no  llevaban  empresa  ni  insigniaalguna; 
y  se  daban  á  los  que  se  armaban  de 
caballeros,  llamados  por  esta  razón 
caballeros  noveles,  hasta  tanto  que 
hacían  alguna  proeza  notable,  que 
solían  indicar  en  la  empresa  y  adornos 
del  escudo,  tomando  de  ellos  el  nombre. 
A  su  imitaciim,  Ü.  Quijote  se  puso  el  de 
Caballero  de  la  Triste  Fic/ura  primero, 
y  después,  de  tos  Leones. 

4.  Tal  fué  D.  Galaor,  que  habiéndose 
encontrado  casualmente  con  su  her- 
mano Amadís  de  Gaula.  recibió  de  él 
la  orden  de  caballería,  sin  que  se  cono- 
ciese uno  á  otro,  como  se  cuenta  en  el 
capítulo  11  de  su  liistoria  Esta  necesi- 
dad de  recibir  la  calidad  de  caballero 
de  manos  de  otro  caballero,  se  fundaba 
nada  menos  que  en  el  principio  esco- 
lástico Semo  daf  quodnon  hahet,  según. 
se  lee  en  las  Partidas  :  Fechos  non 
pueden  seer  los  caballeros  por  mano  de 
home  que  cuballero  non  sea,  ca  los 
sabios  antiguos...  non  tovieron  que  era 
cosa  con  guisa,  nin  que  podiese  seer  con 
derecho,  dar  un  home  á  otro  lo  que  non 
hoviese  (a).  Lo  mismo  al  pie  de  la  letra 

(n)  Partida  11.  lít.  21.  lev  11. 


i'i(iMi:ii.\  i'Mtri;. 


CAi'ii  ri.f)  II 


19 


libros  f[U(^  lal  le  lf>ui;ui.  liln  lo  de  las  armas  blancas,  píMisaba  lim- 
piarlas (1(!  manera  '  en  leniendo  lug'ar,  (pie  lo  fuesen  más  que  un 
armiño  :  y  con  esto  se  quietó  y  j)rosijj;uió  su  camino,  sin  llevar 
otro  (pie  aquel  que  su  caballo  quería 2,  creyendo  que  en  aquello 
tonsisLía  la  fuerza  de  las  aventuras.  Yendo,  pues,  caminando 
nuestro  flamante  aventurero,  iba  hablando  consigo  mismo  y 
diciendo:  ¿quién  duda  sino  que  en  los  venideros  tiempos,  cuando 
salg'a  á  luz  la  víírdadera  historia  de  mis  famosos  hechos,  que  el 
sabio  que  ios  escribiere,  no  ponga,  cuando  llegue  á  {;ontar  esta  mi 
primera  salida  tan  de  mañana,  desta  manera?  Apenas  había  el 
rubicundo  Apolo-'  tendido  por  la  faz  de  la  ancha  y  espaciosa  fierra 


repitió  el  Doctrinal  de  Caballeros,  reco- 
pilado por  el  célebre  Obispo  de  Burgos 
D.  Alonso  (le  Cartagena  [a).  Nota  el 
mismo  Doctrinal  que  de  esta  regla 
exceptuaba  la  costumbre  á  los  Rej'es 
de  España,  que  podían  hacer  caballeros 
sin  serlo.  Extendióse  alguna  ve/  el 
mismo  privilegio  en  obsequio  del  bello 
sexo,  .1  las  Princesas  de  sangre  real, 
armando  las  damas  á  caballeros,  como 
lo  hizo  Cecilia,  hija  de  P'elipe  1,  Rey  do 
Francia,  y  viuda  de  Tancredo,  Principe 
de  Antioquía,  con  algún  otro  ejemplo 
que  reüere  Ducange  en  la  diserta- 
ción XXII  sóbrela  historia  de  San  Luis. 
Hubo  tauíbién  gigante  descomedido  y 
soberbio  que  rehusó  someterse  á  la  ley 
general,  á  título  de  que  no  había  en  el 
mundo  caballero  digno  de  ponerle  las 
armas.  Así  lo  refiere  del  gigante  Bravo- 
rante  la  historia  del  Caballero  del 
Febo  (/)). 

1.  Las  armas  de  los  caballeros  no- 
veles, como  acabadiis  de  estrenar, 
estaban  tersas  y  bruñidas.  Cervantes 
jugó  con  la  equívoca  significación  de 
blancas:  y  D.  Quijote,  como  loco,  se 
aquietó  con  lo  que  á  los  demás  no  podía 
producir  otro  efecto  que  el  de  la  risa. 

2.  Cosa  que  sucedía  frecuentemente 
ú  los  caballeros  andantes,  según  refieren 
sus  historias,  y  de  que  volverá  á  ha- 
blarse en  otros  lugares  de  la  nuestra. 

3.  Pellicer  dice  sobre  este  pasaje 
que  en  él  quiso  Cervantes  ridiculizar 
las  afectadas  y  pomposas  descripciones 
que  se  leen  frecuentemente  en  los  libros 
de  caballerías.  Capmani  le  propone 
como  un  modelo  en  su  Teatro   de  la 


elocuencia  española.  ¿  A  cuál  de  los 
dos  creeremos?...  Pellicer  tenía  razón  : 
eso  era  visiblemente  el  propósito  de 
Cervantes,  y  eso  persuade  también  la 
semejanza  que  se  halla  entre  esta  des- 
cripción y  otras  de  los  libros  caballe- 
rescos. Con  expresiones  muy  poco  di- 
ferentes se  pinta  el  amanecer  en  el 
libro  11  de  D.  Belianís  (a).  Cuando  tí  la 
asomada  de  Oriente  el  lúcido  Febo  su 
cara  nosrnuestra.  y  los  músicos pajari tos 
las  muy  frescas  arboledas  suavemente 
cantando  festejan,  mostrando  la  muy 
gran  diversidad  y  dulzura  y  suavidad 
de  sus  tan  arpadas  lenguas,  etc.  A  esta 
descripción  del  amanecer  puede  jun- 
tarse la  del  anochecer  en  el  mismo 
Belianís  {h)  :  Venidas  eran  las  tinieblas 
de  la  noche,  y  las  nocturnas  dehesas  se 
regocijaban  con  la  ausencia  del  flamí- 
gero Apolo  :  las  brutas  animalias  co- 
menzaban á  gozar  de  alguna  trancjuiH- 
dad,  ü  los  más  racionales  negada,  pues 
es  justo  que  en  ningún  tiempo  nadiegoce 
del  descanso  en  este  miserable  mundo 
prohibido,  como  en  venta  puesta  en  el 
camino  de  la  eternal  morada,  en  la 
cual  no  puede  haber  descanso  sin  zozo- 
bra, ni  placer  sin  angustia,  ni,  final- 
mente, cosa  deseada  que  no  sea  mayor 
pérdida;  cuando  el  Principe  D.  Belianís 
de  Grecia  salió  de  Colonia,  etc.  Los 
libros  caballerescos  suministran  abun- 
dantes muestras  de  otras  pinturas, 
igualmente  pedantescas  y  fastidiosas. 
Mas  este  propósito  de  Cervantes  no 
excluye  el  mérito  mayor  ó  menor  de  su 
descripción  en  orden  á  la  armonía  y 
belleza  del  lenguaje,  y  de  esta  suerte 


(a)  Lib.  I,  tít.  3.  —  (h)  Parte  IV,  lib.  T, 
cap.  I. 


(«)    Cap.    XXXXIII. 
cap.  X. 


(é)    Libro    III, 


i^O  1>0N    QLlJOTí:    DE    lA    MANCHA 

las  doradas  hebras  de  sus  hermosos  Qabellos,  y  apenas  los  peque- 
ños y  pintados  |)aiarillos  con  sus  arpadas  lenguas  habían  saludado 
con  dulce  y  meliflua  armonía  la  venida  de  la  rosada  aurora,  que 
dejando  la  blanda  cama  del  celoso  marido',  por  las  puertas  y 
balcones  del  mancliego  horizonte  á  los  mortales  se  mostraba, 
cuando  el  famoso  caballero  Ü.  Quijote  de  la  Mancha,  dejando  las 
ociosas  plumas,  subió  sobre  su  famoso  caballo  Rocinante,  y 
comenzó  á  caminar  por  el  antiguo  y  conocido  campo  de  Montiel  ^ 
(y  era  la  verdad  que  por  él  caminaba^;  y  añadió  diciendo  :  dichosa 
edad  y  siglo  dichoso  aquel  á  donde  saldrán  á  luz  las  famosas 
hazañas  mías,  dignas  de  entallarse  en  bronces,  esculpirse  en  már- 
moles y  pintarse  en  tablas  para  memoria  en  lo  futuro.  ¡Oh  tú,  sabio 
encantador^,  quien  quiera  que  seas,  á  quien  ha  de  tocar  el  ser 
coronista  desta  peregrina  historia,  ruégote  que  no  le  olvides  de  mi 


pudieron  tener  razún  Pellicer  y  Cap- 
mani  (é). 

1.  Titi'm  ó  Titono,  marido  de  la 
Aurora,  obtuvo  por  mediación  de  su 
líiujer  el  don  de  la  inmorlali'lad, 
según  refiere  la  fábula;  pero  no  ha- 
biendo recibido  el  de  la  juvenlucí, 
llegó  á  tan  extrema  y  molesta  vejez, 
que  recibió  como  un  favor  del  cielo 
el  ser  convertido  en  cigarra.  Desde 
entonces  hubieron  de  ser  los  viejos 
habladores  per[)etuos  y  gárrulos.  No 
encuentro  en  los  poetas  (jue  llamasen 
celoso  á  Tití'm  á  pesar  de  que  los  descui- 
dos de  la  Aurora  con  Céfalo  y  el  gigante 
Astreo  le  dieron  sobrado  motivo  para 
serlo.  Pero  así  lo  llamó  aqui  Cervantes, 
y  también  su  contemporáneo  y  amigo 
López  Maldonado  en  la  égloga  2.^  de 
su  Cancionero,  donde  dice  el  pastor 
Ersilio  : 

Ya  veis  que  queda  en  el  usado  lecho 
El  celoso  Titón,  y  que  la  aurora 
Alumbra  el  celestial  doiado  techo. 

A  la  cuenta  le  llamarían  celoso  por 
marido  viejo  de  mujer  joren,  como  en 

(6)  Parece  en  efecto  burlarse  Cervantes 
de  ciertas  descripciones  análogas  de  los  li- 
bros de  caballería;  pero  ¡  qué  diferencia  entre 
las  pongorinas  y  enrevesadas  frases  de  di- 
chos libros  y  el 'armonioso,  rico  y  brillante 
estilo  de  nuestro  insijjne  novelista!  No  tiene 
nada  de  extraño  que  Gapmany.  Lista  y  otros 
se  hallan  equivocado  en  ocasiones  sobre  el 
verdadero  sentido  de  ciertas  descripciones. 
En  mi  libro  A7  Arte  de  escribir  cito  ejemplos 
de  esto  (lección  XVín,  pág.  246).  (M.  de  T.) 


las  Novelas   se  lo   llamó  Cervantes  á 
Felipe  de  Cañizares. 

2.  Distrito  de  la  Mancha  que  com- 
prendía muchos  pueblos.  Su  capital, 
Montiel,  está  sobre  el  río  Jabalón,  que 
va  á  morir  al  Guadiana.  Allí  sucedió 
la  muerte  del  Rey  Don  Pedro  de  Castilla 
á  manos  do  su  hermano  D.  Enrique,  el 
año  de  1369. 

3.  Es  común  en  los  libros  caballe- 
rescos que  los  caballeros  tengan  encan- 
tadores por  amigos  y  coronistas.  Los 
sabios  Artemidoro  y  Lirgandeolo  fueron 
del  Caballero  del  Kebo  y  de  su  hermano 
Rosicler  la);  Alquife,  de  Amadís  de 
Grecia;  Fristón,  de  D.  lielianís ;  el 
sabio  Licanor  el  Temeroso  escribió  en 
griego  la  historia  del  príncipe  D.  Contu- 
meliano  de  Fenicia  (b).  No  siempre 
desempeñaron  este  oficio  los  encanta- 
dores :  alguna  vez  lo  hicieron  también 
las  encantadoras,  como  Cirfea,  Kcina 
de  Argines,  gran  má:.'ica,  que  escribió 
la  crónica  de  D.  Florisel  de  Niquea. 

Continuando  el  estro  caballeresco 
que  inspiraba  á  Don  Quijote  tiiienlras 
caminaba  por  el  campo  de  Montiel, 
anuncia  proféticamente  el  dichoso  siglo 
en  que  han  de  salir  á  luz  sus  futuras 
hazañas,  y  aun  llega  su  delirio  á  hablar 
de  ellas  como  de  cosas  ya  pasadas,  y 
•¿  UaLma.r  peregrina  la  historia  que  aun 
no  existía,  como  ni  tampoco  Iof  hechos 
que  en  ella  habían  de  referirse. 

(a)  Espejo  de  Principes,  parte  I,  lib.  II, 
cap.  XX.  —  (6)  Beliauis,  lib.  II.  cap.  LI. 


PniMERA    PAUTE.    —    f.APlTtí.O    II 


21 


buen  Rocinante  ',  compañero  eterno  mío  en  todos  mis  caminos  y 
carreras.  Lne^o  volvía  diciendo,  como  si  verdadecnmcnte  fuera 
enamorado:  ¡01)  j)rinc('sa  Dulcinea,  señora  deste  cautivo  corazón! 
nuiclio  a^n-avio  me  habedes  iVclio  en  despedirme  y  rej)r()cliarme 
con  el  riguroso  afincamiento  de  mandarme  no  parecer  ante  la 
vuestra  l'ermosura".  Plegaos,  señora,  de  niembraros  deste  vuestro 
sujeto  cora/.ón,  que  tantas  cuitas  por  vuestro  amor  padece.  Con  estos 
iba  eusarlaiido  oíros  disparates,  todos  al  modo  de  los  que  sus 
libros  le  lialtían  (Misoñado,  imitando  en  cuanto  podía  su  leng-uaje  : 
y  con  esto  caminaba  tan  de  es|)acio,  y  el  sol  entraba  tan  apriesa 
y  con  tanto  ardor,  que  fuera  bastante  á  derretirle  los  sesos  (7), 
si  algunos  tuviera '^  Casi  todo  aquel  día  caminó  sin  acontecerle  cosa 
que  de  contar  fuese,  de  lo  cual  se  desesperaba,  porque  quisiera 
topar  luego  con  quien  hacer  experiencia  del  valor  de  su  fuerle  brazo. 
Autores  hay  que  dicen  que  la  primera  aventura  que  le  avino  fué  la 
del  puerto  Lapice  '',  otros  dicen  que  la  de  los  molinos  de  viento; 
pero  lo  que  yo  he  podido  averiguar  en  este  caso,  y  lo  que  he  hallado 
escrito  en  los  anales  de  la  Mancha,  es  que  él  anduvo  todo  aquel  día, 
y  al  anochecer  su  rocín  y  él  se  hallaron  cansados  y  muertos  de 
hambre  ' ;  y  que  mirando  á  todas  partes  por  ver  si  descubriría 
algún  castillo  ó  alguna  majada  de  pastores  donde  recogerse,  y 
adonde  pudiese  remediar  su  mucha  necesidad,  vio  no  lejos  del 


1.  Caída  inesperada,  y  tanto  más 
graciosa,  cuanto  mayor  ha  sido  el  apa- 
rato y  grandilocuencia  de  las  expre- 
siones que  preceden. 

2.  Prosipue  D.  Quijote  hablando  de 
cosas  que  se  imagina  como  ya  sucedi- 
das, y  se  considera  en  el  mismo  caso 
que  Áiuadís  de  Gaula  cuando  su  señora 
Oriana  le  mandó  no  parecer  más  en  su 
presencia,  que  es  uno  de  los  incidentes 
principales  de  su  historia. 

3.  E.xpresióri  jocosa  y  propia  del 
estilo  familiar,  que  Cervantes  manejó 
con  suma  maestría. 

4.  Las  dos  aventuras  que  aquí  se 
mencionan  como  pertenecientes  á  la 
primera  salida  de  D.  Quijote,  á  saber, 
la  de  los  molinos  de  viento  y  la  del 
vizcaíno,  que  es  la  de  Puerto  Lapice, 
se  refieren  después  en  el  capítulo  VIH, 
y  pertenecen  sin  duda  á  la  segunda 
salida.  Es  inexcusable  la  distracción  con 
que  Cervantes  confunde  los  sucesos  de 
ambas. 

5.  Frialdad  que  no  carece  de  gracia; 
y  nótese,  como  ya  se  observó  en  el  ca- 
pítulo pasado,  la  manía  que  tuvo  de  dar 


antigüedad  á  los  sucesos  de  su  hidalgo, 
quizá  con  la  intención  de  remedar  en 
esto  á  los  escritores  andantescos,  pero 
incurriendo  en  frecuentes  anacronismos 
por  la  mención  de  otros  sucesos  re- 
cientes ó  coetáneos. 


(•[)  Derretirle  los  sesos,  si  algunos  tuviera  ; 
gracioso  equívoco  ó  juego  de  palabras.  Sesos, 
en  plural,  designa  generalmente  la  masa  en- 
cefálica; asi  se  dice  romperle  á  uno  tos  sesos. 
Recuérdense  además  las  expiesiones  co- 
munes :  sesos  de  ternera,  sesos  (ó  -lesada)  de 
camero,  etc.  En  singular,  seso  es  sinónimo  de 
juicio.  En  El  Examen  de  los  maridos  de  Alar- 
cón,  dice  Beltrán,  hablando  de  un  aspirante 
á  la  mano  de  Inés  : 

Maduro  en  seso  y  en  años. 
Y  responde  Inés  : 

Apruebo  el  seso  maduro, 
Maduros  años  no  apruebo. 

Sin  embargo  se  usa  el  plural,  en  sentido 
metafórico,  en  las  frases  :  Devanarse  '.os  se- 
sos; tentr  los  sesos  en  los  calcañales,  y  tenerle 
á  uno  sorbidos  los  sesos  (ó  sorbido  el  seso¡. 
(M.  de  T.) 


22 


DON    QUIJOTF.   DE    LA    MANCHA 


camino  por  donde  ibn  una  venta,  que  fué  como  si  viera  una  estrella 
que  á  los  portales,  si  no  á  los  alcázares,  de  su  redencicm  le  enca- 
minaba * .  Dióse  priesa  á  caminar,  y  llegó  á  ella  á  tiempo  que  anoche- 
cía. Estaban  acaso  á  la  puerta  dos  mujeres  mozas,  destas  que 
llaman  del  parli'/o-,  las  cuales  iban  á  Sevilla  con  unos  arrieros 
que  en  la  venta  aquella  noche  acertaron  á  hacer  jornada  :  y  como  á 
nuestro  aventurero  todo  cuanto  pensalia,  veía  ó  imaginaba  le  pare- 
cía ser  hecho,  y  pasar  al  modo  de  lo  ipie  había  leído,  luego  que  vii) 
la  venta,  se  le  representó  que  era  un  castillo  con  sus  cuatro  torres 
y  chapiteles  de  luciente  plata',  sin  faltarle  su  puente  levadiza  y 
honda  cava,  con  todos  aquellos  adherentes  que  semejantes  castillos 
se  pintan.  Fuese  llegando  á  la  venia  (que  á  él  le  parecía  castillo), 
y  á  poco  trecho  della  detuvo  las  riendas  á  Bocinante,  esperando 
que  algún  enano  se  pusiese  entre  las  almenas  á  dar  señal  con  alguna 
trom{>eta  de  que  llegaba  caballero  al  castillo'*.  Pero  como  vio  que 


1.  Alusión  ú  la  estrella  que  guió  los 
Reyes  Magos  al  portal  de  ÍJeléii.  Falta 
al  parecer  la  partícula  ;?'>,  y  debiera 
decir:  que  no  á  los  paríales,  sino  á  los 
alcázares  de  su  redención  le  encami- 
naha{o). 

2.  Este  nombre  dio  ya  ;i  las  mujeres 

ftúblicas  el  arcipreste  de  Talavera  Al- 
onso Martínez  de  Toledo,  capellán  del 
Rey  D.  Juan  el  II  en  un  libro  que  es- 
cribió contra  los  engaños  de  las  malas 
mujeres.  Con  el  mismo  dictado  del 
partido  se  denotan  estas  escorias  de  la 
sociedad  en  muchos  documentos  anti- 
guos castellanos. 

3.  Los  castillos  que  se  mencionan  en 
el  libro  111  de  D.  Belianís  de  Greciana) 
tenían  lautas  torres  y  dorados  cliapi- 
leles.  que  ilaljan  qran  sabor  á  quien  los 
miraba.  El  castillo  del  mago  Atlante,  en 
el  Pirineo,  que  describe  Ariosto  (6),  no 
era  tan  rico  como  se  le  figuró  á  D.  Qui- 
jote la  venta,  porque  sólo  era  de  acero. 
De  las  puentes  levadizas,  cavas  y  otros 
adberentespropios  de  los  castillos,  hay 
contiima  mencit'm  en  las  historias  de  la 
Caballería  andante. 

4.  Con  trompeta,  cuerno  ó  campana, 
que  de  todo  hay  en  los  anales  de  la 

(a)  Cap.  Vni.  -  (6  Cant.  IV. 

(S)  Siguiendo  el  parecer  del  notable  cer- 
vantista y  «raniático  ü..Juan  Calderón,  el  se- 
ñor Cortéjón  pone  una  r.oma  después  de  nlcd- 
care.s,  para  evitar  confusión  en  el  texto.  No 
tiene  razón  ninguna  la  interpielación  de 
Clemencín.  (M.  de  T.) 


Caballería.  Habiendo  aportado  á  la  ín- 
sula Silanchia  Amadís  de  Grecia  en 
couipañía  del  Rey  de  Sicilia,  vieron  un 
fuerte  castillo  con  dos  cercas...  Como 
allí  salieron,  vieron  encima  del  castillo 
sonar  vn  cuerno  por  una  guarda,  <¡ue 
en  él  pmesta  estaba  para  que  viendo  al- 
guna gente  extraña  hiciese  alguna 
señal  (o).  Al  presentarse  Lisuarte  de 
Grecia  con  sus  compañeros  á  vista  del 
gran  castillo  de  la  Hoja  hlanrH.,  oyeron 
.sonar  un  cuerno  no  mng  reciamente  por 
una  guarda  que  estaba  encima  de  la 
torre,  que  los  gigantes  tenían  para  que 
así  lo  hiciese  viendo  caballeros  armados 
extraños  'b).  En  la  isla  de  Cardería  se 
entraba  por  una  puente  guardada  por 
tres  torres:  en  una  de  ellas  había  de 
continuo  un  enano  muy  feo  para  ver 
los  que  venían,  y  cuando  el  caballero 
que  defendía  la  entrada  era  malandante, 
el  enano  tocaba  im  cuerno,  y  cobraba 
alientos  el  caballero  (c).  En  la  historia 
de  D.  Policisne  de  Boecia  se  lee  de  seis 
enanos  que,  colocados  de  noche  con 
sendas  antorchas,  avisaban  con  sus 
cornetas  de  la  llegada  de  los  caballeros 
(jueseprcsentahan  'd).  Para  solenmizar 
la  coronación  de  Florineo  y  su  boda  con 
la  Infanta  Heladina.  se  celebró  en  Es- 
cocia, en  la  corte  de  Lucea,  un  paso 
defendido  por  cuatro  Reyes :  cada  uno 
de  éstos  guardaba  un  arco,  y  encima  de 

(a)  Amadis  de  Grecia,  cap.  XIV.  (6)  Zi*uar/e, 
cap.  IV.  —  (c)  Primaleón,  cap.  V.  —  {d) 
Cap.  LHI. 


iMUMV.nA  i'Miii;.         cspínu.o  II  2.'{ 

se  lardabiin,  y  (|tie  noriiinnUí  si^  daba  priesa  por  llegar  ;í  la  caha- 
lleri/a  ',  se  llegó  á  l;i  puerta  de  la  venta,  y  vio  á  las  dos  distiaidas 
ino/as  (jue  allí  eslahan,  (pie  á  ('I  1(\  parecieron  dos  liei-niosas  don- 
cellas (')  dos  graciosas  damas,  (pie  delanUí  de  la  |)iierla  del  castillo 
s(i  estallan  sola/ando-.  Kn  esto  sucedió  acaso  que  un  ponjuero  ^\^n' 
andaba  i'ecogiendo  de  unos  rastrojos  una  manada  de  puercos  (que 
sin  perdón  así  se  llaman)-'  tocó  un  cuerno,  á  cuya  señal  ellos  se 
recogen,  y  al  inslante  se  le  re|)resenló  á  D.  Quijote  lo  que  deseaba, 
que  era  tpie  algún  enano  hacia  señal  de  su  venida.  Y  así  con  extraño 
contento  lleg(')  á  la  venta  y  á  las  damas  '';  las  cuales,  como  vieron 
venir  un  hombre  de  aquella  suerte  armado,  y  con  lanza  y  adarga, 
llenas  de  miedo  se  iban  á  entrar  en  la  venta;  pero  D.  Quijote,  coli- 
giendo por  su  huida  su  miedo,  alzándose  la  visera  de  papelón,  y 
descidíriendo  su  seco  y  polvoroso  rostro"',  con  gentil  talante  y  voz 
reposada  les  dijo  :  Non  fuyan  las  vuestras  mercedes'',  nin  teman 
desaguisado  alguno",  ca  á  la  orden  de  caballería  que  profeso  non 


cada  arco  hahía  mía  campana  y  ti» 
enano  para  la.  tocar  cuando  alunn  ca- 
ballera aventurero  viniese  («). 

1.  Graciosa  oposición  y  couti'asle 
entre  la  expectación  y  pausa  del  jinete 
y  la  priesa  del  caballo,  entre  las  ideas 
hinchadas  y  pomposas  de  castillos, 
torres  y  cha'^piteles  de  plata,  y  la  nntu- 
ralisinia  del  hambre  de  un  caballo  (pie 
no  había  comido  en  todo  el  dia. 

2.  Solazavfie,  palabra  noble  y  her- 
mosa, hija  del  latino  solatium,  de  que 
un  uso  iujusío  ha  privado  á  jmestro 
idioma,  ó  desterrándola  entre  las  anti- 
cuadas, ó  envileciéndola  (lo  que  es  aun 
peor)  con  una  significación  baja  y  pi- 
caresca. 

3.  La  gente  de  poca  cultura  suele 
pedir  pei'dón  cuandoticneque  nombrar 
este  clase  de  animales,  que  con  una 
expresión  judaica  ó  mahomética  llama- 
mos inmundos.  Cervantes  se  mofa  aqvu' 
de  semejnnte  costumbre,  asi  como  la 
remeda  en  la  segunda  parle  (I/),  donde 
dice  el  ganadero  :  J'^sla  mañana  salía 
deste  lugar  de  vender  {am  perdón  sea 
dicho)  cuatro  puercos. 

4.  Algunos  renglones  antes  había 
dichoya,  que  nuestro  caballero  se  llegó 
(i  la  puerta  de  la  venta  y  rió  o  las  dos 
distraídas  mozas  que  allí  estatúan.  De 
estos  descuidos  son  muchos  los  que  se 
hallan  en  el  Quijote  (?). 


(a)  Floriwo  de  Lucen,  lil 
(6)  Cap.  XLV. 


V,  cap.  VI. 


V).  No  viene  bien  con  lo  que  poco  des- 
pués se  refiere  :  mirábanle  las  mozas  (á 
D.  Quijote)  y  andaban  con  los  ojos  bus- 
cándole el  rostro  que  la  mala  visera  le 
encubría.  Si  ya  habían  visto  antes  el 
rostro  ¿  cómo  ni  para  qué  lo  buscaban 
ahora? 

6.  lisa  D.  Quijote  de  un  idioma  an- 
ticuado, lleno  de  las  frases  que  había 
leído  en  los  libros  que  tal  le  tenían, 
imitando  cuanto  podía  su  lenguaje, 
como  antes  se  dijo.  El  estilo  de  nuestro 
hidalgo  es  por  lo  común  llano  y  co- 
rriente; pero  en  las  ocasiones  en  que  se 
exaltaba  especialmente  su  fantasía,  era 
natural  que  se  presentasen  á  su  memoria 
con  más  viveza  las  expresiones  de  sus 
modelos  en  casos  semejantes.  Asi  se 
explica,  esta  diferencia  de  estilos  en  el 
héroe  de  la  fábula  ;  diferencia  que  sería 
viciosa  en  otro  caso,  y  que  aquí  es  na- 
tural, y  un  nuevo  manantial  de  donaires 
y  chistes. 

7.  Diego  de  San  Pedro,  escritor  del 
siglo  XV,' entre  las  quince  razones  que 
alega  en  su  Cárcel  de  amor  para  que 
no  se  hable  mal  de  las  mujeres,  pone 

(í)  El  afán  de  abultar  su  comentario  lleva 
á  CJeniencíu  á  hallar  descuidos  y  lunares  en 
todo,  hasta  tal  punto  que  Ion'  dedo.^  se  le 
fiquran  liuéspedes,  ó  descuidos.  Entre  los  innu- 
n'ierable-s  lectores  que  ha  tenido  el  Quijote, 
Clcmencín  pertenece  al  escaso  número  de 
los  que  se  hallaron  en  la  imposibilidad  de 
fíustar  todo  el  deleite  que  procur;in  sus  ini- 
mitables páginas.  (M-  de  T.) 


C>í 


DON    QUIJOTE    DE    I.A    MANCHA 


toca  ni  atañe  facerle  á  ninpfuno,  cuanto  más  á  tan  altas  doncellas 
como  vuestras  presencias  demuestran.  ¡Mirábanle  las  mozas,  y  anda- 
ban con  los  ojos  buscándole  el  rostro  que  la  mala  visera  le  encu- 
bría :  mas  como  se  oyeron  llamar  doncellas,  cosa  tan  fuera  de  su 
profesión',  no  pudieron  tener  la  risa,  y  fué  de  manera  que  D.  Qui- 
jote vmo  á  correrse,  y  á  decirles  :  bien  parece  la  mesura  en  las  fer- 
mosas,  y  es  mucha  sandez  además  la  risa  que  de  leve  causa  pro- 
cede; pero  non  vos  lo  digo  porque  os  acuitedes  ni  mostredes  mal 
talante,  que  el  mío  non  es  de  al  que  de  serviros 2.  El  lenguaje  no 
entendido  de  las  señoras  y  el  mal  talle  de  nuestro  caballero  acre- 
centaban en  ellas  la  risa  y  en  él  el  enojo-'',  y  pasara  muy  adelante, 
si  á  aquel  punto  no  saliera  el  ventero,  hombre  que   por  ser  muy 


la  siguionle  :  la  séptima  es  porque 
cuando  se  eslableció  lo  caballería,  entre 
las  otras  cosas  que  era  tenido  rí  (juardar 
el  que  se  armaba  caballero^  era  una  que 
á  fas  mujeres  guardase  toda  reverencia 
y  honestidad. 

1.  Expresión  decente  para  significar 
lo  que  no  lo  es,  como  sucede  aquí  y  en 
otros  diferentes  pasajes  del  Quijote. 
Antiguamente  la  palabra /Jí'o/'es/oVí  sig- 
nificaba sólo  la  relif/iosa.í^cgúne\  autor 
del  Diáloqo  de  las  lenguas,  quien  decía 
con  gracia  («),  que  íc  habían  alzado 
con  ella  los  frailes  :  y  ileseaba  se  admi- 
tiese también  en  la  ácepciíjn  general  de 
oficio  ú  ejercicio,  como  lo  usa,  dice,  el 
latín  ji  el  toscano.  Los  deseos  del  autor 
del  Dio  logo  se  cumplieron  en  el  tiempo 
que  medió  hasta  Cervantes,  según  se 
vé  por  el  Tesoro  de  la  lengua  castellana 
de  D.  Sebastián  de  Covarrubias,  exten- 
diéndose el  sentido  de  la  voz  profesióri 
desde  la  de  las  monjas  hasta  la  de  las 
rameras  {t¡). 

2.  Al  es  el  aliud  latino,  y  se  en- 
cuentra ya  usado  en  los  monumentos 
más  antiguos  del  lenguaje  castellano 
desde  el  Fuero  Juzgo.  En  el  Conde  Lu- 
cflwo/',  obra  del  Infante  D.  Juan  Manuel, 
que  murió  el  año  de  13+7,  se  leealcapí- 

(a)  Pág.  126. 

(r,)  Tan  fuera  de  su  profesión.  —  Ninguno 
de  nuestros  escritores  antiguos  ó  modernos 
puede  com[)etir  con  Cervantes  en  la  origi- 
nalidad, abundancia  y  gracia  inimitable  de 
estas  que  los  franceses  llaman  trouvailles 
(hallazgos)  y  que  esmaltan  á  cada  paso  su 
regocijada  historia.  Puede  decirse  con  toda 
justicia  que  es  el  rev  de  los  ingenios  espa- 
ñoles. *  (M.  de  T.) 


tulo  XIII:  Al  Deán  pesó  mucho  conestas 
nuevas,  lo  uno  por  la  dolencia  de  su  tío, 
lo  al  por  rezelo  que  habrían  ü  dejar  su 
estudio  El  autor  mencionado  poco  ha 
del  Diálogo  de  las  lenguas  cita  aquel 
adagio  contra  los  hipócritas  so  el  sayal 
hni  al.  En  las  cédulas  y  órdenes  <le  ios 
Reyes  llegó  á  ser  fórmula  ordinaria  con- 
cluir diciendoálosquese  encaminaban: 
et  non  faredes  ende  al.  Esta  palabra 
ocurre  una  ú  otra  vez  en  el  Quijotk,  y 
es  lástima  que  se  haya  anticuado  como 
el  ende  y  el  hi,  especie  de  abreviaturas 
sumamente  útiles  y  significativas,  usa- 
das de  nuestros  primitivos  escritores, 
(]ue  hemos  arrinconado  como  trastos 
viejos,  y  que  los  franceses,  con  más 
juicio  (i  quién  lo  dijera  ?)  (6)  que  noso- 
tros, han  conservado. 

3.  El  lenguaje  y  talle  de  D.  Quijote 
no  era  lo  que  acrecentaba  en  él  el  enojo, 
como  dice  malamente  el  texto  :  la  risa 
de  las  seúoras  era  la  (jue  producía  este 
efecto.  Debió  escribirse:  el  lenguaje  y 
talle  aumentaban  en  ellas  la  risa,  y 
ésta  en  él  el  enojo.  Así  diría  probable- 
mente el  original:  la  omisión  de  la  pa- 
labra ésta  hubo  de  ser  descuido  del 
impresor. 

(0)  ,;  Quién  lo  dijera  '.'  Causa  verdadero 
asombro  la  admiración  de  Cleraencín.  pues 
los  franceses,  no  obstante  su  fama  de  lige- 
reza y  veisatilidad,  han  mostrado  siemjjre 
más  juicio  que  nosotros  en  conservar  sus  tra- 
diciones literarias  y  su  amor  al  orden  y  á  la 
disciplina  en  las  cosas  del  esyn'rilu.  Por  eso 
resulta  a  veces  que  un  furibundo  radical 
francés  como  Anatole  France,  aparece  como 
esencialmente  tradicionalista  en  materias 
literarias.  Léase  en  prueba  de  ello  su  último 
y  hermoso  libro  Historia  de  Juana  de  Arco 
y  su  Vie  Litléraire.  (M.  de  T.) 


l-IUMKriA    PAIMC.    CAPITULO    II 


2.S 


gordo  (M'íi  muy  pacíüco,  el  cunl,  viendo  aquella  figura  conlralifcha, 
armada  de  armas  lan  desiguales  como  eran  la  brida,  lanza,  adarga 
y  coselete',  no  estuvo  en  nada  en  acompafiar-  á  las  doncellas  en 
las  muestras  de  su  contenió.  Mas  en  efeclo,  temiendo  la  máquina 
de  tantos  |)ertreclios,  determliKi  de  hablarlo  comedidamente,  y  así 
le  dijo  :  Si  vuestra  merced,  señor  caballero,  busca  posada,  amén 
del  lecho  ^  (porque  en  esta  venta  no  hay  ninguno),  todo  lo  demás 
se  hallará  en  ella  en  mucha  abundancia.  Viendo  D.  Quijote  la  humil- 
dad del  alcaide  de  la  fortaleza  (que  tal  le  pareció  á  él  el  ventero  y 
la  venta),  respondió  :  Para  mi,  señor  castellano,  cualquiera  cosa 
basta,  porque  mis  arreos  son  las  armas  ',  mi  descanso  el  pelear,  etc. 
Pensó  el  huésped  que  el  haberle  llamado  castellano  había  sido  por 
haberle  parecido  de  los  sanos  de  Castilla  ■^  aunque  él  era  andaluz 
y  de  los  de  la  playa  de  Sanlúcar,  no  menos  ladrón  que  Caco,  ni 


1.  Armas  desiguales  se  llaman  las 
que  pertenecen  á  dilerenles  géneros  de 
armadura.  La  brida  era  manera  de 
montar  propiadelos  hombres  de  armas 
ó  caballería  pesada,  á  diferencia  de  la 
jineta,  que  era  propia  de  la  caballería 
ligera,  y  muy  usada  por  los  moros.  En 
la  brida,  se  llevaban  los  estribos  largos 
y  las  piernas  tendidas  :  el  jinete  pare- 
cía estar  en  pie,  las  camas  del  freno 
eran  largas.  En  la  jineta,  los  frenos 
eran  recogidos,  los  estribos  cortos  :  el 
caballero  parecía  ir  sentado,  y  sus 
piernas  no  bajaban  de  la  barriga  del 
caballo.  Coselete  era  armadura  ligera. 
Los  caballeros  andantes  montaban  á  la 
brida,  como  los  hombres  de  armas, 
según  se  ve  por  sus  historias  en  la  des- 
cripción de  combales,  justas  y  torneos. 
Usaban  de  escudos  fuertes  de  hierro, 
(¡ue  llevaban  sus  escuderos.  Brida  y 
adarga  se  contradicen.  La  adarga  era 
hecha  de  cuero,  y  arma  propia  de  los 
que  jiiontaban  á  la  jineta.  Las  más  pre- 
ciadas se  fabricaban  en  Fez,  y  por  eso 
decía  el  gallardo  moro  al  salir  á  pelear 
con  el  valiente  castellano  : 

Ensillenme  el  potro  rucio 
Del  alcaide  de  los  Vélez, 
Denme  la  adarga  de  Fez 
Y  la  jacerina  fuerte  (a). 

2.  Régimen  defectuoso.  La  frase  no 
estuvo  en  nada  no  pudo  estar  regida 
por  el  ventero.  Sustituyase  en  su  lugar 

(a)  Guerra  civil  de  Granada,  cap.  VIII. 


esta  otra  :  no  estuvo  en  nada  que  acom- 
pañase. 

3  Es  lo  contrario :  quiso  decir  fuera 
ó  á  excepción  del  lecho  (v). 

4.  D.  Quijote  tomaba  la  palabra  á 
aquel  caballero  que,  hablando  con  su 
señora,  decía  en  un  antiguo  romance 
que  se  insertó  en  el  Romancero  de  Am- 
heres  de  1555  la) : 

Mis  arreos  son  las  armas, 
Mi  descanso  el  pelear. 
Mi  cama  las  duras  peñas. 
Mi  dormir  siempre  velar. 

La  contestación  del  ventero  á  D.  Qui- 
jote manifiesta  que  él  también  sabía  el 
romance. 

3.  Huésped  viene  del  latino  hospes, 
que  significaba  tanto  al  hospedado 
como  al  que  hospedaba.  Así  la  usaron 
también  nuestros  antiguos  libros,  el  de 
Amadís  de  Gaula  y  otros.  La  primera 
acepción  es  la  más  común  en  el  uso 
actual,  en  el  cual  se  llama  asimismo 
huésped  al  mesonero  ó  ventero  que 
hospeda  á  otros  por  interés. 

Castellano  significa  el  natural  de 
Castilla,  y  tamtiién  el  alcaide  ó  gober- 
nador del  castillo.  Mas  para  entender 
el  texto,  es  menester  saber  que  en  el 
idioma  de  la  Germanía,  según  el  Voca- 
bulario de  Juan  Hidalgo,  sano  de  Cas- 
tilla significa  ladrón  disimulado. 

[a]  Fol.  2Ü7 

(v)  Amén  significó  tambipn,  en  lo  antigno, 
fuera  de,  excepto.  (M.  de  T). 


26 


DON    ÍXIJOTF,    nr,    I.A    MANCHA 


menos  maleanlc  que  estudiante  ó  paje'.  Y  así,  le  respondió: 
Según  eso,  las  camas  de  vuestra  merced  serón  duras  peñas,  y  su 
dormir  siempre  velar :  y  siendo  así,  bien  se  puede  apear  con  segu- 
ridad de  hallar  en  esta  choza  ocasión  y  ocasiones  para  no  dormir 
en  todo  un  año,  cuanto  más  en  una  noche.  Y  diciendo  esto  fué  á 
tener  del  estribo  á  D.  Quijote,  el  cual  se  apeó  con  mucha  dificultad 
y  trabajo,  como  aquel  que  en  todo  aquel  día  no  se  había  desayu- 
nado. Dijo  luego  al  huésped  que  le  tuviese  mucho  cuidado  de  su 
caballo,  porque  era  la  mejor  pieza  que  comía  pan  en  el  mundo-. 
Miróle  el  ventero,  y  no  le  pareció  tan  bueno  como  D.  Quijote  decía, 
ni  aun  la  mitad  :  y  acomodándole  en  la  caballeriza,  volvió  á  ver  lo 
que  su  huésped  mandaba,  al  cual  estaban  desarmando  las  doncellas 
(que  ya  se  habían  reconciliado  con  él),  las  cuales,  aunque  le  habían 
quitado  el  peto  y  el  espaldar,  jamás  supieron  ni  pudieron  desen- 
cajarle la  gola,  ni  quitarle  la  contrahecha  celada^,  que  traía  atada 
con  unas  cintas  verdes,  y  era  menester  cortarlas,  por  no  poderse 
quitar  los  ñudos;  mas  él  no  lo  quiso  consentir  en  ninguna  manera; 
y  así  se  quedó  toda  aquella  noche  con  la  celada  puesta,  que  era  la 
más  graciosa  y  extraña  figura  que  se  pudiera  pensar :  y  al  desar- 


1.  Playa  de  Sanlúcar  :  uno  de  los 
parajes  de  España  que  en  tiempo  de 
Cervantes  eran  más  concurridos  de  va- 
gabundos y  gente  perdida,  como  se  ve 
por  la  reración  que  de  estos  parajes 
hace  el  mismo  ventero  en  el  capítulo 
siguiente. 

Caco,  hijo  de  Vulcano,  segi'in  la  fábula, 
infestabaconsus  robos  el  iLacio,  cuando 
Hércules  volvió  de  España  con  sus 
ganados.  Caco  le  robó  sus  vacas,  lle- 
vándolas á  su  cueva  por  las  colas  para 
que  no  las  encontrasen  por  el  rastro; 
pero  sus  bramidos  las  descubrieron,  y 
Caco  murió  á  uianosde  Hércules.  Caco 
en  griego  signiGca  malo,  perverso  {■/.). 

Maleante,  voz  de  la  Germania,  que 
significa  burlador,  cliaaqueador  matifj- 
no,  y  que  puede  derivarse  del  latín  male 
ar/ens  (a).  Solían  serio  con  frecuencia 

(x)  Caco  es  hoy  palabra  del  vocabulario 
usual  y  designa  aun  ratero  diestro  en  el  arte 
de  robar.  Suele  emplearse  la  frase  :  más  la- 
drón que  Caco.  También  trae  la  Academia 
esta  palabra  con  el  sentido  de  hornhre  timido, 
cobarde,  aunque  se  dice  más  un  aalliim,  ó 
un  cagón. 

(M.  de  T.) 

(a)  Male  agena.  —  La  palabra  mnluante  es 
participio  de  mulear,  y  se  aplicó  en  el  spntiilo 
de  :  persona  que  ne  malea  o  se  hace  picara.  Kn 


los  pajes  por  su  carácter  juvenil  y 
alegre  ;  y  de  sus  travesuras  y  burlas, 
tanto  entre  sí  como  con  los  truhanes 
que  asistían  antiguamente  en  las  casas 
de  los  magnates,  se  refieren  y  celebran 
cuentos  y  pasos  graciosos.  Lo  mismo 
solía  suceder  entre  los  esludianíes, 
según  se  pinta  en  el  raca^TodeQuevedo 
y  en  nuestras  florestas  y  colecciones  de 
chistes  ;  y  aun  han  liega<io  vestigios  de 
esta  costumbre  hasta  nuestros  días. 

"■1.  Se  hablaba  de  un  mal  rocín 
calidad  que  junto  con  la  de  comer  pan, 
como  los  racionales,  que  se  le  atribuyo 
excita  la  risa  del  lector,  y  acaba  de 
exaltarla  el  aire  de  sinceridad  que  da  á 
la  expresión  el  estado  delentendimiento 
de  D.  Quijote. 

3.  Piezas  todas  del  arnés,  cuyos 
nombres  indican  las  partes  que  defen- 
dían, menos  la  última,  que  por  encu- 
brir lo  principal,  que  es  la  cabeza,  se 
llnmaba  así  por  excelencia,  de  celar 
por  cii/irir. 


tiempos  de  Clenicncín  corría  todavía  el  fa- 
moso sistema  de  etimologías  que  hacía  deri- 
varse cadáver  de  las  tres  palabras  latinas  : 
caro  data  vermibus,  y  admitía  Otros  esper- 
pentos por  el  estilo. 

(M.  de  T.) 


PRiMRnA  PAnrr..   —  capítiti.o  it 


27 


mnrlo,  como  él  se  ¡inaginuba  que  aijucllas  traídas  y  llevadas'  que 
le  dosarmal)an  eran  algunas  principales  señoras  y  damas  de  aquel 
castillo,  les  dijo  con  mucho  donaire  : 

Nunca  fuera  caballero^ 
de  damas  t;iii  bien  servido, 
como  fuera  1).  Quijote 
cuando  de  su  aldea  vino  ; 
doncellas  curaban  dél, 
princesas  de  su  rocino, 

ó  Rocinante,  que  este  es  el  nombre,  señoras  mías,  de  mi  caballo, 
y  D.  Quijote  de  la  Mancha  el  mío:  que  puesto  que  no  quisiera 
descubrirme  fasta  que  las  fazañas  fechas  en  vuestro  servicio  y  pro 
me  descubrieran,  la  fuerza  de  acomodar  al  propósito  presente  este 
romance  viejo  de  Lanzarote  ha  sido  causa  que  sepáis  mi  nombre 
antes  de  toda  sazón  :  pero  tiempo  vendrá  en  que  las  vuestras  seño- 
rías me  manden  y  yo  obedezca,  y  el  valor  de  mi  brazo  descubra  oí 
deseo  que  tengo  de  serviros.  Las  mozas,  que  no  estaban  hechas  á 
oir  semejantes  retóricas,  no  respondían  palabra  ;  sólo  le  pregunta- 
ron si  quería  comer  alguna  cosa,  (kialquiera  yantaría  yo^,  respon- 
dió D.  Quijote,  porque  á  lo  que  entiendo  me  haría  mucho  al  caso. 
Á  dicha  acertó  á  ser  viernes  aquel  día^,  y  no  había  en  toda  la  venta 
sino  unas  raciones  de  un  pescado  que  en  Castilla  llaman  abadejo. 


\.  En  la  novela  de  Rinconete  y  Cor- 
tadillo dijo  Cervantes  de  unos  alpar- 
gates viejos  que  estaban  tan  traídos 
corno  llevados  :  y  lo  mismo  suele  de- 
cirse en  sfiueral  de  ropas  que  están  ya 
deslucidas  y  deterioradas  por  el  uso. 
Cervantes  lo  aplicó  con  propiedad  a 
objetos  manoseados  y  puercos,  en 
quienes  concurría  además  la  circuns- 
tancia de  traídos  y  llevados  por  los 
arrieros  ú  Sevilla,  como  antes  se  dijo. 
La  riqueza  y  opulencia  de  aquella  ciu- 
dad, mayor  en  aquella  época  que  en 
otra  alguna,  ocasionaba  la  afluencia  de 
este  género  de  podridas  y  pestíferas 
mercancías. 

2.  Contrahizo  aquí  nuestro  bidalgo 
y  aplicó  á  su  persona  el  romance  an- 
tiguo de  Lanzarote,  que  dice  : 

Nunca  fuera  caballero 
De  damas  tan  bien  servido, 
Como  fuera  Lanzarote 
Cuando  de  Bietuña  vino: 
Que  dueñas  cuidaban  dél. 
Doncellas  de  su  rocino  (a). 

(«)  íiomancero  de  Anibercs  do  1.-)55,fol.  24?. 


3.  Yantar  es  comer;  y  al  mismo 
tiempo  es  nombre,  y  significa  con  es- 
pecialidad cierta  contribución  que  an- 
tiguamente se  pagaba  á  los  Reyes  por 
razón  de  provisiones  para  sus  viajes. 
Como  verbo  y  como  nombre  ocurre  con 
frecuencia  en  nuestras  crónicas,  códigos 
y  poesías  primitivas.  Propiamente  sig- 
nificaba desayuno,  ientaculum,  como 
dice  Covarrubias  :  y  aquí  bien  podía 
usarlo  con  oportunidad  D.  Quijote, 
como  aquel  que  en  iodo  el  día  no  se 
había  desayiinado  (¡j,). 

4.  D.  Vicente  de  los  Ríos,  arneno  y 
culto  escritor  del  Análisis  del  Quijote 
que  se  publicó  en  las  ediciones  de  la 
Academia  Española,  fijó  con  arreglo  ;i 

((i)  Yantar.  —  Según  su  etimología  signi- 
fica desayuno.  Con  abundantes  citas  clásicas 
demuestra  el  señor  Cortejón  que  el  yantar  era 
la  comida  del  medio  día  y  no  el  almuerzo. 
Pudo  citar  el  refrán  :  Quien  es/jera  á  mano 
ajena,  mal  yanta  y  peor  cena.  Sin  endiargo  el 
verbo  yantar  se  usaba  en  el  sentido  general 
de  comer,  como  lo  demuestran  los  refranes  : 
El  ahad  de  lo  que  canta  yanta;  y.  con  la  mala 
yanta,  y  con  la  buena  ten  baraja.    (M.  de  T.) 


28  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

y  en  Andalucía  bacallao,  y  en  otras  partes  curadillo,  y  en  otras 
truchuela.  Preguntáronle  si  por  ventura  comería  su  merced  tru- 
chuela, que  no  había  otro  pescado  que  darle  á  comer.  Como  haya 
muchas  truchuelas,  res[)ondió  D.  Quijote,  podrán  servir  de  una 
trucha ;  porque  eso  se  me  da  que  me  den  ocho  reales  sencillos,  que 
una  pieza  de  á  ocho.  Cuanto  más,  que  podría  ser  que  fuesen  estas 
truchuelas  como  la  ternera,  que  es  mejor  que  la  vaca,  y  el  cabrito 
(pie  el  cabrón.  Pero  sea  lo  que  fuere,  venga  luego,  que  el  trabajo 
y  peso  de  las  armas  no  se  puede  llevar  sin  el  gobierno  de  las  tripas. 
Pusiéronle  la  mesa  á  la  puerta  de  la  venta  por  el  fresco,  y  trujóle 
el  huésped  una  porción  del  mal  remojado  y  peor  cocido  bacallao, 
y  un  pan  tan  negro  y  mugriento  como  sus  armas  ;  pero  era  mate- 
ria de  grande  risa  verle  comer*,  porque  como  tenía  puesta  la 
celada  y  alzada  la  visera,  no  podía  poner  nada  en  la  boca  con  sus 
manos,  si  otro  no  se  lo  daba  y  ponía,  y  así  una  de  aquellas  señoras 
servía  deste  menester.  Mas  el  darle  de  beber  no  fué  posible,  ni  lo 
fuera,  si  el  ventero  no  horadara  una  caña,  y  puesto  el  un  cabo  en 
la  boca,  por  el  otro  le  iba  echando  el  vino  :  y  todo  esto  lo  recebía 
en  paciencia  á  trueco  de  no  romper  las  cintas  de  la  celada  ^. 
Estando  en  esto,  llegó  acaso  á  la  venta  un  castrador  de  puercos,  y 
así  como  llegó,  sonó  su  silbato  de  cañas  ^  cuatro  ó  cinco  veces  : 

sus  cálculos  el  día  de  la  saudade  D.Qui-  cuándo  ni  cómo  sequilaron  estas  cin- 

jote  en   24   de   .lulio  de  1604  ;    pero  ese  tas;  sólo  se  dice  antes,  que  toda  aquella 

día  fué    miércoles,    según    lo   cual,  la  noche  estuvo  L).  Quijote  con  la  celada 

salida,  si  fué  en  U;04  y  en  viernes,  hubo  puesta.   Según   esta  expresión,    no    3e 

de  ser  el  2,  9,  16,  23  ó  3ü  de  Julio;  }■  si  desataron  ó  cortaron  las  cintas  hasta 

fué  en  28  de  Julio,  hubo  de  ser  el  año  otro  día  al  salir  de  la  venta,  que  fué  á 

de  1600,  en  que  el  2b  de  aquel  mes  fué  la  hora  del  alba,  como  se  contará  en  el 

viernes,  ó  el  año  de  1SJ95  ó  el  de  1389  ú  capítulo  IV. 

otro  anterior  en  que  concurriese  igual  3.  Llámase  este  instrumento  castra- 

circunstancia.  ¡    Cuánto    no   se   reiría  puercos  ó  pito  de  capador  (v).  Se  com- 

Cervantes  si  leyese  esta  nota!  pone  de  varios  cañutos  unidos,  cuyas 

1.  Se  usa  inoportunamente  la  con-  bocas  están  en  línea,  y  que  suenan 
junción  pero,  purque  ninguna  contra-  sucesivamente,  cumo  la  flautilla  con 
posición  hay  entre  lo  que  sigue  y  lo  que  suele  pintarse  al  Dios  Pan,  su  in- 
que   antecede.  Y    disuena    tanto   uiás,  ventor  : 

cuanto    el  período    siguiente   empieza 

con  otra  conjunciim    de  igual   signifi-  Pan  primus  calamos  cera  coniungere  plures 

cación  y  fuerza  :  mas  el  darle  de  beber  Instituit  («). 

no  fué  posible.  Las  ediciones  anteriores 

del  Quijote  decían  al  darle  :  era  errata  ün    pito    de   capador   solemnizó    la 

clara,  y    fué  poquedad  dé    ánimo   no  comida  de  D.  Quijote,  como  un  cuerno 

corregirla.  de  porquero  había  solemnizado  su  He- 

2.  A  trueco  de  miraros,  f?'^'*^  ^^  '^«^^'l'^- 

Aunque  me  aborrezcáis,  tengo  de  „,.,,„ 

[amaros.  (a)  Vtrgilw,  égloga  ?.'. 

Así  Pedro   Padilla   en    el  Tesoro    de         (.,)  £„  Francia  esta  c\ise  de  pitos  sólo  los 
varias  poesías  :  huy  se  dice  á  Irjieqiie.      usan  los  cahreros  de  tos  Pirineos. 
No  se  ve  en  el  progreso  de  la  relación  (M.  de  T.) 


PRIMKItA    PAini:.    —    r.M'ílTI.O    II  20 

con  lo  cual  acabó  de  confirmar  D.  Quijote  que  estaba  en  algún 
famoso  castillo,  y  que  le  servían  con  música,  y  que  el  abadejo 
eran  truchas,  el  pan  candeal,  y  las  rameras  damas,  y  el  ventero 
castellano  del  castillo,  y  con  esto  daba  por  bien  empleada  su  deter- 
minación y  salida.  Mas  lo  que  más  le  fatigaba  era  el  no  verse 
armado  caballero,  por  ()arecerle  que  no  se  podría  poner  legítima- 
mente en  aventura  alguna  sin  recibir  la  orden  de  caballería. 


CAPITULO  III 

DONDE    SE    CUENTA    LA   GRACIOSA   MANERA    QUE    TUVO    D.    QUIJOTE 
EN    ARMARSE   CABALLERO. 


Y  así  latigado  deste  pensamiento  abrevió  su  venteril  y  limitada 
cena,  la  cual  acabada,  llamó  al  ventero,  y  encerrándose  con  él  en 
la  caballeriza',  se  hincó  de  rodillas  ante  éP,  diciéndole  :  No  me 
levantaré-^  jamás  de  donde  estoy,  valeroso  caballero,  fasta  que  la 
vuestra  cortesía  me  otorgue  un  don  que  pedirle  quiero,  el  cual 
redundará  en  alabanza  vuestra  y  en  pro  del  género  humano.  El 
ventero,  que  vio  á  su  huésped  á  sus  pies,  y  oyó  semejantes  razones, 
estaba  confuso  mirándole,  sin  saber  qué  hacerse  ni  decirle,  y  por- 
fiaba con  él  que  se  levantase,  y  jamás  quiso,  hasta  que  le  hubo  de 
decir  que  él  le  otorgaba  el  don^  que  le  pedía.  No  esperaba  yo 


1.  La  elección  de  sitio  para  la  pre- 
sente escena  realza  en  gran  manera  su 
argumento,  y  muestra  hasta  qué  punto 
puseíaCervantcsel  instinto  del  ridículo. 
iQué  constraste  entre  el  lenguaje  cam- 
panudo y  grandioso  de  D.  Quijote,  y 
una  caballeriza! 

2.  La  misma  petición  y  en  la  misma 
postura  hizo  Enil  á  Amadís  de  Gaula, 
encubierto  ;i  la  sazón  bajo  el  nombre 
deBeltenebrós.Apartóleporti?iajjuerta, 
é  hincando  los  hinojos  ante  él,  le  dijo  : 
Como  quiera  cpte  yo,  señor,  no  os  haya 
servido,  atrevinidome  d  vuestra  gran 
virtud,  quiero  demandaros  merced :  y 
ruéqovos  por  Dios  que  me  lo  otorguéis. 
Beltenehrús  lo  levantó  suso,  é  dijo  : 
demanda  lo  que  quisieres,  que  yo  hacer 
pueda.  Enil  le  quiso  besar  las  manos; 
mas  él  no  quiso,  ¿dijo  :  Señor,  demán- 
dovos  que  me  hagáis  caballero  [a). 

3.  Perión  de  Gaula,  uno  de  los  hijos 
de  Amadís,  después  de  desembarcar 
en  una  costa  con  otros  donceles,  vio 
venir  una  barca,  que  dos  grandes  jimios 
con  cuatro  remos  traían.  De  la  barca 
salió  una  doncella,  y  llegada  á  ellos,  y 

(a)  Amadis  de  Caula,   cap.   LVIII. 


/tincando  las  rodillas  en  tierra  ante 
Per  ion,  dijo  :  Buen  doncel,  de  aquí  no 
me  levantaré  hasta  que  me  otorguéis  un 
don.  Él  le  respondió,  viéndola  tan 
apuesta  y  hermosa  :  Doncella,  pedid  lo 
que  quisiéredes.  que  yo  os  lo  otorgo. 
Ella,  levantándose,  le  dijo...  Loque  me 
habéis  prometido,  señor,  es  qut  vais 
conmigo  donde  yo  os  llevare  en  esta 
barca,  luego  sin  ninguna  dilación,  vos 
solosÍ7i  otra  compañía.  Perlón,  obligado 
por  su  promesa,  se  entró  en  la  barca 
con  la  doncella,  y  remando  fuertemente 
los  jimios,  se  perdieron  de  vista  (a).  La 
doncella  era  AlquiTa,  hija  del  sabio 
Alquife,  marido  de  Urganda  la  Desco- 
nocida, de  quien  se  hace  algunas  veces 
mención  en  el  Qumote.  Lus  expresiones 
de  Alquila  á  Perlón  son  muy  semejantes 
á  las  de  D.  Quijote  al  ventero. 

4.  La  buena  gramática  pediría  que 
los  verbos  porfiaba,  quiso  y  hubo. 
correspondiesen  á  una  misma  persona 
ó  sujeto.  No  sucede  así,  y  resulta  al- 
guna obscuridad,  que  se  hubiera  corre- 
gido poniendo,  en  vez  de  jainás  quiso, 
jamás  lo  consiguió. 

(a)  Liíuarte  de  Grecia,  cap.   i. 


l'HIMi;ii.\    l'AHIK. 


(.Al'llLLO    III 


:í\ 


inonos  '  (le  la  <íraii  iiiaf^uiíicencia  vuestra,  señor  mío,  respondió 
D.  Quijote ;  y  así  os  di^o  que  el  don  que  os  he  pedido  y  de  vuestra 
liberalidad  me  ha  sido  otorgado '^  es  que  mañana,  en  aquel  día  ^,  me 


\.  El  Einper.idoi'  Arquelao  üloi'fíó 
cierta  merced  al  Duque  de  Calés,  y 
éste  besó  las  manos  al  Km/ierador,  di- 
ciendo :  No  se  esperaba  menos  de  lan 
crecida  virtud  romo  la  que  en  Vuestra 
Majestad  resplandece  {a).  Habiendo  la 
doncella  Gradalilea  pedido  un  don  á  la 
Princesa  Onoloria,  y  otorgádolo  ésta, 
la  doncella  le  besó  las  manos,  aunque 
no  quiso,  y  le  dijo  :  No  esperaba  yo  de 
vos  menos  (b). 

2.  Cervantes  salpicó  todos  estos  pa- 
rajes de  expresiones  tomadas  del  voca- 
bulario caballeresco. 

En  ocasión  que  Perianeo,  Príncipe  de 
Persia,  había  desafiado  al  Emperador 
D.  Belanio,  un  caballero  desconocido, 
entrando  por  la  sala,  llegó  hasLa  hincar 
las  rodillas  ante  el  Emperador,  y  dijo  : 
Alto  y  muy  poderoso  señor  :  yo  soy  un 
caballero  venido  de  lejas  tierras  á  te 
servir...  Por  ende  te  suplico  que...  ten- 
f)as  por  lúen  de  me  otorgar  un  don,  de 
que  ningún  daño  ñ  ti  ni  á  tu  corte  ven- 
drá. Yo  os  lo  otorgo,  respondió  el  Em- 
perador... Pues  el  don  que  me  hahéis 
otorgado,  dijo  el  caballero,  es  de  me 
dejar  hacer  la  batalla  con  ese  tan 
arrogante  caballero...  Mucho  me  pesa, 
respondió  el  Emperador,  de  lo  qiie  vos 
he  otorgado...:  mas  púa  asi  es,  yo  no 
lo  puedo  excusar  (c). 

Él  Príncipe  Aí^esilao,  disfrazado  con 
el  nombre  de  üaraida,  dijo  á  Sidonia, 
Keina  de  (lUindaya  :  Mi  señora.,  supli- 
cóos un  don  me  otorguéis...  ¡Ay  Da- 
raidal  dijo  la  Reina,  piide  lo  que  qui- 
sieres, que  1/0  lelo  otorgo...  Y  ella  dijo: 
Sabed,  mi  señora  Sidonia,  que  me 
habéis  otorgado  que  mañana,  recibiendo 
la  Orden  de  Caballería  por  mano  del 
Caballero  del  Fénix...  haga  yo  la 
batalla  en  lugar  del  tercero  {d).  El 
Caballero  del  Fénix  era  D.  Florarían 
de  Tracia. 

Allí  mismo  (e)  se  cuenta  que  la  don- 
cella Galtacira  pidió  que  le  otorgase  un 
don  la  Reina  Sidonia.  Otorgado  el  don 
por  la  Reina,  le  dijo  Galtacira  :  Pues 
mi  señora,  el  don  que  me  habéis  otor- 

(a)  Olivante  de  Laura,  lib.  I,  cap.  XXXIV. 
—  (A)  Lisuarte  de  Grecia,  cap.  Vil.  —  (c)  Bo- 
lianis,  lib.  II,  cap.  XXX.  —  (d)  Florisd, 
parte  III,  cap.  L.  —  («)  Gap.  Lili. 


gado  es  que  mandéis  á  la.  vuestra  Daraida 
que  luego  mañana  se  pana  conmigo  á 
remediar  mi  necesidad.  De  esto  pesó  á 
la  Reina. 

Semejante  especie  de  compromisos, 
obtenidos  artificiosamente  por  medio 
de  promesas  anticipadas,  venía  ya  de 
los  libros  primitivos  de  Caballería.  El 
Rey  Artús  había  pedido  un  don  á 
Tristán,  y  otorgado  por  éste  á  instancia 
de  la  Reina  Ginebra  y  «le  Lanzarote, 
declaró  Artús  que  el  don  otorgado  era 
ser  para  siempre  Caballero  de  su  corte 
y  de  la  Tabla  redonda. 

.3.  Yendo  Urbín  el  Lozano  con  su 
escudero  Carpín,  á  petición  de  la  dueña 
Ardenia,  á  libertar  una  doncella,  hija 
suya,  que  el  gigante  Llaro  había  robado 
y  tenía  en  una  torre,  le  dijeron  desde 
las  almenas  :  Esa  loca  dueña  que  aquí 
te  envía,  su  hija  mañana  verá  en  aquel 
día  lo  que  con  los  caballeros  andantes 
tan  locos  como  tú  ha  ganado  (a). 

Esta  añadidura,  en  aquel  día  para 
expresar  el  de  mañana,  no  es  exclusi- 
vamente de  los  libros  de  Caballería; 
es  también  de  otros  desde  la  fecha 
m;ís  antigua  de  nuestro  idioma.  En  el 
Poema  del  Cid,  escrito  en  la  declinación 
del  siglo  XII,  por  el  mismo  tiempo  ó 
poco  después  que  los  primitivos  libros 
bretones  de  Caballería,  se  refiere  que 
estando  el  Cid  cerrado  por  los  moros 
en  el  castillo  de  Alcocer,  Alvar  Fúñez, 
uno  de  sus  capitanes,  proponía  que  se 
hiciese  una  salida  contra  los  sitiadores, 
y  decía  : 

Víivamos  lüó  ferir  en  aquel  día  de  oras  (¿). 

En  el  romance  viejo  de  la  Infantina  (c) 
se  lee  : 

Hija  soy  yo  del  buen  Rey 

Y  la  Reina  de  Castilla 

Hoy  se  cumplen  los  siete  años 

O  mañana,  en  aquel  día 

Esperéisme  vos,  señora, 

Hasta  mañana  aquel  día. 

En  el  romance  del  conde  Alarcbs,  dice 
á  éste  el  Rey  : 

Cijnvidaros  quiero,  Conde, 
Por  mañana,  en  aquel  día, 

(n)    Polici.ine  de    Boecia.    cap.   XXITI.    — 

{bi  Romancero  de  Amberes  de  1Ó.55,  fol.  203. 
—  (c)  Verso  b84. 


32 


DON    QUIJOTE    DE    I.A    MANCHA 


habéis  de  armar  caballero,  y  esta  noche  en  la  capilla  desle  vuestro 
castillo  velaré  las  armase  y  mafiana,  como  tengo  dicho,  se  cum- 
plirá lo  que  tanto  deseo,  para  poder  como  se  debe  ir  por  todas  las 
cuatro  partes  del  mundo  buscando  las  aventuras  en  pro  de  los 
menesterosos,  como  está  á  cargo  de  la  caballería  y  de  los  caba- 
lleros andantes  como  yo  soy,  cuyo  deseo  á  semejantes  fazaflas  es 
inclinado.  El  ventero,  que  como  está  dicho  ei'a  un  poco  socarrón 
y  ya  tenía  algunos  barruntos  de  la  íalta  de  juicio  de  su  huésped, 
acabó  de  creerlo  cuando  acabó  de  oír  semejantes  razones,  y  por 
tener  que  reir  aquella  noche,  determinó  de  seguirle  el  humor;  y 
así  le  dijo  que  andaba  muy  acertado  en  lo  que  deseaba,  y  que  tal 
prosupuesto  era  propio  y  natural  de  los  caballeros  tan  principales 
como  él  parecía  y  como  su  gallarda  presencia  mostraba ;  y  que  él 


Que  queráis  comer  conmigo 
Por  me  tener  cumpaüia. 

Usando  de  este  modismo  antiguo,  cuenta 
Cervantes  en  la  segunda  parle  del  Qui- 
jote (a)  que  decía  el  Duque  á  Sancho  : 
Advertid  que  mañana^  en  ese  mismo 
día,  habéis  de  ir  al  (jobierno  de  la  ín- 
sula (a). 

1.  Conforme  al  espíritu  general  del 
tiempo  y  de  los  países  en  que  ílureciú 
la  caballería,  su  profesión  estaba  ligada 
intimamente  con  la  del  Cristianismo. 
Por  su  ley  y  por  su  dama  em  la  divisa 
del  caballero.  Üe  aquí,  junto  con  la 
ignorancia  y  poca  cultura  de  dicha 
época,  nacía  aquella  mezcla  de  magna- 
nimidad y  de  venganza,  de  violencia  y 
de  ternura,  de  devoción  y  de  amoríos, 
cuya  reunicm  tiene  también  su  color 
poético  y  es  capaz  de  recibir  los  ador- 
nos de  la  imaginación  y  del  estilo.  Este 
carácter  se  exageró  en  las  historias  de 
los  caballeros  andantes,  donde  ;i  cada 
paso  se  encuentran  las  pr.icticas  reli- 
giosas mezcladas  con  otras  de  ferocidad 
grosera,  contradicciones  entre  ¡acreen- 
cia y  la  conducta,  profesión  sincera  de 
la  fe  y  violación  perpetua  de  las  máxi- 
mas del  Evangelio.  Los  estatutos  de  la 
Orden  de  la  Banda,  fundada  por  el 
Rey  D.  Alfonso  el  XI  de  Castilla,  pres- 
cribían que  todo  Caballero  déla  Banda 
faf/a  ynue/io por  oir  misa  en  la  mañana, 
pudiéndola  haber,  porque  lo  ayude 
Dios   en    su   caballería   {b}.    Pues    he 

'a)  Cap.  XLII.  —  (6)  Doctrinal  de  Cabal- 
leros, lib.  III,  tit.  V. 

fa)  En  confirmación  de  este  uso  aduce  el 
señor  Cortejen  pasajes  de  Berceo,  Calderón 
y  Alarcón.  {^l.  de  T.) 


aquí  que  esta  costumbre  era  ordinaria 
también  en  los  caballeros  andantes, 
como  se  cuenta,  v.  gr.,  del  caballero 
del  Febo  y  del  Rey  Liseo  en  el  Espejo 
de  Príncipes  {a).  Estándose  para  dar 
una  gran  batalla  entre  el  Emperador  de 
Roma  y  el  Rey  de  Gaula,  refiere  la  his- 
toria de  Amadís  [b]  que  venida  el  alba 
las  trompetas  sonaron,  y  tan  claro  se 
oían  los  unos  á  los  otros  como  si  juntos 
estuvieran.  La  yente  se  comenzó  á  ar- 
mar é  ú  ensillar  sus  caballos,  é  por  las 
tiendas  ú  oir  misas  é  cabalyar  todos  é 
se  ir  para  sus  señas.  Cuando  Godofre  <^) 
de  Bullón  lidió  con  Guí  de  .Montefalcón 
en  desagravio  de  una  doncella  despo- 
seída de  su  estado  por  este  último, 
después  de  armados  oyeron  amos  ú  dos 
misa  en  la  mayor  iglesia  de  la  ciudad ; 
y  luego  cabalgaron,  y  se  fueron  á  rom- 
per las  cabezas.  La  noche  anterior  al 
día  en  que  habían  de  pelear  el  caba- 
llero del  Cisne  y  el  duque  Rainer  de 
Sajonia,  tovieron  amos  los  cab  Uleros 
vegilia  en  la  mayor  iglesia  de  la  villa, 
el  uno  al  altar  de  Sant  Ramiro,  é  el 
otro  al  de  Sant  Pedro.  E  otro  día  oyeron 
misa,  é  ofrecieron  amos  sus  ofrendas 
muy  grandes  é  muy  ricas.   É  después 

(a)  Parte  I,  lib.  11,  cap.  XLIV. 
(h)  Cap.  CIX. 


(>)  Godofre.  —  Ni  esta  palabra  ni  Guí 
son  formas  castellanas.  Se  dice  Go'lofredo  y 
Guido.  También  tenemos  la  forma  Vito,  muy 
usada  eu  la  frase  :  baile  de  San  Vito,  y  como 
designación  de  un  baile  andaluz. 

(M.  de  T.) 


i'HiMi;ti.\  i'akh;. 

uniidrinise  tnjii/  /lieii,  é  salieron  en  .sus 
calta  I  los,  ('  fueron  al  campo  do  liabiaii 
li  lií/iar  (u).  Kl  Infante  Kloraiiior  y 
Lenndro  el  Uel,  aninritcs  amitos  áe  lii 
Princesa  Ciipidua,  se;  dusafiaroii  sin 
saber  que  eran  hermanos.  Llegado  el 
plazo  de  la  batalla,  la  noche  antes  se 
confesaron  de  sus  pecados...  //  venida 
la  mañana,  recibieron  el  San/isimo 
Cuerpo  de  Nuestro  Señor  Jesucristo  :  el 
caballero  de  Cupido  (Leandro)  e?i  la 
capilla  del  Emperador,  y  el  de  las 
Doucellas  (Floraínor)  en  un  tnoneslerio. 
Veriliciise  después  la  batalla,  que  duró 
con  el  mayor  encarnizamiento  hasta  la 
noche  !/;).  La  víspera  de  la  batalla  de 
Lisuarte  con  Ainadis  de  (¡recia,  tuvo 
vigilia  en  la  capilla  de  la  Emperatriz... 
Antes  que  amaneciese,  fué  confesado  de 
todos  sus  pecados  é  con  f/ran  devoción 
tomó  el  cuerpo  de  nuestro  Redentor  (c;. 
Lo  mismo  hizo  Amadis  de  (jaula  antes 
de  combatirse  con  Ardan  Calineo  (r/) :  y 
lo  mismo  hicieron  el  Emperador  D.  Bela- 
nio  y  sus  tres  hijos  Belianis,  Clarineo 
y  Lucidaner  para  enlrar  en  el  desafío 
con  los  Príncipes  troyanos  (e). 

Consiguiente  á  estas  máximas  y  cos- 
tumbres, fué  que  en  el  acto  de  armarse 
los  caballeros  interviniesen  también 
ceremonias  reliíiiosas,  y  que  D.  Quijote 
tratase  de  seguir  puntnnlmenie  los 
ejemplos  que  le  daban.  Amadis  de  Gaula, 
cuando  quiso  armarse  caballero  por 
mano  del  Rey  Perión,  su  padre,  hizo 
llevar  porlanoche  sus  armas  á  la  capilla 
de  la  Reina,  donde  armado  de  todas 
armas,  salvo  lacabeza  y  las  manos,  h?zo 
la  oración  ante  el  altar,  rogando  d  Dios 
que  así  en  las  armas  como  en  aquellos 
mortales  deseos  que  por  su  señora  tenía, 
le  diese  victoria.  Venido  el  Rej'  Perión 
;'í  la  mañana,  le  dijo  Oriana  :  Yo  vos 
quiero  pedirun  don.  De  grado,  dijo  el 
Rey.  lo  haré.  Pues  fiacedme  esemi  doncel 
caballero  ;  y  tnoslr úselo,  que  de  rodillas 
anteelallar  estaba.  El  Rey  vióeldoncel 
tan  hermoso,  que  muclio  fué  maravi- 
llado, y  llegándose  ú  el,  dijo :  ?  Queréis 
recibir  orden  de  caballería  '.'  Quiero,  dijo 
él.  En  el  nombre  de  Dios:  y  él  mande 
que  tan  bien  empleada  en  vos  sea  y  tan 
crecida  en  honra,  como  él  os  crescio  en 
hermosura;  y  poniéndole  la  espuela 
diestra,  le  dijo:  agora  sois  caballero,  y 

(a)  fíistorin  del  Ccbnllero  del  Cisne,  Ub.  I, 
caps.  LXXVIII  V  CLVII.  —  Ib)  Caballero  de 
la   Cruz,  lib.  lí,   caps.  XXV  y  XXVI.    — 

(c)  Amadis  de  Grecia,  parte  II,  cap.  LXI.  — 

(d)  Cap.  LXI.  —  {e)  Belianis,  lib.  II,  cap.  LII. 


—    CAI'ITI  I.O    Jll  33 

la  espada  pjodéis  tomar.  El  Rey  la  tomó 
é  diósela,y  el  doncel  la  ciñó  muy  apues- 
lumcnte  (a).  Fl  Rey  Minandro  decía  á 
la  doncella  que  le  pedía  armase  caba- 
llero á  Policisne  :  Ninguno  puede  por  ley 
de  caballería  ser  armado,  sin  antes  velar 
en  una  iglesia  sus  armas  (b).  La  noche 
que  Florambel  de  Lucea  veló  sus  armas 
para  recibirse  caballero  á  otro  día,  se 
confesó  con  el  santo  sacerdote  Ci- 
priano (c).  Cuando  Lisuarte  se  armó 
caballero  en  Gonstantinopla,  tuvo  vi- 
gilia la  noche  antes,  y  se  confesó  con 
un  Obispo  de  lodos  sus  pecados  [d). 
Leandro  el  Bel  y  cinco  donceles  que 
le  acompañaban,  recibieron  la  orden 
de  caballería  de  mano  del  Emperador 
de  Constantinopla,  y  la  noche  antes, 
que  era  la  de  San  Juan,  la  pasaron  en 
oración  en  la  capilla  imperial,  rogando 
d  Dios  los  hiciese  tales  que  pudiesen 
adelantar  sus  lionras  y  ensalzar  su 
santa  fe:  despuésde  confesados,  oyeron 
misa  solemne  y  comulgaron  los  seis 
donceles.  Semejante  fué  el  caso  de 
Florineo,,  hijo  de  Aquilano.  Rey  de 
Esiocia.  Él  y  otros  cincuenta  y  dos  ca- 
balleros, después  de  media  noche  se 
confesaron  de  todos  sus  pecados  y 
recibieron  el  cuerpo  del  Señor,  rogán- 
dole les  diese  gracia  que  le  pudiesen 
seriñr  en  aquella  orden  que  recibían... 
Y  el  alba  venida,  vino  el  Rey  á  la  iglesia, 
adonde  el  arzobispo  de  Lucea  dijo  con 
gran  solemnidad  la  misa,  y  después  el 
Rey  armó  caballero  á  Florineo  :  y  ciñén- 
dule  una  muy  buena  espada  que  fuera 
del  Rey  Guidelo,  su  abuelo,  le  dio  paz 
en  el  rostro,  y  le  dijo:  Dios  le  haga  tal, 
cual  lodo  el  mundo  piensa  (e). 

Esta  intervención  religiosa  en  la  re- 
cepción del  orden  de  caballería  no  fué 
invención  de  los  fabulistas  caballeres- 
cos, ni  era  solamente  práctica  de  ca- 
balleros particulares,  sino  también  de 
Reyes  y  Príncipes.  Caminando  Don 
Juan  el  II,  Rey  de  Castilla,  para  hacer 
la  guerra  á  los  moros,  pasó  por  Toledo, 
y  allí  veló  las  armas  en  la  iglesia  cate- 
dral toda  una  noche,  como  refiere  su 
crónica  (f).  Los  escritores  de  libros  de 
caballería  copiaron  en  esta  parte  las 
costumbres  y  usanza  general  de  su 
tiempo,  descrita  ya  menudamente  en  el 

(a)  Amadix  de  Gaula.  cap.  IV.  —  (b)  Poli- 
cisne  de  Beoda,  cap.  XXXVIll.  —  (c)  Flo- 
rambel de  Lucea,  lib.  II. cap.  XVI.  —  (d) 
Lisuarte  de  Grecia,  cap,  XXVI.  —  (c)  Flo- 
rnnibel  de  Lucea,  lib.  I.  cap.  IV.  —  (')  Cap. 
CCI. 


34 


DON    Ol  IJOIT-:    DK    LA    MANCHA 


ansimisrno  en  los  años  de  su  mocedad  se  había  dado  á  aquel  hon- 
roso ejercicio,  andando  por  diversas  partes  del  mundo  buscando 
sus  aventuras,  sin  que  hubiese  dejado  los  Percheles  de  Málag^a  \ 


Código  fie  las  Purlidas,  obra  del  Hcy 
Don  Alonso  el  Sabio,  en  el  siglo  xm  {a¡. 
Los  mistaos  usos  duraban  en  el  siglo  xv. 
como  se  ve  por  el  ejemplu  mencionado 
del  Rey  D.  Juan,  y  por  el  Doctrinal  cíe 
Cahalleros  dirigido  al  Conde  de  Castro 
por  el  Obispo  de  Buryos,  donde  se 
msertaron  literalmente  las  disposi- 
ciones de  las  Partidas.  Describiéndose 
allí  la  forma  en  que  debe  armarse  el 
caballero,  se  manda  que  la  noihe  anles 
vele  en  la  iglesia,  haciendo  oración  ; 
venido  el  día  oiga  misa,  y  armado  de 
todas  armas,  menos  la  cabe/.a,  que 
tenga  descubierta,  proteste  ante  el  que 
leba  de  armar,  que  quiere  reci!)ir  orden 
de  caballería,  y  que  la  mantendrá  como 
se  debe  mantener.  El  que  le  armaba  ú 
otro  caballero  por  su  mandado,  le  cal- 
zaba las  espuelas,  y  luei/o  le  ceñía  la 
espada.  Sacábala  el'  novel  caballero,  y 
con  ella  en  la  mano  juraba  morir,  si 
menester  fuese,  por  su  ley,  por  su  señor 
y  por  su  tierra.  Hecho  esto,  el  que  lo 
armaba  laclaba  la  pescozada  porque  no 
se  le  olvidase  su  juramento,  y  lo  besaba 
en  señal  de  paz.  Los  estatutos  hechos 
posteriormente  para  las  órdenes  mili- 
tares de  España  confirmaron  estas  dis- 
posiciones, y  expresaron  la  de  que 
comulgase  el  caballero. 

Los  pormenores  de  estas  ceremonias 
se  encuentran  observados  unos  en  una 
parte,  otros  en  otra,  en  innumerables 
pasajes  de  los  libros  caballerescos.  Cer- 
vantes,en  la  armadura  (y)  de  D.  Quijote 
remedo  las  que  hacían  buenamente  á 
su  intento:  omitió  las  religiosas,  cuya 
intervención,  ni  ira  verosímil  ni  podía 
verificarse  sin  profanarlas  :  halló  el 
medio  de  indicarlas  por  no  faltar  á  la 
verosimilitud,  y  de  omitirlas  por  no 
faltar  al  respeto.  Pero  ya  que  de  esta 
suerte  se  puso  á  cubierto  Cervantes  de 
la  nota  de  irreligiosidad,  no  eviti)  por 
otro  lado  la  censura  de  algunos  que 
creyeron  que  en  este  lugar  de  su  Quijote 

(a)  Part.  II,  tit.  XXI. 

(y)  A¡tnadura  no  es  el  término  propio:  en 
este  caso  sería  mejor  emplear  la  palabra  : 
armazón,  qué  precisaineute  usa  más  adelante 
el  mismo  Corvantes  en  este  sentido. 

(M.  de  T.) 


contribuyó  á  la  rlccadencia  de  cierto 
pundonor  caballeresco  que  antes  era 
común  entre  los  Españoles,  y  cuyo  es- 
píritu se  hallaba  expresado  en  las  cere- 
monias de  larccepcum  de  la  caballería. 
Cervantes,  remedándolas  del  modo  que 
aquí  se  ve  en  el  discurso  de  la  relación 
presente,  haciendo  del  corral  capilla, 
de  la  pila  del  pozo,  altar,  del  libro  de 
paja  y  cebada,  manual,  del  ventero, 
maestre,  de  las  rameras,  i^aballeros  asis- 
tentes y  de  las  bestias  de  los  arrieros, 
capítulo,  imprimii)  á  todo  un  sello  de 
ridiculez  que,  sin  duda  alguna,  estuvo 
muy  lejos  de  su  intención. 

1.  Especie  de  mapa  picaresco  de  Es- 
paña, donde  se  marcan  los  principales 
parajes  á  que  solía  concurrir  la  gente 
perdida  y  vagabunda. 

Perc/i'fies  de  Malaya.  Islas  de  Riaráii. 
—  A  principio.s  del  siglo  xv,  el  Hey 
D.  Enrique  el  Enfermo  envió  una  em- 
bajada al  famoso  Tamerlán,  que  había 
extendido  sus  conquistas  por  las  re- 
giones interiores  del  Oriente,  y  llenado 
el  mundo  de  su  renombre.  Ruy  González 
de  Clavijo,  uno  de  los  enviados,  en  el 
itinerario  que  escribió  de  la  embajada, 
hablando  de  Málaga,  di<e  :  entre  elmnr 
if  la  cerca  de  la  rilla  esldn  unas  pocas 
de  casas  que  son  lonjas  de  mercaderes. 
Este  sitio  le  ocupaba  un  grande  arrabal 
en  que  había  muchas  huertas  y  casas 
caídas,  cuando  sitiaron  á  Málaga  los 
Reyes  Católicos  aw  los  cuales, después 
de  tomada  aquella  ciudad,  heredaron 
en  aquel  arrabal  á  Garci  Lóipez  de 
Arriarán,  caballero  vizcaíno,  capitán 
de  la  Arniada.  que  concurrii'>  á  la  em- 
presa, de  donde  tomó  la  manzana  de 
casas  que  le  formaban  el  nombre  de 
Isla  de  Hiaron.  Después  déla  conquista, 
por  razones  de  salubridad  y  de  aseo  se 
estableció  allí,  como  en  paraje  aislado, 
el  adobo,  salazón  y  tráfico  d«  los  pes- 
cados, y  por  l.is  perchas  en  que  se  col- 
gaban á  orear  los  ceciales,  dicen  que  se 
aló  al  barrio  el  nombre  de  los  Per- 
cheles. Eii  este  período  fué  cuando 
adquirió  el  crédito  que  le  dié)  tan  hon- 
rado tugaren  la  relación  del  ventero,  y 

{a)  Crónicade  Pulgar, parte  III,  Cap.  T..XXV. 


fniMKItA     l'AUl't;.    —    C.APÍTI  I.O    III 


mK 


en  qiio,;!  semejanza  tlentras  pesqucrirts 
de  las  costas  ile  I^spiíñii,  servia  de  es- 
cuela y  palestra  <i  los  vusíos  (|iie 
citncurriaii  (l(!  todas  i)iirLes  ;i  ejei'i'itar 
sus  lualas  mañas.  La  circunst.iiicia  <l(! 
ser  par.ije  separado  de  la  ciudad,  hizo 
que  se  le  destinase ;i  lazareto  en  la  i)este 
(¡ue  atlifíii)  a(iuella  costa  el  año  IriSá, 
seiriui  las  noticias  recogidas  y  |)ul)licadas 
pcu- Pellicer  ;  y  alii  se  ediliiMi  después 
la  aduana,  entrailo  ya  el  síí;1o  xviii.  De 
los  bravos  de  los  l'rrc/ieles  se  liace 
uienciúii  en  la  historia  de  Kstehanillo 
González,  truhán  de  mediados  del 
siglo  XVII  (fi);  pero  esta  fama  era  ya 
antigua,  ponjue  el  lacayo  espadachín 
Vallejo,enla  comedia ViV/emíí/, de  Lope 
de  Itneda,  decía  á  su  amo  :  }'  coi'lé  el 
brazo  á  Vicente  Arenoso  riñenr/o  con  él 
de  Inieno  á  bueno  en  los  Percheles  de 
Mr'dar/a  [b). 

Compás  de  Sevilla.  —  Cervantes,  en 
el  \'iaje  al  Parnaso,  describiendo  la 
tormenta  que  corría  un  buque  cargado 
de  malos  poetas,  dice  : 

T  sé  yo  bien  que  la  fatal   cuadrilla 
Antes  que  allí,  holgara  de  hallaise 
En  el  Couipás  famoso  de  Sevilla. 

Dióse  el  nombre  de  Cow//7i'/'.s-á  un  barrio 
de  aquella  ciudad  que  está  al  entrar  por 
la  puerta  del  Arenal,  á  laizijuierda  á  lo 
largo  de  la  muralla,  donde  estuvo  anti- 
guamente la  mancebía  con  otras  casas 
de  vecindad,  habitadas  de  gentedemal 
vivir.  Hubo  en  él  una  laguna,  de  donde 
recibii'i  el  nombre  una  calle  que  ahora 
lo  tiene.  A  este  barrio  hubo  de  perte- 
necer la  casa  de  Monipodio,  que  tan 
saladamente  describir)  Cervantes  en  la 
novela  de  Rinconete  y  Cortadillo. 

Azoquejo  de  Segoria.  —  Plazuela  del 
arrabal  de  Segovia,  por  donde  pasa  el 
famoso  acueducto  romano  de  aquella 
ciudad,  que  en  ella  es  donde  tiene  su 
mayor  elevación.  Azoguejo  es  duninu- 
tivo  de  azogue,  palabra  anticuada  de 
origen  árabe,  que  significa  plaza.  Pa- 
réceme  que  azogue  era  equivalente  de 
ioco,  que  significa  lo  mismo  :  Zocodover 
es  diminutivo  de  zoco,  y  según  esto, 
sftn  sinónimos  Azoguejo  y  Zocodover, 
plazuelas,  aquélla  de  Segovia  y  ésta  de 
Toledo.  Cuando  Segovia  era  Segovia,  y 
sus  fábricas  y  riquezas  atraían  y  ali- 
mentaban una  población  numerosa,  el 
-Vzoguejo  era  el  sitio  donde  solía  con- 
currir la  gente  apicarada  que  aquí  se 


indica,  y  (jue  frecuentarían  los  pelaires 
de  aquella  ciudad,  de  quienes  se  habla 
después  en  el  capítulo  XVII  como  de 
gente  aleare,  nialeanle  y  juguelona. 

Olivera  de  Valencia.  —  Hace  medio 
siglo  que  junlíj  á  la  parrorpiia  de  San 
Miguel  de  Valencia  había  un  olivo  an- 
tiguo enunsilio  despejado  yespacioso, 
que  hoy  ocupan  algunas  casas  y  la 
plazuela  de  la  Olivereta  Los  callejones 
tortuosos  de  alrededor,  entre  ellos  el 
llamado  del  Hoch.i  ó  del  Verdugo  y  el 
de  Malcuinal  ó  Malguisado,  eran  al- 
bergue de  mala  gente  y  lupanares  que 
frecuentemente  daban  que  hacer  á  la 
justicia.  Según  las  noticias  que  D.  Ca- 
siano Pellicer  recogió  en  la  parte  II  del 
liis/rionismo,  parece  que  hubo  en  la 
Olivera  corral  de  comedias  á  mediados 
del  siglo  XVII.  Míicese  mención  del  mismo 
sitio  en  la  comedia  El  bobo  del  Colegio, 
escrita  por  Lope  de  Vega,  donde  el 
lacayo  de  Garcerán,  que  había  venido 
con  su  amo  de  Valencia  á  Salamanca, 
dice  : 

¡  Ay  Valencia  de  mis  ojos! 
¡Ay  jilaza  de  la  Olivera  ! 
;  Quién  pm-  el  aire  te  viera 
Para  templar  ?us  enojos  1 

Uondilla  de  Granada.  —  Xo  ha  que- 
dado vestigio  en  esta  ciudad  del  sitio 
designado  en  el  presente- pasaje.  Pre- 
guntadas personas  ancianas,  alguna 
de  ellas  casi  centenaria,  no  se  acuerdan 
de  haber  oído  semejante  nombre,  que 
taiüpuco  se  encuentra  en  las  memorias 
históricas  del  país. 

Plaga  de  Sanlúcar.  —  Estahabíasido 
la  escuela  del  honrado  ventero,  según 
lo  ([ue  se  dijo  en  el  capítulo  anterior;  y 
era  digna  de  serlo  por  la  clase  de  gente 
que  la  frecuentaba  con  motivo  del  co- 
mercio marítimo  de  Sevilla,  que  se 
hacía  por  Sanlúcar,  y  por  la  concurren- 
cia de  las  Ilotas  de  Indias. 

Potro  de  Córdoba.  —  D.  Antonio  de 
Guevara,  obispo  de  Mondoñedo,  que 
lloreciú  á  principios  de  Carlos  V,  pin- 
tando un  baladrón,  que  cuenta  á  sus 
vecinos  en  la  aldea  sus  campañas  y  las 
batallas  en  que  se  ha  hallado,  dicefft)  : 
//  si  á  mano  viene,  en  todos  aquellos 
tiempos  se  estaba  él  en  Zocodover  de 
Toledo,  ó  en  el  Potro  de  Córdoba.  En 
una  comedia  de  Lope  de  Rueda  intitu- 
lada Los  Engaños,  contestando  Julieta 
á  lo  que  creía  eran  burlas  de  Fabricio, 


(a)  Gap.  IV.  —  (6)  Acto  III,  esc.  I. 


(ü)  Menosprecio  de  la  corle,  cap.  XIV. 


36 


DON    QWJOTt:   DE    LA    MANCHA 


le  decía:  para  mi,  que,  como  dicen, soij 
de  Cárdoha  i/nasci  en  el  Potro.  Esto  de 
nacer  en  cU'olro  causaba  al  parecer  eje- 
cutoria, según  aquella  letrilla  del  Ho- 
niancer o  general  de  Pedro  de  Flores  (a), 
cuyo  estribillo  es  : 

Busquen  otro, 
Que  soy  nacido  en  el  Potro. 

Todo  indica  la  clase  de  reputación  que 
gozaba  aquel  b.irriu.  y  manifiesta  con 
cuánta  oportiiniílad  invocábalas  ninfas 
de  su  fuente  D.  Diego  Hurtado  de  .Men- 
doza en  la  composición  poética  que 
intituló  la  Vida  del  Picaro  : 

Ninfas  de  Esgiieva  y  del  famoso  Potro 
]>e  Córdoba  la  llana,  "que  gradúa 
Con  borla  picaril  y  no  con  otro. 

El  barrio  del  Potro  era  y  es  la  parte  de  la 
ciudad  que  está  más  al  .Mediodía,  for- 
mando de  Oriente  á  Poniente  la  calle 
que  llaman  del  Potro,  desde  el  puente 
hasta  la  puerta  de  Haeza.  Hay  en  dicha 
calle  una  plaza  y  en  medio  de  ella  una 
fuente  de  cuatro  caños,  en  cuyo  centro 
se  ve  sobre  un  globo  un  potro  de  piedra 
de  4  á  o  pies  de  largo,  descansando 
sólo  en  los  dos  pies  de  atrás,  en  actitud 
de  saltar.  De  aquí  les  vino  el  nombre 
á  la  fuente,  á  la  calle  y  al  barrio.  Debió 
haber  en  él  fábricas  de  agujas,  como  se 
indica  después  en  el  capítulo  XVU, 
donde  se  mencionan  los  agujeros  del 
Potro  de  Córdoba,  como  individuos  de 
la  Congregación  picaresca.  Continuaba 
la  misma  fama  del  Potro  de  Ci'irdoba 
después  de  los  tiempos  de  Cervantes, 
cuando  á  mediados  del  siglo  xvii  es- 
cribía Estebanillo  González  ib)  :  Llegué 
á  Córdoba  á  confirmarme  por  angélico 
de  ¡a  calle  de  la  feria  >/  ó  re  finarme  en 
el  agua  de  su  Poiro  :  porque  después  de 
Itaher  sido  estudiante,  paje  y  soldado, 
sólo  este  grado  y  caravana  me  faltaba 
para  doctorarme  en  tas  leyes  que  pro- 
feso. 

Venidlas  de  Toledo.  —  Debieron  ser 
las  que  había  fuera  de  la  población,  en 
sus  inmediaciones.  En  la  comedia  de 
Lope  de  Vega  intitulada  La  Doncella 
Teodor,  se  cuentan  las  ventillas  entre 
los  parajes  adonde  solían  salir  las 
gentes  de  Toledo  á  pasear  y  divertirse, 
puesel  gracioso,  suponiendo  que  Teodor 
había  llegado  á  aquellaciudad,  dice  (c)  : 

(o)  Parte  XII,  fol.  4-29.  —  (6)  Cap.  V.  — 
(c)  Acto  II. 


Pero  ella  debe  de  estar 
En  la  Vepa  o  las  ventillas. 
En  la  liuerta  ó  las  Vistillas 
Tratando  de  merendar. 

Y  que  á  ellas  solía  concurrir  gente 
devota  de  Baco  y  pendenciera,  lo  cuenta 
Cervantes  en  la  comedia  del  Rufián 
dichoso,  donde,  hablando  de  éste  y  de 
sus  valentías,  dice  Fr.  Antonio,  alias 
Lagartija  : 

En  Toledo,  en  las  ventillas, 
Con  siete  tercio|)eleros, 
VA  hecho  zaque,  ellos  cueros, 
L(í  vide  hacer  maravillas. 

En  las  mismas  ventillas  ó  figones 
aprendió  á  jugar  al  rentoi  Carriazü,uno 
de  los  principales  personajes  de  la  no- 
vela la  Ilustre  Fregona.  El  concurso 
seria  mnyor  en  los  tiempos  de  la 
opulencia  y  florecientes  i.ibricas  de 
Toledo,  y,  por  consiguiente,  mayor  la 
ocasión  de  campar  en  ellas  la  gente 
viciosa  y  baladi  (,o). 

El  sitio  donde  empieza  la  novela  Los 
Cigarrales  de  Toledo,  escrita  por  el 
maestro  Tirso  de  Molina,  fué  en  el  ca- 
mino que  viene  de  Madrid  al  emparejar 
con  sus  conocidas  ventas  y  descubrir  la 
dorada  pifia  de  sus  casas.  La  primera 
de  aquellas  ventas,  según  allí  se  ex- 
presa, se  llamaba  de  las  Patas.  Estas 
fueron  verosímilmente  las  designadas 
en  el  pasaje  presente  del  Quijotk. 

Y  otras  diversas  partes.  —  .Agustín 
de  Rojas,  en  la  alocución  al  vulgo  con 
íiue  concluye  su  Viaje  entretenido, 
dando  cuenta  de  su  patria,  padres  y 
oficios,  habla  asi  :  no  digo  que  nací  en 
ei  Potro  de  Córdoba,  ni  me  crié  en  el 
Zocodover  de  Toledo,  ni  aprendí  en  el 
coitíUo  de  Valladolid,  ni  me  refiné  en 
el  Azoguejo  de  Segovia.  Cervantes 
nombra  también,  entre  los  parajes  de 
esta  clase,  las  Rnrharanas  de  Sevilla  ; 
pero  entre  todas  estas  dignísimas  es- 
cuelas y  gimnasios,  daba  la  preferencia 
y  la  palma  á  las  nbnadrabas  de  Zafia- 
?a  (i).  Hablando  en  ln  Ilustre  Fregona 
de  D.  Diego  Carriazo,  joven  prófugo  de 


(S)  Baladi,  se  dice  en  eeneral  de  las  cosas 
y  asuntos  de  poca  monta.  No  anduvo  Cle- 
inencíu  muy  acertado  en  aplicar  el  caliti- 
cativo  á  individuos  que  eran  más  bien  paja- 
ro.^ de  cuenta.  (M.  de  T.) 

(í)  Almadrabas  deZahara.  —  El  doctor  The- 
bussem,  en  su  curioso  libro  Ser/unda  nación 
de  artrculos  da  interesantes  y  amplias  noti- 
cias acerca  de  dichas  almadrabas. 

(M.  de  T.) 


PRIMERA    partí:.    —    CAPH  t  I.O    III  .i  i 

Islíis  de  HiiUí'm,  Comp.is  de  Sevilla,  Azof^uejo  de  Segovia,  la  Oli- 
vera de  Valencia,  liondilla  de  íiranada,  playa  de  Sanlúcar,  r*otro 
de  (líu-doha  y  las  venlillas  de  Toledo,  y  otras  diversas  parles,  donde 
liahía  ejercitado  la  ligereza  de  sus  pies  y  sutileza  de  sus  manos, 
haciendo  muchos  tuertos',  recuestando  muchas  viudas,  desha- 
ciendo algunas  doncellas  y  engañando  á  algunos  pupilos,  y,  final- 
mente, díhidose  á  conocer  por  cuantas  audiencias  y  tribunales  hay 
casi  en  toda  España;  y  que  á  lo  último  se  había  venido  á  recogerá 
aquel  su  castillo,  donde  vivía  con  su  hacienda  y  con  las  ajenas, 
recogiendo  en  élá  todos  los  caballeros  andant(;s  de  cualquiera  cali- 
dad y  condiciíSn  que  fuesen,  sólo  por  la  mucha  afición  que  les  tenia, 
y  porque  partiesen  con  él  de  sus  haberes  en  pago  de  su  buen  deseo, 
üíjole  también  (pie  en  aquel  su  castillo  no  había  capilla  alguna 
donde  poder  velar  las  armas,  porque  estaba  derribada  para  hacerla 
de  nuevo;  pero  (¡ue  en  caso  de  necesidad  él  sabía  que  se  podían 
velar  donde  quiera,  y  que  aquella  noche  las  podría  velar  en  un  patio 
del  castillo;  que  á  la  mañana,  siendo  Dios  servido,  se  harían  las 
debidas  ceremonias,  de  manera  que  él  quedase  armado  caballero, 
y  tan  caballero  que  no  pudiese  ser  más  en  el  mundo.  Preguntóle  si 
traía  dineros  :  respondió  D.  Quijote  que  no  traía  blanca,  porque 
él  nunca  había  leído  en  las  historias  de  los  caballeros  andantes 
que  ninguno   los    hubiese    traído  ^.  A  esto  dijo   el   ventero   que 


la  casa  paterna,  dice  que  pasó  por 
todos  los  grados  de  picaro  hasta  que  se 
graduó  de  maestro  en  las  almadrahus 
de  Zallara,  donde  es  el  finibusterre  de 
la  picaresca.  ¡  Oh  picaros,  continúa, 
/  oh  picaros  de  cocina,  sticios,  gordos  y 
lucios;  pobres  fingidos,  tullidos  falsos, 
cicateruelos  de  Zocúdover,  de  la  plaza 
de  Madrid,  vistosos  oracioneros,  espor- 
tilleros de  Sevilla,  tnandilejos  de  la 
hampa,  con  toda  la  caterva  innume- 
rable que  se  encierra  debajo  deste 
nombre  ¡  PICARO  I  bajad  el  toldo, 
amainad  el  brío,  no  os  llaméis  picaros 
si  no  habéis  cursado  dos  cursos  en  la 
academia  de  la  pesca  de  los  alunes! 

1.  ¡Qué  bien  delineado  está  el  ca- 
rácter socarrón  y  taimado  del  ven- 
tero !  El  oficio  de  los  caballeros  an- 
dantes era  deshacer  tuertos  y  amparar 
las  viudas,  doncellas,  pupilos,  y,  en 
general,  á  los  que  por  sí  solos  no  po- 
dían defenderse  de  las  violencias  de 
los  demás.  El  ventero  hace  aquí  una 
reseña  de  todo  lo  contrario,  que  era  lo 
que  él  había  practicado  antes  de  reti- 
rarse  á    su   venta    ó    castillo,    donde 


vivía  de  lo  suyo  y  de  lo  ajeno,  parti- 
cipando, en  cuanto  le  era  dable,  de 
los  haberes  de  los  pasajeros.  La  úl- 
tima expresión  del  ventero  recuerda 
lo  que  se  refiere  en  la  historia  de  Don 
Olivante  de  Laura  (a)  de  un  caballero 
llamado  Arlistar,  señor  de  un  cas- 
tillo, el  cual,  aunque  muy  buen  caba- 
llero fuese,  como  no  tuviese  otra  cosa 
que  este  castillo  de  que  mantenerse, 
empleaba  su  bondad  en  aprovecharse  de 
los  caballeros  y  otras  personas  que 
por  estos  caminos  pasaban,  haciendo 
que  partiesen  co7i  él  de  lo  que  tenían. 
Olivante  lo  venció  y  mató,  poniendo 
en  libertad  á  muchos  caballeros  y  escu- 
deros que  tenía  presos  en  el  castillo. 

2.  D.  Quijote,  diciendo  que  no 
había  leído  en  las  historias  de  los 
caballeros  andantes  que  ninguno  de 
ellos  hubiese  traído  dineros,  no  estaba 
en  lo  cierto  ó  lo  había  olvidado. 
Cuando  Amadis  de  Gaula,  á  quien  el 
mismo  Don  Quijote  calificó  de  uno  de 
los  más  perfectos  caballeros  andantes, 

(a)  Lib.  II,  cap.  II. 


:{.s 


DON    OIIJOIK    DK    I.A    MANCHA 


se  engañaba,  que  puesto  caso  que  en  las  historias  no  se  escri- 
bía, por  haberles  pareciólo  á  los  autores  dellas  que  no  era  me- 
nester escribir  una  cosa  tan  clara  y  tan  necesaria  de  traerse, 
como  eran  dineros  y  camisas  limpias',  no  por  eso  se  había  de 
creer  que  no  los  Irujeron  ;  y  así  tuviese  por  cierto  y  averiguado 
(|uc  todos  los  caballeros  andantes  (de  que  tantos  libros  están  llenos 
y  atestados)  llevaban  bien  herradas  las  bolsas^  por  lo  que  pudiese 
sucederles;  y  que  asimismo  llevaban  camisas  y  una  arqueta  pe- 
queña llena  de  ungüentos  para  curar  las  heridas  que  recebían,  por- 
que no  todas  veces  en  los  campos  y  desiertos  donde  se  combatían 
y  salían  heridos  había  quien  los  curase,  si  ya  no  era  que  tenían 
algún  sabio  encantador  por  amigo,  que  luego  los  socorría  trayendo 
por  el  aire  en  alguna  nube  alguna  doncella  ó  enano  con  alguna 
redoma  de  agua  de  tal  virtud,  que  en  gustando  alguna  gota  della, 
luego  al  punto  quedaban  sanos  de  sus  llagas  y  heridas,  como  si  mal 
alguno  no  hubiesen  tenido^ :  masque  en  tanto  que  esto  no  hubiese. 


añadiendo  que  fué  el  norte,  el  lucero, 
el  sol  de  los  valienlen  y  enanioraduH 
caballeros,  á  quien  debían  iniUar  lodos 
aquellos  que  debajo  de  la  bandera  de 
amor  ;/  de  la  caballería  mili f aban  (a)  ; 
cuando  Amadís,  di^o,  volvió  de  ia 
Peñaijobre,  después  de  su  Penitencia  á 
Miraflores,  se  proveyó  del  dinero  que 
para  armas  >/  caballo  é  cosas  de  vestir 
necesario  era  [b,.  Otro  ejemplo  de  lo 
mismo  suministra  la  historia  de  Oli- 
veros de  Castilla,  que  al  salirse  ocul- 
tamente de  la  corte  del  Hey  su  padre, 
puso  una  barjuleta  con  tres  mil  doblas 
de  oro  en  el  arzc'm  de  la  silla  de  su 
caballo  [c).  En  el  progreso  de  estas 
notas  habrá  ocasiones  repelidas  de 
advertir  que  D.  Quijote,  en  fuerza  del 
desarreglo  de  su  cerebro,  olvidaba  lal 
vez  ó  equivocaría  y  confundía  las  es- 
pecies que  había  leído  en  los  libros 
caballerescos. 

1.  Los  dineros  y  las  camisas  limpias 
no   se    escriben. :í).    Quedara  corriente 

(í)  ;  Qup  manía  de  corregir  y  qué  estre- 
chez de  criterio '.  Escribir  se  ve  claramente 
que  está  empleado  [>or  mencionar,  consignax. 
Calderón,  en  su  inmortal  drama  La  Vida  es 
sueño,  dice 

Lo  quf  está  determinado 
Del  cielo,  y  en  azul  tabla 
Dios  cou  el  dedo  escribió. 


(a)  Cap.  XXV  de  la  primera  parte. 
Amádis,  cap.  LII.  —  (c)  Gap.  XH. 


{¿) 


el  discurso  si  se  suprimiesen  las  pala- 
bras y  lan  necesaria  de  traerse,  como 
eran  dineros  y  camisas  limpias. 

2.  Bien  herradas  es  tiien  provistas  de 
dinero,  no  de  hierro,  como  suena  la  ex- 
presi<')ü,  acaso  por  los  candados  y  cerra- 
duras que  suelen  acompañar  á  las  arcas, 
sacos  1)  bolsas  donde  se  lleva  la  moneda. 
Asi  lo  muestra  el  reirán  del  Comenda- 
dor griego  la  hortelana  trae  la  bolsa 
herrada,  y  el  otro  de  Juan  de  iMalara 
herradas  llevan  las  bolsas  los  que  de 
Sevilla  salen.  D.  Juan  Bowle  citó  am- 
bos refranes  en  sus  anotaciones  sobre 
este  lugar  del  Quuotk. 

3.  La.  Historia  de  D.  ¡ielianis  abunda 
de  curaciones  prodiiiiosas  de  esta  clase. 
Aquel  Principe  y  su  primo  y  compa- 
ñero Aríileo  estaban  malaujente  he- 
ridos en  el  Bosque  peligroso.  A  deshora 
se  vio  venir  por  ei  aire  un  carro  de 
cristal  tirado  de  s'.is  grifos,  en  el  cual 
venían  dos  pequeños  enanos  enviados 
pnr  la  sabia  Belonia,  señora  de  las 
Montañas  desiertas,  para  llevarse,  como 
lo  hicieron,  los  dos  heridos  caballeros 
á  los  palacios  de  Belonia,  donde  fueron 


Por  su  parte,  dice  Rodrigo  Caro,  en  la 
oda  :  A  la*  ruinas  de  Itálica,  dice  : 

¡  Casas,  palacios,  Césares  murieron, 
Y  auD  las  piedras  que  de  ellos  se  escribieron. 
(M.  de  T.) 


nuMiiHA   i'AHri:.   —  cM'írrr.o  iii  '>,'.) 

luvicroii  los  pasados  cahalloros  por  cosa  acorladj»  (pic  sus  escu- 
deros l'ucsen  proveídos  úo.  dineros  y  do  otras  rosas  necesarias, 
ionio  eran  hilas  v  ungiu'nlos  para  curarse  :  y  cuando  sucedía  que 
los  tales  caballeros  no  tenían  escuderos  (que  eran  pocas  y  raras 
\eces),  ellos  mismos  lo  llevaban  todo  en  unas  alforjas  muy  sutiles, 
(pie  casi  no  se  parecían,  á  las  ancas  del  caballo,  como  que  era  otra 
cosa  de  más  im|i(>rtancia  '  :  porque  no  siendo  por  ocasión  seme- 


ciirados  de  sus  heridas  (a).  VA  Empe- 
rador n.  Uclaiiin  había  quedado  nior- 
Ifilmente  herido  en  la  batalla  ron  el 
Principe  Y),  (ialanio  de  Antioquía,  y 
:'staba  ya  á  puuto  de  expirar,  cunndo 
■!C  presentó  en  forma  de  doncella  la 
;abia  Helonia  :  la  cual,  sacando  una 
vedomica  que  dentro  una  caja  traía, 
sacó  della  una  confección  tan  ohrosa, 
que  el  Emperador  //  cvanlos  uUi  liubia 
fueron  miiy  conhortados:  y  tomándola 
de  la  mano,  sin  ningún  recelo  la  fjebió 
toda,  y  á  la  hora  se  sintió  tan  sano 
como  si  mal  ni  herida  alguna  hubiese 
tenido  [b).  Habiéndose  combatido  sin 
conocerse  D.  Belianis  y  su  padre,  por 
artificio  y  dolo  del  aiago  Fristón,  y 
herido  gravemente  uno  á  otro,  se  les 
apareció  la  sabia  Belonia  acompasada 
de  cuatro  gigantes,  y  comiendo  de  lo 
que  ésta  les  di<'>,  quedaron  lan  sanos 
como  si  mal  alguno  por  ellos  no  hu- 
biera pasado  (c). 

Añadiré  otros  posajes  semejantes  to- 
mados de  diferentes  libros  caballe- 
rescos. 

Del  de  Amadis  de  Grecia. —  Urganda 
lo  trabó  de  su  brazo,  diciendo  ¡  ay 
Amadis  .'  no  ofend"s  más  al  señor  que 
te  engendró,  que  tu  padre  es  ese  que 
tienes  delante  de  ti  ..  Covw  esto  ella 
acabó  de  decir,  súpita)nenfe  Amadis  de 
Grecia,  de  la  espada  que  en  los  pechos 
tenia  figurada  sintió  tal  calor,  quepa- 
recia  quemarle  en  vivas  llamas :  7nas 
luego  se  hizo  una  nube  que  los  cubrió 
á  todos  tres  (Urganda,  Amadis  y  Li- 
suarte.  á  quien  iba  á  matar  Amadis), 
la  cual  en  un  punto  fué  deshecha,  y 
quedaron  cercados  de  veinticuatro  don- 
cellas, todas  con  arpas  y  otros  instru- 
mentos, y  en  medio  deltas  aquel  hon- 
rado viejo  Alquife,  el  cual  en  la  mano 
traía  una   redoma  de  agua,  y  dando 


(a)  Lib.  I,  cap.  vm.   —  (6)  Ih.,  cap.  IX. 
-  lr^  Ih.,  cnp.  XXXVII. 


con  ella  en  el  yelmo  de  Amadis  de 
Greda,  fue  quebrada  y  el  agua  por  él 
derramada,  que  luego  le  quitó  el  ardor 
de  tu  espada  :  el  cual  ÍAmadis)...  se 
hincó  de  hinojos,  llorando  de  placer 
ante  Lisuarte  [a\. 

Üe  la  Historia  de  D.  Olivante  de 
Laura.  —  El  Bey.  con  el  Príncipe  Oli- 
vante y  todos  los  altos  hombres  y  ca- 
bitlleros,  con  el  ungüento  que  la  sabia 
Ipermea  les  habia  jmesto,  se  hallaron 
tan  .lanos  como  si  ninguna  herida  hu~ 
liieran  tenido  (6). 

De  Florambel  de  Lucea.  —  La  fada 
Morgaina  puso  en  la  boca  de  Flo- 
rambel, mortalmente  herido  y  ya  con 
las  ansias  de  la  muerte,  la  fruta  del 
Árbol  saludable.  Él,  aunque  apenas 
podía  abrir  la  boca,  esforzóse  cuanto 
pudo:  y  con  el  deseo  de  guarescer... 
comió  ya  cuanto  pudo  della,  y  en  aca- 
llándola de  tragar,  fué  tan  sano  como 
si  nunca  fuese  ferido  (c). 

Del  Caballei-o  de  la  Cruz.  —  Es- 
tando el  caballero  Floramor  muy  lla- 
gado, se  sentó  cnuna  peña  á  orilla  del 
}nar,  y  vio  venir  un  gran  delfín  cuyas 
escamas  parecían  de  fino  oro.  Sobre  él 
venía  una  hermosa  doncella,  cantando 
dulcemente  y  accomppñándose  con  su 
laú<l.  Llegarla  al  caballero,  le  saludí» 
cortésmente.  y  sacó  de  la  manga  un 
barrilete  de  oro  con  cierto  licor  que  le 
enviaba  el  sabio  Artidoro,  el  cual  be- 
bido, se  halló  tan  bueno  y  sano  como 
si  jamás  hulñese  tenido  mal  alguno  {d}. 

1.  Parecía  natural  decir  de  menos 
importancia  ;  y  en  todo  caso,  hubiera 
sido  mejor  suprimir  la  expresión.  No 
le  ocurrii')  al  ventero  que  todo  podría 
llevarse  en  ima  maleta,  que  seria  más 
decente  que  las  alforjas  :  á  no  ser  que 
Cervantes   quisiese   hacer   resa'tar    lo 


ífñ  Paite  II.  cap.  LXI.  —  f¿>)  Lib.  II.  cap. 
XIV.  —  (f)  Lib.  III,  cap.  IX.  ~  (t/)  Lib.  II. 
cap,  J.XIV. 


¥)  DON    ni  I.IOTK    I)K    I. A    MANf.HA 

jante,  esto  de  llevar  alforjas  no  fué  muy  admitido  entre  los  caba- 
lleros andantes,  y  por  esto  le  daba  por  consejo  'pues  aun  se  lo  podía 
mandar  como  á  su  ahijado  «pjc  tan  jjresto  lo  había  de  ser)  *  que 
no  caminase  de  allí  adelante  sin  dineros  y  sin  las  prevenciones 
referidas^,  y  que  vería  cuan  bien  se  hallaba  con  ellas,  cuando 
menos  se  pensase.  Prometióle  D.  Quijote  de  hacer  lo  que  se 
le  aconsejaba  con  toda  puntualidad  ;  y  así  se  dio  luego  orden 
como  velase  las  armas  en  un  corral  grande  que  á  un  lado 
de  la  venta  estaba,  y  recogiéndolas  D.  Ouijote  todas ^,  las  puso 
sobre  una  pila  que  junto  á  un  pozo  estaba,  y  embrazando  su 
adarga  asió  de  su  lanza,  y  con  gentil  continente  se  comenzó  á 


ridículo  (le  las  alforjas  en  un  caballero 
andante,  como  se  indica  en  las  pala- 
bras inmediatas.  En  el  capitulo  VI  se 
repiten  otra  vez  las  palabras  ile  más 
importancia  en  ocasión  que  también 
debiera,  al  parecer,  decir  de  únenos 
importancia  :  y  quede  dicho  de  ahora 
para  entonces  (r,). 

1.  De  las  obligaciones  de  los  que  se 
armaban  caballeros  para  con  sus  pa- 
drinos habla  con  e.xtensión  el  Doc- 
trinal de  Caballeros,  en  el  libro  I, 
capítulo  111.  Ahijado,  dice,  relación  á 
padrino,  cuyo  nombre  se  daba  al  que 
conferia  la  orden  de  caballería,  según 
se  ve  por  aquel  romance  antiguo  : 

El  hijo  fie  Arias  Gonzalo, 
el  uiaiicebito  Pedrarias, 
para  responder  á  un  reto 
velando  estaba  sus  armas. 
Era  su  padre  el  padrino, 
la  madrina  Doña  Urraca, 
y  el  Obispo  de  Zamora 
es  el  que  la  misa  canta... 
Al  armarle  caballero, 
sacó  el  padrino  la  espada  ; 
dándole  con  ella  un  ko'P^i 
le  dice  aque.^tas  palabras : 
Caballero  eres,  mi  hijo, 
hidalgo  y  de  noble  casta... 
Á  Zamora  te  encomiendo 
contra  D.  Dietjo  de  Lara... 
Y  en  el  libro  de  la  misa 
le  tomó  jura  y  palabra. 
Pedrarias  dice :  Sí  otorgo 
por  aquestas  letras  santas. 

Pero  la  denominación  de  padrino  no 
se  ceñía  sólo  al  que  armaba  al  ca- 
ballero novel,  sino  también  á  los  que 

(f.)  .Se  parecían  (por  se  veían  ó  se  notaian) 
es  expresión  muy  castiza.  Los  señores  Cal- 


Los  señores  Cal 
aeron  y  uoriejon  aan  un  palmetazo  mere 
á  Clpniencín  con  motivo  de  este  reparo. 
lU.  de  T 


es  expresión  muy  casiiza.  Liüs  suui 

derón  y  Corlejón  dan  un  palmetazo  merecido 


(M.  de  T.) 


concurrían  á  la  ceremonia,  como  se 
muestra  por  las  leyes  15  y  16  del 
til.  X.Xl  de  la  partida  2".  La  última 
dice  :  bebdo  lian  los  caballeros  noveles 
non  tan  so  lamiente  con  aquellos  que 
los  facen,  mas  aun  con  los  padrinos 
que  les  ciñen  las  espadas  :  ca  bien  asi 
como  son  tenudos  de  obedescer  et  de 
fionrar  á  los  que  les  dan  la  orden  de 
caballería,  otrosí  lo  sun  n  los  padrinos 
que  son  confirmadores  della. 

2.  Hecebidas  se  puso  en  la  edición 
primitia  del  Qlmote,  hecha  en  el  año 
de  16Ü.J  (0)  ;  pero  fué  evidentemente 
error  de  imprenta  por  referidas,  que  es 
como  se  puso  en  otra  edición  del  mismo 
año  de  ItíuS.  Sin  embargo,  el  error  se 
repitió  en  la  de  1608,  y  la  Academia 
Española,  que  lo  advirtió  asi  en  una 
nota,  conservó  el  pasaje  viciado  por 
una  nimia  escrupulosidad  en  seguir  el 
texto  que  se  había  propuesto  para 
su  última  ediciiin  del  año  1819. 

:i.  Se  entiende  ú  excepción  de  la 
celada,  pues  como  se  dijo  en  el  capí- 
tulo precedente,  se  quedó  con  ella 
puesta  toda  la  noche,  por  no  cortarlas 
cintas  verdes  con  que  la  traía  atada. 
Es  de  notar  la  excesiva  repetición  de 
la  partícula  y  en  el  presente  período  : 
Y  así  se  dio  luef/o  orden  como  velase  las 
armas...  y  recoyiéndolas  D.  Quijote 
todas,  las  puso  sobre  vna  pila...  y  em- 
brazando su  adarya  asió  de  su  lanza, 
y  con  gentil  continente  se  comenzó  d 
pasear...  y  cuando  comenzó  el  paseo, 
comenzaba  á  cerrar  la  noche.  Tanta 
repetición  hace  lánguido  y  pesado  el 
discurso. 

(9)  Es  un  error,  pues  la  1.'  edición  de 
Cuesta,  de  KXij,  tiene  referidas,  según  con- 
signa el  señor  Cortejón.  (.\d.  de  T.; 


I'KIMKIIA    l'AllTi;, 


flAPITiri.O    III 


41 


j);isonr  dclaiilc  de  I;i  pila  ;  y  ciiando  cmiicii/íí  rl  pasco,  comenzaba 
á  cerrar  la  noche.  Coníó  el  ventero  á  lodos  cuanlos  estaban  en  la 
venia  la  locura  de  su  huésped,  la  vela  de  las  arnuis  y  la  armazón 
de  caballería  '  que  esperaba.  Admirándose  de  tan  extraño  género 
de  locura,  fuéronselo  á  mirar  desde  lejos,  y  vieron  que  con  sose- 
«íado  ailemán  unas  veces  se  paseaba,  otras  arrimado  á  su  lanza 
|)onía  los  ojos  en  las  armas,  sin  quitarlos  por  un  buen  espacio  de 
ellas.  Acabó  de  cerrar  la  noche  ^  con  tanta  claridad  de  la  luna, 
que  podía  competir  con  el  que  se  la  prestaba,)  de  manera  (pae 
cuanto  el  novel  caballero  hacía  era  bien  viste  de  todos.  Antojósele 
en  esto  á  uno  de  los  arrieros  f|ue  estaban  en  la  venta  ir  A  dar  agua 
á  su  recua,  y  fué  menester  quitar  las  armas  de  D.  Quijote,  que 
estaban  sobre  la  pila,  el  cual  viéndole  llegar,  en  voz  alta  le  dijo  : 
Oh  tú,  (piien  (juiera  que  seas,  atrevido  caballero,  que  llegas  á  tocar 
las  armas  del  más  valeroso  andante  que  jamás  se  ciñó  espada, 
mira  lo  (¡ue  haces,  y  no  las  toques  si  no  quieres  dejar  la  vida  en 
pago  de  tu  atrevimiento.  No  se  curó  el  arriero  de  estas  razones  (y 
fuera  mejor  que  se  curara,  porque  fuera  curarse  en  salud  ^)  ; 
antes  trabando  de  las  correas  las  arrojó  gran  trecho  de  sí.  Lo  cual 
visto  por  D.  Quijote,  alzó  los  ojos  al  cielo,  y  puesto  el  pensamiento 
(á  lo  que  pareció)  en  su  señora  Dulcinea  ',  dijo  :  Acorredme, 
señora  mía,  en  esta  primera  afrenta  que  á  este  vuestro  a\-asallado 


l.Esel  acto  de  armarse  caballero,  á 
que  se  din  el  nombre  de  armazón  para 
ridiculizarlo.  Armazón  (i)  significa  el 
conjunto  de  piezas  de  madera  ú  otra  ma- 
teria sobre  que  se  arma  ó  forja  alguna 
cosa,  como  las  costillas  del  navio  ó  las 
vigas  del  tejado. 

2.  Cuando  llegó  D.  Quijote  á  la  venta, 
era  á  tiempo  que  anochecía,  como  se 
expreso  en  el  capitulo  anterior.  Pasó 
después  la  conversacir'm  con  las  dos 
mozas,  otra  luego  con  el  ventero,  en 
seguida  se  desaiimi  con  gran  dificultad, 
ceñó  con  mucho  trabajo,  siguió  el  se- 
gundo coloquio  con  el  huésped  en  la 
caballeriza,  se  di(i  orden  para  la  vela 
de  las  armas,  iba  ya  un  buen  espacio 

(i)  Armazón  significa  además  el  acto  de 
armar,  según  consta  en  la  i'.',."  edición  de  la 
Academia  y  en  la  7.''  que  pudo  consultar  Cle- 
mencín,  y  en  la  S.'  (de  1837)  en  cuya  prepa- 
ración debió  tomar  parte.  Pero  entonces, 
como  ahora,  con  raras  excepciones,  los  aca- 
démicos eran  los  primeros  en  transgredir  ó 
desdeñar  los  preceptos  de  la  Academia.  Véase 
además  la  nota  (v.  ¡)ag.  ;¡4).         {M.  de  T.j 


de  ella  :  y  ahora  se  dice  que  acabó  de 
cerrar  la  noche.  ¡  Qué  poco  tiempo  para 
tantas  cosas ! 

3.  Nótese  el  uso  del  verbo  curarse 
en  sus  dos  distintas  acepciones.  Cer- 
vantes usó  ordinariamente  de  esta 
clase  de  equívocos  con  oportunidad  y 
discreción,  sin  el  abuso  que  otros  inge- 
nios inmediatos  á  su  tiempo  hicieron 
de  este  medio  de  amenizar  el  discurso. 

4.  El  paréntesis  es  impertinente, 
porque  ¿cuáles  fueron  las  señales  que 
hubo  para  que  así  pareciese?  Fuera  de 
que  no  las  necesitan  los  sabios  encan- 
tadores, coronistas  de  los  caballeros 
andantes,  porque  á  los  tales  no  se  les 
encubre  nada  de  lo  que  quieren  escri- 
bir. Así  decía  D.  Quijote  á  Sancho  en 
el  capítulo  II  de  la  segunda  parte, 
cuando  Sancho  se  espantaba  de  que  en 
la  primera  se  contasen  cosas  que  habían 
pasado  entre  ellos  á  solas. 

Sobre  la  costumbre  de  invocar  los 
caballeros  á  sus  damas  en  ocasiones 
de  peligro,  habrá  lugar  de  hablar  exten- 
samente en  adelante. 


-42 


DON  orijor;:  di-:  i. a  mancha 


pecho  se  le  ofrece  :  no  me  desfallezca  en  este  primero  trance 
vuestro  favor  v  amparo  :  y  diciendo  estas  y  otras  semejantes 
razones,  soltando  la  adarga  alzó  la  lanza  á  dos  manos,  y  dio  con 
ella  tan  j^ran  golpe  al  arj-iero  en  la  cabeza,  que  le  derribó  en  el 
suelo  tan  mal  Ireelio,  (pie  si  segundara  con  olro,  no  tuviera  n(!ce- 
sidad  (le  maestro  que  le  cui-ara  *.  Hecho  esto,  recogió  sus  armas 
y  tornó  á  pasearse  con  el  mismo  reposo  que  primero.  Desde  alÜ 
á  poco,  sin  saberse  lo  que  había  pasado  fporque  aun  estaba 
aturdido  el  arriero),  llegó  otro  con  la  misma  intención  de  dar  agua 
á  sus  mulos,  y  llegando  á  quitar  las  armas  para  desembarazar  la 
pila,  sin  hablar  D.  Quijote  palabra,  y  sin  pedir  favor  á  nadie, 
soltó  otra  vez  la  adarga,  y  alzó  otra  vez  la  lanza,  y  sin  hacerla 
pedazos,  hizo  más  de  tres  la  cabeza  del  segundo  arriero,  porque  se 
la  abrió  por  cuatro  -.  Al  ruido  acudió  toda  la  gente  de  la  venia,  y 
entre  ellos  el  ventero.  Viendo  esto  D.  Quijote,  embrazó  su  adarga, 
y  puesta  mano  á  su  espada,  dijo  :  Oh  señora  de  la  fermosiu'a, 
esfuerzo  y  vigor  del  debilitado  corazón  mío,  ahora  es  tiempo  que 
vuelvas  los  ojos  de  tu  grandeza  á  este  tu  cauiivo  caballero,  que 
tamaña  aventura  está  atendiendo^.  Con  esto  cobró  á  su  parecer 
tanto  ánimo  ',  que  si  le  acometieran  todos  los  a  neros  del  mundo 


1.  Maestro  significa  cirujano,  y  los 
muertos  ya  no  lo  necesitan.  El  uso  ile 
esta  expreslñn  es  frecuente  para  deno- 
tar la  muerte  de  los  heridos  en  las  his- 
torias caballerescas.  El  Caballero  del 
Cisne,  derribado  del  caballo,  .se  levunló 
luego  i'f  pie,  é  metió  mano  á  la  espada, 
é  comenzó  d  se  defender  muy  fiera- 
mente, é  dábales  tamañas  feridas,  que 
al  que  alcanzaba  bien  no  hatña  me- 
nester maestro  [a).  Pahnerin  de  Oliva, 
encontrándose  con  un  falso  y  traidor 
caballero,  alzó  la  espada  é  díale  tal 
herida  encima  de  la  cabeza,  que  no 
hubo  m"nester  maestro  (/;,.  Priraaleón, 
acometido  de  tres  caballeros,  hiric')  tan 

fioderosamente  á  uno  de  ellos  con  la 
anza,  que  no  hubo  menester  7naestro, 
Y  dio  con  él  muerto  en  tierra  (cj.  Pe- 
leando Lisuarte  de  Grecia  con  los  hom- 
bres de  un  castillo,  los  hería  con  su 
espada  de  tan  crueles  palpes,  que  al 
que  derecho  alcanzaba  nn  habia  me- 
nester maeslrii  id).  El  Caballero  de  la 
extraña  Barca  (asi  se  llamaba  entonces 
Leandro  el  Bel)  peleó  en  la  isla  Verde 
con  seis  caballeros,  y  al  que  encontró, 

(o)  Lib.  I.  cap.  CXIV.  —  (6)  Cap.  I.XV. 
—  (c)  Cap.  LXXXV.  -  ((/)  Cap.  LIV. 


no  hubomenester  maestro  que  lo  curase, 
que  muerto  cayó  en  el  suelo  (a).  Omito 
otros  ejemplos. 

2.  Las  palabras  y  sin  hacerla  pe- 
dazos inílican  al  parecer  que  ante- 
riormente se  ha  hablado  de  al^'ima  otra 
cosa  semejante  hedía  pedazos  {•/.) :  pero 
no  es  asi.  ni  hay  mención  de  ello  en  lo 
que  precede.  Añádese  que  Don  Quijote 
le  abrió  al  arriero  la  cabeza /)<»•  cuatro, 
y  no  se  dice  qué  cuatro;  debió  ser 
parles. 

3.  Atender,  verbo  usado  frecuente- 
mente por  nuestro.s  antiguos  escritores 
en  la  significaciiin  de  esperar,  délo  que 
pudieran  traerse  muchos  ejemplos,  aun 
sin  salir  del  (Quijote. 

4.  Yendo  Lisuarte  de  Grecia  ú  pelean 
con  un  caballero  encantado,  decía  entre 
si  :;0/í  mi  señora.'  Vos  me  dad  esfuerzo 

(a)  Caballero  de  la  Cruz,  Hb.  II,  cap.  LXXIX. 

íx)  Pedazos.  —  La  frase  es  clara  y  correcta  y 
no  lia  á  entender  lo  que  pietendt;  Clenieiicía. 
cuyo  afán  de  criticar  sin  medida  trae  á  la 
me'inoria  ei  conocido  epigrama  del  español  : 


Que  se  murió  estando  bueoo 
Por  querer  estar  mejor. 


(leT.) 


i'Hi\ii:ii\   í'Aini-: 


CAIMII   I.O    III 


4a 


no  volviorn  el  pie  atnís.  Los  compañeros  de  los  heridos,  que  tales 
los  vieron,  comenzaron  desde  lejos  á  llover  piedras  sobre  1).  Oui- 
jole,  el  cual  lo  mejor  (jue  podía  se  reparaba  con  su  adarf^a,  y  no 
se  osaba  aparlar  de  la  pila  ¡lor  no  desamparar  las  armas.  I']l  ventero 
daba  voces  (¡ue  b;  diíjasen,  porque  ya  les  había  dicho  como  era 
loco ',  y  (jue  por  loco  se  libraría  aunque  los  matase  á  todos. 
También  Ü.  Quijote  las  daba  mayores  -  llamándolos  de  alevosos 
y  traidores,  y  que  el  señor  del  castillo  era  un  follón  y  mal  nacido 
caballero,  pues  de  tal  manera  consentía  (jue  se  tratasen  los 
andantes  caballeros  •',  y  que  si  él  hubicia  recebi<lo  la  orden  de 
caballería,  (pie  él  le  diera á  entender  su  alevosía;  pero  de  vosotros, 
soez  y  baja  canalla  '',  no  hago  caso  alguno  :  tirad,  llegad,  venid, 
y  ofendedme  en  cuanto  pudiéredes,  que  vosotros  veréis  el  pago 
que  lleváis  de  vuestra  sandez  y  demasía.  Decía  esto  con  tanto  brío 
y  denuedo,  que  inrundi()  un  terrible  temor  en  los  que  le  aco- 
metían •'  :  y  así  por  esto  como  por  las  persuasiones  del  ventero  le 
dejaron  de  tirar,  y  él  dejó  retirar  á  los  heridos,  y  tornó  á  la  vela 
de  sus  armas  con  la  misma  quietud  y  sosiego  que  primero.  No  le 
parecieron  bien  al  ventero  las  burlas  de  su  huésped,  y  determinó 
abreviar  y  darle  la  negra  orden  de    caballería  luego,   antes  que 


y  poder  para  acabar  eslo,  que  con  vues- 
tra aijucía  tiinf/unacosa  temo.  Diciendo 
estas  palabras  crecióle  tanto  el  corazón^ 
que  le  pareció  romper  los  pechos  («i. 
Amatlis  de  Gaula,  ea  el  tiempo  que  se 
llamaba  Beltenebros,  ai  ir  á  combatirse 
con  el  gigante  Famongomadán,  dirigic'> 
la  vista  hacia  donde  caía  Miraflores,  é 
dijo  :  ¡Oh  mi  señor-a  Oriatia.'  minea 
comencé  yo  cjran  hecho  en  mi  esfuerzo 
donde  quiera  que  me  /tallase,  sino  en 
el  vuestro  :  y  agora,  mi  buena  señoi^a, 
me  acorred,  pws  que  me  es  tanto  me- 
nester. Con  esto  le  paresció  que  le  vino 
tan  gran  esfuerzo,  que  perder  le  hizo 
todo  pavor  (hj.  Cervantes  tenía  sin  duda 
presente  este  pasaje  de  Amadís,  cuyas 
palabras  copió  en  parte. 

1.  Ejemplo  de  la  partícula  como  usada 
en  vez  de  que,  según  se  acostumbra  en 
el  estilo  familiar. 

2.  No  hay  armonía  entre  también  y 
mayores  :    uno    ú    otro  hubo   de   su- 

firimirse    para   que    quedase   bien    el 
enguaje.     También    indica    igualdad; 
mayores  aumento,  y  se  contradicen. 

3.  Falta  un  verbo  :  y  decía  que  el 
Sr.  del  cusidlo,  etcétera.  La  expresión 

(o)  Cap.  LXXIX.  -  [h]  Cap.  LV. 


que  se  tratasen  [\)  los  caballeros  an- 
dantes tampoco  está  bien  :  sería  mejor 
que  se  tratase  á  los  caballeros  an- 
dantes. 

4.  Hasta  aquí  hablaba  y  refería  ei 
fabulista:  mas  ahora  toma  de  repente 
la  palabra  D.  Quijote,  y  continúa  ha- 
blando en  propia  persona,  y  apostro- 
fando á  la  soez  y  baja  chusma  de  la 
venta,  que  le  apedreaba  desde  lejos. 
Este  tránsito  es  rápido  y  elegante  : 
indica  el  furor  que  en  aquel  momento 
agitaba  al  héroe  manchego. 

r\.  Tenihle  temor  {p.)  es  como  gozo 
alegre,  terremoto  de  tierra,  manejo  de 
mano,  y  otros  pleonasmos  de  este  jaez. 
Se  hubiera  evitado  IVirilmente  escri- 
biendo grande  ó  indecilile  temor. 

{'i.)  Se  tratasen,  por  fvesen  tratados,  e=tá 
perfectamente,  según  la  doctrina  acailéniica. 
(M.  de  T.) 

(¡i)  Terrible  temor.  —  El  comentarista  des- 
conoce ei  valor  de  las  palabras.  Cervantes  no 
dice  terror,  sino  temor,  y  éste,  la  mayor  parte 
de  las  veces,  no  tiene  nada  de  terrible,  como 
el  temor  de  no  hacer  bien  algo,  de  llei/ar  tarde, 
y  'd  temor  que  abrigo  de  molestar  al  lector 
multiplicando  estas  notas,  sin  embargo  de 
que  no  pongo  todas  las  que  exigiría  el  co- 
mentario. (M.  de  T.) 


44  DON    OUI.IOTE    DK    lA    MANCHA 

otra  desgracia  sucediese  :  y  así  llegándose  á  él,  se  desculpó  de  la 
insolencia  ^  que  aquella  gente  baja  con  él  había  usado,  sin  que 
él  supiese  cosa  alguna ;  pero  que  bien  castigados  quedaban  '■*  de 
su  atrevimiento.  Dijole,  como  ya  le  había  dicho,  que  en  aquel 
castillo  no  había  capilla,  y  para  lo  que  restaba  de  hacer  tampoco 
era  necesaria  :  que  todo  el  toque  de  quedar  armado  caballero 
consistía  en  la  pescozada  y  en  el  espaldarazo  ^,  según  él  tenía 
noticia  del  ceremonial  de  la  orden,  y  que  aquello  en  mitad  de  un 
campo  se  podía  hacer;  y  que  ya  había  cumplido  con  lo  que  tocaba 
al  velar  de  las  armas,  que  con  solas  dos  horas  de  vela  se  cumplía  *, 
cuanto  más  que  él  había  estado  más  de  cuatro.  Todo  se  lo  creyó 
D.  Quijote,  y  dijo  que  él  estaba  allí  pronto  para  obedecerle,  y  que 
concluyese  con  la  mayor  brevedad  que  pudiese ;  porque  si  fuese 
otra  vez  acometido,  y  se  viese  armado  caballero,  no  pensaba  dejar 
persona  viva  en  el  castillo,  eceto  aquellas  que  él  le  mandase,  a 
quien  por  su  respeto  dejaría.  Advertido  y  medroso  desto  el  caste- 
llano, trujo  luego  un  libro  donde  asentaba  la  paja  y  cebada  "'  que 
daba  á  los  arrieros,  y  con  un  cabo  de  vela  que  le  traía  un  muchacho, 
y  con  las  dos  ya  dichas  doncellas  se  vino  adonde  D.  Quijote 
estaba,  al  cual  mandó  hincar  de  rodillas,  y  leyendo  en  su  manual 
como  que  decía  alguna  devota  oración,  en  mitad  de  la  leyenda 
alzó  la  mano,  y  dióle  sobre  el  cuello  un  gran  golpe,  y  tras  él  con 

1.  Ahora  decimos  disculpó.  La  par-  misma  puerta  de  la  liza,  sin  otra  diii- 
tícula  des  ó  dis  es  privativa,  y  sólo  se  gencia  más  que  darle  con  la  expada 
usa  en  composición,  lo  mismo  que  la  desnuda  subre  el  almete,  diciéndole  : 
negativa  in.  El  uso  varia  entre  des  y  Dios  te  faga  buen  caballero,  et  te  deje 
dis,  diciéndose  unas  veces  desfif/urar,  complir  las  buenas  condiciones  que 
deshacer,  desdecir,  deco)npouer,y  oItixs  todo  buen  caballero  debe  tener.  Con  lo 
(que  sonlñs  menos)  discjustar,  dis/'aror,  cual  quedó  armado  caballero,  ¡^  entró 
disparidad,  disforme.  Suele  también  al  punto  en  la  liza  contra  Ped7-ü  de  los 
suprimirse  la  s  de  ambas  partículas,  Ríos,  defensor  del  fionrasu  Paso  (a). 
como  en  degollar,  degradar,  difamar,  4.  De  la  misma  opinión  que  el  ven- 
difícil.  tero  era  en  esle  punto  D.  Olivante  de 

2.  Falta  lo  que  llaman  verbo  deler-  Laura,  como  se  cuenta  en  su  histo- 
minante;  pero  añadió  que  bien  castiga-  ria  (6).  expresando  que  asi  era  de  dere- 
dos  quedaban,  etc.  Otra  falta  igual  se  cho,  aunque  la  costumbre  solía  estar  en 
notó  poco  ha.  contrario. 

3.  Asi  el  Emperador  Carlos  V,  du-  5.  No  se  le  escapó  á  Cervantes  cir- 
rante  la  ceremonia  de  su  coronaci.m  cunstancia  alguna  que  pudiese  realzarlo 
en  Aquisgrán  el  año  de  1521,  armó  ridiculo  de  esta  primera  aventura  de 
varios  caballeros,  sin  más  que  darles  su  fábula.  Al  libro  de  paja  y  cebada  lo 
tres  golpes  enlos  hombros  con  la  espada  llarai'i  poco  después  Manual,  palabra 
de  Carlomagno  (a).  En  el  si"lo  anterior  que  entre  otras  acepciones  tiene  lam- 
Suero  de  Quiñones,  sostenedor  del  paso  bien  la  de  libro  de  preces  ó  ritual,  y 
honroso  á  orillas  del  Orbigo.  armó  ca-  esta  alusión  esfuerza  todavía  más  lo 
ballero  á  Vasco  de  Barrionuevo  en  la  burlesco  de  la  presente  escena. 

(a)    Sandoval,  historia    del    Emperador  en  (a)  Relación  del  Paso,  núm.  ?6.  —  (¿)  Lib. 

diclioaño.  I.  cap.  IX. 


PRIMERA    PARTE.    —    CAPITULO    III  íí» 

SU  iiiisina  espada  un  gentil  espaldarazo  ^  siíimprc  iminiiuiando 
entre  dientes  como  que  rezaba.  Hecho  esto,  mandó  á  una  de 
aquellas  tlamas  (|ut;  le  ciñese  la  espada  ^,  la  cual  lo  hizo  con 
mucha  desenvoltura  y  discreción,  porque  no  fué  menester  poca 
para  no  reventar  de  risa  (\  cada  punto  de  las  ceremonias;  pero  las 
proezas  que  ya  habían  visto  del  novel  caballero  les  tenían  la  risa 
á  raya.  Al  ceñirle  la  espada  dijo  la  buena  señora  :  Dios  haga 
á  vuestra  merced  muy  venturoso  caballero  ■*  y  le  dé  ventura 
en  lides.  D.  Quijote  le  preguntó  cómo  se  llamaba,  porque 
él  supiese  de  allí  adelante  á  quién  quedaba  obligado  por  la  merced 
recebida,  porque  pensaba  darle  alguna  parte  de  la  honra  que 
alcanzase  por  el  valor  de  su  brazo.  Ella  respondió  con  mucha 
humildad,  que  se  llamaba  laTolosa,  y  que  era  hija  de  un  remendón 
natural  de  'J'oledo,  que  vivía  á  las  tendillas  de  Sancho  Bienaya  ^, 
y  que  donde  quiera  que  ella  estuviese,  le  serviría  y  le  tendría  por 


1.  Gentil  es  gallardo,  brioso.  El 
golpe  dado  con  la  espada  sobre  la 
cabeza  inclinada,  espalda  i'i  hombro 
del  caballero  novel,  es  lo  que  se  llamaba 
la  pescozuda  ó  esijaldarazo.  La  imposi- 
ción de  la  espada  sobre  la  cabeza  y 
hombros  del  nuevo  caballero,  que  se 
conserva  entre  las  ceremonias  de  la 
armadura  solemne  en  nuestras  Ordenes 
militares,  es  una  imagen  y  recuerdo  de 
lo  antiguo. 

2.  Aludióse  en  este  pasaje  ;i  muchos 
de  los  que  se  refieren  en  los  libros 
caballerescos.  Cuando  AmadisdeGaula, 
Rey  ya  de  la  Gran  Bretaña,  hizo  caba- 
lleros en  la  villa  de  Fenusa  á  los 
tres  principes  Olorius,  Adariol  y  Eli- 
nio,  hijos  de  los  Reyes  de  España,  de 
Ñapóles  y  de  la  Montaña  defendida,  el 
primero  recibió  la  espada  de  mano  de 
la  Reina  Oriana ;  el  segundo  de  la  In- 
fanta Brisena,  y  el  tercero  de  la  Empe- 
ratriz de  Roma  («).  Uriana  fué  también 
la  que  puso  la  espada  á  Bravarte,  so- 
brino del  mismo  Amadís,  cuando  le 
armó  su  tio.  La  infanta  Lucencia  ladii'i 
al  doncel  Lucencio  al  armarle  el  Empe- 
rador Esplandiáa  (6).  Al  tiempo  de 
conferir  el  Emperador  D.  Belanio  la 
orden  de  Caballería  á  su  hijo  Belianis, 
le  ciñó  la  espada  la  Infanta  Aurora  (c) : 
y  cuando  el  mismo  D.  Belanio  armó 
á  su  nieto  Belflorán,  hijo  de  Belianis, 

(a)  Lisuarte  de  Grecia,  cap.  LXIX.  —  (6) 
Amadia  de  Grecia,  parte  I,  cap.  XIV.  —  [c) 
Belianis,  lib.  1,  cap.  V. 


se  la  ciñó  la  Infanta  Belianisa  (a). 
Ciñi'isela  en  igual  ocasirm  la  Princesa 
Cupidea  á  Leandro  el  Bel  (6),  y  la  her- 
mosa Infanta  Polinarda  á  Palmerín  de 
Inglaterra  (c). 

3.  Al  armarse  caballero  Perlón  de 
Gaula,  le  ciñó  la  espádala  Infanta  Gri- 
cileria,  diciendo  :  Mi  caballero,  plegué 
ú  Dios  de  os  hacer  con  ella  bienaventu- 
¡vdo  :  y  Perlón  le  besó  las  manos  á 
pesar  de  su  resistencia  (d).  En  el  ro- 
mance antes  citado  de  Pedrarias,  hijo 
de  Arias  Gonzalo  el  de  Zamora,  le  dice 
el  padrino  al  darle  el  espaldarazo  : 

Hágate  Dios  tal,  que  seas 
como  yo  deseo  que  salgas  : 
en  los  trabajos  sufrido, 
esforzado  en  las  batallas, 
espanto  de  tus  contrarios, 
venturoso  con  la  espada. 

4.  Según  el  doctor  Pisa  en  su  Histo- 
ria de  Toledo,  hubo  en  aquella  ciudad 
una  plaza  muy  antigua  de  tiendas,  que 
se  nombraba  de  Sancho  Minaya  ó  Bie- 
naya. Es  sumamente  verosímil  que  este 
apellido  es  el  patronímico  ;íraÍ3e  Ben- 
haya  ó  Ben  Yahia,  hijo  de  Yahia,  que 
pudo  conservarse  entre  los  muzárabes; 
y  con  efecto,  el  doctor  Salazar  de  Men- 
doza, en  su  libro  del  Origen  de  las 
dignidades  de  Castilla,   hace  mención 

(a)  Belianis.  lib.  IV,  cap.  XXVII.  —  (6)  Caba- 
llero de  la  Cruz,  lib.  IV,  cap.  XXII.  —  (d  Pal- 
merin  de  Inglaterra,  lib.  I,  cap.  II.  —  {d)  Li- 
suarte de  Grecia,  cap.  II. 


\(\ 


l><>\    Ol  IJOTF,    DE    LA    MANCtiA 


üeñor.  D.  QuijoLe  le  replicó  que  por  su  amor  le  hiciese  merced  que 
de  allí  adelante  se  |)us¡e5e  Don,  y  se  llamase  Doña  Tolosa.  Ella  se 
lo  prometió,  y  la  otra  le  calzó  la  espuela,  con  la  cual  le  ])a8Ó  casi 
el  mismo  coloquio  que  con  la  de  la  espada  *.  Preguntóle  su 
nombre,  y  dijo  que  se  llamaba  la  Molinera  y  que  era  hija  de  un 
honrado  molinero  de  Antequera  :  á  la  cual  tum!>ién  rogó  Don 
Quijote  que  se  pusiese  Don,  y  se  llamase  Doña  Molinera  -,  ofre- 


de  la  faiiiilia  de  los  Bcnhayas  de  To- 
ledo (a).  Pellicer  discurre  que  acaso  dló 
nombre  á  aquella  plazuela  Saucho 
Renhaya,  que,  coa  otros  toledanos, 
sirvió  de  testigo  en  un  privilegio  des- 
pachado en  Madrid  por  el  Rey  Don 
Alonso  VIII  el  año  il\i'A,  á  favor  de 
diferentes  vecinos  de  Juuiella. 

1.  No  parece  sino  que  el  coloquio 
pasó  con  la  espuela  :  hubiera  sido  de 
<lesear  que  se  evitase  esta  especie  de 
anfibología. 

Solían  las  damas  de  alta  guisa  con- 
currir al  acto  de  armarse  los  caballeros, 
y  tomar  parte  en  las  ceremonias. 

La  Reina  Doña  Berenguela  asistii'>  á 
la  ceremonia  de  armarse  caballero  en 
el  Monasterio  de  las  Huelgas,  cerca  de 
Burgos,  su  hijo  San  Fernando,  y  le 
desciñó  el  cintiirón  de  la  espala,  como 
refiere  el  arzobispo  0.  Rodriijo  (/').  De 
lo  mismo  da  testimonio  un  romance 
antiguo,  entre  otros  del  Cid,  en  que 
reconviniéndole  la  Inf.inta  doña  Urraca 
desde  el  adarve  de  Zamora,  le  dice  : 

Afuera,  afuera  Rodrigo, 
el  soberbio  castellano  : 
acordársete  debiera 
de  aquel  tiein()0  ya  pasado, 
cuaivio  fuiste  caballero 
en  el  altar  de  Santiago, 
cu:ini]o  el  rey  foé  tu  pidriuo 
y  tú,  Rodrigo,  el  aiiljado. 
>Ii  padre  te  dio  las  armas, 
lili  madre  te  dio  el  caballo, 
yo  te  calcé  las  espuelas, 
|)orque  fueses  más  honrado. 

De  la  asistencia  de  la  misma  Doña 
Urraca  á  la  armadura  del  doncel  Pedra- 
das, hace  memoria  su  romance  : 

£1  padrino  le  dio  paz 

y  eí  fuerte  escudo  le  embraza, 

y  Doña  Urraca  le  ciñe 

al  lado  izquierdo  la  espada. 

(a)  Lib.  II,  cap.  IX.  —  {b¡  De  rebus  Hispan., 
lib.  IX,  cap.  X. 


Iguales  usos  se  encuentran  en  Iob 
libros  caballerescos.  Urganda,  í«olisa 
y  Julianda  asistieron  ú  Esplandián  en 
la  ceremonia  de  armarse  caballero,  y 
le  pusieron  la  loriga,  el  yelmo  y  el 
escudo,  según  se  refiere  al  <in  del  libro 
de  Amadís  de  Gaula.  En  el  mismo  libro 
se  cuenta  (a)  que  el  Rey  Lisuarte,  al 
hacer  caballero  al  hermoso  doncel  No- 
randel,  que  después  conoció  ser  su 
hijo,  mandó  á  Uriana  que  le  diese  la 
espada,  y  asi  fué  cumplida  enleramenle 
szi  caballería.  En  la  solemnidad  de 
armarse  el  Infante  Plumedoro  le  calzi'> 
la  espuela  la  Reina  de  Gocia,  que  de 
oculto  era  su  amante  [h).  Fué  singuhir 
la  ceremonia  con  que  Tirante  el  Blanco 
recibió  la  Orden  de  Caballería.  Después 
de  prestar  los  juramentos  de  costumbre, 
el  Rey  de  Inglaterra,  poniéndole  la 
espada  sobre  la  cabeza,  le  dijo  :  Dios  >j 
nuestro  seTior  San  Jorr/e  le  ka[¡an  buen 
caballero:  besiMe  después  en  la  boca  ; 
ciñéronle  la  espada  siete  doncellas,  que 
representaban  los  siete  gozos  de  la 
Virgen,  y  le  calzaron  las  espuelas  cuatro 
caballeros  que  representaban  los  cuatro 
Evangelistas  [c). 

2.  «  Vuelve  Cervantes  á  reprender 
en  estas  dos  mujeres  comunes  el  abuso 
del  Don.  El  P.  Guardiola,  contempo- 
ráneo de  nuestro  autor  írf),  dice  que 
este  abuso  empezó  en  tiempo  de  En- 
rique IV,  y  que  continuó  en  el  de  los 
Reyes  Católicos.  Añade  que  ios  jndios 
eran  los  que  más  afectaban  el  Don.  '/ 
que  en  su  tiempo  le  usaba  la  fjenle  baja, 
y  h'ista  las  rameras  públicas,  especial- 
mente en  .Andalucía,  y  no  se  ha  corre- 
gido en  el  siglo  xviii.  Al  fin  de  la  novela 
de  Virgilio  Cordato,  intitulada  El  Hijo 
de  Málaga,  impresa  en  Orihuela  el 
año  163Í),  se  dice  :  Estas  dos  tenderas 
que  están  pesando  en  esta  puerta  del 

in)  Cap.  LXVI.  —  {h\  Polieisne  de  Bofima, 
cap.  LXXIV.  —  (c)  Tirante,  paite  I,  cap. 
XIX.  —  {'ij  Tratado  de  JVobkza,  p.  110. 


iMtIMKIIA    l'Aíili;.    — ■    (Mm'tLI.O    III  47 

ciéndolc  nuevos  servicios  y  incrcrdes  ^  Hechas,  pues,  (1<;  ^mIoj»!  y 
n|)riesa  las  hasta  allí  nunca  vistas  ceremonias  '',  no  vio  la  hora 
Don  Ouijotc  (lo  verse  á  caballo  y  salir  liuscando  las  aventuras  ;  y 
ensillando  luc^jfo  á  Rocinante,  subió  en  él,  y  abrazando  ¿i  su 
huésped  le  dijo  cosas  tan  oxIraAas,  agradeciéndole  la  inerctMÍ  de 
lial)erle  armado  caballero,  que  no  es  posible  acertar  á  referirlas. 
El  ventero,  por  verle  ya  fuera  de  la  venta,  con  no  menos  retóricas, 
aunque  con  más  breves  palabras,  respondió  á  las  suyas,  y  sin 
pedirle  la  costa  de  la  posada,  le  dejó  ir  á  la  buena  hora"*. 


mar  fruta  >/  ¡nonrlongo,  los  días  pasa- 
líoü  se  lirahan  las  infamias  como  las 
pesas,  y  se  arañaban  las  honras  como 
las  caras,  y  dijo  una  :  ¿  Pues  tú  con- 
miyo.  Doña  Teudosia,  snlnendo  que  yo 
soy  conocida  en  Malaya,  y  que  soy 
hija  de  ¡Joña  Briyida  de  tal,  y  del  me- 
sonero de  tal  parte,  que  fué  ventero 
veintiún  años  y  medio  ?  (Nota  de  Pe- 
llicer.) 

1.  Hay  alguna  coatradicción  eatre 
estas  dos  expresiones.  O/'/'ece*' se/7' Jc¿oA', 
es  propio  de  persona  inferior ;  ofrecer 
mercedes,  de  superior.  Quien  ofrece 
servicios  no  puede  ofrecer  mercedes ; 
quien  ofrece  mercedes  no  está  en  el 
caso  de  ofrecer  servicios. 

2.  Quien  tenga  curiosidad  de  saber 
el  ceremonial  con  que  antiguamente  se 
armaban  los  caballeros,  puede  leerlo 
en  las  Partidas  del  Rey  D.  Alfonso  el 
Sabio  [a),  de  donde  se  copio  en  el 
lib.  I,  tít.  3."  del  Doctrinal  de  Caballe- 
ros, escrito  en  el  siglo  xv,  reinando 
D.  Juan  el  II  de  Castilla.  No  siempre  se 
observaban  puntualmente  todas  aque- 
llas formaliaades  :  la  necesidad  ó  la 
urgencia,  VI  otras  circunstancias  dispen- 
saban frecuentemente  de  muchas  de 
ellas,  de  lo  que  hay  ejemplo  en  las 
historias.  Lo  mismo  se  ve  practicado 
también  en  los  libros  caballerescos. 
Cuando  Amadis  de  Gaula  armó  ca- 
ballero á  D.  Galaor,  todo  el  ceremonial 
se  redujo  á  calzarle  la  espuela  diestra, 
besarle  y  ceñirle  la  espada  (b) ;  pues 
baltiéndóse  hablado  de  la  vigilia,  que 
debía  anteceder  en  la  iglesia,  dijo 
Galaor  :   Ya  lioy  he  oido  misa,  y  vi  el 

(aj  Parle  II,  tít.  XXI.  —  (¿)  Cap.  II. 


verdadero  cuerpo  de  Dios.  Esto  basta, 
dijo  el  de  los  Leones  (Amadis). 

En  la  armadura  (i)  de  Don  Quijote, 
Cervantes  tomi)  y  deji'i,  según  le  vino  á 
cuento,  salvo  la  pescozada  y  espalda- 
razo, en  que,  como  el  ventero  declaró 
magistral  y  legislativamente,  consistía 
todo  el  toque  de  quedar  armado  ca- 
ballero. Pero  las  circunstancias  de 
tiempo,  lugar  y  personas  dieron  á  las 
ceremonias  toda  la  originalidad  nece- 
saria para  que  se  las  pudiese  calificar 
de  nunca  vistas^ 

Francisco  de  .Vvila,  natural  de  Madrid, 
remedó  los  pasajes  de  la  venta  y  arma- 
dura de  D.  Quijote  en  un  entremés 
intitulado  Los  Invencddes  Hechos  de 
D.  Quijote  de  laMancha.  Se  imprimió  al 
fin  déla  octava  parte  de  las  comedias 
de  Lope  de  Vega,  en  Barcelona,  el 
año  de  1617. 

3.  Este  primer  suceso  ói  aventura 
del  QuuoTE,  comprendido  en  los  capítu- 
los 11  y  111,  donde  se  refiere  el  modo  con 
(|ue  se  armó  caballero  nuestro  hidalgo, 
está  en  su  lugar,  y  era  necesariamente 
el  primero  de  la  fábula. ,-,  Qué  cosa  más 
natural  que  empezar  por  armarse  ca- 
ballero el  que  sin  esta  circunstancia  no 
podía  ejercitar  la  caballería  ?  En  la 
relación  estuvo  felicísimo  Cervantes. 
La  transformación  de  la  venta  en  capí- 
tulo, la  pintura  de  las  damas  y  del 
ventero,  el  coloquio  y  escena  de  la 
caballeriza,  la  batalla  de  los  arrieros; 
en  suma,  todos  los  incidentes  contri- 
buyen á  hacer  esta  aventura  una  de  las 
más  agradables  y  divertidas  del  Inge- 

•MOSO  Hlü.\LG0. 

(;)  Armadura.  —Véanse  las  notas,  pág.  o4 
V  41.  (M.  de  T.) 


CAPITULO  IV 


DE    LO    QUE    SUCEDIÓ    Á    NUESTRO    CABALLERO    CUANDO    SALIÓ 
^^  DE    LA    VENTA 

La  del  alba  sería  ^  cuando  D.  Quijote  salió  de  la  venta  tan  con- 
tento, tan  gallardo,  tan  alborozado  por  verse  ya  armado  caballero, 
que  el  gozo  le  reventaba  por  las  cinchas  del  caballo  ^.  Mas  vinién- 
dole á  la  memoria  los  consejos  de  su  huésped  cerca  de  las  preven- 
ciones tan  necesarias  que  habla  de  llevar  consigo,  en  especial  la 
de  los  dineros  y  camisas  ^,  determinó  volverá  su  casa  y  acomo- 
darse de  todo  y  de  un  escudero,  haciendo  cuenta  de  recebir ''  á  un 


1.  Si  el  capitulo  no  tuviera  epigrafe. 
sería  más  claro  que  se  habla  de  la 
hora  del  alha,  porque  la  última  palabra 
del  capitulo  anterior  es  fiora.  El  capi- 
tulo VI  empieza  de  una  manera  seme- 
jante á  ésta,  y  allí,  como  aquí,  el  titulo 
del  capitulo  interrumpe  y  obscurece  el 
sentido. 

2.  ¡  Terrible  ponderación !  Gomo  si  (a) 
el  gozo  fuese  tal  y  tan  grande  que  rebo- 
sando del  jinete  liinchase  también  al 
caballo  y  se  le  saliese  por  donde  le 
apretaban  las  cinchas. 

3.  Cerca  en  el  uso  actual  tiene  otra 
siguificación  distinta  que  acerca :  abora 
diriamos  acerca  de  las  prevenciones. 
Cerca  es  adverbio,  j-  acerca  preposi- 
ción; cerca  sigue  al  verbo,  y  acerca 
precede  al  nombre  ó  al  verbo  sustan- 
tivado. 

Las  ediciones  anteriores  decían  sólo 
especial  {&)  la  de  los  dineros  y  camisas; 

(a)  ...  Las  cinchas  del  caballo.  —  Dado  el 
caráct^er  festivo  del  relato,  nada  tiene  de 
extraña  esta  ponderación,  tan  propia,  por 
otra  parte,  del  carácter  meridional. 

(M.  de  T.) 

(s)  Especial.  —  Garcés  no  andaba  desacer- 
tado, y  i)udo  citar  otras  varias  autoridades, 
que  aduce,  además  de  la  citada,  el  señor  Gor- 
tejón.  (M.  de  T.) 


y  D.  Gregorio  Garcés  en  su  obra  sobre 
el  Orinen  de  la  elegancia  de  la  lenqua 
castellana,  alegó  el  presente  pasaje 
para  probar  la  existencia  del  adverbio 
es/3ec¿aZ.  Entiendo  que  no  tuvo  razón,  y 
que  el  impresor  omitió  por  descuido  la 
partícula  en,  que  debió  preceder,  dicién- 
dose en  especial,  y  formándose  un  modo 
adverbial,  como  lo  es  en  particular.  Este 
equivale  á  particularmente,  y  el  otro 
á  especialmente. 

4.  Ahora  decimos  recibir,  y  así  es 
más  conforme  al  recipere  latino  de 
donde  viene.  De  esta  mutación  de  la  i 
(le  las  voces  latinas  en  la  e  de  sus  deri- 
vados castellanos,  trae  varios  ejemplos 
el  canónigo  Bernardo  Aldrete  en  su 
Origen  de  la  leiiqna  castellana  (a).  La 
misma  sustitución  de  i  por  e  y  al  con- 
trario se  verifica  entre  las  voces  cas- 
tellanas antiguas  y  modernas;  pero, 
generalmente  hablando,  el  uso  actual 
en  este  y  en  otros  puntos  es  más  arre- 
glado á  la  etimología.  Quien  quiera 
ejemplos  de  todo,  puede  buscarlos  en 
los  glosarios  del  Fuero  Juzgo,  de  las  An- 
tigüedades de  Berganza,  de  las  Poesías 
castellanas  anteriores  al  siglo  xv,  y 
otros. 

(a)  Lib.  II,  cap.  X. 


rniMRRA    PARTE.    —    cvi'i.i  I.O    IV  10 

labrador  vecino  suyo  que  era  pobre  y  con  liijos,  pero  inuy  á  pro- 
j)ósito  para  el  oficio  escuderil  de  la  caballería.  Con  este  pensa- 
iai(Milo  guió  ú  Rocinante  liacia  .su  aldea,  el  cual,  casi  conociendo 
la  {[ucrcncia  ',  con  lauta  gana  ccnienzó  á  caminar,  que  parecía 
que  no  |>onía  los  pies  en  el  suelo.  No  había  andado  mucho  cuando 
le  pareció  que  á  su  diestra  mano,  de  la  espesura  de  un  bosque  que 
allí  estaba,  salían  unas  voces  delicadas  como  de  pefsona  que  se 
cpiejaba,  y  apenas  las  hubo  oído,  cuando  dijo  :  Gracias  doy  al 
cielo  por  la  merced  que  me  hace,  pues  tan  presto  me  pone  oca- 
siones delante  donde  yo  pueda  cum[)lir  con  lo  que  debo  á  mi 
profesión,  y  donde  pueda  coger  el  fruto  de  mis  buenos  deseos  : 
estas  voces  sin  duda  son  de  algún  menesteroso  ó  menestorosa  que 
ha  menester  mi  favor  y  ayuda  :  y  volviendo  las  riendas,  encaminó 
•A  Rocinante  hacia  donde  le  pareció  que  las  voces  salían  ^.  Y  á 
pocos  pasos  que  entró  por  el  bosque,  vio  atada  una  yegua  á  una 
encina,  y  atado  en  otra  un  muchacho^  desnudo  de  medio  cuerpo 
arriba,  hasta  de  edad  de  quince  años,  que  era  el  que  las  voces 
daba,  y  no  sin  causa,  porque  le  estaba  dando  con  una  pretina 
muchos  azotes  un  labrador  de  buen  talle,  y  cada  azote  le  acompa- 
ñaba con  una  reprensión  y  consejo,  porque  decía  :  La  lengua 
queda,  y  los  ojos  listos.  Y  el  muchacho  respondía  :  No  lo  haré  otra 
vez,  señor  mío  ;  por  la  pasión  de  Dios,  que  no  lo  haré  otra  vez,  y 
yo  prometo  de  tener  de  aquí  adelante  más  cuidado  con  el  hato.  Y 
viendo  D.  Quijote  lo  que  pasaba,  con  voz  airada  dijo  :  Descortés 
caballero,  mal  parece  lomaros  con  quien  defender  no  se  puede  : 
subid  sobre  vuestro  caballo,  y  tomad  vuestra  lanza  (que  también 
tenía  una  lanza  arrimada  á  la  encina  ^  adonde  estaba  arrendada  la 


1.  Querencia  es  el  paraje  adonde  de  las  partes  del  discurso  pide  que  se 
acostumbra  y  gusta  acogerse  un  ani-  diga  y  atado  d  otra  un  muchacho. 
mal.  Es  voz  que  ocurre  frecuentemente  4.  Ál  que  ignore  las  costumbres  del 
en  los  libros  castellanos  de  caza,  desde  país  y  del  tiempo  de  que  se  trata,  podrá 
el  de  la  Montería  del  Bey  D.  Alfonao  parecer  inverosímil  que  Juan  Haldudo 
el  XI,  publicado  por  Gonzalo  Argote  de  anduviese  en  el  campo  con  lanza,  y 
Molina, donde  se  halla  al  capitulo  XVllI  quizá  le  ocurrirá  que  fué  circunstancia 
del  libro  1.  inventada  únicamente  para  que  juzgán- 

2.  El  Emperador  D.  Belanio,  hallan-  dolé  D.  Quijoie  caballero  andante, 
dose  en  una  floresta,  oyó  grandes  c/ri-  hubiese  ocasión  y  fundamento  para  el 
tos...  pareciendo  ser  de  personas  que  desafío.  Pero  estas  eran  las  costumbres 
en  gran  necesidad  estuviesen...  Y  to-  de  entonces,  y  el  mismo  Cervantes,  en 
mando  la  lanza,  se  metió  por  el  bosque  la  novela  del  Coloqrdo  de  los  perros 
adelante  en  siguimiento  de  las  voces  Cipión  y  Berganza,  hace  mención  de 
que  oía  (a).  un  hacendado  que  iba  por  e!  campo  á 

3.  Aunque  no  lo  exija  precisamente  ver  sus  ovejas  solare   una  yegua  tí  la 
el  régimen,  la  correspondencia  mutua  jineta  con  lanza  y  adarga  q^ie  más  pa- 
recía atajador  de  la  costa  que  señor  de 

la)  neliaiiis  de  fír»nu,  lib.  I.  cap.  IV.  ganado.    Más    adelante,    en    el    capí- 


50 


DON    QUI.IOTI:    DE    I.A    MANCHA 


yegua  '),  que  yo  os  haré  conocer  ser  de  cobardes  lo  que  estáis 
haciendo.  El  labrador,  (|ue  vio  sobre  sí  aquella  figura  llena  de 
armas,  blandiendo  la  lanza  sobre  su  rostro,  túvose  por  muerto,  y 
con  buenas  palabras  respondió  :  Señor  caballero,  este  muchacho 
que  estoy  castigando  es  un  mi  criado  que  me  sirve  de  guardar 
una  manada  de  ovejas  que  tengo  en  estos  contornos,  el  cual  es 
tan  descuidado  que  cada  día  me  falta  una,  y  porque  castigo  su 
descuido  ó  bellaquería,  dice  que  lo  hago  de  miserable  por  no 
pagalle  la  soldada  que  le  debo,  y  en  Dios  y  en  mi  ánima  que 
miente.  ¿Miente  delante  de  mí,  ruin  villano^?  dijo  D.  Quijote. 
Por  el  sol  que  nos  alumbra  que  estoy  por  pasaros  de  parte  á  parte 
con  esta  lanza  :  pagadle  luego  sin  más  réplica ;  si  no,  por  el  Dios 
que  nos  rige  que  os  concluya  y  aniquile  en  este  punto  :  desatadlo 
luego.  El  labrador  bajó  la  cabeza,  y  sin  responder  palabra 
desató  á  su  criado,  al  cual  preguntó  D.  Quijote  que  cuánto  le 
debía  su  amo.  Él  dijo  que  nueve  meses  á  siete  reales  cada  mes. 
Hizo  la  cuenta  D.  Quijote,  y  halló  que  montaba  sesenta  y  tres 


tulo    XXXVI    de    esta   primera    parte, 
veremos  cuatro   caminantes  que  iban 
tí    caballo  d    la   jineta   con    tanzas   y 
adargas;  y  luego  en  el  capítulo  XLIll 
otros  cuatro  caminantes  á  caballo  con 
sus  escopetas  sofjre  los  arzones  :  modo 
de  caminar  que  después  se  ha  hecho 
general  y  ordinario,  no  siendo  extraño 
que  desde  antiguo  se  llevasen  a¡'mas 
en  despoblado,  cuando  se  llevaban  de 
ordinario  aun  dentro  de  los  pueblos. 
En  tiempo  de  los  Heves  Católicos  fo- 
mentaron   las    disposiciones    del    go- 
bierno la  afición  á  las  armas.  A  peti- 
ción de  las  Cortes  de  Palencia  de  1523, 
se  peruiitii'i  que  toda  clase  de  personas 
puniese  traer  espada  :  usanza  que  lleg<') 
á  ser  tan  general,  que  sin  salir  de  las 
obras  de  Cervantes,  donde  ciertamente 
se  describieron   las  costumbres  de   su 
siglo,   Carriazo     y   .Vvendario,   cuando 
iban  á  estudiar  ¡i    la  universidad,  lle- 
vaban espadas,  como  se  cutnt  a  en  la 
novela  de  la  Ilustre  Fregona  :  la  llevaba 
también  Rinconete  en   su  viaje  á   Se- 
villa, á  pesar  de  su  traje  roto  y  andra- 
joso  :    la    llevaba,    finalmente,    como 
parte  del  traje  usual  y  dentro  de  casa 
el  rufián  .Monipodio.  Hasta  hace  pocos 
años  ha,  la  hemos  visto  llevar  común- 
mente á  visita,  á  los  bailes  y  aun  á  la 
iglesia. 

1.   Arrendada     es     ntn'lit     por      la 


rienda  :  significado  muy  diverso  del 
que  comúnmente  tiene  la  palabra 
arrendar^  que  es  dar  á  renta  alguna 
finca.  En  el  primero  se  usó  ya  en  el 
antiquísimo  poema  del  Cid  (a),  y  en  el 
romance  de  N'uño  Vero,  uno  de  los 
más  rancios  que  se  conocen  en  nuestro 
idioma  : 

Nuüo  Vero,  Ñuño  Vero, 
buen  caballero  probado, 
hínquedes  la  lanza  en  tierra, 
y  arrendedes  el  caballo. 

Después,  en  el  romance  del  moro 
Abindarráez,  se  conti'i  que  yendo  á  ver 
á  su  Jarifa, 

Dio  tres  golpes  á  la  puerta, 
que  es  la  seüal  concertada  : 
en  ella  arrendó  el  caballo, 
y  ya  sube  por  la  escala. 

2.  D.  Quijote,  lleno  de  la  impor- 
tancia y  dignidad  de  su  profesión,  mira 
como  desacato  el  que  se  desmienta  á 
otro  en  su  presencia.  D.  Quijote  trata 
ahora  ;i  Juan  Haldudo  de  ruin  villano. 
y  poco  antes  le  desafiaba  como  ;i  ca- 
ballero; y  aun  más  abajo  le  e.\ige  jura- 
mento por  lii  ley  de  caballería  que 
había  recibido  (el  Haldudo).  Inconse- 
cuencias de  un  loco,  ó  distracciones  de 
Cervantes  :  más  bien  lo  primero. 

"n  V.  -2789. 


PIUMEnA    PARTE.    —    CAPITULO    IV 


51 


reales,  y  «lijóle  al  labrador  que  al  momento  los  desembolsase,  si 
no  (|ii(M-ia  morir  por  ello.  Respondió  el  medroso  villano  que  por  el 
paso  en  (pie  (oslaba  y  juramento  que  había  hecho  (y  aun  no  había 
jurado  nada')  (pie  no  eran  lautos;  poríjue  se  le  habían  d(í  des- 
contar y  recebir  en  cuenta  tres  pares  de  zapatos  (pie  le  había  dado, 
y  un  real  de  dos  sangrías  que  le  habían  hecho  estando  enfermo. 
Bien  está  todo  eso,  replicó  D.  Quijote;  pero  quédense  los  zapatos 
y  las  sangrías  por  los  azotes  que  sin  culpa  le  habéis  dado,  que  si 
él  rompió  el  cuero  de  los  zapatos  que  vos  pagastes,  vos  le  habéis 
rom[)ido  el  de  su  cuerpo;  y  si  le  sacó  el  barbero  sangre  estando 
enfermo,  vos  en  sanidad  se  la  habéis  sacado  :  así  que  por  esta 
parte  no  os  debe  nada.  El  daño  está,  señor  caballero,  en  que  no 
tengo  aquí  dineros  :  véngase  Andrés  conmigo  á  mi  casa,  que  yo 
se  ios  pagaré  un  real  sobre  otro.  ¿  Irme  yo  con  él,  dijo  el  muchacho, 
más?  ¡Mal  año^!  No,  señor,  ni  por  pienso;  porque  en  viéndose 
solo,  me  desollará^  como  á  un  San  Bartolomé.  No  hará  tal,  replicó 
D.  Quijote;  basta  que  yo  se  lo  mande  para  que  me  tenga  respeto  ', 
y  con  que  él  me  lo  jure  por  la  ley  de  caballería  que  ha  recebido"*, 
le  dejaré  ir  libre  y  aseguraré  la  paga.  Mire  vuestra  merced,  señor, 
lo  que  dice,  dijo  el  muchacho,  que  éste  mi  amo  no  es  caballero  ni 


1.  Pincelada  como  de  Cervantes, 
para  pintar  la  turbación  del  medroso 
villano. 

2.  Interjección  enfática,  especie  de 
imprecación  contra  quien  haga  ó  diga 
lo  que  se  desaprueba.  Aquí  la  dirigía 
Andrés  contra  sí  mismo,  maldiciéndose 
si  volvía  á  ir  con  su  amo  (y). 

3.  Hay  al  parecer  errata  en  el  texto. 
El  original  diría  :  viéndome  solo  ó  vién- 
dose solo  conmigo  :  lo  último  es  lo 
más  verosímil. 

4.  Quiso  decir  :  hasta  que  yo  se  lo 
mande  para  que  lo  haga  por  mi  respeto. 
Este  es  el  concepto. 

5.  Juramento  muy  usado  entre  ca- 
balleros, y  uno  de  los  que  se  entendía 
que  ligaban  más  fuertemente,  como  se 
ve,  no  sólo  por  las  historias  caballe- 
rescas, sino  también  por  las  verdaderas. 
En  aquéllas  decía  D.  Belianís  de  Grecia 
á  la  princesa  Florishella  (a)  :  Desde 
aquí  vos  prometo  por  la   Orden  de  Ca- 

[a]  Lib.  II,  cap.  XXXVIII. 

{■;)  ¡  Malaíío.'es  expresión  elíptica,  equiva- 
lente á  /  mal  año  haya  !  ¡  mal  año  para  m    .'etc 

(M.  (le  T.) 


ballería  que  recibí,  de  en  pago  det 
enojo  que  os  di,  jamás  parecer  donde 
gentes  algunas  me  puedan  ver.  —  Oli- 
veros le  respondió  (á  Fierabrás)  :  Pa- 
gano, 710  le  cures  de  tanta  platica  y 
dilación,  que  si  no  te  levantas,  haga 
juramento  tí  la  Orden  de  Caballería 
que,  aunque  me  sea  feo,  he  de  herirte 
y  hacer  levantar  mal  de  tu  grado  (a). 
U.  Quijote,  imitando  estos  y  otros 
muchos  ejemplos,  jura  por  la  Orden 
de  Caballería  que  recibió  de  servir  y 
ayudar  á  Cárdenlo  en  el  capítulo  XXIY. 
Y  al  fin  del  XLIY,  hablando  del  baci- 
yelmo  de  Mambrino,  dice  :  Y  juro  por 
la  Orden  de  Caballería  que  profeso  que 
este  yelmo  es  el  mismo  que  yo  le  quité, 
sin  haber  añadido  ni  quitado  en  él 
cosa  alguna. 

En  el  pasaje  presente,  nuestro  hi- 
dalgo suponía  que  el  labrador  había 
recibido  la  Orden  de  Caballería,  porque 
viendo  la  yegua  y  la  lanza,  y  lleno  de 
la  lectura  de  sus  libros,  cualquier  indi- 
cio le  bastaba  para  creer  que  era  caso 
de  Caballería  andante. 


{a)  Carlomagno,  cap.  XVII. 


52  DON    QUIJOTE    DE    I, A    MANC.IIV 

ha  recebido  orden  de  caballería  alguna,  (jiie  es  Juan  llaldudo  el 
rico,  el  vecino  drl  ÍJiiintanar '.  Importa  poco  eso,  respondió 
D.  Quijote,  que  Haldudos  pu<;de  haber  caballeros,  cuanto  más  que 
cada  uno  es  hijo  de  sus  obras ^.  Así  es  verdad,  dijo  Andrés;  pero 
este  mi  amo,  ¿deque  obras  es  hijo,  pues  me  niega  mi  soldada  y 
mi  sudor  y  trabajo?  No  niego,  hermano  Andrés,  respondió  el 
labrador,  y  hacednie  placer  de  veniros  conmigo,  que  yo  juro  por 
todas  las  Órdenes  que  de  caballerías  hay  en  el  mundo ^,  de 
pagaros  como  tengo  dicho  un  real  sobre  otro,  y  aun  sahumados. 
Del  sahumerio  os  hago  gracia',  dijo  D.  Quijote;  dádselos  en 
reales  ',  que  con  eso  me  contonto ;  y  mirad  que  lo  cumpláis  como 
lo  habéis  jurado;  si  no,  por  el  mismo  juramento  os  juro  de  volver 
á  buscaros  *  y  á  castigaros,  y  os  tengo  de  hallar,  aunque  os 
escondáis  más  que  una  lagartija.  Y  si  queréis  saber  quién  os 
manda  esto,  para  quedar  con  más  veras  obligado  á  cumplirlo, 
sabed  que  yo  soy  el  valeroso  D.  Quijote'  de  la  .vlancha,  el  desfa- 
cedor de  agravios  y  sinrazones;  y  á  Dios  quedad,  y  no  se  os  parla 
de  las  mientes  lo  prometido  y  jurado,  sopeña  de  la  pena  pronun- 


1.  Esto  pudiera  argüir  que  el  suceso 
pasaba  en  el  término  del  Quintinar, 
tanto  más  que,  exhortando  Juan  llal- 
dudo á  su  criado  Andrés  á  que  fuese  á 
su  casa  por  la  soldada,  se  da  á  enten- 
der que  la  casa  estaba  cerca.  Mas  para 
esto  se  tropieza  con  la  dificultad  que 
nace  de  la  distancia  de  Quintaaar  á  la 
Argamasilla,  de  donde  el  teatro  de  la 
aventura  distaba  menos  de  una  jor- 
nada. 

2.  Refrán  antiguo  castellano.  En 
Europa  los  hijos  reciben  de  sus  padres 
la  nobleza  :  en  la  China  dicen  que  los 
padres  la  adquieren  por  las  hazañas  y 
virtudes  de  sus  hijos.  La  con  lucta  de 
los  chinos  es  más  conforme  al  refrán 
que  la  de  los  europeos. 

3.  Más  natur.il  y  más  claro  seria  : 
por  todas  las  Ordenes  de  Caballería 
que  hay  en  el  mundo. 

4.  Contando  Guzmán  de  Alfarache 
su  vida  picaresca  de  mendigo  en  com- 

[)añía  de  otros  como  él,  y  hablando  de 
as  prendas  y  efectos  que  les  daban 
de  limosna  y  después  vendían,  dice  (a)  : 
temarnos  marchantes  para  cada  cosa 
que  nos  ponían  la  moneda  sobre  la 
labia,  sahumada  y  lavada  con  agua  de 
úngeles.  Sahumada  quiere  decir  perfu- 


mada, en  demostración  de  que  se  daba 
cm  a!e''r¡a  y  buena  volunl;id.  En  la 
novela  de  Rinconele  y  Corladillo,  ha- 
biendo éste  salteado  la  bolsa  de  un 
sacristán,  le  consolaba  diciendo  que 
con  el  tiempo  podría  ser  que  el  ladrón 
se  arrepintiese,  y  se  la  volviese  sahu- 
mada. El  sahumerio  le  perdonaríamos, 
respondió  el  esludianle. 

5.  Esto  es,  en  buena  moneda,  y  no 
en  chanflones,  tarjas  ú  otra  uioneda 
menuda  en  que  pudiera  haber  que- 
branto. 

tj.  Amenaza  muy  parecida  á  la  que 
dirigía  D.  Olivante  <1e  Laura  á  Tain- 
brino,  cuando  le  enviaba  con  el  mons- 
truo Buialón  á  Gonslantinopla  á  pre- 
sentarse á  la  Princesa  Lucenda.  Y  no 
dejes,  le  decía,  de  cumplir  lodo  esto 
que  le  mundo,  porque  cuando  supiere 
que  no  lo  haces,  en  ninguna  parte  del 
mundo  estarás  tan  escondido  que  yo 
no  ptieda  hallarte  para  acabar  de  qui- 
tarte la  vida  [u). 

1.  Arrogante  declaración  ó  intima- 
ción, de  que  hay  inrmuierables  ejem- 
plos en  los  libros  de  Caballería.  D.  Qui- 
jote la  repitió  en  la  aventura  del 
Vizcaíno,  al  capitulo  VIH  de  esta  pri- 
mera parte. 


ía)  Parte  I,  ¡ib.  111,  cnp.  111. 


[a)  Olivanie.   lib.  Til,  cap.  III 


PHIMKIIA    PAIITK.    —    CAPITUÍ.O    IV 


3;í 


ciada.  Y  (MI  ili(!Í('iulo  cslo,  picó  i^  su  Hocinanlc,  y  cu  breve  espacio 
se  apartó  dellos.  Siguióle  oí  labrador  con  los  ojos  ',  y  cuando  vio 
que  había  traspuesto  del  bosípie  y  que  ya  no  parecía,  volvióse  á  su 
criado  Audrcs,  y  díjole  :  Venid  acá,  hijo  mío,  que  os  quiero  pagar 
\o  (pie  os  debo,  como  aípiel  deshacedor  de  agravios  me  dejó  man- 
dado. ICso  juro  yo,  dijo  Andr(''s,  y  como  que  andará  vuestra  merced 
acertado  en  cumplir  el  mandamiento  de  aquel  buen  caballero, 
que  milanos  viva,  que  según  es  de  valeroso  y  de  buen  juez,  vive 
Hocpie,  que  si  no  me  paga,  que  vuelva  y  ejecute  lo  que  dijo"^. 


1.  Fuera  mejor  dejar  asi  la  aven- 
tura, corlaiulo  la  relación  en  este 
punto  y  reservando  el  íiu  de  ella  para 
el  capitulo  XXXI,  en  que  el  muchacho 
Andi'ós,  eiu;ontr;'uidosc  casualmente 
con  ü.  (Juijt)te,  relirió  en  presencia  de 
otras  varias  personas  el  resultado  que 
tuvo  tau  desgraciado  pura  él,  como 
vergonzoso  para  nuestro  hidalgo.  No  se 
hubiera  contado  una  misma  cosa  dos 
veces,  como  ahora  sucede;  y  entonces 
el  éxito  del  suceso  hiciera  mayor  y  más 
agradable  electo  en  el  ánimo  del  lec- 
tor, no  hallándole  prevenido  de  ante- 
mano con  la  prematui'a  relación  y 
noticia  del  presente  capitulo. 

2.  Hay  en  castellano  (oj.  y  lo  mismo  en 
los  demás  dialectos  de  la  lengua  latina, 
dos  monosílabos  que  ocurren  á  cada 
paso  :  fjue  y  de.  No  se  puede  abrir  un 
libro,  no  se  pueden  poner  los  ojos  en 
nada  escrito,  sin  que  se  presenten  estas 
dos  palabras,  que  son  como  dos  mule- 
tas necesarias  para  que  camine  el  dis- 
curso, ú  como  goznes  sin  los  cuales  no 
pueden  combinar  su  movimiento  y 
enlazarse  las  demás  partes  de  la  oración. 
Xi  rumiarse  las  lenguas  modernas,  se 
perdió  la  flexibilidad  y  concisión  de  la 

(5)  Bien  podía  aplicársele  á  Clemencín  el 
nunc  non  eral  hic  iocii.i  de  Horacio.  Dice  en 
efecto  muy  excelentes  cosas  á  propósilo  del 
enipit'O  de  qiíe  y  ile,  con  uiolivo  de  la  excla- 
mación de  AndVesillo,  /  Vire  noque!  que.  etc. 
Cuando  más  puede  censurarse  una  alitera- 
eión  inevitable.  Kl  ./we.  no  puede  suprimirse 
en  estas  exclamaciones  porque  da  mayor 
energía  a  la  frase.  Kl  misino  Cervantes  en 
el  famoso  soneto  al  túmulo  de  Felipe  !I  dice: 
;  Vive  Uios!  que  me  espanta   esta  griiudeza,  etc. 

A  sil  vez.  dice  Baltasar  de  Alcázar  : 

Si  es  ó  lio    inveiii'ióii    riiodenia 
;  Vive  Dios  !  que  iio  lo  sé... 

(M.  de  T.) 


romana.  Perdióse  el  uso  de  casi  todos 
sus  participios,  y  éstos  hubieron  de 
explicarse  con  rodeos,  guiados  por  el 
relativo  '^in'  como  por  un  lazarillo. 
Dijose.por  rtm«/iíri/.f,elquc  hade  amar; 
por  amundas,  el  que  ha  de  ser  amado. 
Perdii'ise  también  el  uso  de  la  voz  pa- 
siva y  de  los  tiempos  del  iníiniíivo,  y 
las  más  veces  hubo  de  suplirse  la  falta 
á  fuerza  de  circunloquios  amasados, 
digámoslo  así,  de  verbales,  verbos  auxi- 
liares y  la  molesta  particular/e.  Kl  sub- 
juntivo apenas  se  pudo  usar  ya  sin 
que  le  precediese  el  que.,  y  este  mono- 
silabo,  unas  veces  como  relativo  y 
otras  como  conjunción,  se  hizo  un  hués- 
ped perpetuo  y  por  lo  tanto,  impor- 
tuno. El  otro  monosílabo  de  entró  en 
el  lenguaje  con  el  mismo  oücio  y  si- 
gnificación que  tenia  en  la  lengua 
primordial,  y  en  esto  nada  se  perdía; 
pero  se  extendió  también  á  significar 
posesii'in  y  á  suplir  varios  casos  que  los 
nombres  tenían  en  la  lengua  tuadre  y  no 
en  las  hijas,  y  se  multiplicó  prodigio- 
samente su  uso.  Esto,  y  el  empleo  de 
otras  partículas  para  suplir  los  demás 
casos  y  el  uso  excesivo  de  los  artícu- 
los, convirtió  nuestro  idioma  en  un 
agregado  de  palabras  menudas,  en 
(jue  tropieza  y  se  embaraza  de  conti- 
nuo el  discurso  sin  poder  andar  á  pasos 
largos,  cual  sucede  á  los  que  caminan 
por  un  terreno  formado  de  grava  y 
piedrezuelas.  Los  participios  de  las 
lenguas  antiguas  eran  usos  verbales, 
(jue,  reiinieuao  la  fuerza  y  acción  del 
verbo  á  las  flexibles,  formas  de  los 
nombres,  encerraban  en  una  palabra 
una  frase.  Lo  que  junto  con  las  varia- 
ciones del  significado,  producidas  en 
los  nombres  por  una  leve  mudán/.a  en 
su  terminación,  y  en  los  verbos  por  el 
mayor   número   de  sus  tiempos,  ayu- 


54  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

También  lo  juro  yo,  dijo  el  labrador;  pero  por  lo  mucho  que  os 
quiero,  quiero  acrecentar  la  deuda  por  acrecentar  la  paga.  Y 
asiéndole  del  brazo,  le  tornó  á  alar  á  la  encina,  donde  le  dio 
tantos  azotes  que  le  dejó  p(jr  muerto.  Llamad,  Sr.  Andrés,  ahora, 
decía  el  labrador,  al  desl'accdor  de  agravios ;  veréis  como  no 
deslace  aíjueste,  aunque  creo  que  no  está  acabado  de  hacer, 
porque  me  viene  gana  de  desollaros  vivo,  como  vos  lemíades  : 
pero  al  fin  le  desató,  y  le  dio  licencia  que  fuese  á  buscar  á  su 
juez,  para  que  ejecutase  la  pronunciada  sentencia.  Andrés  se 
partió  algo  mohino,  jurando  de  ir  á  buscar  al  valeroso  D.  Quijote 
de  la  Mancha  y  contarle  punto  por  punto  lo  (jue  bahía  pasado,  y 
que  se  lo  había  de  pagar  con  las  setenas  * ;  pero  con  todo  esto,  él 


dado  todo  con  la  libertad  de  la  trans- 
posición, hacía  singularmente  rápido  y 
valiente  el  lenguaje.  En  ios  idiomas 
modernos  es  menester  suplir  estas 
ventnjas  multiplicando  las  palabras  y 
haí'iendo,  por  consiguiente,  lánguido 
y  flojo  el  discurso.  La  conslrucciñn  de 
la  lengua  entre  los  romanos  era  como 
la  de  sus  edificios  :  sus  participios, 
sus  verbos,  sus  nombres,  eran  si- 
liares  grandiosos,  en  cuya  comparaciún 
nuestras  partículas  y  monosílabos 
Sun  fragmentos  mezquinos  é  irregu- 
lan.'s,  con  los  ((ue  sólo  se  puede  cons- 
truir á  fuerza  de  tiempo  y  de  mortero. 
Pero,  en  fin,  la  constitución  ([ue  las 
lenguas  han  recibido  deluso  no  puede 
variarse,  y  es  preciso  contar  con  estos 
defectos  como  necesarios  :  lo  peor 
es  que  voluntariamente  se  haga  mayor 
el  daño,  y  que  se  empleen  el  fjue  y  el 
de  aun  cuando  la  necesidad  y  la  clari- 
dad no  lo  exigen.  El  autor  del  Diá- 
lof/o  de  ¡as  len()uas.  reprendiendo  este 
abuso,  que  ya  era  muy  común  en  su 
tiempo,  ponderaba  que  muchos  ponían 
un  que  superDuo  tan  continuamente, 
quede  doce  hojas  pudiera  quitarse  una 
de  rjuees  superfinos.  Notaba  también 
que  se  usaíja  en  demasía  y  con  inopor- 
tunidad de  la  partícula  de,  diciéndose 
esperando  de  enviar,  por  esperando 
enviar  :  prefiere  el  último  modo  de 
e.xplicarse,  y  concluye  :  Creedme  que 
estas  siijterfluida  <es  no  proceden  sino 
del  mucho  descuido  que  tenemos  en  el 
escribir  en  romance. 

Este  descuido  venía  ya  muy  desde 
atrás,  como  se  ve  en  nuestras  rr<')nicas 
y  demás  libros  primitivos,  como  por 
ejemplo  en  el  del  Conde  de  Lucanor, 
uno  de  los  más  limados  y  mejor  escri- 


tos para  el  tiempo  en  que  se  escribió, 
que  fué  el  siglo  xiv,  donde  ocurre  el 
que  á  cada  momento.  Diéronle,  se 
dice  en  el  capitulo  Xill,  una  carta  que 
le  enviaba  el  Arzobispo  su  lio,  en  qne 
le  facía  saber  que  estaba  muif  mal  do- 
liente, et  que  le  ettviaba  á  roc/ar  que,  si 
le  quería  ver  vivo,  que  se  fuese  lueyo 
para  él.  Por  cualquier  parle  que  se 
abra  el  libro  sucede  lo  mismo.  Los 
demás  escritos  de  aquellos  tiempos 
ofrecen  continuos  ejemplos  de  estas 
superfluidades  en  que  incurrii'i  tam- 
bién Cervantes,  como  los  demás  escri- 
tores coetáneos  suyos.  El  presente 
pasaje  del  texto  es  uno  de  ellos.  En 
menos  de  un  renglc'm.  y  sin  contar  la 
repeticit'm  desagradable  del  Roque  que  , 
se  halla  este  monosílabo  tres  veces  : 
la  penúltima  sobra  evidentemente  para 
el  sentido  de  la  oración.  En  este  mismo 
capítulo  hay  ejemplos  del  de  super- 
fino :  juro  de  volver  d  buscaros,  dice 
D.  Onijote  :  .Andrés  se  furúñ  juranífo 
de  ir  i¡  buscar  á  su  protector.  En  el 
capitulo  precedente  se  dice  del  ventero 
(jue  determinó  de  sequir  el  humor  á 
D.  Quijote,  y  de  Don  Quijote  (¡ue  pro- 
metió de  hacer  lo  que  se  le  aconsejaba. 
En  todi»  el  discurso  del  Qiijote  hay 
innumerables  ejemplos  de  la  misma 
clase,  tanto  respecto  al  que  como  al 
de;  pero  seria  molesto  repetir  la  adver- 
tencia cada  y  cuando  ocurra  el  mismo 
caso,  y  bastará  recordarla  alguna  ve/.. 
1.  La  voz  setena  no  ignifica  séptima 
parte,  sino  al  revés,  el  siete  tantos.  Es 
voz  propia  de  nuestra  Jurisprudencia, 
donde  á  veces  se  condena  al  qne  hizo 
el  daño  ñ  la  restitución  del  valor  del 
daño  multiplicado  por  siete.  Esta  pena 
se  encuentra  ya  aplicada  en  las  leyes 


l'lllMi;i!.\    l'AniK.    —    CAPITULO    IV 


So 


se  p;irl¡<'t  IIoimihIo,  v  su  ¡uno  s(í  quedó  riendo  :  y  dosla  manera 
dcslii/o  (>1  agravio  el  valeroso  D.  Quijote.  El  cual,  conlrulísiino 
(l(^  lo  sucedido,  pareciéudole  íjuíí  había  dado  lelicnsiino  y  alio 
principio  á  sus  caballerías,  con  gran  satisfacción  de  sí  mismo  iba 
caminando  hacia  su  aldea,  diciendo  á  media  voz  :  Bien  te  puedes 
llamar  dichosa  *  sobre  cuantas  hoy  viven  sobre  (C)  la  tierra,  ó  sobre 
las  l)ellas  bella  Dulcinea  del  Toboso,  pues  t(^  cupo  en  suerte  tener 
sujeto  y  i'endido  á  loda  tu  voluntad  é  talante  á  un  tan  valiente  y 
laii  nombrado  caballero  como  lo  es  y  será  D.  Quijote  de  la  Mancha, 
el  cual,  como  todo  el  mundo  sabe,  ayer  recibió  la  orden  de  caba- 
llería, y  hoy  ha  desfecho  el  mayor  tuerto^  y  agravio  que  formó 
la  sinrazón  y  cometió  la  crueldad  :  hoy  quitó  el  látigo  de  la  mano 
á  aquel  desapiadado  enemigo,  que  tan  sin  ocasión  vapulaba  á 
aquel  delicado  infante.  En  esto  llegó  á  un  camino  que  en  cuatro 
se  dividía-',  y   luego   se    le   vino   á  la   imaginación   las   encruci- 


del  Fuero  Juzfjo,  donde  suele  dársele  el 
nombre  de  siete  duplo,  que  eíiuivale  .1, 
séptuplo.  Pagar  con  las  setenas  aquí  y 
en  el  uso  común  es  expresión  metafó- 
rica tomada  de  lo  judicial,  y  significa 
pagar  superabundantemente el  perjuicio 
ó  agravio  que  se  hizo. 

1.  Gracioso  soliloquio,  en  que  Cer- 
vantes esfuerza,  al  parecer  excesiva- 
mente, el  ridículo  con  aquella  expre- 
si(')n  como  todo  el  mundo  sabe,  cuando 
la  cosa  acaba  de  suceder,  y  en  un 
desierto  :  bien  que  puede  excusarse 
por  el  estado  de  locura  de  quien  habla, 
y  considerado  así,  mirarse  como  nueva 
y  mayor  belleza.  Por  la  misma  razi'm, 
y  por  la  calidad  de  afectado  y  retum- 
bante, que,  con  arreglo  al  intento  con- 
venía dar  aquí  al  estilo  de  D.  Quijote, 
puede  defenderse  la  palabra  vapula- 
ba (y)),  que  dudo  mucho  tenga  carta  de 
naturaleza  en  Castilla,  y  que  no  corres- 
ponde al  origen  que  trae  de  la  lengua 
latina,  donde  signilJca  todo  lo  contra- 
rio, y  se  dice  no  del  que  da,  sino  de 
quien  recibe  los  azotes. 

2.  No  fué  asi  :  ambas  cosas  suce- 
dieron en  un  mismo  día.  D.  Quijote 
había  recibido  la  Orden  de  Caballería 
por  la  madrugada,  según  se  refirii»  en 

'/,)  Vapulaba.  —  Lo  que  no  hubiera  tenido 
defensa  en  nuestra  lengua  hubiera  sido  el 
emplear  el  verbo  vapular  con  el  sentido  la- 
tino. Aunque  no  hubiera  otras  autoridades 
en  apoyo  de  este  exprpsivrt  verbo,  la  de  Cer- 
vantes "es  más  que  suficiente.  Hoy  se  dice  <le 
preferencia  ;  vapulear.  (M.  de  T.) 


el  capítulo  precedente;  salió  de  la 
venta  á  la  hora  del  alba,  y  no  había 
andado  muclto  cuando  encontró  la  aven- 
tura de  Andrés,  y  deshizo  en  la  manera 
que  acaba  de  verse  el  tuerto  y  agravio 
que  se  hacía  .i  aquel  delicado  infante. 

3.  El  presente  capítulo  contiene  dos 
aventuras  :  la  primera  es  la  da  Andrés 
azotado  por  Juan  Haldudo  y  prote- 
gido por  D.  Quijote,  la  cual  recuerda, 
entre  otras,  la  de  Amadís  de  Grecia 
cuando  libertri  al  enano  Busendo  del 
poder  de  un  caballero  que  hacía  azo- 
tarle crudamente,  como  se  refiere  en 
su  crónica  {a\.  La  segunda  es  el  en- 
cuentro de  D.  Quijote  con  los  merca- 
deres toledanos.  En  ambas  mostró 
D.  Quijote  el  extremo  de  su  locura; 
pero  el  éxito  de  la  primera  fué  sólo 
ridículo ;  el  de  la  segunda  fué  algo  peor 
que  ridículo,  y  molido  á  palos  el  pobre 
caballero  por  manos  villanas,  hubo 
que  llevarlo  á  su  rasa  atravesado,  como 
costal  de  basura,  en  un  burro. 

(a)  Parte  II,  cap.  XXII. 

(í)  Sobre.  —  El  señor  Cortejon  restablece 
pn,  en  lugar  de  soéí-e,  pero  deja  el  resto  de  la 
frase  tal  comn  está  aquí,  ó  peor.  i)ue5  pone 
una  coma  después  de  bellas.  Sin  embargo  pa- 
rece, á  todas  luces,  gue  la  o  no  es  preposi- 
ción sino  exclamación,  la  cual  antes  se  so- 
lía escribir  sin  /i.  La  frase  pues  quedará 
completamente  clara  en  la  forma  siguiente, 
que  fué,  de  seguro,  la  empleada  por  Cer- 
vantes ;  cn'intas  lioy  viven  en  la  tierra,  ;  olí 
sobre  las  bellas  bella,  Dulcinea  del  Toboso .' 
En  todo  caso  la  o  interjección  nunca  lleva 
acento.  (M.  de  T.) 


56  DON    Qi;i.íOTK    DE    LA    MANCHA 

jadas  *  donde  los  caballeros  andantes  se  ponían  á  pensar  cuál  camino 
de  aquellos  tomarían  :  y  por  imitarlos  estuvo  un  rato  quedo  ;  y  al 
cabo  de  haberlo  muy  bien  pensado,  soltó  la  rienda  á  Rocinante, 
dejando  á  la  voluntad  del  rocín  la  suya,  el  cual  siguió  ^  su  primer 
intento,  que  fué  el  irse  camino  de  su  caballeriza'*.  Y  habiendo 
andado  como  dos  millas,  descubrió  D.  Quijote  un  grande  tropel 
de  gente,  que,  como  después  se  supo,  eran  unos  mercaderes  tole- 
danos que  iban  á  comprar  seda  á  Murcia^.  Eran  seis,  y  venían 
con  sus  quitasoles,  con  otros  cuatro  criados  á  caballo,  y  tres 
mozos  de  muías  á  pie.  Apenas  los  divisó  D.  Quijote,  cuando  se 
imaginó  ser  cosa  de  nueva  aventura,  y  por  imitar  en  todo  cuanto 
á  él  le  parecía  posible  los  pasos  que  había  leído  en  sus  libros,  le 
pareció  venir  allí  de  molde  uno  que  pensaba  hacer  "^  :  y  así  con 


1.  Vino  poT  vÍ7iiero7i.  — Encrucijada 
se  llama  el  sitio  donde  se  cortan  dos 
caminos  y  se  dividen  en  cuatro  rama- 
les :  llámase  asi  porque  hacen  cruz,  y 
se  dice  también  por  la  misma  seme- 
janza de  las  calles  que  se  cruzan  de  las 
poblaciones. 

La  situación  de  D.  Quijote  en  la  en- 
cinicijada  es  verdaderamente  caballe- 
resca, propia  de  quien  sin  propi'isito 
cierto  y  determinado  busca  las  aven- 
turas que  le  depare  la  suerte,  y  muy 
parecida  ó  igual  á  la  de  muchos  caba- 
lleros andantes,  según  se  refiere  en 
sus  historias.  Bowle  ciUy  los  ejemplos 
de  D.  Galaor  y  Roldan,  y  algún  otro 
que  no  era  |an  del  caso  :  pudieran 
agregarse  varios. 

2.  .\lejor  fuera  poner  :  dejando  la 
elección  i¡  la  voluntad  del  rocín.  i'>  en 
caso  de  conservar  la  misma  frase, 
corregir  el  orden  de  las  palabras  y 
decir  :  dejando  su  voluntad  ó  la  del 
rocin,  el  cual  sifjuió,  etc. 

3.  Asi  se  dice  elegantemente  en  vez 
de  seguir  el  camino  de  su  caballeriza. 
La  palabra  (Yí»/í¿7io  tiene  aquí  fuerza  de 
preposiciim,  como  si  se  dijera  :  /lacia 
su  caballeriza. 

4.  Aquel  como  después  se  supo,  es 
an  ripio  que  debiera  omitirse,  porque 
no  hacia  falta  para  la  claridad  ni  para 
la  verosimilitud ;  y  no  sólo  por  esto, 
sino  tnmbién  porque  en  la  fábula  no 
debieron  quedar  cabos  sueltos,  ni  de- 
cirse, como  después  6e  supo,  sin  refe- 
rirse (/esp//tí'A-  el  modo  como  se  supo. 

El  licenciado  Francisco  de  Cáscales, 
contemporáneo  de  Cervantes,  en  los 
Diicursos  hislÓ7-icos  de    Murcia   y   su 


reino  (a),  dice  :  Murcia  da  y  repart 
seda  á  los  más  cudiciosos  y  más  opu- 
lentos mercaderes  de  Toledo,  Córdoba, 
Serilla  y  Paslrana  y  de  otros  lugares 
que  tratan  desla  materia...  Toda  la 
huerta  de  Murcia  tiene  hoy  (año  1621) 
:{5o.ü00  moreras,  lo  cual  consta  por  los 
libros  de  los  diezmos  de  lias.  Con  la  hoja 
destas  moreras  se  crian  poco  más  ó 
menos  en  la  huerta  de  Murcia  cada 
año  40.000  onzas  de  simiente.  Será  la 
cosecha  destas  orizas,  considerando  un 
año  con  otro,  210.000  libras  de  seda 
joyante  y  redonda...  Para  la  compra 
de  la  seda  que  en  Murcia  se  cria,  entra 
cada  año  en  ella  más  de  un  millón, 
que  es  el  esquilmo  mayor  que  en  el 
mundo  se  sabe.  En  nuestro  tiempo  este 
ramo  se  halla  en  decadencia  :  y  á  pesar 
de  lo  que  se  ha  perfeccionado  el  arte 
de  fabricar  la  seda  y  de  aprovechar  el 
capullo,  el  año  de  (830  no  ha  llegado 
la  cosecha  de  la  huerla  de  Murcia  á 
120.000  libras  de  seda,  según  noticias 
fidedignas. 

.j.  Éstáu  trastrocados  los  verbos 
parecer  y  pensar.  Debi(')  decirse  :  por 
imitar  los  pasos  que  había  leído  en  su;- 
libros,  pensó  hacer  uno  que  le  pareció 
venir  allí  de  molde.  Xo  parece  que 
viene  bien  un  paso  porque  se  quiere 
imitiirlo.  sino  que  se  quiere  imitarlo 
porque  parece  que  viene  bien  (6). 

[a)  Disc.  XVI,  cap.  I. 

(0)  El  señor  Calderón  justifica  la  frase  de 
Cervantes  diciendo  que  la  locura  de  Don 
Quijote  «  le  hacia  ver  que  venía  bien  todo 
aquello  que  quería  Imitar,  porque  lo  quería 
imilar  ».  (M.  de  T.) 


IMIIMKH-V    l'AHIK. 


CAPITin.O    IV 


g(Mil¡l  t(»iiliiu'iil('  y  cleiiuodo  se  afirmó  bien  en  los  estribos  ^ 
ai>rel('>  la  lan/.a,  llegó  la  adaii^a  al  pecho,  y  puesto  en  la  niilad  del 
camino,  estuvo  espin'ando  (pie  aípiellos  caballeros  andantes  llegasen 
(que  ya  ól  por  tales  los  tenía  y  juzgaba);  y  cuando  llegaron  á 
trecho  qtie  se  pudieron  ver  y  oir,  levantó  D.  Quijote  la  voz,  y  con 
ademán  arrogante  dijo  :  Todo  el  mundo  se  tenga,  si  todo  el  mundo 
nocontiesa^  nue  no  hay  en  el  mundo  todo  doncella  más  hermosa 
que  la  Emperatriz  (!<'  la  Mancha,  la  sin  par  Dulcinea-'  del  Toboso. 
Parái-onse  los  mercaderes  al  son  de  estas  razones,  y  á  verla  extraña 
figura  del  que  las  decía ;  y  por  la  figura  y  por  ellas  luego  echaron 
de  ver  la  locura  de  su  dueño  :  mas  quisieron  ver  despacio  en  qué 
paraba  aquella  confesión  que  se  les  pedía  ;  y  uno  de  ellos,  que  era 
un  poco  burlón  y  muy  muclio  discreto,  le  dijo  :  Señor  caballero, 
nosotros  no  conocemos  quién  es  esa  buena  señora  que  decís ; 
mostrádnosla,  que  si  ella  fuere  de  tanta  hermosura  como  signi- 
ficáis, de  buena  gana  y  sin  apremio  alguno  confesaremos  la  verdad 
que  por  parte  vuestra  nos  es  pedida.  Si  os  la  mostrara,  replicó 
D.  (Juijote».¿qué  hiciérades  vosotros  en  confesar  una  verdad  tan 
notoria  ?  La  importancia  está  en  que  sin  verla  lo  habéis  de  creer, 
confesar,  afirmar,  jurar  y  defender '  :  donde  no,  conmigo  sois  en 
batalla,  gente  descomunal  y  soberbia  ' ;  que  ahora  vengáis  uno  á 


Venir  de  molde,  expresión  totnada 
de  la  fundición  de  los  metales,  que  se 
aplica  ;i  las  cosas  que  se  ajustan  y 
acomodan  perfectamente  entre  si,  ;i  la 
manera  que  el  metal  derretido  llena 
los  huecos  y  toma  la  figura  del  molde 
en  que  se  infunde.  Molde  parece  ser  la 
mistua  palaijra  que  modelo,  y  una  y 
otra  .vienen  de  modulas,  que  tienen  la 
misma  significación. 

Fasos  no  son  aquí  pasajes  ói  sucesos, 
sino  las  justas  ó  funciones  solemnes 
de  caballería,  de  que  con  este  nombre 
se  hace  mención  en  las  crónicas  é  his- 
torias, tanto  verdaderas  como  fabulo- 
sas. Volverá  ¡i  hablarse  de  este  punto 
á  su  tiempo. 

1.  Bella  descripción  de  los  movi- 
mientos y  actitud  de  D.  Quijote,  que 
no  parece  sino  que  se  le  está  viendo. 

tí.  Estas  repeticiones  son  propias 
del  lenguaje  arrogante  y  fanfarniu  que 
convenía  aquí  á  D.  Quijote,  y  usadas 
oportunamente  añaden  gracia  y  orna- 
mento al  estilo. 

3.  Sin  par  es  dictado  que  dab:m 
frecuentemente  á  sus  damas  los  ca- 
balleros   andantes    en    sus    hislo:'ius. 


líízose  con  particularidad  en  la  de 
Amadis  de  Gaula,  donde  se  dice  que 
el  Rey  Lisuar/e  traía  consigo  á  Brisena 
su  mujer  y  una  hija  que  en  ella  hobo, 
cuando  en  Denamarca  inoraba,  que 
Oriana  había  nombre,  la  más  hermosa 
criatura  que  nunca  se  vio;  tanto,  que 
ésta  fué  la  que  sin  par  se  llamó, 
porque  e«  su  tiempo  ninguna  hobo  que 
igual  le  fuese  (a).  Los  demás  autores 
caballerescos  imitaron  al  del  libro  de 
Amadis,  y  Cervantes  remedó  á  todos. 

4.  Gradación  feliz  y  perfecta  de  las 
ideas  del  valeroso  paladín  de  la  Man- 
cha, y  de  lo  que  exigía  de  los  merca- 
deres. Se  empieza  por  creer:  se  puede 
después  confesar,  aunque  sea  de  mala 
gana  :  afirmar  ya  es  acto  positivo  y 
espontáneo  :  jura  el  que  afirma  con 
calor  y  energía  :  defender  es  querer 
que  los  demás  crean  y  confiesen,  y  lo 
último  que  puede  hacerse  en  la  materia 
de  que  se  trata. 

5.  Por  estas  palabras  y  las  si- 
guientes, en  que  se  trata  á  ios  merca- 
deres viajeros  de  gente  de  mala  ralea, 

la)  Cap.  IV. 


o8 


nON    01-I.I0TK    HE    I. A    MANCHA 


uno,  como  pide  la  orden  de  caljallería,  ora  todos  juntos,  como  es 
costumbre  y  mala  usanza  de  los  de  vuestra  ralea,  aquí  os  aguardo 
y  espero,  confiado  en  la  razón  que  de  mi  parte  tengo.  Señor 
caballero,  replicó  el  mercader,  suplico  á  vuestra  merced  en 
nombre  de  todos  estos  Principes  que  aquí  estamos*,  que  porque 
no  encarguemos  nuestras  conciencias'"*  confesando  una  cosa  por 
nosotros  jamás  visla^  ni  oída,  y  más  siendo  tan  en  perjuicio  de 
las  Emperatrices  y  Reinas  del  Alcarria  '  y  Extremadura,  que 
vuestra  merced  sea  servido  de  mostrarnos  algún  retrato  de  esa 
señora,  aunque  sea  tamaño  como  un  grano  de  trigo,  (jue  por  el 
hilo  se  sacará  el  ovillo',  y  quedaremos  con  esto  satisfechos  y 
seguros,  y  vuestra  merced  quedará  contento  y  pagado.  Y  aun  creo 


parece  que  D.  Quijute  los  consideraba 
como  gigantes  ó  malandrines,  más  bien 
que  como  caballeros  andantes,  que  es  lo 
que  anteriormente  le  habían  parecido. 
De  esta  inconsecuencia  no  puede  ha- 
cerse cargo  ;i  Cervantes.  (|uien  siempre 
tiene  á  la  mano  la  disculpa  del  des- 
concierto del  juicio  (le  su  héroe. 

1.  Alusinn  satírica  ;í  los  pasajes  de 
los  libros  caballerescos  en  quefrecuentí- 
simamente  se  hallan  por  los  campos  y 
yermos  reuniones  y  juntas  de  Reyes, 
Emperadores  y  Príncipes,  como  llo- 
vidos. 

2.  Mejor  :  porque  no  carguemos 
nuestras  conciencias.  Carf/ar  l/i  con- 
ciencia es  cosa  distinta  que  encargarla. 
La  carc/a  el  delincuente  que  la  grava  y 
oprime  con  el  peso  del  delito  y  de  los 
remordimientos  :  la  encarga  el  que  al 
decir  á  otro  lo  que  debe  ejecutar,  le 
advierte  que  asi  debe  proceder  por  mo- 
tivos de  conciencia,  y  lo  hace  respon- 
sable. El  mercader  representa  aquí 
muy  bien  el  papel  de  burlón  discreto, 
que  le  asigm'i  Cervantes. 

3.  El  Caballero  de  la  Cruz,  habiendo 
llegado  desde  Egipto  á  Calés,  al  ir  á 
pasar  por  un  puente  que  había  en  el 
camino  real,  se  encontri'>  con  im  caba- 
llero bien  .-irmado;  su  nombre  el 
Fuerte  BorgoFión,  que  le  dijo  :  Caba- 
llero, tornaos  por  donde  vefíistes.  si 
no  olorijríis  que  la  más  lierinosa  dama 
del  mundo  es  la  que  yo  sirvo.  Dijo  el 
Caballero  de  la  C7-uz  : '.Yo  lo  puedo  yo 
otorgar  eso,  porque  no  la  conozco  :  y 
puesto  que  la  hubiese  visto,  yo  no  he 
visto  todas  las  otras  del  mundo  para 
juzgar  que  ella  sea  la  más  hermosa. 
Basta,  dijo  el  Caballero  de  la  Puente, 


que  os  conviene  de  otorgarlo  asi,  ó 
dejar  una  señal  vuestra  por  vencido,  ó 
sois  en  la  batalla  (a).  El  mercader 
toledano  adolecía  de  la  misma  clase  de 
escrúpulos,  y  era  tan  concienzudo 
como  el  Gabailero  de  la  Cruz. 

4.  Sigue  el  mercader  desempeñando 
su  carácter  burlón  y  dis  reto.  D.  Qui- 
jote, sosteniendo  la  primacía  de  la 
iiermosura  de  Dulcinea,  la  había  apelli- 
dado Emperatriz  de  la  Mancha;  el 
mercader  contrapone  el  agravio  que  en 
esto  podría  hacerse  á  las  PLmperatrices 
de  la  .\icarria.  En  la  elecciim  de  esta 
provincia  hay  también  algo  de  festivo 
y  oportuno,  porque  tanto  la  Mancha 
como  la  Alcarria  son  provinci.is  ima- 
ginarias, como  las  monedas  de  este 
nombre,  y  en  calidad  de  tales,  más 
apropiadas  para  figurar  en  la  región  de 
bis  fábulas  caballerescas.  La  Alcarria 
es  nn  distrito  de  Castilla  la  Nueva, 
cuyos  límites  no  son  fáciles  de  definir 
con  exactitud,  pero  que  está  situado  á 
la  izquierda  del  rio  Henares.  La  Hioja 
y  otros  partidos  menos  importantes 
son  también  divisiones  de  territorio 
conocidas  en  el  uso  é  idioma  común,  y 
desconocidas  en  el  orden  eslcablecido 
por  la  niitoridad. 

o.  Expresión  proverbial.  Da  á  en- 
tender que  por  los  indicios,  muestras 
y  principios  se  viene  al  descubrimiento 
de  las  cosas,  así  como,  siguiendo  el 
hilo,  se  llega  al  ovillo  de  donde  pro- 
cede. Ovillo  es  el  diminutivo  de  huevo. 
por  la  semejanza  cpie  con  él  tiene  el 
de  hilo. 


(a)    Caballero    de    la     Cruz,    lib.    I,    cap 

cxv. 


PRIMERA    PARTE. 


TAPITULO    IV 


59 


que  eslniíios  ya  tan  de  su  parlo,  quo  aimqiio  su  retrato  nos  muestre 
que  es  ttUM'ta  de  un  ojo,  y  que  (l(;l  otro  le  mana  bermellón  y  piedra 
a/ulVe,  con  lodo  eso,  por  complacer  á  vuestra  merced  diremos  en 
su  l'avor  lodo  lo  que  quisiere.  No  le  mana,  canalla  infame,  res- 
pondió I).  Ouijote  encendido  on  cólera,  no  le  mana,  digo,  (¡so  que 
decís,  sino  ámbar  y  alíi;alia^  entre  algodones,  y  no  es  tuerta 
ni  corcovada,  sino  más  derecha  (jue  un  huso  de  Guadarrama^; 
pero  vosotros  pagaréis  la  grande  blasfemia  que  habéis  dicho 
contra  tamaña  beldad  como  es  la  de  mi  señora.  Y  en  diciendo 
esto,  ariemelió  con  la  lanza  baja  contra  el  que  lo  había  dicho,  con 
tanla  furia  y  enojo,  que  si  la  buena  suerte  no  hiciera  que  en  la 
mitad  del  camino  tropezara  y  cayera  Rocinante,  lo  pasaia  mal  el 
atrevido  mercader.  Cayó  Rocinante,  y  fué  rodando  su  amo  una 
buena  pieza ^  por  el  campo;  y  queriéndose  levantar,  jamás  pudo  : 


1.  Substancias  de  que  en  tiempo  de 
Cervantes  se  confeccionaban  las  po- 
madas y  perfumes.  El  ámbar  es  una 
especie  de  betún  transparente  que 
suele  arrojar  el  mar,  y  que,  destilado 
ó  desleído,  servía  en  las  confecciones 
olorosas.  También  se  usaba  para  ado- 
bar las  pieles,  como  el  coleto  de  rlmhcir 
de  Cardenio.  que  se  menciona  en  el 
capitulo  XXllI  de  esta  primera  parte,  y 
la  bolsa  del  sacristán  de  Sevilla  que 
hurtó  Cortadillo,  y  mostraba  bnber 
sido  de  ámbar  en  los  pasados  tiempos. 
La  alf/alia  es  un  ungüento  odorífero 
que  cria,  en  una  bolsita  situada  entre 
las  dos  vías,  la  civeta  ó  gato  de  algalia, 
animal  que  habita  las  regiones  cálidas 
de  Asia  y  África  Ambas  substancias 
se  contaban  ya  desde  antiguo  entre 
las  aromáticas  agradables,  como  se  ve 
por  la  historia  inserta  en  el  Conde  Lu- 
canov{a)  de  un  Rey  moro, que  teniendo 
su  mujer  !a  Reina  Romaquia  el  nntojo 
de  hacer  adobes,  mando  henclúv  de 
agua  de  rosas  aquella  albuhera  de 
Córdoba  en  htgar  de  agua,  et  en  lugar 
de  lodo  fizóla  henchir  de  azúcar  y  de 
caiiela,  et  de  agengibre  etes  par,  é 
alambor  el  algalia...  Et  desque  destas 
cosas  fué  llena  la  alberca,  el  de  tal 
lodo  cual  podedes  entender...  dijo  el 
¡ieg  á  la  Romaquia  que  se  descalzase  é 
hollase  aquel  lodo,  et  ficie.se  adobes  del 
cuanto  quisiese. 

2.  Ilácense  comúnmente  los  husos  (t) 
de  madera  de  haya,  árbol  que  se  cría 

(a)  Cap.  XIV. 


en  las  sierras  de  Guadarrama,  de  donde 
suelen  traerse  á  la  corte,  como  sucedía 
también,  según  esta  expresión,  en 
tiempo  de  Cervantes.  De  la  misma  ma- 
dera se  hacen  molinillos  de  chocolate, 
hormas,  cucharas  y  otros  semejantes 
utensilios,  labor  ordinaiüa  de  los  ha- 
bitantes de  las  sierras  donde  se  crían 
maderas  á  prop/)sito  para  ella. 

3.  Pieza  viene  de  spntiiim,  como  (■/.) 
su  correspondiente  castellano  espacio,  y 
se  dice  tanto  del  lugar  como  del  tiempo. 
Aqui  es  de  lugar;  de  tiempo  es  en  el  ca- 
pítulo VII  de  esta  primera  parte,  donde 
se  dice  del  Mago  que  se  suponía  haber- 
se llevado  los  libros  de  D.  Quijote  :  á 


{•.)  Mucho  han  dado  que  hablar,  ó  mejor 
dicho  quü  escribir,  á.  Bowle,  Asensio,  Corte- 
jóii,  Clemencín  y  otros  los  husos  del  Guada- 
riiima.  Asensio  supone,  con  más  ingenio  que 
fundamento,  que  estos  husos  son  las  ar/tijas 
ijiie  -11'  forman  en  los  picos  del  Guadarrama . 
en  la  época  del  dea/iielo.  La  explicación  de 
Clemencín  se  acerca  más  á  la  verdad.  1.a  cos- 
tumbre, madre  de  la  tradición,  hace  que  en 
todas  las  poldaciones  de  Es|iaña  haya  nom- 
bres especiales  y  consagrados  para  ciertos 
objetos  ó  iiroductos  de  determinadas  comar- 
cas. Así  se  dice  :  miel  de  Alcarria,  melindres 
de  Yepes,  polvorones  de  Secilln,  chorizos  de 
Candelario,  pucheros  de  Alcorcón,  velones  de 
Suena,  etc.,  etc.  (M.  de  T. ) 

(x)  Pieza  no  viene  de  spaHum.  Según  Diez 
se  deriva  del  giiego  peza.  Otros,  como  Stap- 
pers.  la  derivan  del  bajn  latín  petinm.  con- 
tracción de  petnlium  (de  dmide  se  formó  /¡e- 
dazo).Petuiltnn  hace  en  \>\\n-,\\peiatia.  Ahora 
bien,  del  plural  contraído  petia  se  formó 
pieza,  de  igual  modo  que,  del  plural  mira- 
hi¡fa<a,\\Ó  maravilla.  (M.  de  T.) 


60 


noN  on.jOTí:  de  la  mancha 


tal  embarazo  le  cnusaban  la  lanza,  adarga,  espuelas  y  relacJa  con 
el  peso  de  las  anüguas  armas.  Y  entre  tanto  que  pugnaba  por 
levantarse  y  no  podía,  estaba  diciendo:  Non  luyáis,  gente  cobarde, 
gente  cautiva;  atended',  que  no  por  culpa  mía,  sino  de  mi 
caballo^  estoy  aquí  tendido^JUn  mozo  de  muías  de  los  que  allí 
venían,  que  no  debía  de  ser  muy  bien  intenciona<lo,  oyendo  decir 
al  pobre  caído  tantas  arrogancias,  no  lo  pudo  sufrir  sin  darle 
la  respuesta  en  las  costillas,  Y  llegándose  á  él,  tomó  la  lanza,  y 
después  de  haberla  hecho  pedazos,  con  uno  dcllos  comenzó  á  dar 
¿nuestro  D.  Quijote  tantos  palos,  que  á  despecho  y  pesar  de  sus 
armas  le  molió  como  cibera^.  Dábanle  voces  sus  amos  que  no 
le  diese  tanto,  y  que  le  dejase  ;  pero  estaba  ya  el  mozo  picado,  y 
no  quiso  dejar  el  juego  hasta  envidar  todo  el  resto  de  su  cólera ; 
y  acudiendo  por  los  demás  trozos  de  la  lanza,  los  acabó  de  des- 
hacer sobre  el  miserable  caído,  que  con  toda  aquella  tempestad 


Cdho  de  poca  pieza  ¡tníió  volando  por  el 
l.cjddo.  Kn  lii  iiiistiiíi  significación  lo 
US  ■>  el  antiguo  ronitince  del  marqués 
de  Mantua  : 

Al  cabo  de  una  sjran  pieza, 
en  pie  se  fué  á  levantar. 

1.  Ya  se  notó  en  el  capítulo  II  la  pro- 
pieddil  con  que  se  pone  en  boca  de 
ú  Quijote  este  lenguaje  sembrado  de 
arcaismos.  Al  paso  se  aprovecha  Cer- 
vantes de  esta  circunstancia  para 
poner  en  ridiculo,  conforme  al  propó- 
sito general  de  su  obra,  ios  libros  de 
caballcria,  los  cuales,  unos,  por  ser 
realmente  antiguos,  usaban  dellenguaje 
del  siglo  en  que  se  escribieron,  y  otros 
afectaban  imitarlos.  Ya  lo  había  til- 
dado 1).  Diego  de  Mendoza,  cuando  en 
boca  del  capitán  Salazar  decía  al  r>a- 
chiller  de  Arcadia:  Vos. señor  Bachiller, 
debéis  de  ser  muy  ami[/o  de  lihros  de 
caballerías,  que  usan  de  vocablos  inwj 
viejos. 

i.  D.  Quijote  disculpaba  su  caída 
atribuyéndola  á  su  caballo,  al  modo 
que  angélica  '-'.)  en  Ariosto  disculpaba  la 
de  Sacripante  derribado  por  un  caba- 
llero desconocido  : 

(>■)  Es  lástima  que  Cleniencín  tiaya  em- 
pleado tanta  erudición  en  comentar  pasajes 
como  el  presente,  que  no  nucesilan  comen- 
tario. Como  esta  nota  hay  muchísimas,  en 
que  el  comentarista  gastó,  como  vulgarmente 
se  dice,  la  pólvora  en  salvas.      (M.  de  T.) 


En  el  capitulo  siguiente  repite  D.  Qui- 
jote la  misma  excusa:  Téti(/anse  todos, 
decía,  que  veiif/o  mal  ferido  por  la 
culpa  de  mi  caballo.  liowie,  en  sus 
anotaciones,  trae  ejemplos  de  caba- 
lleros derribados  que  alegaban  haberlo 
sido  por  culpa  de  sus  caballos  y  alfa- 
nas :  y  con  efecto,  en  los  lances  de 
caballería  solía  entrar  en  cuenta  la 
consideración  de  si  la  culpa  hahia  sido 
del  caballo  más  bien  que  del  caballero. 
Y  asi.  entre  las  reglas  que  da  para  las 
justas  el  Doctrinal  de  Caballeros,  se 
encuentra  lo  siguiente  :  Si  un  cafjullcro 
derribase  ú  otro  é  rí  su  calta  lio;  si  ésle 
que  cayó  derribare  al  otro  »i«  su 
caballo,  decimos  que  haya  mejoría  el 
caballero  que  ayo  el  caballo  con  él: 
porque  parece  que  fué  la  culpa  del  ca- 
ballo é  non  del  ctiballero  [a]. 

3.  Se  deriva  del  latín  cihus.  y  signi- 
fica propiamente  las  granzas  ú  restos 
gruesos  que  quedan  después  de  uioli- 
dos  los  granus  que  se  destinan  á  ali- 
mento :  también  significa  el  trigo  que 
pasa  de  la  tolva  á  la  rueda  del  molino 
para  convertirse  en  harina. 


Dell,  disse  rlln,  Su/iior.   non    i'i    rincresca. 
Che  del  cnder  non  e  la  c^ípa  roslra. 
Ha  del  caballo,  a  cui  ri¡io.io  ed  esca 
ilcglio  ni  convrnia  che  nova  giostra{b). 


(Vi)  I.ili.  III.  til.  V. 
(6j  Canto  I,  est.  ()7 


'KIMKIU    l'AKIK. 


CAIMTUI.O    IV 


f)l 


de  palos  (\\ic  sobre  ól  Uovia',  no  cerraba  la  l)Oca,  amenazando  al 
cielo  y  í'i  la  lierra  y  á  los  malandrines,  qno  tal  le  [)arecían. 
Cansóse  el  mozo,  y  los  mercadísres  si{j;uieron  su  camino,  llevan- 
do (|né  contar  en  todo  ¿I  del  pobre  apaleado,  el  cual,  después 
(jue  se  vio  solo,  tornó  á  probar  si  podía  levantarse;  pero  si  no  lo 
pudo  hacer  cuando  sano  y  bueno,  ¿cómo  lo  haría  molido  y  casi 
deshecho?  Y  aun  se  tenía  j)or  dichoso,  pareciéndole  que  aquella 
era  ])i'0[)ia  desgracia  de  caballeros  andantes-,  y  toda  la  atribuía 
A  la  falta  de  su  caballo;  y  no  era  posible  levantarse,  según  tenía 
brumado  todo  el  cuerpo-*. 


1.  Las  primeras  ediciones  dicen  : 
toda  uquellu  teinpeslad  de  palos  que 
sob7'e  él  vía  La.  de  Loudres  de  1738  lo 
corrifíió  con  verosimilitud,  y  á  mi 
entender  coa  acierto,  poniendo  Hacia 
en  vez  de  via. 

•2.  Mejor  :  era  desgracia  propia  de 
caballeros  andantes.  Kn  las  lenguas 
modernas  el  orden  de  las  palabras  no 
es  tan  libre  como  en  otras  antiguas,  é 
influye  á  veces  esencialmente  en  la 
significación. 

'i.  Estas  palabras  ni  ligan  bien  con 
lo  que  las  ntec-ede,  ni  hacen  otra  cosa 
que  repc-tir  lo  que  se  dijo  pocos  ren- 
glones   antes   :    lomó    (D.    Quijote)    á 


probar  si  podía  levantarse ;  pero  si  no 
Lo  piulo  hacer  cuando  sano  y  bueno, 
(\  cómo  lo  haría  molido  y  casi  deshecho  '.' 
Lo  mismo  vuelve  á  decirse  en  las  pri- 
meras palabras  del  siguiente  capitulo; 
de  suerte  que  no  seria  temeridad  sos- 
pechar que  la  presente  expresión  fué 
'ñadida  al  texto  por  el  imperito  im- 
presor, como  lo  hicieron  también 
alguna  vez  los  copiantes,  intercalando 
palabras  y  expresiones  suyas,  ó  halla- 
das en  las  m.írgenes  de  los  manuscritos 
que  trasladaban,  de  lo  que  no  faltan 
ejemplos  en  los  libros  clásicos  de  la 
antigüedad. 


CAPITULO  V 


DONDE    SE    PROSIGUE    LA    NARRAf.IOX    DE    T.A    DESGRACIA 
DE    NUESTRO    CABALLERO. 


Viendo,  pues,  que  en  efecto  no  podía  menearse,  acordó  de 
acogerse  á  su  ordinario  remedio',  que  era  pensar  en  algún  paso 
de  sus  libros,  y  trujóle  su  locura  á  la  memoria  'aquel  de  Baldo- 
vinos  y  del  Marqués  de  Mantua-,  cuando  Cariólo  le  dejó  herido  en 
lamonliña^  :  historia  sabida  de  los  niños  \  no  ignorada  de  los 


1.  Los  antiguos  hubieron  de  creer 
que  la  memoria  residía  en  el  corazim, 
y  de  aquí  el  verbo  decorar  y  la  expre- 
sión lomar  de  coro,  común  á  las  lenguas 
francesa  y  castellana,  y  los  verbos 
recordar  y  acordarse,  este  último  reci- 
proco, que  significa  renovar  la  memoria 
pe  alguna  cosa.  Cuando  no  es  reci- 
droco,  como  sucede  en  el  presente  pa- 
saje del  texto,  es  lo  mismo  que  resolver, 
y  en  este  sentido  se  usa  ordinariamente 
cuando  la  resolucii'm  es  de  muchos. 

2.  Es  el  antiguo  romance  del  Marqués 
de  Mantua,  que  contiene  la  relacií'm  de 
la  traidora  muerte  que  dio  á  Baldo- 
vinos  el  Infante  Carloto,  hijo  del  Em- 
perador Carlon)agno,  de  la  acusación 
que  contra  él  hi/o  el  Marqués  de 
Mantua,  tío  de  Baldovinos,y  del  castigo 
de  Carloto.  Baldovinos  es  lo  mismo  que 
Balduino,  nombre  común  en  la  Edad 
Media,  con  la  terminación  en  os.  que 
en  los  principios  de  la  lengua  castellana 
se  daba  á  los  nombres  latinos  acabados 
en  t(s.  .\s¡  se  foruiaron  los  nombres  de 
Oliveros, Gaiferos  y  Montesinos,  héroes 
de  nuestros  romances  primitivos;  Ale- 
jos, .\lbertos,  Troilos,  Pablos,  Mateos, 
fueron  nombres  de  personas  usados  en 
Castilla,  y  todavía  conservan  en  el  uso 
común  la  misma  terminación  los  nom- 
bres de  .Marcos,  Carlos.  Pilatos  y  Lon- 
ginos.  El  origen  del  romance  del 
Marqués  de  Mantua,  como  el  de  otros 
romances  viejos  castellanos,  es  difícil.  >'> 


por  mejor  decir  imposible,  de  averiguar. 
En  la  Crónica  general  de  España  (a), 
escrita  en  el  siglo  xiii,  se  citan  ya  los 
cantares  de  las  hazañas  de  Bernardo 
del  Carpió,  y  en  la  Gran  conquista  de 
Ultramar,  escTúii  por  el  mismo  tiempo, 
se  cita  y  aun  se  extracta  una  historia 
de  Carlos  Mainete  ó  Carlomagno  que 
no  ha  llegado  á  nosotros  (a).  En  la'des- 
cripción  que  allí  se  hace  de  dicha 
historia,  hay  algún  indicio  de  que  so 
tomó  (le  ella  el  asunto  del  romance 
de  Baldovinos. 

3.  Así  decían  las  primeras  ediciones: 
las  posteriores  corrigieron  malamente 
monfaña.  El  romance  ('•  historia  del 
Marqués  de  .Mantua,  que  es  la  que  aquí 
se  cita,  no  dice  ni  uno  ni  otro,  sino 
monte  y  bosque  y  floresta:  pero,  tratán- 
dose de  romanices  antiguos,  no  fué 
extraño  que  Cervantes  usase  de  la 
palabra  montiña,  que  en  ellos  suena 
en  la  misma  significación  que  montaña  .- 
fuese  porque  se  equivocó  citando  de 
memoria,  como  solía,  sin  consultar  ej 
original;  fuese  y  esto  es  lo  más  vero- 
símil) porque  prefirió  la  palabra  anti- 

(a)  Lib.  II,  cap.  XLIII. 

(a)  Crónica  general  de  Espaiia.  —  La  notable 
Biblioteca  fundada  por  Rivadeueira  y  conti- 
nuada al  presente  bajo  la  dirección  del  señor 
Menéndez  Pelayo,  ha  juiblicado  reciente- 
mente una  edición  de  esta  obra. 

(M.  de  T.) 


piii.MKiiA  p\r<Ti:. 


CAPITULO    V 


03 


mozos,  celebrada  y  aun  citúda  de  los  viejos,  y  con  todo  esto  no 
más  vcrdadíM-a  que  los  milagros  dcMahoma.  Esta,  pues,  le  pareció 
á  él  que  le  venía  de  molde  para  el  paso  en  que  se  hallaba  ;  y  así 
con  muestras  de  grande  sentimiento  se  comenzó  á  volcar  por  la 
tierra  ',  y  i\  decir  con  debilitado  aliento  lo  mismo  que  dicen  decía 
el  herido  caballei'o  d(d  bosque  : 

¿Dónde  estás,  señora  mía  2, 
que  no  te  duele  mi  mal? 
ó  no  lo  sabes,  señora, 
ó  eres  falsa  y  desleal. 


cuada  como  propia  y  peculiar  de  ellos, 
uno  del  Conde  Claros  (a)  empieza  así  : 

A  caza  va  el  Kmperante 
á  Sant  Juan  do  la  Montiña; 
con  él  iba  el  Ccinde  Claros 
por  le  tenei  conipañía. 

Es  evidente  que  la  ley  del  ason;i,nle 
excluía  á  ynonlaria  y  exigía  que  se  leyese 
montiña.  Lo  mismo  se  ve  en  el  otro 
romance  antiguo  de  la  Infantin;.  {!>)  : 

Sieste  fadas  me  fadaron 
en  brazos  de  un  ama  mía 
que  ándase  los  siete  años 
sola  en  aquesta  montiña. 
Hoy  se  cumplían  los  años 
desde  aquel  amargo  día  : 
por  Dios  ruego,  caballero, 
llévesme  en  tu  compañía... 

1  se  va  á  tomar  consejo. 
y  ella  queda  en  la  montiña... 
Cuando  volvió  el  caballero 
no  la  hallara  en  la  montiña. 

4.  Excusado  era  decir  que  los  muzos 
no  ignoraban  una  cosa  que  ya  sabían 
desde  niños  y  que  los  viejos  la  creían, 
después  de  haber  dicho  que  la  celebra- 
ban. La  exactitud  y  la  gradación  pedían 
con  mejor  derecho  que  se  dijese,  yendo 
de  lo  menos  á  lo  más  :  no  ignorada  de 
los  niños,  sabida  de  los  mozos,  creída  y 
aun  celebrada  de  los  viejos.  Todavía 
parece  mayor  la  inadvertencia  de 
Cervantes  en  desmentir  los  milagros 
de  Mahoma  (a),  sin  acordarse  de  que  el 
autor  original  del  Int.enioso  Hidalgo  se 
suponía  ser  mahometano.  Pero  pre- 
gunto yo  :  cuando  Cervantes  escribía 
el  capítulo  V  de  su  fábula,  ¿  tenía  pen- 
sado  ya   hacer  autor   de   ella    á   Cide 

(a)  Cancionero  de  romances  de  Amberes, 
15:0.  fol.  2'.)l.  —  (Ij)  ídem,  fol.  2U3. 


Hamete  ?  La  primera  mención  que  se 
hace  de  éste  es  en  el  capítulo  IX  :  pro- 
bablemente entonces  fué  cuando  le 
ocurrió  por  piümera  vez  ;í  Cervantes 
dar  origen  arábigo  á  su  obra ;  y  como 
no  leía  lo  que  anteriormente  llevaba 
escrito,  no  tropezó  con  la  inconse- 
cuencia, ni  pensó  en  corregirla.  Así  se 
escribió  uno  de  los  libros  de  mayor  mé- 
rito de  la  literatura  moderna. 

1.  Volcarse  por  revolcarse.  Haj'  gran 
diferencia  entre  ambos  vocablos.  Volcar 
se  dice  de  las  cosas  inanimadas  ;  revol- 
carse sólo  puede  decirse  de  los  vi- 
vientes :  el  primero  es  caer  en  tierra  lo 
que  se  mueve.,  el  segundo  es  volverse 
repetidas  veces  el  caído  de  un  lado  á 
otro;  el  primero  es  verbo  de  estado  y 
á  las  veces  también  activo  ;  el  segundo 
no  es  uno  ni  otro,  sino  recíproco.  Acaso 
la  supresión  de  la  partícula  re  fué  error 
de  imprenta,  como  en  éste  y  en  otros 
c  sos  semejantes  puede  sospecharse. 

2.  El  romance  del  Marqués  de  Mantua, 
impreso  entre  otros  del  Cancionero  de 
Amberes,  del  año  1555,  dice  [a]  : 

i  Dónde  estás,  señora  mía, 
que  no  te  pena  mi  male  ? 
De  mis  pequeñas  heridas 
compasión  solías  tomare; 
agora  de  las  mortales 
no  tienes  ningún  pesare. 

(a)  Fo!.  32. 

(a)  Causa  pesadumbre  el  ver  el  apasiona- 
miento y  la  inconsistencia  de  muchas  de  las 
críticas  de  Clemencín.  ;  Y  se  las  echaba 
de  amigo  y  admirador  de  Cervantes  !  Estas 
admiraci'ines  traen  á  la  memoria  la  ingeniosa 
jaculaton:i  de  Voltaire./5e/7o)/  ¡libradme  de 
mis  amigo-i !  Respecto  á  la  popularidad  de  los 
romances  en  nuestra  época,  véase  lo  que  digo 
en  mi  reciente  liliro  :  Por  In  cultura  y  por  la 
raza.  pág.  lOíl.  ÍM.  de  T.) 


04 


DON    QL'I.JÜTE    1)K    LA    MANCHA 


Y  desta  manera  fué  prosiguiendo  el  romance  hasta  aquellos  versos 

que  dicen  : 

¡  Oh  noble  Marques  de  Mantua, 
Hii  lío  y  se  ñor  carnal  1 

Y  quiso  la  sueiie  que,  cuando  llegó  i\  este  verso,  acertó  á  pasar  por 
allí  un  labrador  de  su  mismo  lugar  y  vecino  suyo,  (|ue  venía  de 
llevar  una  carga  de  trigo  al  molino  ' ;  el  cual,  viendo  aíiuel  hombre 
allí  tendido,  se  llegó  á  él  y  le  preguntó  que  quién  era,  y  qué  mal 
sentía  que  tan  tristemente  se  quejaba.  D.  Quijote  creyó  sin  duda 
que  aquel  era  el  Marqués  de  Mantua  su  tío,  y  asi  no  le  respondió 
otra  cosa  sino  fué  proseguir  en  su  romance,  donde  le  daba  cuenta 
de  su  desgracia  y  de  los  amores  del  hijo  del  Emperante  con  su 
esposa,  todo  de  la  misma  manei-a  que  el  romance  lo  canta.  El 
labrador  estaba  admirado  oyendo  aquellos  disparates  ;  y  quitándole 
la  visera,  que  ya  eftaba  hecha  pedazos  de  los  palos,  le  limpió  el 
rostro,  que  lo  tenía  lleno  de  polvo  :  y  apenas  le  hubo  limpiado-, 


En  el  Romancero  general,  enmendado 
y  añadido  por  Pedro  de  Flores,  é  im- 
preso el  año  l6iü,  encuentro  un  romance 
(le  Tirsi,  contrahecho  sobre  el  del 
Marques  de  Mantua,  en  que  lamentán- 
dose Tirsi  de  su  señora,  le  dirigía  estas 
quejas  (a)  : 

¿  Dónde  estás,  señora  mía, 
que  no  te  duele  mi  mal  ? 
/  no  lo  sabes,  señora, 
ó  eres  falsa  y  desleal. 

De  este  romance,  que  ciertamente  es 
anterior  á  la  edición  de  Pedro  de  Flores, 
tomó  Cervantes  los  cuatro  versos,  y 
como  citaba  de  memoria  y  sin  consultar 
los  originales,  según  ya  notamos,  con- 
fundió las  especies  y  atribuyó  los 
versos  al  romance  del  Marqués  (le  Man- 
tua. Consiguiente  á  esta  equivocación, 
dice  Cervantes  que  D.  Quijote  pro- 
siguió el  romance  hasta  aquellas  pala- 
bras : 

¡  Oh  noble  Marqués  de  Mantua, 
mi  tío  y  señor  carnal ! 

palabras  que  no  se  hallan  ni  pueden 
hallarse  en  el  romance  de  Tirsi,  que  no 
pasa  de  treinta  y  dos  versos,  siendo  asi 
que  median  ochenta  y  seis  entre  los 
dos  pasajes  del  verdadero  romance  del 
Marqués  de  Mantua. 

Es  de  admirar  que  un  erudito  como 
D.  Juan   Antonio  Pellicer  diga  en  sus 

(a)  Fol.  34. 


notas  al  presente  capítulo  del  Quijote, 
que  el  autor  de  este  romance  fué  Jeró- 
nimo Treviño  y  que  se  imprimió  en 
.\lcal.í.  año  de  l."i98.  El  estilo  y  expre- 
siones del  rouiance,  sin  otros  indicios, 
demuestran  mayor  antigüedad;  y  por 
de  contado  se  ve  que  Pellicer  no  tuvo 
presente  que  había  sido  incluido  en  el 
Cancionero  de  Amberes.  La  fecha  de 
dicho  romance,  segi'm  arguye  su  len- 
guaje, no  puede  ser  posterior  al 
siglo  XIV ;  pero  el  examen  de  esto  nos 
llevaría  muy  lejos  del  Quijote. 

1.  Luego  el  molino  no  estaba  lejos 
del  pueblo :  y  con  efecto,  por  las  rela- 
ciones topogr.íGcas  hechas  de  orden  de 
Felipe  II,  que  se  citaron  anteriormente. 
se  ve  que  la  villa  de  Argamasilla  de 
.VIba  tenía  varios  mrdínos  con  once 
piedras  en  el  Guadiana,  que  pasa  por 
su  inmediación.  Por  las  mismas  rela- 
ciones consta  que  la  otra  Argamasilla 
de  Calatrava  no  tenia  molino  alguno: 
nueva  prueba  de  que  la  Argamasilla  de 
Alba  y  no  la  de  Calatrava  era  la  patria 
de  i).  Quijote. 

2.  Lo  mismo  cuenta  el  romance  que 
hizo  el  .Marqués  de  Mantua  con  Baldo- 
vinos  . 

Con  un  paño  que  traía 
la  cara  le  fué  á  limpiare: 
desque  lo  hubo  limpiado, 
luego  conocido  lo  hae. 

Cervantes  copiaba  sus  reminiscen- 
cias. 


l'HIMKHA    l\MiTi:.    —    CAIMTUI.O    V 


i\n 


ciiiindo  le  conoció  y  le  dijo  :  Señor  ()uijada  (que  así  se  debía  de 
llairKir  cuando  el  lenia  juicio  y  no  había  f)asado  de  hidalj^o  sose- 
t^ailo  ;í  cal)allej'()  andanle),  ¿quií'm  ha  puesto  á  vuestra  merced 
desta  suerte?  Pero  él  seguía  con  su  romance  á  cuanto  le  pregun- 
taba. Viendo  esto  el  buen  hombre,  lo  mejor  que  pudo  le  quitó  el 
peto  y  espaldar  para  ver  si  tenía  alguna  herida,  pero  no  vio  sangre 
ni  señal  alguna.  Procuró  levantarle  del  suelo,  y  no  con  [)oco  tra- 
]>ajo  le  subió  sobre  su  jumento,  por  parecerle  caballería  más 
sosegada.  Recogió  las  armas,  hasta  las  astillas  de  la  lanza,  y  liólas 
sobre  Rocinante,  al  cual  tomó  de  la  rienda  y  del  cabestro  al  asno, 
y  se  encaminó  hacia  su  pueblo,  bien  pensativo  de  oir  los  disparates 
que  D.  Quijote  decía;  y  no  menos  iba  D.  Quijote,  que  de  puro 
molido  y  quebrantado  no  se  podía  tener  sobre  el  borrico,  y  de 
cuando  en  cuando  daba  unos  suspiros  que  los  ponía  en  el  cielo, 
de  modo  tpie  de  nuevo  obligó  á  que  el  labrador  le  preguntase  le 
dijese  que  mal  sentía  ^  :  y  no  parece  sino  que  el  diablo  le  traía  á 
la  memoria  los  cuentos  acomodados  á  sus  sucesos,  porque  en  aquel 
punto,  olvidándose  de  Baldovinos,  se  acordó  del  moro  Abindarráez, 
cuando  el  Alcaide  de  Antequera  (,ñ),  Rodrigo  de  Narváez  -,  le  prendió 
y  llevó  preso  á  su  alcaidía.  De  suerte  que,  cuando  el  labrador  le 
volvió  á  preguntar  que  cómo  estaba  y  qué  sentía,  le  respondió  las 
mismas  palabras  y  razones  que  el  cautivo  Abencerraje  ^  respondía 


{.  Sobra  uno  délos  dos  verbos  pre- 
yuntase  ó  dijese  (a).  Este  último  fué  el 
que  debió  borrarse;  pero  se  le  olvidó  á 
Cervantes  hacerlo. 

2.  El  Infante  D.  Fernando,  que  fué 
después  Rey  de  Aragón,  mientras  fué 
tutor  de  su  sobrino  el  Rey  D.  Juan 
el  11  de  Castilla,  ganó  de  los  moros  la 
ciudad  de  Antequera  el  año  de  1410,  y 
puso  por  Alcaide  en  el  casfillo  é  la  villa 
á  Rodrigo  de  NarL'üez,  su  doncel,  que 
había  criado  desde  niTw  en  su  cámara, 
¡I  era  caballero  mancebo  esforzado,  de 
buen  seso  é  buenas  costumbres  (a). 

3.  El  que  dirigii)  l,i  magnífica  edición 
del  Quijote  que  se  hizo  en  Londres  el  año 
de  1138,  creyendo  que  Abencerraje  era 
errata,  le  sustituyó  Abindarníez.  No  lo 
hiciera  si  hubiera  leído   la  relación  del 

(a)  Crónicade  D.Juan  II, 'díiO  10,cap.CXVlI. 

(«)  Dijese.  —  Atendiendo  al  verdadero  y  pri- 
mitivo sentido  de  preguntar,  no  sobra  nin'f;iino 
delosdns  verbos.  Lo  que  hay  es  que  ha  variado 
el  uso  desde  la  época  de  Cervantes  hasta  la 
fecha.  íM.  de  T.) 


suceso  en  la  Diana  de  Jorge  de  Monte- 
mayor,  donde  el  mismo  Abindarráez 
cuenta  que  era  de  la  familia  de  los 
Abencerrajes:  familia  de  lasmiis  ilustres 
entre  las  granadinas,  que,  perseguida 
por  el  Rey.Mohamad  el  Pequeño,  se  pasó 
á  Castilla  el  año  de  1428,  según  se  refiere 
en  la  crónica  del  Rey  D.  Juan  el  11  (a). 
Según  ella,  fueron  treinta  los  Abence- 
rrajes refugiados  que  se  presentaron  al 
Ty.e\  en  Illescas. 

La  substancia  del  suceso  de  que  aquí 
se  trata,  y  que  se  cuenta  en  la  Diana 
de  Jorge  de  Montemayor  (b),  se  reduce 
á  que  Abindarráez,  como  individuo  de 
una  familia  proscrita,  se  crió  de  orden 
del  Rey  fuera  de  Granada,  en  poder  del 
Alcaiile  de  Cártama,  y  en  compañía  de 
una  hija  de  éste,  llamada  Jarifa.  Enamo- 

(a)  Año  28,  cap.  CIX.  —  (6)  Lib.  IV. 

(?)  En  mi  pueblo  natal.  Leja,  patria  del 
general  Narváez,  se  conservaba  hasta  hace 
algunos  años  (ignoro  si  todavía  se  conserva) 
el  retrato  del  famoso  alcaide  de  Antequera, 
asc<jiidientc  del  duque  de  Valencia. 

(.M.  de  T.) 


00 


DON    01  IJOTí:    1)L    I.A    MANCHA 


á  Rodrigo  do  Narváoz,  del  misitio  modo  qm?  61  había  leído  la 
hisloria  en  la  Diana  de  Jorge  de  Monlemayor,  donde  se  escribe ; 
aprovechi'nidose  delhi  tan  de  propósito,  que  el  labrador  se  iba 
dando  al  diablo  de  oir  lanía  máquina  de  necedades  :  por  don<le 
conoció  (pie  su  vecino  eslaba  loco,  y  dábase  priesa  á  llegar  al 
pueblo  por  excusar  el  enfado  que  D.  Quijole  le  causaba  con  su 
larga  arenga.  Al  cabo  de  la  cual,  dijo  :  Sepa  vuestra  merced,  señor 
D.  Rodrigo  de  Narváez,  que  esta  hermosa  Jarifa  que  he  dicho,  es 
ahora  la  linda  Dulcinea  del  Toboso,  por  quien  yo  he  hecho,  hago 
y  haré  los  más  famosos  hechos  de  caballería  que  se  han  visto, 
vean  ni  verán  en  el  mundo'.  Á  esto  respondió  el  labrador  :  Miie 


ráronse  uno  de  olru,  y  habiendo  dis- 
puesto el  Rey  de  Granada  que  ci  Al- 
caide pas'se  á  serlo  de  Coin,  y  que 
Abindarráez  continuase  en  Cártania, 
qued('>  concertado  entre  ios  dos  amantes 
que  Jarifa  avisaría  cuando  hubiese  oca- 
siiui  de  ir  á  verla  y  celebrar  su  enlace. 
Húbola  dealli  aijíún  tiempo  porau.scn- 
cia  del  Alcaide,  (lue  habla  si(lo  llamado 
por  el  Rey  á  (irauada,  y  avisado  Abin- 
darráez, caminó  una  noche  de  verano  á 
Coin,  y  cayó  en  una  emboscada  que 
tenia  puesta  Roilrigo  de  Narváez.  iNoló 
éste  la  tristeza  y  suspiros  de  su  cautivo, 
y  preguntándole  la  causa,  supo  de  su 
boca  toda  la  historia.  Esta  es  la  pregunta 
y  respuesta  de  que  habla  el  texto  (í).  En 
ia  Duina  de  Montemayor  se  continúa 
la  relación  del  suceso,  según  la  cual  no 
ilev(')  Narváez  al  moro  á  su  Alcaidía, 
como  dice  Cervantes  con  su  inexactitud 
ordinaria  en  las  citas,  sino  que,  compa- 
decido de  la  aflicción  del  gallardo  moro, 
le  permitió  continuar  desde  el  mismo 
camino  su  viaje  á  Coin,  bajo  palabra 
de  presentársele  á  tercero  día,  y  asi  lo 
cumplió  Abindarráez  en  Alora,  acompa- 
ñado de  Jarifa,  (|ue  quiso  seguir  la 
suerte  de  su  amante.  Narvápz,  prendado 
de  la  noble  y  leal  conducta  del  moro, 
dio  generosamente  libertad  á  los  dos 
esposos,  haciéndoles  (r,;  escoltar  hasta 
que  llegaron  á  paraje  seguro. 

(ü)  El  señor  Corlejón,  fniiJarrtiise  en  que 
no  citan  «sla  avíMitura  ni  Hernanilo  riel  Pul- 
gar ni  Fprrant  Mexia,  pone  en  duda  la  auten- 
tifiíJad  do  está  levenda,  tan  popular  en  An- 
dalucía. ■  (M.  de  T.) 

(/•,)  Hnci^iiilolt'x  es  un  liarbarismo  censu- 
rado por  la  Academia  en  su  gramática.  Xm 
es  dativo  ó  complemento  indirecto.  Debe  de- 
cir :  liaciéiiilolos.  Algo  más  grave  es  esto  en 
un  académico  que  las  distracciones  de  Cer- 
vantes." (M.  de  T.) 


Esta  historia,  engalanada  conalgunas 
circunstancias  por  Jorge  de  Monte- 
mayor,  conviene  con  la  que  publicó 
Antonio  de  Villegas  en  la  colección  de 
sus  opúsculos,  que  con  titulo  de  Inven- 
tario publicó  en  .Medina  del  Campo  el 
año  de  1.^6.t.  El  fundo  del  suceso  fué 
cierto.  Asi  lo  te.«tifica  en  su  llintoria  de 
los  árabes  de  España  D.  José  Antonio 
Conde,  expresando  que  esta  aventura, 
el  amor  de  la  doncella  y  el  granadino, 
y  mds  aún  la  generosidad  del  Alcaide 
Narváez,  fué  ?//»//  celebrada  de  los 
buenos  caballeros  de  (Jranada,  y  can- 
tada en  los  versos  de  los  mejores  in- 
ijenios  de  entonces. 

También  se  cantó  el  suceso  en  Cas- 
tilla, como  se  ve  por  el  romance  que  se 
insertí'i  en  el  Romancero  yeneml  [aj,  y 
modernamente  en  el  de  Üepping,  im- 
preso en  Leipzic  el  año  (le  1817,  el 
cual  empieza  así  : 

Ya  llegaba  Abindarráez 
á  vista  de  la  muralla, 
donde  la  bella  Jarifa 
retirada  le  esperaba. 

Esta  uiisma  aventura  sirvió  después 
de  argumento  á  lacomediaque  escribió 
Lope  de  Vega  con  el  titulo  de  El  Remedio 
de  la  desdicha,  dedicándola  ;i  su  hija 
I)oña  Marcela  del  Carpió.  Se  halla  en  la 
parte  XII  de  las  comedias  de  Lope. 

1.  Para  que  estuviese  más  acorde  el 
periodo,  convino  poner:  los mÚJi  famosos 
hechos  de  caballería  que  se  han  visto, 
ven  y  verán  en  el  mundo.  La  partícula 
tii  supone  negación  anterior,  y  uo  la 
hay. 

(al  Parle  IX,  l'ol.  355. 


I'UIMEUA    i'AItTIi. 


CM'lTULü    V 


67 


vucsliji  merced,  sorior,  ¡  ()eeaü()r  de  mí  !  qUe  yo  no  soy  D.  Rodrigo 
de  Narvácz  ni  el  Martjiiés  de  Mantua,  síik^  l*edro  Alonso  su  vecino, 
ni  vuestra  nícired  es  lialdovinos  ni  Abindarráez,  sino  el  honrado 
hidalgo  del  señor  Quijada.  Yo  sé  quien  soy,  respondió  D.  Quijote, 
y  sé  que  puedo  ser  no  sólo  los  (jue  he  dicho,  sino  lodos  los  doce 
Pares  de  Francia  '   y  aun  todos  los  nueve  de  la   Fama  -,  pues  á 


1.  Kst.'is  piUahras  de  D.  Quijole  pa- 
recen suponer  que  Baldovinos  era  uno 
de  los  doce  Pares  de  Francia  :  y  con 
efecto,  en  el  citado  roniancedel  Marqués 
de  ¡Mantua,  dando  Baldoviaos  cuenta 
de  quién  era,  á  su  lio,  le  dice : 

A  mí  dicen  Baldoviaos 
que  el    Franco  solían  llamare. 
Hijo  soy  del  Rey  de  Üacia, 
hijo  soy  suyo  caVnale, 
uno  de  los  doce  Pares 
que  á  la  mesa  comen  pane. 

Los  doce  Pares,  como  dirá  en  adelante 
el  Canónigo  de  Toledo  en  el  capi- 
tulo XLIX,  fueron  caballeros  escor/ic/os 
por  lo.t  Rei/es  ele  Francia,  á  quien  lla- 
maron Pares  por  ser  todos  igi/ales  en 
valor,  en  calidad  y  en  valentía.  Otros 
dan  otro  origen  al  nombre  de  Pares.  La 
opinión  vulgar,  repetida  en  los  romances 
antiguos,  refiere  la  institución  de  los 
doce  Pares  de  Francia  al  Emperador 
Carlomagno ;  pero  los  criticos  la  ¡uzgan 
posterior  al  reinado  de  Hugo  Capeto. 
Sea  de  esto  lo  que  l'uere.  nuestros  ro- 
mances dan  á  entender  que  el  Colegio 
de  los  doce  Pares,  fundado  por  Carlo- 
magno, tenía  semejanza  con  el  de  los 
Caballeros  déla  .Mesa  ó  Tabla  redonda, 
fundado  por  el  Rey  Artús,  cuando  suelen 
designarlos  por  la  circunstancia  de  que 
comianpon  ú  una  mesa,  que  alguna  vez 
Uiman  redonda.  .\sí  sucede  en  el  ro- 
mance del  Marqués  de  Mantua,  y  en  los 
de  D.  üaiferos,  del  Conde  Dirlos,  del 
Conde  Claros  y  del  Palmero.  En  el  de 
la  embajada  d'^l  Marqués  de  Mantua  se 
dice  del  Conde  Dirlos  y  del  Duque 
Sansón,  que  eran  los  que  la  llevaban: 

Caballeros  son  d'estima, 
de  iírande  estado  y  linaje, 
de  los  doce  que  á  "la  mesa 
redonda  comían  pane. 

Lus  más  nombrados  de  los  doce  Pares 
fueron  Roldan,  Oliveros,  Güi  de  Bor- 
goña,  Ricarte  de  Normandia.  Reinaldos 
de  Montalbán  y  otros  cuyos   nombres 


son  difíciles  de  señalar  con  puntualidad, 
por  la  variedad  con  que  se  leen  en  las 
historias,  romances  y  libros  caballe- 
rescos. 

Acaso  tuvieron  algún  influjo  en  la 
designacii'm  que  se  nizo  en  tiempo  del 
Emperador  D.  Carlos  de  las  Doce  Casas 
de  Grandes  de  Españalas  ideas  vulgares 
sobre  los  doce  Pares  de  Carlomagno  ; 
ideas  que  eran  coiiujnes  desde  anti- 
guo en  Castilla;  pueslo  que  se  halla  ya 
mención  de  ellas  en  la  Gran  conquista 
de  Ultramar,  libro  escrito  de  orden  del 
Rey  D.  Alonsoel  Sabio  (a):  yaun  antes 
de  esto,  en  el  poema  del  Conde  Fernán 
González,  compuesto,  según  puede 
conjeturarse,  por  los  años  de  1200,  en 
que,  animando  el  Conde  á  sus  varones 
á  la  guerra  contra  los  Moros,  les  decía: 

Non  cuentan  de  Alejandro  las  noches  nín  los 

[días, 
Cuentan  sus  buenos  fechos  é  sus  caballerías: 
Cuentan  del  Reí  Davit  el  que  mató  á  Golías, 
De  Judas  Macabeo,  fijo  de  Matatías. 
Carlos,  Baldovinos.  Roldan  é  Don  Ogero, 
Terin  é  Galdabucí  é  Bernal  é  Olivero. 
Torpín  é  Don  Ribaldus  é  el  gascón  Angelero, 
Ercol  et  Salomón  é  el  otro  su  compañero, 
Estos  é  otros  muchos  que  non  vos  he  nom- 
brados. 
Sí  tan  buenos  non  fueran,  hoy  verníen  olvi- 

[dadoá. 

•2.  Fueron  tres  judíos,  Josué,  David 
V  Judas  Macabeo  :  tres  gentiles,  .ale- 
jandro, Héctor  V  Julio  César:  y  tres  cris- 
tianos, el  rey  Artús,  Carlomagno  y 
God.-fre  de  Bullón. 

Antonio  Rodríguez  Portugal,  Rey  de 
armas  del  Rey  don  Juan  el  III. tradujo 
del  francés,  dedicó  á  dicho  Principe  y 
publicó  en  Lisboa  el  año  de  1530  la 
Crónica  llamada  elTriun/'o  de  los  nueve 
miís  preciados  varones  de  la  Fama. 
Volvió  á  imprimirse  en  Alcalá  de  He- 
nares el  año  de  18.5.1.  dedicada  á  D.Juan 
Pacheco  Girón,  conde  de  la  Puebla  de 

{a¡  Lib.  I,  cap.  CXXVII. 


68 


DON    (¿riJO'lE    DK    LA    MANCHA 


todas  las  hazañas  que  ellos  todos  juntos  y  cada  uno  por  sí  hicieron, 
se  aventajarán  las  mías.  En  estas  pláticas  y  en  otras  semejantes 
llegaron  al  lu^nv  á  la  hora  que  anochecía ;  pero  el  labrador 
aguardó  á  que  fuese  algo  más  de  noche,  porque  no  viesen  al 
molido  hidalgo  tan  mal  caballero  ^  Llegada,  pues,  la  hora  que  le 
pareció,  enlró  en  el  pueblo  y  en  casa  de  D.  Quijote,  la  cual  halló 
toda  alborotada,  y  estaban  en  ella  el  Cura  y  el  Barbero  del  lugar, 
que  eran  grandes  amigos  de  D.  Quijote,  que  estaba  diciéndoles  su 
Ama  á  voces  ^  :  ¿  Qué  le  parece  á  vuestra  merced,  señor  licen- 
ciado Pero  Pérez  (que  así  se  llamaba  el  Cura)  de  la  desgracia  de 
mi  señor?  Seis  días  ha  que  no  parecen  él  ni  el  rocín  ^,  ni  la 
adarga,  ni  la  lanza,  ni  las  armas.  ¡Desventurada  de  mí!  Queme 


Montalbán.  Tiene  esta  edición  la  parti- 
cularidad de  que  la  censuró  y  retocó  su 
estilo  el  Maestro  Lope?  de  Hoyos,  que 
lo  fué  de  Miguel  de  Cervantes.  En  la 
censura  se  califica  Hoyos  de  capellán, 
y  tiene  la  fecha  de  9  de   Julio  de  1831. 

D.  Leandro  Moratín.en  los  Orígenes 
del  teatro  español.,  puso  en  la  lista  de 
los  libros  de  caballería  la  Crónica  de 
los  nueve  de  la  Fama.  Dificilinente 
pudiera ocurrirque  JosuéyDavid fueron 
caballeros  andantes. 

1.  Caballero  es  aquí  lo  mismo  que 
jinete  ó  persona  puesta  ;i  caballo.  Y 
en  efecto,  era  mal  visto  que  las  personas 
de  respeto  montasen  asnalmente,  y 
por  eso,  según  dice  el  Obispo  de  Burgos 
en  el  Doctrinal  de  caballeros  (a)  :  los 
antiguos  sabios  ordenaron  que  cuando 
hubiesen  de  cabalgar  por  villa,  que  no 
cabalgasen  sino  en  caballos,  quien  los 
pudiere  haber.  Haciéndose  cargo  de 
esto  D.  Quijote  en  el  capítulo  XV,  des- 
pués de  la  aventura  de  los  yangüeses, 
trata  de  excusar  con  ejemplos  antiguos 
su  conducción  y  transporte  en  el  Rucio 
de  Sancho  :  Xo  tendré',  dice,  á  deshonra 
la  tal  caballería,  porque  me  acuerdo 
haber  leído  que  aquel  buenvifjo  Sileno, 
ayo  y  pedagogo  del  alegre  dios  de  la 
risa,  cuando  entró  en  la  ciudad  de  las 
cien  puertas,  iba  muy  á  su  placer  ca- 
ballero sobre  un  muy  hermoso  asno.  No 
supo  más  D.  Quijote;  hubiera  podido 
citar  los  jueces  delsraei,Jairy  Abdón,y 
otros  ejemplos  y  razones  alegadas  en  el 
elosio  del  Asno  6)  que  el  cronista  Pedro 
Mejia  insertó  en  la  segunda  parle  de  su 

(a)  Lib.  I,  tit.  lil. 


Coloquio  del  Porfiado.  De  Jair  se  refiere 
que  sus  treinta  hijos,  que  eran  señores 
de  otras  tantas  ciudades,  cabalgaban  en 
sendos  pollinos  ;  y  de  Alidi'm,  que  tenia 
cuarenta  hijos  y  treinta  nietos,  que 
montaban  sobre  setenta  asnos.  Las  per- 
sonas principales  cabalgaban  entonces 
en  asnos  gordos  y  lucios,  como  se  lee  en 
el  cántico  de  Débora.  ElcélebreD.  Alonso 
de  Madrigal,  el  Tostado,  Obispo  ae 
Ávila,  en  su  Comento  ó  exposición  de 
las  crónicas  de  Ensebio  (a)  refutó  á  Jo- 
sefo,  que  dijo  que  los  hijos  de  Jair  y 
Abdón  montaban  en  caballos,  atri- 
buyéndolo á  que  Josefo  hubo  de  tener 
á  caso  de  menos  valer  que  los  Príncipes 
de  su  nación  montasen  en  burro. 

2.  Mejor  :  á  quienes  estaba  diciendo 
su  ama  á  i'oce.s..V.caso  diría  el  original : 
«  los  que  estaba,  etc. 

3.  Hay  contradiccii'm  entre  lo  que 
dice  el  Ama  y  los  lapitulos  anteriores. 
Segi'm éstos.  D.  Quijote  nohabia pasado 
más  que  una  noche  fuera  de  su  casa  : 
salió  de  ella  un  día  de  julio  por  la  ma- 
drugada, pasó  la  noche  siguiente  en  la 
venta,  partió  á  la  hora  del  alba,  á  corta 
distancia  dio  con  la  aventura  de  .\ndrés, 
á  las  dos  millas  se  encontró  con  los 
mercaderes,  cayó,  fué  ap.ileado.  le  re- 
cogió Pedro  .\lonso.  y  llegaron  al  lugar 
al  anochecer.  No  llega  todo  á  dos  dias. 

(a)  Parte  lU.  cap.  LXIII  y  LXXI. 

(0)  Hace  algunos  añns  leí  con  asombro  en 
el  Almanaque  de  la  Ilustración,  el  citndo  elo- 
gio del  asno,  casi  tal  como  lo  escribió  Mejía, 
pero  llevaba  ;U  pie  el  nombre  de  un  escritor 
y  profesor  que  gozaba  entonces  de  bastante 
popularidad.  (M.  de  T.) 


PniMERA    PARTE.    —   CAPÍTUr.O    V  69 

doy  :i  onhMulor,  y  así  es  olio  la  verdad  romo  nací  para  morir,  que 
eslos  malditos  libros  de  caballerías  que  él  tiene  y  suele  leer  tan  de 
oi'diiKuic),  le  lian  vuelto  el  juieio,  que  ahora  me  acuerdo  haberle 
oído  decir  muchas  veces  hablando  enlrcí  sí,  que  quería  hacerse 
caballero  andante  é  irse  á  buscar  las  aventuras  por  esos  mundos. 
Encomendados  sean  á  Satanás  y  á  Barrabás  tales  libros,  que  así 
han  echado  á  perder  el  más  delicado  entendimiento  que  había  en 
toda  la  Mancha.  La  Sobrina  decía  lo  mismo,  y  aun  decía  más  : 
Sepa,  señor  maese  Nicolás  (que  este  era  el  nombre  del  Barbero), 
(pie  muchas  veces  le  aconteció  á  mi  señor  tío  estarse  leyendo  en 
estos  desalmados  libros  de  desventuras  '  dos  días  con  sus  noches, 
al  cabo  de  los  cuales  arrojaba  el  libro  de  las  manos,  y  ponía  mano 
á  la  espada,  y  andaba  á  cuchilladas  con  las  paredes,  y  cuando 
estaba  muy  cansado,  decía  que  había  muerto  á  cuatro  gigantes 
como  cuatro  torres,  y  el  sudor  que  sudaba  del  cansancio  decía  que 
era  sangre  de  las  feridas  que  había  recibido  en  la  batalla,  y 
bebíase  luego  un  gran  jarro  de  agua  fría,  y  quedaba  sano  y  sose- 
gado, diciendo  que  aquella  agua  era  una  preciosísima  bebida  que 
le  había  traído  el  sabio  Esquife-,  un  grande  encantador  y  amigo 


1.  Apodo  con  que  la  Sobrina  moteja 
in<¡;eniosau]ente  los  libros  de  aventuras 
caballerescas.  Con  éstas  y  otras  expre- 
siones de  la  Sobrina  y  del  Ama,  va  Cer- 
vantes preparando  el  escrutinio  y  quema 
de  los  libros  de  D.  Quijote,  de  que  se 
trata  en  el  capítulo  siguiente. 

2.  La  Sobrina  equivocó  el  nombre 
de  Alquife  (t),  marido  de  ürganda  la 
desconocida,  sabio  i'i  encantador  célebre 
en  los  anales  andantescos,  y  nutor  que 
se  supone  ser  de  la  historia  de  Amadis 
de  Grecia,  por  otro  nombre  el  Caballero 
de  la  Ardiente  Espada. 

Encantador  es  lo  mismo  que  hechi- 
cero, mágico  ó  nigromántico  ;  y  las 
l)SL[a.hri\sencanlo, encantar, enca7itador, 
encantamento,  todas  vienen  de  canto, 
por  la  idea  que  tenían   los  antiguos  de 

(i.)  Alquife.  —  Este  trastueque  de  nombres 
se  observa  constantemente  en  el  vulgo  y  en 
muchos  ricos  improvisados.  Todo  el  mundo 
conoció  en  Madrid  al  famoso  marqués,  con- 
sejero del  Banco,  que  hablaba  de  la  luz 
genital,  y  al  general  famoso  de  la  lela  de  Pen- 
tecostés (por  telii  de  Penélope)}'  á otros  por  el 
estilo.  Hoy  mismo  hay  en  Madrid  un  editor 
y  no  de  los  menos  importantes,  á  quien  oí 
decir,  aquí  en  París,  que  había  editado  la 
célebre  novela  :  Las  Catatumbas. 

ÍM.  de  T.) 


que  los  mágicos  hacían  sus  prodigios 
cantando  coplas,  de  donde  llamaron 
también  carmina  á  los  encantos  y  ma- 
leficios. Y  asi  decía  UQ  mágico  en  Vir- 
gilio (a): 

Ducite  ab  urbe  domum,  mea  carmina,  diicite 

[Daplinim. 
Carmina  vel  co^lo  possunt  deducere  lunam; 
Carminibus  Circe  socios  mutavit  Ulyssei ; 
Frifiidus  in  pratis  cantando  rumpitur  anyuis. 

Ovidio,  en  el  libro  Vil  de  las. Ve^amo?'- 
fosis.  hablando  de  las  promesas  que 
hizo  Jasón  á  Medea  para  moverla  á  que 
con  sus  artes  le  librase  de  los  peligros 
que  le  amenazaban,  dice  : 

Creditus  acccpit  cantatas  pro tinus  herbas. 

He  aquí  las  hierbas  encantadas.  Y 
después  pondera  así  Medea  su  poder  : 

Stantia  concutio  cantu  freta,  nubila  pello 
Nubiluque  induco,  ventos  abigoque  vocoque ; 
Vipéreas  rumpo  et  verbis  et  carmine  fauces. 

Y  luego  dice  de  Medea  el  poeta  : 

Effúgit  illa  necem  nebulis  per  carmina  motis. 

Lo  mismo  se  ve  por  otros  escritores 
antiguos,  Tácito,  Juvenal,  PlinioyApu- 
kyo. 

(a)  Égloga  VIII. 


70 


DON    QUIJOTE    DE    L\    MANCHA 


suyo.  Mas  yo  rae  tengo  la  culjja  de  todo,  que  no  avisé  á  vuestras 
mercedes  de  Los  dispárales  de  mi  señor  tío,  para  que  lo  remediaran 
antes  de  lle<?ar  á  lo  que  ha  llegado,  y  quemaran  todos  estos  desco- 
mulg^ados  libros  (que  tiene  muchos),  que  bicni  merecen  ser  abra- 
sados como  si  luesen  de  herejes.  Esto  dif^o  yo  también,  dijo  el 
Cura,  y  á  le  que  no  se  {¡ase  el  día  de  mañana  sin  que  dellos  no  se 
llaga  auto  público',  y  sean  condenados  al  fueg-o,  pcjrípie  no  den 
ocasión  á  quien  los  leyere  de  hacer  lo  que  mi  buen  amigo  debe  de 
haber  hecho.  Todo  esto  estaban  oyendo  el  labrador  y  D.  Quijote, 
con  que  acabó  de  entender^  el  labrador  la  enfermedad  de  su 
vecino,  y  asi  comen/ó  á  decir  á  voces  :  Abran  vuestras  mercedes 
al  señor  Baldovinos  y  al  señor  Marqués  de  Mantua,  que  viene 
malferido-^,  y  al  señor  moro  Abindarráez,  que  trae  cautivo  el 
valeroso  Rodrigo'  de  Narváez,  Alcaide  de  Antequera.  A  estas 
voces  salieron  todos,  y  como  conocieron  los  unos  á  su  amigo,  las 
otras  á  su  amo  y  tío,  que  aun  no  se  habla  apeado  del  jumento 
porque  no  podía,  corrieron  á  abrazarle.  El  dijo  :  Ténganse  todos  ; 
vengo  malferido  por  la  culpa  de  mi  caballo  :  llévenme  á  mi  le,  ho. 
y  llámese  si  iuere  posible  á  la  sabia  Urggnda  que  cure  y  cate 
mis  feridas"'.  Mira,  en  hora  mala,  dijo  á  este  punto  el  Ama  ^,  si 


1.  Sin  que  dellos  se  haga  auto  pú- 
liUco,  es  como  debió  decirse  :  sobra  el 
710.  Las  ediciones  anteriores  ponen  acto 
público  :  en  ésta  se  ha  corregido  uvfo 
publico,  y  así  debió  ponerse,  aludiendo 
á  los  del  Santo  Uficio.  seiiiin  lo  indica 
claramente  la  pena  de  fuego  con  que 
en  las  siguientes  palabras  se  amenaza  á 
los  libros.  Conl\)rme  á  esto,  se  dice 
despiiésencl  capitulo  XXVllqueel  (>ura 
y  el  Barbero  hablan  hecho  escniliniu  // 
auto  f/pnerui  de  fus  libros  de  Ü.  Quijote. 

2.  Se  oniili('i  el  articulo  lo  :  con  lo 
que  acabó  de  entender,  etc.  Asi  solian 
hacerlo  nuestros  antiguos  escritores,  en 
los  cuales  se  encuentra  también  muchas 
veces  escrito  porque  enlugarde jDor  lo 
que. 

.3.  El  bueno  de  Pedro  Alonso  equi- 
vocaba la  historia  y  los  personajes, 
porque  el  mal  ferido  no  fué  el  .Mar(|ués, 
sino  su  sobrino.  Para  hablar  con  exac- 
titud, debiera  deiir  con  las  mismas 
palabras, pero  endistinto  orden  .abran 
vuestras  mercedes  al  sefior  Marqués  de 
Mantua  ;/  alseñur  Baldovinos.  que  viene 
malferidí). 

4.  Mejor  :  a  quien  trae  cautivo  el 
valeroso  Rodriyo  de  Narváez,  Alcaide 


de  Anlequera;  porque  como  está,  no  se 
sabe  si  el  moro  trae  preso  al  Alcaide,  ó 
el  Alcaide  al  moro. 

5.  Primero  es  catar  y  luego  curar: 
y  asi  debiera  haberse  escrito  :  que  cate 
y  cure  mis  fe>'idas.  D.  Quijote  implora 
los  auxilios  de  la  sabia  Lrganda  par  ■ 
que  lo  cure,  como  curi')  en  varias  oca- 
siones á  .Vmadis  de  (jaula  y  á  otras 
personas  de  su  familia.  Los  mismos 
oficios  hizo  la  sabia  Hclonia  con  Ama- 
dís  de  Grecia,  Ipermea  cnn  Olivante,  y 
la  lada  Morgaina  y  la  dueña  del  Fondo- 
valle  con  otros  caballeros,  según  se 
refiere  por  menor  en  sus  historias. 

6.  El  Ama  hablaba  con  muchos,  y 
así  no  pudo  decir  mira  en  singular. 
Debió  ponerse  miní.  con  acento  en  la 
últimíi,  segi'in  se  halla  en  las  ediciones 
primitivas.  Pellicer,  quehizo  oportuna- 
mente esta  observacii'tn,  añadiendo  que 
entonces  se  escribía  asi  la  segunda  per- 
sona de  plural  del  imperativo,  no  se 
atrevió,  sin  embargo,  á  corregirlo  en  su 
edición,  y  prefirió  poner  mirad,  como 
ahora  decimos;  Pero  debió  tener  pre- 
sente, no  sólo  que  ya  desde  muy  anti- 
guo solía  ponerse  tomó  por  tomad, 
come  por  comed,  segí'm  testifica  el  au- 


PUINFiUA    PArtTK. 


CAP  I  TI?. O    V 


71 


me  (locía  JÍ  mí  bien  mi  coinzón  fiel  pie  que  cojeaba  mi  señor.  Suba 
vuestra  merced  en  buenhoia,  í[ue  sin  que  venga  e§a  Ur^^ada  '  le 
sabremos  aquí  curar.  iMaUlitos,  dig^o,  sean  otra  vez  y  oirás  ciento 
estos  Hlíros  de  caballerías  que  tal  han  parado  á  vuestra  merced. 
Lleváronle  luego  á  la  cama,  y  catándole  las  feridas,  no  le  hallaron 
ninguna,  y  él  ilijo  que  todo  era  molimiento  por  haber  dado  uiui 
gran  caída  con  Rocinante  su  caballo,  combatiéndose  con  diez 
jayanes,  los  niás  desalorados  y  atrevidos  que  se  pudieran  fallar  en 
gran  parte  de  la  tierra.  Ta,  ta,  dijo  el  cura  :  ¿jayanes  hay  en  la 
danza?    Para  mi  santiguada-  que   yo  los   (jueme    mañana    antes 


Inr  del  Diálof/o  de  las  lenguas,  sino  que 
iiii  siempre  era  libre  de  liiicer  la  en- 
iiiiend;!,  que  él  hace  añadiendo  la  </, 
porque  niuclias  veces  no  lo  permite  el 
metro,  como  en  aquel  romance  del 
Cid  («)  : 

Elvira,  soltá  el  puñal, 
Doña  Sol,  tirailvos  fuera  (x) 
non  me  tengades  el  brazo, 
dejadme,  Doüa  Jiniena. 

Lo  propio  sucede  en  el  romance  mo- 
risco de  Azarque  [h]  : 

Azarque  dio  una  gran  voz, 
diciendo,  abrí  esas  ventanas  : 
los  que  me  lloráis,  oidme. 
Abrieron,  y  así  les  halila. 

Son  frecuentes  los  ejemplos  en  el 
Cancionero  r/eneraly  en  los  poetas  an- 
tiguos y  modernos,  de  los  que  se  toman 
pruebas  más  concluyenles  que  de  los 
autores  prosaicos,  porque  la  lectura  se 
afianza  en  la  medida  de  los  versos,  que 
de  otro  modo  no  constarían.  P^n  el 
tiempo  de  Cervantes  se  encuentra  repe- 
tido lo  mismo  á  cada  paso.  En  la 
Enemir/a.  favorable,  comedia  del  canó- 
nigo tarraga,  dice  el  Rey  á  la  Reina  : 

Venid,  Reina,  al  aposento, 
entretené  al  Duque  un  rato. 

(a)  Núm.  70  de  la  Colección  de  Juan  Esco- 
bar. —  (6)  Hoinancero  //eneral  de  Pedro  de 
J'lores,  parte  III,  fol.  81'. 

(x)  Mira.  —  Este  empleo  del  imperativo  era 
Renera)  en  España  y  todavía  lo  conserva 
el  pueblo  en  las  Repúblicas  hispanoameri- 
canas, especialmente  en  la  Ar-íentina,  Uru- 
guay, etc.,  corno  recuerdo  de  la  lengua  de 
los  primeros  colonizadores.         (M.  de  T.) 


Lope  de  Vega  hizo  lo  mismo  en  mu- 
chos pasajes  de  sus  compüsiciones 
dranicilicas.  Para  hablar  también  de 
libros  caballerescos,  en  Don  Policisne 
de  Boecia  es  muy  común  la  supresión 
de  la  d  ünal  del  imperativo,  como  e?i- 
frn,  lañé,  por  entrad,  lañed.  En  el 
Ef:pej()  (le  Principes  y  caballeros  (a)  se 
cuenta  que  la  Princesa  Briana  se  retiró 
á  parir  ocultamente,  siendo  sabidora  de 
ello  su  doncella  Clandestria  :  que  parió 
dos  gemelos,  que  fueron  el  Caballero 
del  Febo  y  Rosicler;  y  que  lamentán- 
dose Briana  de  haberlos  de  dar  á  criar 
fuera  de  su  vista.  le  dijo  Clandestria  : 
Miró,  señora,  que  agradecéis  muy  poco 
á  Dios  las  (¡r andes  mercedes  que  os  lia 
/techo.  He  aquí  el  7nirrí  del  Ama  de 
D.  Quijote. 

1.  En  las  ediciones  primitivas  del 
ano  1605  se  lee  Urrjada  y  no  Urrianda, 
como  pusieron  otras  posteriores,  sin 
advertir  que  la  equivocación  añadía 
gracia  al  discurso,  y  era  muy  verosímil 
en  boca  del  .\ma,  quien,  como  mujer 
ignorante,  no  fué  extraño  que  estro- 
pease los  nombres,  sustituyendo  en  esta 
ocasión  al  de  Urganda  otro  de  signifi- 
cación y  uso  común,  y  por  consiguiente 
más  n.itural  para  ella.  Lo  mismo  había 
hecho  antes  la  Sobrina  con  el  nombre 
de  Alquile,  y  lo  mismo  vuelve  á  hacer 
el  .Vma  en  el  capitulo  Vil,  llamando 
Fritan  ó  Muñatóti  al  sabio  Fristi'in. 

2.  Expresión  familiar  anticuada, 
fórmula  de  juramento  que  se  repite  en 
otros  pasnjes  del  Quijote,  y  que  se 
halla  ya  usada  en  el  acto  primero  de  la 
tragicomedia  de  Celestina.  Santiguada 
es  el  acto  de  santiguarse,  y  para  equi- 
vale á  por;  de  suerte  que  para  mi  san- 
ia) P:u-le  I.lib.I,  cap.  XII. 


7^2 


DON    QLIJOTK    DE    I..\    MANCHA 


que  llegue  la  noche.  Hiciéronle  á  D.  Quijote  mil  preguntas,  y  á 
ninguna  quiso  responder  otra  cosa  sino  que  le  diesen  de  comer  y 
le  dejasen  dormir,  que  era  lo  (pie  más  le  importaba.  Hízose  así, 
y  el  Cura  se  informó  muy  á  la  larga  del  labrador  del  modo  que 
había  hallado  á  D.  Quijote.  Él  se  lo  conl<3  todo  con  los  disparates 
que  al  hallarle  y  al  traerle  había  dicho,  que  fué  poner  más  deseo 
en  el  licenciado  de  hacer  lo  que  otro  día  hizo,  que  fué  llamar  á  su 
amigo  el  barbero  '  maese  Nicolás,  con  el  cual  se  vino  á  casa  de 
D.  Quijote. 


Hguo(la{\)  es  lo  mismo  que  ])nr  la  cruz 
con  que  7ne  snvtif/uo.  En  otro  tiempo 
solían  usarse  promiscuamente  las  par- 
tículas po)-  y  para.  En  la  citada  tragi- 
comeiliii  de  Celes/ina,  al  acto  séptimo, 
se  dice  :  para  la  muerte  que  a  Dios 
debo,  en  vez  de  por  la  viuerle  que  á 
Dios  debo.  En  la  carta  de  la  esclava  que 
copió  Guznián  de  Alfarache  en  su  parte 
segunda  («;,  se  lee  :  para  eata  cara  de 
muíala,  que  se  ha  de  acordar  de  lax 
lííc/rimas  que  me  ha.  hecho  verter.  En  la 
tercera  parte  de  D.  Floriselde  Niquea  (b) 
dice  D.  Florarían  :  para  Santa  María, 
que  aunque  la  vida  me  cueste,  he  de 
saber  esta  aventura.  Y  más  abajo  -.para 
Santa  María,  más  donosa  aventura 
minea  oí. 

En  los  ejemplos  citados  se  usa  el 
para  en  vez  de  por.  Otras  veces  se  usa 
en  nuestros  antiguos  libros,  y  en  el 
mismo  Qui.iOTE,  el  por  en  lugar  depara, 
como  se  observar.i  en  su  lugar.  En  el 
uso  actual,  para  denota  el  fin  ú  objeto  ; 
por,  la  causa  ó  motivo. 

1.  Algo  más  bizo  á  otro  día  el  Cura 
que  llamar  al  Barbero.  Cumplidamente 

la)  Lib.  III.  cap.  VII.  —  {b¡  Cap.  VIII. 

(V.)  El  seüor  Cortüjón  supone  que  el  oripen 
de  esta  expresión  se  encuentra  en  el  antiguo 
uso  (le  santif/uar  por  jwnr  y  cree  hallar  rastro 
de  ello  en  el  Poi'uxa  del  Cid.  En  Andalucía 
es  muy  corriente  entre  el  pueblo  testilicar,  ha- 
ciendo la  cruz  y  añadiendo  :  i/jor  estos  cruces 
de  Dios.'  ú  otra"  fórmula  análoga. 

(M.  de  T.) 


se  explicará  el  concepto  diciendo  :  lo 
que  otro  día  hizo  :  para  lo  cual,  lla- 
mando f!  su  amigo  el  barbero  maese 
Nicolás,  se  vino  con  él  á  casa  de  D.  Qui- 
jote. 

De  tres  sucesos  consta  la  primera 
salida  de  D.  Quijote  :  la  llegada  á  la 
venta,  donde  se  arma  de  caballero:  el 
hallazgo  de  Juan  llaldudo  y  su  mozo, 
y  el  encuentro  con  los  mercaderes  tole- 
danos. En  los  tres  domina  lo  burlesco, 
según  pide  la  naturaleza  de  la  fábula, 
cuyo  objeto  es  ridiculizar  la  profesión 
dei  héroe.  En  los  dos  primeros.  Don 
Quijote,  entonado  y  hueco  con  el  buen 
suceso,  se  confirma  más  y  más  en  su 
locura  y  propósito  :  en  eí  último,  no 
pudiendo  dejar  de  confesar  su  desgra- 
cia, se  consolaba,  á  estilo  andantesco, 
con  que  la  culpa  había  sido  de  su  ca- 
ballo. Esto  en  cuanto  á  D.  Quijote  :  el 
lector  se  halla  en  una  posición  dei 
todo  distinta,  y  para  él  es  materia  de 
risa  todo  cuanto  sucede  al  pobre  caba- 
llero, tanto  lo  próspero  como  lo  ad- 
verso. El  Lngenioso  Hidalgo,  segi'm  la 
observación  de  D.  Vicente  de  los  Ríos, 
ofrece  siempre  dos  aspectos  en  lo  que 
refiere,  uno  para  D.  Quijote  y  otro  para 
los  lectores,  á  la  manera  de  ciertos 
cuadros  dispuestos  de  tal  suerte,  que 
mirados  de  un  lado  presentan  distintas 
figuras  que  por  el  otro.  Y  este  contraste, 
que  es  perpetuo  en  la  fábula,  debe  mi- 
rarse como  una  de  las  principales 
fuentes  del  placer  que  causa  su  lectura. 


i 


CAPITULO  VI 

DKL    DONOSO    Y    GRANDE    ESCRUTINIO    QUE    EL    CURA    Y    EL    BARBERO 
HICIERON    EN    LA    LIBRERÍA    DE    NUESTRO    INGENIOSO    H1DAL(;0 


El  cual  aun  lodavía  dormía.  Pidió  las  llaves  á  la  Sobrina  del 
aposento  donde  estaban^  los  libros  autores  del  daño,  y  ella  se  las 
dio  de  muy  buena  gana.  Entraron  dentro  todos  y  la  Ama  con  ellos,  y 
hallaron  más  de  cien  cuerpos  de  libros  grandes-  muy  bien  encua- 
dernados y  otros  pequeños  ;  y  así  como  el  Ama  los  vio,  volvióse  á 
salir  del  aposento  con  gran  priesa,  y  tornó  luego  con  una  escudilla 
de  agua  bendita  y  un  hisopo,  y  dijo  :  Tome  vuestra  merced,  señor 
licenciado  ;  rocíe  este  aposento,  no  esté  aquí  algún  encantador  de 
los  muchos  que  tienen  estos  libros,  y  nos  encanten  en  pena  de  la 
que  les  queremos  dar,  echándolos  del  mundo.  Causó  risa  al  licen- 
ciado la  simplicidad  del  Ama,  y  mandó  al  Barbero  que  le  fuese 
dando  de  aquellos  libros  uno  á  uno,  para  ver  de  qué  trataban, 
pues  podía  ser  hallar  algunos  que  no  mereciesen  castigo  de  fuego. 
No,  dijo  la  Sobrina,  no  hay  para  qué  perdonar  á  ninguno,  porque 
todos  han  sido  los  dañadores  :  mejor  será  arrojarlos  por  las  ven- 
tanas al  patio,  y  hacer  un  rime-ro  dellos  y  pegarlos  (a)  fuego,  y  si  no 
llevarlos  al  corral,  y  allí  se  hará  la  hoguera  y  no   ofenderá   el 


1.  Quien  dormía  era  D.  Quijote;  de  trescientos  ühros  que  eran  el  regalo 
quien  pidió  fué  el  Cura,  yliubiera  con-  de  su  alma  y  el  enli-etenirnienío  de  su 
venido  expresarlo  así  para  la  claridad.  vida.  Pero  nótese  que  los  cien  cuerpos 
La  Academia  Española,  en  una  nota  eran  de  libros  grandes,  y  que  habia 
sobre  este  pasaje,  procura  excusarlo  otros  pequeños,  de  cuyo  escrutinio  se 
de  un  modo  ingenioso;  pero  pasaje  que  habla  después  con  separación,  dicién- 
necesita  excusa,  no  está  bien.  dose  que  eran  de  poesía  y  entreteni- 

En  vez  de  pidió  las  llares  d  la  Sobrina  miento,  y  empezándose  por  la  Diana  de 

del  aposento,  hubiera  sido  preferible  :  Jorge  de  Montemayor,  á  que  siguieron 

pidió  á  la  Sobrina  las  llaves  del  apo-  otros. 
sentó. 

2.  Cuerpos    de    libros    son   lo    que  ,  ,    „        ,                  ,     ,     • 

ahorallamamos  volúmenes.  Howle  creyó  («)  ,^%Z%  ^'/  ''/''  Í'^'^'"'""°'.t  ^L^'m 

,     ,.             i      I-      •  .           .           i     1  caso  (Véase />¡c.  ae  ía  Acarfewia,  ai't.  ie«).  El 

que  había  contradiccujn  entre  este  lu-  ge^^,}  Corteión  pone,  en  su  lugar,  peqarle  (se 

gar  y  el  del  capitulo  X\IV ,  donde  cuenta  entiende  :  al  rimero). 

D.  Quijote   que  en  su  aldea  tenía  mus  (M.  de  T.) 


74  DON  yciJOTí:  di;  i.\  mancjia 

humo  '.  Lo  mismo  dijo  el  Ama  :  tal  era  la  g-aua  (jue  las  dos  tenían 
de  la  muerte  de  aquellos  inoeentes ;  mas  el  í'ui-a  no  vino  en  ello 
sin  pi'imiíro  leei-  siijuiera  los  títulos.  Y  el  primero  que  raaese 
Nicolás  le  (lió  eu  las  manos,  fué  los  euatro  de  Ainadlx  de  Gaula  ^, 


1.  Decir  que  el  humo  ofendería  en  el 
palio  y  no  en  el  corral,  arüuye  que  ei 
.iposento  tenia  luces  al  patio,  y  no  al 
corral.  Pero  en  adelante  se  supone  lo 
contrario,  porque  se  arrojan  libros  al 
corral  desde  el  aposento,  como  señala- 
damente se  ve  por  el  de  I£splandi;'in, 
que  desde  la  ventana  fué  volando  al 
corral,  dando  prúicipio  al  montón  de 
la  hoc/nera. 

2.  Son  los  que  publicó  Garci  Ordoüez 
de  Montalvo,  regidor  de  ¡Medina  del 
Campo,  después  de  concluida  la  con- 
quista del  reino  de  Granada.  Por  consi- 
jíuiente,  no  pudo  decirse,  como  dijo 
Cervantes,  que  el  libro  de  Aina(Iií>  fué 
el  primero  de  caballerías  que  se  impri- 
mió en  España,  porque  el  de  Tirante  el 
Blanco  se  imprimió  en  iemosin  el 
año  1490  en  Valencia,  como  resulta  de 
las  noticias  que  reco^xió  el  P.  Móndez 
en  su  Tipof/rafia  es¡ia7iola.  (Cervantes, 
ó  no  tuvo  noticia  de  la  ediciim  valen- 
ciana de  Tirante,  ó  sólo  quiso  hablar  de 
los  libros  castellanos,  y  de  éstos  era 
verdad  lo  que  dijo,  pues  el  Tirante 
castellano  no  se  imprimió  hasta  el  año 
de  loli. 

Parece  indudable,  que  el  autor  de  la 
historia  de  Amadis  de  Gaula  fué  Vasco 
de  Lobeira  (a),  natural  de  Oporto,  uno 
de  los  que  D..iuan  1,  Rey  de  Portugal, 
armó  caballero  al  estar  para  darse  la 
célebre  batalla  de  Aljubarrota  el  año 
de  1385  (¡ij.  según  refieren  las  crónicas 


(a)  En  muy  ñxtensa  y  erudita  nota  trata 
el  señor  Cortejón  de  la 'lengua  en  que  se  es- 
cribió el  Amadis,  y  viene  á  adjudicar  la  pater- 
nidad iJe  esta  obra  á  los  portugueses.  Y  eso, 
después  de  hacer  notar  que  las  más  antiguas 
menciones  de  la  obra  se  encuentran  en  escri- 
tores españoles,  como  el  Canciller  López  de 
Ayala,  Micer  P'rancisco  Imperial.  Ferruz  y 
otros.  El  argumento  que  deduce  de  las  pala- 
bras de  Wolf  no  basta  á  debilitar  laopiniím 
de  los  que  sostienen  que  es  un  libro  caste- 
llano. La  época  de  Alfonso  el  Sabio,  gran  pro- 
tector de  literatos  y  poetas,  y  )iocla  y  lite- 
rato de  valía  él  mismo,  era  á "propósito  para 
engendrar  semejante  obra.  Y  si  tenemos  en 
cuenta  el  período,  Inninoso  pai'a  Kspaña.de 
los  últimos  años  del  reinado  de  .Vlfonso  X, 
cosa  que  está  muy  de  acuerdo  con  las  lamen- 


taciimes  del  autor  de  Amadis  acerca  de  las 
costumbres  públicas  (Véase  el  pasaje  citado 
por  Clemencín,  pag.  ")  se  deduce  que  pudo 
muy  bien  escribirse  el  Amadis  en  dichaéiioca. 
lo  cual  conlirma  la  mención  de  .\yala.  Nació 
éste  en  efecto  en  Vó.sl  y.  como  dice  (lue  leyó 
dicha  obra  eu  su  juventud,  debió  ser  esto 
por  los  años  de  WM  ó  poco  más.  El  señor 
Menéndez  Pelayo  (fíistoria  df  Ins  ideas  esté- 
ticas), no  decide  la  cuestión:  pero  aduce  en 
abono  de  la  paternidad  portuguesa  la  tradi- 
ción constante,  cosa  que  no  tiene  un  peso 
decisivo  en  nuestra  historia  liieraria,  como 
lo  prueban  \a.sCáutiya.<i,  utribuiJa»  á  D.Alonso 
el  Sabio.pl  Centón  del  famoso  KachillerCibda- 
Real,  y  otros  hecho»  análogos. 

Por  lo  que  hace  al  argumento  sacado  de 
los  versos  hallados  en  el  ('ancionefode\  Vati- 
cano y  en  el  de  Colocci-Brancutti  no  es  suli- 
ciente  par.i  inclinar  la  balanza  de  la  crítica 
en  favor  d.j  Portugal.  Tampoco  es  argumento 
más  sólido  el  que  los  portugueses  reclamen 
la  paternidad.  Todo  el  que  cree  tener  algún 
derecho  á  algo  que  repiesente  honra  ó  pro- 
vecho, lo  hace  valer  y  sonar.  En  esto  se  con- 
ducen de  igual  modo  pueblos  é  individuos. 
Recuérdese  á  propósito  de  Cervantes,  cuanto 
han  dado  que  hablar  y  que  imprimir  las  diver- 
sas poblaciones  que  se  disputaban  su  cuna. 
Téngase  además  en  cuenta  lo  ocurrido  con 
J'alynertn  dt;  Ingtatfna  (Véase  nota  H  pág.8!)). 

los  ciue,  sin  embargo,  siguen  empeñados 
en  que  han  de  ser  tijeretas,  es  decir  que  Ama- 
din  fué  escrito  en  Portugal,  podríamos  de- 
cirles, como  el  meicader  toledano  á  D.  Qui- 
jote :  "  Vuestra  merced  sea  servido  de  mos- 
trarnos algún  retrato  de  esa  señora,  siquiera 
sea  tamaño  como  un  grano  de  trigo. «  ¿  Qué 
autoridad  puede  tener  la  vaga  noticia  de  que 
existía  un  ejemplar  manuscrito,  en  el  último 
tercio  del  siglo  xvni,  en  una  biblioteca  por- 
tuguesa destruida  en  el  célebre  terremoto  de 
Lisboa?  El  terremoto  tiene  buenas  espaldas 
y  nos  recuerda  aquello  de  : 

El  mentir   de  las  estrellas. 

Quedamos,  pues,  en  que  la  duda  subsiste; 
en  que  no  hay  datos  ni  documento*  sufi- 
cientes para  dictar  un  fallo  detinitivo  como 
el  del  señor  Cortejón ;  en  ([ue  nunca  .se  ha 
conocido  otro  texto  que  el  castellano,  y  en  que 
los  españoles  solemos  mostrarnos  muy  incli- 
nados á  ser,  como  se  dice  en  .Vndahicia, /¿ía- 
cer  de  puerta  ajena.  (De  mi  libro  Manual  de 
Literatura  española  é  liispanoamericana.) 

(M.  de  T.) 

(3)  Lobeira  tenía  entonces  veinte  años,  y 
hacía  ya  más  de  treinta  que  era  conocido  el 
Amadis,  como  queda  indicad(j  en  la  nota 
anterior.  (M.  de  T.) 


IMHMKHA    I'AUIK. 


C.MTIl  i. O    \  I 


piirlii^uesiis.  Nuestro  l)ibliii^'r;iro  \). 
Nicolás  AiiUmio  lo  usiyin)  ('(|iiívii('.i(Im- 
nicnle  ni  siglo  xiii.  Vivii'i  tn  Vclvcs  l.i 
mayor  parle  lie  su  vida,  y  murió  el  año 
(le  l'iUlt.  A  esle  alritiuye  el  libro  de 
A)niidis  el  con^euliuiieulo  uM.íriiuie  de 
los  escritores  de  su  naciim,  testigos 
preícrentps  en  la  materia.  D.  Juan 
Antonio  I'cllicer,  en  el  discurso  que 
precede  ;i  su  cdiciim  del  Qi;ijotk.  dice 
(lue  el  I'.  Sarmiento,  doctisimo  bene- 
dictino, impugna  el  (U'igen  portugués 
de  Aiiiudis,  y  que  lo  atribuye  á  Don 
l'edro  Liipez  de  Ayala.  Canciller  mayor 
de  Castilla,  ó  á  D.  Alonso  de  Cartagena 
Ubispo  de  Hur;.'Os;  pero  esta  opiniím. 
sea  de  quien  fuere-  carece  de  funda- 
mento. El  mismo  López  de  Ayala  habla 
del  libro  de  Amadis  en  el  himado  de 
Palacio,  poema  moral  que  compuso 
ealandu  preso  en  Ituj/alerra,  como 
expresa  su  titulo,  después  de  la  batalla 
de  Nájera  que  perdií»  el  liey  de  Castilla 
J).  Enrique  II  contra  su  hermano  el 
Rey  D.  Pedro,  auxiliado  por  el  Principe 
de  Gales.  En  esta  batalla,  que  fué  el  año 
de  1  67,  D  Pedro  López,  llevaba  el  pen- 
dón de  la  orden  castellana  de  la  Banda, 
y  cayó  prisionero  en  poder  do  los 
ingleses.  El  poeta  se  confiesa  allí  me- 
nudamente de  las  culpas  de  su  vida 
pasada,  y  entre  otras  cosas  dice  (a)  : 

Plopome  otrosí  oir  muchas  vegadas 
Libros  de  flevaneo-;  é  mentiras  probadas, 
Aiiiadís  et  Lanzarote  é  burlas  á  sacadas, 
En  que  perdí  mi  tiempo  á  muy  malas  jorna- 

[das. 

Pero  si  se  acusa  de  haber  oído  ó 
leído  á  Amadis  ¿  cuánto  más  se  acu- 
saría de  haberlo  compuesto  ?  Lo  de  D. 
Alonso  de  Cartagena  es  todavía  más 
repugnante,  porque  nació  el  año  de  1396, 
algunos  después  de  escrito  el  Himado 
de  falacia  :  puesto  que  ü  Pedro  López, 
vuelto  ya  de  Inglat  rra,  se  halló  el 
año  138o  en  la  batalla  de  Aljubarrota. 
Lo  cual  solo  basta  para  conocer  la 
imposibilidad  de  que  fuese  el  autor  de 
Amadis,  aun  cuando  no  se  opusiese 
también  á  ello  el  carácter  y  profesión 
de  D.  Alonso,  tan  ajena  de  este  género 
de  letras,  la  severidad  conocida  de 
sus  costumbres,  incouq)atible  con  los 
pasajes  licenciosos  de  aquel  libro,  y  el 
no  hallarse  mencionado  en  el  catálogo 
de  los  que  compuso  este  Prelado  y 
refirió  su  familiar  Diego  Rodríguez  de 

(a)  Copla  10?. 


Abuela  en  el    Valerio  de  fas  liflnrias 
esroldslicas  y  de  Kspaña  (a). 

Tampoco  pudo  ser  la  composición 
de  Amadis  muy  anterior  á  la  época  de 
la  batalla  do  Nájera.  Por  de  contado, 
puedo  notarse  que  Petrarca  y  IJocacio, 
f|ue  llorecieron  á  mediados  del  siglo  xiv, 
al  hablar  de  los  libros  de  caballerías, 
el  primero  en  el  Triunfo  de  Amor  y  el 
segundo  en  el  Corbacho,  no  nombraron 
el  libro  de  Amadis  como  nombraron  á 
Laiizarote,  ;i  Tris/án  y  á  Flores  o  lilan- 
caflor.  Pero,  en  fin,  pudieron  no  cono- 
cerlo por  nuevo  ó  por  extranjero:  el 
mismo  libro  es  quien  nos  suministra 
un  indici(j  más  positivo  en  el  cap. 
LXXXlll.  donde  refiere  que.  habiendo 
llegado  la  Ilota  de  Amadis  á  la  ínsula 
Firme,  en  señal  de  alegría  fueron  L'ra- 
dos  muchos  tiros  de  lombardas.  La  pri- 
mera uiencií'in  del  uso  de  la  pólvora  en 
las  historias  esjiañolas  es  del  año  1342, 
en  que  la  emplearon  los  moros  para  de- 
fender la  ciudad  de  Algeciras,  sitiada 
á  la  sazón  por  el  Rey  de  Castilla  D. 
Alfonso  el  Xi,  lanzando,  dice  su  cróni- 
ca 'h  ,  muchas  ¡lellas  de  fierro  con  los 
truenos.  Según  los  datos  precedentes, 
el  libro  de  Amadis  hubo  de  escribirse 
desde  el  año  de  1342  al  de  1397.  y  pro- 
bablemente más  cerca  de  éste  que  del 
otro,  porque  la  invención  de  las  lom- 
bardas supone  ya  progresos  ulteriores 
en  el  arte  de  laTormentaria. 

Nada  hay,  pues,  que  destruya  la 
opinión  de  que  Vasco  Lobeira  fué  el 
verdadero  autor  del  Amadis.  Puede 
creerse  que  el  manuscrito  original  ven- 
dría á  poder  del  Infante  D.  .Mfonso  de 
Portugal,  hijo  del  Rey  D.  Juan  1,  el 
fundador  de  la  casa  de  Braganza  y 
tronco  de  la  actual  dinastía  portuguesa. 
Este  Infante,  que  nació  el  año  de  1370, 
fué  muy  aficionado  á  las  letras,  hizo 
colección  de  antigiíedades  y  objetos 
raros  que  adquirió)  en  sus  viajes,  y 
foru!Ó  biblioteca.  El  humor  galante  de 
este  Príncipe  dio  motivo  á  que  se  hiciese 
alguna  alteración  en  el  cap.  XL  de  la 
historia  de  Amadis.  Contábase  allí  la 
soltura  y  liviandad  con  fpie  Briolanja 
había  requerido  de  amores  al  Doncel 
del  mar  :  //  aunque  el  señor  Infante  D. 
Alfonso  de  Portugal,  continúa  el  mis- 
mo capítulo,  habiendo  piedad  de  esta 
herjnosa  doncella,  de  otra  guisa  lo 
mandase  poner,  en  esto  hizo  lo   que  su 

(a)  Lih.  VTTT.  tít.  VI.  cap.  IX.  —  f'/  Cap. 
CCLXXXI. 


Tfi 


nON    oí  I.IOTK    DK    r,A    MANCHA 


merced  fué,  mai  no  íiquello  (¡iie  en 
efecto  de  sus  amores  .ve  escribía.  l>o 
mismo  vuelve  á  indicarse  al  fin  del 
cap  XLIl. 

Sobre  este  incidente  del  libro  de 
Amadis  se  publicó  un  sondo  en  leufíua 
anticua  portu^iiesa  entre  los  Poemas 
lusitanos  del  Doctor  Antonio  Ferreirn, 
impresos  en  Lisboa  el  año  de  1598  {a}. 
Habla  el  Infante  D.  Alfonso  con  Vasco 
Lobeira,  y  dice  : 

Bon  Vasco  de  Lobeira  et  de  ¡íram  sem, 
De  prao  que  vos  aveiles  bem  contado 
O  feito  d'Aiiiadís  enamorado, 
Sem  quedar  ende  por  contar  irem. 

B  tanto  nos  aprougue  et  a  tambem 
Que  vos  sercdns  sempre  ende  loado, 
E  entre  os  homes  bos  (lor  bom  mentado, 
Que  vos  lerao  adeante  et  (¡ue  hora  lem. 

Mais  porque  vos  ficeste.s  á  fiemosa 
Briorauja  amar  ondoado  hu  uom  amaroni. 
Esto  cambade,  et  compra  sa  bontade. 

Ca  eu  hei  gra  do  de  av(>r  (jueisosa 
Por  sa  gram  l'reiuosura  el  sa  bontade 
E  er  porque  o  lim  amor  nom  Iho  pagarorn. 

En  una  nota  de  las  mencionadas 
poesías  lusitanas  de  Ferrcira,  se  afirma 
que  el  original  de  Amadis  estaba  en  el 
archivo  de  los  Duques  de  Aveiro.  Ksla 
noticia,  que  repitieron  D.  Nicolás  An- 
tonio en  la  Bibtioleca  española  y  Diego 
Barbosa  Machado  en  la  Biblioteca,  por- 
tuguesa, publicada  ;i  mitad  del  siglo 
último,  desde  1141  á  n5'2,  me  ha  esti- 
mulado ú  hacer  algunas  diligencias  para 
averiguar  el  paradero  de  este  singular 
manuscrito;  pero  han  sido  inútiles, 
y  sólo  han  producido  vehementes  sos- 
pechas de  que  hubo  de  perecer  en  el 
terremoto  del  día  1."  de  noviembre  del 
año  1"^;J5  con  las  demás  preciosidades 
del  palacio  de  los  Marqueses  de  Gouvea, 
donde  vivían  á  la  sazón  los  Duques  de 
Aveiro,  y  que  se  arruinó  totalmente  en 
dicho  día.  Caso  que  así  no  fuese,  el 
manuscrito  hubo  de  pasar  ni  fisco  con 
todos  los  bienes  del  último  Du<|ue  en  el 
año  de  dlSí),  á  consecuencia  de  aconte- 
cimientos bien  conocidos,  y  á  los  lite- 
ratos portusueses  toca  el  buscarlo. 

Al  Infante  Ü.  .Mfonso.  que  falleció 
ya  nonagenario  el  año  de  1461,  sucedió 
su  hijo  D.  Fernando,  no  menos  en  el 
estado  que  en  la  afición  á  los  libros  y 
asuntos  de  la  Caballería.  De  él  era  fama 
en  Portugal á  pi'incipios  del  siglo  xvique 
había  sido  el  autor  del  libro  de  Amadis 
de  GauZa.  Así  lo  atestigua  D.LuisZapata, 

(a)  Soneto  34. 


paje  de  la  Empernlriz  Doña  Isnhel.  hija 
dfl  Itey  de  Portugal  y  mujer  tlel  Empe- 
rador Carlos  V,  en  un  maruiscrito  de 
la  Hihliotcca  Heal  de  Madrid  que  cita 
Pellicer,  aunque  equivocándolo  con  su 
hijo  el  tercer  Du(}ue  de  Braganza,  que 
tuvo  su  mismo  nombre  y  murió  degul- 
lado  cnEborael  año  de  1483.  Acaso  dio 
origen  á  esta  voz  el  haber  existido  el 
original  en  la  biblioteca  ó  archivo  de 
los  Duques  de  Braganza,  y  haberse  sa- 
cado de  allí  las  copias. 

Después  íle  todo  lo  dicho,  preguntar 
en  qué  idioma  escribié)  Vasco  Lobeira 
la  novela  de  Amadis  de  Gaula,  seria 
lo  mismo  que  pregimtar  en  qué  lengua 
escribió  Homero  i'>  Cicerón:  la  pregunta 
y  la  duda  serían  ridiculas.  Sin  em- 
bargo, los  que  tratan  de  esto,  y  el 
mismo  Pellicer,  suiif)nen  siempre,  sin 
decir  el  fundamento,  que  fué  cas- 
tellano el  original  de  Amadis.  Es  cierto 
que  no  parece  el  texto  portugués,  y 
que  el  más  antiguo  que  conocemos  es 
el  castellano  :  pero  como  de  esas  veces 
se  ha  perdido  el  original  de  un  libro  y 
sólo  nos  han  quedado  las  traducciones, 
ejemplo  tenemos  en  lo  más  sagrado. 
Acaso  puede  explicarse  este  fenómeno 
por  la  popularinad  que  á  principios  del 
siglo  XVI  adquirii'i  generalmente  en 
Europa  el  idioma  caslellano.  lo  cual 
baria  que,  repitiéndose  las  ediciones  de 
la  traducción,  se  mirase  como  inútil 
multiplicar  copias  del  original. 

El  tiempo  en  que  se  hizo  la  versiiin 
castellana  de  Amadis  de  Gaula  no 
puede  señalarse  á  punto  fijo.  Garci 
Ordóñez  de  Montalvo  fué  el  piimero 
que  trató  de  imprimirla.  En  el  prólogo 
c(ue  escribió  para  su  edición,  habla  de 
la  conquista  del  reino  de  Granada  como 
concluida,  y  de  los  Reyes  Católicos 
como  todavia  vivos  :  y  dice  que  corrifjió 
los  tres  libros  de  Arnadís,9?/e  por  falta 
de  los  malos  escritores  ó  componedores. 
mu}i  corruptos  é  viciosos  se  leian  : 
añade  que  trasladó  >/  enmendó  el  libro 
cumio.  En  el  titulo  del  primer  libro 
expresa  que  lo  corriqió  de  los  antiguos 
originales,  que  estaban  corruptos  y 
mal  compuestos  en  antiguo  estilo  por 
falta  de  los  diferentes  y  malos  escri- 
tores, quitando  muchas  palabras  super- 
finas y  poniendo  otras  de  más  pálido  y 
elegante  estilo.  Estas  expresiones  dan 
claramente  á  entender  que  Montalvo 
corrigió,  limó  y  concluyó  trabajos  que 
ya  halló  hechos.  La  primera  edición 
hubo  de  hacerse  en  el  intermedio  del 


l'ltl.MLUA     I'AUIL. 


CAPITI  I.O    VI 


77 


año  (le  14!)2  al  ile  1505;  pero  de  cll.i  no 
se  conocií  cjoinplíir  ¡ilfíuno,  ni  ha  qnc- 
(lailo  niíis  mcinuri.'i  (iiic  el  priiltij,'i).  Se 
cita  una  inipresinn  |>tisleriur;í  la  muerte 
(le  la  Keina  Doña  l.saltel,  lieclia  en  Sala- 
manca el  año  (le  l.'ilO;  otras  se  liicie- 
rou  en  líH'J  y  li)21,  de  cuyo  año  hay  un 
ejemplar  en  la  nililioleca  líeal  de 
>ladrid,  y  después  se  repitieron  varias 
ediciones,  pero  siempre  con  el  mismo 
pnilofío. 

Montalvo  trabajaba  en  lacorreccii'm  de 
la  versit'm  castellana  de  A  mndis  muchos 
años  antes  de  tiatar  de  imprimirla,  por- 
(pie  en  varios  lugares  de  ella  se  anuncia 
el  tpiinto  libro,  ipie  se  añadi()  ;i  ios 
cuatro  primeros,  y  contiene  las  ha/aña,s 
de  Esplaudián;  y  éste,  como  después 
veremos,  se  escribía  en  los  principios 
de  la  guerra  contra  los  Moros  de  Gra- 
nada, quiere  decir,  por  los  años  de  US.j. 
Veinte  años  antes,  ó  cerca  de  ellos,  hubo 
de  hacerse  la  traducción  de  Amadia, 
como  se  deduce  de  aquel  pasaje  del 
cap.  CXXXlll,  donde,  contándose  las 
muestras  de  amor  que  dieron  sus  va- 
sallos al  Rey  Lisuarte.  se  dice  así: 
;0h  cómo  se  dehrian  tenerlos  Rei/es  por 
bienaventurados,  si  sus  vasallos  con 
tanto  amor  1/  tan  gran  dolor  se  sintieran  i 
de  sus  pérdidas  y  fatigas.'  ¡  Y  cuánto^ 
asimismo  lo  seria7i  los  subditos  que  con 
mucha  causa  lo  pudiesen  ij  debiesen 
facer,  seyendo  sits  Beyes  tales  para  ellos 
como  lo  era  este  noble  Hey  (Lisuarte) 
para  los  suyos!  Pera  /  mal  pecado  .'  los 
tiempos  de  agora  mucho  al  C07itrario 
son  de  los  pasados,  según  el  poco  amor 
y  menos  verdad  que  en  las  gentes  contra 
sus  Reyes  se  halla;  y  esio  debe  causar 
la  coslelación  del  ynundo  ser  tan  enve- 
jecida, que  perdida,  la  mayor  parle  de 
la  virtud,  no  puede  llevar  el  fruto  que 
debía,  así  como  la  cansada  tierra,  que 
ni  el  mucho  labrar  ni  la  escogida 
simiente  pueden  defender  los  cardos  y 
las  espinas  con  las  otras  hierbas  de 
poco  provecho  que  en  ella  nacen.  Pues 
roguemos  a  aquel  Señor  poderoso  que 
ponga  en  ello  remedio  :  c  si  á  nosotros, 
como  indignos,  oir  no  le  place,  que  aya 
aquellos  que  aun  drtifro  en  las  fraguas 
sin  deltas  haber  .salido  se  hallan,  que 
los  hagan  nacer  con  tanto  encendi- 
miento de  caridad,  y  amor  como  en 
aquestos  pasados  había;  y  á  los  Reyes, 
que  apartadas  sus  iras  y  S7is  pasiones, 
con  Justa  mano  é  piadosa  los  traten  y 
sostengan  Este  bello  yiasaje,  que  fuera 
tan  impropio   y  ajeno  del  tiempo  de 


orden,  de  justicia  y  de  Irampjilidad  en 
que  se  escribía  el  prolo^^Mi  de  Mcjiítalvo 
y  en  todo  el  reinado  de  I).  l''ernando  y 
iJoña  Isabel,  retrata  tan  al  vi\-o  la  época 
de  los  diez  últimos  años  del  reinado  de 
Ü.  línrifiue  IV,  que  no  parece  sino  que 
se  escribió  poi'  ella,  y  que  el  traductor, 
testigo  de  aquellos  tles<'>rdenes,  no  pu- 
do menos  de  insertar  al  paso  este  hon- 
rado desahogo  de  sus  alectos,  que  no 
conviene  á  ningún  otro  periodo  de  la 
historia  castellana  ni  portuguesa,  desde 
que  el  libro  de  .imadis  se  compuso. 

No  ha  faltado  quien  diga  que  Vasco 
Lobeira  tomó  ó  tradujo  su  Amadis  de 
otro  libro  escrito  anteriormente  en 
lengua  picuda  o  bretona,  de  que  hubo 
un  ejemplar  en  la  biblioteca  de  la  Reina 
Cristina  de  Suecia.  Sabido  es  que  las 
provincias  de  aquella  costa  occidental 
de  Francia  fueron  la  cuna  de  los  histo- 
riadores y  de  las  historias  caballe- 
rescas, y  aun,sisee.\amina  con  atención 
la  de  Amadis,  se  encontrarán  vestigios 
del  idioma  viejo  francés  en  los  nombres 
propios,  como  en  el  mismo  Amadis 
Aime-bieu,  Arcalaus  Are  a  l'eau,  Brio- 
lanja  Brío  l'nnye,  Bonamar  Bonne  Mere, 
Estravaus  [>es  travaux,  y  así  otros.  Del 
mismo  Amadis  cuenta  la  historia  que 
nació  en  la  Bretaña  francesa,  y  que 
fué  expuesto  al  nacer  en  la  corriente 
de  un  río  caudaloso,  que  por  las  señas 
pudo  ser  el  Loira.  Pero  todos  estos  in- 
dicios, sin  la  vista  y  examen  del  ma- 
nuscrito picardo,  y  sin  el  apoyo  de 
testimonios  coetáneos,  ó  por  lo  menos 
inmediatos,  sólo  prueban  que  el  fabu- 
lista fingió  en  esto  con  alguna  verosi- 
militud, (I  acaso  que  quiso  se  atribuyese 
su  historia  á  origen  más  remoto  y 
autorizado,  como  sucedió  en  otros 
muchos  libros  caballerescos  que  se 
supusieron  traídos  de  lejos  y  traducidos 
del  griego,  del  árabe  ó  del  inglés.  Si 
algo  prueban  estos  indicios,  es  contra 
la  procedencia  francesa  del  libro  de 
Amadis;  porque  según  la  oportuna 
observación  de  D  Nicolás  Antonio,  com- 
probada con  los  ejemplos  y  conducta 
de  los  autores  caballerescos,  éstos,  para 
hacer  más  verosímiles  y  creíbles  sus 
ficciones,  debieron  establecer  lejos  de 
su  propio  país  el  teatro  de  los  sucesos 
que  escribían. 

Lope  de  Vega  Carpió,  en  la  dedica- 
toria de  su  novela  intitulada  Las  For- 
tunas de  Diana,  atribuyó  el  libro  de 
Amadis  á  una  dama  portuguesa,  con- 
fundiéndolo al  parecer  con  el  de  Pal- 


78 


DON    OUIJOTI.    DE    LA    MANCHA 


y  dijo  el  Gura  :  Parece  cosa  de  misterio  (''sta,  porque,  según  he 
oído  decir,  este  libro  fué  el  primero  de  (•aiíallerías  que  se  imprimió 
en  España,  y  lodos  los  demás  han  lomado  principio  y  origen 
dt'sle,  V  asi  me  parece  que  como  á  dogmalizador  de  una  sela  lan 
mala  le  debemos  sin  excusa  alj^una  condenar  al  luego.  No  señor, 
dijo  el  Barbero,  que  lambién  he  oído  decir  que  es  el  mejor  de 
todos  los  libros  que  de  esle  género^  se  han  com|nieslo,  y  así  como 
á  único  en  su  arte  se  debe  perdonar.  Así  es  veriJad,  dijo  el  Cura, 
V  por  esa  razón  se  le  otorga  la  vida   por  ahora.  Veamos  esotro  (jue 


inerin  de  Oliva.  Su  lestimonio,  des- 
nudo absolutamente  de  pruebas,  no  es 
(¡e  peso  alguno. 

Los  extranjeros  escribieron  de  esta 
materia  con  una  ligereza  y  descon- 
cierto (|iie  admira.  Hubo  entre  ellos 
quien  altribuyi'i  la  composición  del 
Amadis  á  Sania  Teresa  de  .Jesús,  que 
nació  en  IjI.'í,  cuando  llevaba  ya  siglo 
y  medio  de  escrito  y  mucbos  años  de 
impreso.  U.  Juan  Antonio  Pellicer 
recogió  ésta  y  otras  inepcias  de  los 
autores  extranjeros  en  el  discurso 
preliminar  de  su  edición  del  Ql'uotb, 
donde  podrán  verlas  los  que  quieran 
perder  su  tiempo.   , 

1.  El  autor  del  Diálogo  de  las  len- 
fjuas,  que  tanto  se  cita  en  estas  notas, 
y  cuyo  voto  es  muy  respetable  en 
materia  de  lenguaje,  después  de  haber 
dicho  que  entre  los  libros  caballerescos 
comúnmente  se  daba  la  palma  del 
estilo  á  los  cuatro  libros  de  Amudisia), 
y  en  su  juicio  con  razón,  le  nota  varios 
Ilefectos,  á  pesar  de  los  cuales  con- 
cluye dicienflo  [h]  que  lieue  madui'i  y 
muij  buenas  cosas,  /y  que  es  diño  de  ser 
leído  de  los  que  quieren  aprender  la 
lengua.  Todavía  no  habían  ilustrado  y 
perfeccionado  nuestro  idioma  D.  Diego 
de  Mendoza,  Granada.  Mariana.  Solis, 
Saavedra  y  otros  maestros  de  la  lengua 
castellana,  y  el  libro  de  Amadis  go/.aba 
de  una  celebridad  que  le  mereció  ser 
trasladado  á  diferentes  lenguas.  Nico- 
lás (le  Herberay  lo  tradujo  al  francés 
en  1539,  y  llegó  ;t  ser  en  aijuel  reino 
libro  tan  común  y  tan  leido  como  en 
España.  Según  las  Doticias  recogidas 
por  Pellicer  (c),  el  Rey  de  Francia 
Enrique  111  lo  tenía  en  su  librería  entre 


(a)  Pág.  157.  - 
•ireí.,  pág.  XLIV. 


^6)  Páf.  Iü3.  —  (e)  Di$f. 


Platón  y  Aristóteles.  El  célebre  Marco 
Antonio  Mureto,  el  príncipe  de  los 
latinizantes  modernos,  elogió  con  entu- 
siasmo la  traducción  de  Herberay  en 
metro  vultiar,  del  que,  por  poco  cono- 
cido, copiare  el  siguiente  pasaje  : 

En  vainjadis  le  guerrier  inhumain 
EuHt  rué  bas,  en  sa  fureur  dépit, 
Loji  murs  Troiens  faits  de  divine  main 
Jíí  de  Priam  foudroyé  l'exercite  ; 

Piéce  de  xes  valeren»  fnits 

La  mcmoire  fvLst  achevée. 

Si  ilans  tes  poémen  pnrfaits 

Homero  ne  l'eust  eugrm^ei'... 
Et  qui  sauroit  d' Amadis  la  valeur. 
Les  í/raus   effors,  la  vertu  plus  ijuhumaine. 
Si  Herberai.  den  eloquens  la  fleur. 
A  le  louer  n'eusl  emplnié  sa  peine  ? 

Alais  puis  i]ue  VHamere  second, 

Premiére  gloire  de  la  Franee, 

Sur  son  siiie  dous  et  facond 

An-deistis  ríes  astres  le  lance, 

Tant  que  le  monde  demourra 

Le  los  d' Amadis  ne  mourra. 


D.  José  Rodríguez  de  Castro,  en  el 
tomo  I  tle  su  Bihlioleca  Española, 
donde  se  recogieron  noticias  suma- 
mente curiosas  é  importantes  para 
nuestra  literatura,  liabla  de  una  tra- 
ducción de  Amadis  de  Gauia  al  idioma 
hel)reo,  hecha  por  un  rabino  español 
anónimo,  la  cual  según  el  testimonio 
de  Vosio,  se  custodiaba  en  una  biblio- 
teca de  Alemania. 

Amadis  de  (jaula  dio  también  asunto 
ú  dos  comedias  ca-^tellanas,  una  de  Gil 
Vicente,  dramaturgo  portugués,  y  otra 
de  Andrés  Rey  de  Artieda,  soldado  va- 
liente y  buen"  poeta,  que  quiso  ser  co- 
nocido en  la  república  de  las  letras  por 
el  supuesto  nombre  de  Arlemidoro.  La 
primera  se  prohibió  en  el  índice 
de  lo83  ;  la  segunda  no  se  encuentra. 


I'UIMKHA    ¡'Allli;.    —    CAI'ífl  I.O    \I 


70 


cslá  junio  ;i  él.  Ks.  dijool  K;ii1>(M-o,  las  Sei\(jiin  de  Esplandi.án^ ,  liijO 
hígítiitio  «lo  Amíulis  Je  (iniilii.  Piuvs  cüi  vtüdad,  dijo  el  Cura,  que 
no  lo  ha  de  valor  al  hijo  la  bondad  del  padre  :  tomad,  señora  vVina, 
ahrid  esa  ventana  y  echalde  al  corral,  y  dé  principio  al  montón  de 
la    lioí];-uora  <jue  so  ha  <lo  hacer.  H izólo  así  el  Ama  con  mucho 


1.  Guití  OrdóTiez  de  Montalvo,  en  el 
pnilo^fo  lie  .'íwaí//s,  ofreció  publicar  el 
libro  de  las  Sergaa  <le  EspldndiíJn  su 
lujo  que  hasta  aijiii,  dice,  no  es  memoria 
(le  niii</uno  ser  visla,  <jiie  por  (¡van 
dicha  ¡laresfió  en  una  lumhu  de.  piedra 
(¡ue  debajo  de  la  tierra  en  una  ermita 
cerca  de  Constantinopla  fué  hallada,  y 
traído  por  un  húngaro  mercader  á  estas 
parles  de  KspaFia,  en  la  letra  //  parga- 
mino  tan  antiguo,  que  con  mucho  tra- 
bajo se  pudo  leer  por  aquellas  que  la 
lengua  sabían.  En  varios  parajes  de 
Amadís  se  anunc.i('>  la  ¡¡iiblicación  de 
las  Sergas  de  Esplandiún,  que,  con 
efecto,  llegaron  á  imprimirse,  afirmán- 
dose al  principio  de  la  obra  que  la 
había  escrito  en  griego  el  maestro 
lilisLibad,  que  vio  mucho  de  lo  que 
cuenta,  y  había  sido  nmy  afecto  á  su 
padre  Amadis  :  Las  cuales  Sergas  des- 
pués ú  tiempo  fueron  trasladadas  en  mu- 
chos lenguajes. 

De  este  modo  trató  Garci  Ordóñez  de 
Monfalvo  de  autorizar  la,  historia  de 
Esplandiiín,  dándole  origen  antiguo  y 
extranjero,  conforme  lo  hicieron  tam- 
bién otros  varios  escritores  de  caballe- 
rías Pero  así  como  el  asno  de  la 
fábula,  queriendo  disfrazarse  de  leTm 
ülvid('>  taparse  las  orejas,  asi  también 
á  Montalvo  se  le  escapó  la  mención  de 
la  .artillería,  invención  de  siglos  muy 
posteriores  al  que  se  supone  de  Esplan- 
(iián,  cuando  refirii'i  en  el  cap  CLIII  de 
las  StTiyrt.v  que,  tratando  el  gran  Soldán 
de  combatir  la  ciudad  de  Constanti- 
nopla, mimdr)  sacar  de  las  naves  muy 
muchas  y  grandes  lombardas  y  otros 
tiros  y  aparejos  de  muchas  suertes  para 
el  combale. 

El  raro  y  nunca  visto  nombre  de 
Sergas  fué  artificio  que  discurrió  Mon- 
talvo para  acreditar  el  origen  griego 
ele  la  historia  de  Esplandián.  Porque 
en  este  idioma  spva  significa  hechos, 
hazañas;  y  Montalvo,  que  probable- 
menle  no  sabría  mucho  de  griego,  en 
higar  de  escribir  las  Ergas  puso  la,s 
Sergas.  Así  se  indicó  en  el  cap.  XVI 1 1, 
donde  contándose  que  el  maestro  Eli- 


sabad  se  encargó  de  escribir  la  historia 
de  Esjilarídián  á  ruego  del  Hcy  Lisuarte, 
se  dice  :  Pues  asi  como  oís  fueron 
escritas  estas  Sergas  llamadas  de  Es- 
plandián, que  quiere  decir  las  proezas 
de  Esplandián.  Por  lo  cual  D.  Nicidás 
Antonio,  al  hablar  de  este  libro  en  su 
Biblioteca  antigua,  le  llam<'),  no  las 
Sergwi,  sino  las  Ergas  de  Esplandián. 
En  las  Partidas  se  llama  cantares  de 
gesta  á  los  que  trataban  de  las  hazañas 
de  los  guerreros  célebres.  Acostumbra- 
ban, se  lee  en  la  partida  II,  tit.  XXI, 
ley  XX,  los  caballeros  cuando  comían, 
que  les  leyesen  las  hestorias  de  los 
grandes  fechos  de  armas  que  los  otros 
federan...  é  aun  facien  más,  que  los 
juglares  non  dijesen  antellos  otros 
cantares  sinon  lie  gesta  ó  que  fablasen 
de  feclio  darmus.  Kn  la  misma  signifi- 
cación había  usado  la  palabra  gesta 
Gonzalo  de  Berceo  [a],  y  aun  antes  el 
Poema  del  Cid  : 

Aquí  empieza  la  gesta  de  Mío  Cid  el  de 
[Vivar  (6). 

Ei'(¡a  en  griego,  gesta  en  latín,  hechos 
en  castellano,  todo  es  una  misma  cosa. 
Montalvo  hubo  de  tardar  algunos 
años  en  dar  la  ultima  mano  á  las 
Sergas,  porque  en  el  cap.  XCIX  indica 
que  las  escribía  á  principios  de  la 
guerra  que  los  Reyes  Católicos  hicieron 
á  ios  moros  granadinos;  y  luego,  en 
una  exclamación  que  insertó  en  el 
cap.  Gil,  se  ve  que  estaba  ya  concluida 
aquella  guerra  y  se  había  expelido  de 
España  á  los  judíos.  No  retiñiendo, 
dice,  sus  trsoros,  echaron  del  otro  cabo 
de  los  nutres  aquellos  infieles  que  tantos 
aPios  el  reino  de  Granada,  tomado  y 
usurpado  contra  toda  ley  y  justicia, 
tuvieron  :  y  no  contentos  con  esto, 
limpiaron  de  aquella  sucia  lepra,  de 
aquella  malvada  herejía  que  en  sus  rei- 
nos sembrada  por  muchos  años  esta^>a. 
Ambos  acontecimientos  fueron  el  año 
de  1492. 


i)  Cüpla'í'il.  -  (/')  V.  lu'J3. 


80 


DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCFIA 


contento,  y  el  bueno  de  Esplandián  íxié  volando  al  corral,  espe- 
rando con  toda  paciencia  el  luego  que  le  amenazaba.  Adelante, 
dijo  el  Cura.  Este  que  viene,  dijo  el  Barbero,  es  Amadis  de 
Grecia  *,  y  aun  todos  los  dcste  lado,  á  lo  que  creo,  son  del  mismo 
linaje  de  Amadis^.  Pues  vayan  todos  al  corral,  dijo  el  Cura,  que 
á  trueco  de  quemar  á  la  Reina  Pintiquinestra  ^  y  al  pastor 
Darinel,  y  á  sus  églogas  '  y  á  las  endiabladas  y  revueltas  razones 


1.  Crónica  del  muu  valiente  y  esfor- 
zado Príncipe  y  caballero  de  la  Ar- 
diente Espada,  Amadis  de  Grecia,  hijo 
de  Ltsuuite  de  Grecia,  Emperador  de 
Coiislanlinoplu  y  de  Trapisonda  y  Rey 
de  liadas.  Asi  dice  el  titulo  de  la  edi- 
ción de  Lisboa  de  loüfi.  Otra  se  había 
hecho  en  Sevilli,  año  1542  :  tiene 
primera  y  segunda  parte. 

El  sabio  Alquife,  que  suena  ser  el 
cronista,  la  dedicó  á  Amadis,  Hey  de 
la  Gran  Bretaña  y  de  Gaula.  hijo"  del 
Rey  Periún  y  de  la  Heina  Elisena.  Se 
dice  que  el  original  estaba  en  griego, 
y  que  de  él  se  tradujo  en  latín  y  des- 
pués en  romance. 

2.  Aquí  se  comprendían  todos  los 
libros  cab  illerescos  de  la  casa  de 
Grecia,  Lisuarte,  Florisel,  Silvis  de  la 
Selva,  D.  Rogcl,  Esferamundi,  y,  en 
suma,  todas  las  historias  de  los  des- 
cendientes de  Amadis  de  Gaula,  de  que 
se  hablará  en  las  notas  al  cap.  XI II. 

3.  Yo  no  sé.  qué  es  lo  que  pudo  dar 
motivo  á  Pellicer  para  decir  en  su  nota 
sobre  este  lugar,  que  Pintiquinestra 
fué  una  yiyanla  de  espantosa  y  ridicula 
fiyura.  La  Reina  Pintiquinestra,  de 
quien  se  bace  mención  en  Amadis  de 
Grecia,  fué  Reina  de  Sobradisa,  mujer 
de  Perión.  hijo  de  Don  Galaor  y  so- 
brino de  Amadis  de  Gaula  (a).  De  ésta 
no  pudo  decirse  que  fué  giganta  de 
buena  ni  mala  figura.  Perión  se  ena- 
nioró  de  ella,  como  se  refiere  en 
Lisuarte  de  Grecia (/>);  y  de  este  matri- 
monio nació  el  doncel  Rravarte,  á 
quien  armó  caballero  su  tí(j  Amadis  de 
Gaula  (c).  De  otra  Reina  Pintiquinestra 
se  habla  en  Lisuarte,  que  era  Reina 
Amazona,  y  llamándose  señara  de  la 
gente  men^iuada  de  telas,  vino  con  seis 
mil  mujeres  archeras  en  auxilio  de  los 

(a)  Parte  1,  cap>.  XXI  y  XXIII.  —  (6) 
Cap.  XI.TX.  —  (c)  Amadis  de  Grecia,  parte  I, 
cap.  XXI. 


paganos  que  sitiaban  á  Constantino- 
pla  (a);  después  se  hizo  cristiana,  y  se 
pasó  al  bando  de  los  cercados.  Reíie- 
rense  de  ella  varias  hazañas  y  desafíos, 
y  hablándose  de  uno  de  ellos  se  dice 
que  era  muy  yrande  de  cuerpo  y  her- 
mosa y  muy  bien  parecida;  y  como 
Iraia  quitado  el  yelmo,  parecía  tan 
hermosa  como  dnyel  {!>).  Nada  de  esto 
es  giganta,  ni  espantosa  y  ridicula 
figura. 

4.  Darinel,  pastor  mancebo  y  gran 
luchador,  hijo  de  un  villano  neo  de 
Tirel,  lugar  en  tierra  de  Alejandría  de 
Egipto,  amaba  á  Silvia,  hija  de  la 
Princesa  Onoloria  ;  la  cual,  recién 
nacida,  había  sido  entregada  á  un 
escudero  y  á  su  mujer,  y  se  criaba  des- 
conocida, apacentando  el  ganado  de 
sus  supuestos  padres  en  una  floresta  á 
orillas  del  Nilo,  cerca  de  la  ciudad  de 
Babilonia  fasí  suele  llamarse  al  Cairo 
en  los  libros  é  historias  de  la  Edad 
Media).  En  la  segunda  parte  de  Amadis 
de  Grecia  (c)  se  refieren  los  largos 
discursos  del  enamorado  pastor,  unas 
veces  á  solas,  otras  con  su  pastora  por 
aquellos  valles  y  bosques,  ¡lacia  apos- 
trofes á  las  aves,  hablaba  con  las 
flores,  tocaba  la  flauta,  cantaba  y  repre- 
sentaba versos  :  he  aquí  las  églugas 
que  decía  el  Cura.  Finalmente,  D.  Flo- 
risel se  llevó  á  Silvia  y  á  Darinel  á 
Niquea  (d).  Del  estilo  de  Darinel  y  de 
sus  endiabladas  y  revueltas  razones, 
puede  ser  muestra  aquello  que  decia  A 
la  Infanta  Leonida  e'i  :  ;0h  mi  señora 
y  (dma  de  aquelbi  alma  por  avien  la 
mia  viviendo  muere!  ¡  Oh  qué  glorias  es 
á  mis  ojos  veros  y  ver  en  vos  como 
espejo  á  la  de  mi  Siluia!  De  sus  versos 
pastoriles  se  volverá  á  hablar  en  ade- 
lante. 

—  (a)  Caps.  XXXI  V  XXXVIII.  —  (fti  Cap. 
XLII.  —  íci  Caps."  C.K.KX  v  CXXXI.  — 
(d)  Cap.  C.XXXIII.  —  (e)  Parte  III  de  Flo- 
risel, cap.  LXXX\'I. 


i 


PniMKn.V    PARTR.     —    CAPÍTLI.O    VI  SI 

(le  su  aulor,  (|ueinara  coa  (íllos  al  padre  que  me  enj^^cudró,  si 
niiduviera  en  lif^ura  do  caballero  andante.  De  ese  parecer  soy  yo, 
dijo  el  Barbero  ;  Y  aun  yo,  añadi(>  la  Sobrina.  Pues  así  es,  dijo 
el  Ama,  vengan,  y  al  corral  i;on  ellos.  Diéronselos,  (jue  eran 
nuichos,  y  ella  ahorr(')  la  escalera,  y  dio  con  ellos  por  la  ventana 
abajo.  ¿Quién  es  ese  tonel?  Dijo  el  Cura.  Este  es,  respondió  el 
Barbero,  D.  Olivante  de  Laura  '.  El  autor  dése  libro,  dijo  el  Cura, 
fue  el  mismo  <|ue  compuso  á  Jardín  de  Flores,  y  en  verrlad  que  no 
sepa  delcrmiuar  cuál  de  los  dos  libros  es  más  verdadero,  ó  por 
decir  mejor,  menos  mentiroso  :  sólo  sé  decir,  que  éste  irá  al  corral 


1.  Historia  del  invencible  cahallero 
D.  Olivante  (te  Laura,  Principe  de 
Macedonia,  que  vino  á  ser  Empera- 
dor de  Conslantinoplo  :  Barcelona,  en 
casa  de  Claudio  Bornat,  impresor  y 
librero,  año  1564.  Consta  de  tres  li- 
bros, y  al  fin  del  tercero  se  ofrece  el 
cuarto.  El  impresor  dedicó  la  obra  al 
Rey  L>.  Felipe  il  ;  pero  el  autor  fué 
Antonio  de  Torquemada,  secretario 
del  Conde  de  Bcnavente,  que  escribió 
también  el  Jardín  de  flores  de  que 
aquí  hace  memoria  Cervantes,  y  los 
Coloquios  saíiricos,  que  se  imprimie- 
ron en  Mondoñedo  el  año  de  15.5.3.  No 
sé  por  qué  se  llama  tonel  al  libro  de 
Olivante,  que  sólo  tiene  506  páginas, 
cantidad  moderada  para  un  tomo  en 
folio. 

El  autor  cuenta  en  el  prólogo  una 
visión  ó  sueño  que  tuvo,  durante  el 
cual  la  sabia  Ipermea  le  entregó  el 
libro  de  Olivante  para  que  lo  publicase. 
Por  aquí  puede  formarse  alguna  idea 
de  lo  disparalado  del  libro,  á  que  se 
puede  agregar  la  descripcii')n  que  hace 
del  alcázar  ó  casa  de  la  Fortuna,  fa- 
bricada por  la  gran  sabidora  Leocasta, 
toda  labrada  de  diamantes,  rubíes, 
esmeraldas,  jacintos,  carbunclos,  topa- 
cios y  otras  infinitas  maneras  de  pie- 
dras preciosas.  Su  forma  era  redonda 
con  seis  esquinas,  y  en  cada  esquina 
una  torre  muy  alta,  y  en  inedio  otra 
torre  todavía  más  alta  que  ninguna  de 
las  otras  :  la  cobertura  de  la  torre, 
que  en  un  circulo  Irianr/ular  se  hacía, 
era  toda  íiecha  solamente  de  carbun- 
clos, los  cuales  así  resplandecían  como 
si  mucha.t  liachas  allí  encendidas  estu- 
vieran. La  roca  en  que  estaba  la  casa 
de  la  Fortuna  era  tan  escarpada,  que 
no  parecía  posible  subir  :  tenía  poco 


menos  de  una  legua  de  circuito,  y  de 
altura  casi  dos  lef/uas  {a). 

Menciona  aquí  el  cura  el  Jardín  de 
flores,  libro  de  argumento  singular  por 
las  patrañas,  cuentos  y  creencias  vul- 
gares qae  contiene.  Mal  año  para  el 
Ente  dilucidado  del  Padre  Fuentela- 
peña,  las  Conversaciones  instructivas, 
del  Padre  Arcos,  y  las  Ilusl raciones  va- 
rias deD.  .lu.m  Bernardiüo  Rojo  :  en  el 
Jardín  de  flores  se  ven  mujeres  de  rara 
y  estrafalaria  fecundidad:  unaque  parió 
enAlemnniadeunavez  ciento  cincuenta 
hijos  :  otra  en  Irlanda  trescientos  se- 
senta y  seis  (que  son  tantos  como  días 
tiene  el  año  bisiesto)  :  otra  que  dio  á 
luz  un  elefante  ;  otras  que  paren  ranas 
ó  sapos,  cosa  ordinaria,  dice,  en  Ña- 
póles ;  hombres  que  se  cubren  todo  el 
cuerpo  con  las  orejas  ;  hombres  con 
cola,  unos  de  pavo  real  y  otros  de 
zorro  :  la  hierba  con  que  Salomón  cu- 
raba los  endemoniados  ;  la  muela  de 
San  Cristób.il  en  Coria,  y  \n  quijada  en 
Astorga  ;  viejos  y  viejas  que  vuelven  á 
ser  jóvenes;  una" />/a6/oZo.9m completa, 
diablos  mayores  y  menores.  íncubos  y 
sncubos;  y  su  división  general  en  seis 
clases,  cuyos  diversos  otícios  y  ejerci- 
cios se  describen  con  separación  ; 
duendes,  bi-ujas.  saludadores  y  apari- 
ciones, que  es  un  juicio.  Cervantes,  cuya 
censura  r¡o  dejaba  escapar  impune 
ningi'm  abuso  cuando  se  presentaba 
oportunidad,  criticó  el  Jardín  de  flores 
de  una  plumada  tan  graciosa  en  sí, 
como  propia  del  intento  general  del 
QiiJOTE,  comparándolo  con  un  libro  de 
Caballerías,  y  diciendo  que  no  sabría 
determinar  si  era  más  verdadero  ó  me- 
nos mentiroso  que  el  de  Olivante. 

'a)  Lib.  II,  cr,n   TV. 


82 


nON    QUIJOTE    DE    I.A    MANflIA 


por  disparatado  y  arrogante.  Este  que  se  sigue  es  Florismarle  de 
Ilircan/d  \  dijo  el  Barbero.  ¿Ahí  está  el  señor  Florismarte  ? 
replicó  el  Cura;  pues  á  le  que  ha  de  parar  presto  en  el  corral,  á 
pesar  de  su  extraño  nacimiento  y  soñadas  aventuras,  que  no  da 
lugar  ó  otra  cosa  la  dureza  y  sequedad  de  su  estilo  :  al  corral  con 
él,  y  con  esotro,  señora  Ama.  Que  me  place,  señor  mío,  respondía 
ella,  y  con  mucha  alegría  ejecutaba  lo  que  le  era  mandado.  Este 
es  El  Caballero   Platir  2,  dijo  el  Barbero.  Antiguo  libro  es  ese. 


1.  Melchor  Ortega,  caballero  de 
ÍJbeda,  publicó  en  Vallailolid  el  aúoL^SO 
la  primera  parte  de  la  Hisloriadel  Prin- 
cipe Felixinarlede  llircaniUy  que  supuso 
traducida  del  toscano,  y  la  dedicó  á 
Juan  Vázquez  de  Molina,  secretario  del 
Keyydel  Consejo  de  Estado.  El  héroe 
se  llaun'i  primero  Florismarte  y  después 
Felixmarle,  como  en  otros  parajes  le 
llama  Cervantes  (a). 

Llámase  extrafio  su  nacimiento  porque 
su  ma  iré,  Marcelina,  le  parió  en  un 
monte  en  manos  de  una  mujer  salvaje; 
pero  no  se  ve  la  razón  de  hacer  mérito 
peculiar  de  ello  en  Florismarte,  siendo 
comunísimo  en  los  autores  caballerescos 
acompafiar  con  circunstancias  extraor- 
dinari;:s  y  maravillosas  el  nacimiento 
de  sus  héroes.  Al  nacer  Amadis  de 
Gaula,  e?.  metido  en  una  arquilla  y  ex- 
puesto en  las  aguas  de  un  caudaloso 
rio.de  Bretaña,  como  Moisés  en  l.is  del 
N'ilo, y  saliendo  al  mar,  es  recogido  por 
unos  navegantes  (6).  Tristán  de  Leonís 
nace  en  un  bosque,  yendo  su  madre  á 
buscar  á  su  esposo  Meliodes  :  pone  á  su 
hijo  el  nombre  de  Tristán  en  memoria 
de  la  tristeza  en  que  se  hallaba:  lo  besa 
y  expira  (c).  La  Reina  Rosianada  á  luz 
H  Olivante  en  una  floresta,  de  donde  1<> 
arrebata  una  doncella  y  lo  lleva  á  la 
sabia  Ijiermeaá  la  isla  de  Laura  [d¡. 
Flora m bel  de  Lucea  acaba  de  nacer:  el 
sabio  Adriacón,  señor  del  castillo  de 
Rocaferro,  pariente  del  toldan  de  .Ni- 
quea  y  grande  encantador,  entra  en  la 
cámara  de  su  madre  Bebulina  acompa- 
ñado de  un  león  furioso  :  arrebala  al 
recién  nacido,  y  lo  lleva  '-n  una  nube  .i 
Rocaferro  para  matarln -.  pero  compa- 
decido, muda  de  propósito,  y  lo  cria  y 


(a)  Cap.  XIII,  XXXU  y  XLIX  de  la  pri- 
mera parte,  y  I  do  la  segunda.  —  Ih)  Amidis 
de  Gaida,  ca}).  II.  —  (c)  Lib.  I,  cap.  X.XI.  — 
{(/)  Lili.  I.  cap.  V. 


educa  en  aquel  castillo  (a).  Cuando  nació 
el  Príncipe  Belflorán  en  el  castillo  de 
Medea,  lo  robóMerlin  para  criarlo  ;  des- 
aparecii'i  conél,y  lo  llevi'i  á  lejas  tierras, 
á  una  ermita,  donde  le  bautizó  el  ermi- 
taño (6).  También  fué  robado  al  nacer 
Leandro  el  Bel,  hijo  del  Caballero  de 
la  Cruz,  por  el  sabio  Artidoro,  que  se 
metió  con  él  en  una  nube  y  lo  condujo 
á  su  isla,  donde  haciéndolo  primero  sun- 
tuosamente bautizar,  lo  crii)  en  un  deli- 
cioso palacioencantado(c,.  En  Florando 
de  Castilla,  el  mago  Arca'm,  en  forma 
de  hipógrifo,  se  llevó  por  el  aire  á 
Leonido  cuando  acab  ;ba  de  parirlo  la 
Infanta  Safirina,  y  lo  puso  en  poder  del 
Sultán  de  Babilonia.  De  Angeloro,  hijo 
de  Medoro  y  Angélica  la  Bella,  cantó 
el  famoso  Lope : 

Así  como  nació  la  sabia  Argiva, 
que  el  casamiento  desigual  desama, 
porque  lieredero  de  Medor  no  viva, 
hurtóle  de  los  biazos  de  su  ama  ; 

y  metido  en  una  canastilla  de  mimbres 
lo  arrojó  al  mar,  donde  aportando  á  una 
isla,  le  dio  educación  Proserpido  el 
Sabio,  como  en  otro  tiempo  Quirón  á 
Aquilesen  la  isla  de  Esciros. 

2.  Crónica  del  muy  valiente  y  esfor- 
zado Caballero  Platir,  lujo  del  Empe- 
rador Primaleón  :  Valladolid,  1533.  El 
autor,  que  no  se  nombra,  dedicó  su 
obra  á  D.  Pedro  Ivarez  Osorio  y  Doña 
María  Pimentel,  Marqueses  de  Asforga. 
Platir,  nieto  de  Palmerín  de  Oliva  y 
el  mt-nor  de  los  cuatro  hijos  que  tuvo 
Primaleón,  Emperador  de  Constanti- 
nopla,  fué  Rey  de  Lacedemonia  y  casn 
conSideba,  hija  del  Rey  Tarnaes.  Hubo 
de  ser  Platir  caballero  de  poca  impor- 
tancia y  nombradla  entre  los  aventu- 


ia,  Lil».  I,  cap.  XX.  —  (ft)  Belianis  de  Gre- 
cia, llb.  III,  cap.  XXIV.  —  (c)  Caballero  de 
la  Cni:,  lib.  II,  cap.  X. 


PniMKHA    PARTK.    —    CAPITULO    VI 


83 


(lijo  el  Cura,  y  no  hallo  en  él  cosa  que  merezxa  venia;  acompañe 
í\  los  demás  sin  réplica,  y  así  (ué  hecho.  Abrióse  otro  libro,  y 
vieron  (juc:  tenía  por  lilulo  Í<J/  Caballero  de  la  Cruz*.  Por  nombre 
tan  sanio  como  este  bbro  lieue,  se  podía  píU'donar  su  ignorancia; 
mas  también  se  suele  decir  tras  la  cruz  está  el  diablo  :  vaya  al 
íuego.  Tomando  el  Barbero  otro  libro,  dijo  :  Este  es  Espejo  de 
caballerias'^.  Ya  conozco  á  su  merced,  dijo  el  Cura  :  Ahí  anda  el 


reros.  cuando  Cervantes,  ponderando 
lo  que  extrañaba  no  hallar  escrita  la 
historia  de  L).  (,)uijote,  dccia  {a)  (jue  no 
había  de  ser  tan  desdichado  tan  buen 
caballero  que  le  fallase  ú  él  lo  que  le 
sobró  á  Platir. 

1.  Fué  el  titulo  que  llevó  el  inven- 
cible caballero  Lepolemo,  hijo  del  Em- 
perador de  Alemania.  Divídese  su  his- 
toria en  dos  partes,  compuestas  por 
Pedro  de  Ltiján.  La  primera  trata  de 
Lepolemo,  y  en  su  dedicatoria,  dirigida 
al  Conde  de  Saldaña,  dice  el  autor  que 
la  tradujo  delariibigo,  en  que  la  escribió 
el  Moro  Xartón.  A  continuacii'm  de  esta 
dedicatoria  se  lee  la  del  autor  maho- 
metano al  Soldán  Zulema,  de  cuya 
orden  se  supone  escrita  la  historia. 
Xart(')n,  según  refiere  la  misma  histo- 
ria (6),  fué  nigromante  ;  pero  después, 
habiéndose  hecho  cristiano,  jamás  usó 
ya  de  las  artes  mágicas.  En  el  capí- 
tulo LXXXVIII  de  la  segunda  parte  se 
dice  que  el  original  arábigo  estaba 
traducido  en  alemán  y  en  griego.  Dicha 
segunda  parte  contiene  la  historia  de 
Leandro  el  Bel,  hijo  de  Lepolemo,  que 
se  finge  escrita  en  griego  por  el  sabio 
Rey  Artidoro.  Lujan  la  dedicó  al  Conde 
de  Niebla,  y  en  el  capítulo  XG  ofrece 
la  traducción  de  la  tercera. 

La  historia  del  Caballero  de  la  Cruz 
se  nombra  ya  en  el  Diálogo  de  las  len- 
guas. Bowle  cita  una  edición  hecha  en 
Sevilla  el  año  L^34  :  en  la  Biblioteca 
Real  de  Madrid  hay  otra  de  Toledo, 
año  de  1343,  y  después  se  repitieron 
otras. 

Entre  el  libro  del  Caballero  de  laCruz 
y  el  Quijote  hay  una  semejanza,  que  es 
la  del  origen  arábigo,  tan  verdadero  en 
el  uno  como  en  el  otro,  pero  acomo- 
dado á  la  opinión  de  los  que  creyeron 
que, esta  clase  de  libros  nos  vino  de 
los  Árabes.  Opinión  contradicha  no  sólo 


por  los  datos  de  la  historia,  sino  tam- 
bién por  la  comparacii'in  entre  las  cos- 
tumbres mahometanas  y  las  que  des- 
criben los  libros  caballerescos  ;  entre 
el  desprecio  esencial  que  los  musulma- 
nes hacen  de  las  mujeres,  y  la  especie 
de  idolatríaque  los  andantes  profesaban 
á  sus  damas  ;  entre  las  cadenas  y 
sujeción  del  harem,  y  la  desenvoltura 
y  vagancia  de  Angélica  y  demás  don- 
cellas andantes  (I  guerreras.  El  caballero 
andante  es  el  esclavo  de  la  que  ama  ; 
el  musulmán  es  su  tirano.  Ningún 
musulmán  llamó  jamás  mi  Dios  ni  tni 
Diosa  á  su  querida,  como  lo  hicieron 
los  caballeros  ;  ni  caballero  alguno 
puso  la  suya  bajo  la  custodia  y  férula 
de  un  eunuco.  Las  ideas  y  costumbres 
caballerescas  tienen  mucha  más  co- 
nexión con  las  de  los  puelilos  antiguos 
del  Norte,  que,  según  el  testimonio  de 
Tácito,  atribuían  al  bello  sexo  un  ca- 
rácter sagrado  que,  sin  llegar  á  divino, 
sobrepujaba  al  común  humano  (a). 

2.  D.  Juan  Antonio  Pellicer  confun- 
dió el  Espejo  de  caballerías  con  el 
Espejo  de  Príncipes  y  Caballeros,  que 
es  la  historia  del  Caballero  del  Febo  : 
de  cuyo  error  participó  también,  á  pesar 
de  su  erudición,  D.  Gregorio  Mayánsen 
el  número  81  de  la  l'ida  de  Cervantes. 
Pero  la  sucinta  noticia  que  el  cura  da 
aquí  del  Espejo  de  caballerías  bastaba 
para  el  deseníjaño,  pues  el  otro  Espejo 
no  hace  mención  de  Reinaldos  deMon- 
talbán,  ni  de  los  doce  Pares,  ni  del 
historiador  Turpín.ni  tiene  parte  de  la 
invención  de  Boyardo,  que  son  las 
señas  que  da  Cervantes  del  libro.  La 
calidad  de  ladrones  que  el  Cura  aplica 
á  Reinaldos  y  sus  compañeros,  indica 
que  el  Espejo  de  caballerías  es  lo  mis- 
mo que  la  historia  de  Reinaldos,  citada 
en  el  capítulo  primero  del  Qumote, 
según  el  cual,  en  ella  se    veía  salir  á 


(a)  En  el  cap.  IX.  —  (¿)  Lib.  II,  cap.  LXXX. 


(a)  Germán.,  cap.  VIII. 


8í 


DON    OriJOTE    ÜK    r.\    MWr.ílA 


señor  Reinaldos  de  Montalbán  con  sus  aniipfos  y  compañeros,  más 
ladrones  que  Caco,  y  los  doce  Pares  con  el  verdadero  historiador 
Tur|)ín  ',  y  en  vei'dad  ({ue  estoy  por  condenarlos  no  más  (pje  á 
destierro  perpetuo,  siquiera  porque  tienen  |)arte  de  la  invención 
del  famoso   Maleo  Boyardo  -,  de  donde   también  tejió  su   lela  el 


Reinaldos  de  su  castillo  //  robar  cuanlus 
topaba,  1/  cuando  en  Allende  robó  aquel 
Ídolo  (le  Mahü)na,  que  era  lodo  de  uro, 
ser/ún  dice  su  historia.  I.nis  Pnlci,  en  su 
Margante,  nombra  á  Arnaldo  Daniel, 
trovador  ó  poeta  provenzal  que  murió 
hacia  (ines  del  siglo  xiii,  como  aulorde 
una  historia  ó  novela  de  Reinaldos, 
donde  se  relieren  las  hazañas  de  éste  en 
Egipto,  lista  noticia  cuadra  con  li  del 
capitulo  primero  del  Qlijotk.  y  me  in- 
duce «í  sospechar  como  verosímil  que 
el  Espejo  de  cahallerias  es  en  el  fondo 
alguua  traduccii'tn  del  libro  de  Arnaldo. 
D.  Nicolás  Antonio  menciona  una 
obra  intitulada  Lilao  del  noble  y  esfor- 
zado caballero  Reinaldos  de  Montalbán, 
1/  de  las  (fnnides  proezas  y  extraños 
hechos  en  armas  que  él  y  Roldan,  y 
todos  lo";  doce  Pares  paladinos  hicieron  : 
Sevilla,  1525  ;  en  folio.  Menciona  asi- 
mismo otra  olira  con  el  título  de  Pri- 
mera, segunda  y  tercera  parle  de  Or- 
lando enamorarlo .  Espejo  de  caballeros, 
de  los  hechos  del  Conde  Roldiia,  Reinaldos 
de  Montalbán  y  otros,  por  Pedro  de 
Ueinosa,  toledano  :  Medina  del  Campo, 
\'i6v>.  Hablan  también  D.  Nicohís  An'Quio 
y  Don  Tomás  Tainayo  de  V'argas  de  la 
Primera,  seyunda  y  tercera  parte  de 
D.  Reinaldos  de  Monlalhán.  Emperador 
de  Trapisonda  :  traducción  del  italiano 
por  Luis  Domínguez,  que  se  imprimió 
en  Perpiñáupor  Sansón  Arbús,  año  1589. 
y  de  que  he  visto  citada  otra  edición 
hecha  en  Toledo,  año  de  l5-")8.  üowle 
nombró  una  impresi  m  del  Espejo  de 
caballerías  en  Medina  del  Cauípo, 
año  ioSf).  Esta  es  la  obra  cilada  en  el 
Escrutinio ;  pero  no  habiendo  logrado 
verla,  como  ni    tampoco  las    otras  de 

3ue  acaoa  de  hal)larse,  no  puedo  decir 
e  la  relacii'in   que  tengan  entre  si,  ni 
pasar  adelante  en  mis  conjeturas. 

1.  Turpin  ha  llegado  á  ser  el  verbi- 
gracia de  los  tinbusteros,  como  su  pai- 
sano y  contemporáneo  Galal.'in,  de  los 
tr;tidores  ;  y  acaso  no  hay  más  razón 
paralo  unonuf^para  lootro..li!nnTurn¡n 
ó  Tilpin  fué  un  .Vizobispo  de  Keims  que 


vivii'i  en  lieinpo  de  Carlomagno  (a);  y 
dos  siglos  despui's  se  escribió  bajo  su 
nombre  una  historia  de  los  hechos  de 
aquel  Príncipe  en  dos  libros,  llenos  de 
cuentos  y  mentiras.  Esla  obra,  que 
logró  crédito  á  Favor  de  la  ignorancia 
de  aquellos  tiempos,  y  se  nombró  con 
elogio  en  la  Biblioteca  del  abad  Juan 
Tritemio,  escrita  á  fines  del  siglo  xv, 
fué  uno  de  los  textos  de  que  so  valió 
Nicolás  de  Piamonte  para  la  Historia 
vulyar  del  Emperador  Carlomayno  y  de 
los  doce  Pares  de  Francia,  que  se  un- 
primió  en  Sevilla  el  año  de  1528.  y 
después  infinitas  veces.  Por  la  común 
reputación  de  embustero  llama  inmi- 
camente  Cervantes  á  Turpin  verdadero 
historiador,  imitando  en  esto  .i  Ar:osto, 
que,  con  la  misma  ironía,  le  llamó 
veraz  (u/.  .Mude  á  lo  mismo  P'rancisco 
Garrido  de  Villena,  que  en  el  libro 
primero  (ó)  de  su  poema  sobre  la  batalla 
de  Koncesvalles,  h  ibla  asi  de  Koldán  : 

Dice  Turpin  que  aquel  Conde  de  Brava 
Toda  su  vida  fué  viígi'n  y  casto  : 
Creed  lo  que  queráis  del  Paladino, 
Que  mucha.s  cosas  dice  asi  Turpino. 

Y  Villaviciosa.  en  su  poema  burlesco 
de  la  Mosquea  (c;  : 

Hoy  se  despiertan  las  verdades  pura.s 
D«»l  profundo  lelargn  y  duro  sueño 
De  las  prisiones  del  "Ivido  ol)scnras  : 
Hoy  á  la  luz  de  la  veid.ad  enseño 
I>a  historia  á  quien  diú  principio  y  fin 
La  pluma  arzobit-pal  de  1).  Turpin. 

2.  Conde  de  Escandiano  :  escribió 
el  poema  caballeresco  de  Orlando  en- 
amorado, que  continuó  despiiés  Ludo- 
vico    Ariosto    en    su    Orlando   furioso. 


(a)  C;into  XXX.  est.  40. 
—  (c)  Canto  I,  est.  7. 


(6  Canto  XXIV. 


(a)  El  señor  Gastón  Paris.  en  su  maijistra 
estudio  de  Pxeiido  Tur/uno,  i\euiOslró  que  esta 
célebre  crónica  es  una  superchería  históvi- 
coliteraria.  (M.  de  T.) 


PKIMI.IIA    l'AlCli:. 


CAPlTfl.O    VI 


8:í 


crisliaiK»  |io('l;i  IjkIovÍco  Arioslo  ^  ;  al  cual  si  a(|ui  l»>  hallo,  y  (|iio 
habla  ni  otra  lengua  que  la  suya,  iio  Ir  j^iiaivlaiv'-  respeto  al<<(iino; 
pero  si  halila  eii  su  iilioiiia,  le  poiidiv  soljie  mi  calx'za  Pues  yo 
le  Ionizo  en  ilaliaiio,  dijo  el  Haibei'o,  mas  no  le;  eiilieiido.  Ni  aun 
liicra  bien  que  vos  hí  eiileiKlií'rades  ^,  res[)ondió  ol  C-ura;  y  aquí 


Tradujo  á  Boyardo  Francisco  (íarrido 
de  Viileiia,  natural  do  Hac/a,  y  1^' 
imprimii')  el  año  de  \')'l,  dedicándolo 
á  O.  Pedro  Luis  (¡alcer.ín  de  Horia. 
Maestre  de  Monlesa.  Su  Iraduccii'm 
está  llena  de  ilalianisnios  insnlriblis  : 
suprimió  alfíunas  cosas  y  añadió  otras, 
como  é\  Miisino  advierte  en  su  pi'idouo 
donde,  u-ando  lic  una  e\jirc.si('iM  |)nro- 
cida  á  la  ile  Cervantes,  dice  que  se  mo- 
vió á  traducir  ei  Orlamlo  enatnonido 
pnj-  ver  puesto  en  nuestra  lengua  el 
Or'ando  Tnrioso.  el  cual  de  aquí  ha 
tomado  orii/en  é  inrención,  jior  ser  la 
trama  de  su  tela,  lodo  este  libro. 

D.  Nicolás  Antonio  cila  un  popmacn 
octava  rima  con  el  tilulo  de  Orlando 
enamorado,  impreso  en  Lériila  el  año 
de  iriliS  :  su  autor  D.  Martin  Abarca  de 
liolea,  y  repularmente  sería  traducción 
de  Boyardo. 

1.  Ludovico  .\riosto  nació  en  Ref.do, 
ciudad  del  estado  de  Módena,  el  año 
de  i4"4,  y  murii'»  en  Ferrara  el  de  1^>i3. 
Entre  svis  obras  poétiías.  la  más  cono- 
cida es  el  Orlando  furioso  en  46  can- 
tos, donde  continuó  el  argumento  de 
Boyardo.  Tuvo  d  poema  de  Ariosto 
muchos  aficionados  y  admiradores  en 
España,  uno  de  ellos  Miguel  de  Cer- 
vantes, que  lo  ala'tó  en  la  Galatea, 
donde  dice  la  Musa  Calione  {n)  :  Yo 
soy  laque  ai/ udó  d  tejer  a  I  divino  Ariosto 
la  variada  y  hermosa  tela,  que  compuso. 
En  este  elogio  va  envuelta  la  censura 
que  los  observadores  y  amantes  del 
arte  han  hecho  siempre  del  Orlando 
furioso,  en  el  cual,  en  medio  de  la  ver- 
sificación más  hermosa  y  feliz,  no  se 
encuentra  la  regular¡<lad  de  los  anti- 
guos, y  de  los  modernos  que  los  imi- 
taron, como  lo  hizo  el  Taso  entre  sus 
contemporáneos.  El  mismo  juicio  hizo 
en  su  fíepública  lileru,ria,  Don  Diego  de 
Saavedra.  Ludovico  Ariosto,  dice,  como 
de  ingenio  vario  y  fácil  en  la  invención, 
mmpió  las  reliyiosas  leyes  de  lo  épico 
en  la  unidad  de  las  fábulas  y  en  cele- 
brar á  un  héroe  s(do:  y  celebró  ú  yiiuchus 

''I    Lil).  VI. 


en  una  inqeniosa  y  variada  lela,  pero 
con  estambres  poco  pulidos  i,  cultos.  Y 
en  adelante,  rlespués  de  introducir  á 
Homero.  Virgilio,  el  Taso  y  Camoens 
imitando  con  (larines  de  plata  á  lo 
lieroico.y  á  Lucann  intentando  lo  mismo 
con  una  trompeta  de  bronce,  añade 
que  tocalia  Ariosto  una  cliiriuiia  de  va- 
rios uietules.  Con  electo :  su  poema  es 
una  obi-aen  (jue,  sin  orden  ni  trabazón, 
se  ensartan  los  sucesos  caf>r¡chosos  de 
muchos  caballeros  y  Principes  que  se 
supone  vivieron  en  tiempo  de  Carlo- 
magno,  los  paladines  í^oklán  y  Reinal- 
dos, los  Moros  liugero  y  Ferraiiús,  los 
Beyes  Agramante  y  Marsiiio,  los  mági- 
cos Atlante  y  Malgesí,  las  doncellas 
guerreras  Bradamanle  y  Marfisa.  Angé- 
lica la  andariega,  el  sutil  ladrón  Brúñelo, 
Sacripante  y  Rodaniírnte,  Astolfo  y 
Cervino,  y  otros  muchos  que  conqionen 
el  todo  eml)rolla''0  é  informe  pero 
compuesto  de  partes  bellisimas.  del 
Orlando. 

Mama  Cervantes  cristiano  poeta  á 
,4r¡osto,  5^  no  adivino  la  causa.  El  aire 
de  la  expresión  pui'iera  indicar  que  se 
le  apli'-aba  la  calidad  de  cristiano  por 
contraposicii'm  á  Boyardo:  pero  esteno 
fué  más  ni  menos  cristiano  que  .\riosto. 
Si  se  quiere  decir  que  lo  de  cristiano  es 
irónico,  como  lo  verdadero  que  acaba 
de  decirse  de  Turpín,  no  parece  que  en 
este  pasaje  tuvo  Cervantes  intención, 
de  satirizar  á  Ariosto,  sino  de  lo  con- 
trario. Pellicer  lo  explica  diciendo  que 
se  daba  el  dictado  de  cristiano  á  los 
que  se  ocupaban  en  eseribir  obras 
ejemplares,  y  no  licenciosas  ó  impías, 
como  otros  italianos  que  nombra  :  sobre 
lo  cual  pudiera  remitírsele  á  varios 
pasajes  en  que  Ariosto  no  dii'i  cierta- 
menie  i'jemplos  de  la  moral  más  reli- 
giosa y  severa.  Pellic  r  habla  en  esta 
materia  como  si  no  hubiera  leído  el 
original  del  Orlando,  y  sólo  lo  cono- 
ciera por  sus  traducciones  al  castellano, 
nue  era  lo  que  le  sucedí.i  a  Macse 
Nicolás. 

2.  .Vlúdese  probablemente  á  algunos 
pnsnJGs  y  expresiones  libres  de  Orlando 


86  DON    (JlIJOTE    DK    LA    MANCHA 

le  per(lon.''iramos  al  señor  Caj)ilán  '  que  no  le  Iiiibiera  traído  á 
Esj)afia  y  hecho  caslellaiio;  (jue  le  quitó  mucho  de  su  natural 
valor,  y  lo  mismo  harán  lodos  aquellos  que  los  libros  de  verso 
(juisiercn  volver  en    olra   lengua,   que    por  mucho   cuidado    que 


que  se  mitigaron  ó  se  suprimieron  en 
la  traducción  castellana  deque  habla  el 
Cura  en  el  presente  lugar.  La  ignor.m- 
cia  del  toscano  preservaba  de  escán- 
dalo al  Harbern. 

1.  Kste  Capitán  es  D.  Jerónimo  de 
Urrea,  cab.iliero  aragonís,  <  obernador 
de  la  provincia  de  Pulla,  en  el  reino  de 
Nánoles,  cuya  tra'lucción  métrica  del 
Orlando  de  Arioslo,  se  imprimió  en 
Lei'm  de  Francia  el  año  de  l.-)56,  según 
D.  Nicolás  Antonio.  Otra  edición  he 
visto  de  Amberes,  hecha  en  lüo8,  corre- 
f/i(/(i  xet/unda  vez  por  el  traductor.  La 
censura  que  aqui  hace  Cervantes  de 
esla  trailuccii'm  es  todavía  sobriula- 
rnentc  benigna :  puesto  que  atribuye 
sus  defectos  ií  las  rausns  generales  que 
diíícuilnn  las  traducciones  de  obras 
cuyos  originales  están  en  verso,  sin 
mencionar  otros  innumer,il)les  de  mala 
inteligencia,  mala  versificación  y  mal 
lenguaje  de  (jue  adolece  la  del  Oí-lando. 
Y  fuera  de  esto,  (unitii'i  ú  añadió  ürrea 
en  el  original  lo  que  quiso,  según  su 
antojo.  Veo  el  motivo  que  pudo  tener 
para  no  incluir  en  la  traducción  la 
estancia  80  del  canto  3.",  donde  se  habla 
de  la  donaciiin  de  Constantino,  y  las 
estancias  81  y  82  del  canto  14,  en  que 
se  zahiere  malignamente  á  los  frailes; 
pero  dejó  otras  varias  que  no  les  favo- 
recen :  deji'i  también  otras  libres  y 
licenciosas;  suprimió  la  profecía  de 
Merlin  en  la  gruta  de  Melisa,  que  ocupa 
la  mayor  parte  del  canto  3;  introdujo 
en  el  26  los  elogios  de  los  Reyes  D.  Fer- 
nando el  Católico  y  Carlos  V,  á  que 
añadió  los  del  Conde  D.  Gastón  de  la 
Cerda,  Duque  del  Infantado.  .Vlmirante, 
Marqués  de  Astorga,  Condes  de  Feria  y 
de  F'uentes.  Nada  de  esto  hay  en 
Ariosto.  Con  igual  infidelidad  insertó 
en  el  canto  4H,  entre  las  alabanzas  de 
otros  sabios  italianos  que  celebró  el 
Ariosto.  las  de  D.  Juan  de  íleredia, 
D.  Luis  Zapata,  Garcilaso.  Castillejo, 
Gálvez,  Pero  Mexía,  Gonzalo  Pérez  y 
otros,  de  que  no  se  acordó  el  poeta 
original. 

Don  Diego  Hurtado  de  Mendoza, 
arriba  citado,  en  la  contestación  que 


puso  en  boca  del  Capitán  Pedro  de 
Salazar  al  Bachiller  de  .Arcadia,  ridicu- 
lizó la  manera  Hoja  y  descuidada  vow 
que  Urrea  había  hecho  su  traducción 
de  Oriundo  furiosa;  á  pesar  de  lo  cual 
dice  alli  Salnzar,  que  con  ella  r/anó 
fama  de  noble  escritor,  y  aun,  según 
dicen,  muchos  dineros  (que  impoitan 
?niís). 

Todavía  trati'i  peor  que  Mendoza  la 
traducción  de  Urrea  I)  Hernando  de 
Acuña,  poeta  contemporáneo  de  ambos, 
en  la  Lira  de  Garcilaso  contrahecha. 
Dicele  en  ella  á  Urrea  : 

De  vuestra  tori)e  lira 
Ofoiule  tanto  ol  son.  que  en  un  momento 
Mueve  al  discreto  á  ira 

Y  á  descontentamiento : 

A  vo»  .Solo,  seíior.  os  dais  contento... 

;Ay  de  los  Capitanes 
En  la.s  sublimes  ruedas  colocados; 
Aunque  son  alemanes, 
Si  para  ser  loados 
Fueren  á  vuestra  nuisa  encomendados! 

Mas  ¡ay,  señor,  de  acjuella 
Cuya  beldad  de  vos  fuere  cantada! 
Que  vos  daréis  con  ella 
lJc>  verse  sepultada 
Tuviese  por  mejor  que  ser  loada... 

¡Triste  de  a(juel  cautivo 
Que  á  cscucliaros,  .Señor,  es  condenado 
Que  está  muriendo  vivo 
De  versos  enfadado, 

Y  á  decir  que  son  buenos  es  forzado  .. 

Mueran  luego  ñ  la  bora 
Las  públicas  estancias  y  secretas; 

Y  no  (¡ueráis  agora 
Que  vuestras  imperfetas 
Obras  y  rudo  estilo  á  los  poetas 

Deii  inmortal  materia 
Para  cantar  en  verso  lamentable 
lias  fallas  y  miseria 
he  estilo  tan  ciili)able, 
Digno  que  no  sin  risa  de  él  se  hable. 

Don  Nicolás  Antonio  hace  memoria 
de  dos  traducciones  prosaicas  del  Or- 
lando furioso,  hechas  por  dos  toleda- 
nos, P'ernando  de  Alcocer  y  Diego 
Vázquez  de  Contreras.  De  la  primera 
dice  que  se  imprimió  en  1510,  y  que  es 
demasiadamente  literal :  de  la  segunda, 
que  se  publicó  en  1585.  Ninguna  de  las 
dos  he  visto;  pero  la  fecha  de  la  de 
Alcocer  está  errada,  porqtie  el  original 


iMii.Mr.nA  i'AirrE. 


c.APnri.o  VI 


87 


pongnn  y  liabili<la(l  <|ii(í  inueslrcn,  jamás  llegarán  al  j)mil()  que 
i'llos  lioiu'u  cu  su  primer  uacimieiilo.  Digo,  en  erecto,  í|iie  este 
libro  y  totlos  los  (jue  se  hallaren  «jue  tratan  destas  cosas  <le 
l''i'an<ia  '  se  echen   y  (Irpositen  en  un  pozo  seco,   hasla   (pie  con 


italiano  se  iiiipriuiió  por  i»riinera  vez 
el  año  de  l.'ilS. 

Ni  en  I).  Nicolás  Antnuio  ni  en  otro 
pscrituí"  .ily^uno  cnciientri)  notici;i  ile 
l;i,  triulucciiin  del  Orlando  furioso,  he- 
dí i  en  octava  rima  por  (¡onzalo  de 
Oliva,  cuyo  origin.tl  he  visto  escrito  en 
folio  de  mano  del  mismo  Oliva,  con  sus 
enmiendas  interlineales,  y  firmado  en 
Lucena  á  2  de  Agosto  del  año  1604. 
Oliva  evitó  los  numerosos  defectos  de 
Urrea  :  tradujo  íielmente  ;  su  versifica- 
ción es  fácil  y  armoniosa,  y  su  libro, 
á  pesar  de  algunos  pequeños  lun;u-es, 
harto  más  digno  de  ver  la  luz  pública 
que  ios  de  otros  muchos  traductores 
de  su  tiempo. 

1.  En  dicha  clase  comprendió 
I).  Juan  Antonio  Pellicer  el  libro  de 
Amadis  de  Gaula,  contándolo  entre 
los  que  hablan  del  origen  de  los  Galos 
ñ  Gauleses,  y  de  las  historias  francesas, 
ú  que  tratan,  como  dice  Cervantes, 
destas  cosas  de  Francia  (a).  Para  un 
aserto  tan  positivo  no  tuvo,  según  se 
da  á  entender,  otro  fundamento  que  el 
di(;lado  de  Gaula,  y  su  semejanza  con 
el  de  Gallas  ó  Gaulas,  que  ha  solido 
darse  á  la  Francia  antigua.  Pero  el 
sobrenombre  de  Amadis  no  denota  la 
Galia,  como  se  supone  con  sobrada 
ligereza,  sino  el  país  de  Gales,  VVales 
ó  Guales  en  la  parte  occidental  de 
Inglaterra,  donde  reinó  Artús  y  pasa- 
ron los  amores  de  Ginel)ra  y  Lanza- 
rote,  y  donde  reinó  también  Perií'm  de 
Gaula.  padre  de  Amadis,  el  cual  heredi) 
este  apellido  de  su  padre,  y  no  lo 
tomó  de  la  circunstancia  de  haber 
nacido  por  casualidad  en  la  pequeña 
Bretaña  ó  coniinente  francés.  .V?i  se  ve 
por  el  contexto  de  la  historia,  aunque 
embrollada  en  esto  como  en  todo,  de 
Amadis,  sin  que  pueda  quedar  lugar  á 
la  duda.  En  ella  se  lee  qtie  desde  la 
ínsula  Firme  (que  era  parte  del  conti- 
nente) se  iba  por  mar  á  Gaula  (6)  y  se 
menciona  como  contiguo  á  ella  el 
país  de  Norgales  ú  Gales  septentrional, 

(a)    Discurso   preliminar,    párr.    V. 
(6)  C.  CXXI. 


el  mismo  de  quien  en  la  historia  de 
Tristán  se  dice  (a)  (pie  estaba  cercano 
á  Irlanda,  y  que  se  iba  á  él  desde  el 
reino  de  Artús  en  carruaje.  Lo  mismo 
(oníirma  la  historia,  de  Amadis.  refi- 
riendo (6)  que  su  padre  Perlón  jiidin 
au.xilio  á  Lisuarte,  Hey  de  la  Gran  Bre- 
taña, en  la  guerra  i\ue  le  haci;i  su 
vecino  Abies,  Uey  de  Irlanda.  Pero  no 
debemos  detenernos  en  cosa  tan  clara. 

Pellicer  alegó  como  prueba  de  lo  que 
decia  el  pasaje  presente  del  texto,  y 
no  advirtió  que  le  era  contrario.  En 
el  escrutinio  de  los  libros  de  D.  Qui- 
jote se  había  acabado  ya  de  hablar  de 
los  de  Amadis  y  sus  descendientes, 
todos  los  cuales,  fuera  del  primero,  al 
que  se  había  otorgado  interinamente 
la  vida,  habían  ido  al  corral  por  mano 
del  Ama.  Después  se  había  hablado  de 
otros  caballeros  que  no  eran  de),  linaje 
de  Amadis;  y  últimamente  se  trataba 
de  la  historia  de  los  Reinaldos,  del 
Arzobispo  Tiirpín,  y  de  los  poemas  del 
Boyardo  y  del  Ariosto,  con  su  tra- 
ductor ürrea.  Estas  son  las  cosas  de 
Francia,  de  que  evidentemente  habla 
Cervantes,  y  no  las  de  Amadis  y  su 
parentela;  y  así  también  lo  manifiesta 
lo  que  sigue  acerca  de  los  libros  de 
Bernardo  del  Carpió  y  de  la  batalla  de 
Roncesvalles,  que  no  tienen  que  ver 
con  .\madís  de  Gaula  ni  su  familia. 
Estos  dos  últimos  se  condenaban  sin 
remisión  al  fuego,  y  los  demás  á  en- 
cierro en  un  pozo  seco,  por  considera- 
ci(m  á  Ariosto  y  Boyardo,  á  quienes 
habían  suministrado  parte  de  su  argu- 
mento. 

A  consecuencia  de  su  equivocación, 
dividió  Pellicer  los  caballeros  andantes 
en  dos,  que  llama  sectas.  Una  de  los 
caballeros  de  la  Tabla  Redonda  en  que 
entran  Artús  y  Lanzarote,  y  otra  de 
los  que  á  su  juicio  indicó  Cervantes  en 
este  pasaje,  contando  entre  ellos  á 
Amadis  de  Gaula,  que  para  Pellicer  era 
lo  mismo  que  Amadis  de  Francia. 
Pero  según  resulta  de  lo  que  acaba 
de  decirse,    si  fuera  preciso  seguir  el 

(a)  Lib.  II,  c.  LXXXVIII.  -  (6)  Gap.  IV. 


88 


bON  orijori:  dl  i.a  mancha 


más  acuerdo  se  vea  lo  que  se  ha  de  harer  dellos,  esccf  uando  á  nn 
Bernardo  del  Carjao^  que  anda  por  ahí,  y  á  otro  llamado  Ron- 
cesva/les'^,  que  éstos,  en  llegando  á  mis  manos,  han  de  estar  en 
las  del  Ama,  y  dellas  en  las  del  fuego  sin  remisión  alguna.  Todo 
lo  contirmó  el  Barbero,  y  lo  tuvo  por  bien  y  por  cosa  muy  acer- 
tada, por  entender  que  era  el  Cura  tan  buen  cristiano  y  tan  amigo 
de  la  verdad,  que  n<t  diría  otra  cosa  por  todas  las  del  mundo.  Y 
abriendo  otro  libro  vio  que  era  Palmerín  de  Oliva  •*,  y  junto  á  él 


intento  de  Pellicer,  pudiera  hacerse  la 
división  en  tres  clases.  Primera  :  in- 
f/lesa  ó  hreloHiL,  eu  que  se  incluirían 
los  priiuilivos  libros  caballerescos, 
Artús,  la  Demanda  del  santo  ürial. 
Langarote  y  Tristán,  siguiendo  con 
Amadís  y  sus  descendientes,  que  em- 
parentaron en  la  persona  de  Esplun- 
dián  con  la  casa  imperial  de  Grecia,  y 
fueron  Emperadores  de  Constantino- 
pla;  á  éstos  pudieran  agregarse,  por 
razón  de  ingleses.  Tirante  el  Blanco, 
Florambel  líe  Lucea,  Palmerín  y  Flo- 
rando de  Inglaterra.  La  segunda  clase 
podría  llamarse  francesa,  y  se  com- 
pondría de  ios  libros  (¿ue  tratan  de  las 
cosas  de  Francia,  del  Emperador  Car- 
lomagno,  los  doce  Pares,  Angélica, 
iMorgante,  Bernardo  del  Carpió  y  batalla 
de  Koncesvalles.  Artús  y  Carfomagno 
fueron  como  los  fundadores,  aquél  de 
la  secta  inglesa  y  éste  de  la  francesa.  La 
tercera  clase  se  compondría  de  los 
libros  que,  por  no  pertenecer  ¿ninguna 
de  las  dos  anteriores,  forman  otra 
neutra  ó  indiferente,  como  Flores  y 
Blancaflor,  D.  Olivante  de  Laura, 
D.  Florindo  de  la  Extraña  aventura,  el 
Caballero  de  la  Cruz,  D.  Policisne  de 
Boecia  y  otros. 

1.  Hablase,  al  parecer,  del  poema 
que  con  el  título  de  Historia  de  ¿as 
hazañas  y  hechos  del  invencible  caba- 
llero Bernardo  del  Cai-pio,  escribió  en 
octavas  Agustín  Alonso,  vecino  de 
Salamanca,  y  se  imprimió  en  Toledo 
el  año  de  líiS.o  Libro  rarísimo  que  no 
he  visto,  y  de  que  Pellicer  sólo  conoció 
un  ejemplar.  No  pudo  ser  el  Bernardo 
del  Carpió  del  Obispo  Valbuena.  el 
cual  no  se  publicó  hasta  algunos  años 
después  de  la  muerte  de  Cervantes,  en 
el  de  1624. 

2.  Titulo  diminuto,  que  pudo  indi- 
car el  poema  intitulado  FA  verdadero 
suceso  de  la  batalla  de  Roncesvalles, 
compuesto  por  Francisco  Garrido  de 


Villena,  que  se  imprimió  en  Toledo  el 
año  de  1583;  obra  distinta,  como  se  ve, 
de  la  traducción  del  Orlando  enamo- 
rado de  Mateo  Boyardo.  También  pudo 
aludir  á  la  continu  ición  de  Ludovico 
Ariosto  por  Nicolás  de  Espinosa,  poeta 
valenciano  :  poema  en  35  cantos,  dedi- 
cado al  Conde  de  Oliva,  que  se  publicó 
el  año  de  1355  en  Zaragoza,  y  el  de  1557 
en  Amberes,  con  el  titulo  de  Seyunda 
parte  de  Orlando,  con  el  verdadero 
suceso  de  la  batalla  de  Roncesvalles, 
fin  y  muerte  de  los  doce  Pares  de 
Francia. 

3.  Libro  del  famoso  caballero  Pal- 
merín de  Oliva,  que  por  el  mundo 
grandes  hechos  de  armas  hizo,  sin  saber 
cuyo  hijo  fuese.  Toledo,  1580,  en  folio. 
Está  dedicado  á  D.  Luis  de  Córdoba, 
hijo  del  Conde  de  Cabra,  y  nieto  del 
que  el  año  de  1483  hizo  prisionero  al 
Rey  moro  de  Granada  en  la  batalla  de 
Lucena.  Consta  de  116  capítulos, 
después  de  los  cuales  se  dice  :  Aquí 
hace  fin  la  historia  del  Príncipe  Pal- 
merín de  Oliva,  Empei'ador  de  Cons- 
tantniopla,  etc. 

Tiene  esta  historia  continuación  con 
el  título  de  Libro  del  invencible  caballero 
Priinaleón,  hijo  de  Palmerin  de  Oliva, 
donde  se  tratan  los  sus  altos  hechos  de 
armas,  y  ios  de  Polendos  su  hermano, 
y  los  de  D.  Duardos,  Príncipe  de  Ingla- 
terra, y  de  otros  preciados  caballeros 
de  la  corte  del  Emperador  Palmerin. 
Consta  de  218  capítulos.  D.  Nicolás 
Antouio  cita  una  edición  del  año  151 C, 
y  después  se  repitieron  otras  dentro  y 
fuera  de  España. 

Una  mujer  'a)  fué  el  coronista  de 
Palmerin  de  Oliva.  Así  lo  dijo  expresa- 


(a)  Una  mujer.  —  El  erudito  Gayangos  se 
resiste  á  creer  (jas  fuese  escrito  por  mano 
de  mujer  un  libio  que,  por  la  cínica  libertad 
de  muchas  escenas,  parece  digno  antepasado 
del  moderno  naturalismo.  (M   de  T.) 


i'i.iMi:iiv  i'Auri:.  —  c.mmti  i.íj  vi 


89 


estaba  otro  que  se  llamaba  Palmerin  de  Inglaterra^  lo  cual,  visto 
por  el  licenciado,  dijo  :  Ksa  Oliva  se  haü^a  luego  rajas  y  sf  queme, 


inenle  .luiin  Auf(ur  de  Trasiiiiem, 
escrilor  que  vivia  A  principitis  del 
si^'lo  XVI,  en  un  cpiRrain.i  latino,  de 
que  copia  parte  D.  .Nicdl.is  Antonio  : 
fiviiñna  coinposuil.  Que  fué  portuguesa 
resulta  del  testimonio  de  los  escritores 
de  aquella  nación;  y  no  tiay  funda- 
mento que  convenza  lo  contrario.  Al 
fin  de  la  edición  de  Medina  del  ('ampo, 
año  1563,  hay  seis  coplas  de  arle  mayor 
en  elogio  de  la  obra,  y  la  quinta  dice 
así  : 

En  este  esmaltado  hay  rico  dechado, 
Van  esculjjidas  muy  beílas  labores 
De  paz  y  de  guerra  y  castos  amores 
l'or  maño  de  diieüaprudente  labrados. 
Está  por  ejemplo  de  todos  notado 
Que  lo  verosímil  veamos  en  flor  : 
Es  de  .•Vugustobrica  aquesta  labor 
Que  en  Medina  se  ha  agora  estampado. 

Pellicer,  que  copió  estos  versos,  dice 
que  .\ugustobrica  era  Burgos,  y  así  lo 
entendería  quizá  también  el  poeta  : 
pero  Burgos  es  ciudad  moderna,  y  no 
pudo  tener  nombre  tan  antiguo.  Así 
que  :  ó  el  nombre  de  Augustobrica  ía) 
indica  algún  pueblo  de  Portugal,  ó  el 
poeta  haÍ)ló,  no  de  la  autora,  sino  de 
la  traductora. 

Palmerin  de  Oliva,  según  su  historia, 
fué  nieto  y  heredero  del  octavo  Empe- 
rador de  Grecia  que  hubo  después  de 
Constantino  :  y  por  esta  ridicula  cuenta 
debió  ser  el  Emperador  Marciano,  ma- 
rido de  Santa  Pulquería.  El  Rey  Flo- 
rendnp  de  Macedonia  lo  hubo  á  hurto 
en  la  Infanta  Griana,  hija  del  Empe- 
rador, por  cuyo  mandado  un  doncel  lo 
sacó  recatadamente  de  Gonstantinopla, 
y  lo  dejó  sobre  un  árbol  en  una  mon- 
taña llamada  Oliva,  distante  una  jor- 
nada pequeña  de  la  corte.  Allí  lo 
encontró  el  rico  colmenero  Geraldo, 
//  porgúelo  falló  entre  las  palmas  y 
olivas,  púsole  nombre  Palmerin.  Crióle 
su  mujer  Marcela,  á  quien  se  acababa 
de  morir  un  hijo  recién  nacido  (o; ; 
y  Palmerin,  habiéndose  hecho  famoso 
por  sus  hazañas,  fué  reconocido  por  su 

(a)  Cap.  IX. 

(«)  Aui/uslóhrica.  —  Según  el  ya  citado, 
Cj^yungos,  Augwlóhrica,  citadapor  Toloineo. 
fue  más  tardé  Mirúbñga  ó  Ciudad  Rodrigo. 
(M.  de  T.) 


madre  Griana  (a),  y  después  de  la 
muerte  de  su  abuelo,  proclamado  Em- 
perador (6).  Palmerin  tuvo  dos  hijos  : 
l'olendos,  á  (jiiien,  estando  tomado  del 
vino  por  traición  de  la  Keina  de  Tai-sis, 
engendró  en  esta  Princesa  (c),  y  Pri- 
maleón,  á  quien  tuvo  de  su  mujer 
Pülinarda  (cL. 

.\cerca  de  la  edad  en  que  se  escribió 
la  historia  de  Palmerin  de  Oliva,  es 
indudable  que  precedió  á  la  de  Palme- 
rin de  Inglaterra,  la  cual,  desde  su 
mismo  principio  manifiesta  ser  conti- 
nuación de  la  otra.  Y  esto  coníiruja  la 
0[)inión  de  que  la  autora  fué  portu- 
guesa, porque  siéndolo  'nadie  lo  ha 
dudado)  la  novela  de  Palmerin  de 
Inglaterra,  parece  natural  (¡ue  lo  fuese 
también  su  primera  parte.  Pudiera 
oponerse  la  consideración  de  que 
siendo  portuguesa  la  dama  que  escri- 
bió el  Palmerin  de  Oliva,  lo  escribiría 
en  su  idioma  nativo,  y  sólo  lo  tene- 
mos en  castellano.  Pero  esto,  en  todo 
caso,  probaría  que  se  perdió  el  original, 
quedando  la  traducción,  que  es  lo 
mismo  que  sucedió  con  el  libro  de 
Amadis  de  Gaula.  I.n  la  nota  inmediata 
hablaremos  del  tiempo  que  puede 
señalarse  á  la  composición  de  Palmerin 
de  Inglaterra  :  y  de  todo  podrá  dedu- 
cirse con  alguna  verosimilitud,  que 
Palmerin  de  Oliva  se  escribió  decli- 
nando ya  hacia  su  fin  el  siglo  xv. 

1.  Todas  las  probabilidades  con- 
curren á  señalar  en  Portugal  la  cuna  de 
los  libros  caballerescos  españoles  (^). 
.411Í  nació  el  de  Amarlis  de  (iaula,  y 
allí  es  verosímil,  según  veremos  des- 
]Mjés,  que  naciese  el  de  Tirante  el 
Blanco,  que  son  sin  disputa  los  dos 
libros  españoles  más  antigims  de  este 
género.  De  Palmerin  de  Inglaterra  es 
fama,  como  aquí  se  dice,  que  le  com- 
puso un  discreto  Rey  de  Portugal  (v). 

(o)  Cap.  CVII.  -  (6)  Cap.  CLXV.  —  (c) 
Cap.  XCV.  —  {d,  Cap.  CLXV. 

(Sí'í  Veáse  la  nota,  pág.  74  y  la  nota  h  que  va 
á  continuación.  '        (M.  de  T.) 

(y)  Un  discreto  r^y  de  Portugal.  —  Es  tal  el 
abandono  y  la  indiferencia  que  siempre  han 
reinado  en  K:spaña  que,  ya  en  la  época  de 
Cervantes,  se  descoriocia  al  autor  de  tan  pon- 
de  radolii  10  y  se  atribuía  su  jiaternidad  á  los 


90 


DON    ori.lOTK    DE    I. A    MWCIIN 


que  aun  no  queden  clclla  las  cenizas;  y  esa   [)alnia  de  Ingalaterra 
se  guarde  y  se  conserve  como  á  cosa  única,  y  se  haga  para  ella 


No  le  nombró  Cervantes,  jicro  si  Manuel 
de  Karia  y  Sousa.  diciendo  (a)  que 
algunos  creyeron  (|iie  el  libro  «le  I'al- 
meriti  de  Inr/laterra  fué  obra  del  Rey 
D.  Juan  el  1Í.  Antes  y  después  de  este 
Principe,  que  vivió  desde  d455  liasta 
14ÍÍ5,  fué  común  en  Portugal  la  afición 
á  las  historias  de  Caballerías.  Ue  su 
lio  D.  Fernando,  Duque  de  Braganza, 
hubo  opinión  en  la  misma  Gasa  Real 
que  había  sido  el  autor  de  Aniadís  ;  y 
á  él  le  dedicó  Juan  Martoreli  la  tra- 
ducción lemosinade  Tirante  el  Blanco. 
El  Infante  D.  Alfonso,  padre  de  D.  Fer- 
nando, había  intervenido,  como  ya  se 
refirió  anteriormente,  en  la  composi- 
ción, ó  por  lo  menos  en  la  corrección 
del  Amadis  de  Gaula.  Una  dama  de 
aquella  nación  compuso  después  á 
Pabnerin  de  Oliva;  y,  finalmente,  en 
Portugal  se  escribió  el  Palmerin  de 
Inglaterra.,  que  es  continuación  del 
otro,  y  en  que  también  se  dijo  que 
hizo  algunas  adiciones  el  infante 
D.  Luis  de  Portugal,  hijo  del  Rey 
D.  Manuel  y  padre  deD.  Antonio,  Prior 
de  Ocrato,  que,  andando  el  tiempo, 
disputó  la  corona  de  Portugal  á  Fe- 
lipe II. 
Bien  sé  que  los  Portugueses  atribuyen 


(a)  Eiiropn  portuguesa,  tomo  III,  paite  IV, 
cap.  vm. 

portugueses.  Estos  no  tenían  más  que  dejarse 
querer  y  aplicar  nuestro  antiguo  refrán  : 
Cuando  pnsan  rabinos,  comprarlo.^.  Casi  hasta 
nuestios  días,  críticos,  bibliófilos  y  líferatos 
vinieron  .á  porfía  atribuyendo  el  Palmerin  á 
autor  portugués.  Afortunadamente,  en  1827, 
el  insigne  ernilito,  gramático  y  bibliófilo 
Salva  publicó  en  Londres,  en  el  lierpi'rtorio 
Americano,  un  excelente  trabajo,  procla- 
mando como  verdadero  autor  de  esta  obra  al 
es])añol  Luis  Hurlado,  gracias  á  haber  encon- 
trado un  ejemplar  de  la  I.*  edición  esiiañola 
hecha  en  Toledo,  on  ?,  tomos,  en  1  j47-f.i4S,  y 
á  unos  versos  acrósticos  que  hay  en  la  dedi- 
catoria y  cuyas  letras  iniciales  indican  á  las 
claras  la"  paternidad  de  Hurlado.  De  este  inge- 
nioso autor,  que  también  escribió  la  farsa  ti- 
tulada.'íiVitnna,  Las  Cortes  del  Casloamory  de 
la  muerte  (\\-<h'T)y  la  Tragedia  Policiana  (imita 
ción  de  la  Celestina)  y  que  tradujo  Las  Meta- 
morfosis de  Ovidio,  existen  muy  escasas  noti- 
cias, debidas  en  gran  parte  a  Nicolás  Anto- 
nio. (De  mi  libro  ;  MaJinal  de  Literatura  espa- 
ñola i  hispanoamericana.)  (M.  de  T.) 


comúnmente  la  composiciíjn  de  Pnl- 
merin  de  ¡lujlalerra  á  Francisco  de 
Moraes,  el  cual  lo  imprimii)  en  Ebora 
el  año  de  1567,  y  esta  opinión  siguió 
el  editor  que  lo  reimprimió  en  Lisboa 
el  año  de  1786  :  pero  el  mismo  editor 
dio  armas  contra  si,  citando  la  traduc- 
ción francesa  del  Palmerin  hecha  del 
castellano  por  Jaques  Vicent.  é  im- 
presa en  León  el  año  de  1.153.  Esto 
convence  sin  réplica  que  el  Palmerin 
impreso  en  1567  no  pudo  ser  el  original, 
puesto  que  no  sólo  existia  en  1553, 
sino  que  se  hallaba  ya  entonces  tradu- 
cido al  castellano.  Queda,  pues,  ase- 
gurado el  origen  portugués  de  Palme- 
rin de  Inglaterra,  y  Francisco  de  Mo- 
raes desposeído  del  mérito  de  autor 
original,  y  reducido  á  la  clase  de 
editor  con  sus  puntas  y  collar  de  pla- 
giario, sin  m;!S  parte  en  la  composi- 
ción del  libro  que  haber  intercalado 
algo  de  sus  amores  en  Francia,  sepi'in 
se  deduce  de  las  noticias  del  editor 
moderno  en  su  prólogo.  Punto  que  pu- 
diera apurarse  por  el  cotejo  de  la  tra- 
ducción de  Jaques  Vicent  con  la  edi- 
ción de  Francisco  de  Moraes. 

Es  circunstancia  notable  lade  haberse 
perdido  la  traducción  castellana  de 
Palmerin  de  Inglaterra.  De  que  existi''> 
no  hay  duda,  puesto  que  por  ella  se 
hizo,  como  arriba  se  dijo,  la  francesa. 
Castellano  sería  también  el  ejemplar 
de  la  librería  de  D.  Quijote,  sin  que  in- 
dique cosa  en  contrario  el  escrutinio: 
pero  nadie  Cque  yo  sepa'i  señala  el  pa- 
radero de  ejemplar  ninguno  en  nuestro 
ittíoma.  Fué  en  esto  diferente  y  aun 
opuesta  la  suerte  de  los  dos  Palmerines, 
el  de  Oliva  g  el  de  Inglaterra:  del  pri- 
mero se  perdió  el  oriííinal,  ynos  quedó 
la  traducción  ;  del  segundo  se  perdió 
la  traducción,  y  nos  quedó  el  original. 

Debe  advertirse  que  Palmerin  de  In- 
glaterra de  que  se  habla  en  toda  esta 
nota  es  sólo  la  primera  y  segunda  parte 
que  publicó  Moraes,  y  que  en  su  ter- 
cera edición  lleva  este  titulo  :  Chrónica 
do  famoso  é  muito  esforzado  cavaleiro 
Palmeirin  de  Inglaterra,  filho  del  Rei 
D.  Duardos  :  no  cual  se  contem  snas 
proezas  et  de  Floriano  do  Deserto  sen 
irmao,  et  (h)  Principe  Florendo-i,  filho 
de  Primaliaon.  Composla  por  Francisco 


PHiMiatA  i'vmK 


CAPlll  LO    VI 


•11 


otra  cnja  como  la  <iuc  lialló  Alejandro  en  los  despojos  de  Darío, 
que  la  diputó'  para  guardar  en  ella  las  obras  del  poeta  Homero^. 
Este  libro,  señor  compadre,  tiene  autoridad  por  dos  cosas  :  la  una, 
porque  él  por  sí  es  muy  bueno,  y  la  otra  porque  es  fama  que  le 
compuso  un  discrí^to  Rey  de  Portugal.  Todas  las  aventuras  del 
castillo  de  Miraguarda  ^  son  bonísimas  y  de  grande  artificio,  las 
razones  cortesanas  y  claras,  que  guardan  y  miran  el  decoro  del 
que  habla  con  mucha  propiedad  y  entendimiento.  Digo,  pues, 
salvo  vuestro  buen  j)areeer,  señor  maese  Nicolás,  que  éste  y 
Amadís  de  Gatda  queden  libres  del  í'uego,  y  todos  los  demás,  sin 


de  Maraes.  Em  Lisboa  por  Antonio  Al- 
vares, .ínno  de  MDLWXXll.  i'ulio . 

A  estas  dos  parles  siguieron  la  tercera 
y  cuarta,  escritas  por  Dief>:o  F"ern;ÍQdez, 
vecino  de  Lisboa,  que  contiinea  los 
hechos  de  varios  cahulleros  de  la  corle 
de  Paluierin  de  Inglaterra.  Asunto  que 
se  continúa  en  las  partes  quinta  y  sexta, 
escrit.'is  iior Baltasar  (ion/.;ii vez  Í-,obato, 
natural  ele  Tavira.  Todas  cuatro  partes 
estiin,  como  es  natural,  en  portu- 
gués. 

Según  la  costumbre  de  los  autores  de 
libros  de  Caballcrias,  se  dice  al  íin  de  la 
historia  de  Palmerin  [a)  que  se  sacó  de 
la  Crónica  general  de  Iní/laterra,  y  se 
citan  varios  cronistas  de  nombres  ridí- 
culos, entre  ellos  á  Tórnelo  Alteroso, 
escritor  macedónico,  que  para  cosas  de 
Inglaterra  es  buen  texto.  Allí  concluye 
la  historia,  quedando  el  cadáver  de 
Palmerin  depositado  en  la  Isla  de  los 
Sepulcros,  por  otro  nombre  la  ínsula 
Deleitosa,  de  que  era  señor  el  sabio 
üaliartc. 

1.  Diputó  está  usado  por  destinó  : 
acepción  que  se  le  dio  también  en  el 
capitulo  XXV  de  esta  primera  parte  ; 
pero  en  el  uso  común  diputar  se  dice 
sólo  de  las  personas,  así  como  destinar 
de  las  personas  y  de  las  cosas.  Sólo  las 
personas  se  diputan. 

2.  Alejandro  el  Grande,  rey  de  Mace- 
donia,  fué  tan  aficionado  á  la  Iliada  de 
Homero,  que,  según  cuenta  Plutarco  en 
la  vida  de  este  Príncipe,  solía  tenerla 
junto  con  su  espada  debajo  de  la  cabe- 
cera en  que  dormía.  Habiéndose  encon- 
trado, entre  los  despojos  del  ReyDarío, 
una  caja  riquísima  guarnecida  de  oro, 
perlas  y  otras  piedras  preciosas,  cuenta 

(a)  Parte  II,  cap.  CLXXII. 


también  Plutarco  que  Alejandróla  des- 
tinó para  guardar  en  eila  los  libros  de 
Hom.ro.  Lo  mismo  refiere  Plinio  (a). 

Cervantes  hizo  tan  notable  dilerencia 
entre  el  l'alnierin  de  Oliva  y  el  de  In- 
f/liiterra,  que  del  uno  no  quería  quedase 
ni  aun  la  ceniza,  y  el  otro  quería  que  se 
guardase  en  una  caja  preciosa.  Sin  em- 
bargo, el  autor  del  Diálogo  de  las  len- 
guas prefería  el  libro  de  Palmerin  de 
Oliva  ú  otros  muchos  de  caballerías  (6), 
poniéndolo  en  la  misma  línea  que  al 
deAmadisde  Gauln.En  mi  pobre  juicio, 
allá  se  van  los  dos  l'almerines. 

3.  Miraguarda  no  es  nombre  de 
lugar,  sino  de  persona.  La  Infanta  .Ma- 
riguarda  era  hija  deun  Conde  que  vivía 
en  la  corte  de  España,  y  por  ciertas 
razones  rogó  al  gigante  Almourol  que 
la  guardase  en  un  castillo  que  tenia  en 
el  Tajo,  hasta  que  fuese  tiempo  de 
casarla.  El  Caballero  Florendos,  á  quien 
una  recia  tormenta  había  echado  á  las 
costas  de  Portugal  junto  á  Altarroca, 
que  después  llamaron  Lisboa,  andaba 
buscando  aventuras  por  aquel  reino. 
Llegóse  á  la  puerta  del  castillo,  paróse 
á  mirarlo,  salió  á  caballo  el  gigante,  y 
se  combatió  con  Florendos.  La  Infanta, 
puesta  entre  las  almenas  con  sus  don- 
cellas, miraba  la  pelea,  y  viendo  (|ue 
iba  de  vencida  el  gigante,  bajó  y  pidió 
su  vida  á  Florendos,  quien,  prendado 
de  su  hermosura,  le  otorgólo  que  pedía. 
Este  es  el  castillo  de  Miraguarda,  que 
otras  veces  se  llama  de  .\lmourol,  del 
nombre  de  su  dueño.  Fácilmente  se 
adivina  que  Mariguarda  vino  última- 
mente á  casar  con  Florendos  (c). 


{a)  fíistoria  Natural,  lib.  VH.  cap.  XXIX. 
—  (6)  Pág.  \hl.  —  (c)  Palmerin  de  Inylaterra, 
parte  II,  cap.  Lili  y  CLI. 


!l'2 


l)ON    Ol  IJOri:    DK    I.A    MANCHA 


hacer  más  cala  y  cata,  perezcan  K  No,  seilor  compadre,  replicó 
el  Barbero,  que  este  que  aquí  tengo  es  el  alamado  D.  Belianís'^. 
Pues  ese,  replicó  el  Cuia,  con  la  segunda,  tercera  y  cuarta  parte 
tienen  necesidad  de  un  poco  de  ruii)arl)o  jtarji  purgar  la  demasiada 
cólera  suya,  y  es  menester  quitarles  todo  aipiello  del  castillo  de 
la  Fama^  y  otras  impertinencias  de  más  importancia,  para  lo  cual 


1.  Xo  concierta  csla  duray  treinenrla 
sentencia  con  la  más  benigna,  pronun- 
ciada hace  poco  por  el  mismo  Cura,  de 
que  el  Orlando  de  Urrea  y  todos  los 
libros  que  traían  de  las  cosas  i/e  Francia 
se  dejjositen  en  un  pozo  seco,  liasla  que 
se  vea  lo  que  se  ha  de  harer  dellos. 

2.  Historia  del  valeroso  é  invencible 
principe  D.  lieUanis  de  Grecia,  hijo  del 
Emperador  I).  Belanio  //  de  la  Empe- 
ratriz Clnrinda  Según  la  costumbre 
ordinaria  de  tales  libros,  se  supone  que 
el  sabio  Kristón  la  escribió  en  griego, 
de  donde  la  tradujo  un  lujo  del  virtuoso 
varón  Torihio  Fern.indez.  á  saber:  el 
licenciado  Jerónimo  Fernández,  abo- 
gado de  profesión,  vecino  de  Madrid  y 
natural,  al  parecer,  de  Burgos  Son 
cuatro  parles  en  dos  tomos.  Su  autor 
publicó  el  primero  en  el  reinado  de 
Carlos  V  {de  quien  se  dice  que  gustaba 
deoirsu  lectura),  y  lo  deilicóá  D.  Pedro 
Xuárez  de  Kigueroa  y  Velasco,  Arce- 
diano de  V'alpuesla,  en  la  iglesia  de 
Burgos.  He  visto  una  edición  del 
año  1.5n.  Kl  segundo  tomo  se  escribió 
reinando  todavía  Carlos  V,  puesto  que 
en  la  parte  tercera,  capitulo  XXVJII, 
ponderándose  lo  mudable  de  la  fortuna, 
sealegan  como  ejemplo  tantos  poderes 
por  el  valeroso  César  nuestro  conquis- 
tados :  pero  no  se  publicó  hasta  el  rei- 
nado de  Felipe  II.  por  el  hermano  del 
autor,  Andrés  Fernández,  vecino  de 
Burgos,  quien  lo  dedicó  al  licenciado 
Fucnmayor,  del  Consejo  y  Cámara  del 
Rey. 

De  la  demasiada  cólera  de  D.  Belianis 
da  testimonio  su  historia.  Léese  en  el 
caiiilulo  XII  del  libro  primero  :  Cmi 
sobrada  saña  D  Belianis  be  apartó  del 
caballero  á  una  parte,  y  la  Infanta 
Aurora  le  dijo:  Cuanto  más  la  persona, 
señor  caballero,  piensa  de  apartaros  de 
batallas,  tanto  más  vos  las  buscáis.  En 
el  capítulo  XVII :  No  se  vio  víbora  más 
emponzofiada  ni  le  n  más  bravo  (¡ne  n 
esta  flora  se  volvió  D.  lielianis.Y  en  el 
capitulo  XXV  :  El  Duque  fué  llevado  d 


la  prisióti,  quedando  D.  Belianis  tan 
sañudo,  que  f'ue¡/o  erhafja  por  la  visera 
delyelnio.  i^os  tres  pasajes  precedentes 
son  de  la  parte  primera,  la  cual,  según 
esto,  no  tenia  menos  necesidad  de  rui- 
barbo que  las  otras.  Pero  en  todas 
ellas  hay  muchos  pasajes  que  confir- 
man lo  mismo  :  y  á  pesar  de  todo,  es- 
cribe el  Arzobispo  de  Itosis,  citado  por 
el  sabio  Fiislón,  aulor  de  la  Crónica, 
en  el  capitulo  XXVI 1 1,  parte  tercera, 
que  no  se  halló  hasta  aquel  tiempo  otro 
caballero  de  igual  sanclidad  (á  la  de 
Belianis  ,  lantu.  que  en  ella  á  los  muy 
apartados  monjes  excedía. 

3.  El  castillo  de  la  Fama  que  aquí 
se  nombra,  era  una  invención  o  maquina 
que  sepresent<'>  en  un  torneo  celebrado 
en  Londres  [lor  el  Bey  de  Injilaterra. 
iJice  asi  la  flistoi  iade  U  lielianis  'a¡  : 
Andaban  las  cosas  en  estos  comedios, 
y  el  tornen  tan  ferido  com<<vos  buhemos 
dicho,  cuando  á  la  ¡dnza  llegó  una 
aventura  tan  hermosa  de  mirar  como 
otra  bosta  aquellos  tiempos  fuera  vi3la. 
Venia  un  tan  he-moso  cnstillo.  al  pa- 
recer tan  rico,  cuanto  otro  jamás  fuera 
visto:  era  tan  grande,  que  parescían 
poder  venir  dentro  dos  mil  caballeros. 
Era.  traído  por  cuarenta  elefantes  de 
grandeza  no  creída  :  los  guamimientos 
que  traía  eran  de  muy  fino  oro.  Venia 
sobre  un  grandísimo  número  de  ruedas, 
todas  las  cuales  se  mostraban  ser  de 
unamuy  fina  plata.  Por  todo  el  castillo, 
en  lo  que  de  fuera  se  podía  mostrar, 
estaban  muchas  aventuras  tan  bien 
puestas  como  si  fuera?!  viras...  En  cada 
elefante  venía  un  artificio  de  madera  y 
un  hombre  que  lo  guiaba.  Bien  se  páres- 
ela ser  encantado,  porque  lleijando  á 
la  plaza,  ñor  todos  los  costados  comenzó 
á  disparar  tanto  número  de  artillería, 
que  por  gran  pieza  no  se  pudieron  oír. 
Después  de  lo  cual  el  castillo  quedó 
cercado  de  una  ardiente  llama:  de  la 
mitad  a.  riba  pa ccia  que  el  cielo  qui- 

(u)  ]>ib.  III,  c;ip.  XIX. 


PRIMímA    PAllTK.    —    TAPÍTILO    VI 


93 


so  les  (l.i  liMiuiíu)  ultramarino,  y  como  se  enmendaren,  así  se 
usaiVi  con  ellos  ile  misericordia  ó  ile  jnslicia,  y  en  lanío  tenedlos 
vos,  coiii¡);i(lre,  en  vntíslra  casa,  mas  no  los  dejéis  leer  á  ninguno. 
Que  me  place,  respondió  el  linrhero,  y  sin  querer  cansarse  más 
en  leer  libros  de  caballerías,  mandó  al  Ama  que  lomase  todos  los 
grandes'  y  diese  con  ellos  en  el  corral.  No  se  dijo  á  tonta  ni  á 
sorda,  sino  á  quien  tenía  más  gana  de  quemallos  que  de  echar 
una  lela  por  grande  y  delgada  que  fuera,  y  asiendo  casi  ocho  de 
una  vez,  los  arrojó  por  la  ventana.  Por  lomar  muchos  juntos,  se 
le    cayó  uno  á  los  pies  del  Barbero,   que  le  tomó    gana  de    ver 


siese  abrasar,  según  sus  llamas  en  alto 
se  extendían.  Sonóse  lanío  número  de 
menestriles  de  diversas  maneras,  que  no 
liabia  la  nálad  en  lodo  el  campo:  des- 
pués de  lo  cual,  con  gran  ruido  se  toco 
á  señal  de  batalla.  Del  castillo  salieron 
núnieio  de  nueve  caballeros  lan  lucidos 
y  costosos,  que  alegría  era  mirarlos. 
Venían  todos  de  una  devisa  de  armas 
indias  (azules),  y  en  los  escudos  cada 
uno  de  ellos  traía  pintada  la  Fama,  con 
una  letra  que  decía  K;ima...  Luego  jior 
aquella  devisa  entendieron  que  aquellos 
fuesen  los  caballeros  de  la  Fama...  Del 
castillo  salió  un  padrón  de  inararillosa 
plata,  el  cual,  sin  ver  quién,  lo  traia,  se 
fiíé  hasta  el  medio  de  la  plaza.  En  este 
padrón  estaba  escrito  el  objeto  de  la 
aventura,  y  entre  los  nueve  caballeros 
se  contaban  el  Rej'de  Bretaña  Artús,  y 
los  anÜguos  troyanos  Héctor  y  Troilo. 
En  este  castillo  fué  arrebatauo  D.  Be- 
lianís  por  los  .lires,  y  continuó  en  él 
muclios  días,  hasta  que  desapareriú  con 
gran  ruido,  hall.índose  Belianís  solo 
con  su  escudero  Flerisaite,  que  le  traía 
un  hermoso  caballo  (a). 

Después  volvió  á  aparecerse  el  cas- 
tillo de  la  Fama  en  ocasión  que  D.  Be- 
lianís  estaba  peleando  y  en  gran  peligro 
por  los  encantamientos  del  mágico 
Oristenes  Con  la  aparicit'm  ceí^aron  los 
encantos,  y  metiéndose  D.  Belianís  en 
el  castillo,  volvió  éste  á  partir  con  el 
mismo  ruido  que  había  traído,  y  llegó 
á  la  orilla  del  mar,  donde  aguardaba  á 
Belianísuna  zabraenque  seembarcr)(/)"¡. 

Posteriormente,  hallándose  á  pie 
D.  Beliímís  con  varias  damas  y  caba- 
lleros en  un  ameno  y  florido  campo,  sin 
saber  cómo  harían   para  llegar  á  algún 

{a)  \Áh.  III,  cap.  XX  v  XXI.  —  (é)  Ib., 
cap.  XXVI. 


poblado,  vieron  venir  el  soberbio  castillo 
de  la  Fama  con  sus  acostumbradas 
seiiales:  entraron  todos  en  él,  y  el  cas- 
tillo no  paró  hasta  Troya,  combatida  á 
la  sazón  por  los  griegos.  El  castillo 
desapareció,  Troya  fué  ganada  con  el 
auxilio  de  los  recién  venidos,  y  Poli- 
cena,  restituida  al  trono,  casó  con 
D.  Lucidaner,  hijo  de  D.  Belanio  /í). 

1.  Bien  se  entiende  que  el  Cura,  y 
no  el  Barbero,  era  quien  mandó  que  se 
arrojasen  al  corral  los  libros :  mas  para 
evitar  toda  ambigüedad  convino  poner: 
que  me  place,  dijo  el  Barbero,  y  el  Cura, 
sin  querer  cansarse  más,  mandó  al  Ama 
que  tomase,  etc. 

En  leer  libros  de  caballerías:  esto  es, 
en  leer,  no  libros,  sino  rótulos  de  libros 
de  caballerías. 

Todos  los  grandes.  Eranlos  cien  cuer- 
pos de //6/-o.v  r/mní/es  de  que  se  habló 
al  principio  del  escrutinio  ;  y.  con 
electo,  los  libros  caballerescos  se  impri- 
mían ordinariamente  en  folio,  así  como 
los  libros  (pie  adelante,  en  este  mismo 
capítulo,  se  llaman  de  entretenimiento 
y  al  principio  se  habían  designado  con 
el  nombre  de  pequeños,  solían  impri- 
mirse en  tamaños  menores. 

Cervantes  indicaba  en  esto  que  había 
muchos  más  libros  caballerescos  que 
los  nombrados  en  el  escrutinio,  y  así 
era  la  verdad.  Sin  contar  los  que  anda- 
ban en  lenguas  exiranjeras.  eran  mu- 
chos los  que  se  escribieron  en  la  Penín- 
sula, como  se  verá  á  su  tiempo  por  la 
enumeración  que  se  hará  de  ellos  : 
ad virtiéndose  desde  at^ora  que  de 
algunos  no  ha  quedado  sino  la  memoria 
deque  los  hubo:  tal  y  tan  completo 
fué  el  triimfo  del  Qcuote  y  de  su  in- 
mortal autor. 

(a)  Ih.,  cap.  XXX  y  XXXII. 


94  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

de  quién   era  ',   y  vio  que  decía  :  Historia   de^  famoso   caballero 
Tirante  el  Blanco'^.  ¡  Válame  Dios,  dijo  el  Cura  dando  una  gran 


1.  Para  que  ruóse  rorreita  la  gramá- 
tica(aj,  debió  decir:  ¡'or  lomar  muchos 
(libros)  juntos,  se  le  caijó  lal  Amaj  uno 
(i  los  pies  del  Barbero  :  al  que  le  tomó 
gana,  etc.  La  oinisiún  del  articulo  al 
pudo  muy  bien  ser  culpa  de  la  im- 
prenta, y  no  hubiera  habido  grande 
inconveniente  en  corregirla. 

2.  Tirante  el  Blanco  se  llamó  así 
por  su  padre,  que  era  señor  de  la  Marca 
de  Tiranía,  y  por  su  madre  blanca, 
hija  del  duque  de  Bretaña.  En  el  titulo 
de  su  historia  castellana,  impresa  ea 
Valladolid  el  año  de  loU  i)or  Diego  de 
Gudiel,  se  le  llama  el  esforzado  é  in- 
vencible caballero  Tirante  el  lilanco  de 
Roca  Salada,  caballero  déla  Carrotera, 
el  cual  por  su  alia  caballería  alcalizó  á 
ser  Principe  y  César  del  Imperio  de 
Grecia. 

Anteriormente  se  había  impreso  la 
misma  historia  en  lengua  lemosina  en 
Valencia,  el  año  de  149ü,  y  de  ella  hay 
un  ejemplar,  único  que  se  conoce,  ea 
la  biblioteca  de  la  Sapiencia  de  Roma. 
Otra  edición  se  hizo  de  la  misma  his- 
toria en  Barcelona  el  año  de  14y"J,segi'm 
las  noticias  recogidas  por  el  P.  Méndez 
en  su  Tipuf/ra^ia  española.  Juan  Mar- 
torell,  caballero  valenciauo,  fué  el  autor 
del  Tirante  lemosín,  y  lo  deiiicó  ,i 
D.  Fernando  de  Portugal,  hijo  del  In- 
fante D.  Alfonso,  primer  Duque  de 
Braganza,  de  quien  se  ha  hablarlo  en 
las  notas  precedentes.  La  obra  se  em- 
pezii  en  el  mes  de  Enero  de  1460,  según 
se  expresa  en  la  dedicatoria.  En  ésta 
dice  Martorell  que  el  original  úeTiranle 
estaba  en  ingles,  y  que  él  lo  tradujo,  á 
ruego  de  aquel  Pr.ncipe,  al  portugués  y 
lueso  al  valenciano,  para  (}iie  sus  pai- 
sanos pudiesen  disfrutarlo.  Al  fin  de  la 
historia  hay  una  ñola,  según  la  cual, 
habiendo  muerto  Martorell  sin  Ir.adu- 
cir  más  que  las  tres  primeras  partes, 
había  traducido  la  cuarta  y  última 
Mosén  Martín  Juan  de  Galbá,á  instancia 
déla  noble  scñoraDoña  Isabel  de  Loriz  : 


(al  Pnrn  tjiLc  fuete  correcta  la  grnmiil'cn... 
Verdaderamente  el  corrector  uo  p.;ca  por  la 
elegancia  y  exactitud.  ¿  Puede  dar.se  nada 
más  impropio  que  la  palabra  ijramática  aquí 
empleada?  Para  un  académico  es  demasiado. 
(M.  de  T.) 


añ.idese  que  la  obra  se  acibó  de  impri- 
mir en  el  mes  de  Noviembre  de  1490. 

Si  el  libro  de  Tirante  fué  realmente 
inglés  en  su  origen,  y  vino  luego  por 
los  trámites  indicados  á  ser  valenciano, 
ó  si  fué    todo    invención  de   Martorell 

Sara  ilar  mayor  valor  y  estimación  á  su 
istoria  por  este  medio,  que  después 
repitieron  otros  varios  autores  caballe- 
rescos, es  asunto  imposible  de  averi- 
guarse. Tampoco  se  puede  saber  si  la 
traducción  de  la  cuarta  parte  se  hizo 
con  poco  ó  con  mucho  intervalo  desde 
la  de  las  primeras;  ni  del  7'íra?i/e  inglés 
ni  del  portugués  han  quedado  otras 
noticias  que  las  precedentes.  Como 
quiera,  considerando  la  semejanza  que 
hay  en  la  composición  y  estilo  de  la 
cuarta  parte  con  las  tres  primeras,  es 
rnuy  verosímil  que  todas  fueron  origi- 
nalmente de  una  misma  mano,  y  coino 
la  traducción  de  Galb;í  se  hizo,  según 
suena,  del  portugués,  puede  creerserpie 
el  Tirante  existió  integro  en  este  idioma. 
De  él  hubo  de  trasladarse,  se  ignora 
por  quién,  el  Tirante  castellano  que  se 
publicó  el  año  de  1511  en  Valladolid. 
D.  Juan  Antonio  Pellicer,  fundándose 
en  que  Martorell  llamó  traducción  á  su 
obra,  supuso  que  el  original  había  sido 
castellano,  como  si  no  pudiesen  hacerse 
traducciones  de  otro  idioma.  De  la  edi- 
ción castellana  lo  tradujo  al  italiano 
Lelio.Manfredi,  y  se  publicó  por  primera 
vez  en  Venecia,  el  año  de  1538  Co- 
rriendo este  siglo  último,  lo  vertió  del 
castellano  al  francés  el  conde  de  Cai- 
lús,  y  lo  publicó  el  año  de  1740  :  pero 
no  tuvo  noticia  de  la  edición  lemosina, 
y  supone  siempre  castellano  al  original, 
aunque  sospechó  que  el  autor  fué  va- 
lenciano, por  un  eloíiio  de  Valencia  y 
tres  profecías  relativas  á  aquella  ciudad 
que  se  insertan  en  la  obra. 

La  edicii>n  castellana  de  Tirante  era 
ya  rara  desde  antiguo.  Ni  D.  Nicolás 
Antonio  ni  su  ndicionador  D.  Francisco 
Bayer,  ni  aun  Pellicer  mismo,  según 
parece,  aunque  tan  diligentes  biblió- 
grafos, vieron  ningún  ejemplar  del  Ti- 
rante. Todavía  debió  ser  más  raro  en 
estos  últimos  tiempos,  y  aun  dudo  <iue 
haya  quedado  niníjuno  en  Esuaña  des- 
pués que  la  curiosidad  extranjera,  ó 
por  mejor  decir,   la  negligencia  espa- 


l'ItlMKRA    PAlili:.     —    CAPÍTIíl.O    VI  !J5 

slé  Tiiíuilc  el   Blanco!    Dádmelo  ac;i,  compadre, 


voz,  que   acjuí  (vs  ,    ^ , 

«jue  lui<í()  ciicnla  qm^  he  liallado  en  él  un  tesoro  de  contenió  y  una 
mina  de  pasatiempos.  Aípií  está  D.  Quiricleisón  de  Montalhán, 
valeroso  caballero,  y  su    hermano   Tomás'   de   Montalbán,    y   el 


ñola  nos  privi')  estos  afios  pasudos  de 
un  ejemplar,  que  ya  acaso  era  el  único 
que  queclabaen  España.  Yo  no  he  loi,'ra(lü 
verlo,  á  pesar  de  mis  diligencias,  y  sólo 
he  tenido  presente  la  versi(m  italiana 
de  la  primera  parte,  y  la  francesa  del 
conde  (le  Gailús  (a). 

Hablase  en  la  Historia  de  Tirante  del 
uso  dtila  artillería,  de  las  islas  Canarias, 
de  la  orden  de  la  Jarretera;  los  trajes, 
las  armas,  las  (icstas  y  las  costil lubres 
que  describe  pertenecen  ya  al  siglo  .\v: 
el  modo  con  que  habla  de  los  genoveses 
es  propio  de  un  subdito  de  la  corona 
de  Aragón  en  aquella  época;  y  además 
f  de  otros  personajes  fabulosos  como 
Artús,  Lanzarote,y  Flores  y  Blan(;atlor, 
menciona  también  á  Urganda  la  Desco- 
nocida, lo  cual  persuade  que  se  escribió 
después  que  el  Amadís  de  Gaula. 

Entregándonos  ;i  conjeturas  no  inve- 
rosímiles, Juan  Martorell  debió  de  ser 
algún  caballero  favorecido  de  Don  Fer- 
nando de  Portugal,  y  sabiendo  la  incli- 
nación de  este  Principe  á  las  historias 
caballerescas,  quiso  obsequiarle  con  la 
de  Tirante  el  Blanco,  escrita  quizá  á 
competencia  de  la  de  Amadís,  qáxxo  ori- 
ginal se  gu  irdaba  con  aprecio  en  la 
ca-sa  de  D.  Fernando.  Martorell,  en  la 
dedicatoria,  habla  de  su  estancia  du- 
rante algún  tiempo  en  Inglaterra  y  de 
las  adversidades  que  había  experimen- 
tado de  la  fortuna,  adversidades  que 
pudieron  ser  ocasi('in  del  favor  de  aquel 
generoso  Príncipe.  En  obsequio  suyo 
escribiríala  obra  en  portugués,  y  después 
quiso  su  autor  ponerla  también  en 
lemosin  para  que  la  disfrutasen  sus 
paisanos,  como  él  mismo  dice:  pergo 
que  lanado  don  yo  So  natural,  senpuxa 
ulef/rar  ;  y  no  habiendo  concluido  la 
versión  por  su  muerte,  la  continuó,  ó 
entonces  ó  aüos  después,  iMosén  Martín 
de  Galbá  Así  se  e.xplican  naturalmente 
la  predilección  que  muestra  el  autor  de 
Tirante  á  Valencia,  sus  relaciones  con 

(a)  Existe  afortunadamente  en  España  un 
ejemplar  de  esta  edición,  que  ha  podido 
consultar  á  sus  anchas  el  señor  Cortejón.  ijra- 
cias  á  la  benevolencia  de  su  actual  poseedor, 
el  egrefíio  cervantista  D.  Isidro  Bonsoms.  á 
c|uien  llama  con  justicia  «  el  Creso  de  los 
bibiiúlilos  cervantistas».  (M.  de  T.) 


el  Principe  D.  Fernando, y  el  motivo  de 
escribirse  y  traducirse  la  historia. 

De  todos  estos  antecedentes  se  deduce 
que,  asi  como  es  dudoso  que  existiese 
el  libro  de  Tiranteen  inglés,  así  también 
es  seguro  que  existió  en  portugués,  y 
que  se  escribió  en  esta  lengua  por  los 
años  de  1460;  pero  después  hubo  de 
perderse  absolutamente,  sin  que  h.iya 
quedado  noticia  alguna  de  su  paradero, 
l'^jemplar  que,  añadido  á  los  de  Amadís 
de  Gaula  y  Patmeria  de  Oliru,  de  que 
se  habló  anteriormente,  pudiera  fo- 
mentar la  conjetura  de  que  hechas  ya 
y  publicadas  las  traducciones  castella- 
nas, la  extensión  y  popularidad  europea 
(]ue  imestro  idioma  gozaba  en  el 
siglo  XVI  liizo  que  se  olvidasen  los  textos 
portugueses  y  dio  lugar  á  su  pérdida, 
sin  llegar  á  imprimirse  (3). 

El  cotejo  exacto  y  prolijo  de  las  dos 
ediciones,  leitiosina  y  castellana,  pres- 
taría probablemente  ocasión  para  hacer 
muchas  observaciones  y  extender  más 
esta  noticialiterariadel  libro  de  Tirante 
el  Blanco. 

1.  Este  nombre  de  Quirieleisón,  dado 
á  un  caballero  en  la  prituera  parle  de 
Tirante,  es  tan  ridiculo  como  el  de 
Melquisedec  que  se  da  en  la  cuarta  á  un 
rey  de  Tremecén.  Tirante  había  vencido 
y  muerto  en  batalla  á  cuatro  caballeros 
desconocidos  que,  segiin  se  supo  des- 
pués, eran  los  Keyesde  Frisay  Polonia, 
y  los  Duques  d«  Borgoña  y  Baviera.  En 
venganza  de  sus  muertes,  D.  Quirielei- 
són, vasallo  muy  favorecido  del  Hey  de 
Frisa,  á  f[uieu  por  su  talla  y  grandes 
fuerzas  se  tenía  por  nacido  de  raza  de 
gigantes,  envió  una  doncella  con  un 
rey  de  armas  á  Inglaterra  á  desafiar  á 
Tirante  ;  y  acudiendo  después  al  tiempo 
aplazado,  expiró  de  dolor  á  vista  del 
cadáver  de  su  Rey.  Tomás  de  Montal- 
bán tomó  la  demanda  de  su  hermano  y 
desafió  á  Tirante,  tachándole  de  traidor 
á  presencia  del  Rey  de  Inglaterra.  La 
gorra  de  Tomás  y  la  cadena  de  oro  de 
Tirante  fueron  los  gajes  de  batalla  que 
se  entregaron  á  los  jueces.  La  talla  de 

(i)  El  a.rgumento  no  tiene  gran  fuerza, 
porque  precisainenío  fué  también  aquella 
época  de  gloria  par;i  Portutral  y  sus  letras. 

(M.  de  T., 


96  DON    OriJOTE    DE    LA    MANCHA 

caballero  Fonseca',  con  la  batalla  que  el  valiente  de  Tirante^ 
hizo  con  el  alano,  y  las  agudezas  de  la  doncella  Placerdemivida, 
con  los  amorcís  y  euiliustes  dcí  la  viuda  Reposada  ^,  y  la  señora 
Emperatriz  enamorada  de  Hipólito  su  escudero  *.  Dígoos  ver- 
dad ■"',  señor  compadre,  que  por  su  estilo  es  éste  el  mejor  libro 
del  mundo''  :  a<[iü  comen  los  caballeros,  y  duermen,  y  mueren 


Tomás  era  tal,  que  apenas  le  alcanzaba 
su  rival  á  la  cintura ;  mas,  sin  embargo, 
fué  vencido,  obligado  á  desdecirse, 
echado  afrenlosanienle  del  campo  vuelto 
de  espaldas  y  conducido  cnlre  los  im- 
properios y  silbidos  del  populacho,!  una 
iglesia,  donde  se  le  declaró  embustero 
y  aleve.  Finalmente,  se  metió  fraile  de 
San  Francisco  (a). 

i.  El  traductor  francés  dice  que  en 
Tirante  no  se  halla  tal  nombre.  D.  Juan 
Bowle,  en  sus  Anotaciones,  copia  del 
capitulo  XIX  de  la  tercera  parte  de 
Tirante  las  siguientes  palabras  :  Salió 
la  bandera  del  Emperador,  que  traía 
un  caballero  que  se  llamaba  Fonseca. 
Se  conoce  que  Cailús  lela  más  de  prisa 
que  Bowle  (a). 

2.  Viniendo  a  las  fiestas  de  Londres 
el  Principe  de  Gales,  que  era  muy  afi- 
cionado á  la  caza,  bahía  traído  consigo 
algunns  alanos.  Era  labora  de  la  siesta 
cuando  uuo  de  ellos,  que  ern  de  tamaño 
extraordinario,  rouipió  su  cadenay  em- 
bistió á  Tirante,  que  pasaba  casual- 
mente á  caballo.  Tirante  se  apeó,  desen 
vainó  su  espada,  y  á  vista  de  ella 
retrocedió  el  alano  :  lo  que  advertido 
por  Tirante,  arrojó  la  espada,  porque 
nunca  se  pudiese  decir  que  peleaba  «on 
ventaja.  Animado  con  esto  el  alano, 
volvió  á  embestir  y  derribó  una  y  otra 
vez  á  su  adversario,  hiriéndole  mala- 
mente, hasta  que  al  cabo  de  media  hora 
de  pelea,  haciendo  un  esfuerzo  Tirante, 
mató  al  alano  de  un  bocado  en  el  pes- 
cuezo (6). 

Todas  las  ediciones  del  Qcuote  habían 
leído  el  valiente  Detriante,  hasta  que 
D.  Juan  Bowle  lo  corrigió  en  lasuj-a  el 
año  de  IISI,  poniendo,  como  siempre 
debió   ponerse,  el  valiente  de  Tirante. 

(a)  Tirante,  portel.  cap.XXVII  y  XXVUT. 
—  (b)  Tirante,  parte  I,  cap.  XXII. 

(a)  El  señor  Cortejen  cita  las  mi-snias  pala- 
bras del  capítulo  cxvii  de  la  edición  valen- 
ciana. (M.  de  T.) 


Pero  antes  de  Bowle  había  ya  advertido 
el  error  y  propuesto  la  corrección  el 
conde  de  Cailús  en  el  prólogo  de  su 
traducción.  I'ellicer  adoptó laenmienda, 
y  no  sé  por  qué  no  hizo  lo  mismo  la 
Academia  Española  en  su  erlición  del 
año  1819.  Las  impresiones  primitivas 
de  donde  se  tomó  el  error  eran  suma- 
mente incorrectas  :  de  lo  cual  ocurrirá 
hablar  l'recuenteuiente  en  estas  notas. 

3.  La  Emperatriz,  mujer  de  Fadrique, 
Emperador  de  Constantinopla,  y  su 
hija  la  Infanta  Carmesina,  tenían  ciento 
setenta  entre  dueñas  y  doncellas.  Una 
de  estas  era  Placerdemivida,  doncella 
de  mucho  ingenio  y  agudos  dichos, 
confidenta  de  Carmesina  en  sus  amores 
con  Tirante.  También  era  sabedora  de 
ellos  la  viuila  Reposada,  nodriza  que 
había  sido  de  Carmesina  ;  pero  ciega- 
mente enamorada  de  Tirante,  trata  de 
indisponerlo  con  Carmesina  y  á  Carme- 
sina con  él  por  medio  de  las  más  pér- 
fidas y  atroces  calumnias  ;  hasta  que 
viendo  ya  próxima  á  descubrirse  su 
maldad,  toma  un  veneno  y  muere. 

4.  Por  estas  palabras  parece  que 
Hipólito  era  escudero  de  la  Emperatriz, 
y  no  lo  era. sino  de  Tirante:  la  mención 
de  éste  queda  ya  á  bastante  distancia, 
lo  que  hace  más  fácil  la  equivocacicm. 
Hipólito,  después  de  la  muerte  de  Ti- 
rante y  del  Emperador,  casó  con  la 
Emperatriz,  y  de  esta  suerte  llegó  á  ser 
Emperador  de  Grecia. 

o.  Parece  que  debiera  leerse  :  digoos 
de  vrdad  ó  en  verdad. 

6.  Cervantes  habló  de  \n  Historia  de 
Tirante  de  un  modo  que  dejó  en  duda 
cuál  era  su  verdadera  opinión  acerca 
de  su  mérito.  Mas  prescindiendo  de 
esto,  bien  puede  decirse  que  Tirante  el 
blanco  es  el  libro  mejor  de  Caballerías 
que  se  conoce  entre  todos  los  demás 
deste  género.  Apenas  se  encuentran  en 
él  sucesos  descompasados  é  imposibles. 
Lejos  de  querer  atribuirlo  todoá  magos 
y  encantadores,  como  sucede  de  ordi- 
nario  en    las    crónicas   caballerescas. 


I^niMKMA    l'AItlK.    —    CAPÍTULO    VI 


í)7 


en  sus  camas,  y  hacen  lestainenlo  aiiles  de  su  muerle,  con  oLi'as 
cosas  lie  (|ue  loilos  los  demás  libros  desle  g'cnero  carecen.  Con 
todo  eso,  os  dii^o  (jue  merecía  el  (jue  lo  compuso,  pues  no  hizo 
lautas  necedades  de  industria,  que  le  echaran  á  galeras  por  todos 
los  ilías  de   su    vida  *.  Llevalde  á  casa  y  leelde,  y  verí'Ms  que  es 


(Icscrihiéniiose  un  palacio  maravilloso 
que  se  constriiyópaia  las  bodas  del  Rey 
QC  lu^'lalerra,  dice  Diofebo,  que  es  quien 
hace  la  relación  :  /  nonpensi  la  Signo- 
ria  vosti'íi  rfir  lultr  (¡iiesle  cose  fussevo 
falle  per  incanlnmenlo  ne  per  arte  di 
negromanlia.  nía  arli/icialuienle,  esto 
es.  á  fuerza  de  ingenio  (a).  Los  acon- 
tecimientos que  se  refieren  pudieron 
absolutamente  suceder  sin  salir  del 
curso  de  las  cosas  humanas  :se  presenta 
■variedad  de   caracteres,  y    éstos  cons- 

^ntes  y  sostenidos  ;  el  plan  de  la  his- 
ria  está  bien  dispuesto  ;  el  interés 
crece  progresivamente,  y  el  fin  patético 
y  doloroso,  pero  natural,  de  la  historia, 
no  puede  menos  de  conmover  y  afectar 
vivamente  álos  lectores.  Tirante  muere 
en  cama  y  hace  testamento,  como  aquí 
se  dice;  pero  ;,  cuándo?  cuando  vol- 
viendo vencedor  de  los  enemigos  del 
imperio,  lleno  de  triunfos  y  despojos,  y 
declarado  ya  César  (a),  se  acerca  á  coger 
el  suspirado  fruto  de  sus  ansias,  á  ser 
dueüo  de  la  mano  de  la  bella  Carme- 
sina.  En  el  hervor  de  la  esperanza  y 
del  alborozo,  una  violenta  dolencia  le 
sorprendre  en  el  camino  ;  fallece  de 
ella  casi  á  las  puertas  de  Constantinopta, 
y  Carmesina,  abrazada  con  el  cadáver 
de  su  esposo,  expira  de  dolor.  Tal  es 
por  mayor  el  fin  de  la  Historia  de  Ti- 
rante, y  á  no  ser  por  la  desagradable 
difusión  de  los  discursos  y  pormenores, 
por  las  imperfecciones  propias  del 
tiempo  poco  culto  en  que  se  compuso, 
y  por  las  expresiones  y  escenas  sobra- 
damentelibres  quede  cuando  encuando 
ofrece,  todavía  (¡uizá  pudiera  leerse  con 
gusto  entre  otros  libros  de  entreteni- 
inientoüde  nuestro  siglo. 

1.  Pasaje  el  m<is  obscuro  del  Quijote. 
Por  una  parte  parece  que  se  alaba  el 
libro  de  Tirante,  y  por  otra  se  declara 

[a]  Parte  I,  cap.  XVIII. 

('/)  Dpclnrado  tjn  César...  —  El  insigne  Ama- 
dor de  los  Ríos  supone  que  Martorell  quiso 
retratar  veladaineiite  en  este  libro  las  haza- 
ñas del  famoso  héroe  Roger  de  Flor. 

(M.  de  T.) 


merecedor  de  galeras  perpetuas  ;i  quien 
lo  compuso.  El  Conde  de  Caih'is  en  el 
pnilogo  de  su  traducción  intentó  expli- 
carlo, añadiendo  al  texto  un  no  que 
supone  omitido  por  el  injpresor,en  esta 
forma:  don  lorln  eso,  os  digo  que  no 
merecía  el  que  lo  compuso,  pues  no  hizo 
tantas  necedades  de  industria  {<¡i),que  le 
echasen  (i  galeras  por  todas  los  días  de 
su  vida.  Esto  es:  os  digo  que  el  que  lo 
compuso  no  inerecia  que  le  ec/iasen  ó 
galeras  por  todos  los  dias  de  su  vida, 
pues  dejó  de  hacer  de  industria  ó  de 
propósito  deliberado  tantas  necedades 
como  se  cometen  en  todos  los  libros 
desle  género.  Añade  el  traductor  para 
acabar  la  explicación,  que  tenía  idea  de 
haber  leído  (no  se  acordaba  dónde)  que 
el  autor  de  la  novela  de  Tirante  haloía 
muerto  estando  en  galeras.  El  expe- 
diente es  ingenioso  ;  pero  aun  con  la 
adición  del  no  y  la  noticia  déla  muerte 
del  autor  en  galeras,  el  pasaje  queda 
obscuro,  5'  puede  indicar  sin  violencia 
que  el  autor  no  merecía  tanta  pena 
como  la  de  galeras  perpetuas,  pues 
aunque  había  hecho  tantas  necedades, 
no  las  había  hecho  con  malicia,  que  eso 
quiere  decir  de  industria  en  el  capi- 
tulo IX,  cuando  se  acrimina  á  Gide 
Hamete,  porque  de  industria  pasa  en 
silencio  las  alabanzas  de  D.  Quijote.  En 
este  caso  los  elogios  que  aquí  se  dan  al 
libro  de  Tirante  pudieran  pasar  por 
irónicos,  como  lo  son  ciertamente  los 
(|ue  se  hacen  después  del  libro  de 
Lofraso.  De  uno  y  otro  habla  el  Cura 
en  términos  muy  semejantes.  En  Ti- 
rante liace  cuenta  que  ha  hallado  un 
tesoro  de  contento  y  una  minade  pasa- 
tiempos, añadiendo  que  por  su  estilo  es 
el  mejor  libro  del  mundo.  Del  de  Lo- 
fraso dice  que  no  se  ha  compuesto  tan 
gracioso  ni  tan  disparatado  libro,  y  que 
por  su  camino  es  el  mejor  de  cuantos 
deste   género    han  salido    a  la  luz  del 

(s)  El  señor  Menéndez  Pelayo  cree,  por 
el  contrario,  que  la  obscuridad  del  texto  nace 
de  haber  agregado  los  primeros  editores  un 
no  antes  de  fii:o.  Quitado  este  no.  el  sentido 
resulta  claro  y  comprensible.      (M.  de  T.) 


98 


DON    Ql  IJOTE    DE    LA    MANf:HA 


verdad  cuanlo  d(''l  os  he  dicho.  Así  será,  respondió  el  Barbero  ; 
pero  ¿qué  haremos  destos  pequeños  libros  que  quedan?  Estos, 
dijo  el  Cura,  no  deben  de  ser  de  caballería,  sino  de  poesía  :  y 
abriendo  uno,  vio  que  era  La  Diana  de  Jorge  de  Mon¿emai/or  *, 
y  dijo  (creyendo  que  todos  los  demás  eran  del  mismo  género)  : 
éstos  no  merecen  ser  quemados  como  los  demás,  porque  no  hacen 
ni  harán  el  daño  que  los  de  Caballerías  han  hecho,  que  son  libros 
de  entretenimiento'-'  sin  perjuicio  de  tercero.  ¡  Ay,  señor  I  dijo  la 


mundo.  Esta  semejanza  de  expresiones 
y  aquel  con  todo  que  da  principio  al 
periodo,  inclinan  á  interpretar  el  texto 
en  mala  parte,  y  ;í  creer  que  el  juicio 
que  Cervantes  formó  acerca  del  mérito 
de  Tirante  el  Blanco,  fué  menos  favo- 
rable de  lo  que  supuso  el  traductor 
francés. 

1.  Jorge  de  Montemayor,  llamado 
así  del  nombre  de  su  patria  en  Portugal, 
fué  mvisico,  soldado  y  poeta.  Escribió 
en  siete  libros  la  Diana,  novela  pasto- 
ral mezclada  de  prosa  y  verso,  en  que 
se  refieren,  aunque  disfrazadas,  diversas 
hislorias  de  casos  que  verdaderamenle 
han  sucedido,  como  se  dice  en  el  argu- 
mento de  la  novela,  la  cual  se  impri- 
mió en  el  año  de  154.5. 

S.  G.  Pavillón  la  tradujo  en  francés 
(no  fué  su  traducción  la  primera  que 
se  hizo  en  aquel  idioma),  y  la  imprimió 
en  París  el  año  de  1603  con  algunas 
notas;  en  ellas  dice  que  en  España  se 
creía  generalmente  haber  sido  la  inten- 
ción de  Jorge  de  Montemavor  escribir 
los  amores  del  Duque  de  Alba,  á  quien 
había  servido  por  largo  tiempo,  y  a 
quien  en  la  novela  se  daba  el  nombre 
de  Sireno.  Pero  más  natural  fué  que 
Montemayor  describiese  sus  propios 
amores,  revistiéndose  del  nombre, 
análogo  al  suyo,  de  Silvano,  amante 
también  de  Diana;  y  esta  fué  la  opi- 
nión común  en  España,  de  lo  que  por 
coetáneo  es  testigo  mejor  y  más  fule- 
digno  Lope  de  Vega,  que  en  su  Doro- 
tea [a)  dice  que  ¿f/  Diana  de  Montemayor 
fué  una  dama  natural  de  Valencia  de 
Don  Juan,  junto  d  León;  y  Ezla  su  rio, 
añade,  y  ella  serán  eternos  porsupluma. 
El  P.  Sepúlveda,  monje  del  Escorial, 
autor  contemporáneo,  en  sus  Apunta- 
mientos manuscritos  ib)  cuenta  que  los 
Reyes  D.  Felipe  111  y  Doña  Margarita 
estuvieron  el  año  de  1602  en   Valencia 


de  Don  Juan,  donde  aun  vivía  aquella 
dama,  aunque  anciana,  con  muchos 
restos  de  hermosa,  y  (juelos  Reyes  fue- 
ron á  verla  movidos  de  la  celebridad 
que  el  libro  de  Jorge  Montemayor  le 
había  granjeado.  M;muel  í'ariadeSousa, 
autor  también  de  aquel  tiempo,  dice 
que  fué  en  Valderas,  y  que  los  Reyes 
la  hicieron  venir  á  su  presencia  ;  esto 
es  lo  más  verosímil.  Ni  Lope  de  Vega 
ni  el  P.  Sepúlveda  expresaron  su  nombre. 
Paria  de  Sonsa  la  llamó  Ana,  lo  que, 
si  fué  así,  daría  ocasión  al  nombre  de 
Diana.  El  traductor  francés  se  inclinó, 
sin  mucho  fundamento,  á  que  la  dama 
verdadera  de  Montemayor  I  ué  la  Juana 
Ana  Catalana  que  secelebra, entreoirás 
damas  valencianas,  en  el  Canto  de  Or- 
feo  [a],  llevado  quizá  de  lo  que  allí  se 
dijo  en  elogio  suyo  : 

Aquella  hermosura  no  pensada 
Que  veis,  si  verla  cabe  en  vuestro  raso... 
Aquella  discreción  tan  levantada, 
Aquella  que  es  mi  Musa  y  mi  Parnaso, 
Juana  Ana  es  Catalana,  úñ  y  cabo 
De  lo  que  en  todas  por  extremo  alabo. 

No  fué  Jorge  de  Montemayor  el  único 
poeta  de  su  tiempo  que  celebró  con 
este  disfraz  á  su  dama.  Lope  de  Vega, 
en  el  lugar  citado,  alega  los  ejemplos 
de  Gálvez  de  Montalvo,  de  Cervantes, 
de  Garcilaso,  de  Camoens.de  Bernaldes, 
de  Figueroa,  de  Corterreal.  y  hubiera 
podido  añadir  también  el  suyo. 

D.  Nicolás  Antonio  dice  que  Jorge  de 
Montemayor  murió  antes  del  año 
de  1,562;  Pellicer  expresa  que  perdió  la 
vida  el  de  1561  en  el  Piamonte,  y  yo 
he  leído  en  un  autor  contemporáneo 
(cuyo  nombre  he  olvidado)  que  murió 
en  un  desafío. 

2.  Todas  las  ediciones  antiguas  de- 
cían libros  de  entendimiento.  El  error 
de  la  imprenta  era  claro,  y  el  mismo 
Cervantes  llama  á  esta  clase  de  libros 


(o)  Acto  II,  esc.  II.  —  (6)  T.  II,  cap.  XII. 


(a)  Lib.  IV. 


r>inMi:nA  pahik.   —  CMMTrr.o  vi 


í)0 


Solii'in.i,  l>i<'ii  los  |»ii(mI('  vnoslrn  iikm'í'cíI  miiiid.ir  (jiiomar  como  ¡'i 
los  (IciMMs;  poiíinc  no  scrí.i  miii(;1io  (|ii(í  luilticiido  síuiíkIo  mi  señor 
lío  ele  la  ('iilVrim'(la<l  caballeicsca,  líiyentlo  cslos  se;  l(;  anUjjase 
tle  hacerse  paslor'  y  amlarscí  pm'  los  bosques  y  j>ra(Jos  caiilando 
y  lañciulo,  y  lo  que  seiía  peor,  hacerse  poeta,  que  según  dicen  es 
enfermedad  incurable  y  pegadiza  ^.  Verdad  dice  esla  doncella, 
dijo  el  Cura,  y  será  bien  quitarle  A  nuestro  amigo  este  tropiezo  y 
ocasión  delante.  Y  pues  comenzamos  por  la  Diana  de  Monte- 
mayor,  soy  de  parecer  que  no  se  queme,  sino  que  se  le  quite  todo 
ncpiello  que  trata  de  la  sabia  Felicia  y  de  la  agua  encantada,  y 
casi    todos    los    versos    mayores  ^,    y   quédesele    enhorabuena    la 


de  entrelenimien/o  en  la  dedicatoria 
del  I'érsiles.  Peliicer  fué  el  primero  que 
propuso  enuiendarlo,  y  sustituir  á  en- 
lenilimienfo  enlrelenimienlo ;  pero  no 
se  íiecidió  ;i  liaccrlu.  La  Academia 
Española  atloptó  la  enmienda  en  su 
edición  del  año  1819;  y  ojal.i  hubiera 
hecho  1"  mismo  otras  veces,  en  que  la 
evidencia  del  error  y  el  justo  crédito  de 
que  goza  tan  distinguido  Cuerpo  lo  au- 
torizaban para  restiiuir  la  verdadera 
lección,  y  rectificar  el  texto  del  Quijote. 

1.  Ríos  dijo  (a)  que  en  este  pasaje 
se  previno  ya  la  ijraciosa  mania  de 
hacerse  pastor,  en  que  dio  D.  (Quijote 
después  de  vencido  en  Barcelona:  pero 
no  juzgo  yo  que  se  tratase  aquí  de  pre- 
parar para  en  adelante  el  proyecto  de 
la  pastoral  Arcadia;  más  bien  creyera 
que  el  proyecto  nació  de  lo  que  se 
había  dicho  aquí  ;  en  suma,  que  esto 
no  se  puso  por  aquello,  sino  aquello 
por  esto. 

2.  Esta  expresión,  y  aun  todo  este 
discurso,  no  es  verosímil  ni  asienta 
bien  en  boca  de  la  Sobrina,  muchacha 
sencilla  é  ignorante.  Por  lo  demás,  el 
pensamiento  es  antiguo,  y  la  mofa  de 
los  poetas  se  halla  repetida  frecuente- 
mente en  los  libros,  desde  el  otro  en 
que  se  pintó  al  melriUcador  furioso  á 
manera  de  bestia  feroz  que,  rompiendo 
la  jaula,  embiste  á  los  pasajeros  y  ase- 
sina con  la  lectura  de  sus  versos  á 
doctos  é  indoctos,  ó  como  sanguijuela 
que  no  suelta  á  su  oyente  hasta  que  le 
ha  chupado  toda  la  paciencia.  D.  Fran- 
cisco de  Quevedo  incluyó  en  su  Gran 
Tacaño  [h]  una  pragmática  contra  los 
poetas,  compuesta  por  uno  que  lo  fué 
y  se  recogió  á  buen  vivir,  donde  se  ¡es 

la)  Análisis,  lu'im.  98.  —  (6)  Cap.  X. 


declara  por  locos.  Cervantes  había  pre- 
cedido á  Quevedo  en  la  idea  de  ridicu- 
lizar los  vicios  de  los  poetas  en  tono 
y  forma  de  pragmática,  como  puede 
verse  en  las  Ordenanzas  de  Apoto,  in- 
sertas al  fin  del  \  kije  al  Parnaso. 

3.  La  censura  que  hace  Cervantes 
de  la  Diirna  de  Moutemayor  es  jü^ta, 
pero  más  severa  de  lo  que  corres- 
ponde á  la  indulgencia ordinariade  Cer- 
vantes. Jorge  Muntemayor,  imitando  á 
Jacobo  Sanazaro  en  su  Arcadia,  escri- 
bió su  Diana  novela  p.istoril  en  que 
todo  debió  ser  sencillo  y  natural,  como 
lo  es,  o  se  supone  ser.  el  carácter  ile 
los  pastores  ;  de  ella  debió  proscribirse 
todo  lo  maravilloso  y  magnifico.  Á 
pesar  de  esta  regla,  dictada  por  la  esen- 
cia de  su  argumento,  y  que  halh'»  ob- 
servada por  los  antiguos  buciilicos  j 
por  el  mismo  Sanazaro,  Montemayor, 
arrastrado  al  parecer  por  el  gusto  ge- 
neral de  su  tiempo,  introdujo  entre 
otros  incidentes  pastoriles  }•  propios 
de  su  fábula,  no  sólo  las  ficciones  y 
deioades  de  la  Mitología  griega,  sino 
también  los  palacios  y  encantos  de  la 
sabia  Felicia,  personaje  tomado  de  las 
aventuras  mágicas  de  los  libros  caba- 
llerescos, que  ocupa  gran  parte  de  la 
novela.  En  el  libro  V  de  la  Diana, 
sacando  Felicia  dos  vasos,  dio  á  beber 
del  uno  al  pastor  Sireno,  y  del  otro  á 
Silvano  y  Selvagia;  y  después  que 
durmieron  un  rato  profundamente.  Fe- 
licia les  tocó  la  cabeza  con  cierto  libro, 
y  despertaron,  Sireno  libre  de  los 
amores  de  Diana,  y  Silvano  y  Selvagia 
mutuamente  enamorados,  siendo  antes 
muy  distintas  sus  inclinaciones.  He 
aquí  el  agna  encantada  de  que  habla 
Cervantes. 

\o  anduvo  éste  menos  risruroso  con 


100 


DON    OCIJOTK    DK    LA    MANCHA 


prosa  Y  la  honra  de  ser  primero  en  semejantes  libros  ^  Este  que 
se  sig'ue,  dijo  el  Barbero,  es  La  Diana,  llamada  Segunda  del  Sal- 
mantino 2  ;  y  ésle,  otro  que  tiene  el  mismo  nombre,  cuyo  autor 


los  versos  que  llama  mayores  de  Jorge 
de  Montemayor,  entre  los  cuales  se  ven, 
con  efecto,  iniiohos  de  corto  mérito; 
mas  bien  puiliera  haberle  elogiado  por 
los  de  arte  menor  d  redondillas  y  co- 
plas castellanas,  en  que  soliresalió.  y  á 
veces  íué  Montemayor  inimitable.  Lin- 
dísimas son  las  de  Sireno,  q\ie  primero 
favorecido  y  después  olvidado  de  Diana, 
dirigía  los  siguientes  versos  á  unos 
cabellos  cogidos  con  un  cordón  de 
seda  verde,  memoria  de  los  pasados 
favores  de  su  pastora  : 

Cabellos,  ¡cuánta  mudanza 
he  visto  después  que  os  vi, 
V  cuan  mal  parece  ahí 
esa  color  de  esperanza!... 

i  Ay,  cabellos,  cuántos  días 
la  mí  Diana  miraba 
si  os  traía  ó  si  os  dejaba, 
y  otras  cien  mil  niñerías! 
¡  Y  cuántas  veces  llorando 
(¡  ay  lágrimas  engañosas!) 
pedía  celos  de  cosas 
de  que  yo  estaba  burlando ! 

l.os  OJOS  que  me  mataban, 
decid,  dorados  cabellos, 
¿qué  culpa  tuve  en  creellos, 
pues  ellos  me  aseguraban? 

¿  No  vistes  vos  que  algún  día 
mil  lágrimas  derramaba, 
hasta  que  yo  le  juraba 
que  sus  palabras  creía?... 

Sobre  el  arena  sentada 
de  aquel  río  la  vi  yo, 
do  con  el  dedo  escribió 
antes  muerta  que  mudada. 
Miren  amor  lo  que  ordena, 
que  un  hombre  llegue  á  creer 
cosas  dichas  por  mujer 
y  escritas  en  el  arena  (a). 

1.  Debe  entenderse  primero  en  Es- 
puü/i,  porque  el  inventor  moderno  del 
género  bucólico  mezclado  de  prosa  y 
verso  fué,  como  ya  se  insinuó,  .larobo 
Sanazaro,  célebre  poeta  napolitano, 
autor  de  la  Arcadia,  primera  novela 
pastoral  de  cta  clase.  Sanazaro  nació 
el  año  de  14.i8,  y  murió  el  de  1.532.  Su 
fábula  se  tradujo  en  castellano  por 
Diego  López  de  Ayala,  Canónigo  de 
Toledo,  quien  la  imprimi('i  en  lo47. 
Tanto  la  trnducción  como  el  original 
pudieron  inspirar  á  Montemayor  la  idea 

(rt)  Lib.  I, 


de  su  Diana.  Sanazaro  celebró  en  la 
Arcadia  á  Carmosina  Bonifacia  bajo  el 
supuesto  nombre  de  Amaranla  ó  de 
Fili.  que  hasta  en  esto  dio  en  qué 
imitar  á  Montemayor.  Cervantes,  que 
estuvo  en  Italia,  que  levó  y  amó  ;i  los 
poetas  clásicos  de  aquella  culta  región, 
que  visitó  la  patria  de  Sanazaro,  que 
pisó  sus  rúas  más  de  un  año  y  noiubn') 
las  égl(»gas  de  Sanazaro  al  fin  del  Qui- 
jote, no  pudo  decir  sin  alguna  limita- 
ción que  la  Diana  de  Montemayor  era 
el  primero  en  semejantes  libros.  Siguie- 
ron también  la  escuela  de  Sanazaro,  y 
escribieron  fábulas  pastoriles  mezcla- 
das de  prosa  y  verso,  después  de  Jorge 
Montemayor,  sus  continuadores  Alonso 
Pérez  y  Gil  Polo,  el  mismo  Cervantes 
en  su  (ialafea,  LuisGálvez  de  Montalvo 
en  su  Pastor  de  Filida,  Lope  de  Vega 
en  su  Arcadia,  Bernardo  de  Valbuena 
en  el  Siqlo  de  oro.  y  otros  autores  de 
menor  crédito  en  nuestra  literatura. 

Tanto  los  libros  caballerescos  como 
las  novelas  pastoriles  métricoprosaicas 
nacieron  fuera  de  Espai'ia  :  Portugal 
fué  la  primera  parte  de  la  península 
donde  se  naturalizaron.  Vasco  Lubeira 
y  Jorge  de  Montemayor  fueron  los  fun- 
dadores de  estos  dos  ramos  de  litera- 
tura que  ocuparon  por  mucho  tiempo 
las  plumas  y  las  prensas  españolas,  y 
que  ahora  yacen  poco  menos  que  olvi- 
dados en  los  estudios  de  los  curiosos 

2.  La  celebridad  de  la  Diana  de 
Jorge  de  Montemayor  produjo  el  em- 
peño de  proseguir  su  argumento,  y  el 
año  de  loBi  se  imprimieron  dos  diver- 
sas continuaciones.  Una  fué  la  de 
Alonso  Pérez,  médico  de  Salamanca, 
en  ocho  libros,  que  se  imprimió  en 
Alcalá  dicho  año.  D.  Juan  Antonio 
Mayáns.  en  el  prólogo  de  su  edición 
del  Pastor  de  Fitida,  dijo  que  Alonso 
Pérez  era  amigo  de  Montemayor  y  quf 
coinunicó  con  él  la  idea  de  su  obr.i  : 
pero  si  fué  así,  no  acertó  á  copiar  siil 
t)ellezas,  y  sólo  copió  sus  defectos  Ks 
palacio  encantado  de  la  sabia  Felicia 
sigue  siendo  el  teatro  de  una  f.íhula 
pastoril,  y  Felicia  ejerciendo  su  oficio 
de  profetisa.  Nótase  la  misma  mezcla 
de  costumbres  modernas  y  antiguas,  la 
intervención  de  ninfas  y  libaciones  gen- 


i'iiiMi:n.\   i'Aiiii:.  —  caimti  i.o  vi 


101 


(>s  Gil  Polo*.  I'iics  l;i  (Id  Snliiüintiiio,  respondi*'»  el  Cmim,  .•icoin- 
|)aM('  y  iicrerit'iil»'  el  iu'imkmo  de  los  coiideiunlo.s  al  cdrral  ;  y  la  de 
(lil  l*()l()  s(í  guarílc  coiiK)  si  fuera  del  mismo  Apolo  :  y  píise  ade- 
lante, señor  compadre,  y  démonos  priesa,  ([uc  se  va  haeicntJo 
larde,  lisie  libro  es,  dijo  el  Barbero  abriendo  olro,  Los  diez  libros 
de  Fortuna  de  amor,  compuestos  por  Antonio  de  Lofraso  ^,  poela 


lilicas  en  los  convites,  junto  nm  l;i 
nicni'ion  del  Condado  de  Santisteban. 
l>a  descripción  del  cayado  del  pastor 
Delicio  contiene  ni.ís  erudición  niiloli'i- 
fíica  (pie  la  de  las  puertas  del  templo 
(le  la  Sibila  en  Virgilio.  Kl  año  de  l.'jli 
se  repitió  en  Venecia  otra  edición  de  la 
Diana  del  Salmantino,  corregida  por 
Alonso  L'Uoa  (a). 

La  otra  continuación  fué  la  de  Gaspar 
Gil  Polo,  que,  con  el  titulo  de  Diana 
i'iiamorada,  la  imprimió  en  la  ciudad 
de  Valencia,  su  pitria,  dedicíindola  ;í 
Doña  Jerónimade  Castro,  que  acaso  es 
la  señora  de  este  nombre  celebrada  por 
.Monlemayor  entre  las  damas  aragonesas 
del  Canto  de  Offeo.  Después  se  repi- 
tieron varias  ediciones  dentro  y  fuera 
del  reino,  en  .\mberes,  París,  Bruselas 
y  Londres.  Don  Francisco  Cerda  la 
publicó  de  nuevo  en  Madrid  el  año  de 
n"8  con  eruditas  notas  al  Canto  del 
Furia,  destinado  á  celebrar  los  poetas 
valencianos,  que  Gil  Polo  insertó  en  el 
libro  tercero,  á  imitación  del  Canto  de 
Orfeo,  que  Montemayor  puso  eu  su 
libro  cuarto  en  elogio  de  las  damas 
españolas. 

Gil  Polo  no  está  totalmente  exento 
de  los  defectos  que  se  notan  en  Monte-, 
mayor;  pero  compile  con  él  en  las  co- 
plas de  arte  menor,  como  cuando  canta 
de  la  desdeñosa  Galatea,  que,  jugue- 
teando á  la  orilla  del  mar, 

Junto  al  agua  se  ponía, 

Y  las  ondas'aguardaba, 
y  en  verlas  llegar  huía; 
Pero  á  veces  no  podía, 

Y  el  blanco  pie  se  mojaba. 

Y  su  amante  Licio,  que  se  hallaba 
presente,  le  decia  : 

Mnfa  hermosa,  no  te  vea 
Jugar  con  el  mar  horrendo  ; 

(a)  La  Diii.na  ejerció  gran  influencia  en  la 
literatura  francesa  y  (lió  lugar  á  una  gran 
serie  de  novelas  pastoriles,  entre  las  que  me- 
rece especial  mención  la  Asfrea  de  Honorato 
de  Urfe.  {M.  de  T.j 


Y  anuípie  más  phicer  te  sea, 

Ulive  del  mar.  (ialatea, 

Gomo  estas  de  Licio  huyendo  (a). 

En  los  versos  mayores  excedió  Gil 
i'olo  á  .Montemayor  :  éste  os  muy  des- 
igual y  á  las  veces  cansa;  .\lonso  Pérez 
siempre  fastidia;  Gil  Polo  se  lee  con 
placer.  El  juicio  que  por  boca  del  Cura 
hizo  Cervantes,  es  justo  en  el  fondo  : 
sólo  pudiera  tacharse  de  algo  de  aspe- 
reza en  el  artículo  de  Montemayor,  y 
de  exageración  amistosa  en  el  de  Gil 
Polo. 

d.  La  falta  de  la  coñaa  que  sigue  á 
e'sle,  obscurece  y  deja  pendiente  el  sen- 
tido en  las  ediciones  anteriores.  Y  éste 
(decía  el  Barhero  mostrando  un  libro 
que  tenía  en  la  mano)  e.v  otro  libro  que 
tiene  el  mismo  nombre  y  cuyo  autor  es 
Gil  Polo. 

2.  Antonio  de  Lofraso  publicó  en 
Barcelona  el  año  de  lo'S  Los  diez  libros 
de  Fortuna  de  Amor,  que  dedicó  al 
Conde  de  Quirra  :  libro  mezclado,  como 
los  anteriores,  de  verso  y  prosa,  cuyo 
argumento  son  los  honestos  y  apacibles 
amores  del  pastor  Frexanoy  de  la  her- 
mosa pastora  Fortuna,  ocultiindose  al 
parecer  el  autor  bajo  el  nombre  de 
Frcrano  por  alusit')n  ;í  síi  apellido 
Lofraso,  que  en  el  dialecto  sardo  signi- 
fica el  fresno. 

Concluye  la  obra  con  una  composi- 
ción intitulada  Testamento  de  amor, 
que  consta  de  168  versos  en  56  tercetos, 
cuyas  iniciales  dicen  :  Antony  de  Lo- 
fraso sari  de  Lalyuer  me  feeyt  estanl 
en  Barselona  en  lany  myl  y  sinc.osenls 
setanla  y  dos  per  dar  fy  al  present 
lybre  de  Fortuna  de  Atnor  compost  per 
servysy  de  lylustre  y  my  señor  Cante 
de  Quirra. 

\  pesar  de  que  el  libro  se  califica 
aquí  expresamente  de  disparatado,}' áe 
que  los  elogios  del  Cura  son  evidente- 
mente irónicos,  movido  de  ellos  Pedro 
Pineda,  maestro  de   lengua  castellana 

(a)  Canción  de  Xcrea,  lib.  IH. 


102 


l)()N    Ol  I.KJTIi    DK    I. A    MANCHA 


sardo.  í*or  las  (hvIcmos  que  rccibi,  dijo  el  Cura,  que  desde  que 
Apolo  fur  Apolo  y  las  musas  musas,  y  los  poetas  poetas,  tan  gra- 
cioso ni  tan  disparatado  libro  como  ese  no  se  ha  compuesto,  y  que 
por  su  camino  es  el  mejor  y  el  más  único  de  cuantos  deste  género 
han  salido  á  la  luz  del  mundo,  y  el  que  no  le  ha  leído  puede  hacer 
cuenta  que  no  lia  leído  jamás  cosa  de  gusto.  Dádmele  acá,  compadre, 
que  precio  más  haberle  hallado  que  si  me  dieran  una  sotana  de  raja 
de  Florencia.  Púsole  aparte  con  grandísimo  gusto,  y  el  Barbero 
prosiguió  diciendo  :  éstos  que  se  siguen  son  El  Paalor  de  Iberia^, 


en  In^'Iaterra.  lo  reimprimió  en  I.omiies 
el  año  de  1140,  coiiio  proiliiccióii  apre- 
ciahle  por  su  hnii'lad,  elec/ancia  ij  arju- 
deza,  y  eiicomiadíi  por  el  águila  de  la 
leiií/ua  española  Miguel  de  Cervantes 
Saavedra. 

Volvii'i  Cervantes  á burlarse  del  nove- 
lista sardo  en  su  I  iaje  al  l'arnaso  Ui), 
donde  cuenta  que.  al  paso  entre  Escila 
y  Carihdis,  trat.indose  de  arrojar  de  la 
¿'alera  al";ún  [lasaj-ro,  con  el  que  ceba- 
dos aquellos  monstruos  dejasen  pasar 
el  bajel,  dijo  Mercurio  : 

Mire  si  pupde  en  la  galera  hallarse 
Alpúii  poeta  (iesdichado  acaso. 
Que  á  las  fieras  gargantas  pueda  darse. 

Buscáronle,  y  hallaron  á  I.ofraso, 
Poela  militar,  sardo,  que  estaba 
Desmayado  á  na  rincón,  niarchiloy  laso. 

QuH  á  sus  diez  libros  de  Fortuna  andaba 
Añadiendo  otros  diez... 

Gritó  la  chusma  toda:  al  mar  se  arroje, 
Vaya  Lofraso  ai  mar  sin  resistencia. 
Por  Píos,  dijo  Mercurio,  que  me  enoje. 

;.  Cómo?¿Y  no  sera  cargo  de  conciencia, 

Y  grande,  eijhar  al  mar  tanta  poesía  ?.  . 

Viva  Lofr.'isn  en  tanto  que  dé  al  (lia 
Apolo  luz,  y  en  tanto  (¡iie  los  hombres 
Tengan  discreta,  alegre. fantasía. 

Tocante  a  ti,  I.ofraso,  los  renombres 

Y  epítetos  de  aijudo  y  de  sincero, 

Y  gusto  que  mi  cómitre  te  nombres. 

Esto  dijo  Mercurio  al  caballero. 
El  cual  en  la  crujía  en  pie  se  ¡niso 
Con  un  reben()ue  despiadado  y  liero  : 

Creo  que  de  sus  versos  le  compuso. 

Después,  en  el  mismo  capítulo,  di- 
ciendo Lofraso  (pie  veia  á  las  musas 
solazarse  entre  unas  matas, 

.Si  tú  tal  ves.  dijo  Mercurio,  olí  sardo 
Poeta,  que  me  corten  las  orejas... 

Diiiie,  ¿por  que  algún  tanto  no  te  alejas 
De  la  ignorancia,  pobrctón.  y  adviertes 
Lo  que  cansan  tus  riini-:  oiitns  quejas? 


(rt)  Cap.  IlL 


Finalmente,  en  el  capitulo  VII,  se 
cuenta  que  al  empezar  el  combate  se  le 
desertaron  .i  Apolo  unos  cuantos  poetas, 
y  sigue  Cervantes  : 

Tú.  sardo  militar  Lofraso,  fuiste 
Uno  de  aquellos  bárbaros  coriientes. 
Que  del  contrario  el  número  creciste. 

Estos  pasajes  explican  suGciente- 
mente  la  naturaleza  ile  los  elogios  que 
se  dan  al  libro  de  Lofraso  en  el  escru- 
tinio, y  lo  que  hacia  que  el  Cura  lo  pre- 
firiese á  una  sotana  de  raja  de  Floren- 
cia, que,  era  tela  estimada  en  aquella 
época  A  la  cuenta,  al  Cura  le  sucetiia 
lo  mismo  que  á  un  gran  personaje  de 
estos  últimos  tiempos,  el  cual,  sabiendo 
que  le  motejaban  deque  asistía  alfjuna 
vez  ;i  las  funciones  de  cierta  compañía 
de  malísimos  representantes,  dijo  que 
tanto  le  divertían  las  comedias  extre- 
madamente malas  como  las  buenas. 
•  1.  El  Puntar  de  Iberia^  compuesto 
por  Bernardo  de  la  Vega,  gentilhombre 
andaluz,  y  diiigido  á  1).  Juan  Téllez 
Girón,  Duque  de  Osuna  y  Conde  de 
Ureña,  Sevilla,  1;)91  :  otra  novela  pas- 
toril en  verso  y  prosa,  que  consta  de 
cuatro  libros.  Pellicer.  siguiendo  á 
D.  Gregorio  .Mayáns  <a),  da  por  sentado 
lo  que  din  sólo  como  conjetura  D.  Ni- 
colás Antonio,  á  saber  :  que  Uernardo 
de  la  Vega  fué  natural  de  Madrid,  Cami- 
nigo  de  Tucumán  i'a\  y  autor  de  olra=- 
obras  mencionadas  en  la  liihlioleco 
Hispana  :  pero  no  convienen  las  patria*, 
y  lo  contradicen  también  los  indicios 

(«)   ViJa  de  Cenantes,  núm.  113. 

(a)  De  Tucumán.  —  Acerca  de  este  poeta  y 
de  sus  obras  da  interesantes  notici  is  Meu'-r."- 
dez  Felayo  en  su  Anloloyin  d'  pOf-fa»  hia/in- 
noaniericanos,  tomo  IV,  pág.  xcvii  v  si- 
guientes. (M.  de  ^.) 


I'KIMKKA     l-AIlTi:.    —    CAI'í'Il  I.O    VI 


i();{ 


Ninfas  de  Henares  *  y  Desengaño  de  celos  ^.  Pues  no  liav  más 
que  hacer,  dijo  el  Cura,  sino  entrop;arlos  al  brazo  sc^^lar  úcl 
Aína,  y  no  se  me  pregunte  el  por  (pié,  (pie  sería  nunea  acabar. 
Este  (pie  viene  es  El  Pnslor  de  FüUln'-K  No  es  ese  pastor,  dijo  el 


que  pueden  sacarse  del  presente  libro, 
mucho  más  si,  como  en  él  se  insimia, 
los  sucesos  son  verdarjeros. 

El  lenguaje  es  malo;  se  truecan  los 
tiempos  de  los  verbos,  y  se  encuentran 
solecismos.  La  invención  corresponde 
al  lenguaje.  El  pastor  Filardo,  que  hace 
el  primer  papel  en  la  novela,  es  perse- 
guido por  sospechas  de  asesinato  ;  le 
prende  el  algucil  de  la  aldea;  se  libra 
por  el  favor  de  dos  padrinos  que  tiene 
en  Sevilla;  se  embarca  en  Sanlúcar  ; 
vuélvenle  á  prender  en  Canarias ; 
vuelve  ií  librarle  otro  padrino.  La  pas- 
tora Marfisa,  amante  de  P'ilardo,  hace 
tantos  ó  más  versos  que  su  pastor,  y 
éste  los  hace  llenos  de  erudición  mito- 
hígica  é  histórica,  y  alegando  á  Pla- 
tón, á  Nebrija  y  al  Concilio  de  Trente. 
Entre  otras  lindezas  escribía  Filardo  á 
su  padrino  de  Canarias  : 

En  España  pase  vida  tranquila 
(rozando  con  quietud  mis  verdes  años, 
No  envidiando  á  Néstor  ni  á  la  Sibila. 

Con  razón,  pues,  contó  Cervantes  á 
Bernardo  de  la  Vega  entre  los  malos 
poetas  que  asaltaban  el  Parnaso  : 

Llegó  el  pastor  de  Iberia,  aunque  algo  tarde, 
Y  derribo  catorce  de  los  nuestros. 
Haciendo  de  su  ingenio  y  fuerza  alarde. 

Bien  hizo  el  Cura  en  entregarlo  al 
brazo  seglar  del  Ama. 

1.  No  he  visto  este  libro.  Pellicer 
dice  que  su  titulo  entero  es  :  Primeva 
parte  de  las  ninfas  y  pastores  de 
Henares.  Dividida  en  seis  libros.  Com- 
puesta por  Bernardo  González  de 
Bobadilla.  estudiante  en  la  insigne 
Universidad  de  Salaw.anca  :  Alcalá. 
1557.  Añade  Pellicer  que  el  autor  diré 
de  sí  en  el  pn'ilogo  que  era  nntural  de 
las  Islas  Canarias,  y  recuerda  la  recon- 
vención que  un  mal  poeta  dirigía  á 
Cervantes  por  la  presente  censura, 
allá  en  el  Parnaso,  (iiciéndole  desde  el 
borde  de  la  nave  donde  venia  : 

Fuiste  envidioso,  descuidado  y  tardo, 
Y  á  las  Ninfas  de  Henares  y  Pastores 
Como  á  enemigos  les  tiraste  un  dardu. 

2.  Desengaño  de  celos  :  novela  pas- 


toril en  prosa  y  verso,  en  seis  libros, 
por  Bartolomé  López  de  nciso,  natu- 
ral de  Tendilla,  quien  la  dedicó  á 
D.  Luis  Knrlquez,  Conde  de  Melgar.  En 
ella  se  propuso  su  autor  mostrar  los 
males  y  engaños  de  los  celos.  La 
escena  es  en  la  orilla  del  Tajo  y  la 
época  debió  ser  muy  antigua,  si  se 
atiende  al  uso  continuo  que  sus  in- 
terlocutores hacen  de  lus  ficciones  y 
personas  de  la  Mitología  griega.  Los 
pastores  hablan  á  cada  paso  de  Júpi- 
ter, Palas,  Venus  y  demás  deidades 
gentílicas  :  el  pastor  Laureno  cita  á 
Homero  y  Virgilio,  y  ponderando  la 
hermosura  de  su  pastora,  teme  no 
lleguen  á  verla  Júpiter,  Apolo  ó  Mer- 
curio ;  hácese  mención  de  las  historias 
de  Leandro  y  Ero,  de  Piramo  y  Tisbe, 
de  Céfalo  y  Procris,  de  Tereo  y  Progne, 
del  juicio  de  Paris,  de  la  muerte  de 
Adonis,  y  otras  muchas  de  la  misma 
clase  :  las  ninfas  del  Tajo  alternan  con 
las  pasturas,  pesar  de  tantos  indicios 
y  señales  de  antigüedad,  los  usos,  los 
trajes,  los  instrumentos  mi'isicos  son 
modernos;  y  porque  haya  de  todo,  se 
describe  también  un  palacio  fatídico, 
donde  entran  los  pastores  conducidos 
por  una  ninfa,  y  encuentran  las  esta- 
tuas de  Carlos  V,  Felipe  II,  D.  Juan  de 
Austria,  Felipe  III,  y  de  las  Infantas 
sus  hijas  y  hermanas;  y,  por  último, 
la  ninfa  introductora  anuncia  á  los 
pastores  que  vendrá  tiempo  en  que  los 
sucesores  de  aquellos  Príncipes  domi- 
narán la  mayor  parte  del  mundo,  y  en 
solos  ellos  se  sustentará  la  religiim 
cristiana.  Tal  es  la  pepitoria  que  con- 
tiene esta  fábula,  la  cual  acaba  ame- 
nazando con  segunda  parte. 

3.  Otra  de  las  composiciones  que 
produjo  en  España  la  imitación  de  la 
Arcadia  de  Sanazaro.  Imprimióse  la 
primera  vez  en  Madrid  el  año  de  1582, 
con  este  título  :  El  Pastor  de  Filida, 
compuesto  por  Luis  Gálvez  de  Montalvu. 
gentilhombre  cortesano  :  título  á  que 
aludió  sin  duda  el  Cura  cuando  dijo  : 
no  es  ese  pastor,  sino  muí/  discreto 
cortesano.  Después  se  repitieron  otras 
ediciones.   Fué    Montalvo   de   familia 


lOi 


DON    oriJOTK    I)K    I.A    .MA\<;ilA 


Cura,  sino  muy  disci'elo  corLesaiio  ;  guárdese  como  joya  preciosa. 
Este  í^i-ande  que  in[ui  viene  se  iulilula,  dijo  el  Barbero,  Tesoro  de 
varias  poesías  * .  Como  ellas  no  fueran  lanías,  dijo  el  Cura,  fueran 


aiulaluzu,  pero  nució,  según  indicji  la 
uiisnia  novela,  en  Guadalajara,  y  sir- 
vió) (le  {gentilhombre  en  casa  de  los 
Duques  del  Inlunlado.  La  proximidad 
de  Guadalajara  y  Alcací,  uatrias  de 
Monlalvo  y  Cervantes,  pueiie  explicar 
la  amistad  que  ambos  se  profesaron, 
elogiándose  mutuanieute  en  sus  escri- 
tos. II izólo  (Cervantes  aquí  y  en  su 
Galalen,  donde  celebró  ;i  su  amigo 
bajo  el  nombre  de  Siralho,  que  él 
mismo  había  tomado  para  si  en  el 
Pastor  de  Filida.  Montalvo  sobresalió 
en  las  composiciones  de  arte  menor, 
en  que  también  se  aventajaron,  como 
dijimos,  Jorge  de  Montemayor  y  Gil 
Polo. 

Según  indica  Lope  de  Vega  en  el 
prólogo  de  su  Isidro,  Luis  Gñívez  pasó 
los  últimos  años  de  su  vida  en  Italia. 
Don  Juan  Antonio  Maj'áns,  en  el  pr<'i- 
logo  á  la  edición  úel  Fuslor  de  Fitida 
que  hizo  en  Valencia  el  año  de  1192, 
conjeturó  que  su  muerte  fué  anterior 
al  año  de  1614,  puesto  que  Cervantes 
no  hizo  mención  de  él  en  el  Viaje  ilel 
Parnaso  publicado  en  dicho  año  ;  pero 
aun  puede  estrecharse  mucho  m;is, 
con  alguna  verosimilitud,  este  plazo. 
Lope  dijo  en  el  lugar  citado,  que  la 
muerte  de  Luis  Gálvez  fué  siibita,  y  en 
el  Laurel  de  Apolo,  que  murió  en  la 
Puente  de  ^'^cí7/a.  Esta  expresión  debii'i 
aludir  .i  algún  suceso  notable  de 
aquellos  tiempos,  y  se  ajusta  sin  difi- 
cultad al  que  refiere  Fray  Diego  de 
Haedo  en  la  dedicatoria  de  su  Topo- 
grafin  de  Arr/el.  Era  (dice,  por  los 
años  de  15D1)  Virrey  de  Sicilia  el  señor 
D.  Diego  Euriquez  de  Guznuín,  Conde 
de  Alba  de  Liste,  el  cual,  habiendo 
salido  de  Palermo  á  visitar  aquel  reino, 
ú  la  vuelta,  como  venia  en  galeras, 
hizo  la  ciudad  un  puente  desde  tierra 
que  se  alargaba  á  la  mar  jnns  de  cien 
pies  para  que  allí  abordase  la  popa  de 
la  galera  donde  venia  el  seTior  Virrey  g 
desembarcase,  y  como  Palermo  es  la 
corte  del  reino,  acudió  lo  más  granado 
ti  este  recibimiento...  y  con  la  mucha 
gente  que  cargó,  antes  que  abordase  la 
galera  dio  el  puente  á  la  banda,  de 
inanei'U  que  cayeron  en  el  mar  más  de 
quinientas  personas...  donde  se  anega- 


ron más  de  treinta  hombres.  lie  aquí 
designada  verosímilmente  la  Puente 
de  íSicilia,  de  la  que  hacia  el  año 
de  l.J'Jl  cayeron  al  mar  y  perecieron 
súbitamente  treinta  personas.  Una  de 
ellas  debió  de  ser  el  l'astor  de  Fitida. 

1.  Compuesto  por  Pedro  de  Padilla, 
dirigido  al  Ahnirante  D.  Luis  Enriquez, 
Duque  de  .Medina  y  Conde  de  Módica, 
é  impreso  en  Madrid,  año  de  1.j7o. 
Dicese  que  Pedro  de  Padilla  fué  natu- 
ral de  Linares  y  caballero  del  hábito  de 
Santiago;  que  ya  de  edad  madura  pro- 
fesó el  orden  ae  religiosos  carmel  i  las 
en  el  convento  de  .Madrid,  y  que  vivió 
á  lo  menos  hasta  el  año  de  1599.  Pero 
de  la  expresión  de  Cervantes  el  autor 
es  amigo  mío,  puede  inferirse  que  Pa- 
dilla vivía  aún  en  el  año  de  160.5, 
cuando  se  publicó  la  primera  parte  del 
QuuOTE.  El  juicio  que  aquí  formó  Cer- 
vantes del  Tesoro  de  varias  poesías  es 
el  que  casi  con  las  mismas  palabras 
expresó  después  D.  Nicolás  Antonio, 
el  cual  lo  juzgó  digno  de  elogio,  si 
deinas  pauca  quaedatn  humiliter  dicta. 
Esto  alude  á  varias  composiciones  del 
Tesoro,  en  que  se  remedan  con  sobrada 
naturalidad  las  escenas  y  el  lenguaje 
de  gente  rústica  y  tosca,  como  el 
romance  de  la  eleccit'tn  del  Alcalde  de 
Bamba;  las  bodas  pastoriles,  misce- 
lánea de  toda  clase  de  versos;  las 
estancias  sobre  el  casamiento  de 
Martin  Salado  con  Mari-García;  la 
ensaladilla  en  que  se  describe  un  ba- 
teo con  los  amores  de  un  sacristán  que 
baila  con  sotana  y  bonete,  y  otras 
composiciones  de  igual  (dase.  Cervantes 
insinuó  también  que  las  poesías  de 
esta  colección  eran  muchas,  y  por  eso 
menos  estimadas;  porque,  en  efecto, 
siendo  excesivo  el  número  de  poesías 
reunidas  en  un  mismo  género,  aunque 
sean  buenas,  el  lector  se  cansa  y  se 
duerme,  como  sucede  con  el  Tesoro  de 
Padilla.  Las  obras  heroicas  y  levanta- 
das que  aquí  se  citan  son  el  Jardín 
espiritual,  las  églogas  y  otras  que  por 
la  mayor  parle  escribió  Pedro  de  Pa- 
dilla siendo  ya  religioso,  y  cuyo  catá- 
logo puede  verse  en  la  Biblioteca  de 
D.  Nicolás  Antonio.  El  Marqués  de 
Valdeflores,    D.   José  Luis  Velázquez, 


iMUMKKA  i'.\r<ri:.    —  caimii  i.o  vi  10!) 

iiiíis  eslimadas  :  menester  es  (jue  esle  libro  se  escarde  y  limpie 
de  al<;uMas  hajo/.as  (|ue  entre  sus  grandezas  tiene  :  ííiiárdese, 
porque  su  autor  es  ainif^'^o  mío,  y  por  respeto  de  otras  más  lieroieas 
y  levantadas  ohras  (pui  lia  (íserito.  Esle  es,  si<(uió  el  l>ail)ero, 
El  CaiK-ioncro  de  López  Maldonado^ .  También  el  autor  dése  libro, 
i-eplicó  el  Cura,  es  grande  amigo  mío,  y  sus  versos  en  su  boca 
admiran  á  quien  los  oye,  y  tal  es  la  suavidad  de  la  voz  con  que 
los  cania,  que  encanta  :  algo  largo  es  en  las  églogas,  pero  nunca 
lo  bueno  fué  mucho  ;  guárdese  con  los  escogidos.  ¿  Pero  qué  libro 
es  ese  que  está  junio  á  él?  La  Galalea  de  Miguel  de  Cervantes^ 
(lijo  el  Barbero.  Muchos  años  ha  que  es  grande  amigo  mío  ese 
Cervantes,  y  sé  que  es  más  versado  en  desdichas  que  en  versos^. 


en  sus  Oricjenc.s  de  la  poesía  castellana^ 
dice  que  las  églogas  de  Padilla  son 
casi  tau  buenas  como  las  de  Garcilaso. 
ü.  Marlin  Fernández  de  Navarrete,  en 
la  Vida  de  Cervantes,  recogió  con  su 
acostumbrada  diligencia  los  documen- 
tos que  prueban  la  amistad,  que  según 
se  menciona  en  el  texto,  hubo  entre 
nuestro  autor  y  Padilla. 

1.  López  no  es  apellido,  como  lo  es 
ordinariauíente,  sino  nombre  propio, 
según  se  iníiere  del  modo  de  usarlo 
en  la  licencia  del  Rey  para  la  impre- 
sión de  su  Cancionero,  y  aun  en  alguna 
otra  epístola  que  le  dirigen  sus  ami- 
gos. Asi  sucede  también  en  los  nombres 
Gómez  y  García,  que  unas  veces  son 
propios  y  otras  patronímicos.  La  obra 
se  publicó  en  Madrid  año  de  1.5%,  con 
este  titulo  :  Cancioneio  de  Lope:  Mal- 
donado,  dirigido  ii  Doña  Tomasa  de 
Borja  y  Enriquez.  Señora  de  Grajar  y 
Valverde.  Se  divide  en  dos  libros,  de 
los  cuales  el  primero  contiene  las  com- 
posiciones ligeras  de  arte  menor,  y  el 
segundo  las  de  versos  endecasílabos, 
canciones,  elegías,  epístolas  y  églogas. 
Kstas,  que  son  dos,  se  tachan  de  algo 
largas,  aunque  entre  las  dos  apenas  lle- 
gan á  la  mitad  de  la  segunda  de  Garci- 
laso. Que  .Maldonado  fué  castellano  y 
aun  de  tierra  de  Toledo,  aparece  de  las 
redondillas  de  Miguel  de  Cervantes  que 
anteceden  al  Cancionero,  donde  se  le 
Uama,  fruto  de  la  castellaní  tierra, y 
de  la  epístola  al  Doctor  Campuzano, 
donde  Maldonado  llamó  patino  al  río 
Tajo(«).  Que  vivió  en  la  corte  lo  dice 
él  mismo   en  una  epístola  á  Luis  Gál- 

{(i)  Cancionero,  fol,   i,W. 


vez  de  Monlalvo(a).  Hubo  de  estar  en 
Valeni-ia  el  año  de  1591,  cuando  se 
instaló  allí  la  Academia  de  los  Noc- 
turnos, que  fundaron  algunas  perso- 
nas aficionadas  ;i  las  buenas  lelras, 
cuyo  catálogo  entre  los  nombres  del 
Canónigo  Tarraga,  D.  Guillen  de  Cas- 
tro, Gaspar  Esculano  y  Andrés  Rey  de 
Artieda,  contiene  el  de  López  Maldo- 
nado con  el  ni'ite  académico  de  Sin- 
cero, aunque  indicándose  que  después 
dejó  de  asistir  á  ella.  Residió  algún 
tiempo  á  orillas  del  Guadiana  y  proba- 
blemente en  Badajoz,  pues  en  la  citada 
carta  al  Doctor  Campuzauo,  después 
de  quejarse  del  calor  intenso  que  en 
aquel  país  se  padecía,  dice  : 

Del  encharcado  inmundo  Guadiana, 
¿  Qué  ninfa  invocaré  para  mi  intento, 
Si  no  es  alguna  convertida  en  rana? 

En  su  Cancionero  se  ven  las  pruebas 
de  la  amistad  y  comunicacii')nque  tuvo 
con  muchos  "poetas  célebres  de  su 
tiempo,  Vicente  Espinel,  l'edro  de 
Padilla,  el  Licenciado  Pedro  Sánchez 
de  Viana,  traductor  de  Ovidio,  los  men- 
cionados Campuzano  y  Gálvez  de 
Montah'o,  y,  finalmente,  el  autor  del 
Quijote.  Por  las  palabras  del  texto,  el 
autor  de  ese  lihro  es  también  ¡jrande 
amigo  mío,  y  sus  versos  admiran  á 
quién  los  oye,  puede  creerse  que  López 
Maldonado  vivía  aún  en  el  año  160,j. 
Ni  de  él  ni  de  Pedro  de  Padilla  se  hace 
mención  en  la  jornada  del  Parnaso, 
donde  la  hiciera  sin  duda  Cervantes 
como  de  amigos,  si  vivieran. 

2.  Juguete  de  mal  gusto,  fundado 
en  la  relación  material  délas  dos  pala- 

(a)  Id.,  fol.  118. 


lü(J  DON    yriJOlK    Dli    LA    MANCHA 

Su  libro  tiene  algo  de  buena  invención,  propone  algo,  y  no 
concluye  nada  :  es  menester  esperar  la  segunda  parte  que  i)ro- 
raete  ;  ({uizá  con  la  eiunicnda'  alcanzará  del  lodo  la  misericordia 
que  ahora  se  le  niega,  y  entretanto  que  esto  se  ve,  tenelde  recluso 
en  vuestra  posada,  señor  compadre.  Que  me  place,  respondió  el 
Barbero,  y  aquí  vienen  tres,  todos  juntos  :  La  Araucana  de 
D.  Alonso  (le  Ercilla  2,   La  Auslriada  de  Juan  Rufo  ^,  jurado  de 


bras  versados  y  versos.  El  libro  de 
que  se  trata  es  la  primera  parte  de  la 
Galalea,  novela  pastoril  en  verso  y 
prosa,  (¡riinera  prculucción  del  ingenio 
de  Cervantes,  inijircsa  en  el  año 
de  1584  y  escrita  durante  el  tiempo  de 
sus  obsequios  á  Doña  Cat;dina  Pala- 
cios, con  quien  cas(3  después,  y  á 
quien  se  designa  al  parecer  con  el 
nombre  de  (Jalatea,  como  á  Cervantes 
con  el  de  Elicio.  La  segunda  parte  no 
llegó  á  ver  ia  luz  pública.  Su  autor 
habla  aqui  de  su  obra  por  boca  del 
Cura  con  una  modestia  que  templa  y 
desarma  á  la  crítica.  Hizola  con  mucho 
juicio  y  discreción  Don  Martin  Fer- 
n.indez  de  Navarrete  en  la  Vida  de 
nuestro  autor,  y  de  ella  resulta  que  en 
la  Galaica  brilla  más  la  lozanía  y 
fecundidad  de  la  invencii'm  que  la 
corrección  y  prudente  sobriedad  que 
debe  acompañar  á  las  obras  de  in- 
genio. 

1.  El  Cura  habla  de  enmienda  en  la 
segunda  parte,  y  no  ha  hablado  de 
defectos  en  la  primera,  porque  no  lo 
es  proponer  y  no  concluir  en  ella. 
Sesn'in  la  dedicatoria  délos  Trabajos  de 
Pérsiles.  que  Cervantes  estando  para 
morir,  después  (a)  ya  de  recibida  la 
Extremaunción,  dirigió  al  Conde  de 
Lemos,  parece  que  tenía  concluida  ó 
casi  concluida  entonces  la  segunda 
parte  de  la  Galaica. 

2.  D.  Alonso  ile  Ercilla,  paje  de 
Felipe  II  en  sus  primeros  años,  y 
después  gentilhombre  del  Emperador 
Maximiliano,  ccribió  en  treinta  y  siete 
cantos  la  Araucana^  poema  en  que  se 
refieren  los  sucesos  de  la  guerra  de 
.\rauco  en  Chile  desde  el  año  l-i^i  hasta 
el  de  tñfi2,  y  que  no  se  imprimió  en- 
tero hasta  el  de  1590.  Ercilla  asistió  á 


{«)  DfüTtttés  ya  de...  T.a  gramáticn.  como 
diría  el  nii.sinn  Clemencin.  no  es  muy  armo- 
niosa qup  rugamos.  Habría  que  suprimir  el 
ya  ó  ponerlo  en  otro  sitio.  (M.  de  T.) 


aquella  guerra  como  valeroso  soldado 
y  como  diligente  escritor.  Solía  escri- 
bir de  noche  los  sucesos  del  dia,  en 
cuya  narración  protesta  una  y  otra  vez 
que  se  ajusta  á  la  rigurosa  verdad  :  y 
e^ta  sola  circunstancia,  sin  otras  con- 
sideraciones, aleja  á  la  Araucana  del 
concepto  de  epopeya,  que  sin  razón  se 
le  ha  atribuido.  Fuera  de  que  la  calidad 
de  testigo  presencial  de  los  aconteci- 
mientos excluye  la  de  poeta  épico,  el 
cual  debe  vivir  muy  distante  del  tiempo 
ó  del  lugar  de  la  acción  para  poder 
contarla  dignamente  con  la  trompa 
heroica.  La  invención  y  el  entusiasmo, 
prendas  esenciales  del  poela,  serían 
intolerables  en  un  testigo  :  del  testigo 
al  poeta  va  lo  que  del  candor  tranquilo 
al  entusiasmo  y  arrebato  de  la  fantasía. 
Por  este  contraste  resulta  más  la  ridi- 
culez del  episodio  déla  cueva  del  mago 
Fiti'in,  que  ocupa  una  parte  conside- 
rable de  la  Araucana,  donde  lo  intro- 
dujo Ercilla,  queriendo  compensar  con 
lo  maravilloso  de  este  incidente  la 
natural  aridez  de  un  poema  histórico, 
que  no  era  otra  cosa  el  suyo. 

La  Araucana  ha  sido  juzgada  unas 
veces  con  sobrada  indulgencia  y  otras 
con  excesiva  severidad,  dice  D.  Fran- 
cisco Martínez  de  la  Itosa  en  su  Apén- 
dice sobre  la  poesía  épica  española.  Allí 
pueden  ver  los  curiosos  la  critica  más 
racional  y  juiciosa  que  hasta  ahora  se 
ha  escrito  de  la  .Araucana.  Si  ésta 
merece  elogios,  no  es  como  epopeya. 

Ercilla  fué  amigo  de  Cervantes,  quien 
le  introdujo  en  su  lialnfea  bajo  el 
nombre  de  Larsileo,  como  lo  hizo  tam- 
bién bajo  nombres  supuestos  con  otros 
poetas  amigos  suyos. 

3.  Es  una  crónica  en  verso  de  D.  Juan 
de  Austria,  precedida  de  la  relación  del 
levantamiento  de  los  moriscos  de  Gra- 
nada, que  se  cuenta  en  los  cuatro  can- 
tos itrimeros.  En  el  quinto  se  señala  el 
día  del  nacimiento  del  señor  Don  .luán, 
que  fué  el  de  San  Matías,  en  que  tam- 


i'iii\u;nA  i'AitTi:.   —  cai'Íti.i.o  vi  107 

Cóviinlxi^  y  El  Monserratfí  <le  Crislóhnl  de  Viru(^s  ',  poela  valen- 
ciano. 'I'odos  estos  (i'cs  libios,  dijo  el  Cura,  son  los  riiejorois  que 
en  verso  heroico  en  lenj^ua  caslellana  (islán  escritos^,  y  pueden 
competir  con  los  más  famosos  de  Italia  :  guárdense  como  las  más 
ricas  prendas  de  poesía  que  tiene  España.  Cansóse  el  Cura  de  ver 
más  libros,  y  así  á  car;,'-a  cerrada  quiso  que  todos  los  demás  se 
quemasen;  pero  ya  tenía  abierto  uno  el  Barbero,  que  se  llamaba 
Lan  Látjrimas  de  AníjcUca'^.  Liorái'alas  yo,  dijo  el  Cura  en  oyendo 


bien  n.ició  el  Emperador,  sii  padre  :  se 
da  noticia  de  su  criíinza  en  Lef^anés 
bajo  la  (iii'occión  de  un  cleri^'o  obscuro, 
de  su  reconociniienlo  [)or  liijo  del  Ein- 

fierador,  ile  su  noiubr.umenlo  de  Caba- 
lero  del  Toisón  y  General  de  las  Gale- 
ras, y,  finalmente,  del  carjío  de  apaci- 
guar el  levantamiento  de  los  moriscos 
de  Granada.  Sígnense  refiriendo  los 
sucesos  de  esta  guerra,  y  concluida, 
empieza  desde  el  canto  l'.t  la  liisioria 
de  la  Li.a,  de  que  fué  Gun.ralisimo  el 
héroe  de  ¡m  Auslriada,  y  concluye  en 
el  canto  24  con  la  relación  de  la  victoria 
de  Lepanto 

.luán  !{ufo,  al  solicitar  la  licencia 
para  la  impresión,  que  obtuvo  en  1583, 
y  en  la  dedicatoria  á  la  Fnipt^ratriz, 
hermana  ilel  Rey  D.  Felipe  II.  que  tiene 
la  fecha  del  año  anterior,  dijo  que 
había  compuesto  este  poema  por  orden 
de  Don  Juan  de  Austria,  y  por  rela- 
ciones verdnderas  que  este  Príncipe  le 
había  proporcionado.  La  ciu  iad  de 
Córdoba  recomendó  el  autor  y  la  obra 
al  Rey  el  año  de  li78 ;  y  las  Gortes  del 
reino,  después  de  haber  hecho  exami- 
nar el  poema  por  altrunos  de  sus  pro- 
curadores, apoyaron  la  recomenilación. 
1.  El  Monserrate  del  Capitán  Cris- 
tóbal de  Virués.  publicado  por  la 
primera  vez  en  Madrid  el  año  de  1587, 
y  después  otras  ve'^es  dentro  y  fuera 
de  España,  ps  un  poema  en  20  cantos, 
que  desiribe  la  culpa  y  ppnitencia  de 
Garin  y  la  fundaciíjn  del  Santuario  de 
iVIonserrate  en  el  siglo  ix.  Este  poema, 
por  su  disposición,  es  de  los  que  en 
nuestra  lengua  se  acercan  más  á  la 
forma  épica,  y  en  cuanto  á  la  versifi- 
caci(')n,  uno  de  los  mejores  de  su 
tiemno:  pero  flaquea  en  la  invencii'm, 
ó  por  mejor  decir,  elección  de  asunto 
y  del  héroe,  que  está  uiuy  lejos  de  ser 
lo  que  pide  esta  clase  de  composiciones. 
Una  persona  de  baja   esfera  que  em- 


pieza por  ser  seductor  y  asesino  y 
concluye  por  venirse  á  cuatro  pies  desde 
Roma  á  .Ñlonserrate,  no  puede  ser  el 
protagonista  de  una  epopeya.  Cristóbal 
de  Virués  fué  valenciano,  y  admira  el 
número  de  naturales  de  aquella  ciudad 
y  provincia  cjue  por  entonces  sobresa- 
lieron en  la  poesía  castellana  de  todos 
géneros,  heroica,  lírica  y  dramática. 
También  cultivó  esta  última  Cristóbal 
de  Virués  en  aquellos  primeros  períodos 
en  que  el  arte  luchaba  todavía  con  las 
dificultades  propias  de  su  infancia, 
antes  de  que  floreciesen  Francisco 
Tarraga,  Gaspar  Agnilar  y  otros  paisa- 
nos suyo*,  que  después  escribieron 
comedias  con  reputación. 

2.  La  i)alabra  todos  está  demás,  y 
la  repetición  de  ¡a  partícula  en  alea  la 
expresión,  que  estaría  mejor  dicién- 
dose :  eslos  tres  libros  son  los  mejores 
de  verso  heroico  que  en  lengua  casle- 
llana esti'ni  escritos. 

Cervantes,  como  se  ve,  elogiaba  fácil- 
mente. Ya  lo  había  hecho  antes  con  los 
tres  poetas  Ercilla,  Rufo  y  Virués  en  el 
Carito  de  Caliope,  que  insertó  en  su 
Calatea,  y  en  qiie  la  Musa  celebra  los 
poetas  españoles  de  aquella  época.  Don 
.José  Munárriz,  en  su  traducción  de 
Blair  (a),  reprobó  el  fallo  de  Cervantes 
en  la  preferencia  que  en  el  presente  lu- 
gar da  á  estiis  tres  poemas  sobre  todos 
los  castellanos  heroicos  de  su  tiempo, 
porque  contienen,  dice,  bellezas  supe- 
riores e¿  Bernardo  rfe/  Obispo  Valbuena, 
y  la  Jerusalén  conquistada  de  Lope  de 
Ver/a.  Pero  Munárriz  no  echó  de  ver 
que  cuando  se  escribióla  primera  parte 
del  Qri.ioTE.  aun  no  se  habían  publi- 
cado ni  la  Jerusalén  ni  el  Bernardo. 

3.  No  es  ese  su  título,  sino  Primera 
parte  de  la  Anqélica.  poema  r^ue  escri- 
bió en  12  caníos  Luis  Barahona  de  So- 

(a)  Lección  XLII. 


108 


DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 


el  nombre,  si  tal  libro  bubiera  mandado  quemar,  porque  su  autor 
fué  uno  de  h)s  lamosos  poetas  del  mundo,  no  sólo  de  España,  y 
fué  felicísimo  en  la  traducción  de  algunas  fábulas  de  Ovidio. 


A  (a),  natural  de  Lucena  y  médico  de 
orchiduna,  domle  murió  en  Noviembre 
de  159o.  i'"ué  ainigodeCervantes,  quien 
le  introdujo  en  l.i  Galatea  con  el  nombre 
de  Lausü.  Diósele  verosímilmente  al 
poema  el  nombre  de  Las  Ldffriinas  de 
Angélica,  porque  empieza  así  : 

Las  lágrimas  salidas  de.  los  ojos 

Más  beilos  (jue  en  su  mal  vio  amor  dolientes, 

Y  dij  los  que  siguiendo  sus  antojos 

Vafíarou  por  desiertos  diferentes. 

Entre  las  armas,  triunfos  y  despojos 

Gloriosos  cantaré  de  aquellas  gentes, 

Que  tras  su  error  por  sendas  mil  que  abrieron 

Del  tin  de  Europa  un  tiempo  al  Asia  fueron. 

Dicese  al  fin  del  capitulo,  que  el  autor 
de  Las  Lágrimas  de  Angélica  fué  feli- 
císimo en  la  traducción  de  algunas  ta- 
bulas de  Ovidio.  Por  esta  indicación 
creyó  D.  Gregorio  .Maynns  (ai  que  no 
se  bablaba  de  Luis  Uaraliona,  sino  del 
Capitán  Francisco  de  Aldana,  soldado 
poeta,  que  muñó  el  aiio  de  Uj"8  en  la 
batalla  de  Alcazarquivir,  peleando  al 
lado  del  Rey  de  Portugal  D.  S-bastián; 
porque,  según  su  hermano  Cosme  de 
Aldana,  tradujo  en  verso  suelto  las 
epístolas  de  Ovidio,  y  escribió  una 
obra  de  Angélica  y  Medoro  en  octavas. 
Pero  el  mismo  Mayáns  destruyó  su 
opinión,  expresando  que  las  dos  obras 
citadas  de  Francisco  de  .\l(lana  no  se 
imprimieron,  siendo  así  que  el  libro  de 
que  se  trata  era  uuo  de  los  impresos  de 
la  biblioteca  de  D.  Quijote.  Fuera  de 
que  á  las  epístolas  de  Ovidio  no  les 
asienta  bien  el  titulo  de  fábulas,  que 
convendría  más  bien  á  las  metatuorfo- 
sis,  y  Cerda  en  las  notas  al  canto  del 
Turia  en  la  Diana  de  Gil  Polo  dice  que 

(a)   Vida  de  Cervantes,  núm.  115. 

(a)  El  delicado  poeta  é  incansable  investi- 
gador de  las  glorias  de  España,  señor  Rodrí- 
guez Marín,  ha  publicado  en  incoüi|iarable 
edición  premiadaporla  Academia,  las  Obras 
de  Barahona.  (M-  de  T.) 


vio  manuscritas  unas  fábulas  que  escri- 
bió Luis  de  barahona  en  quintillas,  to- 
mando el  argumento  de  Ovidio. 

La  lectura  del  poema  de  Angélica  de 
Luis  barahona  muestra  claramente, 
que  ;i  pesar  de  algunas  dotes  apreciables 
en  su  versificacitiu,  Cervantes  anduvo 
aquí,  según  acostumbraba,  pródigo  de 
elogios  :  defecto  raro  en  poetas,  y  de 
que  él  mismo  se  acusó  en  el  Viaje  al 
Parnaso.  Las  composiciones  métricas 
castellanas  que  entre  nosotros  se  han 
querido  adscribir  al  género  épico, 
pecan  de  ordinario  por  falta  ó  por  sobra 
de  invención  :  ó  son  meras  relaciones 
eu  verso,  ó  partos  monstruo^íps  de  una 
imaginación  desenfrenada.  A  esta  úl- 
tima clase  pertenece  el  libro  de  Luis  de 
Barahona,  el  cual  dejó  correr  Ubre  su 
vena  sin  tiento  ni  arle,  como  dijo 
D.  Diego  de  Saavedra  en  su  República 
literaria. 

Lo  notable  que  iiay  eu  esta  parte  del 
escrutinio,  es  que  habiéndose  hablado 
con  tanto  elogio  de  Las  Lágrimas  de 
AngéAicn  de  Luis  Barahona  de  Soto,  no 
se  noríibrase  la  Hermosura  de  Angélica, 
poema  de  Lope  de  Vega,  que  ú  la  sazón 
se  hallaba  ya  publicado.  A  ello  incli- 
naba naturalmente  la  conexión  del 
argumento,  asi  como  la  mención  de  la 
Diana  de  .Montemayor  había  dado  mar- 
gen para  hablar  de  las  del  Salmantino 
y  Gil  Polo.  Cervantes  quiso  reparar 
esta  omisión  en  el  capitulo  I  de  la 
segunda  parte,  donde  hablando  de 
.\iigélica,  dice  que  un  famoso  poeta 
andaluz  lloró  y  cantó  sus  lágrimas  y 
otro  famoso  y  único  poeta  castellano 
cantó  su  hermosura.  El  motivo  de  esta 
diferencia  en  la  conducta  de  Cervantes 
hubo  de  ser  la  acusación  de  envidia  á 
Lope  de  Vega,  que  en  el  intermedio  de 
publicarse  la  primera  y  la  segunda 
parte  del  Qcjjote  le  hizo  .Monso  Fer- 
nández de  Avellaneda,  y  de  que  difícil- 
mente se  puede  absolver  del  todo  á 
Cervantes,  á  pesar  de  sus  esfuerzos 
pira  diluirla. 


CAPITULO  VII 


DE    LA    SEGUNDA    SAFJDA    DE    NUESTRO    RÚEN    CABALLERO 
D.    QUMOTE    DE    LA    MANCHA 

Estando  en  esto,  comenzó  á  dar  voces  D.  Quijote,  diciendo  : 
Aquí,  aquí,  valerosos  caballeros  ;  aquí  es  menester  mostrar  la 
fuerza  de  vuestros  valerosos  brazos,  que  los  cortesanos  llevan 
lo  mejor  del  torneo.  Por  acudir  á  este  ruido  y  estriiendo,  no  se 
pasó  adelante  '  con  el  escrutinio  de  los  demás  libros  que  quedaban, 
y  así  se  cree  que  fueron  al  fuego  sin  ser  vistos  ni  oídos  La  Carolea'^ 


i.  No  va  esto  enteramente  conforme 
con  lo  que  se  dijo  al  fin  del  capítulo 
anterior,  donde  se  dio  otro  motivo  para 
concluir  el  escrutinio  de  los  libros  de 
nuestro  hidalgo  :  Cansóse  el  Cura  de 
ver  más  libros,  y  asi,  á  carga  cerrada, 
quiso  que  todos  los  demás  se  quemasen. 

2.  Dos  obras  anteriores  al  Quijote  se 
conocen  con  este  titulo.  Una  de  Jeró- 
nimo Sempere,  poeta  valenciano,  que 
'rata  de  las  victorias  del  Evipei-ador  Car- 
los r,  Rey  de  España,  dedicada  á  su 
nieto  el  Principe  D.  Carlos.  Primera  y 
segunda  parte  :  Valencia,  1560.  Otra 
que  trata  de  la  vida  y  hechos  del  in- 
victísimo Emperador  D.  Carlos,  com- 
puesta por  Juan  Ochoa  de  la  Salde,  é 
impresa  en  Lisboa,  año  de  1585.  D.Gre- 
gorio Mayáns  ia)  se  inclina  á  que 
Cervantes  habli'i  de  esta  última,  sin 
advertir  que  Cervantes  habla  sólo  de 
libros  de  entretenimiento,  en  verso  y 
de  pequeño  tamaño,  circunstancias 
que  convienen  á  la  Curolea  de  Sem- 
pere, y  no  á  la  de  Ochoa,  que  es 
libro  histórico,  prosaico  y  en  folio. 

La  Carolea  de  Sempere  es  ima  rela- 
ción métrica  de  las  cosas  de  Carlos  V, 

(a)  Vida  de  Cervantes,  m'im.  115. 


empezando  por  su  rivalidad  con  el  Rey 
Francisco  de  Francia,  hasta  que  el  Gran 
Turco  Solimán  abandom'i  la  empresa  de 
Hungría;  y  no  contando  las  cosas  segui- 
damente á  manera  de  coronista,  sino 
por  fragmentos,  como  él  dice.  Las  dos 
partes  del  poema  comprenden  treinta 
cantos,  y  el  último  concluye  ofreciendo 
seguir  con  la   ornada  de  Túnez. 

Cervantes,  indulgente,  según  su  cos- 
tuüibre,  apuntó  un  juicio  favoi'able  á 
la  Carolea  de  Sempere.  Siguió  en  esto 
el  de  Gil  Polo  en  el  canto  del  Turia, 
donde  se  lee  : 

Semper  loando  el  ínclito  Imperante 
Carlos  gran  Rey,  tan  grave  canto  mueve. 
Que  aunque  la  fama  al  cielo  le  levante, 
Será  poco  á  lo  mucho  que  le  debe. 
Veréis  que  ha  de  pasar  tan  adelante 
Con  el  favor  de  las  hermanas  nueve, 
Que  hará  con  famosísimo  renombre 
Que  Hesiodo  en  sus  tiempos  no  se  nombre. 

La  afición  de  paisano  puede  servir  de 
alguna  excusa  á  las  exageraciones  de 
Gil  Polo;  excusa  que  no  alcanza  á  Cer- 
vantes. La  Carolea  es  libro  de  corto 
mérito,  y  D.  NicoLís  Antonio,  que  no 
era  ciertamente  riguroso  en  sus  fallos, 
dijo  de  él,  que  se  escribió  ñeque  pura 
ñeque  poética  dictione. 


lio 


DON    QUI.IOTK    DE    LA    MANCHA 


y  León  de  España^,  con  los  hechos  del  Emperador,  compuestos 
por  D.  Luis  de  Ávila-,  que  sin  duda  debían  de  estar  entre  los  que 
quedaban,  y  quiz;'»  si  el  Gura  los  viera,  no  pasaran  por  tan  rigu- 
rosa sentencia.  Cuando  llegaron  á  D.  Quijote,  ya  él  estaba  levan- 
tado de  la  cama,  y  ¡)roseguía  en  sus  voces  y  en  sus  desatinos, 
dando  cuchilladas  y  reveses  á  todas  partes,  estando  tan  despierto 
como  si  nunca  hubiera  dormido.  Abrazáronse  con  él,  y  por  Tuerza 
le  volvieron  al  lecho;   y  después  que  hubo  sosegado  un  poco. 


\.  Primera  ]j  segunda  parle  de  el  León 
de  España  por  Pedro  de  la  Vecillu 
Castetlonos.  üirir/ida  ú  la  Majestad  del 
Rey  D.  Felipe  nue.ifro  Señor.  Sala- 
manca, irj86.  Consta  el  poema  de  29  can- 
tos, en  dos  partes.  No  es  fácil  entender 
por  ese  titulo  su  argumento,  que  se 
reduce  ¡i  varios  sucesos  de  la  ciudad  de 
León,  desde  elimperio  de  Tr;ij;mo  hasta 
la  abolición  del  tributo  de  las  Cien  don- 
cellas y  victoria  del  Rey  L).  Ramiro  en 
Clavijo. 

Los  procuradores  de  Cortes,  nombra- 
dos por  aquella  ciudad,  á  imilación  de 
lo  que  habían  hecho  los  de  Córdoba 
con  la  Aiistriada  de  .luán  Rufo,  reco- 
mendaron también  a  Felipe  II  el  León 
de  España  de  Pedro  de  la  Vecilla,  y 
obtuvieron  la  licencia  para  su  impre- 
sión el  año  de  1584. 

2.  No  hay  obra  alguna  de  este  titulo 
en  castellano.  Ü.  Luis  de  Avila,  que  es 
el  autor  que  nombra  Cervantes,  com- 
puso, no  los  hechos  del  Emperador, 
titulo  que  anunciaría  una  historia 
computa  de  aquel  Principe,  sino  los 
comentarios  de  la  guerra  que  hizo 
contra  ios  pnilesrantes  de  Alemania, 
obra  seria  y  en  prosa,  de  que  no  era 
oportuno  hablaren  el  escrutini(t,  donde 
no  se  trataba  sino  de  libros  poéticos  de 
entretenimiento. 

El  Cario  famoso,  poema  escrito  en 
•50  cantos  por  D.  Luis  Zapata,  é  impreso 
en  Valencia  el  año  de  1.566,  reúne  las 
tres  circunstancias  de  tratar  de  los 
hechos  del  Emperailor,  de  ser  libro  de 
entretenimiento,  y  de  estar  en  verso. 
Este  fué  el  (jue  según  todas  las  apa- 
riencias indicó  Cervantes,  expresando 
el  argumento  y  no  el  titulo,  y  equivo- 
cando con  su  acostumbrada  negligencia 
el  apellido  del  autor.. 

Tanto  D.  Luis  de  .\vila  como  D.  Luis 
Zapata  asistieron  ;í  las  famosas  fiestas 
de  Rins,  que  la  Reina  de  Hungría  dio 
al  Emperador    Carlos    V  y  á  su  hijo 


D.  Felipe  el  año  de  1.549,  y  tuvieron 
parte  en  las  justas,  torneos  y  repre- 
sentaciones caballerescas  que  allí  se 
ejecutaron,  y  describió  menudamente 
Juan  Calvete  de  Estrella. 

El  Cario  famoso  es  un  conjunto  de 
historia  y  fábula,  todo  revuelto,  sin 
unidad,  plan  ni  artificio  alguno,  en  que 
se  cuentan  las  cosas  del  Emperador 
desde  el  año  de  1.522  hasta  el  de  1558, 
que  murió  en  Yusle.  El  canto  50  con- 
cluye con  la  relación  de  las  exequias 
que  celebró  su  hijo  el  Rey  IJ.  Felipe  en 
Bruselas,  cuando  recibió  la  noticia  del 
fallecimiento  de  su  padre.  Allí,  descri- 
hie-ndnse  la  procesión  funeral  (y  sirva 
de  muestra  para  juzgar  del  mérito  del 
poema)  se  dice  que  después  de  los 
frailes, 

Los  Clérigos  en  número  abundantes. 
Mas  que  en  otoño  tordos,  prosiguieron... 

Y  de  la  Real  casa  los  primeros 
Iban  los  oficiales,  bordadores, 
Sederos,  sastres  y  guarnicioneros, 
Cabal Icrizos  y  aposentadores  : 

Y  d'-  varias  estancias  los  porteros, 
Aniuitcctos.  fabristas  y  pintores, 
Mé<licos,  boticarios,  cirujanos, 

Y  alguaciles  de  corte  y  escribanos. 

Tal  es  este  poema,  en  que  Zapata 
trabajó  trece  años,  y  aspiró  á  imitar, 
según  dijo,  á  Virgifio.  Después  se  la- 
mentaba de  que  la  impresión  le  había 
costado  mucho  y  producido  poco  :  asi 
lo  hizo  en  su  Miscelónen.  que  existe 
entre  los  manuscritos  de  la  Biblioteca 
Real,  y  se  citó  anteriormente. 

No  ha  faltado  algún  erudito  que 
creyese  que  en  las  palabras  Carolea  v 
León  de  España  con  los  hechos  del  Em- 
perador se  designaba  una  sola  obra,  y 
que  ésta  era  el  Cario  famoso:  mas  la 
expresii'in  del  texto  fueron  al  furr/n 
sin  ser  vistos  ni  oídos,  manifiesta  qi:<' 
se  hablaba  de  libros  diferentes,  y  no  de 
uno  solo. 


PRIMERA    PARTR.    —    CAPITIT.O    Vil  I  1  I 

volvif^ndose  á  hablar  con  el  Cura,  le  dijo  :  Por  cierto,  señor 
Arzobispo  Turpín,  <|ue  es  gr;in  mciif^'-ua  de  los  ({ue  nos  llamamos 
doce  Pares  dejar  laii  sin  más  ni  más  llevar  la  viloria  desle  torneo 
á  los  caballeros  cortesanos ',  habiendo  nosotros,  los  aventureros, 
granado  el  prez  en  los  tres  días  antecedentes.  Calle  vuestra  merced, 
señor  compadre',  dijo  el  Cura,  que  Dios  será  servido  que  la 
suerte  se  mude,  y  que  lo  que  hoy  se  pierde  se  gane  mañana  ;  y 
atienda  vuestra  merced  á  su  salud  por  ahora,  que  me  parece  que 
debe  de  estar  demasiadamente  cansado,  si  ya  no  es  que  está 
níialferido.  P'erido  no,  dijo  D.  Quijote,  pero  molido  y  quebrantado 
no  hay  duda  en  ello,  porque  aquel  bastardo  de  D.  Roldan^  me  ha 


1.  D.  Quijote  opone  aquí  á  los  caba- 
lleros covlesanos  los  ucenlureros.  En  el 
torneo  de  Persépolis,  que  se  describe 
en  la  historia  de  D.  Belianís  (a),  y  en 
que  concurrieron  caballeros  aventure- 
ros capitaneados  por  el  Duque  AllVi- 
r«'>n,  y  caballeros  cortesanos  mandados 
por  el  Principe  D.  Gal.uiio,  llevaron  ifc 
mejor  parte  los  aventureros.  Al  revéb 
sucedió  en  los  torneos  de  Londres  con 
que  se  solemnizó  el  casamiento  del 
ReyAltiseo  con  la  Reina  Liserta,  ven- 
cieiido  los  cortesanos  por  el  esfuerzo 
de  Klorineo,  que  se  apellidaba  el  Caba- 
llero del  Salvaje  (6).  En  los  torneos  de 
Gonstantinopla,  celebrados  de  orden 
del  Emperador  Palmerin  de  Oliva  con 
motivo  de  nnas  solemnes  bodas,  se 
refiere  que  los  caballeros  extranjeros 
vencieron  el  primer  día,  y  que  el 
segundo  fueron  vencidos  por  los  cor- 
tesanos c).  En  la  relación  del  Paso 
honroso  de  Suero  de  Uuiñones,  los 
mantenedores  se  llaman  asimismo 
defensores^  y  los  aventureros  conquis- 
tadores. —  El  prez  es  palabra  deri- 
vada de  la  latina  pretiiun ,  y  se  en- 
cuentra usada  en  nuestros  poetas 
primitivos,  en  la  Vida  de  Sanio 
Domingo  por  Gonzalo  de  Berceo  (d),  en 
el  Poema  de  Alejandro  (e),  y  en  las 
obras  del  Arcipreste  de  Hita  (/).  Los 
jueces  de  los  torneos  eran  los  que 
adjudicaban  el  prez  á  los  vencedores, 
y  no  siempre  se  reducía  al  honor  y 
lauro  de  la  victoria.  Celebrando  el  Rev 


(o)  Lib.  I,  can.  XV,  XVI  y  XVII.  — 
{h)  Florambei  de  Lueea,  lib.  I,  cap.  XI  y  XII. 
—  (c)  Primaleón,  cap.  XXIV  y  XXV.  — 
id)  Copla  hb.  —  (e)  Copla  7  v  otras,  — 
(f)  P;i^'.  247  y  otras. 


Federico  de  Ñapóles  una  justa  en  obse- 
quio de  D.  Florindo  de  la  Extraña  ven- 
tura, nombró  á  éste  por  mantenedor 
con  el  Conde  de  Altarroca,  y  por 
aventureros  á  Alberto  Saxio  y  otros 
caballeros  de  alta  guisa.  Los  premios 
eran  :  al  que  sacase  la  mejor  letra  ó 
mote,  un  diamante  como  una  cereza; 
al  que  saliese  más  gahin  á  la  tela,  y  no 
fuese  casado,  una  dama  con  cien  mil 
escudos  de  dote;  al  que  justase  mejor, 
la  mano  de  .Madama  Tiberia,  hija  del 
Rey  Federico  («). 

Ü.  Quijote,  conformándose  con  el 
lenguaje  de  algunos  pasajes  de  los 
libros  caballerescos,  opone  aquí  la 
calidad  de  corlesano  á  la  de  aventu- 
rero: pero  realmente  no  es  exacto, 
porque  los  caballeros  cortesanos  po- 
dían ser  mantenedores  ó  aventureros, 
y  los  aventureros  podían  ser  forasteros 
ó  cortesanos. 

2.  Así  llama  el  Cura  á  D. Quijote  ;  más 
adelante,  en  este  mismo  capítulo,  se 
llaman  compadres  de  D.  Quijote  el 
Cura  y  el  Barbero,  y  estos  dos  se  dan 
mutuamente  el  mismo  nombre  en  el 
capítulo  anterior.  Es  visto  que  en  todos 
estos  pasajes  la  voz  compadre  se  toma 
en  el  sentido  amplio  de  camarada  ó 
amigo,  que  suele  dársele  en  el  estilo  y 
trato  familiar,  y  señaladamente  en 
Andalucía. 

3.  La  competencia  en  los  amores  de 
Angélica  hizo  enconados  enemigos  á 
los  dos  Paladines  Roldan  y  Reinaldos 
de  Montalbán,  que  antes  eran  amigos, 
y  sobre  ello  se  combatieron  cruda- 
mente á  vista  y  presencia  de  la  misma 
Angélica,  como  se  refiere  en  el   libro 

(a)  Florindo,  parte  II,  cap.  XIV. 


112  T)OS    oriJOTE    DE    I.A    MANCHA 

molido  ií  palos  con  el  tronco  de  una  encina,  y  todo  de  envidia, 
porque  ve  (¡ue  yo  solo  soy  el  opuesto  de  sus  valentías.  Mas  no  me 
llamaría  yo  Reinaldos  de  Monlalbán  si,  en  levantándome  deste 
lecho,  no  me  lo  pagare  á  pesar  de  todos  sus  encantamentos  :  y  por 
ahora  tráiganme  de  yantar,  que  sé  que  es  lo  que  más  me  hará  al 
caso,  y  quédese  lo  del  vengarme  á  mi  cargo.  Hiciéronlo  así  : 
diéronle  de  comer,  y  quedóse  otra  vez  dormido,  y  ellos  admirados 
de  su  locura.  Aquella  noche  quemó  y  abrasó  el  Ama  cuantos  libros 
había  en  el  corral  y  en  toda  la  casa,  y  tales  debieron  de  arder  que 
merecían  guardarse  en  perpetuos  archivos;  mas  no  lo  permitió  su 
suerte  y  la  i)oreza  del  escrutiñador;  y  así  se  cumplió  el  refrán  en 
ellos  de  que  pagan  á  las  veces  justos  por  pecadores'.  Uno  de  los 
remedios  que  el  Cura  y  el  Barbero  dieron  por  entonces  para  el 
mal  de  su  amigo,  fué  que  le  murasen  y  tapiasen  el  aposento  de 
los  libros,  porque,  cuando  se  levantase,  no  los  hallase  (quizá 
quitando  la  causa  cesaría  el  efecto),  y  que  dijesen  que  un  encan- 
tador se  los  hal)ía  llevado  y  el  aposento  y  todo,  y  así  fué  hecho 
con  mucha  presteza.  De  allí  á  dos  días  se  levantó  D.  Quijote,  y  lo 
primero  que  hizo  fué  ir  á  ver  sus  libros,  y  como  no  hallaba  el 
aposento  donde  le  había  dejado,  andaba  de  una  en  otra  parte 
buscándole.  Llegaba  adonde  solía  tener  la  puerta  y  tentábala  con 
las  manos  ■^,  y  volvía  y  revolvía  los  ojos  por  todo  sin  decir  palabra  ; 
pero  al  cabo  de  una  buena  pieza  preguntó  á  su  Ama  que  hacia  qué 
parte  estaba  el  aposento  de  sus  libros.   El  Ama.   que  ya   estaba 

primero  del  Orlando  de  Boyardo.   Ya  Entre  ellos  viene  Reinaldos 

habían    reñido    antes,     se^n    allí    se  c]  ^'^eüor  de  Montalbane. 

rpfipre    v  diinnle    h  nelf-a    deria    Reí-  *''  •^"'''  ^^^^  puesto  en  bandos 

renere,  >  uiir.  nie   la  peí  a   aecia   nei  ^^^  ^^  sobrino  Koldane. 

naldos     a    Orlando    en    la    desalmada 

traducción   de    Francisco    Garrido   de  Llámase    aquí   Reinaldos  el  opuesto 

Villena  :  de  las   valentías  de  Rold;in  :    el  régi- 
men  ordinario  pediría    que  se    dijese 

¿  De  qué  tienes  soberbia,  bastardazo?  opuesto  d  las  valentias. 

,-.  Porque  mataste  á  Ahnonte  en  la  fontana  l.  El    orden    de   palabras  sería  más 

En  brazos  del  Roy  Garlo,  puesto  al  lazo,  natural  diciéndose  :  y  asise  cumplió  en 

Y  alcanzaste  y  aun  traes  á  Durindana?  ¿^         ¿         .   ;„    ¿     •                         ¿   ¿^g 

;.Conio  ganada  bien.  di.  cobardazo^  .     ,    '  ^i     „      \t j„,i  „„ 

Bi.-n  eres  hijo  propio  de  putaña.  veces  mstos  por  pecadores.  Verdad  es 

Que  perdida  la  honra  tiene  el  daño  que  el  idioma  nada  pierde  en  esta  clase 

Menos  verpüenza  que  antes  del  engaño.  de  transposiciones  cuando  no  son  so- 
bradamente durns  ú  no  ofenden  mucho 

De   la    enemiga   y  contiendas  entre  al  oído,  al  uso  ó  á  la  claridad.  El  refrán 

Roldan  V  Heinaldos  se  hace   mención  es  antiguo,  y  está  ya  en  la  colección 

en  el  romance  viejo  del  Conde  Dirlos,  formada   á    mediados  del  siglo  xv  por 

y  en  el  de  la  embajada  que  el  Marqués  D.  Iñigo   López  de  Mendoza,  Marqués 

de  Mantua  envió  al  Emperador  Cario-  de  Santillana. 

magno  sobre  la  muerte  de  Baldovinos,  2.  Mal   podía  tentar  la  puerta  si  la 

donde,  dándose  cuenta  al  Emperador  de  habían  quitado.  Tentaría  el  sitio  donde 

que  el  Morques  venía    acompañado  de  estaba  anteriormente,  y  la  buscaría  con 

PUS  parientes  y  amigos,  se  dice  :  las  manos. 


PníMEHA    PAUTE.    —    C.APÍTL'I.O    Vil  i\',] 

bien  ndvertida  de  lo  (jiie  hnbía  de  responder,  le  dijo  :  ;, Oué  npo- 
senlo  ó  ({ué  nada  busca  vuestra  merced?  Ya  no  hay  aposenlo  ni 
bbros  en  esta  casa,  porque  todo  se  lo  llevó  el  mismo  diablo.  No 
era  diablo,  replicó  la  Sobrina,  sino  un  encantador  (jue  vino  sobre 
una  nube  una  noche  después  del  día  que  vuestra  merced  de  aquí 
se  parlií)  ',  y  ape;'iudose  de  nna  siei'pe  en  que  venía  caljallero, 
rntró  en  el  aposento  y  no  sé  lo  que  hizo  dentro,  que  jí  cabo  de 
poca  pieza  salió  volando  por  el  lejado,  y  dejó  la  casa  llena  de 
luimo-;  y  cuando  acordamos  á  mirar  loque  dejaba  hecho,  no 
vimos  libro  ni  aposento  alguno  :  sólo  se  nos  acuerda  muy  bien 
ii  mí  y  al  Ama,  que  al  tiempo  del  partirse  aquel  mal  viejo, 
dijo  en  alias  voces  que  por  enemistad  secreta  que  tenía  al  dueño 
de  aquellos  libros  y  aposento,  dejaba  hecho  el  daño  en  aquella 
casa  que  después  se  verla  :  dijo  también  que  se  llamaba  el  sabio 
Muñatón.  Krestón  diría,  dijo  D.  Quijote^.  No  sé,  respondió  el 
Ama,  si  se  llamaba  Frestón  ó  Fritón,  sólo  sé  que  acabó  en  ton 
su  nombre.  Así  es,  dijo  IJ.  Quijote,  que  ese  es  un  sabio  encan- 
tador, grande  enemigo  mío,  que  me  tiene  ojeriza  porque  sabe,  por 
sus  artes  y  letras,  que  tengo  de  venir,  andando  los  tiempos,  á 
pelear  en  singular  batalla  con  un  caballero  á  quien  él  favorece,  y 
le  tengo  de  vencer  sin  que  él  lo  pueda  estorbar,  y  por  esto  procura 
hacerme  todos  los  sinsabores  que  puede  :  y  mandóle  yo  que  mal 


1.  Entre  la  primera  salida  deD.  Qui-  de  haber  estado  algún  tiempo  en  tierra, 
jote  y  su  vuelta  no  medió  más  que  una  se  volvió  Urjíanda  en  el  batel  á  la  ser- 
noche,  que  fué  la  de  de  la  vela  de  las  piente  ;  y  luerjo  el  humo  fué  tan  negro, 
armas  y  batalla  con  los  arrieros  en  la  que  por  más  de  cuatro  días  nunca 
venta ;  y  así,  la  Sobrina  no  debió  decir  pudieron  ver  ninguna  cosa  de  lo  que 
una  noche,  como   si  hubieran  pasado  en  él  estaba{a). 

muchas,  sino  la  noche.  En   la    historia    de    D.   Belianís     se 

2.  Estando  Amadís  con  otros  Reyes  cuenta  que,  deshecho  el  encanto  de  la 
y  Reinas  á  orilla  del  mar  en  la  ínsula  Infanta  Gradafilea,  que  había  durado 
firme,  vieron  venir  un  humo  por  el  trece  años,  vieron  salir  al  león,  que  no 
agua,  el  más  negro  y  espantable  que  lo  vierunmdsen  la  cuadra,  y  en  todo  el 
nunca  vieran...  E  dende  á  poco  rato...  castillo  quedó  lanío  humo  y  tan  espeso, 
vieron  en  medio  del  una  serpiente  que  duró  gran  pieza;  que  poco  ni 
mucho  mayor  que  la  mayor  nao  ni  mucho  con  él  podían  ver.  La  maga 
fusta  del  mundo...  y  de  ralo  en  ralo  Cirlea,  hermana  del  Gran  Soldán  de 
echaba  portas  narices  aquel  muy  negro  Babilonia,  Reina  y  Señora  de  la  Ínsula 
humo,  que  hasta  el  cielo  subía...  Pues  de  Argines,  había  sido  la  autora  del 
estando  asi  todos  maravillados...   vie-  encanto  (6). 

ron  como  por  el  un  costado  de  la  ser-  3.  Frisfón  debió  decir,  un   sabio  en- 

piente  echaron  un  batel  y  una  dueña  cantador  que  residía   en   la  temerosa 

en  él...  Y  como  cerca  fué,  conoscieron  Selva  de  la  Muerte   (c),   y  hace   gran 

ser  la  dueña.  Urganda  la  desconocida,  papel   en    la   historia   de  D.    Belianís, 

que  ella  tuvo  por  bien  de  se  les  mos-  escrita,  según   allí   se  supone,   por  él 

Irar  en  su  propia  forma  (a).   Después  mismo. 

(a)  Ib.,  cíip.   CXXVI.  —  (b)  Cap.  XXVII 

la)  Amailis    de    Gaulu,    cap.    CXXIII.    —  y  XXIX.  —  (c)  /Jeiíams,  lih.  I,  en',!.  XXXY. 


114 


DON    OriJOlK    DE    I.\    M.\"N(;il\ 


podrá  él  conüadecir  ni  eviluí-  lo  que  por  el  cielo  eslá  ordenado. 
¿Quién  duda  de  eso?  dijo  la  Sobrina.  ¿Pero  quién  le  mete  á 
vuestra  merced,  señor  tío.  en  esas  pendencias?  ¿No  será  mejor 
estarse  pacifico  en  su  casa  y  no  irse  por  el  mundo  á  buscar  pan 
de  trastrigo,  sin  considerar  que  muchos  van  por  lana  y  vuelven 
tresquilados  '  ?  ¡Oh,  sobrina  mía,  resjjondió  D.  Quijote,  y  cuan 
mal  que  estás  en  la  cuenta!  Primero  (jue  á  mí  me  tresquilen, 
lendré  peladas  y  quitadas  las  barbas  á  cuantos  imaginaren  tocarme 
en  la  punta  de  un  solo  cabello.  No  quisieron  las  dos  replicarle 
más,  porque  vieron  que  se  le  encendía  la  cólera.  Es,  pues,  el  caso, 
(jue  él  estuvo  ({uince  días  en  casa  muy  sosegado  sin  dar  muestras 
de  querer  segundar  sus  primeros  devaneos  ^  ;  en  los  cuales  días 
pasó  graciosísimos  cuentos  ^  con  sus  dos  compadres  el  Cura  y 
el  Barbero,  sobre  que  él  decía  que  la  cosa  de  que  más  necesidad 
tenía  el  mundo  era  de  caballeros  andantes,  y  de  que  en  él  se 
resucitase  la  caballería  andantesca.  El  Gura  algunas  veces  le 
contradecía,  y  otras  concedía,  porque,  si  no  guardaba  este  artificio, 
no  había  poder  averiguarse  con  él.  En  este  tiempo  solicitó  Don 
Quijote  á  un  labrador  vecino  suyo,  hondero  de  bien  !si  es  que  este 
título  se  puede  dar  al  que  es  pobre),  pero  de  muy  poca  sal  en  la 
mollera.  En  resolución,  tanto  le  dijo,  lanto  le  persuadió  y  pro- 
metió, que  el  pobre  villano  se  determinó  de  salirse    con  él  ^  y 


1.  Refrán  anliquisimo  de  que  se 
hace  mención  ya  en  el  poema  del  Conde 
Fernán  González;  se  aplica  á  los  que 
pensando  sacar  de  algún  nejíocio  utili- 
daily  provecho,  en  lugar  de  ello  reciben 
daño  y  perjuicio.  Desde  el  tiempo  de 
los  visigoflos,  cortar  el  cabello  era  pena 
impuesta  por  afrenta  á  los  delincuentes, 
ó  señal  de  profesión  mon.istica,  que 
inhabilitaba  para  las  dignidades  civiles, 
inclusa  la  del  cetro,  como  se  vio  en  el 
caso  del  Rey  Wamba.  Cuando  era  por 
pena,  se  cortaba  el  pelo  sin  orden  ni 
regla,  cruzándose  las  tijeretadas  al 
modo  que  se  (rasí'uilan  las  ovejas, 
que  es  lo  que  el  cuarto  Concilio  de 
Toledo  llamó  íurpiter  decalvare;  el 
Fuero  Juzgo  esquilar  laidamienlre,  y 
Sancho  en  la  parte  segunda  (a)  tras- 
r/iiilar  lí  cruces.  Como  en  tiempo  de 
Cervantes  los  hombres  se  cortaban  el 
cabello  y  sólo  se  dejaban  crecer  las 
barbas,  Vi  éstas  refirió  D.  Quijote  el 
trasquilar  del  adagio,  según  se  ve  por 
la  respuesta  que    da    á    su    Sobrina  : 


Primero  que  d  mi  me  tresquilen,  tendré' 
peladas  y  quitadas  las  barbas  á  cuantos 
imarjinaren  tocarme  en  la  punta  de  un 
solo  cabello. 

2.  Segundar  por  repetir  es  verbo 
poco  usado:  ordinariamente  se  dice 
asegundar,  pero  sólo  de  los  golpes.  De 
ambos  modos  se  encuentra  en  la  Histo- 
ria de  [>.  tSelianis  [a).  En  los  Trabajos 
de  Pérsiles  y  Siyismunda  empleó  Cer- 
vantes el  verbo  segundar  como  verbo 
de  estado  en  la  acepción  de  seguir. 

3.  Pasó  por  íuoo  :  significación 
activa  poco  común  del  verbo  pasar, 
pero  que  se  encuentra  algunas  veces  en 
el  Quijote.  Otras  se  usa  como  neutro, 
que  es  su  acepción  más  counm,  como 
en  el  capitulo  XLVil,  donde  se  dice  : 
t'idos  estos  coloquios  pasaron  entre 
amo  y  criado.  —  Cuentos  es  lo  mismo 
que  disputas,  altercados.}-  en  este  sen- 
tido se  usa  en  la  expresión  tener  cuentos 
con  alguien,  quitarse  de  cuentos,  etc. 

4.  Ahora  diríamos  :  se  determinó  d 
salirse  ó  determinó  salirse  con  él-  En 


.;  Cap.  XXXII. 


[a,  Lib.  111,  caii.  XIX,  XXX  y  XXXII. 


PRIMEPA    PARTE. 


CAFÍTII.O    VII 


H5 


servirle  do  escudero.  Decíale  entre  otras  cosas  D.  Oiiijole  que  se 
dispusiese  á  ir  con  él  de  huena  gana,  porque  tai  vez  le  podía 
suceder  aventura  (|ue  ii^aiiase  en  quítame  allá  esas  pajas  alj^una 
ínsula,  y  le  dejase  A  él  por  g-obernador  della.  Con  estas  promesas 
y  otras  tales,  Sancho  Panza  (que  así  se  llamaba  el  labrador)  dejó 
su  mujer  é  hijos,  y  asentó  por  escudero  de  su  vecino.  Dio  luej^o 
D.  Ouijote  orden  en  buscar  dineros,  y  vendiendo  una  cosa  y 
enqK'ñando  otra,  y  malbaratándolas  todas,  llegó  una  razonable 
cantidad.  Acomodóse  asimismo  de  una  rodela  '  que  pidió  á  un 
su  amigo,  y  pertrechando  su  rota  celada  lo  mejor  que  pudo  -, 
avisó  á  su  escudero  Sancho  del  día  y  la  hora  (pie  pensaba  ponerse 
en  camino,  para  que  él  se  acomodase  de  lo  que  viese  que  más  le 
era  menester  :  sobre  todo  le  encargó  (jue  llevase  alforjas.  Él  dijo 
que  sí  llevaría,  y  que  ansímismo  pensaba  llevar  un  asno  que  tenía 
muy  bueno,  ponjue  él  no  estaba  duecho  '^  á  andar  mucho  á  pie. 
En  lo  del  asno  reparó  un  poco  D.  Quijote,  imaginando  si  se  le 
acordaba  si  algún  caballero  andante  había  traído  escudero  caba- 
llero asnalmente ;  pero  nunca  le  vino  alguno  á  la  memoria  ;  mas 
con  todo  eso,  determinó  que  le  llevase,  con  presupuesto  de  aco- 
modarle de  más  honrada  caballería  en  habiendo  ocasión  para  ello, 
quitándole  el  caballo  al  primer  descortés  caballero  que  topase'. 


tiempo  de  Cervantes  era  olra  cosa;  en 
el  ra/onamiento  que  puso  Mariana  en 
boca  de  D.  Pelayo,  animando  á  los 
asturianos  para  que  tomasen  las  armas 
contra  los  moros,  se  lee  :  Por  lo  que  o 
mi  toca,  estoy  determinado  con  vuestra 
ayuda  de  acometer  esta  empresa  (a). 
Otro  arcaísmo  ofrece  el  verbo  llegar  en 
el  sentido  en  que  se  usa  poco  ui.ís  abajo, 
donde  se  dice  que  D.  Qmiote,  vendiendo 
una  cosa  y  empeñando  otra,  y  malba- 
ratándolas todas,  llegó  una.  conside- 
rable cantidad  :  en  el  dia  dijéramos 
allegó. 

1.  D.  Quijote,  en  su  primera  salida, 
llevaba  adarga;  para  la  segunda  se 
acomodó  de  una  rodela.  No  se  dice  el 
motivo  de  la  mudanza,  que  debió  ser 
el  mal  estado  de  la  adarga,  de  cuya 
antigüedad  se  hizo  ya  men<'ión  en  el 
principio  de  la  f.íbula.  Se  diferenciaban 
la  adarga  y  la  rodela  en  que  la  primera 
era  de  cuero,  la  segunda  de  hierro  ó  de 
madera  guarnecida  de  hierro;  la  pri- 
mera tenía  por  dentro  dos  asas,  la 
segunda   una;    la   primera    era   arma 


propia  de  jinete,  la  segunda  de  infante. 
Esta  última  circunstancia  contribuía 
á  hacer  más  ridicula  la  armadura  de 
D.  Quijote,  que  ya  sin  esto  lo  era 
bastante. 

2.  Sin  embargo,  no  hubo  de  quedar 
muy  buena,  como  se  vio  después  en  el 
combate  con  el  vizcaíno. 

3.  Ahora  decimos  ducho,  voz  del 
lenguaje  familiar,  que  quiere  decir 
enseTuiílo,  diestro,  del  latino  doctus. 

4.  Habiendo  vencido  y  derribado 
Florambel  de  Lucea  á  íín  caballero 
descortés  que  le  había  escarnecido, 
porque  su  escudero  Lelicio  iba  ;i  pie 
cargado  con  un  laúd,  el  vencido  le  pidió 
merced  de  la  vida.  Florambel  se  la 
otorgó,  y  le  dijo  :  Señor  caballero,  otro 
día  tened  mejor  conoscimiento  para  con 
los  caballeros  andantes,  que  van  ci  buscar 
sus  aventuras  de  muchas  guisas  :  7nas 
porque  ya  sobre  esta  razón  no  tengáis 
más  con  quien  haber  contienda,  habéis 
de  prestar  paciencia,  porque  vuestro 
caballo  quiero  para  mi  escudero.  Y 
mandó  á  Lelicio  que  lo  tomase  {a). 


in)  Lib.  VII,  cap.  I. 


(a)  Florambel  de  Lucea,  lib.  IV,  cap.  I. 


MO 


DON    QUIJOTT-:    DI-:    I>A    MANCHA 


Proveyóse  de  camisas  y  de  las  demás  cosas  que  él  pudo,  conforme 
ni  consejo  que  el  ventero  le  había  dado.  Todo  lo  cual,  hecho  y 
cumplido'',  sin  despedirse  Panza  de  sus  hijos  y  mujei-,  ni  Don 
Quijote  de  su  Ama  y  Sobrina,  una  noche  se  salieron  del  lugar 
sin  que  persona  los  viese  ^,  en  la  cual  caminaron  lanto,  que  ai 
amanecer  se  tuvieron  por  seguros  de  que  no  los  hallarían  aunque 
los  buscasen.  Iba  Sancho  Panza  sobre  su  jumento  como  un  pa- 
triarca^, con  sus  alforjas  y  su  bola,  y  con  mucho  deseo  de  verse 
ya  gobernador  de  la    ínsula  '   que   su  amo   le   había  prometido. 


1.  Otra  (le  las  diUííenciasqiie  practicó 
D.  Quijote  antes  de  su  seguuda  salida,  y 
aquinu  se  expresa, fué  liacer  teslamento 
cerrado,  donde,  como  adelante  se  dice 
en  los  capítulos  XX  y  XIA'I,  dejó  seña- 
lado el  salario  de  Sancho.  Aquí  no  le 
ocurrió  al  fabulista.  Bien  pudiera  des- 
pués haberlo  suplido  ;  pero  Cervantes 
escribía  de  una  vez,  y  no  volvía  atrás 
á  releer  lo  que  llevaba  escrito. 

2.  Si  ahora  se  repitiese  esta  evpre- 
siim,  no  faltarla  quien  la  tachase  de 
galicismo.  Pero  no  fué  aquí  sólo  donde 
la  usó  Cervantes  :  hállase  también  en 
sus  novelas,  en  las  que  limó  y  acicaló 
el  lenguaje  más  que  en  el  Qümote. 
En  la  de  la  Ilwitre  Frer/ona  .se  lee 
Levantáronse  los  dos  (Carnazo  y  Aven- 
dañoj  y  cuando  ahrieron  no  hallaron 
persona.  Y  en  la  Fuerza  de  la  sanare  : 
Quedóse  sola  Leocadia,  quilóse  la  venda, 
reconoció  el  luf/ar  donde  la  dejaron, 
miró  d  todas  partes,  no  vio  á  persona. 
En  la  misma  significación  de  nadie 
usaron  la  p;i labra  per.^ona  otros  escri- 
tores de  aquel  tiempo.  Á  persona  no 
prer/vnté,  contaba  üuzmán  de  Alfa- 
rai'lie  (a),  que  no  me  socorriese  con 
una  puTiada  ó  bofetón.  Quevedo  en  el 
capítulo  IX  del  Gran  Tacaño  :  Con  esto 
caminé  más  de  una  legua,  que  no  topé 
persona.  Antes  de  éstos,  Juan  de  Timo- 
neda  en  su  Patrañuelo  {h)  había  dicho  ; 
Pereció  en  una  terrible  tormenta,  sin 
quedar  persona  d  vida.  Y  porque  no 
falte  la  autoridad  Je  libros  caballe- 
rescos, la  cnmica  de  .Vmadísde  Grecia, 
en  la  relación  de  una  batalla  entre  la 
escuadra  de  Amadis  de  Gaula  y  la  de 
Zair,  Soldán  de  Babilonia,  dice  :  que 
yendo  este  último  de  vencida,  su  her- 
mana Abra  huj'ó  en  una  fusta  pequeña 


(a)  Partp   1,  lib.   III, 
trafia  v.  lol.  :U. 


cai> 


(6)   Pa- 


muy  velera,  no  pensando  que  escaparía 
persona  de  todos  los  que  quedaban  en 
la.  batalla  [a).  Y  la  Historia  de  Amadis 
de  Gaula  cuenta  que  .Vmadís  y  Grasan- 
dor,  llegados  que  fueron  al  pie  de  la 
Peña  de  la  Doncella  encant.ulora,  halla- 
ron allí  un  barco  en  la  ribera  sin  per- 
sona que  lo  f/uardase  [b).  Los  que 
observan  y  estudian  los  orígenes,  for- 
mación y  progresos  de  los  dialectos 
nacidos  de  un  idioma  común,  como 
son  las  lenguas  castellana  y  francesa, 
no  aplican  con  ligereza  la  nota  fie 
extranjeras  á  algunas  palabras  que  pu- 
dieron ser  comunes  á  ambas  en  los 
principios,  aun  cuando  el  discurso  del 
tiempo  y  los  caprichos  del  uso  hayan 
introducido  posteriormente  algunas 
diferencias  (a). 

3.  Con  efecto,  el  jumento  fué  cabal- 
gadura usada  de  los  antiguos  patriar- 
cas, según  ya  se  dijo.  Cervantes  quizá 
tuvo  presente  esta  usanza,  sin  perjuicio 
de  dar  también  á  entender  que  Sancho 
iba  sobre  su  jumento  con  mucha  como- 
didad, que  es  lo  que  ordinariamente 
sitrnifica  la  e.xpresión  familiar  de  ir 
como  un  patriarca. 

4.  Empieza  ya  desfle  aquí  á  pintarse 
el  cará'-ter  de  Sancho  con  una  pincelada 
digna  de  Cervantes;  la  pintura  se  con- 
tinúa con  el  recuerdo  que  Sancho  hace 
después  á  su  amo  :  mire  vuestra  merced, 
que  no  se  le  olvide  lo  que  de  la  ínsula 
me  tiene  prometido,  y  con  el  gracio- 
sísimo diálogo  que  sigue  hasta  el  fin 
del  capitulo. 

la\  Parte  II,  cap.  XXXIV.  —  {),)  Capítulo 
LXXIII 

(a)  En  los  escritores  franci^ses  antiguos  se 
encuenlr.iii.  por  idr-ntica  ;azün,  palabras  que 
parecen  imitadas  ó  tomadas  del  espaüoi.  como 
soiiler  (soler)  cnldcre  (caldera)  y  otras  niu- 
ehas,  que  prueban  úaicamente  la  unidad  ¿e 
origen  de  ambas  lenguas.  (M.  ile  T.} 


I'HIMI  HA    I'AUIK.    —     CM'ÍTl.í.O     VII 


117 


Acfrlo  I).  Oiiijole  ;i  lüiiiar  la  misma  flcrrola  y  camino  que  el  que 
c\  lialiia  Idiiiailo  '  en  .su  primer  viajo,  (|iie  Tiié  p(jr  el  caiiqxj  (Je 
Moiiliel,  \)ov  el  cual  caminaba  con  menos  [x'sadumbic  <\\io  \i\  vez 
pasada,  porque  por  ser  la  hora  de  la  mañana  y  licrirl(!S  á 
soslayo  los  rayos  del  sol,  no  les  l'atif^aban  ^.  Dijo  en  esto  Sancho 
lianza  á  su  amo  Mire  vuestra  merced,  señor  caballero  andante, 
que  no  se  le  olvide  lo  que  de  la  ínsula  me  liene  prometido,  que  yo 
la  sabré  gobernar  por  grande  que  sea,  Á  lo  cual  le  respondió 
I).  Quijote  :  Has  de  saber,  amigo  Sancho  Panza,  que  fué  cos- 
tumbre muy  usada  de  los  caballeros  andantes  antiguos  hacer 
gobernadores  á  sus  escuderos  '  de  las  ín -ulas  ó  reinos  que  gana- 
ban, y  yo  tengo  determinado  de  que  por  mí  no  falte  tan  agradecida 
usanza;  ante^  pienso  aventajarme  en  ella,  porque  ellos  algunas 
veces,  y  quizá  las  más,  esperaban  á  que  sus  escuderos  fuesen 
viejos,  y  ya  después  de  hartos  de  servir  y  de  llevar  malos  días  y 
peores  noches,  les  daban  algún  título  de  Conde,  ó  por  lo  menos 
de  Marqués''  de  algún  valle  ó  provincia  de  poco  más  ó  menos; 


1.  ¡  Cuánto  más  desembarazado  hu- 
biera quedado  el  ienjjuaje,  suprimién- 
dose los  tres  monosílabos,  y  diciéndose: 
lit  misma  derrota  y  camino  que  había 
lomado  en  su  primer  viaje  ! 

2.  No  tuvo  razón  Cervantes  para 
decirlo.  Iguales  motivos  de  calor  y 
fatiga  habla  en  la  salida  segunda  que 
en  la  primera  ;  la  hora  era  la  misma, 
porque  era  muy  de  mañana;  los  rayos 
del  sol  herían  del  mismo  modo,  porque 
la  derrota  y  dirección  acertó  á  ser  igual, 
y  la  estación  er.T  casi  ln  misma,  porque 
sólo  mediaron  pocos  días. 

3.  Desde  luego  ocurre  el  ejemplo  de 
Ani.'idís  de  Gaiíla,  el  cual,  hecho  dueño 
de  la  ínsula  Firme,  dio  su  señorío  á 
Gandalín,  su  escudero,  en  pago  y  pre- 
mio de  sus  buenos  servicios  [ar,  y 
después,  siendo  ya  Rey,  le  dio  títuin 
de  Conde  h).  Otro  ejemplo  es  el  del 
C.iballero  de  la  Ardiente  Espada,  que 
habiendo  restituido  al  reino  de  la  ínsula 
Taprobana  á  la  Princesa  Lucida,  des- 
pués de  vencer  y  matar  al  usurpador, 
hizo  Duque  en  la  ínsula  á  su  escudero 
Ineril  íc).  El  misuio  Caballero  de  la 
Ardiente  Espada  hizo  merced  á  Ordán, 
otro  escudero  suyo,  de   un   castillo   y 


(a)  Amadis,  lil).  II,  cap.  XLV.  —  {h)  Scríjna 
'If  Esplnnd.,  cap,  GXL.  —  (c)  Amadis  de 
Grecia,  parte  II,  cap.   LXXXIV. 


ciertas  villas  de  su  jurisdicción  en  la 
isla  de  Argantadel,  con  nombre  de 
Duque  (a). 

4.  Según  esta  expresión,  D.  Quijote 
era  de  opinión  contraria  á  iSalazar  de 
Mendoza  y  á  los  Reyes  de  Castilla,  que 
en  sus  diplomas  y  provisiones  nombran 
primero  á  los  .Marqueses  y  después  á 
los  Comles.  inervantes,  al  parecer,  quiso 
añadir  este  rasgo  de  extravagancia 
á  nuestro  pobre  caballero.  Como  quiera, 
la  preferencia  que  la  opinión  común 
y  las  fórmulas  cancellerescas  (a) 
dan  á  la  dignidad  de  Marqués  sobre  la 
de  Conde,  no  se  apoya  en  fundamento 
leiial.  y  aun  tiene  contra  ~i  la  razón  de 
antigüedad,  que  favorece  más  á  la 
última.  El  título  de  Conde  es  originario 
del  iHtín;  viene  desde  los  tieuipos  del 
imperio,  y  se  menciona  ya  en  los  Códi- 
gos de  Justiniano  y  Teodosio  y  en  los 
monumentos  de  la  Jurisprudencia 
gótico-española.  Margues  es  voz  de  la 
Edad  Media,  comunicada  de  los  idiomas 
y  países  septentrionales.  La  dignidad 
hereditaria  de  Conde,  en  la  forma  que 

(a)  Ib.,  cap.  CXXI. 


{<■/.)  Canceller esca.  —  Se  usaron  en  lo  antiguo 
canceller,  cancellería  y  cancellern  ;  pero  no 
cnncelleresco.  La  Academia  sólo  tiene  cnnci- 
lleresco.  (M.  de  T.) 


118 


DON    OrilOTE    DE    LA    MANCHA 


pero  si  tú  vivos  y  yo  vivo,  bien  podría  s(M"  (|ii('  antes  fio  seis  días 
ganase  yo  tal  reino,  (jue  tuviese  oti-os  á  él  adlicrcntes  que  viniesen 
de  molde  jiara  coronarte  por  rey '  de  uno  dellos.  Y  no  lo  tenj^as 
ü  mucho,  que  cosas  y  casos  acontecen-  á  los  tales  caballeros  por 
modos  tan  nimca  vistos  ni  pensados,  que  con  facilidad  te  podría 
(lar  aún  más  de  lo  que  te  prometo.  Desa  manera,  respondió  Sancho 
Panza,  si  yo  fuese  rey  por  algún  milagro  de  los  que  vuestra 
merced  dice,  por  lo  menos  Juana  Gutiérrez  mi  oislo  •*  vendría  á 


ha  estado  después  en  Castilla,  empezó 
en  D.  Alvaro  Núñez  Osorio,  ;í  quien  el 
año  de  i;{28  hizo  Conde  de  Trastauíara 
el  Hey  D.  Alonso  XI.  con  las  ceremonias 
que  se  refieren  en  la  crí'inica  de  este 
Príncipe.  El  primer  nombramiento  de 
Mar(|ués  fué  el  de  Vülena,  que  el  lley 
D.  Enrique  el  Viejo,  ñ  de  las  Mercedes, 
hizo  en  D.  Alonso  de  Aragón  el  año  de 
1366  («).  Antes  era  desconocido  el  titulo 
de  Marqués  en  Castilla,  según  dice 
D.  Alonso  de  Cartagena  en  el  Doctrinal 
de  Caballeros  (6). 

1.  La  doncella  Finistea,  que  en  traje 
varonil  sirvió  algún  tiempo  de  escu- 
dero á  Amadís  de  Grecia,  recibió  en 
recompensa  el  reino  de  Tebas  íc).  Estas 
mercedes  solían  extenderse  también  á 
otras  personas.  Tiíante  hizo  Rey  de 
Fez  y  Bugia  á  uno  de  sus  caballeros,  á 
quien  casó  con  la  doncella  Placerde- 
mivida,  confidenta  de  sus  amores  con 
Carmesina  (d).  El  Caballero  de  Cupido, 
habiendo  ganado  con  sus  hazañas  el 
reino  de  Epiro.  lo  dio  al  Principe  Ar- 
ganteo,  que  lo  había  defendido  á  él  y  á 
la  Reina  de  Ircaniade  una  calumnia  e). 
Lisuarte  de  Grecia  dii'i  el  reino  de  Creta 
;í  la  Infanta  Gradaíilea  (/).  Lepolemo 
ganó  para  el  Soldán  de  Egipto  los 
reinos  de  Diirón  y  Medinn  :  dii)  .i  su 
amigo  Trasileón  el  de  Creta,  y  la  isla  de 
Estadía,  con  título  de  Reina,  ;i  una  hija 
de  Trasileón,  casándola  con  Trasilo, 
hijo  del  gigante  Morbón,  á  quien  Le- 
polemo había  vencido  y  herido  mor- 
tal mente  (.7). 

2.  Agudeza  fundada  en  que  cosas  es 

(a)  Crónica  del  rey  D.  Pedro,  año  XVII, 
cap.  VII.  —  (6)  Lib.  i.  tít.  V. 

(c)  FlorUcl,  parte  III,  cap.  LXXVIII.  — 
(d)  Tirante,  parte  IV.  —  (e''  Caballero  de  la 
Cruz.  lib.  II.  cap.  LXIT.  —  (f)  Amadis  de 
Grecia,  parte  II, cap.  CWll.  — (g)  Cabath^ro 
de  la  Cruz,  caí).  LX.XXVII,  CIII,  CVIII 
V  CXIIl. 


anagrama  de  casos.  El  libro  tercero  de 
los  Trabajos  de  Fe'rsiles  _»/  Sigistininda 
empieza  con  las  mismas  palabras :  Cosas 
y  casos  suceden  en  ei  mundo,  etc. 
Semejantemente  á  esto  contestaba  en 
cierta  ocasirm  una  dama  á  un  galán  que 
trataba  de  alucinarla  :  aunque  tonta, 
no  tanto. 

3.  Oislo,  voz  baja  y  apicarada,  para 
significar  una  mujer  á  quien  se  quiere 
ií  estilo  de  la  hampa,  y,  por  lo  mismo, 
forma  mayor  contraste  con  la  alta  cali- 
dad de  Reina  de  que  se  trata.  A  lo  propio 
contribuye  el  nombre  vulgarísimo  de 
Juana  Gutiérrez,  tan  propio  de  gente  de 
poca  importancia. 

.\si  como  se  dice  oislo  de  las  mujeres, 
se  dice  también  cuyo  de  los  hombres ; 
de  lo  que  igualmente  da  ejemplo  Cer- 
vantes en  la  novela  de  la  Ilustre 
fregona,  donde  se  cuenta  que  ¡a 
Arguello  (criada  de  un  mesón  en 
Toledo)  que  vio  atraillado  d  su  nuevo 
cuyo,  acudió  lueijo  ó  la  cárcel  á  lle- 
varle de  comer.  En  el  entremés  del 
Rufián  viudo,  impreso  entre  otros  de 
nuestro  autor,  decía  la  Mostrenca  : 

Poco  valgo  : 
Pero  en  fin.  como  y  bebo,  y  á  mi  cui/o 
Le  traigo  más  vestido  que  un  palmito. 

Y  en  la  misma  escena  la  Pizpita,  pre- 
tendiendo que  la  elija  por  mujer  el 
viudo  Trampagos,  alega  así  de  su  de- 
recho : 

Pcqupüa  soy,  Trampagos,  pero  grande 
Tengo  la  voluntad  para  servirte 
No  tengo  cuyo,  y  tengo  ochenta  cobas. 

Cuyo  es  cortejo,  y  cobas  son  reales 
en  jeringonza. 

Don  I..UÍS  de  Gi'mgora  dijo  de  Píramo 
en  SU  fábula  : 

Este,  pupí.  ora  el  vecino, 
el  amante  y  aun  p1  cuyo 


phimkra  PAitTi:. 


r.AP:Ti'i.o  VII 


11!» 


ser  reina  y  mis  hijos  inraiitcs.  ¿Piu's  qui(''n  lo  duda?  r(!spondi() 
D.  (Juijolc.  Yo  lo  dudo,  re|)l¡có  Sancho  Panza,  porque  len<j;o  paia 
mí,  (lue  auiupio  lloviese  Dios  reinos  sobre  la  tierra,  nin<^uno  asen- 
taría I)i(Mi  sobre  la  cabeza  de  Mari  (iutiérrez  *.  Sepa,  señor,  que 
no  vale  dos  maravedís  [lara  reina ;  condesa  le  caerá  mejor,  y  aun 
Dios  y  ayuda.  Encomiéndalo  tú  á  Dios,  Sancho,  respondió  Don 
Quijote,  que  él  le  dará  lo  que  más  le  convenga ;  pero  no  apoíjucs 
tu  ánimo  tanto,  que  te  vengas  á  contentar  con  menos  que  con 
ser  adelantado  ^.  No  haré,  señor  mío,  respondió  Sancho,  y  más 
teniendo  tan  principal  amo  en  vuestra  merced,  que  me  sabrá  dar 
todo  aquello  que  me  esté  bien  y  yo  pueda  llevar. 


do  la  tüitola  doncella, 
gemidora  á  lo  viudo. 

1.  Poco  antes  se  la  llama  Juana 
Gutierre/  :  y  en  el  capitulo  último  de 
la  primera  parte,  Juana  Panza,  gue  asi, 
dice,  se  llamaba  la  mitjer  de  Sa>ic/to, 
aunque  no  eran  parientes,  sino  porque 
se  usa  en  la  Mancha  tomar  las  mujeres 
el  apellido  de  sus  maridos.  En  la  se- 
gunda parte  se  le  da  el  nombre  de 
Teresa  Panza,  añadiéndose  que  el  ape- 
llido se  tomaba  del  marido,  pero  que 
su  padre  se  llamaba  Cascajo.  Como  si 
fueran  pocas  estas  inconsecuencias, 
av'in  añadió  Cervantes  otra,  reconvi- 
niendo en  el  capítulo  LIX  de  la  segunda 
parte  al  licenciado  Avellaneda,  porque 
más  consiguiente  y  acorde  en  esto  que 
Cervantes,  llamó  á  la  mujer  de  Sancho 
Mari  Gutiérrez,  según  se  la  habia  nom- 
brado en  el  presente  pasaje  del  texto. 

Elnornbrede  Mari  Gutiérrez  (a;,  por  la 
mutilación  de  la  voz  María,  es  aun  más 
vulgar    é    ignoble    que     el    de   Juana 

(o.)  No  h;in  faltado  críticos  que  dcmues- 
tfini  que  Cervantes  no  mereció  en  este  caso 
la  censura  de  Clemencín,  el  cual  entendió 
mal  el  texto.  Mari  Gutiérrez  se  encuentra  em- 
¡ileado  como  un  calificativo  vulgar  y  no  como 
un  mote.  De  esto  se  ven  constanles  ejemplos. 
(M.  de  T.; 


Gutiérrez.  También  se  llamó  Mari  San- 
cha á  la  hija  de  Sancho  en  el  coloquio 
de  sus  padres,  que  se  refiere  al  capi- 
tulo V  de  la  segunda  parte  :  y  así  se 
encuentra  usado  el  mismo  nombre  en 
los  refranes  y  e.xpresiones  proverbiales 
propias  del  estilo  familiar,  como  el 
¡/alo  de  Mari  Hamos,  la  hedía  de  Mari 
Moco,  el  escrúpulo  de  Mari  Gargajo  y 
otras  locuciones  semejantes. 

2.  Adelantado,  según  la  ley  de  Par- 
tida (((),  tanto  quiere  decir  como  hombre 
metido  adelantado  en  alguna  fecho 
señalado  por  mandado  del  Rey...  El 
oficio  deste  es  muy  grande  :  ca  es 
puesto  sobre  lodos  los  merinos,  tan  bien 
sobre  los  de  las  cámaras  é  de  las  alfoces 
como  sobre  los  otros  de  las  villas.  Su 
autoridad  era  la  superior  de  la  provin- 
cia, y  participaba  ele  gubernativa  y  de 
judicial :  para  el  despacho  de  lo  forense 
le  acompañaban  algunos  letrados.  A  él 
se  apelaba  de  los  merinos  ó  jueces  de 
partido,  y  de  él  al  Rey;  en  la  frontera 
mandaba  también  las  fuerzas  mili- 
tares. En  el  día  no  ha  quedado  de  esta 
dignidad  sino  el  titulo,  que  conservan 
entre  los  suyos  algimas  casas  de 
Grandes,  á  quienes  lo  concedieron  an- 
tiguamente los  Reyes. 

(«)  Partida  II,  tit.  IX,  ley  22. 


CAPITULO  VIII 


DEL  BUEN  SUCESO  QUE  EL  VALEltOSO  D.  (¿UIJOTE  TUVO  EN  LA  ESPAN- 
TAHLK  Y  JAMÁS  IMAGLNADA  AVENTURA  DE  LOS  MOLINOS  DE  VIENTO, 
CON    OTROS    SUCESOS    DIGNOS    DE    FELICE    RECORDACIÓN. 


En  esto  descubrieron  treinta  ó  cuarenta  molinos  de  viento  '  que 
hay  en  aquel  campo;  y  así  como  D.  Quijote  los  vio  dijo  á  su  escu- 
dero :    La  ventura  va  guiando  nuestras  cosas  mejor  de   lo  que 


1.  La  falla  de  ríos  en  la  Mancha, 
una  de  las  provincias  de  España  más 
escasas  de  agua,  produjo  la  necesidad 
de  usar  de  los  molinos  de  viento,  que 
son  tan  frecuentes  en  ella;  pero  su 
introducción  debió  preceder  poco 
tiempo  á  la  edad  de  Cervantes.  Ante- 
riormente la  mayor  parte  de  los  pueblos 
no  tenían  sino  molinos  hibernizos  en 
los  arroyos  que  corren  por  sus  términos 
durante  la  estcici(in  de  las  lluvias,  y  se 
secan  en  el  estío.  En  las  relaciones 
topográlicas  que  se  formaron  por  los 
años  de  1370  á  1375  de  orden  de 
Felipe  11,  y  de  que  existe  parte  entre 
los  manuscritos  del  Escorial,  se  encuen- 
tran noticias  circunslanciadas  de  la 
escasez  de  agua  que  padecían  los  man- 
chegos.  El  Zúncara, uno  de  los  arroyos 
ó  riachuelos  más  considerables  de  la 
provincia,  no  corrió  desde  el  año  lbü5 
hasta  el  de  1.543 (a).  Esta  penuria  les 
obligaba  á  acudir  á  los  molinos  de  los 
ríos  perennes  que  solían  estar  á  dis- 
tancias considerables.  Los  mejor  libra- 
dos eran  los  pueblos  cercanos  al  Gua- 
diana, aunque  distasen  tres  ó  cuatro 
leguas  :  á  él  iban  desde  seis  y  ocho  los 
habitantes  de  la  Solana  y  de  Manza- 
nares. Del  Provencio  iban  siete  leguas 
al  Júcar;  del  Quintanar  nueve  leguas  al 
Tajo;    del    Toboso,    donde    no"  había 

1     I  ¡{el.  (Ifi  Caiit'iu  ilti  l'ri¡it'in<i. 


ningún  molino  hibernizo,  iban  á  los 
ríos  Tajo,  Guadiana  y  Júcar,  que  esta- 
ban toaos  á  distancia  de  diez  leguas ;  y 
de  la  iMota  del  Cuervo,  donde  actual- 
mente se  ven  reunidos  en  una  loma 
inmediata  muchos  molinos  de  viento, 
ibaná  Guadiana,  que  está  nueve  leguas, 
ó  á  Júcar,  que  está  once. 

Esto  prueba  concluyentcmente  que 
entonces  no  se  habían  introducido  to- 
davía los  molinos  de  viento.  No  en- 
cuentro mención  de  ellos  más  que  en 
la  relación  del  Pedcrnoso,  y  aun  allí 
no  bastaban  para  sui'lir  de  harina  á  la 
población;  puesto  que  también  iban  á 
moler  al  río  Júcar,  que  está  á  distan- 
cia de  nueve  leguas.  Posteriormente  se 
multiplicaron,  prestando  á  la  fecunda 
fantasía  de  nuestro  autor  el  pensa- 
miento oportuno  y  feliz  de  convertirlos 
en  gigantes.  No  ha  faltado  quien  con- 
jeture que  la  fila  de  molinos  de  laAlota 
del  Cuervo  fueron  los  treintai)  cuarenta 
que  quiso  designar  Cervantes  en  la 
presente  aventura.  (,>pónese  á  ello  la 
distancia  que  media  desde  la  Mota  á  la 
.■Vrgamasilla,  de  donde  habla  salido 
D.  Quijote  el  mismo  día,  y  á  Puerto 
Lapice,  á  cuya  vista  llegó  á  la  mitad 
del  siguiente:  pero  esto  era  corto 
reparo  para  Cervantes.  El  itinerario 
grabado  por  la  Academia  Española 
soñala  este  sitio  entre  Argamasilla  y 
Villarta,  y  no  desdice  el  de  Pellicer. 


IMíIMKUA    PAHIK.    —    CAPÍTLI.O    \lll  121 

íicort.'iniino.s  á  desear;  [)or([ue  ves  allí,  aini^o  Sancho  l'anZa, 
donde  se  descubren  treinta  ó  pocos  más  desaforados  gifi^anles  con 
<|ii¡cu  pienso  hacer  batalla  y  quitarles  á  todos  las  vidas,  con  cuyos 
despojos  eouuMi/aremos  á  enriquecer  :  que  esta  es  buena  guerra, 
y  es  gran  servicio  de  Dios  (piilar  tan  mala  siuücnte  d(í  sobre  la 
l'aí  de  la  tierra.  ¿O^i^'  gigantes?  dijo  Sancho  Panza.  Aquellos  que 
allí  ves,  respondió  su  amo,  de  los  brazos  largos,  que  los  suelen 
tener  algunos  de  casi  dos  leguas  ^  Mire  vuestra  merced,  respondió 
Sancho,  que  aquellos  que  allí  se  parecen,  no  son  gigantes,  sino 
nu)linos  de  viento,  y  lo  (pie  en  ellos  parecen  brazos  son  las  aspas, 
([ue  volteadas  del  viento  hacen  andar  la  piedra  del  molino.  Bien 
parece,  respondió  D.  Quijote,  que  no  estás  cursado  en  esto  de  las 
aventuras  :  ellos  son  gigantes,  y  si  tienes  miedo,  quítate  de  ahí  y 
ponte  en  oración  en  el  espacio  que  yo  voy  á  entrar  con  ellos  en 
fiera  y  desigual  batalla.  Y  diciendo  esto,  dio  de  espuelas  á  su 
caballo  Rocinante,  sin  atender  á  las  voces  que  su  escudero  Sancho 
le  daba,  adviiliéndole  que  sin  duda  alguna  eran  molinos  de  viento 
y  no  gigantes  aquellos  que  iba  á  cometer.  Pero  él  iba  tan  puesto 
en  que  eran  gigantes,  que  ni  oía  las  voces  de  su  escudero  Sancho, 
ni  echaba  de  ver,  aunque  estaba  ya  bien  cerca,  lo  que  eran ;  antes 
iba  diciendo  en  voces  altas  :  Non  luyades,  cobardes  y  viles 
criaturas,  que  un  solo  caballero  es  el  que  os  acomete-.  Levantóse 
en  esto  un  poco  de  viento,  y  las  grandes  aspas  comenzaron  á 
moverse,  lo  cual,  visto  por  D.  Quijote,  dijo  :  Pues  aunque  mováis 
más  brazos  que  los  del  gigante  Briareo^,  me  lo  habéis  de  pagar. 
Y  en  diciendo  esto,  y  encomendándose  de  todo  corazón  á  su 
señora  Dulcinea,  pidiéndole  que  en  tal  trance  le  socorriese,  bien 


1.  Ponderación  desaforada  que  hace  doce  pares,  de  quien  lanías  hazañas  he 
reír.  El  lector,  al  llegar  aqui,  no  podrá  oido  I  ¿cómo  no  osáis  parecer  delanle 
menos  de  recordar  lo  que  se  dijo  en  otra  de  un  solo  caballero'/  De  igual  expre- 
nota acerca  del  Alcázar  de  la  Fortuna,  sión  se  valió  L>.  Quijote  en  la  batalla 
descrito  en  Olivante,  cuya  altura  era  de  las  ovejas,  cuando,  dirigiendo  la  voz 
de  casi  dos  leguas.  La  exageración  de  al  soberbio  Alifanlarón,  decía  (6)  :  Un 
L).  Quijote  perdería  toda  su  gracia  y  caballero  solo  soy,  que  desea  de  solo  á 
sería  una  insulsez  en  boca  de  otro  cual-  solo  probar  tus  fuerzas. 

quiera  :  en  la  de  un  loco  tiene  verosi-  3.  El  gigante  líriareo,   que  según  la 

militud  y  oportunidad.  Tal  es  el  arte  de  fábula,  tenia  cien   brazos  y   cincuenta 

Cervantes    en   saberse   aprovechar   de  vientres,    fué  uno  de  los   Titanes   que 

su  asunto,  de  los  caracteres  de  sus  per-  combatieron  contra  los  Dioses,   y  fué 

sonajes,  y   de   los   disparates   misuios  sepultado  con  sus  compañeros  debajo 

de    los    libros   que    intentaba    ridicu-  del  Monte  Etna,  cuyas  explosiones  se 

lizar.  creían  ser  los  gemidos  de  los  gigantes 

2.  Fierabrás    de     Alejandría,    desa-  que  allí  yacían, 
fiando  en  Mormionda  á  los  caballeros 

de  Carloniagno.  decía,  según  cuenta  su  [n)  Carlomfujno,  caj).  XI.  —  .'6)  Parte  I, 

liistoria  (a)  ;  ;0k   los  que  vos  llanuíis  cap.  XIX. 


122  DON    QriJOTK    DE    LA    MANCHA 

cubierto  do  su  rodóla,  con  la  lanza  en  el  rislro,  arromcliíí  á  lodo 
el  g'alope  de  Rocinante,  y  embistió  con  el  primero  molino  que 
estaba  delante,  y  dándole  una  lanzada  en  el  aspa,  la  volvió  el 
viento  con  tanta  furia  \  que  hizo  la  lanza  pedazos^,  llevándose 
tras  sí  al  caballo  y  al  caballero,  que  fué  rodando  muy  maltrecho 
por  el  camjío.  Acudió  Sancho  Panza  á  socorrerle  á  todo  el  correr 
de  su  asno,  y  cuantío  llegó,  halló  que  no  se  podía  menear;  tal  fué 
el  golpe  que  dio  con  él  Rocinante.  ¡Válame  Dios!  dijo  Sancho. 
¿No  le  dije  yo  á  vuestra  merced  que  mirase  bien  lo  que  hacía,  que 
no  eran  sino  molinos  de  viento,  y  no  lo  podía  ij^'^norar  sino  quien 
llevase  otros  tales  en  la  cabeza?  Calla,  amigo  Sancho,  respondió 
D.  Quijote,  que  las  cosas  de  la  guerra  más  que  otras  están  sujetas 
á  continua  mudanza  :  cuanto  más  (jue  yo  pienso,  y  es  asi  verdad, 
que  aquel  sabio  Frestón',  que  me  robó  el  aposento  y  los  libros, 
ha  vuelto  estos  gigantes  en  molinos  por  quitarme  la  gloria  de  su 
vencimiento;  tal  es  la  enemistad  que  me  tiene  :  más  al  cabo  han 
de  poder  poco  sus  malas  artes  contra  la  bondad  de  mi  espada. 
Dios  lo  haga  como  puede,  respondió  Sancho  Panza,  y  ayudándole 
á  levantar,  tornó  á  subir  sobre  Rocinante,  que  medio  despaldado 
estaba.  Y  hablando  en  la  pasada  aventura',  siguieron  el  camino 


\.  Ristre,  pieza  de  liierro  á  la  dere- 
cha del  peto,  que  se  ve  en  las  arma- 
duras antiguas  y  donde  se  lijaba  el 
cabo  de  la  manija  de  la  lanza  para 
aseiiurarla 

Ndtese,  que  no  llevando  sujeto  ex- 
preso el  gerundio  dando,  debiera  serlo 
en  buena  sintaxis  el  del  verbo  volvió  ; 
pero  quien  dio  fué  D.  Quijote,  y  quien 
volvió  fué  el  viento.  En  igual  incorrec- 
ción se  incurre  pocos  renglones  ade- 
lante, donde  se  dice  :  ayudándole  ú 
levantar,  lomó  ó  subir  sobre  rocinante. 
Quien  anudó  fué  Sancho,  quien  tornó 
á  subir  faé  1).  Quijote.  La  claridad 
pedia  que  en  el  primer  pasaje  se  dijese  : 
dándole  D.  Quijote  una  lanzada  en  el 
aspa,  la  volvió  el  viento ;  y  en  el  se- 
gundo, ayudándole  Suncho  á  levan- 
tar, tornó  á  subir  D.  Quijote  sobre 
Rocinante. 

2.  En  otro  gigante  hizo  también  pe- 
dazos su  lanza  la  Princesa  Dorobella, 
que  caminaba  en  traje  de  caballero 
andante  acompañada  del  enano  Es- 
bueso,  como  se  cuenta  en  el  poema 
caballeresco  de  Celidón  de  Iberia  (a). 

(a.  Cantil  2:>. 


Son  inaumeraliles  los  ejemplos  de  los 
libros  de  caballerías  en  que  se  rompen 
las  lanzas  y  vuelan  hechas  astillas ;  y 
aun  de  aquí  provendría  el  mismo 
nombre  de  astillas  que  se  aplica  en 
general  á  los  frasmentos  de  la  madera 
rota,  porque  astilla  es  asta  «J  lanza  pe- 
queña. Así  sucedía  y  debía  suceder 
especialmente  en  las  justas,  en  que  el 
trance  consistía  en  el  choque  encon- 
trado de  dos  caballeros  armados  de 
lanzas.  En  el  Paso  del  Orbigo.  cele- 
brado el  año  1434,  su  mantenedor, 
Suero  de  Quiñones,  caballero  leonés, 
se  propuso  pagar  el  rescate  de  la  pri- 
sión en  que  le  tenía  su  dama,  concer- 
tado en  nombre  del  apóstol  Santiago, 
según  alli  se  dice,  en  300  lanzas  con 
fierros  de  Milán  rompidas  por  el  asta, 
tres  con  cada  uno  de  los  aventureros 
que  concurriesen  al  Paso. 

3.  Vuelve  aquí  á  repetirse  Frestón 
por  Frislón,  y  es  en  boca  de  D.  Qui- 
jote. Si  no  fué  distracción  de  Cer- 
vantes, debió  ser  errata  de  im- 
prenta. 

4.  Modo  anticuado  de  hablar,  lo 
mismo  que  sobre  la  pasada  aventura, 
ó  de  la  pasada  aventura. 


PRIMERA    PAPTK 


CAPITUI  O    VIII 


123 


del  PiumIo  L;'i|)ic('',  porque  allí  decía  Ü.  (Juijole  que  no  era 
jiosible  (Irj;!!-  (le  hallarse  muchas  y  diversas  aventuras,  por  ser 
luííar  muy  |)asa¡('ro;  sino  que  iba  muy  pesaroso  [)or  haberle  faltado 
la  lan/.a,  y  diciéndosclo  ;í  su  escudero,  le  dijo  :  Yo  me  acuerdo 
haboi-  leído  (|Uo  un  caballero  español,  llamado  Diego  Pérez  de 
Vareas,  habiéndosele  en  una  batalla  roto  la  espada,  desgajó  de 
una  encina  un  pesado  ramo  ó  tronco,  y  con  él  hizo  tales  cosas 
aquel  día,  y  machacó  tantos  moros,  que  le  quedó  por  sobre 
nombre  Machuca,  y  así  él  como  sus  descendientes  se  llamaron 
desde  aquel  día  en  adelante  Vargas  y  Machuca'- .  Hete  dicho  esto, 
porque  de  la  primcia  encina  ó  roble  ([ue  se  me  depare,  pienso 
desgajar  otro  tronco^  tal  y  tan  bueno  como  aquél,  que  me  imagino 
y  pienso  hacer  con  él  tales  hazañas,  que  tú   te  tengas  por  bien 


1.  En  la  relación  que  de  orden  del 
Rej-  D.  Felipe  11  dieron  el  año  de  1376 
los'  vecinos  de  la  villa  de  Herencia,  en 
la  Mancha,  dijeron  que  á  dos  leguas 
del  pueLdo  se  lia«-¡a  un  puerto  llamado 
Puerto  Lapice,  dunde  había  una  venta 
por  la  que  ¡lasaba  el  camino  real 
desde  Villarta  á  Toledo.  Añaden  que 
el  camino  iba  entre  dos  colinas;  que 
la  cordillera  es  peñascosa,  y  que  hay 
cerros  fragosos  de  cantos,  de  donde  se 
llevaban  para  los  edificios.  Este  fué 
aparentemente  el  motivo  del  nombre 
de  Poilus  LapidiDii  ó  Puerto  Lapice. 
En  el  día  se  llama  Ventas  de  Puerto 
L.ipice  el  pueblecillo  que  allí  se  ha 
formado,  y  por  el  cual  pasa  el  camino 
real  que  va  de  Madrid  á  Andalucía, 
atravesando  la  Mancha.  En  lo  antiguo, 
según  la  relación  mencionada,  aquellas 
comarcas  estuvieron  pobladas  de  bos- 
ques, y,  por  consiguiente,  hubo  sufi- 
ciente motivo  para  que  D.  Quijote  las 
calificase  de  país  propio  para  teatro  de 
caballerías,  en  que  se  podían  meter 
las  manos  hasta  los  codos  en  esto  que 
llaman  aventuras. 

2.  Refiere  menudamente  el  suceso, 
Diego  Rodríguez  de  .Almela,  Canónigo 
de  Murcia,  escritor  del  siglo  xv,  en  su 
Valerio  de  las  Idstorius  escolásticas  y 
de  España  (a),  donde  habla  de  los 
caballeros  que  se  señalaron  en  la  ba- 
talla de  Jerez  contra  los  moros,  i'ei- 
nando  D.  Fernando  III  el  Santo  :  Pero 
entre  todos  fué  esmerado  Diego  Pérez 
de  Vargas.  Como  acaesciese  que  perdiese 


(a)  I.ib.  II,  tít.  II,  cap.  XIII. 


todas  las  armas  de  ferir,  conviene  ú 
saber,  la  lanza  y  espada  y  maza, 
cuando  rió  que  no  había  á  qué  se  tor- 
nar, fuese  ú  una  olivera  y  quebró  un 
ramo  que  tenía  bajo  un  cepillo  á  ma- 
nera de  porra,  y  con  tal  arma  se  metió 
en  la  mayor  priesa  de  la  batalla,  y 
comenzó  de  ferir  de  la  una  parte  y  de 
la  otra,  de  guisa  que  á  cualquier  que 
daba  una  palancada  no  había  más  me- 
nester ,■  é  fizo  con  aquel  cepo  tal  fazaña, 
que  setia  muclio  de  la  facer  con  todas 
las  armas  que  traer  pudiese  ;  y  el 
Conde  D.  Alvar  Pérez,  cuando  asi  lo 
vido,  con  gran  placer  que  dello  hovo,  y 
de  las  porradas  que  el  caballero  daba 
tanto  d  su  voluntad,  que  cada  vez  que 
le  oía  dar  el  golpe  decía  :  Asi,  Diego, 
machuca  así.  Y  este  nombre  hovieron 
después  todos  los  de  su  linaje  ;  y  en 
esto  paresció  que  era  hombre  de  gran 
corazón  y  digno  de  memoria.  Diego 
Pérez  de  Vargas  era  toledano,  como 
dice  la  Crónica  general  (a],  y  de  este 
suceso  se  hizo  un  romance  antiguo 
que  se  lee  en  las  colecciones  de  esta 
clase  de  poesías. 

Hubo  otro  Garci  Pérez  de  Vargas, 
que  se  distinguió  en  la  conquista  de 
Sevilla  por  el  Santo  Rey  D.  Fernando. 
De  él  se  hablará  al  capítulo  XLIX  de 
esta  primera  parte. 

3.  Desgajar  un  tronco  es  imposible, 
porque  ¿de  dónde  se  le  desgaja?  L'n 
tronco  puede  arrancarse,  pero  no  des- 
gajarse :  esto  sólo  conviene  al  ramo. 
Pocos  renglones  antes  se  ha  dicho  con 

(o)  Parte  IV. 


124  DON    QIIJOTK    DE    LA    JJANCIiA 

afortunado  de  haber  merecido  venir  ú  verlas,  y  á  ser  testigo  de 
cosas  que  apenas  podrán  ser  creídas.  Á  la  mano  de  Dios,  dijo 
Sancho,  yo  lo  creo  lodo  así  como  vuestra  merrcd  lo  dice;  pero 
enderécese  un  poco,  que  parece  que  va  de  medio  lado,  y  debe  de 
ser  del  moliniienlo  de  la  caída.  Asi  es  verdad,  respondió  Don 
Quijote;  y  si  no  me  (juejo  del  dolor,  es  porque  no  es  dado  á  los 
(caballeros  andantes  quejarse  de  herida  alguna  ',  aunque  se  le 
salgan  las  tripas  por  ella.  Si  eso  es  así,  no  tengo  yo  que  replicar, 
respondió  Sancho;  pero  sabe  Dios  si  yo  me  holgara  que  vuestra 
merced  se  quejara  cuando  alguna  cosa  le  dolieía.  De  mi  sé  decir, 
que  me  he  de  quejar  del  más  pequeño  dolor  que  tenga,  si  ya  no 
se  entiende  también  con  los  escuderos  de  los  caballeros  andantes 
eso  del  no  quejarse.  No  se  dejó  de  reir  D.  Quijote  de  la  simpli- 
cidad de  su  escudero,  y  asi  le  declaró  que  podía  muy  bien  quejarse 
como  y  cuando  quisiese,  sin  gana  ó  con  ella  que  hasta  entonces 
no  había  leído  cosa  en  contrario  en  la  orden  de  Caballei-ía.  Díjole 
Sancho  que  mirase  que  era  hora  de  comer.  Respondióle  su  amo 
que  por  entonces  no  le  hacía  menester,  que  comiese  él  cuando  se 


itriial  inexactitud  :  desgajó  (Diego  Pérez 
de  Vai'jL'as)  de  una  encina  un  pesado 
ramo  6  Ironco  (a).  No  era  lo  mismo 
tronco  que  rumo. 

1.  Asi  estaba  prescrito  á  los  caba- 
lleros de  la  Orden  de  la  Banda  por  sus 
estatuios.  Insertó  éstos  Ü.  Alonso  de 
Cartagena  en  su  Doctrinal  de  Cuballe- 
/•'Av, adunde  se  lee  (a) :  Otrosí  lodo  caba- 
llero fie  la  ¡tanda  nunca  debe  decir 
¡  a\' !  E  lo  máx  qxie  podiere,  excuse  de 
quejarse  poi  férula  que  ¡taya. 

El  Rey  Ü.  Alonso  el  XI,  estando  en 
Hurgos  el  año  de  1.130,  instiluyi)  la 
Orden  d'*  la  Hunda.  El  traje  que  diú  ;'i 
los  caballeros,  y  que  vistió  él  mismo, 
era    blanco    con   banda   negra.   El  los 

(a)  Lib.  III,  lít.  Vde  la  Devisa  de  la  Hunda. 

(a.)  Hamo  ó  tronco.  —  ¿  Quien  le  dijo  á  Clc- 
méncín  que  en  la  época  de  Cervantes  no  se 
usó  tronco  taiíibién  como  sinóiiiiiio  de  lania 
gruesa?  En  nuestra  lenj^ua  existen  las  |)a- 
laliras  tranca  y  trancazo  que  iraeii  su  origen 
del  truncus  latino.  Además  no  hay  que  Olvi- 
dar que  Cervantes  no  estudió  su  lengua  en 
el  Epilnni'-  de  la  Academia,  ni  en  ninjíún  otro 
texto  análo;,'(j;  pues  la  primera  giamática  en 
lengua  vulgar  la  publicó  Nebrija  en  i  .'.<2. 
El  conipntarista  demuestra,  con  su  meticu- 
losa intransigencia,  que  somos  topos  para 
nuestras  faltas  y  linces  para  las  ajenas. 

^M.  de  T.) 


primeros  paños,  dice  su  crónica  '«), 
que  fueron  fechos  ¡lara  esto,  eran  blan- 
cos é  la  banda  prieta...  El  era  la 
banda  tan  ancha  como  la  mano,  el  era 
jiuesta  en  las  pellotas  el  en  las  otras 
vestiduras  desde  el  hombro  ezquierdo 
fuista  la  falda. 

A  la  Orden  de  la  Banda  babía  prece- 
dido la  de  Santa  María  de  España, 
fundada  por  el  Hey  I).  Alonso  X  el 
babio,  que  el  año  de  I2"¡9  le  hizo  mer- 
ced del  castillo  y  villa  de  Medinasi- 
donia,  mudando  este  nombre  en  el  de 
Estrella,  para  que  alli  se  estableciese 
el  convento  mayor  de  la  f»rden.  Des- 
pués, en  el  año  de  1403,  el  Infante  de 
Castilla  Don  Fernando  iiisliluyó  en 
Medina  del  Campo  la  Orden  Militar  de 
la  Jarra,  que  hubo  de  durar  tan  poco 
tlem[)0  como  la  de  la  Escarna,  fundada 
pi'Sttriormente  por  su  sobrino  el  Rey 
D.  Juan  el  II.  Sólo  subsistieron  eñ 
Castilla  las  antiguas  Órdenes  Militares 
de  Calalrava,  Santiago  y  Alcántara, 
que  baldan  nacido  en  él  siglo  xu, 
siendo  de  notar  la  facilidad  con  que 
desaparecieron  Ordenes  instituidas  por 
tan  poderosos  Principes,  y  la  estabili- 
dad de  las  otras,  que  debieron  su  ori- 
gen á  fundadores  obscuros  y  humildes. 

(a)  Cap.  C. 


tntiMKHA  i'Ait'.i;.  —  c.M'Ítii.o  viii 


i2.n 


le  aniojasc.  Con  osla  licencia  so  acomodó  Suncho  lo  nicjor  ([iic 
pudo  sobn»  sn  jnnicnlo,  y  ¡cacando  de  las  alforjas  lo  que  en  ellas 
había  puesto,  iba  caminando  y  comiendo  delrás  íle  su  amo  muy 
despacio,  y  de  cuando  en  cuando  em|)iuaba  la  bola  con  tanto 
gusto,  cpu'  le  pudiera  envidiar  ol  más  refjfulado  bodegonero  de 
Málaga'.  Y  en  tanto  que  él  iba  de  aquella  manera  menudeando 
tragos,  no  se  le  acordaba  de  ninguna  promesa  '^  que  su  amo  le 
hubiese  hecho,  ni  tenía  por  ningún  trabajo,  sino  por  mucho 
descanso,  andar  buscándolas  aventvu'as.  j)or  peligrosas  (pie  fuesen. 
En  resolución,  aquella  noche  la  pasaron  entre  unos  árboles,  y  del 
uno  dellos  desgajó  D.  Quijote  un  ramo  seco  que  casi  le  podía 
servir  de  lanza,  y  puso  en  él  el  hierro  que  quitó  de  la  que  se  le 
había  quebrado.  Toda  aquella  noche  no  durmió  D.  Quijote  pen- 
sando en  su  señora  Dulcinea,  por  acomodarse  ú  lo  que  había  leído 
en  sus  libros  cuando  los  caballeros  pasaban  sin  dormir  muchas 
noches  en  las  florestas  y  despoblados,  entretenidos  con  las  memo- 
rias de  sus  señoras  ^.  No  la  pasó  así  Sancho  Panza,  que,  como 


1.  ¿  Por  qué  de  Múlagn  más  que  de 
otra  parte?  No  lo  entiendo,  y  tanto 
menos,  cuanto,  no  habiendo  lieclio 
mención  Cervantes  de  los  vinos  de 
Málaga  entre  los  célebres  de  Espafia 
que  nombra  en  algunos  parajes  de  sus 
obras,  dio  á  entender,  ó  que  entonces 
no  tenían  la  nombradla  que  ahora 
tienen,  ó  que  no  er;in  tan  de  su  gusto 
como  los  otros. 

2.  La  corrección  del  lenguaje  exi- 
giría que  se  suprimiese  el  le  ó  el  de,  y 
se  dijese  7io  se  acordaba  de  ninguna 
promesa,  ó  no  se  le  acordaba  ninguna 
promesa. 

3.  Nuestro  hidalgo  imitaba  los 
ejemplos  que  había  hallado  frecuente- 
mente en  los  anales  caballerescos.  Ha- 
biendo salido  Amadis  de  Gaula  á  caza 
de  montería,  se  perdió  en  la  espesura 
de  un  bosque  con  su  escudero  Gauda- 
lin.  Sobrevino  la  noche,  y  ya  sin  espe- 
ranza de  encontrar  albergue,  quitaron 
las  sillas  y  frenos  á  sus  caballos,  de- 
jándolos pacer  de  la  hierba  que  por 
allí  había.  El  caballero  de  la  Verde 
Espada,  mandando  ó  Gandalin  que  los 
guardase,  se  fué  junto  a  unos  grandes 
árboles  qne  cerca  de  allí  eran,  porque 
estando  solo,  mejor  pudiese  pensar  en 
su  hacienda  y  de  su  señora  (a).  Palme- 

(a)  Aiiiadis  de  Guuln,  cap.  LXXV. 


rhi  de  Oliva,  según  se  dice  en  un  lugar 
de  su  historia,  había  dormido  muy 
poco  aquella  noche  pensando  en  l'oli- 
narda  \a).  El  primer  día  que  Lisuarte 
de  Grecia  vio  á  la  Princesa  Onoloria, 
quedó  vencido  de  sus  amores.  En  toda 
aquella  noche  no  dormió  con  pensa- 
miento de  la  Princesa.,  y  sospirando 
decía  :  ¡Oh,  captivo  doncel!  ¿qué  será 
de  ti?...  Estas  razones  y  otras  muchas 
estuvo  diciendo  hasta  que  fué  dia 
claro  ib).  El  Príncipe  Agesilao,  disfra- 
zado de  doncella  con  el  nombre  de 
Daraida,  jjasó  la  noche  pensando  en  su 
señora  Diana  (c). 

Si  los  caballeros  solí-in  pasar  las 
noches  pensando  en  sus  damas,  tam- 
bién las  damas  solían  hacer  lo  mismo 
pensando  en  sus  caballeros.  El  de  la 
Espera  (Perlón  de  Gnula)  os  digo  que 
en  toda  la  noche  no  durmió  pensando 
en  su  señora,  y  ella  (Gricileria)  asi- 
mesrno  pensando  en  él  (rf).  Galercia, 
Reina  de  Gocia,  caminando  de  noche 
por  una  floresta,  se  sentó  en  una  peña 
apoyada  en  su  escudo ;  y  ansí  se  estaba 
holg/rndo  más  de  pensar  en  la  hermo- 
sura de  Plumedoro,  que  de  tomar  algiin 
sueño,  aunque  menester  le  hacia  (e). 

(a)  Cap.  XXXI.  —  (6)  Lisunrtp  de  Grpcin, 
cap.  VI.  — (c)/fío>-í.9e^, parte  III,  cap.  LXXXl. 
—  (d)  Lisuarte  de  Crecía,  cap.  LVIII.  —  (e)  Po- 
Ucisite  de  Boenia,  cap.  LXXXVI. 


126  DON  griJOTE  de  l.\  mancha 

tenía  el  estómago  lleno,  y  no  de  agua  de  chicoria,  de  un  sueño  se 
la  llevó  toda,  y  no  fueran  parlo  para  desperlale,  si  su  amo  no  le 
llamara,  los  rayos  del  sol  que  le  daban  <'n  el  rostro,  ni  el  canto  de 
las  aves  que  muchas  y  muy  regocijadamente  la  venida  del  nuevo 
día  saludaban'.  Al  levantarse  dio  un  tiento  á  la  bota,  y  hallóla 
algo  más  flaca  que  la  noche  antes,  y  afligióse  le  el  corazón  por 
parecerle  que  no  llevaban  camino  de  remediar  tan  presto  su  falta- 
No  quiso  desayunarse  1).  Ouijote,  porque,  como  está  dicho,  dio 
en  sustentarse  de  sabrosas  memorias.  Tornaron  ú  su  comenzado 
camino  del  Puerto  Lapice,  y  á  obra  de  las  tres  del  día  le  descu- 
brieron. Aquí,  dijo  en  viéndole  D.  Quijote,  podemos,  hermano 
Sancho  Panza,  meter  las  manos  hasta  los  codos  en  esto  que  llaman 
aventuras;  mas  advierte  que,  aunque  me  veas  en  los  mayores 
peligros  del  mundo,  no  has  de  poner  mano  á  tu  espada  para  defen- 
derme, si  ya  no  vieres  (¡ue  los  que  me  ofenden  es  canalla  y  gente 
baja,  que  en  tal  caso  bien  puedes  ayudarme ;  pero  si  fueren  caba- 
lleros, en  ninguna  manera  te  es  lícito  ni  concedido  por  las  leyes 
de  caballería-  que  me  ayudes,  hasta  que  seas  armado  Caballero. 
Por  cierto,  señor,  respondió  Sancho,  que  vuestra  merced  será 
muy  bien  obedecido  en  esto,  y  más  que  yo  de  mío  me  soy  pacífico 
y  enemigo  de  meterme  en  ruidos  ni  pendencias  :  bien  es  verdad 
cjue  en  lo  que  tocare  á  defender  mi  persona,  no  tendré  mucha 
cuenta  con  esas  leyes,  pues  las  divinas  y  humanas  permiten  que 
cada  uno  se  detienda  de  quien  quisiere  agraviarle.  No  digo  yo 
menos,  respondió  D.  Quijote;  pero  en  eslo  de  ayudarme  contra 
caballeros,  has  de  tener  á  raya  tus  naturales  ímpetus.  Digo  que 
asi  lo  haré,  respondió  Sancho,  y  que  guardaré  ese  preceto  tan 
bien  como  el  día  del  domingo.  Estando  en  estas  razones,  aso- 
maron por  el  camino  dos  frailes  de  la  orden  de  San  Benito,  caba- 
lleros sobre  dos  dromedarios  ^,  que  no  eran  más  pequeñas  dos 

1.  El  uso  del  adjetivo  muc/ias,  después  dice  Sancho,  opuesta  á  las 
como  está  aquí,  es  atrevido  en  prosa,  divinas  y  Immanas  las  cuales  permiten 
pero  oportuno ;  y  aun  convendría  que  que  cada  uno  se  defienda  de  quien 
se  generalizase  rn.is,  porque  realmente  quisiere  ayraviarle. 

da  vigor  y  hermosura  al  lenguaje.  Parece   por   las   palabras    del   texto, 

2.  Segiín  Fr.  .luán  Benito  Guardiola.  que  Sancho  llevaba  espada  :  circuns- 
raonje  de  Sahagun,  en  su  Tratado  de  tanciri  que  no  está  de  acuerdo  con  otros 
los  títulos  de  España,  impreso  el  pasajes  posteriores  de  la  iábula  como 
año  1591.  en   tiempo  nnlif/uo  se  tenia  se  advertirá  en  su  lugar. 

por  costumbre  inviolahle  que  los  escu-  3.  Alude  Cervantes  á  ios  pasajes  de 
deros,  tiasta  que  recibían  orden  de  los  libros  caballerescos  en  que  se  intro- 
caballeria,  jamás  por  cosa  del  mundo  ducen  personajes  cabalgando  en  esta  y 
no  pusieran  mano  contra  algún  cuba-  otras  especies  de  animales.  Prandalón 
llero,  aunque  por  ello  supieran  mo- 
rir {a\  Dura  ley  era  ésta,  y  como  poco  (o)  Fol.  71. 


IMU.Mi:i(A    l'AHIK.     —    CAl'írUI.O    \lll  127 

iiiiilas  en  ((iic  vciiian.  'rriiiaii  sus  ;uilojos  de  camino  '  y  sus  quila- 
soles.  Dcln'is  (Icllos  venía  un  coche  con  cuatro  ó  cinco  do  á  caballo 
(jue  le  acoin|)añal)an,  y  dos  mozos  de  muías  ii  pié.  Venía  en  el 
coche,  ((iino  después  se  supo,  una  señora  vizcaína  que  iba  á 
Sevilla,  donde  estalla  su  marido,  que  pasaba  ií  las  Indias  •*  con  un 


Ciclopes  (lliiiniido  así  porque  sólo  tenía 
un  OJO  en  la  frente)  era  lan  desemejado 
y  espantable,  <¡ue  en  sólo  miralle  ponía 
(p-ande  espanto.  Montaba  en  una  bestia 
niuij  (¡rande  ú  manera  de  dromedario, 
ponjue  según  su  grandeza,  no  pudiera 
haber  caballo  que  lo  sufriera.  Asi  peleó 
con  Aiiiadis  de  Grecia,  de  quien  fué 
vencido  y  uuierlo  («).  La  \i\;\>¿;i  Alman- 
droga  en  su  viaje  á  líoecia  cabalgaba 
en  un  camello,  y  llevaba  atado  á  las 
ancas  al  lleyMinandro,  á  quien  acaban 
de  prender  sus  gigantes  (ó).  La  Reina 
del  Cáucaso  Zahara,  yendo  á  Trapi- 
sonda á  combatirse  con  Lisuarte  de 
Grecia,  entro  en  la  ciudad  con  una  gran 
comitiva,  toda  de  umjeres.  Venían  de- 
lante veinte  y  cuatro  negras  tocando 
e.xtraños  y  dulces  instrumentos,  mon- 
tadas en  bestias  ;i  manera  de  dromeda- 
rios negros  como  si  fueran  de  azabache. 
Después  venían  (juinienlas  mujeres  en 
tres  cuadrillas  de  diferentes  colores, 
cada  cuadrilla  del  suyo:  y  todas  ellas, 
y  la  misma  Keina,  montadas  en  uni- 
cornios. La  batalla  se  verificó  peleaüdo 
en  su  unicornio  Zallara,  y  fué  vencida 
por  Lisuarte  (c). 

L;i  desbaratada  imaginación  de  aque- 
llos novelistas  llegó  á  tener  por  cabal- 
gaduras sobrado  vulgares  los  dromeda- 
rios y  los  camellos,  que  al  cabo  sirven 
de  esto  en  algunas  partes  del  mundo; 
y  les  agregó  los  unicornios,  hipógrifos, 
sierpes  y  otras  bestias  más  ó  menos 
disparatadas.  En  el  combate  del  Prin- 
cipe D.  Policisne  con  el  gigante  Mor- 
dadlo de  las  desemejadas  orejas,  el 
Príncipe  montaba  un  unicornio  y  el 
gigante  un  oso  [d].  Agesilao  y  Arlanges, 
cuando  llegaron  á  Constantmopla  bajo 
el  nombre  y  disfraz  de  las  doncellas 
Daraida  y  Garaya,  fueron  desde  el 
puerto  á  palacio  en  sendos  uni-ornios 
con  sillas,  gualdrapas   y  guarniciones 


(a)  Amadia  ríe  Grecia,  cap.  XXIV.  —  (b)  Poli- 
cinnp  de  Boecia.  cap.  XLIIL—  (c)  Amadis  de 
Grecia,  parte  II.  cap.  LH  y  LIV.  —  (d)  Poli- 
Cisne  de  Boecio,  can.  XLIli. 


correspondientes  á  sus  trajes  (a).  Y  la 
Reina  Sidonia,  durante  el  cerco  de  su 
capital,  Guiínjaya,  cabalgaba  en  un 
unicornio  ricamente  enjaezado  {b). 

Los  unicornios  eran  no  sólo  cabalga- 
duras de  rúa  y  de  pelea,  sino  también 
de  tiro.  Para  la  entrada  de  la  Princesa 
Diana  en  Gonslantinopla  se  había  dis- 
puesto un  carro  triunfal  tirado  por  doce 
vmicornios;  mas  Diana  prefirió  entrar 
;í  caballo  en  un  hermoso  unicornio, 
por  ir  en  compañía  de  otras  Princesas 
que  la  seguían  (c). 

1.  Debieron  ser  caretas  con  cris- 
tales ía)  para  precaverse  del  polvo.  Esta 
especie  de  máscara,  lo  negro,  largo  y 
anchuroso  del  ropaje,  el  tamaño  de  las 
muías  y  la  casualidad  de  venir  detrás  el 
coche,  todas  estas  circunstancias  reuni- 
das excitaron  en  el  cerebro  de  D.  Quijote 
la  idea  de  que  los  frailes  eran  encanta- 
dores que  llevaban  robada  alguna  Prin- 
cesa, como  las  que  él  había  leído  en  sus 
libros. 

2.  En  los  tiempos  que  siguieron  al 
descubrimiento  de  América,  Sevilla 
era  el  emporio  del  comercio  de  Ultra- 
mar, donde  se  hacían  los  acopios  y 
cargamentos  y  se  disponían  los  viajes 
para  aquellas  regiones.  Bien  informado 
de  ello  estaba  Cervantes,  que  residió 
en  Sevilla  algunos  años  y  estuvo  em- 
pleado en  el  ramo  de  provisiones  para 
las  armadas  y  flotas  de  Indias.  Tuvo 
también  el  proyecto  de  pasar  á  ellas,  y 
solicitó,  aunque  sin  fruto,  que  se  le 
confiriese  uno  de  los  cargos  que  había 
vacantes  en  las  provincias  de  Costa- 
firme  y  de  Guatemala.  ¿Quién  sabe  si 
Cervantes,  que  apuntó  en  el  Quijote 
tantos  sucesos  suyos  efectivos,  al  hablar 


{n)  Florinel  de  Niquea,  parte  III.  cap.  CXI 
v  CXn.  -  (b\  Ib.,  cap.  GXXIX.  —  (c)  Ib., 
cap.  CLXVIII. 


(a)  Caretas  con  cristales.  —  Como  se  ve,  los 
modernos  aiúomovilistas  no  han  inventado 
e^la  eii<ccie  dü  máscura.  (M.  de  T.) 


l2S  DON    OriJOTK    DE    I,A    MANCHA 

muy  honroso  cargo.  No  venían  los  frailes  con  ella,  aunque  iban  e! 
mismo  camino;  mas  apenas  los  divisó  I).  Quijote,  cuando  dijo  ú 
su  escudero  :  Ó  yo  me  engaño,  ó  esta  ha  de  ser  la  más  famosa 
aventura  que  se  haya  visto,  porque  aquellos  bultos  negros  que 
allí  parecen  deben  de  ser  y  son  sin  duda,  algunos  encantadores 
que  llevan  hurtada  alguna  Princesa  en  aquel  coche,  y  es  menester 
deshacer  esle  tuerto  A  todo  mi  poderío.  Peor  será  esto  que  los 
molinos  de  viento^  dijo  Sancho  :  Mire,  señor,  que  aquellos  son 
frailes  de  San  Benito,  y  el  coche  debo  ser  de  alguna  gente  pasa- 
jera ;  mire  que  digo  que  mire  bien  lo  que  hace,  no  sea  el  diablo 
que  le  engañe.  Ya  te  he  dicho,  Sancho,  respondió  D.  Quijote,  que 
sabes  poco  de  achaque  de  aventuras  :  lo  que  yo  digo  es  ver- 
dad, y  ahora  lo  verás.  Y  diciendo  esto  se  adelantó,  y  se  puso 
en  la  mitad  del  camino,  por  donde  los  frailes  venían,  y  en 
llegando  tan  cerca  que  á  él  le  pareció  que  le  podían  oir  lo  que 
dijese,  en  alta  voz  dijo  :  Gente  endiablada  y  descomunal  ;  dejad 
luego  al  punto  las  altas  Princesas  que  en  ese  coche  lleváis  forza- 
das * ;  si  no.  aparejaos  á  recibir  presta  muerte  por  justo  castigo  de 
vuestras  malas  obras.  Detuvieron  los  frailes  las  riendas  -,  y 
quedaron  admirados,  así  de  la  figura  de  D.  Quijote  como  de  sus 
razones,  á  las  cuales  respondieron  :  Señor  caballero,  nosotros  no 
somos  endiablados  ni  descomunales,  sino  dos  religiosos  de  San 
Benito  que  vamos  nuestro  camino  y  no  sabemos  si  en  este  coche 
vienen  ó  no  ningunas  forzadas  Princesas.  Para  conmigo  no  hay 
palabras  blandas,  que  ya  yo  os  conozco,  fementida  canalla  ',  dijo 
D.  Quijote  ;  y  sin  esperar  más  respuesta,  picó  á  Rocinante,  y  la 


aquí  de  una  seTiora  vizcaína  cuyo  ma-  ([ue  robadas  lleváis,  si  no  lodos  mori- 

rido  pasaba   n  las  indias  con   un  mu;/  réis  á  mis  manos  (a'. 

honroso  cargo,    quiso    aludir   á   algún  2.  Tener  las  riendas  es  como  se  dice 

rival  dichoso  en  quien  concnrriese  esta  para   expresar   la  acción  de    tirar    de 

circunstancia?  ellas    :    la    cabalgadura   es  la  que  se 

1.  El  gigante  Argomeno   el  Cruel   y  detiene.  I'ado  ser  error  de  la  imprenta 

otros  cuatro  gigantes  que  habían  des-  poner  detuvieron  en  vez  de  tuvieron. 

embarcado    junto      á   Constantinopla,  3.   No  ha  faltado    quien   haya    atri- 

sorprendieron  al  Emperador,  á  la  Éui-  buido  á  estas  palabras  un  sentido  muy 

peritriz  y  ala  í'rincesa  Cupidea,  que  ajeno  de  los  sentimientos  de  piedad  que 

iban  á  una  casa  de  placer  de  las  inaie-  mostró  Cervantes  en  todas  ocasiones, 

diaciones,  y  colocándolos  en  un  carro  Los  pasajes  de  sus  escritos  y  del  mismo 

se  volvían  á  la  orilla  del  mar.  donde  los  Quijote,  en  tpie  se  ofreció  hablar  de  la 

aguardaba   su    fusta.    Noticioso   de  la  profesit'm    religiosa,    manifiestan    sus 

desgracia  el  Infante  Floramor,  persiguió  verdaderas  ¡deas,    y   responden  atan 

acompañado  del  Caballero  de  Cupido  ;'i  maligna  cavilación, 
los  gigantes,  y  alcanzándolos,  les  griti' : 

Malditos  traidores,  dejadlas  doncellas  (n)  Caballero  de  la  Cruz,\\h.  II,  cap.  XXX. 


PIIIMRRA    PARTE.    —    CAPÍTUí.O    VIII 


129 


lanza  baja  aircmolií) '  contra  el  primero  IVaile^  con  lanía  Curia 
y  denuo<lo,  (jue  si  el  fraile  no  se  dejara  caer  de  la  niula,  «'d  le 
luciera  venir  al  suelo  nial  de  su  gi-a<Jo,  y  aun  malí'erido,  si  no 
cayera  niuerlo.  l']l  secundo  relii^ioso,  que  vio  del  modo  que  Ira- 
lahan  á  su  compañero-',  puso  piernas  al  castillo  de  su  buena 
mula\  y  comenzó  á  correr  j)or  aquella  campaña  más  ligero  que 
el  mismo  viento.  Sancho  Panza,  que  vio  en  el  suelo  al  fraile, 
apeándose  ligeramente  de  su  asno,  arremetió  á  él,  y  le  comenzó 
á  (juilar  los  hábitos.  Llegaron  en  esto  dos  mozos  de  los  frailes,  y 
pregunláronle  que  por  qué  le  de.íiiudaba.  Respondióles  Sancho 
que  aquello  le  tocaba  á  él  legítimamente,  como  despojos  de  la 
batalla  que  su  señor  D.  Quijote  había  ganado.  Los  mozos,  que  no 
sabían  de  burlas,  ni  entendían  aquello  de  despojos  ni  batallas, 
viendo  que  ya  D.  Quijote  estaba  desviado  de  allí  hablando  con 


1.  Cubrirse  con  el  escudo  y  bajar  la 
lanza  era  la  actitud  de  embestir  el 
jinete  á  su  contrario.  Píntala  bella- 
mente el  antiguo  poema  del  Cid,  cuando 
refiriendo  la  salida  de  sus  soldados 
contra  los  moros  que  los  sitiaban  en 
Alcocer,  dice  así  : 

Embrazan  losescurios  delant  los  corazones: 
Abajan  las  lanzas  apuestas  de  los  pendones, 
Encunaron  las  caras  desuso  los  arzones, 
Y  vánios  a  ferir  de  fuertes  corazones. 

D.  Quijote  al  embestir  con  los  moli- 
nos de  viento,  iba  bien  cubierto  de  su 
rodela  con  la  lanza  en  el  ristre,  según 
se  contó  al  principio  de  este  capítulo  : 
lo  mismo  se  lee  en  infinitos  pasajes  de 
los  libros  caballerescos.  .VI  acometer 
Palmerín  de  Oliva  la  aventura  del  cas- 
tillo de  los  diez  padrones,  .se  sa?i/if/uó 
I  res  veces...  Y  corno  eslo  hizo,  cubrióse 
(le  su  escudo  y  bajó  su  lanza,  y  pasó 
luego  el  padrón  (a).  Amadís  de  Caula, 
el  Emperador  de  Traj)isonda  y  la  Reina 
Calafia.  estaban  en  el  campo  prontos 
para  pelear  con  Ármalo,  Grifilante  y 
Pintiquinestra.  Á  es/a  sazón  las  troui- 
jielas  sonaroii  :  ellos,  ahajando  las 
lanzas,  cubriéndose  bien  de  sus  escu- 
dos, a  todo  el  correr  de  sus  caballos, 
con  lodo  el  poder  de  sus  fuerzas,  nin- 
guno erró  su  golpe;  las  lanzas  fueron 
todas  voladas  en  piezas  (b). 

2.  Todavía  en  tiempo  de  Cervantes 
el  uso  no  había  introducido  la  regla 
constante  de  suprimir  la  última  vocal 

(a)  Palmerín  de  Oliva,  cap.  CXXXII.  — 
<h)  Linuarte  de  Grecia,  cap.  XLII. 


de  pritnero  y  tercero,  cuando  preceden 
al  sustantivo.  En  la  aventura  de  los 
molinos  de  viento  se  refirió  ya  que 
nuestro  caballero  embistió  con  el  pri- 
mero molino  que  estaba  delante.  En  la 
relación  del  Cautivo,  que  se  verá  des- 
pués al  capítulo  XL  de  esta  primera 
parte,  hablándose  del  general  del  mar 
entre  los  turcos,  se  dice  que  es  el  ter- 
cero cargo  que  hay  en  aquel  Seüoi'io. 
Otras  veces  se  suprimía  la  o  final,  de 
lo  que  hay  ejemplos  en  el  mismo  Qui- 
jote :  pero  en  el  día  se  hace  siempre  en 
el  caso  indicado,  y  aun  muchas  veces 
con  la  vocal  última  de  primera  y  /e?-- 
cera.  Lo  mismo  sucede  en  los  adjeti- 
vos bueno  y  malo  :  decimos  buen  pan  y 
pan  bueno,  vino  mato  y  mal  vino.  Tam- 
bién suele  suprimirse  la  última  sílaba 
délos  adjetivos  santo  y  grande, cuanáo 
preceden  al  sustantivo  :  los  ejemplos 
son  obvios. 

3.  Manera  elegante  de  decir,  en  vez 
de  que  vio  el  modo  que  trataban  á  su 
compañero  :  ocurre  frecuentemente  en 
el  QuuoTE. 

4.  Así  se  dijo  por  el  gran  tamaño  de 
las  muías  de  ios  religiosos,  que  antes 
se  había  ponderado  diciendo  que  eran 
como  dromedarios.  D.  Juan  Bowle,  no 
entendiéndolo  bien,  corrigió  costilla, 
que  es  anagrama  de  castillo,  tan  seguro 
de  su  acierto,  que  haciéndose  cargo  de 
que  todas  las  ediciones  decían  castillo, 
añadió  corrige  meo  yjericulo.  Es  equi- 
vocación excusable  en  un  extranjero,  y 
un  extranjero  tan  benemérito,  por  otra 
parte,  de  la  literatura  española. 


130 


DON    yilJiíll.    1)1,    l.\    MANCHA 


las  que  en  el  coclic  venían,  arremetieron  con  Sancho  y  dieron 
con  él  en  el  suelo,  y  sin  dejarle  pelo  en  las  barbas  ^  le  molieron  á 
coces,  y  le  dejaron  tendido  en  el  suelo  sin  aliento  ni  sentido.  Y 
sin  detenerse  un  punió,  lorno  á  subir  el  fraile,  todo  temeroso  y 
acobardado  y  sin  color  en  el  rostro ;  y  cuando  se  vio  á  caballo 
picó  tras  s»i  compañero,  que  un  buen  esjjacio  de  allí  le  estaba 
aguardando  y  esperando  en  qué  paraba  aquel  sobresalto;  y  sin 
querer  aguardar  el  fin  de  todo  aquel  comenzado  suceso,  siguieron 
su  camino,  haciéndose  más  cruces^  que  si  llevaran  al  diablo  á  las 
espaldas.  D.  Quijote  estaba,  como  se  ha  dicho,  hablando  con  la 
señora  del  coche,  diciéndole  :  La  vuestra  fermosura,  señora  mía, 
puede  facer  de  su  persona  lo  que  más  le  viniere  en  talante,  porque 
ya  la  soberbia  de  vuestros  robadores  yace  por  el  suelo-'  derribada 
por  este  mi  fuerte  brazo.  Y  porque  no  penéis  por  saber  el  nombre 
de  vuestro  libertador,  sabed  que  yo  me  llamo  D.  Quijote  de  la 
Mancha,  caballero  andante  y  cautivo  de  la  sin  par  y  hermosa* 
Doña  Dulcinea  del  Toboso  :  y  en  pago  del  beneficio  que  de  mi 
habéis  recebido,  no  quiero  otra  cosa  sino  que  volváis  al  Toboso, 
y  que  de  mi  parte  os  presentéis  ante  esta  señora  ■"',  y  le  digáis  lo 


1.  Por  este  pasaje  se  ve  que  Sancho 
traía  barbas,  como  se  traían  general- 
mente en  tiempo  de  Cervantes,  y  como 
las  traía  también  D.  Quijote  :  circuns- 
tancia de  que  se  olvidaron  los  dibu- 
antes  y  grabadores  de  las  estampas 
que  suelen  acompañar  á  la  ediciones 
de  esta  fábula. 

2.  Las  cruces  que  se  hacían  los 
frailes  no  eran  de  admiración,  según 
entendió  Jíowle.  sino  de  uiiedo,  como 
indica  la  expresión  misma  :  Siguiero7i 
fiíi  camino,  haciéndose  más  cruces  que 
si  llevaran  al  diablo  ü  las  espaldas. 
Del  diablo  no  se  dice  que  es  admirable, 
sino  temible. 

3.  Poco  ha  se  refirió  el  caso  de 
haber  acudido  el  Caballero  de  las  Iton- 
cellas  y  el  de  Cupido  á  libertar  al  Em- 
perador y  Euiperatriz  de  Constantino- 
pla  y  á  la  Infanta  Cupidea,  a  quienes 
el  gigante  Argomeno  y  sus  compañeros 
llevaban  robadas  en  un  carro.  Venci- 
dos los  gigantes,  uno  de  los  caballeros 
se  llegó  al  carro,  y  dijo  al  Emperador  : 
Ya  los  fjiqanles  son  muertos  y  vuestra 
alteza  libre  (a). 

4.  Debiera     haberse    suprimido    la 

(a)  CahaUero  deln  Cruz.  lib.  II, cap.  .XXXI. 


conjunción?/  .■  en  cuyo  caso  (a)  se  signi- 
ficaría que  no  tenia  igual  la  hermosura 
de  Dulcinea.  La  conjunción  debilita  y 
desmaya  la  frase,  porque  nada  añade 
lo  lieririosa  después  de  haberse  dicho 
que  era  sin  par. 

5.  Imponía  aquí  D.  Quijoto  á  la 
señora  vizcaína  la  condición  que  allá 
en  el  capítulo  I  pensaba  imponer  al  gi- 
gante Caraculiambro :  y  en  ello  no 
hacia  más  que  seguir  el  ejemplo  de  su 
modelo  Amadis  de  Gaula,  el  cual, 
habiendo  dado  libertad  á  treinta  caba- 
lleros y  cuarenta  dueñas  y  doncellas 
que  teñía  presas  en  su  castillo  el  gi- 
gante Madarque,  les  encargó  qíie 
fuesen  á  presentarse  ante  la  Reina 
Brisena,  y  le  dijesen  que  las  enviaba 
el  su  caballero  de  la  ínsula  Firme  á 
ofrecérsele  de  su  parte  (a).  Esplandián, 
hijo  de  Amadis  de  Gaula,  habiendo 
libertado  á  veinte  dueñas  y  doncellas, 
que  con  otros  caballeros  y  escuderos 
estaban  aherrojadas  por  dos  gigantes 

(o)  Amadis  de  Gaula,  cap.  LXV. 

(a)  En  cuyo  caso.  —  Es  incorrección  censu- 
rada por  la  Academia.  Véanse  las  notas, 
pág.  XLH  \   1-2.  (M.  de  T.) 


rniMFnv  partf.  —  CAPÍTno  viii 


131 


(]no  por  Micsli-a  lilxM'lful  lie  locho.  Todo  esto  que  D.  Ouijole  decía, 
(^scuclinha  un  escudero  de  los  que  el  coche  ncompafinhíui,  que  era 
vi/.caíno;  el  cual,  viendo  (|ue  no  (¡nería  dejar  ¡)asar  el  coche  ade- 
lante, sino  (|ue  decía  qu(í  lueg'o  había  de  dar  la  vuelta  al  Tohoso, 
se  l'ué  para  D.  (^)uijote,  y  asiéndole  de  la  lanza,  le  dijo  en  mala 
lent(na  castellana  y  peor  vizxaína  desta  manera  :  Anda,  caballero, 
que  nial  andes;  por  el  Dios  ([ue  ciúóme,  que  si  no  dejas  coche, 
así  le  matas  como  estás  ahí  vizcaíno'.  Entendióle  muy  bien 
D.  Quijote,  y  con  mucho  sosiego  le  respondió  :  Si  fueras  caballero 
como  no  lo  eres,  ya  yo  hubiera  castigado  tu  sandez  y  atrevimiento, 
cautiva  criatura.  A  lo  cual  replicó  el  vizcaíno  :  ¿Yo  no  caballero? 
Juro  á  Dios  tan  mientes  como  cristiano  ;  si  lanza  arrojas  y  espada 
sacas,  el  agua  cuan  presto  verás  que  al  gato  llevas-  :   vizcaíno 


en  una  temerosa  cueva,  desbaratando 
la  íjuarda,  que  era  de  veinte  hombres 
de  hacha  y  capellina,  y  quitando  la 
vida  ;i  casi  lodos  ellos,  dijo  á  los  pre- 
sos :  Sf  por  irabajo  no  lo  tenéis,  iréis 
delante  del  Emperador  de  Conslanti- 
nnphi  los  tiombres  que  aquí  estáis,  y  las 
dueñas  t/  doncellas  ante  su  hija,  y  pre- 
sentadvos  ante  ellos  de  parte  de  un 
caballero  que  las  armas  de  las  Coronas 
trae  y  deci  les  de  vuestra  fortuna,  de- 
mandándoles merced  para  el  reparo 
delta  (a).  La  hija  del  Emperador  era  la 
Infanta  Leonorina,  señora  de  Esplan- 
dián. 

1.  S¿  quisieres  saber  vizcaíno,  decía 
D.  Francisco  de  Quevedo  en  el  Libro 
de  todas  las  cosas  y  otras  muchas 
más,  trueca  las  pjrimeras  personas  en 
seyundas  con  los  verbos,  y  cútate 
vizcaíno,  como  Juancho  quitas  leyuas, 
buenos  andas  vizcaíno.  Cervantes  re- 
medó más  á  la  larga  este  lenguaje  en 
la  comedia  La  Casa  de  los  celos  en 
boca  de  un  vizcaíno,  escudero  de  Ber- 
nardo del  Carpió,  que  decía  á  su  amo  : 

Bien  es  que  sepas  de  yo 
buenos  que  consejos  doy, 
que  por  Juangaicoa  soy 
vizcaíno,  burro  no. 

Los  vizcaínos  y  su  lenguaje  fueron 
repetidas  veces  el  objeto  del  festivo 
humor  de  Cervantes.  Asi  sucedió  tam- 
bién en  el  entremés  del  Vizcaíno  fin- 
gido, y  en  la  comedia  de  la  Gran  >w/- 
lana,  donde  se  lee  el  pasaje  burlesco 

(a)  Sergas,  p.  XLIII. 


del  cautivo  Madrigal,  que  por  escapar 
de  la  muerte  había  ofrecido  al  Cadí 
que  enseñaría  á  hablar  á  un  elefante, 
y  preguntado  en  qué  lengua  le  daba 
lecciones,  respondió  que  en  vizcaíno. 

Lope  de  V^^ga,  queriendo  ridiculizar 
la  culta  latiniparla  que  se  iba  intro- 
duciendo en  su  tiempo,  la  comparó 
con  el  castellano  de  Vizcaya  en  un 
soneto  donde  hablan  Boscán  y  Garci- 
laso  al  llegar  juntos  á  una  pu.-ada,  y 
dicen  : 

Boscán,  tarde  llegamos  — ¿.Hay posada?  — 
Llamad  descie  la  posta,  üarcilaso.  — 
¿Quién  es?—  Dos  caballeros  del  Parnaso.  — 
iSo  hay  dó  poder  estar,  palestra  armada.  — 

No  entiendo  lo  que  dice  la  criada. 
Madona  ¿qué  decís  ?  —  Que  afecten  paso, 
Que  obsleuta  limbos  el  mentido  ocaso, 
Y  el  sot  depinf,'e  la  jtorción  j  osada.  — 

¿  Estás  en  ti,  rnujtT?  —  Negóse  al  tino 
El  ambulante  huésped.  —  ;  Que  en  tan  poco 
Tiempo  tal  lengua  entre  cristianos  haya  ! 

Boscán.  peidido  habernos  el  camino: 
Preguntad  por  Castilla,  que  estoy  loco, 
6  no  habernos  salido  de  Vizcaya. 

Todo  esto  es  cosa  de  burlas.  Desde  el 
Obispo  de  Mondoñedo,  D.  Antonio  de 
Guevara,  hasta  D.  Félix  Samaniego,  las 
provincias  que  se  conocen  con  el  num- 
bre  común  de  Vizcaya  han  producido 
escritores  que  se  cuentan,  con  razón, 
entre  los  maestros  del  idioma  cas- 
tellano. 

2.  Llevar  el  yato  al  agua  es  hacer 
aljíuna  cosa  en  que  hay  dificultad  y 
peligro.  Pellicer.  citando  á  Rodrigo 
Caro  y  el  Tesoro  de  D.  Sebastián  de 
Covarrubias,    inquiere   qué  es  lo  que 


132 


DON    QIIJOTE    DE    LA    MANCHA 


por  Liona,  hidalgo  por  mar,  hidalgo  por  el  diablo,  y  mientes  que 
mira  si  otra  dices  cosa.  Ahora  lo  veredcs,  dijo  Agrages',  res- 
pondió D.  Quijote;  y  arrojando  la  lanza  en  el  suelo,  sacó  su 
espada,  y  embrazó  su  rodela,  y  arremetió  al  vizcaíno  con  determi- 
nación de  quitarle  la  vida.  El  vizcaíno,  que  así  le  vio  venir,  aunque 
quisiera  apearse  de  la  muía,  que  por  ser  de  las  malas  de  alquiler  ■' 
no  había  que  fiar  en  ella,  no  pudo  hacer  otra  cosa  sino  sacar  su 
espada;  pero  avínole  bien^  que  se  halló  junto  al  coche,  de  don- 
de j)udo  tomar  una  almohada  que  le  sirvió  de  escudo,  y  luego  se 
fueron  el  uno  para  el  otro,  como  si  fueran  dos  mortales  enemigos. 
La  demás  gente  quisiera  ponerlos  en  paz;  mas  no  pudo,  porque 


dio  ocasión  á  esla  expresión  prover- 
bial;  averiguaciim  tan  difícil  como  la 
del  oripen  de  la  mayor  parle  de  los 
refranes.  Cervantes  la  puso  en  boca  del 
vizcaíno,  estropeando  el  lenguaje  para 
hacer  reir  al  lector. 

1.  Fórmula  de  amenaza  (a),  que  era 
común  en  España  por  los  años  de  162ü, 
cuando  se  escribía  la  Visita  de  los  chistes 
de  Quevedo,  como  se  ve  por  ella. 
Agrajus  fué  sobrino  de  la  Reina  Eli- 
sena,  madre  de  Amadís  de  Gaula,  en 
cuya  historia  se  hace  repetida  y  larpa 
mención  de  sus  hazañas.  En  l>oca  de 
este  caballero  puso  el  proverbio  la  ex- 
presión lie  ahora  lo  leredes,  de  que 
usaban  comiinmente  el  mismo  Agrajes 
y  los  demás  andantes,  respondiendo  á 
las  provocaciones  de  sus  contrarios,  y 
remitiéndose  ii  las  manos.  Florambel  de 
Lucea  se  encontró  con  tres  caballeros, 
y  habiendo  tenido  palabras  con  uno  de 
ellos,  éste,  poniendo  mano  á  la  espada, 
arremetió  con  ira  Floramhel  dicienrlo  : 
Af/nra  lo  veréis,  Don  coltarde  cahu- 
llero  (a).  Al  llegar  Aniadis  de  Grecia 
á  un  castillo,  como  cerca  fué,  una 
(juarda  (¡ue  en  él  eslatja  tocó  muy  recio 
una  bocina,  al  son  de  la  cual  salió  un 
caballero  armado  de  todas  armas,  el 
cual  le  dijo  que  viniese  con  él  ti  prisión . . . 

(a)  Florambel  de  Lucea.  lili.  IV.  cap.  I. 

{a\De  amevaza.—  No  siempre  lo  es.  A  veces 
se  emplea  para  corroborar  lo  antes  dicho. 
Así.  dice  Vargas  Ponce,  en  su  J^'roclnma  del 
solterón  : 

¿  Pido  peras  al  olmou  al  sol  celajes  7 
Agora  lo  veredas,  dijo  Agrajes. 

(M.  de  T.) 


Ahora  lo  veréis,  dijo  Amadís,  y  aba- 
jando su  lanza,  se  vino  para  él  (a).  En 
Florisel  de  Niquea  usó  de  la  misma 
expresión  el  Principe  D.  Hogel  de  Grecia 
con  los  caballeros  que  se  oponían  á  su 
paso  para  probar  la  aventura  del  Alto 
roquedo  (b) :  la  usar(m  también  unos 
caballeros  que  iban  á  pelear  con  Daraida, 
y  la  propia  Üaraida  al  entrar  en  batalla 
con  el  jayán  Buzarte  c  .  Finalmente, 
usó  de  ella  Oliveros  con  Fierabrás,  y 
Fierabrás  con  Oliveros  en  la  cruda  y 
prolija  batalla  que  tuvieron  en  Mor- 
mionda,  y  se  refiere  en  la  historia  vulgar 
de  Carloinatrno. 

2.  La  muía  del  escudero  vizcaíno 
era  jnala  aun  entre  las  de  alquiler.  De 
las  tachas  y  malas  mañas  de  éstas 
habló  Cervantes  en  varias  partes,  y 
señaladamente  en  la  aventura  de  la 
Princesa  Micomicona,  cuando  subiendo 
el  Cura  á  la  silla  y  el  Barbero  á  las 
ancas  de  la  muía,  ésta,  que  era  de 
alquiler  (que  para  decir  que  era  7nala 
esto  basta),  alzó  un  poco  los  cuartos 
fi-aseros  y  dio  dos  coces  en  el  aire, 
echando  á  rodar  á  maesa  Nicolás  y 
dejándolo  sin  barbas. 

3.  Esto  es,  tuvo  la  felicidad  ó  la 
fortuna.  Al  contarse  en  la  historia  de 
Florisel  el  combate  de  üaraida  con  el 
monstruo  CavaliíJn.  se  dice :  Mas  avínole 
osi  bien,  que  Cavalión  al  gigante  (Ga- 
dalón)  que  delante  iba  (huyendo  de 
Daraida)  con  sus  fuertes  manos  de  hom- 
bre en  un  punto  lo  traba,  é  con  las  de 
león  lo  comienza  á  despedazar  [d  . 

(a)  Amndis  de  Grecia,  parte  II.  cap.  XLVIII. 
—  {b)  Florisel.  parle  III,  cap.  LXXXVII.  — 
(c)Ib.,  cap.  XC  y  XCII.  —  (rf)  Parte  III, 
cap.  LXXI. 


l'Hl.MliHA    l'Aini:.    —    CAl'lTi;i.O    Mil 


133 


decía  el  vizcaíno  en  sus  mal  trabadas  razones,  que  si  no  le  dejaban 
acabar  sn  batalla,  (pie  él  nusmo  había  de  malar  á  su  auia*  y  á 
toda  la  Ícenle  que  se  lo  estorbase.  La  señora  del  coche,  admirada 
y  ((íincrosa  de  lo  que  veía,  hizo  al  cochero  que  se  desviase  de 
allí  ali-ini  poco,  y  desde  lejos  se  puso  A  mirar  la  rigurosa  con- 
tienda, en  el  discurso  de  la  cual  di<>  el  vizcaíno  una  gran  cuchillada 
á  I).  Ouijote  encima  de  un  hombro  por  encima  de  la  rodela,  que, 
á  dársela  sin  defensa,  le  al)rieia  hasta  la  cintura.  D.  Quijote,  que 
sintió  la  pesadumbre  de  aquel  desaforado  golpe'-*,  dio  una  gran 
voz  diciendo  :  ¡  Oh,  señora  de  mi  alma  Dulcinea,  flor  de  la  fermo- 
sura,  secorred  á  este  vuestro  caballero,  que  por  satisfacer  á  la 
vuestra  mucha  bondad  en  este  riguroso  trance  se  halla !  El  decir 
esto  y  el  apretar  la  espada,  y  el  cubrirse  bien  de  su  rodela^  y  el 
arremeter  al  vizcaíno,  todo  fué  en  un  tiempo,  llevando  determi- 
nación de  aventurarlo  todo  ó  la  de  un  solo  golpe''.  El  vizcaíno, 
que  así  le  vio  venir  contra  él,  bien  entendió  por  su  denuedo  su 
coraje-',  y  determinó  de  hacer  lo  mismo  que  D.  Ouijote;  y  asi 
le  aguardó  bien  cubierto  de  su  almohada,  sin  poder  rodear  la 
muía  á  una  ni  ü  otra  parte,  que  ya  de  puro  cansada  y  no  hecha  á 


1.  Poco  antes  se  había  remedado  el 
lenguaje  embrollado  y  ridiculo  del 
escudero;  ahora  se  indica  el  carácter 
duro  y  tenaz  que  se  atribuye  á  los 
antiguos  vizcaínos,  y  de  que  aun  con- 
servan, según  dicen,  bastantes  reliquias 
sus  descendientes. 

'2.  I'esadumbre  es  la  gravedad  ú  el 
peso  material.  En  esta  significación 
puso  Cervantes  en  boca  de  Periandro, 
al  descubrir  la  ciudad  de  Toledo,  aquella 
exclamación  :  /  Oh.  peñascosa  pesa- 
dumbre, qloria  de  España  !  etc.  Y  en  el 
mismo  sentido,  Lupercio  Leonardo  de 
Argensola,  en  la  descripción  de  Aran- 
juez,  dijo  : 

Las  fuentes  cristalinas  quo.  subiendo 
Contra  su  curso  ó  natural  costumbre, 
Están  los  claros  aires  dividiendo, 

Rocían  de  los  árboles  la  cumbre, 
Y  bajan,  á  las  nubes  imitando, 
Forzadas  de  su  misma  prsadumhre. 

Kn  el  día  ha  quedado  reservada  para 
la  poesía  esta  acepción  de  la  voz  ;>e.sa- 
dumbre,  que  en  otra  más  común  signi- 
fica inoles/ia  del  ihihno. 

3.  Así  el  Alinirantf  Halan  en  su  gran 
batalla  con  el  ejército  del  Emperador 
Carlomagno  se  ciihr'n'i  del  escudo, apretó 
la  espada  en  el  puño,  ij  como  deses- 


perado se  melió  entre  los  cristianos  (a). 

4.  ¿  Con  quién  concierta  el  articulo? 
Bien  se  discurre  que  es  con  venluraijx), 
mas  esta  palabra  no  se  expresa,  y  sólo 
está  comprendida  como  parte  en  el 
verbo  aventurar  que  |)recede.  D.  Gre- 
gorio Garcés,  en  su  Fundamento  del 
viffor  de  la  lengua  castellana  (b),  cita 
este  pasaje  como  primor  de  nuestro 
idioma;  no  sé  si  en  él  enqiieza  ya  á 
sutilizarse  demasiado,  y  á  declinar  á  la 
ingeniosa  obscuridad  que  por  entonces 
iban  introduciendo,  y  al  cabo  lograron 
acreditar  Góngora  y  otros  en  el  lenguaje 
castellano.  En  éste  se  dice  aventurarlo 
lodo  al  trance  y  no  ú  la  ventura. 

5.  Aquí  está  bien  Mi;ircada  la  dife- 
rencia entre  las  pabibras  denuedo  y 
coraje,  que  alguno  quizá  tendría  por 
sinónimas.  El  denuedo  está  principal- 
mente en  la  actitud  y  el  gesto  ;  el  coraje 
es  la  resolucii'm  reunida  á  la  ira;  el 
denuedo  es  fiel  cuerpo,  el  coraje  del 
ánimo.  Coraje  tampoco  es  valor,  porque 
éste  es  tranquilo. 

(a)  Historia  de  Carlomat/no.  cap.  LI.  — 
(6)  Tomo  n,  ca]).  X. 

(«)  Ventura.  — Muy  discretamente  ajumtH 
el  señor  Gortejón  que /«  se  refiere  más  bien  á 
d'terminación.  (M.  de  T.) 


i;u 


DON    OLIJOTÜ    DE    LA    MA.NLIIA 


semejantes  niñerías  no  podía  dar  un  paso.  Venía,  pues,  como  se 
ha  dicho,  D.  Quijote  contra  el  cauto  vizcaíno  con  la  espada  en 
alto  con  determinación  de  abrirle  por  medio,  y  el  vizcaíno  le 
aguardaba  ansimismo  levantada  espada  y  aforrado  con  su  almo- 
hada, y  todos  los  circunstantes  estaban  temerosos  y  colgados  de 
lo  que  había  de  suceder  de  aquellos  tamaños  golpes'  con  que  se 
amenazaban ;  y  la  señora  del  coche  y  las  demás  criadas  suyas 
estaba  hacientlo  mil  votos  y  ofrecimientos  á  todas  las  imágenes  y 
casas  de  devoción  de  España  porque  Dios  librase  á  su  escudero 
y  á  ellas  de  aquel  tan  grande  peligro  en  que  se  hallaban.  Pero 
está  el  daño-  de  todo  esto,  (jiie  en  este  punto  y  t(''rmino  deja 
pendiente  el  autor  desta  historia  esta  batalla,  disculpándose  que 
no  halló  más  escrito  destas  hazafas  de  D.  Quijote  de  las  (¡ue  deja 
referidas.  Bien  es  verdad  que  el  segundo  autor  desta  obra^  no 
quiso  creer  que  tan  curiosa  historia  estuviese  entregada  á  las 
leyes  del  olvido,  ni  que  hubiesen  sido  tan  poco  curiosos  los  inge- 


1.  Suceder  por  resultar  ú  originarse: 
aoepriún  análoga  al  origea  latino  de 
suceder. 

2.  Obsérvese  la  repetición  excesiva 
del  pronombre  este  en  el  presente 
periodo  :  est  '■  el  daño,  se  dice,  de  todo 
esto  (jue  en  este  punto...  i'eja  pendiente 
el  autor  ilesta  historia  esta  ftaíalla, 
disculpándose  que  no  halló  más  escrito 
deslas  hizañas.  —  Cervantes,  suspen- 
diendo aquí  la  relación  lie  la  batalla  de 
D.  Quiíole  con  el  vi/.caino,  se  propuso 
sin  duda  excitar  la  curiosidad  y  el 
interés  de  sus  lectores.  Otros  escritores 
de  caballerías  haliian  hecho  lo  mismo, 
riarci  Ordóñez  de  Monlal  vo,  autor  de  las 
Sergas  de  Esplandiiin,  hH.bienúo  llegado 
al  capítulo  XCV'ill  de  la  historia  de  su 
héroe,  inlerrumpe  l.i  narración,  y  cuenla 
muy  menudamente  en  el  XGI.\  ciuiio 
halló  el  libro  del  maestro  Elisabad. 
quien  supone  ser  el  autor  primitivo. 
Del  mismo  mixlo  el  autor  de  la  historia 
de  Amadis  de  (ireria,  com'luida  la  pri- 
mera parte,  dice  que  ignoraba  el  para- 
dero de  la  segunda,  y  retiere  el  too  lo 
con  que  descubri(j  el  oriííinal  latino  de 
esta  última,  que  quiso,  dice.  Dios  depu- 
rarme para  que  con  el  trabajo  de  hasta 
aquí  la  pudiese  traducir  y  enmendar 
de  la  suerte  que  agora  veréis  /a). 

3.  Estas  palabras    y    las    anteriores 

(a)  .itmdis  de  Grecia,  Lamentación  entre 
la  primera  y  segunda  parte. 


indican  que  eran  dos  los  autores  de  la 
historiti  primitiva  de  Ü.  Oduote.  uno 
que  al  licgar  á  la  aventura  del  vi7.caino 
la  dejó  á  medio  contar  por  falta  de 
materiales,  y  otro  que  no  quiso  creer 
que  no  los  hubiese,  y  al  caho  los  en- 
conlró  en  la  forma  que  se  cuenta  en  el 
capitulo  siguiente.  Pertt  Cervantes  escri- 
bía tan  sin  plan  ni  preparaciim,  que  en 
el  capítulo  inmediato  dio  por  supuesto 
que  el  único  autor  habia  sido  Cide 
Hamete  Bcnengeli,  á  quien  sigue  tradu- 
ciendo desde  el  principio  de  su  segunda 
parte,  que  contiene  la  conclusii'm  del 
suceso  del  vizcaíno,  sin  explicar  por 
(huide  había  tenido  y  vuelto  al  caste- 
llano lo  precedente. 

En  otra  inconsecuencia  todavía  más 
reparable  incurrió  aquí  nuestro  autor. 
Habla  como  si  dudase  de  si  los  sucesos 
de  D  Quijote  se  hallarían  en  los  papeles 
antiíruos  de  los  archivos  y  escritorios 
de  la  Man<ha,  y  dos  capítulos  antes 
había  citado  como  existentes  entre  los 
de  la  .\rgamasilla,  libros  modernos 
publicados  durante  su  vida.  Ya  en  el 
capitukp  II  se  bahía  hablado  de  la  dife- 
rencia ríe  opiniones  entre  los  analistas 
de  la  .Mancha,  sobre  cuál  fué  la  primera 
aventura  que  avino  á  D.  Quijote  des- 
pués de  salir  de  su  casa:  lo  cual  en- 
vuelve la  mis'iia  contradiccii'm  con  la 
relación  del  escrutinio  y  de  varios 
sucesos  mencionadt)s  en  el  discurso  de 
la  fábula.    Pero    de  los    anacronismos 


IMllMKIIA    PAHI'K.   —  CAIMIUI.O    \  III 


135 


iiios  (le:  la  ¡Maiiclia,  (|iio  no  tuviesen  en  sus  archivos  ó  en  sus  escri- 
lorios  algunos  papeles  que  desle  famoso  caballero  tratasen  :  y  asi 
con  esta  imaginación  no  se  desesperó  de  hallar*  el  fin  desta 
apacible  historia,  el  cual,  siéndole  el  cielo  favorable,  le  halló  del 
modo  que  se  contará  en  la  segunda  parle  ^. 


del  Quijote  se  hablará  de  propósito  en 
olra  parte  (a). 

1.  Desesperarse  es  muy  distinto  de 
desesperar  :  el  primero  tiene  una  signi- 
ficación inoportuna  en  este  lugar,  y 
puede  presumirse  que  el  pronombre  se 
fué  adición  introducida  malamente  en 
el  texio  por  el  cajista,  y  no  advertida 
por  el  impresor. 

(a)  Muy  acertada  y  donosamente  vindica 
el  señor  Cnriejón  á  Cervantes  de  los  ataques 
de  Gleniencín,  y  dice  con  sobra  de  razón  : 
"  A  tan  ingenioso  como  festivo  autor  no  se  le 
han  de  hacer  reparos  monjiles,  ni  será  bien 
que  los  gramáticos,  por  agudos  y  sutilísimos 
que  se  juzguen,  ni  los  comentaristas  aunque 
presuman  de  estirados,  vayan  siguiendo  sus 
pasos  en  busca  de  contradicciones.  » 

(M.  de  T.) 


2.  Otra  prueba  de  la  negligencia  y 
falta  de  plan  con  que  se  escribió  el 
QuMOTE.  (Cervantes,  acaso  por  imitar  al 
libro  de  Amadis  de  (iaula,  como  conje- 
turó Bowle,  subdividió  el  suyo  en  cuatro 
partes,  pero  sin  interrumpir  la  serie  de 
los  capítulos;  y  asi  como  las  partes 
segunda,  tercera  y  cuarta  de  Amadis 
empiezan  en  los  capítulos  XLIV,  LXV 
y  LXXXII  de  aquella  historia,  las  del 
Ingenioso  Hiualc.o  empiezan  en  los  capí- 
tulos IX,  XV  y  XXVI II.  En  la  segunda 
parte  del  Quijote  abandonó  Cervantes 
la  anterior  divi.sión,  ó  porque  no  le 
pareció  bien,  ó  porque  no  tuvo  presente 
lo  que  hizo  en  la  primera.  No  pudo 
libro  alguno  hacerse  uienos  de  pen- 
sado. 


CAPITULO  IX 


DONDE    SE    COMCLUVE    Y    DA    I'IN    A     LA    ESTUPENDA    HATALLA    QUE    EL 
GALLAISDO    VIZCAÍNO    V    EL    VALIENTE    MANCHEGO    TUVIERON. 

Dejamos  en  la  primera  parle  desLa  historia  al  valeroso  vizcaíno 
y  al  famoso  D.  Quijote  con  las  espadas  altas'  y  desnudas  en  guisa 
de  descargar  dos  furibundos  fendientes-,  tales,  que  si  en  lleno  se 
acertaban,  por  lo  menos  se  dividirían  y  fenderían  de  arriba  abajo, 
y  abrirían  como  una  granada  :  y  en  aquel  punto  tan  dudoso  paró 
y  quedó  destroncada  tan  sabrosa  historia,  sin  que  nos  diese  noticia 
su  autor  dónde  se  podría  hallar  lo  que  della  faltaba.  Causóme  esto 
mucha  pesadumbre,  porque  el  gusto  de  haber  leído  tan  poco  se 
volvía  en  disgusto  de  pensar  el  mal  camino  que  .se  ofrecía  para 
hallar  lo  mucho  que  á  mi  parecer  faltaba  de  tan  sabroso  cuento. 
Parecióme  cosa  imposible  y  fuera  de  toda  buena  costumbre,  que  á  tan 
buen  caballero  le  hubiese  faltado  algún  sabio  que  tomara  á  cargo  ^ 


'1.  Dejó  el  ijniii  sabio  Lirr/andeiy  en  el 
último  capitulo  de  su  historia  d  los  dos 
raros  modelos  en  valor  y  f'ortuleza,  el 
rjran  siciliano  Biavorante  y  el  famoso 
africano  Drufaldoro,  dando  en  el  aire 
la  vuelta  con  sus  furiosos  caballos,  las 
espadas  en  alto  con  tan  fiero  denuedo, 
que  exayera  el  sal>io  que  al  verlos  se 
encogieron  de  temor  los  mas  animosos 
griegos  (a).  Á  los  puntos  de  semejanza 
que  ofrecen  ambos  pasajes  puede  aña- 
dirse tauíbión  que  en  ambos  hubo  igual- 
mente damas  espectadoras. 

2.  Fendienle.  golpe  dado  de  arriba 
abajo  con  el  filo  do  la  espada;  de  liendir. 
Voz  hermosa,  pero  reservada  en  el  uso 
actual  á  la  poesía.  La  distinción  entre 
los  tres  lances  de  la  esgrima  :  f en- 
diente, revés  y  tajo,  es  que  el  primero 
se  da  verticaímente,  el  segundo  de  la 
izquierda  á  la  ilerecha,  y  él  tercero  de 
la  derecha  á  la  izquierd.a. 

(a)  Espejo  de  Principrsy  Cahalleros.  parle  V, 
lib.  L.cap.  \. 


3.  En  otra  parte  hemos  nombrado 
ya  algunos  sabios  á  quienes  se  atri- 
buyen historias  de  Caballerías.  Pero  no 
siempre  se  atribuyen  .i  sabios  ó  encan- 
tadores y  nigrománticos,  porque  no 
deben  contarse  en  este  número  ni  el 
maestro  Elisabad,  que  buena  ser  el 
autor  de  las  Sergas  de  Esplandián,  ni 
Novarco,  que  escribió  la  historia  de 
D.  Cirongilio  de  Tracia.  ni  aun  á  Xartón, 
:\  quien  se  atribuyi'  la  de!  Caballero  de 
la  Cruz,  pues  se  supone  que  la  escribii'i 
des¡)ués  de  haber  renunciado  á  sus 
malas  artes  y  abrazado  el  cristianisnm. 
La  de  Florambel  de  Lucea  fué  escrita 
por  el  santo  ermitaño  y  sacerdote 
Cipriano,  á  quien  este  caballero  en- 
contró en  los  desiertos  de  Siria.  Tales 
padres  se  complacieron  en  asignar  á  los 
libros  caballerescos  sus  verdaderos 
autores  para  ronciliarles  autoridad  y 
crédito  con  los  lectores  ignorantes 
é  ilusos.  Uno  de  éstos  fué  Don  Qui- 
jote. 


PIIIMr.llA     l'AlilK.     —    CAPÍTLLO    IX  i'M 

el  escribir  sus  nunca  vistas  hazañas^;  <-osa  qiuí  no  fall(>  á 
ninguno  de  los  caballeros  andantes  de  los  que  dicen  las  gentes 
que  van  á  sus  aventuras,  porque  cada  uno  dellos  tenía  uno  ó  dos 
sabios  como  de  molde,  que  no  solamente  escribían  sus  hechos, 
sino  que  pintaban  sus  m;'is  mínimos  pensamientos  y  niñerías,  por 
más  escondidas  que  fuesen;  y  no  iiabía  de  ser  tan  desdichado  tan 
buen  caballero,  que  le  faltase  á  él  lo  que  sobró  á  Platir-  y  á  otros 
semejantes.  Y  así  no  podía  inclinarme  á  creer  que  tan  gallarda 
historia  hubiese  quedado  manca  y  estropeada,  y  echaba  la  culpa 
á  la  malignidad  del  tiempo  dcvorador  y  consumidor  de  todas  las 
cosas,  el  cual,  ó  la  tenía  oculta  ó  consumida.  Por  otra  parte,  me 
parecía  que  pues  entre  sus  libros  se  habían  hallado  tan  modernos 
como  Desengaño  de  celos  y  Ninfas  y  Pastores  de  Henares^  que 
también  su  historia  debía  de  ser  moderna,  y  que  ya  que  no  estu- 
viese escrita,  estaría  en  la  memoria  de  la  gente  de  su  aldea  y  de 
las  á  ella  circunvecinas.  Esta  imaginación  me  traía  confuso  y 
deseoso  de  saber  real  y  verdaderamente  toda  la  vida  y  milagros 
de  nuestro  famoso  español  D.  Quijote  de  la  Mancha,  luz  y  espejo 
de  la  caballería  manchega^,  y  el  primero  que  en  nuestra  edad  y 
en  estos  tan  calamitosos  tiempos  se  puso  al  trabajo  y  ejercicio  de 
las  andantes  armas',  val  de  desfacer  agravios,  socorrer  viudas, 
amparar  doncellas  de  aquellas  que  andaban  con  sus  azotes  y  pala- 
frenes •^.  y  con  toda  su  virginidad  á  cuestas  de  monte  en  monte  y 

1.  En  efecto:  nunca  fueron  í^isías  las  cosas.  Entre  estos  dos  extremos  titu- 
hazañas  de  Don  Quijote.  Chiste  irónico,  beaba  también  nuestro  autor,  y  re- 
muy  propio  del  genio  y  cuerda  de  flexionaba  que  la  historia  de  ü.  Quijote 
Cervantes,  en  que,  diciéndose  exacta-  debía  ser  moderna,  puesto  que  en  ella 
mente  la  verdad,  se  indica  con  gracioso  se  citaban  libros  modernos.  Todo  lo 
contraste  otra  cosa  muy  distmta.  tuvo   presente,   todo   lo  reflexionó,   y, 

2.  Galtenor  fué  el  nombre  del  que  sin  embargo,  incurrió  en  la  contra- 
recopiló  la  historia  del  Caballero  Platir  dicción. 

hijo   del  Emperador  Primaleón,  como  o.    Pudiera    dudarse    si    el   original 

se  dice  en  el  capítulo  I,  libro  I  de  la  diría  azotes   ó    azores:  el   cambio   es 

cuarta  parte  de  su  historia.  fácil.    En   los   libros  caballerescos    se 

3.  Es  evidente  que  Cervantes  tiró  á  hallan  muchos  ejemplos  de  doncellas 
ridiculizar  cierta  clase  de  hidalgos  de  y  dueñas  que  dan  del  azote  á  su  pala- 
la  Mancha;  y  esto  debió  ser  de  resultas  fren,  .¡si  como  otras  veces  hacen  men- 
de  las  ocurrencias  que  tuvo  en  aquel  ción  de  damas  de  alta  guisa  que  iban 
país,  y  dieron  origen  á  la  fábula  del  en  í^us  palafrenes  con  azores  il  cs.zsl  de 
Quijote  en  el  lugar  de  cuyo  nombre  no  cetrería.  En  la  segunda  parte  del  Qui- 
queria  acordarse.  Esta  es  la  caballería  .iote,  cuando  después  de  la  aventura 
manchega,  de  quien  era  luz  y  espejo  del  barco  encantado  encontr(')  nuestro 
nuestro  insigne  D.  Quijote.  hidalgo  á  la  Duquesa  (fl),  iba  ésta  sobre 

4.  En  estas  expresiones  se  da  Cer-  un  palafrén,  y  en  la  mano  izquierda 
vantes  por  contemporáneo  de  D.  Qui-  traía  un  azor.  Verdad  es  que  tratan- 
jote,  y  pocos  renglones  antes  achacaba  dose,  como  aquí,  de  largos  viajes,  hace 
la   pérdida  de   su   historia  al    tiempo 

il"vorador  y  consumidor  de  todas  las         (a)  Cap.  XXX. 


las 


UON    QIIJOTK    DE    LA    MANCHA 


de  valle  en  valle:  que  si  no  era  que  algún  follón  ó  algún  villano  de 
haciía  y  capellina  '  ó  alí,a'in  descomunal  gigante  las  forzaba,  don- 
cella hubo  en  los  pasados  tiempos  que,  al  cabo  de  ochenta  años,  que 
en  todos  ellos  no  durmió  un  día  debajo  de  tejado,  se  fué  tan 
entera  á  la  sepultura  como  la  madre  que  la  había  parido''*.  Digo, 
pues,  que  por  estos  y  otros  muchos  respetos  es  digno  nuestro 
gallardo  Quijote  de  continuas  y  memorables  alabanzas^,  y  aun  á 
raí  no  se  me  deben  negar  por  el  trabajo  y  diligencia  que  puse  en 
buscar  el  fin  desta  agradable  historia  '  :  aunque  bien  sé  que  si  el 


más  al  caso  el  azote  ó  l.ílij,'o  que  el 
azur'.  —  Palafrén  es  voz  muy  antif^ua, 
que  se  encuentra  usada  ya  en  el  Puema 
del  Cid,  libro  el  más  antiguo  que  se 
conoce  en  castellano. 

1.  Capellina  ó  capacete,  arma  defen- 
siva que  cubría  la  parte  superior  de  la 
cabeza,  de  donde  le  vino  el  nombre. 
Era  diferente  de  la  celada,  que  cubría 
toda  la  cabeza,  y  solía  tener  por  de- 
lante la  visera  ó  rejilla  para  defensa 
del  rostro,  sin  quitar  la  vista. 

Hac/ia  ¡I  capellina,  armas  con  las 
cuales,  como  vulííares  y  fáciles  de 
encontrar,  se  armaba  prontamente  la 
gente  de  pocas  obligaciones.  Así  se  ve 
con  frecuencia  en  los  libros  caballe- 
rescos :  Doce  villanos,  armados  de 
hachas  y  capellinas  guardaban  un  pos- 
tigo del  castillo  de  Belvista,  en  la 
ínsula  de  Artadefa  (a).  Saliendo  Amadís 
de  Grecia  de  un  castillo  donde  acahabn 
de  vencer  y  matar  á  un  caballero,  le 
acometieron  otros  ocho,  seguidos  de 
doce  peones  con  hachas  y  capellinas. 
Revolvió  Amadís  sobre  ellos,  derribi) 
á  dos  de  los  villanos  con  los  pechos  de 
su  caballo,  y,  apeándose  de  él,  á  dos 
villanos  qué  se  adelantaron,  de  dos 
golpes  las  capellinas  con  las  cabezos 
hendidas,  los  derrueca  muertos  (b). 

Villanos  armados  de  hachas  y  cape- 
llinas, como  circuiistan(  ia  propia  de 
historias  y  aventuras  caballerescas, 
asistieron  á  las  representaciones  de 
ellas  que  se  dieron  á  Carlos  V  en  las 
fiestas  de  Bins  el  año  de  1549  (c). 

2.  Están  tachidas  con  sal  irr>nica 
las  inverosimilituiles  de  los  libros  y 
poemas  caballerescos  en  esta  materia. 
Parece  que  Cervantes  tuvo   presentes 


(a)  P'lorUel.  parte  Til,  cap.  CXXU.  — 
(h\  Ib.,  cap.  XXIV.  —  (c)  Calcete  de  Estrella, 
lib.  111. 


los  versos  de  Ariosto,  cuando  refiere 
que  '«)  Angélica  cant<j  sus  sucesos  á 
Sacripante  : 

E  come  Orlando  la  guardó  sovente 
Da  morte.  da  disnor.  da  casi  rei, 
E  cfie'l  fior  viri/inal  cusí  ncwi  salvo 
Come  se  lo  portó  dal  inatern'  alvo. 

Y  sigue  Ariosto  : 

Forae  era  ver,  ma  non  pero  credibile 
A  chi  del  senso  suo  fosse  signare. 

Cervantes  contrahizo  y  desfigun")  con 
maligna  travesura  la  expresión  en  la 
forma  que  se  halla  en  el  texto,  y  la 
repitió  en  la  novela  del  Celoso  extre- 
meño, donde  decía  la  Dueña  á  Loaisa  : 
Todas  las  que  estamos  dentro  de  las 
puertas  desta  casa  somos  doncellas 
como  las  madres  que  nos  parieron. 
Como  quiera,  esta  malicia  de  Cer- 
vantes no  fué  original.  La  encontró  en 
la  historia  de  D.  Belianís  de  Grecia  (¿>); 
en  la  que.  contándose  la  romería  que 
la  Infanta  Dolisena  hizo  por  les  desier- 
tos de  frica  al  templo  de  Amón,  y  lo 
que  le  avino  durante  el  viaje,  se  dice 
que  volvíi)  á  su  casa  tan  entera  como 
la  madre  que  la  había  parido. 

3.  ¿Qué  son  alabanzas  memorables? 
Esta  calidad  no  tiene  conexión  con 
alabanzas. 

4.  No  anduvo  muj'  consÍOTÍente 
nuestro  autor  en  suponer  que  lo  que 
encontró  en  el  Alcaná  de  Toledo,  como 
va  á  contarse,  era  el  fin  de  la  historia 
de  su  héroe,  pues  sólo  fué  hasta  el  fin 
de  la  primera  parte,  en  cuj'o  cai)í- 
tulo  Lll  dice  :  que  á  pesar  de  haber 
buscado  con  curiosidad  y  diligencia 
los  hechos  de  U.  Quijote  en  su  tercera 
salida,  no  había  podido  hallar  noticia 
de  ellos,  á  excepción  de  la  fama  de 

(ni  Canto  I,  est.  5j.  -  (6)  Lib.  IV,  cap.  XVI, 
v  síL'uienles. 


iMiiMiiitA  PAinr:.  —  CAPÍni.n  i\ 


i'M) 


cielo,  el  caso  y  la  fortuna  no  me  ayudaran,  el  niuiulo  ([uedara 
falto  y  sin  el  pasatiempo  y  gusto  que  bien  casi  dos  horas '  podrá 
tener  el  que  con  atención  la  leyere.  Pasó,  pues,  el  hallarla  en  esta 
manera. 

Estando  yo  un  día  en  el  Alcaná  de  Toledo^,  llegó  un  muchacho 
á  vender  unos  cartapacios  y  papeles  viejos  á  un  sedero^;  y  como 


haber  ido  á  Zaragoza,  y  de  algunos 
versos  que  á  coiitimiiicicn  pone  sobre 
las  lia/añas  y  SL'|iulliira  de  nuestro  lii- 
(lalgü,  hermosura  de  Dulcinea,  figura 
de  Rocinante,  y  fidelidad  de  Sancho 
Panza. 

1.  Parece  indicar  Cervantes  por  estas 
palabras,  ó  que  la  historia  puede  leerse 
hasta  el  tin  en  dos  horas,  ó  que  el  pla- 
cer de  su  atenta  lectura  no  puede  pasar 
de  dos  horas.  Lo  primero  es  absurdo, 
lo  segundo  sobradamente  modesto  (a). 

2.  En  la  Vida  del  picaro  Guzmán  de 
Alfarache  so  lince  mención  del  Alcaná 
de  Toledo  como  de  lugar  de  tiendas,  y, 
con  efecto,  parece,  segvín  los  que  lo 
entienden,  que  Alcaná  es  voz  derivada 
del  hebreo,  y  que  significa  feria  ó 
mercado.  Del  .Mcaná  se  hace  ya  men- 
ción en  el  Arancel  antiguo  de  Toledo 
del  año  1355,  citado  por  Burriel  en  el 
Informe  sobre  ifjualación  de  petios  y 
medidas.  Quiénes  fuesen  sus  habi- 
tantes lo  dice  la  Crónica  del  Key 
D.  Pedro  de  Castilla  :  E  el  Conde  é  el 
Maestre  (hermanos  y  enemigos  del 
Rey)  desque  entraron  en  la  ciudad 
(Toledoj,  asosegaron  en  sus  posadas; 
pero  las  sus  compañas  empezaron  á 
robar  una  judería  que  dicen  el  Alcami, 
p  robáronla,  é  mataron  los  judíos  que 
fallaron  fasta  mil  é  decientas  personas, 
ornes  é  mujeres,  rp-andes  é  pequeños. 
Pero  la  judería  mayor  (que  estaba 
junto  á  la  puente  de  San  Martín)  non 
la  pudieron  tomar,  que  estaba  cercada 
é  había  mucha  yente  dentro  (a). 

El  Alcaná  estaba  en  las  inmedia- 
ciones lie  la  catedral:  pero  habiendo 
pere(-ido  en  un  incendio  la  mayor  parte 
de  sus  tiendas,  el  Arzobispo,  D.  Pedro 
Tenorio,  trató  de  fabricar  allí  un  claus- 

(a)  Crónica  del  Jley  U.  Pedro,  aüo  VI, 
cap.  VIÍ. 

(a)  Ninguna  dfi  las  suposiciones  parece 
exacta.  Iliiit/.enbiisnh,  en  la  nota  ih'l,  cree 
que  debe  faltar  algo  ea  el  texto. 

(M.  de  T.) 


tro,  y  compró  las  casas  llamadas  de 
Doña  Fátima  la  Mora,  las  cuales  se 
hicieron  tiendas  y  íorniaion  la  calle 
del  Alcaná.  Continuaron  éstas  habita- 
das por  israelitas,  y  fueron  también 
saqueadas  en  las  turbaciones  acaudi- 
lladas por  Pero  Sarmiento,  que  agita- 
ron ;í  aquella  ciudad  en  el  reinado  de 
D.  Juan  el  II,  año  de  1449.  Acaso  con 
este  motivo  se  cerró  la  calle  con 
puertas,  y  hubo  Alcaide  de  ellas  todavía 
en  el  año  1500.  Á  fines  del  siglo  si- 
guiente, XVI,  toda  la  calle  era  de  tien- 
das de  mcrceria  Por  los  libros  nnti- 
guos  de  la  capilla  de  San  Blas,  que 
fundó  el  memionado  .\rzobispo,  se 
viene  en  conocimiento  de  que  el  Al- 
caná ocupó  el  espacio  que  hoy  es  la 
calle  de  las  Cordonerías,  desde  la  Ro- 
pería hasta  la  encrucijada,  y  acaso 
también  lo  que  se  llama  calle  de  la  Sal. 

3.  Las  ediciones  primitivas  y  las 
siguientes  pusieron  escudero  en  vez  de 
sedero  :  la  de  Londres  de  1*38  fué  la 
primera  que  corrigió  este  pasaje.  La 
Academia  Española  adoptó  esta  en- 
mienda, y  con  razón,  pues  no  la  hay 
para  que  se  vendan  papeles  viejos  á 
un  escudero,  pero  sí  á  un  sedero,  que 
los  necesita  para  sus  envoltorios  y  pa- 
quetes. Y  á  lo  mismo  concurre  la  cir- 
cunstancia de  ser  cosa  pasada  en  el 
Alcaná,  donde  estaba  la  alcaicería  ó 
trato  y  mercado  de  sedas.  Nadie  ignora 
lo  floreciente  que  en  tiempos  antiguos 
estuvo  en  Toledo  el  ramo  de  sederías, 
conforme  á  lo  cual,  en  el  capítulo  IV 
se  hizo  mención  de  unos  mercaderes 
toledanos  que  iban  á  comprar  seda  á 
Murcia.  El  error  pudo  ser  de  la  im- 
prenta por  la  corta  diferencia  que  hay 
entre  .sedero,  como  diría  el  original,  y 
sendero,  segiin  solía  entonces  escribirse 
y  hubo  de  leer  el  impresor.  Cervantes,  á 
cuya  vista  se  hizo  la  tercera  edición  en 
el  año  1608,  no  corrigió  este  ni  otros 
defectos  de  las  dos  de  1605. 

La  cahdad  de  cartapacios  y  papeles 


140 


DON    QLIJOTK    DE    LA    MANCHA 


soy  aficionado  á  leer  aunque  sean  los  papeles  rolos  de  las  calles, 
llevado  desla  mi  naUíral  inclinación  tomé  un  cartapacio  de  los  que 
el  muchacho  vendía,  y  vile  con  caracteres  que  conocí  ser  arábigos, 
y  puesto  que  aunque  los  conocía  no  los  sabia  leer,  anduve  mi- 
rando si  parecía  por  allí  algún  morisco  aljamiado'  que  los  leyese; 
y  no  fué  muy  dilicultoso  hallar  intérprete  semejante,  pues  aunque 
le  buscara  de  otra  mejor  y  más  antigua  lengua,  le  hallara^.  En 
fin ;  la  suerte  me  deparó  uno,  que  diciéndole  mi  deseo  y  ponién- 
dole el  libro  en  las  manos,  le  abrió  por  medio,  y  leyendo  un  poco 
en  él,  se  comenzó  á  reir  :  pregúntele  que  de  qué  se  reía,  y  res- 
pondióme que  de  una  cosa  que  tenía  aquel  libro  escrita  en  el 
margen  por  anotación.  Díjele  que  me  la  dijese,  y  él,  sin  dejar  la 
risa,  dijo  ;  Está,  como  he  dicho-*,  aquí  en  el  margen  escrito  esto. 


viejos  que  se  da  á  los  papeles  que  con- 
teaiaii  la  historia  original  de  D.  Qui- 
jote, es  otro  de  los  indicios  de  que  se 
quiso  dar  carácter  de  antigua  .i  la  his- 
toria, sobre  lo  cual  se  habió  en  las 
notas  al  capitulo  anterior. 

1.  Esto  es,  algiin  morisco  que  se 
explicase  en  castellano  y  pudiese  ser- 
vir de  intérprete.  Aljamia  era  el  caste- 
llano que  hablaban  los  moros,  asi 
como  al(jarabia  era  el  arábigo  que 
hablaban  los  cristianos.  Unos  y  otros 
debían  hacerlo  con  muchos  defectos, 
tanto  en  la  propiedad  como  en  la  pro- 
nunciaciim.  De  aljamia  y  aUjaiabía 
nacieron  aljamiado  y  akjarubiado.  El 
Canónigo  Bernardo  de  Alderete,  en  las 
Anlifjiiedades  de  EspaTia  y  África  (a) 
cuenta  que  por  la  pronunciación  se 
conocía  ó  los  aljamiados  que  no  hahian 
desde  )iiños  aprendido  nuestra  lengua. 
D  Diego  de  Mendoza,  en  la  Historia  de 
la  (juerra  do  Granada,  eslafjan,  dice, 
nuestras  compañías  tan  llenas  de  moros 
aljamiados,  que  donde  quiera  se  man- 
tenían espías  (b).  La  Crónica  general 
de  España,  refiriendo  la  sorpresa  de 
Córdoba  por  los  cristianos  en  el  rei- 
nado de  San  Fernando,  refiere  [c]  que 
los  primeros  que  subieron  al  muro 
iban  disfrazados  en  traje  de  moros,  y 
eran  algarabiados.  En  el  romance  an- 
tiguo de  D.  Beltrán,  uno  de  los  que  se 
incluyeron  en  el  Cancionero  de  roman- 
ces de  .4mberes,  libro  rarísimo  impreso 
en  el  año  de  1.5o5,  se  lee  : 


í'i)  Lili.  1.   can.  XXXVUL 
caj).  XIX.  —  (c)  Paite  IV. 


{l>)  Lib.  III, 


Vido  en  esto  estar  nii  muro 
(¡ae  velaba  en  un  adarve. 
Hablóle  en  alíjaraliia. 
como  a(]iicl  (jue  bien  la  sabe  : 
por  Dios  te  niepo  el  moro 
me  digas  una  verdade. 

En  el  uso  actual  ya  no  se  oye  la  pa- 
labra aljamia;  y  algarabía  sólo  sub- 
siste para  denotar  el  habla  atrope- 
llada y  confusa,  como  debía  ser  la  de 
los  algarabiados(a). 

2.  Indica  Cervantes  la  multitud  que 
había  en  Toledo  de  familias  originarias 
de  judíos.  La  aljama  hebrea  de  Toledo 
había  sido  famosa  :  de  ella  salió  el 
célebre  Aben  Ezra.  que  según  las  noti- 
cias de  D.  José  iíodriguez,  en  su  Bihliu- 
leca  rahinica  española,  hubo  de  ser  el 
primero  ó  uno  de  los  primeros  traduc- 
tores castellanos  de  los  libros  sagrados. 
De  las  cosas  de  los  conversos  de  Toledo 
y  de  las  persecuciones  que  padecieron 
en  diferentes  épocas  pudiera  hacerse 
unalarga  historia  (¡í)  Los  apa>ioDadosá 
aquella  ciudad,  quieren  decir  que  los 
judíos  que  la  habitaban  en  tiempo  d 
Tiberio  desaprobaron  la  muerte  qut 
sus  hermanos  de  Jerusalén  procuraron 
á  Nuestro  Señor  Jesucristo. 

3.  Cuatro  veces  está  repetido  el 
verbo  decir  en  menos  de  renglón  y  me- 

(«)  Huy  se  aplica  la  palabra  aljamiado  ,i 
ciertas  obras  anticuas  de  nuestra  literfitura 
que  se  han  encontrado  escritas  en  caractenv 
arábigos.  Véase,  acerca  de  esto,  mi  libio 
Manual  de  Literatura  española  é  hispano- 
americana. (M.  de  T.) 

(,5)  Lanía  historia.  —  Ya  )a  escribió  el 
insigne  maestro  Amador  de  ¡os  Ríos. 

(M.  de  T.) 


PniMKMA    I'AUTK.    —    GAPITLT.O    IX 


141 


E,sla  Ihilcuwa  riel  Toboso^  ínulas  veces  en  esta  historia  referida^ 
dicen  que  tuno  la  mejor  mano  para  xalar  puercos  que  otra  mujer 
de  toda  In  Mancha^.  Cuando  yo  oí  decir  Dulcinea  del  Toboso, 
qued<^  alónilo  y  suspenso,  porcjue  luego  se  me  representó  que 
aquellos  earlapacios  contenían  la  historia  de  1).  Ouijote.  Con  esta 
imaginación  le  di  priesa  que  leyese  el  principio,  y  haciéndolo  así, 
volviendo  de  improviso  el  arábigo  en  castellano,  dijo  que  decía  : 
Historia  o'e  D.  Quijote  de  la  Mancha^  escrita  por  Cide  líamete 
Bent^ngeli,  historiador  arábigo-.   Mucha   discreción   fué  menester 


dio.  Y  á  poco  :  Dicen  que  tuvo  la  me- 
jor mano,  ele.  Citando  yo  oi  decir,  etc. 
Los  descuidos  de  esla  especie  son  muy 
frecuentes  en  el  Qumote.  Sin  salir  del 
presente  periodo  se  lee  :  Esttí...  aquí  en 
el  marqen  escrito  eslo  :  esta  Dulcinea, 
tantas  reces  en  esta  historia  relerida. 

1.  El  lenguaje  no  está  del  todo  bien. 
No  habría  que  reparar  diciéndose  : 
Tuvo  mejor  mano  para  salar  puercos 
que  otra  ninr/una  mujer  de  toda  la 
Mancha.  Por  lo  deniiís,  la  anotación 
marginal  sobre  la  habilidad  para  salar 
puercos  no  uie  parece  tan  íestiva  y 
risueña  como  pareció  al  morisco,  al 
cual,  por  otra  parte,  atendidas  las 
ideas  comunes  de  los  de  su  linaje  y 
profesión,  ni;ís  debió  serle  asunto  de 
asco  que  de  risa.  Si  la  persona  de  Dul- 
cinea no  fué  absolutamente  fingida  y 
tuvo  original  efectivo,  sobre  lo  cual  se 
discurrirá  en  su  lugar,  acaso  en  ella  y 
en  sus  circunstancias  individuales  es- 
taba la  explicación  de  este  enigma  y 
del  chiste  que  ahora  no  se  comprende. 

2.  Cervantes  puso  á  su  fábula  el 
título  de  El  Ingenioso  Hidalgo  Don 
QuMOTE  DE  LA  Mancha;  pero  algunas 
veces,  como  aquí,  la  llami'i  Historia  de 
Don  Quijote.  El  titulo  de  Vida  y  hechos 
de  Don  Quijote  que  se  puso  en  varias 
ediciones  antiguas,  es  ridículo  y  ajeno 
del  asunto  del  libro. 

Cide  es  tratamiento  de  honor,  como 
si  dijéramos  señor  :  Hamele  es  nombre 
común  entre  moros  :  Benen^jeli  (ai.  se- 
gún la  explicación  del  sabio  orientalista 
D.  José  Antonio  Conde,  quiere  decir  hijo 

('/)  Benengeli.  —  Según  mi  maestro  y  com- 
patriota D.  Leopoldo  Kgnílaz  y  Yangüas,  no 
tiene  fundamento  la  interpretación  que  da 
Clemencín  á  este  nombre.  Se  deriva  del  árabe 
b/'denchén,  berenjena,  y  significa  aherenje- 
nado  (y  no  abererir/enado,  como  escriben  mu- 
chos). (M.  de  T.) 


del  Ciervo,  Cerval  6  Cervanteño,  y  con 
él  se  designó  á  sí  mismo  Cervantes, 
que  habiendo  residido  en  Argel  cinco 
años,  no  pudo  menos  de  alcanzar  al- 
gún conocimiento  del  idioma  común 
del  país. 

Puesto  semejante  nombre  al  autor, 
fué  consiguiente  dar  por  arábiga  la 
obra.  Si  fuese  cierto  que  los  libros  de 
Caballerías  nos  vinieron  de  los  árabes 
(que  no  falló  algún  sabio  que  lo  dijese), 
pudiera  aludir  á  ello  el  origen  que  dio 
Cervantes  á  su  fábula ;  pero  es  más 
verosímil,  atendido  su  carácter  satí- 
rico y  poco  afecto  á  la  Mancha,  que  en 
esto  quiso  ridiculizar  á  los  manchegos, 
tild.indolos  de  moriscos,  tanto  más, 
que  alguna  vez  llamó  á  Cide  Hamete 
autor  arábigo  y  manchego  [a).  De  he- 
cho abundaban  los  moriscos  en  los 
pueblos  de  la  Mancha,  especialmente 
después  que  de  resultas  del  levanta- 
miento de  los  del  reino  de  Granada 
en  los  años  de  1568  y  15b9  se  les  obligó 
á  abandonar  sus  hogares,  y  á  avecin- 
darse en  las  provincias  internas  de  la 
Península.  Y,  sin  perjuicio  de  esto, 
tiró  al  mismo  tiempo  Cervantes  á  ridi- 
culizar, remediindola,  la  superchería 
de  los  escritores  de  Caballerías,  que, 
por  lo  común,  suponían  ser  sus  libros 
traducciones  de  idiomas  extranjeros, 
entre  ellos  el  arábigo,  según  se  dijo 
en  las  notas  anteriores  de  la  Historia 
del  Caballero  de  la  Cruz. 

En  el  capitulo  II  de  esta  primera 
parte  se  habló  de  varios  autores  que 
habían  tratado  de  las  cosas  de  Don 
Quijote :  y  aquí  se  supone  que  el  mundo 
quedara  mito  y  privado  de  su  historia, 
si  el  caso  y  la  fortuna  no  hubieran 
proporcionado  el  hallazgo  de  los  carta- 


(a)  Parte  I,  cap.  XXII. 


i42  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHV 

para  disimular  el  contento  que  recebí  cuando  llegó  á  mis  oídos 
el  título  del  libro,  y  salteándosele  al  sedero,  compré  al  mucliacho 
todos  los  papeles  y  cartapacios  por  medio  real  :  que  si  él  tuviera 
discreción  y  supiera  lo  que  yo  los  deseaba,  bien  se  pudiera  pro- 
meter y  llevar  más  de  seis  reales  de  la  compra.  Apárteme  luego 
con  el  morisco  por  el  claustro  de  la  iglesia  mayor,  y  roguéle  me 
volviese  aquellos  cartapacios,  todos  los  que  trataban  de  i).  Qui- 
jote en  lengua  castellana,  sin  quitarles  ni  añadirles  nada,  ofre- 
ciéndole la  paga  que  él  quisiese.  Contentóse  con  dos  arrobas  de 
pasas'  y  dos  fanegas  de  trigo,  y  prometió  de  traducirlos  bien  y 
fielmente  y  con  mucha  brevedad ;  pero  yo,  por  facilitar  más  el 
negocio,  y  por  no  dejar  de  la  mano  tan  buen  hallazgo,  le  truje  á 
mi  casa,  donde  en  poco  más  de  mes  y  medio  la  tradujo  toda-  del 
mismo  modo  que  aquí  se  refiere.  Estaba  en  el  primero  cartapacio 
pintada  muy  al  natural  la  batalla  de  D.  Quijote  con  el  vizcaíno^, 
puestos  en  la  misma  postura  que  la  histoiia  cuenta,  levantadas  las 
espadas,  el  uno  cubierto  de  su  rodela,  el  otro  de  la  almohada,  y  la 
muía  del  vizcaíno  tan  al  vivo,  que  estaba  mostrando  ser  de  alquiler 
á  tiro  de  ballesta  '.  Tenía  á  los  pies  escrito  el  vizcaíno  un  título 
que  decía  :  D.  Sancho  de  Azpeilia,  que  sin  duda  debía  de  ser  su 
nombre,  y  á  los  pies  de  Rocinante  estaba  otro  que  decía  :  Don 
Quijote.  Estaba  Rocinante  maravillosamente  pintado,  tan  largo 
y  tendido,  tan  atenuado  y  flaco,  con  tanto  esjjinazo,  tan  hético 
confirmado,  que  mostraba  bien  al  descubierto  con  cuánta  adver- 

Eacios  de  Benengeli,  como  si  éste  hu-  biera  ser  con  cartapacios,  diciéndose 

iese  sido  el  único  cronista  de  nuestro  leer :  Los  t  adujo  todos. 

hidalgo.    Es    clara   la    inconsecuencia  3.»  Olvidóse    aquí    la   propiedad   his- 

con  que  en  el  (Jlijote  se  suele  liablar  tórica  :  Cervantes,  que  vivió  entre  mo- 

de  este  asunto:  pero  como  hemos  di-  ros  algunos  aüos,  no  podía  ignorar  que 

cho.  y  como  tendremos  que  decir  otras  los    figuras    de    hombres    y   animales 

veces.  Cervantes  nunca  volvía  á  leer  lo  edtán   prohibidas   entre   ellos,   y   que, 

que  llevaba  escrito.  por  consiguiente,  son  impropias  en  sus 

1.  Comida  muy  usada  de  los  moros,  libros,  cual  lo  era  el  de  Cide  Hauíete. 
á  cuya  costumbre  alude  aquí  Cervantes,  4.  Esto  es,  á  larga  distancia.  Otras 
zahiriendo  delicadamente  al  morisco  veces  se  dice  á  tiro  de  escopeta^  como 
de  que  se  trata.  Como  la  ley  prohibe  en  la  novela  de  la  Ilustre  i  reyona  :  á 
el  uso  del  vino  á  los  musulmanes,  se  tiro  de  escopeta  en  mil  aeñales  descu- 
desquitan  consumiendo  muchas  uvas  bría  ^Carriazoj  ser  bien  nacido,  porque 
frescas  y  pasas.  Gahriel  Alonso  de  era  generoso  y  bien  partido  con  sus 
Herrera,  en  su  libro  de  Agricultura.  camaradas.  En  la  parte  segunda  del 
hace  mención  de  la  destreza  con  que  Ocijote,  capitulo  V  :  Llegó  Sancfi"  d  su 
las  conservaban  y  curaban  los  moros  casa  tan  regocijado  y  alegre,  que  su 
granadles  (a).      •  mujer  conoció  su  alegría  d  tiro  de  ba- 

2.  Toda  quiere  concertar  con  his-  tiesta.  En  esta  primera  parte,  capi- 
toria:  pero  esta  palabra  no  se  encuen-  tulo  XXI  :  Sí  uo  te  las  rapas  (fas 
tra  en   el  periodo,  y  el  concierto   de-  barbas)  «  nw  aja  cada  dos  días  por  lo 

menos,  rí  tiro  de  escopeta  te  echará  de 
<a]  Lib.II.cap.  XIX.  ver  lo  que  eres. 


PHIMKKA     PAUTE.    CAPÍTULO    TX  143 

liMicia  y  propiedad  se  le  había  puesto  el  nombre  de  Rocinante. 
Junto  i\  ♦'!  estaba  Sancho  Panza,  que  tenía  del  cabestro  á  su  asno, 
á  los  pies  del  cual  estaba  otro  rétulo  que  decía  :  Sancho  Zancas, 
y  debía  de  ser  que  tenía,  í\  lo  que  mostraba  la  pintura,  la  barriga 
grande,  el  talle  corto  y  las  zancas  largas,  y  por  esto  se  le  debió 
de  poner  nombre  de  Panza  y  de  Zancas,  que  con  estos  dos  sobre- 
nombres* le  llama  algunas  veces  la  historia.  Otras  algunas 
menudencias  había  que  advertir,  pero  todas  son  de  poca  impor- 
tancia y  que  no  hacen  al  caso  á  la  verdadera  relación  de  la  historia, 
que  ninguna  es  mala  como  sea  verdadera.  Si  á  ésta  se  le  puede 
poner  alguna  objeción-  cerca  de  su  verdad,  no  podrá  ser  otra 
sino  haber  sido  su  autor  arábigo,  siendo  muy  propio  de  los  de 


1.  No  es  así.  En  ninguna  otra  oca- 
sión fuera  de  ésta,  se  le  da  el  sobre- 
nombre de  Zancas  á  Sancho  :  ó  se 
supuso  burlescamente  que  asi  sucedía 
en  el  original  arábigo,  y  que  por  guar- 
dar consecuencia  no  quiso  ponerse  en 
la  traducción  castellana. 

2.  No  es  constante  el  juicio  que  en 
distintas  partes  del  Ingenioso  Hidalgo 
se  forma  de  Cide  Hamete.  General- 
mente se  le  elogia ;  aquí  se  le  vitupera. 
Todo  lo  que  sigue  en  este  pasaje  sobre 
el  grado  de  crédito  que  merece  su 
historia  es  poco  oportuno.  Concluyó 
Cervantes  llamándole  perro,  dicterio 
vulgar  con  que  solían  motejarse  mu- 
tuamente moros  y  cristianos  :  lo  cual 
no  es  del  caso  ni  concuerda  con  los 
elogios  que  de  Cide  Hamete  se  hacen 
en  otros  lugares,  llamándole  sabio, 
alentado,  prudenlisimo.  celebérrimo  y 
flor  de  los  historiadores. 

En  éste  y  otros  parajes  de  sus  obras 
habla  Cervantes  de  los  moros  en  los 
términos  que  en  sn  tiempo  se  hablaba 
generalmente  en  España.  La  época  de 
esta  aversión  especial  puede  señalarse 
en  la  fundación  del  reino  de  Argel  por 
los  hermanos  Barbarrojas,  á  principios 
del  reinado  de  Carlos  V.  Durante  la 
vida  de  estos  Reyes  piratas  y  de  los 
demás  que  les  sucedieron  en  todo 
aquel  siglo,  dominri  en  Argel  el  influjo 
de  los  renegados,  raza  compuesta  de 
la  hez  de  todas  las  naciones,  cuya 
ignorancia  brutal  y  cuyas  costumbres, 
tan  crueles  como  soeces,  junto  con  el 
horrible  tráfico  de  cautivos  y  los  repe- 
tidos saqueos  de  los  pueblos  de  nues- 
tras costas  del  Mediterráneo,  habían 
excitado  en' los  españoles  el  odio  mez- 


clado de  desprecio  que  se  deja  ver  en 
los  escritos  de  Cervantes  y  de  sus  con- 
temporáneos. A  pesar  de  la  guerra  per- 
petua, no  se  les  miraba  con  tanta 
ojeriza  en  los  siglos  anteriores  á  su 
expulsión  de  la  Península.  Hoy  mismo 
se  cree  que  los  moros  andaluces  fueron 
cultos,  instruidos  y  aun  amables  :  se 
ha  tratado  y  escrito  largamente  de  su 
civilización,  de  su  literatura,  de  sus 
poetas,  de  sus  diccionarios,  de  sus 
historias,  y  de  éstas  en  términos  muy 
distintos  que  Cervantes.  El  autor  de  la 
Pluralidad  de  los  mundos  los  pintaba 
como  un  pueblo  semejante  al  que  su- 
ponía habitar  en  el  planeta  de  las  gra- 
cias y  de  los  amores,  lleno  de  fuego, 
de  ingenio,  amante  de  la  música  y  de 
la  poesía,  inventor  perpetuo  de  fiestas, 
danzas  j' torneos  (a;.  En  ello  también, 
por  su  calidad  de  españoles,  se  ha 
mezclado  el  orgullo  nacional  en  estos 
últimos  tiempos  ;  se  les  ha  considerado 
como  bienhechores  de  la  ilustración 
europea,  y  se  ha  elogiado  su  época 
como  se  pudieran  las  de  Pericles  y 
Augusto.  Yo  dejo  á  los  peritos  de  la 
lengua,  historia  y  literatura  arábigas 
el  juzgar  de  esto,  y  señalar  hasta  qué 
punto  pudieron  combinarse  la  civiliza- 
ción y  las  luces  con  el  despotismo  y  el 
Alcorán  :  y  volviendo  á  Cervantes, 
digo  que  habló  de  los  moros  con  el 
desprecio  que  merecían  las  costum- 
bres y  modo  de  vivir  de  que  había 
sido  testigo  durante  su  cautiverio  en 
Argel  désele  el  año  de  1575  hasta  el 
de  1.580. 


'n)  Noche  IV. 


144 


DON    OUIJOTE    DE    LA    MANCHA 


aquella  nación  ser  mentirosos,  aunque  por  ser  tan  nuestros  ene- 
migos*, antes  se  puede  entender  haber  quedado  falto  en  ella  que 
demasiado^;  y  así  me  parece  á  mí,  pues  cuando  pudiera  y  dehieía 
extender  la  pluma  en  las  alabanzas  d(í  lan  i)uen  cahalloro,  parece 
que  de  industiia  las  pasa  en  silencio^  :  cosa  mal  hecha  y  peor 
pensada,  habiendo  y  debiendo  ser  los  historiadores  puntuales, 
verdaderos  y  no  nada  apasionados,  y  que  ni  el  interés  ni  el  miedo  ', 
el  rancor  ni  la  afición  no  les  haga  torcer  del  camino  de  la  verdad, 
cuya  madre  es  la  historia,  émula  del  tiempo,  depósito  de  las 
acciones,  testigo  de  lo  pasado,  ejemplo  y  aviso  de  lo  presente, 
advertencia  de  lo  por  venir'.  En  ésta  sé  que  se  hallará  todo  lo 
que  se  acertare  á  desear  en  la  más  apacible;  y  si  algo  bueno  en 
ella  faltare,  para  mí  tengo  que  fué  por  culpa  del  galgo  de  su  autor  * 


1.  La  partícula  tan  debiera  acom- 
pañar á  enemigos,  diciéndose  :  por  se?" 
lan  enemigos  nuestros. 

2.  Quedar  falto  ó  corto  se  dice, 
pero  no  quedar  demasiado  ni  largo; 
quedar  y  demasiado  indican  ideas  con- 
tradictorias. 

3.  Esto  no  dice  bien  con  lo  que 
adelante  se  afirma  de  la  puntualidad 
de  Cide  Hamete  en  el  capitulo  XVI  de 
esta  primera  parte,  donde  se  lee  :  Cide 
Hamete  Benengeli  fué  historiador  muy 
curioso  y  muy  puntual  en  todas  las 
cosas;  y  éctiase  bien  de  ver,  pues  las 
que  quedan  referidas,  con  ser  tan  mí- 
nimas y  tan  rateras,  no  las  quiso  pasar 
en  silencio.  Y  el  capítulo  XL  de  la  se- 
gunda parte  empieza  así :  Real  y  verda- 
deramente todos  los  que  gusten  de  se- 
mejantes historias  como  ésta,  deben 
mostrarse  agradecidos  rí  Cide  Hamete. 
su  autor  primero,  por  la  curiosidad 
que  tuvo  en  contarnos  las  seminimas 
delta,  sin  dejar  cosa,  por  menuda  que 
fuese,  que  no  la  sacase  d  luz  distinta- 
mente. Como  de  estas  inconsecuencias 
hallaremos  en  el  Quijote. 

4.  El  orden  natural  es  al  revés :  mal 
pensada  y  peor  liecha,  porque  antes  es 
pensar  que  hacer. 

Cervantes  usó  generalmente  la  partí- 
cula de  con  el  verbo  deber  cuando  éste 
precedp  al  verbo  sustantivo  ser.  Aquí 
no  lo  hizo,  y  fué  precisamente  en  oca- 
sión que  convino  hacerlo  para  enlazar 
con  un  régimen  común  á  los  gerundios 
habiendo  y  debiendo  :  habiendo  y  de- 
hiendo  de  ser  los  liistoriadores  ptin- 
tuales.  Quizá  fué   omisión  de  la   im- 


prenta, á  cuya  causa  pueden  en  mi 
juicio  atribuirse  muchos  de  los  des- 
cuidos que  se  observan  en  el  lenguaje 
del  Quijote.  Lo  mismo  puede  discu- 
rrirse sobre  las  palabras  y  que  ni  el 
interés  ni  el  miedo,  etc.,  donde  falta 
algo  para  que  conste  la  gramática.  De- 
bió, al  parecer,  decirse  :  y  tales,  que 
niel  interés  ni  el  miedo  les  haga  torcer 
el  caniino  de  la  verdad. 

5.  Expresiones  que  recuerdan  las  de 
Cicerón  en  el  libro  II,  del  Orador  : 
Historia  testis  teniporum,  lux  veritatis, 
vita  memorise.  magistra  vitx,  nun'.ia 
vetustatis.  Cristóbal  Suárez  de  Figueroa, 
en  su  Pasajero  (a),  tradujo  así  las  pa- 
labras de  Cicerón  :  testimonio  de  los 
tiempos,  luz  de  la  verdad,  vida  de  la 
memoria,  maestra  de  la  vida  y  mensa- 
jera de  la  antigüedad.  El  pasaje  de 
Cervantes  comprende  el  mismo  con- 
cepto, y  añade  además  la  discreta  y 
profunda  idea  de  que  la  historia  de  lo 
pasado  envuelve  el  anuncio  de  lo 
luturo. 

6.  Es  tratarle  de  perro,  segi'm  la 
costumbre  de  que  se  hizo  mención 
arriba.  En  la  comedia  de  los  Parceles 
de  Murcia,  escrita  por  Lope  de  Vega, 
queriendo  unos  guardas  registrar  lo 
que  llevaba  en  una  canasta  la  esclava 
Beatriz,  le  decía  un©  de  ellos  : 

Suelta,  galpa. 

El  mismo  Cervantes,  en  el  Viaje  al  Par- 
naso, trató  también  de  galgo  al  Gran 
Turco ;  y  en  la  comedia  de  Los  Baños  de 

(a)  Alivio  11. 


•HIMKHA    P.VRTK. 


CAPITULO    IX 


ü:; 


;\nles  (|ti('   por  falla  del  siijclo.   Kii    íin ;   su   secunda  parle*,    si- 
oliendo  la  traducción,  comenzaba  desta  manera  : 

Pucslas  y  levantadas  en  alto  las  corladoras  espadas  de  los  dos 
valerosos  y  enojados  comhaiienles,  no  parcela  sino  que  estaban 
amena/ando  al  cielo,  á  la  tierra  y  al  abismo^  :  tal  era  el  denuedo 
y  continente  que  tenían.  Y  el  primei'O  que  fué  á  descarg-ai-  el 
golpe  fué  el  colérico  vizcaíno,  el  cual  fué  dado  con  tanta  fuerza  y 
tanta  furia,  que  á  no  volvérsele  la  espada  en  el  camino,  aquel  solo 
golpe  fuera  bastante  para  dar  iln  á  su  rigurosa  contienda''  y  á 
todas  las  aventuras  de  nuestro  caballero;  mas  la  buena  suerte, 
que  para  mayores  cosas  le  tenía  guardado,  torció  la  espada  de  su 
contrario,  de  modo  que  aunque  le  acertó  en  el  hombro  izquierdo, 
no  le  hizo  otro  daño  que  desarmarle  todo  aquel  lado,  llevándole 
de  camino  gran  parte  de  la  celada  con  la  mitad  de  la  oreja,  que 
todo  ello  con  espantosa  ruina  vino  al  suelo,  dejándole  muy  mal- 
trecho. ¡  Válame  Dios,  y  quién  será  aquel  que  buenamente 
pueda  contar  ahora  la  rabia  que  entró  en  el  corazón  de  nuestro 
manchego  viéndose  parar  de  a([uella  manera !  No  se  diga  más  sino 
(pie  fué  de  manera  que  se  alzó  de  nuevo  en  los  estribos,  y  apre- 
tando más  la  espada  en  las  dos  manos,  con  tal  furia  descargó  sobre 
el  vizcaíno,  acertándole  de  lleno  sobre  la  almohada  y  sobre  la 
cabeza,  que  sin  ser  parte  tan  buena  defensa,  como  si  cayera  sobre 


Argel,  un  Sncristán  llevado  cautivo  de 
España  á  Berbería,  decía  á  otro  cautivo, 
hablando  de  unos  morillos  : 

Déjeme,  pese  á  mí,  coa  estos  galgos. 

Y  luego,  volviéndose  á  ellos  : 

Escuchadme,  perritos, 
Venid,  tus,  tus,  oídme. 

[.  La  suspensión  de  la  aventura  del 
Vizcaíno,  la  pérdida  de  la  historia  y  su 
hallazgo  no  produce  el  efecto  que,  al 
parecer,  se  propuso  Cervantes.  Al  aca- 
bar la  primera  parte  de  las  cuatro  en 
que  dividió  su  libro,  quiso  probable- 
mente imitar  lo  que  suele  hacer  al  fin 
de  sus  cantos  el  Ariosto,  el  cual,  después 
de  haber  esforzado  todo  lo  posible  el 
interés,  corta  de  repente  la  narración, 
evidentemente  con  el  designio  de  irritar 
y  aumentar  la  curiosidad  de  los  lec- 
tores. El  asunto  del  Ariosto,  compuesto 
de  tantos  incidentes  inconexos  entre 
-i.  proporcionaba  frecuentes  ocasiones 


de  hacerlo,  siendo  de  todos  modos 
preciso  interrumpir  unos  asuntos  para 
pasar  á  otros;  pei'o  la  fábula  del  Qui- 
jote, como  tiene  unidad  de  argumento, 
lejos  de  dar  lugar  á  esta  clase  de  tran- 
siciones violentas,  debe  fluir  por  sí 
misma,  sin  despedazar  el  contexto  ni 
ofender  el  buen  gusto  de  los  lectores. 

2.  Bella  expresión  y  exageración 
graciosa  tratándose  de  los  combatientes 
que  acab;m  de  describirse:  el  uno  sobre 
un  flaco  y  extenuado  rocín,  cubierto 
con  una  rodela  prestada,  y  el  otro 
sobre  una  mala  muía  de  alquiler,  de 
tendiéndose  con  un  cojín  del  coche. 

3.  Mejor  :  ó  la  riqurosa  contienda, 
como  ya  se  dijo  en  otra  ocasión.  La  con- 
tienda no  era  ni  podía  ser  de  uno  solo  : 
era  de  ambos  (a). 


(«)  Atento  el  comentarista  á  ésta  y  otras 
menudencias,  no  para  mientes  en  la  belleza 
del  cuadro,  lleno  de  animación  y  vida,  que 
aquí  traza  Cervantes,  verdadero  "maestro  en 
el  arte  de  describir. 

(M.  de  T.) 


10 


litj  UU.N     yLlJOTli    Uli    LA    MANCHA 

él  una  uioiilafia,  comenzó  á  echar  sangre  por  las  narices  y  por  la 
boca  y  por  los  oídos,  y  á  dar  muestras  de  caer  de  la  muía  ahajo, 
de  donde  cayera  sin  duda  si  no  se  abrazara  con  el  cuello  :  pero 
con  todo  eso,  saco  los  pies  de  los  estribos,  y  luego  soltó  los  brazos, 
y  la  muía,  espantada  del  terrible  golpe,  dio  á  correr  por  el  campo, 
y  Á  pocos  corcovos  dio  con  su  dueño  en  tierra.  Estábaselo  con 
mucho  sosiego  mirando  D.  Quijote,  y  como  lo  vio  caer,  salló  de 
su  caballo,  y  con  mucha  ligereza  se  llegó  á  él,  y  poniéndole  la 
punta  de  la  espada  en  los  ojos ',  le  dijo  que  se  rindiese,  si  no  que 
le  cortaría  la  cabeza.  Estaba  el  vizcaíno  tan  turbado,  que  no  podía 
responder  palabra,  y  él  lo  pasara  mal  según  estaba  ciego  Don 
Quijote,  si  las  señoras  del  coche,  que  hasta  entonces  con  gran 
desmayo  habían  mirado  la  pendencia,  no  fueran  adonde  estaba,  y 
le  pidieran  con  mucho  encarecimiento  les  hiciese  tan  gran  merced 
y  favor  de  perdonar  la  vida-  á  aquel  su  escudero.  Á  lo  cual 
b.  Quijote  respondió  con  mucho  entono  y  gravedad  :  Por  cierto, 
fcrmosas  señoras,  yo  soy  muy  contento  de  hacer  lo  que  me  pedís  ; 
mas  ha  de  ser  con  una  condición,  y  concierto,  y  es  que  este  caba- 
llero me  ha  de  prometer  de  ir  al  lugar  del  Toboso^  y  presentarse 
de  mi  parte  ante  la  sin  par  Doña  Dulcinea,  para  que  ella  haga  del 
lo  que  más  fuere  de  su  voluntad.  Las  temerosas  y  desconsoladas 
señoras,    sin    entrar  en   cuenta    de   lo   que    D.    Quijote   pedía  y 


1.  Buwle  cita  ejemplos  tle  sucesos  y 
expresiones  semejantes,  tomados  de  las 
historias  de  Amadis  de  Gaula,  de  D.  Oli- 
vante de  Laura  y  de  l'ñmaleón.  En 
Palmerin  de  Inqlalerra  se  cuenta  que, 
cayemlo  Brauíarin  por  las  ancas  del 
caballo,  quedó  gran  pieza  sin  bullir  pie 
ni  mano.  Viéndole  tal  [*aluierin,  des- 
montó, y  quitándole  el  yelmo,  le  puso 
la  punta  de  la  espada  en  el  rostro, 
diciendo  :  Caballero,  rendios  en  mis 
enanos...,  si  no  muerto  sois  (a).  Fácil 
sería  arunuilar  ejemplos. 

2.  Tan  parece  errata  por  la.  En  los 
libros  de  Ciballeria  no  es  raro  haber 
dueñas  y  doncellas  espectadoras  de  los 
combates,  y  estorbar  que  pasen  ade- 
lante, ó  pedir  y  obtener  del  vencedor 
la  vida  del  vencido.  Asi  la  Reina  Iseo 
separó  á  Tristán  y  Palamedes,  que  se 
combatían  por  ella  (ó).  Flordespina  en 
Boyardo  despartió  en  medio  de  su  pelea 
á  Ferragús  y  Orlando  (c).  Yendo   Flo- 


(a)  Parte   II.    cap.    I.XIX.   —  (b)   Tristán, 
libro  I,  c;ip.  XLI.  —  (c)  Lib.  I,  canto  IV. 


rambel  de  Lucea  á  cortar  la  cabeza  á 
un  caballero  á  quien  había  derribado, 
no  lo  hizo  á  ruego  de  la  doncella  So- 
lercia, que  se  hallaba  presente  (a).  La 
Infanta  .Miraguarda  interpuso  también 
con  Palmerin  de  Inglaterra  sus  buenos 
oficios  á  favor  del  i^igante  Almourol, 
como  se  refirió  anteriormente. 

3.  Lo  mismo  había  exigido  D.  Qui- 
jote en  el  capitulo  anterior  de  la  dueña 
vizcaína  en  pago  de  haberla  librado 
del  poder  de  los  encantadores  y  nigro- 
mantes: la  ocurrencia  era  tan  graciosa 
como  propia  del  humor  de  nuestro  hi- 
dalgo. La  promesa  que  á  nombre  de  su 
escudero  hicieron  tas  temerosas  y  des- 
consoladas señoras,  sin  entrar  en  cuenta 
de  lo  que  D.  Quijote  pedia,  y  sin  pre- 
(/imtar  quién  Dulcinea  fuese,  ni  saber 
lo  que  prometían,  fué  la  que  debía  ser 
en  el  estado  de  aturdimiento  en  que  se 
hallaban  :  y  Cervantes  dio  fin  á  la 
aventura  de  un  modo  que  no  pudo  ser 
más  natural  ni  verosímil. 


(o)  Floramhel,  lib. 


cap.  XX. 


IMUMEPA    PARTli.    —    CAPÍTUI.O    IX  li7 

sin  pic^iiiiliir  (juit^n  Dulcinea  fuese,  le  prometieron  ([ue  el 
escudero  haría  lodo  aquídlo  que  de  su  parte  le  fuese  mandado. 
Pues  en  Ce  de  esa  |)a]al)ra',  }<>  no  le  liare  más  daño,  puesto  que 
me  lo  tenía  bien  merc<'ido. 


1.  Habla  aqui  D.  Quijote,  como  es  claro,  aunque  no  se  expresa. 


CAPÍTULO  X 


Dli    LOS    GRACIOSOS    RAZONAMIENTOS^    QUE    PASARON    ENTRE    D.    QUIJOTE 
Y   SANCHO    PANZA    SU    ESCUDERO. 


Ya  en  este  tiempo  se  había  levantado  Sancho  Panza  algo  mal- 
tratado de  los  mozos  de  los  frailes^,  y  había  estado  atento  á  la 
batalla  de  su  señor  D.  Quijote,  y  rogaba  á  Dios  en  su  corazón 
l'uese  servido  de  darle  vitoria,  y  que  en  ella  ganase  alguna  ínsula 
de  donde  le  hiciese  gobernador,  como  se  lo  había  prometido. 
Viendo,  pues,  ya  acabada  la  pendencia,  y  que  su  amo  volvía  á 
subir  sobre  Rocinante,  llegó  á  tenerle  el  estribo,  y  antes  que 
subiese  se  hincó  de  rodillas  delante  del,  y  asiéndole  de  la  mano, 
se  la  besó^  y  le  dijo  :  Sea  vuestra  merced  servido,  señor  Don 
Quijote  mío,  de  darme  el  gobierno  de  la  ínsula  que  en  esta  rigu- 
rosa pendencia  se  ha  ganado,  que  por  grande  que  sea,  yo  me 
siento  con  fuerzas  de  saberla  gobernar  '*  tal  y  tan  bien  como  otro 
que  haya   gobernado  ínsulas  en  el  mundo.  A  lo  cual  respondió 


1.  En  las  ediciones  primitivas  del 
Quijote  decía  el  epígrafe  de  este  capí- 
tulo :  De  lo  que  más  te  avino  d  D.  Qui- 
jote con  el  uizcaino,  y  del  pelif/ro  en 
que  se  vio  con  luia  turba  de  yangiieses; 
pero  la  aventura  del  vizcaíno  se  con- 
cluyó en  el  capitulo  anterior,  y  el  en- 
cuentro con  los  yangüeses  se  refiere 
después  en  el  capitulo  XV.  El  presente 
sólo  contiene  un  graciosísimo  coloquio 
entre  L).  Quijote  y  Sancho,  y  por  esta 
razón  la  AcadeniiaEspañola  corrigiendo 
tan  notoria  y  evidente  equivocación, 
suprimió  en  sus  ediciones  el  epígrafe 
antiguo  del  capitulo,  y  le  sustituyó  el 
que  ahora  lleva. 

2.  No  concuerda  mucho  la  blan- 
dura de  esta  expresión  con  el  capitulo 
pasado,  donde  se  contó  que  los  mozos 
dieron  con  Sancho  en  tierra,  y  sin  de- 
jarle pelo  en  las  barbas  le  molieron  á 
coces  y  le  dejaron  tendido  en  el  suelo 
sin  aliento  ni  sentido. 

3.  De  igual  á  igual,  ó  de  superior  á 


inferior  solía  darse  el  beso  de  paz  en  el 
rostro.  Hincar  la  rodilla  y  besar  la 
mano  era  demostración  de  inferioridad 
y  respeto,  de  que  hay  infinitos  ejemplos 
en  los  libros  de  Cahallerias,  señalada- 
mente en  ocasiones  de  pedir  mercedes, 
como  aquí  iba  á  hacer  Sancho.  Más 
abajo  se  cuenta  que  volvió  á  besarle  á 
su  amo  la  mano  y  la  falda  de  la  loriga. 
Esto  demostraba  mayor  respeto  y 
humildad  todavía,  como  lo  indicaba 
también  en  aquel  caballero  de  quien 
cuenta  la  historia  de  .Vmadís  de 
Gaula  [a)  que  besó  la  falda  del  arnés 
al  Doncel  del  mar,  que  le  había  ven- 
gado de  Galpano. 

4.  .Mejor  se  dijera  :  con  fuerzas  para 
ijobernarla.  mudando  el  régimen  y 
suprimiendo  el  saber,  porque  las  fuer- 
zas no  dicen  relación  al  saber,  sino  al 
gobernar. 


(a)  Cap.  VI. 


priiMKnA  p.\nTR.  —  íiapíti  i.o  x  Ií0 

D.  Quijote  :  Advertid,  heniiauo  Sancho',  que  esta  aventura  vías 
á  esta  seniejaulcs,  no  son  avenluras  de  ínsulas,  sino  de  enrruci- 
jadas,  en  las  cuales  no  se  gana  otra  cosa  que  sacar  rola  la  cabeza 
ó  una  oreja  menos  :  tened  paciencia,  que  aventuras  se  ofrecerán 
donde  no  solamente  os  pueda  hacer  gobernador,  sino  más  ade- 
lante. Agradecióselo  mucho  Sancho,  y  besándole  otra  vez  la 
mano  y  la  laida  de  la  loriga-,  le  ayudó  á  subir  sobre  Rocinante  ; 
y  él  subió  sobre  su  asno  y  comenzó  á  seguir  á  su  señor,  que  á 
paso  tirado,  sin  despedirse  ni  hablar  más  con  las  del  coche,  se 
entró  por  un  bosque  que  allí  junto  estaba.  Seguíale  Sancho  á  todo 
trote  de  su  jumento;  pero  caminaba  tanto  Rocinante,  que  viéndose 
quedar  atnis,  le  fué  forzoso  dar  voces  á  su  amo  (|ue  se  aguardase. 
ilízolo  así  D.  Quijote,  teniendo  las  riendas  á  Fiocinante  hasta  que 
llegase  su  cansado  escudero,  el  cual,  en  llegando,  le  dijo  :  Paré- 
cerne,  señor,  que  sería  acertado  irnos  á  retraer  á  alguna  iglesia, 
que  según  (juedó  maltrecho  aquel  con  quien  os  combatisteis,  no 
s<'rá  mucho  íjue  den  noticia  del  caso  á  la  santa  Hermandad  '^  y  nos 
prendan;  y  á  fe  que  si  lo  hacen,  que  primero  que  s¿dgamos  de  la 
cárcel  que   nos   ha  de   sudar  el  hopo  '.  Calla,  dijo   D.   Quijote. 


1.  D.  Oi'ijote,  todo  ufano  y  hueco 
con  el  triunfo  conseguido  sobre  D.  San- 
cho de  Azpeilia,  se  entona  aquí  y  habla 
á  lo  gran  señor. 

2.  En  ninguna  otra  parte  del  Qumote 
se  hace  mención  de  su  loriga.  Ésta  era 
armadura  interior,  sobre  la  cual  asen- 
taba el  peto  y  el  espaldar,  pendiendo 
la  falda  algún  tanto  por  fuera  <ie  la  del 
arnés.  La  loriga  era  de  hojuelas  de 
acero  sobrepuestas  unas  á  otras,  ó  de 
malla,  como  se  dice  expresamente  de 
la  del  gigante  Madarque  en  Amadís  de 
(Jaula  («I,  y  de  otros  muchos  caballeros 
en  todos  los  libros  andiintescos.  Algunas 
veces  se  armaba  también  con  lorigas  á 
los  caballos,  que  entonces  se  llamaban 
encubertados.  En  los  principios  dicen 
que  se  hicieron  de  cuero  ó  de  correas 
entretejidas,  y  que  de  aquí  se  llamaron 
lorigas,  fí  loris. 

Besar  la  falda  de  la  loriga  solía  ser 
demostración  de  respeto  mezclado  de 
cariño.  Después  de  hober  vencido  Flo- 
rambel  la  formidable  aventura  del 
Árbol  saludable,  su  escudero  Lelicio,  y 
Celesin,  escudero  de  D.  Lidiarte,  que 
estaba  allí  cerca  mal  herido,  se  vinieron 

(rt)  Cap.  LXV. 


para  Florambel  con  el  mayor  gozo  del 
mundo,  y  llorando  con  el  sobrado  pla- 
cer, se  fincaron  de  hinojos  aniel,  y  le 
besaron  la  falda  de  la  loriga  (a ¡.Cua.no o 
no  había  ó  no  se  veía  la  falda  de  la 
loriga,  se  besaba  la  del  arnés,  como  !o 
hizo  el  doncel  Durin  al  despedirse  de 
Amadís  de  Gaula  (b¡. 

3.  Tribunal  severísimo  establecido 
por  los  Keyes  católicos  D.  Fernando  y 
Doña  Isabel  el  año  de  1476  para  perse- 
guir, juzgar  y  castii;ar  los  delitos  come- 
tidos fuera  de  poblado,  y  que  subsistía, 
aunque  con  notables  variaciones,  en 
tiempo  de  Cervantes.  La  ocurrencia  de 
Sancho  sobre  tomar  iglesia,  ni  puede 
ser  más  natural  en  su  carácter  rústico 
y  medroso,  ni  más  graciosa  por  el  con- 
traste que  ofrece  con  las  fanlarronadas 
caballerescas  de  su  auio. 

4.  El  que  se  repite  cuatro  veces,  de 
las  cuales  pudieron  suprimirse  la  se- 
gunda y  la  cuarta,  y  quedaría  harto 
mejor  el  lenguaje. 

Hopo  es  nombre  que  se  da  en  especial 
á  la  peluda  y  larga  cola  de  la  zorra  : 
y  se  dice  que   le  suda    el  liopo  ai  que 

{a)  Florambel  de  Lucea,  lib.  III,  cap.  IX. 
—  (o)  Amadis  de  Gaula,  cap.  XLVI, 


150  DON    QUIJOTE    nE    I.A   MANCHA 

¿Y  dónde  lias  visio  lú  ó  leído  jamás  que  caballero  andante  haya 
yido  puesto  ante  la  justicia  ])or  más  homicidios  (pie  hubiese  come- 
tido? Yo  no  sé  nada  úe  omecillos,  respondió  Sancho,  ni  en  mi  vida 
le  calé  á  ninguno' ;  scilo  sé  ipn;  la  santa  Hermandad  tiene  que  ver 
•y.  con  los  que  pelean  en  el  campo,  y  en  esotro  no  me  entremeto.  Pues 
no  tengas  pena,  amigo,  respondió  D.  Quijote,  que  yo  te  sacaré  de 
las  manos  de  los  caldeos^,  cuanto  más  de  las  de  la  Hermandad. 
Pero  tlime  por  tu  vida,  ¿has  tú  visto  más  valeroso  caballero  que  yo 
en  todo  lo  descubierto  de  la  tierra?  ¿Has  leído  en  historias^  otro 
que  tenga  ni  haya  tenido  más  brío  en  acometer,  más  aliento  en  el 
perseverar,  más  destreza  en  el  herir,  ni  más  maña  en  el  derribar? 
La  verdad  sea,  respondió  Sancho,  que  yo  no  he  leído  ninguna 
historia  jamás,  porque  ni  sé  leer  ni  escribir;  mas  lo  que  osaré 
apostares  que  más  atrevido  amo  ([ue  vuestra  merced  yo  no  le  he 
servido  en  todos  los  días  de  mi  vida,  y  quiera  Dios  que  estos 
atrevimientos  no  se  paguen  donde  tengo  dicho.  Lo  que  le  ruego 
á  vuestra  merced  es  que  se  cure,  que  se  le  va  mucha  sangre  de 
esa  oreja,  que  aquí  traigo  hilas  y  un  poco  de  ungüento  blanco  en 
las  alforjas.  Todo  eso  fuera  bien  excusado,  resj)ondió  D.  Quijote, 
si  á  mí  se  me  acordara  de  hacer  una  redoma  del  bálsamo  de 
F'ierabrás '',  que  con  sola  una  gota  se  ahorraran  tiempo  y  medi- 


trabaja  con  afán  y  fatiga,  como  le 
sucede  á  este  animal  cuando  huye  con 
todo  su  esfuerzo  para  evitar  que  le  al- 
cancen los  perros. 

1.  Omeciilo  (a)  es  la  voz  homicidio  en 
boca  de  gente  rústica  é  ignorante,  que 
la  conservaba  todavía  entonces  desde 
que  se  introdujo  en  los  principios  del 
idioma  castellano,  set;ím  se  ve  por 
muchos  documentos  y  por  la  traduc- 
ción castellana  del  Fuero  juzgo,  orde- 
nada por  el  Rey  San  Fernando,  señala- 
damente en  el"  titulo  V  del  libro  VI, 
donde  se  halla  á  cada  paso.  —  L'na  de 
las  acepciones  del  verbo  calar  es  pro- 
curar, y  en  ésta  lo  usa  aquí  Sancho, 
manifestando  que  nunca  había  procu- 

(a)  Onecillo.  —  Supone  Hartzenbu.sch  que 
Sancho,  que  en  otro  pnsaje  del  texto,  huce 
ver  qiu"  conoce  p!  sentido  de  omeciilo  fniala 
voluntad  I  entendió  aquí,  en  vez  de  omecillos, 
gomecilloft  (liizaiillos.  guías  de  ciego)  pero 
esta  explicación  no  aclara  la  frase.  Faiece 
más  natural  la  interpretación  del  señor  Cal- 
derón (Véase  Cortejón,  tomo  I.  pág.  'Jlii)  el 
cual  tradnce  así  la  frase  :  »  Yo  no  sé  nada 
de  odio*  ni  en  mi  vida  le  he  tenido  ni  guar- 
dado á  ninguno.  »  (M.  de  T.) 


rado  á  nadie  la  muerte.  La  gente  nistica 
es  más  tenaz  de  sus  usos  y  lenguaje 
que  la  cortesana ;  y  pudieran  alegarse 
locuciones,  modismos  y  terminaciones 
usadas  en  otros  tiempos,  pero  anti- 
cuadas entre  las  personas  cultas,  que 
todavía  se  oyen  entre  los  aldeanos. 

2.  En  el  profeta  .leremias  son  fre- 
cuentes las  amenazas  de  que  Dios  entre- 
gará los  judíos  en  manos  de  los  cal- 
deos (a).  Á  esta  expresión  parece  que 
se  alude  en  el  presente  lugar. 

.3.  Nótese  la  belleza  y  redondez  de 
este  periodo,  la  exactitud  y  compasada 
gradación  de  sus  ideas,  y  la  arujonía  y 
perfección  de  su  lenguaje. 

4.  La  historia  de  este  bálsamo  se 
lee  en  la  vulgar  del  Emperador  Carlo- 
magno,  publicada  en  castellano  por 
Nicolás  de  Piamonte.  .No  puedes  nefjni\ 
decía  Fierabrás  á  Oliveros,  que  tu 
cuerpo  esté  llar/adn,  y  decirte  he  como 
sanaros  en  un  punto,  aunque  vids  lla- 
gas  tuvieses.  Llégate  á  mi   caballo  y 


(a)  Cap.  XXXII. 


fRIMKIlA    l'AItTi:. 


C.M'ITULO    X 


i:\\ 


cillas.  ¿HiH'  i'cdíMiía  y  qiK*  bálsamo  es  oso?  dijo  Suncho  Pan/a. 
Ks  \in  hiilsanio,  ros|)oii(li()  I).  (Juijolc,  de  quien  longo  la  rocela  on 
la  uKMnoria ',  con  ol  cual  no  hay  qiio  tener  temor  á  la  niutírle,  ni 
luiy  ([uo  pensar  morir  d(^  i'orida  alguna  :  y  así  cuando  yo  lo  haga 
y  le  lo  dé,  no  tienes  más  que  hacer  sino  que  cuando  vieres  que  on 
alguna  batalla  me  han  partido  por  medio  dol  cuerpo,  como  muchas 
veces   suele   acontecer-,    bonitamente    la   parte    del    cuerpo    qu(5 


fiallarás  i/os  barrilejos  alados  al  arzón 
de  la  silla,  llenos  de  bálsamo,  que  por 
fuerza  de  armas  c/ané  en  Jerusalén  :  de 
este  biUsauxo  fué  embalsamado  el  cuerpo 
de  tu  Dios  cuando  le  descendieron  de 
la  cruz  y  fué  puesto  en  el  sepulcro  :  y 
si  de  ello  bebes,  quedarás  luego  sano 
de  tus  heridas.  En  el  discurso  de  la 
batalla,  cortada  la  cadena  de  los  ba- 
rriles, cayeron  estos  al  suelo,  y  espan- 
tado con  el  ruido  el  caballo  de  Fiera- 
brás, tuvo  Oliveros  ocasión  de  apearse 
y  beber  del  bálsamo  á  su  placer,  y  luego 
se  sintió  sano,  ligero  y  dispuesto,  como 
si  nunca  hubiera  sido  herido.  Y  de  esto 
(lió  infinitas  gracias  á  Dios,  y  dijo  entre 
si  :  ningún  buen  caballero  debe  pelear 
con  esperanza  de  tales  brevajes;  y  to- 
mando entrambos  barriles,  los  echó  en 
un  caudaloso  rio  que  cerca  de  allí  pa- 
saha,  y  fueron  al  fondo  del  agua.  Y  he 
leído  en  un  libro  auténtico  de  lengua 
toscana  que  habla  de  este  Fierabrás  de 
Alejandria,  que  todos  los  días  de  San 
Juan  Evangelista  parecen  los  dos  ba- 
rriles encima  del  agua,  y  no  en  otro 
tiempo  (a).  D.  Quijote  hubo  de  averi- 
guar, no  se  sabe  por  donde,  la  receta 
del  prcioso  bálsamo,  y  siendo  menos 
escrupuloso  que  el  bueno  de  Oliveros, 
se  proponía  usarlo  cuando  le  convi- 
niese. 

La  delicadeza  de  Oliveros  recuerda  la 
de  Rugero,  que  avergonzado  de  la  vic- 
toria C[ue  había  conseguido  contra  tres 
caballeros  por  medio  de  un  escudo 
encantado,  que  á  semejonza  del  de 
Medusa  dejaba  aturdidos  á  cuantos 
fijaban  en  él  la  vista,  lo  att'i  á  una  peña 
y  lo  arrojó  á  un  pozo  (b). 

En  la  historia  de  Belianís  se  refiere 
que  el  Príncipe  Ariobárzano  llevaba 
ntado  al  arzón  de  la  silla  un  barril  pe- 
queño de  oro  de  un  preciosísimo  bál- 


(n)  Hisloria  lie  Carlomar/no.  cap.  XVII 
y  XIX.  —  (6)  Arioslo,  canto' XXII,  est.  XCI 
y  siguientes 


samo  que  curaba  de  las  heridas,  con  tal 
que  el  alma  de'  las  carnes  no  fuese 
apartada.  Bebiendo  de  este  bálsamo 
fueron  curados  de  heridas  peligrosas 
en  varias  ocasiones  Ariob.irzano,  Belia- 
nís, el  Príncipe  Perianeo,  llamado  el 
Caballero  de  las  dos  Espadas,  y  el  Em- 
perador de  Trapisonda  {a..  La  curación 
era  al  instante,  pero  alguna  vez  suce- 
dió que  los  caballeros  estaban  tan  des- 
fallecidos por  la  pérdida  de  sangre,  que 
les  convino  hacer  cama. 

Aunque  era  muy  apreciable  la  pro- 
piedad de  los  bííisamos  de  Fierabrás  y 
Ariobárzano,  todavía  lo  era  más  y  más 
cómoda  la  del  joyel  que  la  Princesa 
Policena  echó  al  cuello  á  D.  Belianís 
de  Grecia,  y  tenía  la  virtud  de  no  dejar 
desangrarse  á  quien  lo  llevaba  (6). 

1.  Mejor  dicho  estaría  :  es  un  bál- 
samo cuya  receta  tengo  en  la  memoria  ; 
porque  el  relativo  quien  se  dice  más 
comúnmente  de  las  personas  que  de 
las  cosas. 

2.  Hay,  con  efecto,  muchos  ejemplos 
de  estos  desaforados  golpes  en  los 
libros  de  Caballerías.  Amadís  de  Gre- 
cia, en  una  batalla  contra  el  Rey  de 
Francia,  hirió  de  toda  sn  fuerza  por 
cima  del  yelmo  á  un  caballero  :  y  el 
golpe  fué  tal,  que  él  y  la  cabeza  hasta, 
la  cinta  lo  hizo  en  dos  partes  (c).  El 
caballero  del  Febo,  ayudando  á  su 
hermano  Rosicler,  á  quien  habían  aco- 
metido dos  gigantes  hijos  de  Candra- 
niarte,  dio  á  uno  de  ellos  tal  revés  por 
encima  de  los  muslos,  que  dio  con  él 
hecho  dos  partes  á  los  pies  de  su  her- 
mano [d).  Reinaldos  de  Montalbán.  de 
un  revés  con  su  espada  Fusberta.  par- 
tía ;i  un  hombre  por  medio,  según  se 
refiere,  y  no  una  vez  sola,  en  la  histo- 
ria de  Morgante  (e).  De  Rugero  cantaba 

[a]  Lib.  II.  cap.  XXVII,  XXVIII,  XXXY  v 
XXXVII.  —  {Jn  flelianis,  lib.  II,  cap.  JX.  — 
(c)  Amadis  de  Crecía,  parto  I.  cap.  LXVIIT. 
—  [d)  Euppjo  de  PrinrAppfs,  parte  I.  lib.  I, 
cap.  XLIII.  —  (fi)  Lib.  I,  cap.  XIX  y  LXVI 


lo2  nON    QI'IJOTE    DE    LA    MANCHA 

hubiere  caído  en  el  suelo,  y  con  mucha  solileza  anles  que  la 
sangre  se  hiele,  la  j)on(Jrás  sobre  la  olra  inilad  ({ue  quedare  en  la 
silla  advirliendo  de  cncajalla  igualmente  y  al  justo'  :  luego  me. 
darí'ts  á  beber  solos  dos  tragos  del  bálsamo  que  he  dicho,  y 
verásme   quedar   más   sano   que  una  nianzana  -,  Si  eso  hay,  dijo 


Ariosto  (a)   que,   con  su   espada    Bali- 
sarda, 

Gil  elini  taf/liaba  e  le  corazze  f/rosse, 
E  (jli  unmini  feíidca  jin  sul  cavnllo ; 
E  qli  nuuiilava  in  ptn  te  ui/unle  al  prato 
Tniilü  Unir  un,  qwtnto  lUilV  allro  lulo. 

Otros  libros  que  no  son  de  Caballerías 
cuentan  casos  semejantes.  Plutarco,  en 
la  Vida  de  Pirro,  Rey  de  los  Epirotas, 
relieve  que  este  Principe,  provocado 
por  uno  del  ejército  de  los  INlamerlinos, 
de  grande  estatura  gigante  se  le  hu- 
biera llamado  en  las  crónicas  caballe- 
rescas], le  dividió  el  cuerpo  de  una 
cuchillada  desde  la  cabeza  abajo, 
cayendo  á  cada  lado  sn  parte. 

Lo  que  hizo  verticahiiente  Pirro,  lo 
hizo  horizontalmente  el  Cid  Kui  Díaz 
de  Vivar.  Cuenta  su  poema  que  en  la 
batalla  de  .\lcocer,  habiendo  los  moros 
muerto  el  caballo  fi  Alvar  F;íñez  (6), 

Violo  mío  Cid  Rui  Díaz  el  castellano  : 
Acostos'  á  un  alguacil,  que  tenie  buen  ca- 

[ballo  : 
Diol'  tal  espadada  con  el  so  diestro  brazo, 
Cortol'  por  la  cintura,  el  medio  echó  en  el 

[campo  : 
Á  Minaya  Alvar  Fánez  ibal'  dar  el  caballo. 

El  libro  de  la  Gran  conquista  de  Ul- 
tramar, traducido  de  la  historia  latina 
de  Guillermo,  Arzobispo  de  Tiro,  ha- 
blando del  cerco  de  Antioquía  por  los 
Cruzados  (c),  cuenta  que  Godolre  de 
Bullón  peleaba  en  una  puente  contra 
los  sitiados,  que  habían  hecho  una 
salida,  y  dio  tan  gran  golpe  ü  un 
inoro  que  le  aquejaba  más  que  todos 
los  olviis,  sobre  la  loriga  que  traía  ves- 
tida, one  le  travesó  por  la  cinta  bien 
cabe  los  arzones  de  la  silla ;  asi  que  la 
cabeza  con  los  brazos  é  los  pechos  hasta 
en  la  cinta  cayó  sobre  la  puente,  é  las 
piernas  con  muy  poco  de  lo  otro  que- 
daron sobre  la  silla.  Y  no  fué  esta  re- 
lación de  las  que  algunas  veces  anadia 
la  traducción  á  la  historia  original  del 


(a)  Canto  20,  estr.  21.  —  (¿)   Vers.  75G  y 
siguientes.  —  (c)  Lib.  II,  cap.  LVIII. 


Arzobispo  de  Tiro,  porque  éste,  refi- 
riendo el  mismo  suceso  (a,,  dice  de 
Godüfre  :  Unum  de  hostibus  protinus 
instanlem,  lorien  indulum,  per  médium 
divisil,  ila  ut  pars  ab  nmbilico  superior 
ad  terram  deciderel,  reliqua  parte  su- 
per  pquum,  cui  insedil,  intra  urhem 
introducía.  Obstupuil  populusvisa  facti 
novitate.  Después  de  esto,  no  debe 
parecer  mucho  lo  que  el  mismo  Giii- 
llerinf)  cuenta  de  Godofre.  ;í  saber  :  que 
cortaba  de  un  golpe  con  facilidad  (diga- 
mos como  si  fuera  de  alfeñique)  el 
cuello  de  un  camello  grandísimo,  con 
admiración  del  jeque  árabe  que  lo 
presenciaba  (/;).  Lo  mismo  hacia  en 
tiempos  posteriores  con  el  cuello  de 
un  toro  D.  Gómez  de  Figueroa,  caba- 
llero de  Córdoba,  señor  del  Encinar, 
de  quien  escribe  su  paisano  D.  Luis 
Bañuelos  que  así  lo  ejecutó,  y  no  una 
vez  sola,  en  los  festejos  celebrados  por 
la  ciudad  de  Sevilla  con  motivo  de  los 
casamientos  del  Rey  D.  Felipe  II  (c). 

1.  En  las  ediciones  anteriores  se 
leia  encajallo :  era  evidentemente  error 
de  la  imprenta.  —  Al  justo  (x)  me 
parece  italianismo,  y  no  será  el  único 
que  se  encuentre  en  el  Quijote.  Por  lo 
demás,  la  idea  no  puede  ser  más  fes- 
tiva, ni  mayor  la  gracia  con  que  se 
expresa. 

2  Comparación  de  uso  común,  á 
pesar  de  las  numerosas  excepciones 
que  suelen  ofrecer  las  manzanas. 


(a)  Lib.  V, 
cap.  XXII.  - 
nela. 


cap.    VI.     —    (6)     Lib.    IX. 
(c)  Lió.  manuscrito  de  la  Ji- 


(«)  Al  justo.  —  Si  es  italiano  (cosa  por  lo 
menos  dudosa,  pues  tenemos  en  castellano  : 
al  igual,  al  pronto,  etc.)  no  fué  Cervantes  el 
único  en  usarlo.  Uecuérdese  el  epigrama  de 
Lope  de  Vega  : 


Setenta  años  vi  el  sereno 
Cielo,  g-océlos  al  justo. 
Los  cuarenta   por  mi   g-u-sto, 
Los   Ir^'inla  por  el  ajeuo. 

(M.  de  T.j 


pniMKHA  r.\im;. 


f:Ai'íiui.o  X  l'V.l 

Pau/.ii,  u)  renuncio  desde  {i(|uí  el  gobierno  de  la  pronicüda  ínsula, 
y  no  (|uiero  otra  cosa  en  pago  de  mis  muchos  y  buenos  servicios*, 
sino  (|ue  vuestra  niercetl  me  ú{\  la  receta  de  ese  extremado  licor, 
(|ue  para  nii  lengc»  (pu'  valdrá  la  on/.a  adonde  quiera  más  de  á  dos 
reales,  y  no  he  menestei"  yo  nías  para  pasar  esta  vida  honrada  y 
descansadamente  ;  pero  es  de  saber  ahora  si  tiene  mucha  costa  el 
hacelle.  Con  menos  de  tres  reales  se  pueden  hacer  tres  azumbres, 
respondió  D.  Ouijote.  ¡  Pecador  de  mí^!  replicó  Sancho,  ^, pues 
á  ciué  aguarda  vuestra  merced  á  hacelle  y  á  enseñármele  ?  Calla, 
amigo,  respondi(')  D.  Ouijote,  que  mayores  secretos  pienso  ense- 
ñarte y  mayores  mercedes  liacerte  ;  y  por  ahora  curémonos,  que  la 
oreja  me  duele  más  de  lo  que  yo  quisiera. 

Sacó  Sancho  de  las  alforjas  hilas  y  ungüento  :  mas  cuando 
D.  Ouijote  llegó  ¿ver  rota  su  celada,  pensó  perder  el  juicio,  y 
puesta  la  mano  en  la  espada^  y  alzando  los  ojos  al  cielo,  dijo  :  Yo 
hago  juramento  al  Criador  de  todas  las  cosas  y  á  los  santos  cuatro 
evangelios,  donde  más  largamente  están  escritos'',  de  hacer  la 
vida  que  hizo  el  grande  marqués  de  Mantua  cuando  juró  de  vengar 
la  muerte  de  su  sobrino  Baldovinos,  que  fué  de  no  comer  pan  á 
manteles  "*,  ni  con  su  mujer  l'olgar,  y  otras  cosas  que,  aunque  de- 


1.  Tan  gracioso  es  y  tanto  divierte 
oir  á  Sancho  hablar  de  sus  muchos  y 
buenos  servicios  á  los  dos  días  no  ca- 
bales de  servir  á  su  amo,  coaio  á  éste 
de  sus  famosos  hechos  y  hazañas  el 
día  primero  de  su  carrera  caballeresca, 
según  se  reíiriú  en  el  capitulo  11. 

2.  Interjección  de  que  usó  en  el 
capítulo  V  Pedro  Alonso,  el  labrador 
vecino  de  I).  Quijote,  cuando  le  con- 
ducía á  su  casa  molido  de  los  palos 
que  le  dio  el  mozo  de  los  mercaderes. 
Denota  sentimientos  de  incomodidad  é 
impaciencia  en  quien  habla. 

3.  Actitud  enfática  de  juramento, 
como  ofreciendo  mantenerlo  con  la 
espada,  al  modo  que  otras  veces  se 
jura  llevando  la  mano  al  pecho,  en 
demostración  de  que  el  juramento  es 
de  corazón  y  sincero.  Otras  veces  jura- 
ban los  caballeros  por  su  espada,  ó  por 
la  cruz  de  su  espada,  y  en  esto  hay 
ejemplos  no  sólo  en  las  historias  caba- 
llerescas, sino  también  en  las  verda- 
deras. 

4.  Fórmula  de  hechura  forense, 
propia  de  quien  no  pudiendo  ó  no 
queriendo  detenerse  mucho,  se  refiere 
á  otro  documento,  donde  se  explica 
más  por  extenso  lo  que  indica. 


5.  Comer  sin  mantel  en  la  mesa  era 
señal  ^e  luto  y  de  duelo,  como  de 
quien  come  sin  buscar  el  placer  ni  el 
aseo,  sino  únicamente  por  la  necesi- 
dad de  mantener  la  vida.  Creo  que  de 
esta  costumbre  no  quede  resto  al;¿uno, 
sino  el  Viernes  Santo  entre  frailes  y 
monjas. 

El  romance  del  Marqués  de  Mantua, 
después  de  contar  que  éste  halló  en  la 
floresta  ;i  su  sobrino  Baldovinos,  he- 
rido alevosamente  por  D.  Carloto,  y 
que  lo  llevó  á  una  ermita  con  ayuda 
del  ermitaño  que  le  asistió  en  su 
muerte,  sigue  así  : 

De  que  allá  hubieron  llegado, 
van  el  cuerpo  desarmare  : 
quince  lanz:idas  tenía, 
cada  una  era  moríale, 
que  de  la  menor  de  todas 
ninguno  podría  escapare. 
Cuando  así  lo  vio  el  Marqués, 
traspasóse  de  pesare  : 
á  cabo  de  una  gran  pieza 
un  gran  sospiro  fué  á  daré. 
B;ntró  dentro  en  la  capilla, 
de  rodillas  se  fué  á  hincare; 
puso  la  mano  en  un  ara 
que  estaba  sobre  el  altare, 
á  los  pies  de  un  Crucifijo 
jurando  empezó  de  hablare: 
juro  por  Dios  poderoso, 


154 


nOX    Qtl.IOTE    DE    LA    MANCHA 


Has  no  me  acuonlojiís  doy  ac|uí  por  expresadas,  hasta  tomar  entera 
venganza  del  que  tal  desaguisado  me  tizo.  Oyendo  esto  Sancho,  le 


pul-  Snnta  Maií:i''su  madre, 
y  al  Santo  Sacniuiento 
(lue  aquí  siielen  celebrare, 
ae  nunca  peinar  mis  canas, 
ni  Jas  mis  barbas  tocare, 
de  no  vestir  otra»  ropas, 
ni  renovar  mi  calzare, 
de  no  entrar  en  ¡loblado, 
ni  las  armas  me  quitare 
sino  fuere  por  una  hora 
para  mi  cuerpo  alimpiare, 
de  no  comer  en  manteles 
ni  H  mesa  me  asentare, 
hasta  matar  á  Cailoto 
por  justicia,  ó  peleare, 
ó  morir  en  la  demanda 
manteniendo  la  verdade ; 
y  si  justicia  me  niegan 
sobre  esta  tan  gran  maldade, 
de  con  mi  estado  y  persona 
contra  Francia  guerreare, 
y  manteniendo  la  guerra 
inorir  ó  vencer  sin  pare. 
Y  por  este  juramento 
promelo  de  no  enterrare 
el  cuerpo  de  Baldovinos 
hasta  su  muerte  vengare. 
De  que  aquesto  hubo  jurado, 
mostró  lio  sentir  pesare. 

Lo  de  nbantlonar  el  cuidado  del  ca- 
bello en  los  grandes  pesares  es  cosa 
muy  antigua  en  el  mundo,  y  ya  lo  hizo 
Julio  César  en  una  derrola  de  los  suyos, 
dejándose  crecer  la  harba  y  el  cabello 
hasta  que  hubo  tomado  venganza  (a). 
Y  lo  mismo  cuenta  del  Cid  Campeador 
su  poema,  como  demostración  de  su 
sentimiento  por  haberle  desterrado  el 
Rey  D.  Alfonso  : 

Ya  le  crece  la  barba,  é  vale  allongando. 
Dijo  mío  Cid  de  la  su  boca  á  tanto  : 
Por  amor  del  Uey  Alfonso,  que  de  tierra  me 
[ha  echado, 
N'in  entrarle  en  ella  tijera,  ni  un  pelo  non 
[habríe  lirado  : 
E  que  fablasen  desto  moros  é  cristianos  (6). 

Otro  juramento  semejante  al  del  Mar- 
qués de  Mantua,  se  lee  en  un  romance 
viejo  de  Montesinos  : 

Oliveros  que  esto  oyera 
en  la  espada  puso  maño  : 
Montesinos  no  tiene  armas, 
descendióse  del  palacio; 
los  ojos  puestos  al  cielo, 
juramentos  iba  echando 
de  nunca  vestir  loriga 

(n)  Suetonio  en  su  vida,  cap.  l.XVII.  — 
6)  Vers.  1247  y  siguientes. 


ni  cabalgar  en  caballo, 
ni  comer  pan  en  manteles, 
ni  nunca  entrar  en  |)Oblado, 
y  de  no  rapar  sus  barbas 
iii  de  oir  misa  en  sagradlo: 
ni  llamarse  MontesÍDo.s, 
hijo  del  Conde  Grimallos, 
hasta  que  vengue  la  mengua 
(]ue  Oliveros  le  ha  dado. 

fichanse  menos,  en  el  romance  del  Mar- 
qués de  Mantua  algunas  de  las  muestras 
(le  luto  que.  según  D.  Quijote,  se  pii>- 
ponía  dar  el  .Marqués,  y  esto  nació  de 
que  Cervantes,  que  citaba  siempre  de 
memoria,  confundii'i  el  romance  del 
Marqués  de  .Mantua  con  otro  del  Cid, 
en  el  cual,  quejándose  de  él  Doña  .li- 
meña, decía  enojada  al  Rey  de  Castilla: 

Rey  que  non  face  justicia 
non  debiera  de  reinare, 
ni  cabalgar  en  caballo, 
ni  con  la  Reina  folgare, 
ni  comer  pan  á  manteles, 
ni  menos  armas  armare. 
El  Rey  cuando  aquesto  oyera. 
Comenzara  de  pensare. 

Así  se  lee  en  el  romancero  del  Cid  (a), 
y  con  alguna  variedad  en  el  Cancionero 
de  Amberes  del  año  l.oo.o.  Cervantes, 
con  su  distraccii')n  ordinaria,  confundió 
los  romances  del  Marqués  y  del  Cid,  y 
de  los  dos  hizo  imo. 

Algo  hay  parecido  á  esto  en  otro 
romance  del  Conde  Dirlos.  inserto  en 
el  citado  Cancionero  de  Amberes.  Dice 
en  él  Reinaldos  de  Montalbán  : 

;  Oh  esforzado  Conde  d'Irlos  ! 
vuestra  venida  me  j)lace  : 
aunque  agora  vuestros  pleitos 
mejor  se  jiodrán  librare, 
mas  si  yo  fuera  creído, 
antes  sé  habían  de  acabare; 
ó  no  me  hallárades  vivo 
ó  á  ese  paladín  Roklane. 
El  Conde  desque  e>to  oyera, 
grandes  mercedes  le  hace 
diciendo:  jura  be  hecho 
sobre  un  libro  niisale 
jamás  me  quitar  las  armas, 
ni  con  la  f^ondesa  holgare, 
hasta  que  haya  cumplido 
toda  la  mi  vdluntade. 

Fs  de  saber  que  los  estatutos  de  le 
orden  de  la  Banda,  entre  otras  preven- 
ciones hechas  al  que  fuere  individuo  da 

la)  Romance  Vil. 


PRIMERA    partí:. 


CAI'ITUrO    X 


ir.: 


(lijo  :  Advicrhi  vuestra  lucrci'tl,  señor  D.  Oiiijolo,  (|iio  .si  el  eahallero 
cuinplió  lo  (jiie  se  le  <l(*jó  onleiiado,  de  irse  á  presentar  ante  m¡ 
señora  Dulcinea  del  Toboso,  ya  habrá  cumplido  con  lo  que  debía, 
y  no  merece  otra  pena,  si  no  comete  nuevo  delito.  Ha.s  hablado  y 
apuntado  muy  bien,  respondió  D.  Ouijoto,  y  asi  anulo  el  jura- 
mento en  cuanto  lo  (pie  toca  á  tomar  (h'l  nueva  venganza  ;  pero 
llagóle  y  confirmóle  de  nuevo  de  hacer  la  vida  que  he  dicho,  hasta 
tanto  (pie  (¡uite  por  tuerza  otra  celada  tal  y  tan  buena  como  ésta  á 
algi'in  caballero.  Y  no  pienses,  Sancho,  que  así  á  humo  de  pajas  ' 
hai>,o  esto,  que  bien  tengo  á  quién  imitar  en  ello 2,  que  esto  mismo 
pasó  al  pie  de  la  letra  sobre  el  yelmo  de  Mambrino,  que  tan  caro  le 
costó  á  Sacripante  •^  Que  dé  al  diablo  vuestra  merced  tales  jura- 
mentos, señor  mío,  replicó  Sancho,  que  son  muy  en  daño  de  la 
salud  y  muy  en  perjuicio  de  la  conciencia  ;  si  no,  dígame  ahora  ;  si 
acaso  en  muchos  días  no  topamos  hombre  armado  con  celada 
¿  qué  hemos  de  hacer  ?¿  Hase  de  cumplir  el  juramento  á  despecho 


ella,  decían  :  otrosí  debe  guardarse  de 
non  comer  niiir/iuia  vianda  sin  man- 
teles, salvo  si  fuere  letuario  á  fruta, 
ó  andando  d  caza  ó  en  menester  de 
guerra  [a).  El  objeto  de  esta  preven- 
ción y  otras  que  contienen  aquellos 
estatutos,  era  que  los  caballeros  vivie- 
sen con  decoro,  evitando  las  maneras 
y  usanzas  plebeyas  y  de  gente  rústica. 

1.  A  humo  de  pajas  vale  con  lige- 
reza, sin  fundamento.  En  el  mismo 
sentido  se  dice  á  lumbre  de  pajas  en  la 
tragi-coniedia  de  la  Celestina  [b).  Lo  uno 
y  lo  otro  indica  con  propiedad  la  poca 
solidez  y  consistencia  de  una  cosa. 

2.  Dos  ejemplos  ofrece  el  Orlando 
Furioso  de  Ariosto.  El  primero  es  el  de 
Ferragús,  el  cual,  habiéndosele  caído 
el  yelmo  en  im  rio.  jur('i  no  llevar  otro 
hasta  que  quitase  ;í  Rold;ín  el  que  éste 
había  quitado  á  .\lmonte,  y  mantuvo 
su  juramento  hasta  que,  después  de 
haber  peleado  con  Roldan,  sobre  el 
yelmo,  lo  adquirió  por  la  casualidad 
que  se  refiere  en  el  canto  12.  El  segundo 
ejemplo  es  el  de  Mandricardo  :  llevaba 
éste  las  armas  que  en  lo  antiguo  fueron 
del  troyano  Héctor,  y  faltándole  sólo 
para  la  armadura  completa  la  espada 
Durindana,  que  tenía  en  su  poder 
Roldan,  decía  en  el  canto  23  (c)  : 

[a]  Doctrinal  de  Caballeros,  lib.  III,  lít.  V. 
—  {//)  Acto  XII.  —  íc)  Esl.  :.S. 


Ha  sacramento  di  non  cinger  spada 
Fin  cli  io  non  toU/o  Durindana  al  Conté. 

Y  consiguiente  á  este  juramento 
peleó  con  Roldan  sin  espada,  sólo  con 
la  lanza;  Roldan  no  quiso  pelear  con 
ventaja  y  colgó  su  espada  de  un  árbol : 
rotas  las  lanzas,  pelearon  con  sus  trozos 
á  garrotazos. 

3.  Empieza  aquí  A  prepararse  la 
aventura  de  la  vacía  (a)  del  barbero  que 
se  referirá  al  capitulo  XXI,  y  nos  ha  de 
proporcionar  eotonces  y  después  mu- 
chos ratos  de  gusto  y  de  risa.  Allí  se 
dará  noticia  circunstanciada  del  yelmo 
de  Mambrino,  que  hace  un  papel  im- 
portante en  el  Orlando:  pero  entretanto 
es  de  advertir  que,  ó  D.  Quijote  por 
loco,  ó  Cervantes  por  distraído,  atri- 
buyeron malamente  á  este  yelmo  la 
desgracia  de  Sacripante.  El  desgra- 
ciado, segi^m  cuenta  Ariosto  (a),  fué 
Dardinel  de  Almonte.  que  murió  pele- 
ando con  Reinaldos  de  .Montalbán,  á 
quien  había  dado  inútilmente  en  el 
yelmo  que  llevaba  y  había  ganado  al 
Rey  Mambrino. 

(a)  Cant.  18,  est.  1.31  y  siguientes. 


(a)  Varia.  —  No  tiene  nada  que  ver  con 
vaciar  ni  con  vacío.  Debe  escribirse  hacia, 
pues  viene  de  una  palabra  griega,  que  tam- 
iiién  debe  haber  dado  origen  á  batea. 

í.\I.  de  T.) 


lo6  noN  QiiJOTí:  de  l\  manci'a 

(le  laníos  inconvenientes  é  incomodidades  como  será  el  dormir  ves- 
tido y  el  no  dormir  en  poblado^  y  otras  mil  penitencias  que  con- 
tenía el  juramento  de  aquel  loco  viejo  del  marqu('s  de  Mantua,  que 
vuestra  merced  quiere  revalidar  ahora?  Mire  vuesti'a  merced  bien, 
que  por  todos  estos  caminos  no  andan  hombres  armados,  sino 
arrieros  y  carreteros,  que  no  sólo  no  traen  celadas,  pero  quizá  no 
las  han  oído  nombrar  en  todos  los  días  de  su  vida.  Engañaste  en 
eso,  dijo  D.  Quijote,  porque  no  habremos  estado  dos  horas  por 
estas  encrucijadas,  cuando  veamos  más  armados  que  los  que  vi- 
nieron sobre  Albraca  -  á  la  conquista  de   Angélica  la  bella.  Altn. 


1.  El  juramento  del  Marqués  de 
Mantua  decia  m;is.  que  era  :  7io  entrar 
en  pablado:  lo  cual  demoslraha  pena  y 
quebraiilü,  como  cuiudo  Leamlio  el 
lie!,  hijo  del  Kiiipeíador  Lepolciiio.  de 
resultas  de  ún  desden  de  su  señora 
Cupidea,  cauíinaba  huyendo  de  ir  á  la 
corte  deCünstantiuopla;/it  tnenus quería 
entrar  en  poblado,  porque  iba  ajeno 
de  toda  alegría  (a¡.  Por  lo  demás,  poca 
penitencia  era  para  D.  Quijote  no  pasar 
la  noche  en  pohlado,  puesto  que  lejos 
de  darle  pesadumbre,  le  servia  de  con- 
tento dormirla  al  cielo  descubierto  por 
parecerle  que  cada  vez  que  esto  le 
sucedía  era  prueba  y  acto  posesivo  de  su 
profesión,  como  se  dice  al  fin  del  capi- 
tulo. Esta  inclinaciún,  tan  natural  en  el 
carácter  de  D.  Quijote,  era  también 
cómoda  para  su  coronista,  porque 
andando  su  héroe  por  yermos,  bosques 
ó  ventas,  se  evitaban  las  dificultades 
que  hubiera  tenido  la  composición  de 
los  sucesos  en  las  poblaciones,  donde  la 
acción  de  la  autoridad  los  hubiera 
hechii  inverosímiles  ó  imposibles. 

De  un  juramento  semejante,  aunque 
con  ocasión  menos  triste,  se  da  noticia 
en  la  historia  de  Tirante  el  Blanco  l>). 
W  ir  á  dc^sembarcar  se  cayó  en  el  afíua 
por  una  burla  que  dispusieron  Carme- 
sina,  su  madre  la  Emperatriz  y  sus  da- 
mas :  saliendo  á  la  orilla  y  apercibién- 
dose de  la  burla  (a),  juró  "á  Dios  y  á  su 

(o)  Caballero  de  la  Cruz,  lib.  II,  cap.  XXXI. 
—  (¿)  Pan.  III. 

(a)  Apercibiéndose  de.  —  Este  grosero  gali- 
cismo, tan  contrario  á  la  ínclo.e  de  nuestra 
lengua,  en  boca  de  un  crítico,  individuo  de 
la  Academia  y  que  tan  á  lo  menudo  y  con 
tanto  rif?or  censura  los  descuidos  (á  veces 
supuestos)  de  Cervantes,  bien  merecía  la 
pena  de  aue  hablaba  el  cura. 
^  (M.  de  T.) 


señora  no  dormir  en  cama  ni  ponerse 
camisa  hasta  que  hubiese  muerto  ó 
cautivado  á  Key  ó  hijo  de  Rey.  Uno  de 
los  caballeros  de  su  comitiva  quiso 
imitarle,  y  prometit'i  á  Dios  no  volver 
á  su  patria  sin  ser  vencedor  en  batalla 
donde  hubiese  cuarenta  mil  infieles,  bii 
pnmo  Diol'ebo  hizo  voto  á  Dios  y  á  la 
dama  de  quien  era  esclavo,  de  llevar 
barba  y  no  comer  sentado  sin  haber 
ganado  antes  la  bandera  roja  del  soldán 
de  Babilonia.  Finalmente,  Hipólito, 
escudero  de  Tirante,  juró  no  probar  pan 
ni  sal,  no  comer  sino  de  rodillas  j^  no 
dormir  en  cama,  hasta  que  matase  por 
su  mano  treinta  paganos. 

2.  Albraca,  castillo  fortisimo  en  las 
partes  remotas  del  Asia,  en  el  imperio 
del  Cütai,  donde  mandaba  Galafrón, 
padre  de  AUfíflica  la  Bella.  La  relación 
de  esto  se  encuentra  en  el  libro  I  del 
Orlando  enamorado,  poema  escrito  por 
el  Conde  Mateo  Boyardo,  y  traducido, 
como  ya  se  dijo,  en  verso  castellano  por 
Francisco  Garrido  de  Villena.  El  aral- 
ilo  describe  allí  {a)  á  Astolfo  los  Reyes 
y  naciones  que  componían  el  ejército 
(le  Agricán,  lUy  de  Tartaria,  á  quien 
se  da  el  pomposo  titulo  de  Re;/  de 
Reyes,  y  la  ocasión  de  haberse  juntado, 
que  era  el  intento  de  apoderarse  de  la 
persona  de  Angélica.  Refiere  que  su 
padre  se  excusó  con  los  cpae  se  la 
pedían,  diciendo  que  su  hija  se  había 
encerrado  contra  su  mandado  en  la  roca 
de  Albraca.  En  el  canto  i.5  se  expresa 
que  el  ejército  ocupaba  un  espacio  de 
cuatro  leíTuas,  y  constaba  de  dos 
millones  de  soldados  :  en  el  canto  10  se 
había  dicho  que  eran  veinte  y  dos  cen- 
tenares de  anillares, que  son  más  toda- 

(a)  Cant.  10. 


pniMi;i{\  i'AUTK. 


capÍtli.o  \ 


VM 


ptios  ;  sen  íis<i,  (^lijo  Suncho;  y  á  Dios  prazga^  que  nos  succíhi  hicn, 
y  que  se  llegue  ya  el  tiempo  de  ganar  esa  ínsula  (jue  tan  cara  me 
cuesta  ^,  y  muérame  yo  luego.  Ya  te  he  dicho,  Sancho,  que  no  te 
iU"  eso  cuidado  alguno, que  cuando  faltare  ínsula,  ahí  está  el  reino 
tic  Dinamarca  ó  el  de  Sobradisa  •*,  (pie  te  vcndi'án  como  anillo  al 
dedo,  y  más  que,  por  ser  en  tierra  firme;,  te  debes  m;is  alegrar. 
Pero  dejemos  esto  para  su  tiempo,  y  mira  si  traes  algo  en  esas 
alforjas  (jue  comamos,  porque  vamos  luego  en  busca  de  algún  cas- 
tillo donde  alojemos  esta  noche,  y  hagamos  el  bálsamo  que  te  he 
dicho,  porque  yo  te  voto  á  Dios  que  me  va  doliendo  mucho  la  oreja. 
Atpii  (rayo  '  una  cebolla  y  un  poco  de  queso  y  no  sé  cuantos  men- 
drugos de  pan,  dijo  Sancho  ;  pero  no  son  manjares  que  pertenecen 
á  tan  valiente  caballero  ''  como  vuestra  merced.  ¡  Qué  mal  lo  en- 


vía. Calai  era  el  nombre  con  que  en  la 
Edad  Media  se  designaba  la  China, 
cuando  aun  no  se  tenían  en  Europa 
más  que  ideas  confusas  y  vagas  de 
aquella  región. 

1.  Asi  diría  en  tiempo  de  Cervantes 
la  gente  rústica  en  lugar  del  pler/a  á 
Dios,  que  usaba  y  usa  ía  gente  culta. 

2.  Dos  días  llevaba  Sancho  de  servir 
á  su  amo,  y  ya  ponderaba  lo  uiucho 
que  le  costaba  conseguir  el  premio  de 
sus  servicios.  Esta  impaciencia  de 
nuestro  escudero  pinta  al  vivo  su  co- 
dicia de  un  modo  propio  de  la  origi- 
nalidad festiva  del  fabulista. 

3.  Reinos  de  que  se  hace  mención 
varias  veces  en  la  historia  de  Amadís 
de  Gaula.  Su  hermano,  D.  Galaor,  llegó 
;i  ser  Rey  de  Sobradisa  por  su  casa- 
miento con  la  hermosa  tíriolanja.  El 
nombre  de  Sobradisa  tiene  un  aspecto 
de  burlesco,  y  viene  tan  al  propósito  de 
lo  que  intenta  persuadir  D.  Quijote,  que 
á  algunos  lectores  que  no  tenían  noticia 
anterior  de  él  por  la  lectura  del /lm«f/?s, 
les  ha  ocurrido  que  era  de  la  invención 
de  Cervantes.  Pero  si  no  tuvo  el  mé- 
rito de  la  invención,  no  puede  negár- 
sele el  de  la  oportunidad. 

4.  Por  traif/o,  como  ahora  decimos. 
Es  voz  antigua,  pero  rústica  en  la  actua- 
lidad, por  haberse  coriservndo,  como 
otras,  sólo  entre  los  aldennos.  El 
Obispo  D.  Jerónimo  manifestaba  al  Cid 
que  deseaba  salir  de  Valencia  á  pelear 
con  los  moros,  y  le  decía  : 

Por  eso  salí  de  mi  tierra,  é  vin  vos  buscar 
Por  saber  que  había  de  algún  moro  matar... 


Pendón  trayo  é  corzas  é  armas  de  señal. 
Si  pluguiese  á  Dios,  querríalas  ensayar  (a). 

La  verdad  es  que  la  formación  de 
¿rayo  de  su  raíz  traer,  es  más  regular 
que  la  de  traigo,  que  ha  preferido  el 
uso.  Y  lo  mismo  sucede  con  el  oigo, 
que  se  deriva  de  oir,  en  lugar  de  ogo, 
que  se  lee  en  el  acto  1  de  la  Celestina, 
donde  hablando  ésta  con  Parmeno,  le 
dice :  no  sólo  lo  que  veo,  oyó  y  conozco, 
mas  aún  lo  intrínseco  con  los  intelec- 
tuales ojos  conozco. 

5.  Sancho,  sin  saberlo,  hablaba  aquí 
conforme  á  la  máxima  que  se  lee  entre 
los  estatutos  de  la  orden  de  la  Banda, 
insertos  en  el  Doctrinal  de  Caballeros : 
El  caballero  de  la  Banda  non  debe 
comer  manjares  sucios.  Mucho  debe 
eslrañar,  prosigue,  todo  caballero  de 
¿a  Banda  de  non  comer  viandas  s-i¿cias, 
ca  de  las  buenas  hay  asaz  en  que  se 
pueda  bien  mantener.  É  otrosí  porque 
hay  algunas  f rucias  é  hortalizas  torpes 
é  sucias,  que  guarden  eso  mesmo  de 
non  las  comer,  tan  bien  de  los  manjares 
como  de  las  fructas  :  non  las  quisimos 
aquí  contar  por  inenudo,  porque  serian 
malas  de  contar.  Parece  indudable  que 
entre  estas  frutas  y  manjares  tan 
indecentes,  que  ni  aun  nombrar  se  que- 
rían, estaban  comprendidos  la  cebolla 
y  los  mendrugos  que  Sancho  traía  en 
las  alforjas  :  á  la  clase  de  alimentos 
sucios  pertenecían  también  los  ajos, 
cuyo  olor  dijo  D.  Quijote  en  la  segunda 
parte   que    le    había   encalabrinado  y 

{a)  Poema  del  Cid,  vers.  2381  y  siguientes. 


VÓH  DON    OLlJüTli    DE    LA    MANCHA 

tiendes  !  respondió  D.  (juijole  :  hágote  saber,  Sancho,  que  es 
honra  de  los  caballeros  mídanles  no  comer  en  un  mes,  y  ya  que 
coman,  sea  de  aijuello  (jue hallaren  másá  mano;  y  esto  se  te  hiciera 
cierto  si  hubieras  leído  tantas  historias  como  yo,  que  aunque  han 
sido  muchas,  en  todas  ellas  no  he  hallado  hecha  relación  de  que 
los  caballeros  andantes  comiesen,  si  no  era  acaso,  y  en  alg•un(J^ 
suntuosos  banquetes  que  les  hacían,  y  losdemás  días  se  los  pasaban 
en  llores'.  Y  aunque  se  deja  entender  que  no  podían  pasar  sin 
comer  y  sin  hacer  todos  los  otros  menesteres  naturales,  porque,  en 
electo,  eran  hombres  como  nosotros,  hase  de  entender  también 
que  andando  lo  más  del  tiempo  de  su  vida  por  las  florestas  y  despo- 
blados y  sin  cocinero,  que  su  más  ordinaria  comida  sería  de  viandas 
rústicas,  tales  como  las  que  tú  ahora  me  ofreces  ;  así  que,  Sancho 
amigo,  no  te  congoje  lo  que  á  mí  me  da  gusto,  ni  quiei-as  tú  hacer 
mundo  nuevo,  ni  sacar  la  caballería  andante  de  sus  quicios.  Per- 
dóneme vuestra  merced,  dijo  Sancho,  que  como  yo  no  sé  leer  ni 
escribir,  como  otra  vez  he  dicho,  no  sé,  ni  he  caído  en  las  reglas 
de  la  prolesión  caballeresca,  y  de  aquí  adelante  yo  proveeré  las 
alforjas  de  todo  género  de  fruta  seca  para  vuestra  merced,  que  es 
caballero,  y  para  mí  las  proveeré,  pues  no  lo  soy,  de  otras  cosas 
volátiles  ^  y  de  más  substancia.  No  digo  yo,  Sancho,  replicó 
D.  Quijote,  que  sea  forzoso  á  los  caballeros  andantes  no  comer 
otra  cosa  sino  esas  frutas  que  dices,  sino  que  su  más  ordinario 
sustento  debía  de  ser  dellas  y  de  algunas  hierbas  que  hallaban  por 
los  campos  ^,  que  ellos  conocían  y  yo  también  conozco.  Virtud  es, 

atosigado  el  alma,  y  que  ya  en  lo  anti-  3.  Este  sustento,   si  no  era  el  ordi- 

guo  el  poeta  Horacio  destinaba  á  ser  nario,  con..o  dice  1).  Quijote,  era  á  lo 

manjar  de  parricidas.  menos    frecuente.    Artús    de    Algarbe 

1.  Flores,  cosas  fútiles,  de  poca  anduvo  dos  meses  por  las  montañas, 
substancia  y  provecho,  por  oposición  valles  é  islas  de  Irlanda  sin  entrar  en 
á  frutos.  Moteja  ingeniosamente  Cer-  poblado,  que  no  comió  en  lodo  este 
yantes,  con  estas  ponderncionus  de  tiempo  sino  solas  hierbas  y  las  raices 
D.  Quijote,  lo  que  cualquier  lector  habrá  de  ellas  {a).  "Yendo  á  buscar  aventuras 
notado  en  los  libros  caballerescos,  á  Reinaldos,  üuslán  y  Oliveros,  el  mágico 
saber  :  que  sus  autores  se  olvidaron  Malgesí,  primo  de  Reinaldos,  que  se 
frecuentemente  de  que  sus  héroes  eran  les  apareció  en  el  camino,  les  enseñó 
hombres  como  ios  demás,  sin  que  se  dos  clases  de  hierbas,  una  que  satisfacía 
vea  cómo  pudieron,  andando  solos  y  el  hambre  y  otra  que  apagaba  la  sed, 
por  despoblados,  satisfacer  la  necesidad  de  lo  cual  se  aprovecharon  mientras 
diaria  é  inexcusable  del  alimento.  Más  anduvieron  en  la  floresta.  El  Principe 
veces  hablan  de  la  hierba  que  pacían  Perianeo,  rival  de  Belianís  en  lo? 
los  caballos,  que  del  pan  que  comiaii  amores  de  Florisbella,  habiendo  Cami- 
los jinetes.  nado  diez  ó  doce  días  por  un  monte  en 

2.  Volátiles  ó  de  vuelo  son  las  carnes  las  últimas  Indias  de  Asia,  acordó  de 
de  pollos,  pichones  y  demás  aves,  cier-  reposar  al  pie  de  unos  altos  robles, 
lamente  más  sustanciosas  que  las  junto  auna  luente, y  no  tuvo  otra  cent 
frutas  secas  que   Sancho   dejaba  para 

su  amo.  (a)  Oliveros  de  Castilla,  cajt.  LV. 


I'IUMKUA    l'AUTK.    —    CAl'llUI.Ü    \ 


lo'.) 


irspoiidió  Síiiirlio,  conocer  esas  hierbas,  que  según  yo  me  voy  inia- 
i-inando,  jil^-úii  día  ser;'i  menester  usar  de  ese  conocimienlo.  Y 
sacando  en  esto  lo  ([ue  dijo  que  traía,  comieron  los  dos  en  bufma 
paz  '  y  compaña.  Pero  deseosos  de  buscar  adonde  alojar  aquella 
noche,  acabaron  con  mucha  bi-evedad  su  pobre  y  seca  comida  ; 
subieron  luc^n>  á  caballo,  y  diéronse  priesa  por  llegar  á  poblado 
antes  que  anocheciese  ;  pero  faltóles  el  sol  y  la  esperanza  de  al- 
canzar lo  que  deseaban  junto  á  unas  chozas  de  unos  cabreros,  y 
así  determinaron  de  pasarla  allí-  ;  ([ue  cuanto  fué  de  pesadumbre 
para  Sancho  no  llegar  á  poblado,  fué  de  contento  para  su  amo 
dormirla  al  cielo  descubierto,  por  parecerle  que  cada  vez  que  esto 
le  sucedía  era  hacer  un  acto  posesivo-'  que  facilitaba  la  prueba  de 
su  caballería. 


que  lus  hierbas  del  campo.  En  seguida 
se  durmió,  y  (lo  que  era  natural  después 
de  tal  cena)  tuvo  sueños  tristes  y  con- 
gojosos, en  que  veía  que  le  quitaban  ¡i 
su  señora. 

1.  Aquel  mismo  día  á  las  tres  de  la 
tarde,  llegaron  á  la  vista  del  Puerto 
Lapice,  como  se  dijo  en  el  capítulo  VIII. 
Siguió  la  aventura  de  los  monjes  beni- 
tos, la  batalla  del  Vizcaíno,  y  el  pre- 
sente diálogo  sobre  distintos  asuntos 
entre  amo  y  mozo.  ¿Cómo  puede  lla- 


marse comida  la  que  fué  posterior  á 
todo  lo  referido  '? 

2.  Es  sin  duda  la  noche:  pero  ha 
mediado  tanto  desde  que  se  la  nombnj, 
y  se  h m  inlerpuesto  tantas  cosas,  que 
conviniera  haberse  repetido. 

3.  En  las  pruebas  de  nobleza  se 
llama  acto  posesivo  ó  positivo  el  ejer- 
cicio de  algi'm  cargo  ó  destino,  que 
según  las  ordenanzas  municipales,  exige 
la  calidad  de  noble  en  los  que  lo  ejer- 
cen. 


CAPITULO  XI 


DE    LO    QLE    LE    SUCEDIÓ    A    D.    QUIJOTE    CON    UNOS    CABREROS 


Fué  recogido  de  los  cabreros  con  buen  ánimo  *,  y  habiendo 
Sancho  lo  mejor  que  pudo  acomodado  á  Rocinante  y  ó  su  jumento, 
se  iué  tras  el  olor  que  despedían  de  sí  ciertos  tasajos  de  cabra  que 
hirviendo  al  fuego  en  un  caldero  estaban.  Y  aunque  él  quisiera  en 
aquel  mismo  punto  ver  si  estaban  en  sazón  de  trasladarlos  del  cal- 
dero al  estómago,  lo  dejó  de  hacer  porque  los  cabreros  los  quitaron 
del  luego,  y  tendiendo  por  el  suelo  unas  pieles  de  ovejas,  adereza- 
ron con  mucha  priesa  su  rústica  mesa,  y  convidaron  á  los  dos  con 
muestras  de  muy  buena  voluntad  con  lo  que  tenían.  Sentáronse  á 
la  redonda  de  las  pieles  seis  de  ellos,  que  eran  los  que  en  la  majada 
había,  habiendo  primero  con  groseras  ceremonias  rogado  á 
D.  Quijote  que  se  sentase  sobre  un  dornajo  que  vuelto  del  revés  le 
pusieron.  Sentóse  D.  Quijote,  y  quedábase  Sancho  en  pie  para  ser- 
virle la  copa,  que  era  hecha  de  cuerno.  Viéndole  en  pie  su  amo,  le 
dijo  :  Porque  veas,  Sancho,  el  bien  que  en  sí  encierra  la  andante 
caballería,  y  cuan  á  pique  están  los  que  en  cualquiera  ministerio 
della  se  ejercitan  de  venir  brevemente  á  ser  honrados  y  estimados 
del  mundo,  quiero  que  aquí  á  mi  lado  y  eii  compañía  desta  buena 
gente  te  sientes,  y  que  seas  una  misma  cosa  conmigo,  que  soy  tu 
amo  y  natural  señor,  que  comas  en  mi  plato  y  bebas  por  donde  yo 
bebiere,  porque  de  la  caballería  andante  se  puede  decir  lo  mismo 
que  del  amor  se  dice,  que  todas  las  cosas  iguala.  ¡  Gran  merced  I 
dijo  Sancho-;  pero  sé  decir  á  vuestra  merced, que  como  yo  tuviesi 

1.  Buen  ánimo,  en  castellano,  sicrni-  2.  Lo  era,  y  perdone  Sancho;  porque 

fica    ordinarianiente    animo    resuello,  la  partida  11,  titulo  XXI,  ley  XXlll,  ha- 

üZen/ado,  no  buen  talante  ó  a7?'ac/o,  que  blando  de   las  maneras  en  que  deben 

es  la  acepción  que  aquí  tiene.  Ea,  buen  ser  honrados  los  caballeros,  dice,  entre 

Sanc/ío,  dice   la   Duquesa  en   el   capi-  otras  prevenciones  propias  del  intento, 

tulo  XXXV  de  la  segunda  parte,  persua-  que  al  comer   no  debe    asenlarse   con 

diéndole  á  (|ue   aceptase  la  penitencia  ellos  escudero  nin  otro  ninguno,  sinon 

prescrita  por  Merlin  para  el  desencanto  caballero  6  home  que  lo  mereciese  por 

de   Dulcinea,  bueti  ánimo,  //  buena  co-  su  honra  ó  por  su  bondat. 
rrespondencia  al  pan  que  habéis  comido 
del  Sr.  D.  Quijote. 


l'IílMKKA    l'Aini-:.    —    CAPÍTII.O    XI  i&l 

bien  (le  comer,  tan  Lien  y  mejor  me  lo  eonKíiía  en  pie  y  á  mis  solas 
como  sentado  á  par  de  nn  Kmpeíador.  Y  auti  si  va  á  decir  verdad, 
mucho  mejor  me  sabe  lo  (|ue  como  en  mi  rincón  sin  melindres  ni 
respelos,  aiiiKpie  sea  pan  y  cebolla,  que  los  {gallipavos'  de  otras 
mesas  donde  me  sea  l'orzoso  mascar  despacio,  beber  poco,  limpiarme 
á  menudo,  no  estornudar  ni  toser  si  me  viene  gana,  ni  hacer  otras 
cosas  que  la  soledad  y  la  libertad  traen  consigo  '.  Así  que,  señor 
mío,  <'stas  honras  que  vuestra  merced  ([uiere  darme  por  ser  minis- 
tro y  adherenle  de  la  caballería  andanle  ^,  como  lo  soy  siendo  escu- 
dei'o  <le  vuestra  merced,  conviértalas  en  oti'as  cosas  que  me  sean  de 
más  cómodo  y  provecho  ;  que  éstas,  aunque  las  doy  por  bien  rece- 
bidas,  las  renuncio  para  desde  aquí  al  fin  del  mundo.  Con  todo  eso, 
le  has  de  sentar  ^,  porque  á  quien  se  humilla  Dios  le  ensalza  ;  y 
asiéndole  por  el  brazo,  le  forzó  á  que  junto  á  él  se  sentase.  No  en- 
tendían los  cabreros  aquella  jeringonza  de  escuderos  y  de  caba- 
lleros andantes,  y  no  hacían  otra  cosa  que  comer  y  callar  y  mirar  á 
sus  huéspedes,  que  con  mucho  donaire  y  gana  embaulaban  tasajo 
como  el  puño  ■'.  Acabado  el  servicio  de  carne,  tendieron  sobre  las 
zaleas  gran  cantidad  de  bellotas  avellanadas,  y  juntamente  pusieron 
un  medio  queso  más  duro  que  si  fuera  hecho  de  argamasa.  No 
estaba  en  esto  ocioso  el  cuerno,  porque  andaba  á  la  redonda  tan  á 
menudo,  ya  lleno,  ya  vacío,  como  arcaduz  de  noria,  que  con  faci- 
lidad vació  un  zaque  de  dos  que  estaban  de  manifiesto.  Después 
que  D.  Quijote  hubo  bien  satisfecho  su  estómago,  tomó  un  puño 
de  bellotas  •"'  en  la  mano,  y  mirándolas  atentamente,  soltó  la  voz  á 
semejantes  razones.  Dichosa  edad  "  y  siglos   dichosos  aquellos   á 

1.  Aves  domésticas  venidas  de  Amé-  o.  Expresión  metafórica,  sobrada- 
rica,  comida  de  las  más  regaladas.  Su  mente  familiar,  si  se  quiere,  pero 
nombre  se  compone  de  los  (los  de /)ai;o  valiente  y  expresiva  del  apetito  con 
y  gallina,  sin  duda  por  lo  que  partici-  que  los  huéspedes  comían.  La  pre- 
pan,  ó  en  su  figura  ó  en  su  sabor,  de  senté  aventura  de  los  cabreros  re- 
ambas  clases  :  ahora  se  les  llama /^ayo.s.  cuerda  la  de  Florambel  de  Lucea,  en 
Los  antiguos,  de  los  cuales  no  fueron  cuya  historia  se  cuenta  [a]  que,  cami- 
conocidos.  daban  este  nombre  á  las  nando  él  y  su  escudero  Lelicio  por  una 
aves,  más  hermosas  que  útiles,  llama-  floresta, ¿/e.9«?-o«  aun  hato  de  pastores, 
das  entre  nosotros /jaros  reales.  donde  comieron  de  lo  que  fallaron,  que 

2.  Modo  delicado  y  decente  de  expre-  harta  necesidad  tenían  dello. 

sar  cosas   que   no  lo   son,   en    lo   que  6.  Puño  por  puñado,  lo  que  contiene 

nuestro   autor  tuvo    ocurrencias   muy  por  lo  contenido  ;  lo  mismo  que  sucede 

felices.                                                       "  cuando  decimos  un  vaso  de  agua,  un 

3.  El  régimen  de  adherenle  es  á  y  no  plato  de  sopa. 

de,  cuando  se  usa  como  adjetivo;  pero  7.  En  la  descripción  que  sigue  de  la 

aquí  está  como  sustantivo,  y  goza  del  edad  dorada,  parece  que  Cervantes  tuvo 

régimen  de  tal.  presente  lo  que  de  ella  dijeron  Virgilio 

4.  E).  contexto  manifiesta  quién  y  Ovidio,  aquél  en  el  libro  I  de  las 
habla,  que  es  D.  Quijote,  aunque  nn  Geórgicas,  y  éste  en  el  I  de  la^  Mela- 
se  expresa.  Lo  mismo  sucede  al  lin  del 

capitulo  IX,  como  allí  se  noto.  (a)  Lib.  IV,  cap.  I. 

11 


102  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

quien  los  anli^nos  pusieron  nombre  de  dorados ;  y  no  porque  en 
ellos  el  oro,  que  en  esla  nuiíslra  edad  de  hierro  tanto  se  estima,  se 
alcanzase  en  aquella  venturosa  ^  sin  fatiga  alguna,  sino  porque  en- 
tonces los  que  en  ella  vivían,  ignoraban  estas  dos  palabras  de  tuyo 
y  mío.  Eran  en  aquella  santa  edad  todas  las  cosas  comunes  :  á 
nadie  le  era  necesario  para  alcanzar  su  ordinario  sustento  tomar 
otro  trabajo  (jue  alzar  la  mano, y  alcanzarle  de  las  robustas  encinas 
que  liberalmente  les  estaban  convidando  con  su  dulce  y  sazonado 
fruto.  Las  claras  fuentes  y  corrientes  ríos  en  magnífica  abundancia 
sabrosas  y  transparentes  aguas  les  ofrecían.  En  las  quiebras  de  las 
peñas  y  en  lo  hueco  de  los  árboles  formaban  su  república  las  solí- 
citas y  discretas  abejas,  ofreciendo  á  cualquiera  mano  sin  interés 
alguno  la  fértil  cosecha  -  de  su  dulcísimo  trabajo.  Los  valientes 
alcornoques  despedían  de  sí,sinotroartificioque  el  de  su  cortesía, 
sus  anchas  y  livianas  cortezas  con  que  se  comenzaron  á  cubrir  las 
casas,  sobre  rústicas  estacas  sustentadas,  no  más  que  para  defensa 
de  las  inclemencias  del  cielo.  Todo  era  paz  entonces,  todo  amistad, 
todo  concordia  :  aun  no  se  había  atrevido  la  pesada  reja  del  corvo 
arado  á  abrir  ni  visitar  las  entrañas  piadosas  de  nuestra  primera 
madre,  que  ella,  sin  ser  forzada,  ofrecía  por  todas  las  partes  de  su 
fértil  y  espacioso  seno  lo  que  pudiese  hartar,  sustentar  y  deleitar' 

morfosis.   Compárense   varios  pasajes  miel  y  colmenas.  Cosecha  se  dice  con 

del  texto  con  los  siguientes  :  jtropiedad  de   las  producciones   vege- 

AT  .ir     I  ■    i     t            1  tales  1)  que  se  cosren  de  la  tierra,  y  asi 

Nec  signare  quidemaut par tiri  limite  campum.  'f   i"'l>ca  la    misma   palabra  cosec/ia. 

Fas  erat  :  in  médium  (¡userebant,  ipsaijue  leUus  Tampoco  se  dice  de  ésta  que  es  fértil  ó 

Omnia  liberius.  nullo  poscente,  ferebat.  estéril.,  sino  escasa  ú  abundante. 

Áurea  prima  sala  vst  xtas,  qux  vindice  nullo  3.  No   estii  bien  guardada  la  grada- 

Sponte  suasiiie  Icye  fidem  rectumqut  coíebat  :  ción.  Debió  decir  :  sustentar,  deleitar  y 

Jpsa   qmque  tm.aums  rustroquc  '"'«cía  nec  ^^,.¿^,,^    añadiendo  siempre   á   lo   que 

.<;aucia  vomeribus  per  se  dabat  omnia  tellus...  precede,  y  caminando,  como  lo  exige  el 

Conieniique  cibis  nullo  cogente  creatis.  orden  de  las  ideas, de  lo menos  alomas. 

Arbuleos  fcelus  montanaque  fraga  legebant...  Á   pesar  de  los   defectos   que    acaban 

lit  qux cecidcraní patula Jovis arbore glandes...  de  notarse,  y  algún  Otro  de  menos  enti- 

1.  En  ellos  (los  siglos  dorados);  en  ¿ad,  D.  Antonio  de  Capmani  en  el 
aquella  venturosa  ( edad  de  oro) ;  sobra  teatro  de  la  Elocuencia  esLanula,  copia 
una  de  las  dos  cosas.  Y  lo  propio  sucede  '^"n  elogio  este  discurso  de  D.  Quijote, 
poco  después,  antes  de  acabarse  el  y  en  su  lutroducion  a  la  h>loso,mdr 
periodo,  con  entonces  y  en  ella.  Que-  ¿«  Elocuencia  recomienda  particular- 
daria  más  descargado  y  corriente  el  mente  el  trozo  que  precede,  como  una 
lenguaje,  diciéndose  :  siolos  dichosos  pintura  formada  de  colores  suaves  y 
aquellos  ú  quien  los  antiquos  pusieron  apacibles.  ^  tiene  razun.  ¿Que  podria- 
nombre  de  dorados,  y  no  porque  en  mos  en  esta  parle  envidiar  a  ninguna 
ellos  el  oro,  que  en  esta  nuestra  edad  otra  nación  de  las  modernas,  si  el  len- 
de  hierro  tanto  se  estima,  se  alcanzase  ?^^Í^  <Jel  Quijote  fuese  tan  correcto 
sin  fatiga  alguna,  sino  porque  los  que  como  el  de  Fascal  ó  Racine?(a) 

en  ella  vivían .  ignoraban  estas  dos  pa- 
labras de  tuyo  y  mió.  ,,/,  fíacine.  -  Véase  lo  que  digo  acerca  de 

2,  No    suena    bien,     hablándose    de      la  pío luuda  diferencia  de  la  educación  lite- 


PRIMERA    PARTK.    —    CAI'ÍTUr.O    Ni  16J 

á  los  hijoíí  que  (mloiices  la  ¡xiseían.  Entonces  si  que  andaban  las 
simples  y  hermosas  za^Mlejas  de  valle  en  valle  y  de  olero  en  otero, 
en  Iren/a  y  en  cabello  ',  sin  más  vestidos  de  aquellos  que  eran 
menester  para  cubrir  honestamente  lo  que  la  honestidad  quiere  y 
ha  (juerido  siem[)r(>  que  se  cid)ra  :  y  no  eran  sus  adornos  de  los  que 
ahora  se  usan,  á  cpiien  la  púrpura  de  Tiro  y  la  por  tantos  modos 
martirizada  seda  encarecen,  sino  de  algunas  hojas  de  verdes  lam- 
pazos y  hiedra  entretejidas,  con  lo  que  quizá  iban  tan  pomposas  y 
comjiuestas  como  van  ahora  nuestras  cortesanas  con  las  raras  y 
peregrinas  invenciones  que  la  curiosidad  ociosa  les  ha  mostrado. 
Entonces  se  decoraban  los  concetos  amorosos  del  alma  ^  simple  y 
sencillamente  del  mismo  modo  y  manera  que  ella  los  concebía,  sin 
buscar  artificioso  rodeo  de  palabras  para  encarecerlos.  No  había  la 
fraude^,  el  engaño  ni  la  malicia  mezcládose  con  la  verdad  y  lla- 
neza. La  justicia  se  estaba  en  sus  propios  términos,  sin  que  la  osa- 
sen turbar  ni  ofender  los  del  favor  y  los  del  interés,  que  tanto 
ahora  la  menoscaban,  turban  y  persiguen.  La  ley  del  encaje  ^  aun 
no  se  había  sentado  en  el  enlendimiento  del  juez,  porque  entonces 


1.  Otero,  collado,  eminencia  desde 
donde  se  otea  ó  descubre  el  campo. 
Oteen-  dicen  que  viene  del  griego  : 
otero  se  opone  á  vega  ó  valle.  En  trenza 
y  eii  cabello;  esto  es,  sin  adornos 
sobrepuestos,  sin  más  adornos  en  la 
cabeza  que  las  trenzas  de  sus  mismos 
cabellos, 

2.  Decorar,  unas  veces  es  tomar  de 
coro  ó  memoria,  y  otras  adornar.  Ni 
una  ni  otra  significación  son  del  caso 
en  el  presente  pasaje  :  acaso  diria  el 
original  declaraban. 

'■i.  Fraude,  entre  nuestros  mayores, 
era  vocablo  femenino;  y  así,  elprotono- 
tario  Luis  .Vlej  ¡a  en  el  .ipólof/o  de  la  ocio- 
sidad 1/  el  trabajo,  publicado  el  año 
de  1546  por  Francisco  Cervantes  de  Sa- 
lazar,  pone  en  boca  de  la  Señora  Fraude 
varios  consejos  y  reglas  que  da  álos 
ociosos.  Ahora  decimos  el  fraude,  ha- 
ciéndolo masculino  :  los  franceses  lo 
hacen  femenino,  la  fraude;  pero  ni  ios 
franceses  ni  nosotros  podemos  mudar 
la  naturaleza  de  las  cosas  ni  dar  sexo  á 
lo  que  no  lo  tiene  fa).  La  lengua  inglesa  es 
en  esta  parte  más  conforme  y  ajustada 
á  la  razón  :  en  ella  no  es  masculino  ni 

raria,  y  de  la  preparación  clásica,  entre 
España  v  Francia,  en  mis  libros  Arte  de 
escribir  en  veinte  lecciones  y  Por  la  c.dlura  y 
por  la  rasa.  (M.  de  T.) 


femenino  el  nombre  de  lo  que  no  tiene 
sexo.  Asi  que  en  las  lenguas  en  que  es 
arbitraria  la  designación  del  género,  el 
uso  puede  cambiar,  como  sucedió  en 
fraude,  el  género  de  los  nombres,  ó 
atribuirles  los  dos  géneros  á  un  mismo 
tiempo,  según  se  verifica  en  el  mar  y 
la  mar,  el  puente  y  la  puente  :  sin  que 
la  novedad  ocurrida  en  el  nombre 
fraude  puetia  servir  de  argumento  para 
acusar  al  texto  de  galicismo,  según  se 
hizo  en  unas  Observaciones  sobre  el 
Quijote,  impresas  en  Londres  á  fines 
del  siglo  pasado,  cuyo  autor,  que  quiso 
ocultar  su  nombre,  manifestó  su  corta 
instrucción  en  materias  de  nuestro 
idioma. 

4.  La  que  no  esta  escrita,  sino  que 
se  pone  al  juez  en  la  cabeza,  y,  sin 
haber  texto  ni  doctor  d  quien  arri- 
marse, la  ejecuta.  Asi  dice  Covarru- 
bias  en  el  articulo  encajar.  Según  esto, 
ley  del  encaje  es  lo  mismo  que  ley  de 
capricho,  pero  no  e.xcluye  la  buena  le. 

(a)  A  lo  que  no  lo  tiene.  —  Acerca  de  este 
punto  hay  muchoque  hablar.  Nueslrospadres, 
que  no  se  parecían  á  nosotros  en  el  descono- 
cimiento y  torpe  uso  de  la  lengua,  proce- 
dieron con  profunda  filosofía  en  atribuir  gé- 
nero ya  masculino  ya  femenino  á  objetos 
inaniuiaUos  de  igual  ó  parecida  forma, 
como  jarro,  jarra ;  cántaro,  cantara,  ele.  ele. 
(.M.  de  T.) 


164  DON    QUIJOTE    DE    LA    MANCHA 

no  liabía  que  juzgar  ni  quien  fuese  juzgado.  Las  doncellas  y  la 
honesliclad  andaban,  como  longo  dicho,  por  donde  quiera,  solas  y 
señeras  ^  sin  temor  que  la  ajena  desenvoltura  y  lascivo  intento 
las  menoscabasen,  y  su  perdición  nacía  de  su  guslo  y  propia  vo- 
luntad. Y  ahora  en  estos  nuestros  detestables  siglos  no  está  segura 
ninguna,  aunciue  la  oculte  y  cierre  otro  nuevo  laberinto  como  el  de 
Creta '^  ;  porque  allí,  por  los  resquicios  ó  por  el  aire  con  el  celo  de 
la  maldita  solicitud  se  les  entra  la  amorosa  pestilencia,  y  les  hace 
dar  con  lodo  su  recogimiento  al  traste.  Para  cuya  seguridad,  an- 
dando más  los  tiempos  y  creciendo  más  la  malicia,  se  instituyó  la 
orden  de  los  caballeros  andantes   para  defender  las   doncellas  ^, 


1.  En  las  ediciones,  tanto  antiguas 
como  modernas,  del  Quijote,  se  había 
leído  siempre  solas  y  señoras^  hasta 
que  lo  corrigió  con  mucho  acierto 
D.  Juan  Antonio  Pellicer,  poniendo  en 
la  suya  solas  ¡j  señeras.  Con  efecto, 
nada  significaba  aquí  señoras;  y  sefie- 
ras,  que  equivale  d  singulares,  de 
cuya  palabra  pudo  derivarse,  se  en- 
cuentra en  otras  obras  de  Cervantes, 
en  el  Pérsiles  y  en  la  novela  de  la  Gi- 
tanilla,  donde  se  refiere  que  el  gitano 
fingido  Andrés,  por  7nds  que  le  dijeron, 
quiso  ser  ladrón  solo  y  señero,  esto  es, 
solo  y  si)i  compañía.  En  la  misma  signi- 
ficación se  halla  señero  en  lus  docu- 
mentos más  antiguos  de  nuestra  len- 
gua, como  el  Poema  del  Cid,  y  en  las 
composiciones  del  Arcipreste  de  Hita. 
Gonzalo  de  Berceo,  en  el  Sacrificio  de 
la  Misa  {a),  dice  : 

Dicho  vos  lo  habernos  non  una  vez  seimera. 

Y  el  poema  de  Alejandro  (6)  : 

Cuando  cató  Darío  del  su  pueblo  plencro 
Vios  en  el  campo  fascas  solo  sennero. 

La  Academia  Española  adoptó  esta 
enmienda  en  su  edición  de  1819. 

2.  Hubo  en  la  antigüedad,  según 
cuentan,  cuatro  laberintos  famosos  : 
el  de  Egipto,  el  de  Creta,  el  de  Lem- 
nos  y  el  de  Etruria.  Dédalo  dicen  que 
construyó  el  de  Creta  á  imitación  del 
de  Egipto,  por  mandado  del  Rey  Minos, 
para  encerrar  al  Minotauro,  nionstruo 
nacido  de  un  toro  y  de  Pasifae,  mujer 
de  Minos.  Era  dicho  laberinto  un  edifi- 
cio en  que  la  multitud  de  calles  cruza- 


das, enredadas  y  envueltas  unas  en 
otras,  no  permitía  la  salida  al  que  una 
vez  entraba. 

IJic  crwleli-i  amor  lauri  .iUijpo.ilai/ue  furto 
Pasi/jlLT,  mictumque  gemís,  proli-sque  biforinis 
Minotauriis  inest,   Veneris  monumenla  nefan- 

[dx  : 
Hic  labor  illedomus  et  inextricaliilis  error  {a). 

Teseo  se  atrevió  ;i  entrar  para  matar 
al  Minotauro,  y  volvió  ,i  salir;  pero  fué 
auxiliado  del  hilo  que  le  habia  dado 
Ariadna,  hija  de  .Minos,  para  que,  fiján- 
dole enlaentrada,  pudiese  guiarle  á  la 
vuelta  :  así  la  fábula.  En  nuestros  jar- 
dines es  juguete  couuin  el  remedar  con 
calles  de  arbustos  las  vueltas,  revuel- 
tas, errores  y  dificultad  de  salir  de  los 
antiguos  laberintos,  y  metafóricamente 
se  llama  laberinto  cualquier  negocio 
de  ambigua  y  difícil  salida. 

.1.  Redunda  y  peca  el  lenguaje,  re- 
pitiendo dentro  de  una  misma  oración 
el  objeto  con  que  se  instituyó  la  caba- 
llería andante.  Por  lo  demás,  es  inge- 
nioso y  muy  oportuno  el  plan  del  dis- 
curso de  b.  Quijote,  que  empez<'> 
tomanilo  ocasión  de  las  bellotas  y  de 
la  edad  dorada  para  venir  después  á 
dar  cuenta  á  su  pastoril  auditorio  déla 
clase  de  profesión  que  ejercía. 

Que  lo  que  profesaban  los  caballeros 
andantes  era  proteger  y  amparar  la 
inocencia  débil  contra  el  poder  injusto, 
es  lo  que  se  ve  y  e.\presa  por  toila- 
partes  y  á  cada  paso  en  los  libros  ca- 
ballerescos. El  otro  sexo  era  el  princi- 
pal acreedor  á  los  auxilios  de  los 
andantes;  pues,  como  se  lee  en  la  his- 
toria   de   Amadis   de  Grecia(6),  para 


(o)  Copla  135.  —  (i)  Copla  259. 


(ü)  Eneida,  lib.  VI.  -  (i)  Parte  I,  cap.  XIV. 


PniMFRA    PAnTE.    —    CAPITIT.O    XI  IG") 

aniparjii-  las  viiidasy  socorrer  á  los  huórranos  y  á  ios  menesterosos. 
I)e  esla  orden  soy  yo,  hermanos  cahríM'os,  á  (jnien  agradcí/.eo  el  aga- 
sajo y  hnen   acogiinienlo   qne  hacéis  á  mí  y  á  mi  escndero  ;  que 
aunque  por  ley  natural  están  todos  los  que  viven  obligados  ú  lavo- 


def'ender  las  dueñas  y  doncellas  que 
tuerto  reciben,  principalmente  se  daba 
la  Orden  de  Caballería  ;  y  asi,  al  tiempo 
de  armar  caballero  el  Kiiiperador  de 
Constantinopia  ;i  Leandro  el  Hel,  le 
dijo  :  Hermoso  doncel,  ¿  queréis  ser 
caballero?  Si  quiero,  dijo  Leandro  el 
Bel.  ¿Juráis,  dijo  el  Emperador,  de  no 
negar  vuestra  ayuda  d  quien  hubiere 
menester,  y  de  defender  y  mamparar  á 
todas  las  dueñas  y  doncellas  '!  Sí  juro, 
dijo  Leandro.  Una  de  las  preguntas 
que  hizo  el  Rey  de  Inglaterra  á  Tirante 
ai  armarle  caballero  lué  :  ¿  Giurate  per 
il  sacramento  che  falto  acete,  che  con 
tutto  il  poter  vostro  mantinerete  el  de- 
fenderete  donne,  donzelle,  vedove, 
orfane,  disconsolate,et  abbandonate,el 
ancora  maritate,  se  socorso  vi  addi- 
manderanno,  et  ponerele  la  persona  ad 
ogni  pericolo  et  ad  intrare  in  campo  ú 
guerra  finita,  se  buona  ragion  have- 
ranno  queíla  ó  quelle  che  aiuto  viaddi- 
manderanno  [a]  ?  Esto  se  guardaba  con 
tal  rigor,  que  estando  D.  Relianís  muy 
malherido  en  una  batalla  que  tuvo  con 
otro  caballero  y  á  punto  de  matarle, 
una  doncella  le  pidió  su  vida,  y  se  la 
otorgó,  ;í  pesar  de  que  un  oráculo  le 
gritó  que  se  guardase  de  hacerlo, 
porque  después  le  pesaría  .Yo  dejaré, 
exclamó  el  galante  Belianís,  de  hacer, 
mientras  pudiere,  lo  que  por  doncella 
me  fuere  mandado  ih).  No  se  crea  que 
este  favor  dispensado  al  sexo  hermoso 
y  débil  era  cosa  e.Kchisiva  de  la  caba- 
llería andante,  y  sido  conocida  en  el 
mundo  de  las  fábulas  andantescas; 
entraba  en  el  espíritu  general  de  la  ca- 
ballería de  la  Edad  Media,  y  así  lo 
comprueban  los  documentos  auténticos 
de  la  historia.  En  los  estatutos,  ya  ci- 
tados otras  veces,  de  la  orden  de  la 
Banda,  se  lee  :  El  caballero  de  la 
Banda  debe  ayudar  á  las  dueñas  y  don- 
cellas fijasdahjo...  E  señaladamente 
nunca  diga  ningund  agravio  contra 
alguna  dueña  ni  doncella  fijadalgo, 
aunque  ella  sea  contra  él,  porque  hay 

(a)  T'irnnte,  parte  I,  cap.  XIX.  —  (6)  Be- 
lianis,  lib.  IIL  cap.  XXL 


algunas  deltas  d  las  veces  ariscas. 
Cuando  alguna  dueña  6  alguna  don- 
cella fijadalgo  viniere  tí  la  corte  del 
Rey  (i  querellar  algún  desaguisado  que 
le  hayan  fecho,  que  los  caballeros  de 
la  Banda,  ó  cualquier  dellos,  que  la 
pongan  delante  del  Bey  porque  pueda 
onostrar  su  derecho.  E  aun  si  cumpliere, 
que  razone  por  ella,  porque  haya  com- 
plimiento  de  derecho.  E  aun  además  de 
razonar,  que  faga  lo  que  el  Rey  mandare 
é  fallare  por  su  corte  que  debe  facer 
porque  ella  liaya  todo  su  derecho  (a). 

A  las  veces  se  extendía  el  favor  de  los 
caballeros  andantes  á  pueblos  enteros. 
Testigo  el  caso  que  se  refiere  en  la  his- 
toria de  Morgante  (6),  cuando  Reinal- 
dos, informado  de  los  agra^^os  que 
hacía  á  sus  vasallos  el  Rey  Vergante 
robándoles  sus  hijas  para  saciar  su  torpe 
apetito,  entró  en  Parma,  donde  tenía 
su  corte,  subió  á  su  palacio,  y  después 
de  reconvenirle  ásperamente  y  tratarle 
Ae  puerco  sin  vergüen-a  y  rufián,  arre- 
metió á  él,  le  quitó  la' corona  de  la 
cabeza,  le  rasgó  la  vestidura  real,  y  lo 
llevó  arrastrando  hasta  las  ventanas, 
por  donde  lo  echó  á  la  plaza,  y  así 
murió  mala  muerte.  Y  no  era  un  Rey 
de  poco  más  ó  menos,  porque  segi'm 
allí  mismo  se  cuenta,  podían  sacarse 
buenamente  de  sus  estados  cien  mil 
hombres  de  pelea.  En  seguida  Reinal- 
dos predicó  á  los  parmesanos  un  ser- 
món, con  que  los  convirtió  ,i  la  fe  de 
Jesucristo,  y  los  bautizó  en  los  días 
siguientes  por  su  mano,  ayudado  sin 
duda  por  dos  caballeros  que  le  acom- 
pañaban. 

Léese  al  principiar  el  capítulo  XXII 
del  libro  III  de  la  historia  de  D.  Belia- 
nís de  Grecia,  que  se  supone  escrita 
por  el  sabio  Fristrm  :  Da  causa  la  gran 
justicia  con  que  al  presente  somos  go- 
bernados (á  mediados  del  siglo  xvi),  á 
que  el  ejercicio  militar  de  los  caballe- 
ros andantes  Jio  sea  necesario ;  mas  no 
deje  de  ser  muy  loada  aquella  antigua 
edad,  en  la  cual  los  grandes  reinos  y 


(a)  Doctrinal  de  Caballeros,  iib.  III,  til.  V. 
—  {b)  Lih.  I,  cap.  L. 


166  DON    QUIJOTE    DE    L\    MANCHA 

reccr  á  los  caballeros  aiKJanlcs,  todavía  por  saber  que  sin  saber 
vosotros  esta  oblifíación,  me  acogistes  y  regalastes,  es  razón  que 
con  la  voluntad  á  mí  posible  os  agradezca  la  vuestra.  Toda  esta 
larga  aienga  (que  se  pudiera  muy  bien  excusar),  dijo  nuestro  caba- 
llero, porque  las  bellotas  (pie  le  dieron  le  Irujeron  á  la  memoria  la 
edad  dorada,  y  antojósele  hacer  aquel  inútil  razonamiento  á  los 
cabreros,  que,  sin  respondelle  palabra,  embobados  y  suspensos  le 
estuvieron  eseuchando.  Sancho  asimismo  callaba  y  comía  bellotas, 
y  visitaba  muy  á  menudo  el  segundo  zatjue,  que,  porque  se  enfriase 
el  vino,  le  tenían  colgado^  de  un  alcornoque.  Más  tardó  en  hablar 
D.  Quijote  que  en  acabiirse  la  cena,  al  fin  de  la  cual  uno  de  los 
cabreros  dijo  ^  :  Para  que  con  más  veras  pueda  vuestra  merced 
decir,  señor  caballero  andante,  que  le  agasajamos  con  pronta  y 
buena  voluntad,  queremos  darle  solaz  y  contento  con  hacer  que 
cante  un  compañero  nuestro  que  no  tardará  muclio  en  estar  a(juí, 
el  cuales  un  zagal  muy  entendido  y  muy  enamorado,  y  que  sobre 
todo  sabe  leer  y  escrebir,  y  es  músico  de  un  rabel,  que  no  hay  más 
que  desear.  Apenas  había  el  cabrero  acabado  de  decir  esto,  cuando 
llegó  á  sus  oídos  el  son  del  rabel,  y  de  allí  á  poco  llegó  el  que  le 
tañía,  que  era  un  mozo  de  hasta  veinte  y  dos  años,  de  muy  buena 
gracia.  Preguntáronle  sus  compañeros  si  había  cenado,  y  respon- 
diendo que  sí  ;  el  que  había  hecho  los  ofrecimientos  le  dijo  :  De  esa 
manera,  Antonio,  bien  podrás  hacernos  placer  de  cantar  un  poco, 
porque  vea  este  señor  huésped  que  tenemos,  que  también  por  los 
montes  y  selvas  hay  quien  sepa  de  música.  Hémosle  dicho  tus 
buenas  habilidades,  y  deseamos  que  las  muestres  y  nos  saques  ver- 


crescidos  estados  se  dejaban  por  sola  la  omisión  queda  bien  la  frase.  Este  pro- 
virtud,  que  en  enmendar  los  agrados  nombre  representa  al  nombre  zaque, 
se  adcfueria.  El  sabio  Fristón  es  uno  expresado  ya  en  la  misma  oración  por 
de  los  personajes  do  la  historia  caba-  el  pronombre  relativo  que. 
lleresca  i^ue  él  mismo  describe,  y  aqui,  2.  Esto  envuelve  contradicción,  pues 
sin  embargo,  se  habla  de  ela  como  de  si  la  arenga  de  D.  Quijote  duró  más 
cosa  anliiiua  ya  y  desusada.  El  modo  i^ue  lacena,  segiin  acaba  de  decirse,  do 
de  concertar  estas  medidas  y  de  conci-  pudo  hablar  al  fin  de  ella  el  cabrero 
liar  estas  conu-adicciones  lo  buscará  el  sin  interrumpir  á  D.  Quijote,  siendo 
lector,  si  gusta,  y  lo  hallará,  si  puede.  asi  (|ue  los  pastores,  sin  respondelle 
Pero  a  D.  Quijote  no  le  ocurrió  seme-  jiulahra.  embobados  y  suspensos  le  es- 
jante reUexión  cuando  leyó  la  historia  tuvieron  escuchando.  Enera  de  que  las 
de  Helianis,  ni  lo  alegado  por  su  autor  primeras  razones  que  siguen  del  ca- 
lo retraio  del  concepto  que  formó  de  la  brero  contestan  á  las  últimas  palabras 
necesidad  que  había  en  el  mundo  de  la  de  nuestro  hidalgo.  Xo  habría  tropiezo 
prolesión  de  caballero  andante  para  si  se  dijese  :  Más  tardó  en  hablar 
enderezar  tuertos,  deshacer  agravios  y  D.  Quijote  que  en  acabarse  la  cena  : 
socorrer  á  los  huérfanos  y  meneste-  después  de  la  cual  uno  de  los  cabre- 
rosos.  ros,  etc. 
i.  Sobra  el  pronombre  le,  con  cuya 


l'RIMKHA    PAnTK. 


CAPÍTULO    XI 


167 


(laderos  ;  y  «isí  le  ruego  por  lu  vida  que  le  sientes  y  cantes  el  ro- 
mance de  tus  amores  que  te  compuso  el  beneficiado  tu  tío,  que  en 
el  pueblo  lia  parecido  muy  bien.  Oue  me  [)lace,  respondió  el  mozo  ; 
y  sin  liac<'rse  más  de  i'og-ar,  se  sentó  <mi  el  tronco  de  una  desmo- 
cliada  encina,  y  lemj>Iando  su  rabel  ',  de  allí  á  poco  con  muy 
buena  gracia  comenzó  á  cantar,  diciendo  desla  manera  : 


ANTONIO 

Yo  sé,  Olalla,  que  me  adoras, 
puesto  que  no  me  lo  has  dicho 
ni  aun  con  los  ojos  siquiera, 
mudas  lenguas  de  amoríos. 

Porque  sé  que  eres  sabida, 
en  que  me  quieres  rne  afirmo, 
que  nunca  fué  desdichado 
amor  que  fué  conocido. 

Bien  es  verdad  que  tal  vez, 
Olalla,  me  has  dado  indicio 
que  tienes  de  bronce  el  alma, 
y  el  blanco  pecho  de  risco. 

Mas  allá  entre  tus  reproches  ~. 
y  honestísimos  desvíos, 


1.  Instrumento  músico  que  usaban 
los  pastores  en  tiempo  de  Cervantes,  y 
según  D.  Sebastián  de  Covarrubias  en 
su  Tesoro  de  la  lengua  castellana^  cons- 
taba de  tres  cuerdas  y  se  tañía  con  arqui- 
llo. Antes,  en  tiempo  de  los  Reyes  Ca- 
tólicos, se  usaba  también  entre  otros 
instrumentos  cortesanos.  Era  ya  cono- 
cido desde  principios  del  sifrloxiv, puesto 
que  se  nombra  entre  los  demás  con 
que  se  solemnizó  el  recibimiento  de 
D.  Amor,  que  describe  en  sus  poesías 
el  Arcipreste  de  Hita. 

2.  Reproche  y  reprochar,  voces  cuyo 
uso  parererá  barbarismo  á  quien  no 
tenga  noticia  de  que  las  conocieron  y 
emplearon  nuestros  antiguos  escritores 
desde  el  siglo  xv.  Usólas  el  Bachiller  (a) 
Fernán  Gómez  de  Cibdad  Real,  médico 
del  Rey  D.  .luán  el  II,  en  las  epísto- 
las 36  y  38  del  Centón  epistolar.  En  la 
relación  del  Paso  honroso  de  Suero  de 

(a)  Véase,  acerca  de  este  Bachiller,  !a 
nota  de  la  pág.  3.  (M.  de  T.) 


Quiñones,  que  se  celebró  en  el  mismo 
reinado,  se  expresa  que  los  diez  man- 
tenedores iban  todos  con  cotas  de  ar- 
mas si)i  reproche.  En  un  romance  de 
los  del  Cid  decía  el  Rey  D.  Alfonso  : 

Y  cuido  que  un  buen  guerrero, 
cuando  de  su  Rey  se  ausenta, 
reproctiado  de  su' corte 
se  lia  de  tener  en  la  ajena. 

Hablando  Calixto  de  Melibea,  dice  á 
Celestina  en  el  acto  sexto  de  la  tragi- 
comedia de  este  nombre  :  unos  ojos 
tiene  con  que  echa  saetas,  una  lengua 
de  reproches  y  desvíos.  Otras  veces 
se  encuentra  la  palabra  reproche  en  la 
Celestina,  libro  de  gran  autoridad 
para  el  lenguaje.  Finalmente.  Gaspar 
Gil  Polo  en  un  soneto  de  la  Diana  ena- 
morada : 

Mil  penas  con  un  gozo  se  descuentan 
Y  mil  reproches  ásperos  se  vengan 
Con  sólo  ver  la  angélica  hermosura. 

En  el  capítulo  XVII  de  esta  prim.era 


168 


DON    QUIJOTE    DE    I.A    MANCHA 

tal  vez  la  esperanza  mueslia 
la  orilla  de  su  vestido. 

Abalánzase  al  señuelo 
mi  fe,  que  nunca  ha  podido 
ni  menguar  por  no  llamado, 
ni  crecer  por  escogido  '. 

Si  el  amor  es  cortesía, 
de  la  que  tienes  colijo, 
que  el  fin  de  mis  esperanzas 
ha  de  ser  cual  imagino. 

Y  si  son  servicios  parte 
de  hacer  un  pecho  benigno, 
algunos  de  los  que  he  hecho 
fortalecen  mi  partido. 

Porque  si  has  mirado  en  ello, 
más  de  una  vez  habrás  visto 
que  me  he  vestido  en  los  lunes 
lo  que  me  honraba  el  domingo. 

Como  el  amor  y  la  gala 
andan  un  mismo  camino, 
en  todo  tiempo  á  tus  ojos 
quise  mostrarme  polido. 

Dejo  el  bailar  por  tu  causa, 
ni  las  músicas  te  pinto, 
que  has  escuchado  á  deshoras 
y  al  canto  del  gallo  primo  -. 


parte  se  usa  el  verbo  rept'ochar.  y  en 
el  111  (le  la  segunda,  Sancho  llama  al 
Bachiller  Sansón  Carrasco  reprocliador 
de  voquibles.  Reproche  es  tacha,  impro- 
perio :  reprochor,  tachar,  reprender, 
improperar.  Habría,  pues,  ligereza  en 
tildar